Skip to main content

Full text of "Historia de la guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia"

See other formats


m. 




■i 







M m 






■-'*«- T:- . 



/ 



xNnrvBril 



HISTORIA 



DE LA 



GUERRA DE 




ICA 



ENTRE CHILE, PERÚ Y BOLIVÍA 

POR 

Don TOMÁS CAIVANO 

VERSIÓN CASTELLANA 

DE 

Don ARTURO DE BALLESTEROS Y CONTIN 

DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS 



?JS)?l 



i toj^io 



^®*t 



IQUIQUE 
librería italiana 

baghetti hermanos 

Calle Viasen 165-67 
1904 



HISTORIA 






DE LA 



GUERRA DE AMERICA 



A MI MUY QUERIDA HIJA 
BLANCA-LUISA 



HISTORIA 



DE LA 



GUERRA DE AMERICA 



ENTRE CHILE, PERÚ Y BOLIVIA ■ 



POR 

Don THOMAS CAIVANO 

VERSIÓN CASTELLANA 

DE 

* 

Don ARTURO DE BALLESTEROS Y CONTIN 

DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS 



w 



IQUIOUE 
librería italiana 

baghetti hermanos 

Calle Viasen 165-67 



1904 



2)0 

¡30 




Ningún pueblo europeo sigue indudablemente con 
tanto interés la guerra fratricida de que se ocupa el 
presente trabajo, como nuestra España. 

Nosotros españoles, que les dimos todo cuanto po- 
seíamos, nuestra religión, nuestra civilización, nuestro 
idioma y nuestra mejor sangre, hemos considerado 
siempre aquellas Repúblicas como las hijas predi- 
lectas de nuestra patria, no bastando á modiñcar esta 
opinión y este cariño, la guerra que no há mucho 
armara sus playas contra nuestro país. Si el resto de 
Europa ha prestado y presta alguna atención á los 
acontecimientos que se desarrollan en las lejanas 
costas del Pacíñco, ésta no puede ciertamente igua- 
larse á la compasión que nuestra Península tiene el 
derecho de dedicarles. Sin embargo nuestra igualdad 
con el resto del Viejo Continente, aparece palpable 
en lo poco que los conocemos. 

A satisfacer dignamente esta necesidad, ha salido 
á luz en Italia el presente trabajo de Don Tomás Cai- 
vano, que habiendo vivido durante largos años en 
aquellos países, como dice él mismo en su intro- 
ducción, podía mejor que nadie, reuniendo á sus co- 
nocimientos su carácter de europeo imparcial, darnos 
una historia concienzuda y verídica, no solamente de 
las operaciones y combates de mar y tierra, sino 



también de las causas reales y efectivas del con- 
flicto, y de sus diversas alternativas. 

¿ Lo ha conseguido ? Responda por nosotros la opi- 
nión unánime de la prensa italiana de todos los ma- 
tices, que ha consagrado á esta obra los artículos 
más encomiásticos y los estudios críticos más lison- 
jeros: artículos y estudios que por lo menos en 
parte, no hemos podido resistir al deseo de hacer 
conocer al lector, que los encontrará traducidos al 
fin del volumen. 

¿ Hemos de dar también nuestra modesta opinión 
respecto á un trabajo, sobre el cual han emitido los 
más eminentes escritores y publicistas de Italia tan 
favorable juicio ? Que en nuestra calidad de traductor 
se nos dispense tanto atrevimiento: atrevimiento que 
prometemos será compensado por nuestra brevedad. 

El interés que excita el presente libro es tal, que 
abrigamos la convicción que una vez comenzado, el 
lector no puede dejarlo hasta la última palabra, por 
poco que se interese á los sucesos de esta guerra. 
Escrito con admirable soltura y elegancia, una tra- 
ducción que quisiera conservar todas la bellezas de 
su estilo en otro idioma, sería empresa asaz ardua 
para muchos, é imposible, lo confesamos, para noso 
tros. Que esto sirva de norma al inteligente lector, 
para fijarse siempre en el interesante fondo que hemos 
procurado conservar intacto, y no en la forma que 
declaramos Á priori, desaliñada con frecuencia, siem- 
pre inferior é indigna del original. 

Madrid, Octubre 1882. 

A. B. C. 



AL LECTOR 



Para nosotros europeos, para la generalidad por lo 
menos, América, y principalmente la del Sur, es siem- 
pre el Nuevo Mundo; es decir, algo de lejano, desco- 
nocido, imcomprensible y fantástico, sobre el cual 
estamos dispuestos á creer cuanto se nos cuente, por 
más extraño y absurdo que nos parezca y sea en 
realidad; un país finalmente, que apreciamos poco ó 
nada, y que por ésto no nos sorprende hallarlo ora 
nobley grande, ora pequeño, trivial, mezquino, ri- 
diculo. 

Y todo ésto porque es un país que conocemos de 
una manera asaz imperfecta; porque generalmente 
no se conoce América, más que por las insulsas y 
falsas relaciones que hacen á su regreso de aquellos 
parajes los más toscos y vulgares emigrantes euro- 
peos; los cuales non conociendo absolutamente un 
país en el cual vivieron, quien más, quien menos, 
como ciegos, y deseando darse cierta importancia con 
sus norraciones, ó inventan absurdas fábulas que pre- 
tenden hacer pasar por inconcusas verdades, ó hablan 
ingenua ó confusamente de cosas que vieron apenas 
y muy imperfectamente, y que no supieron ni podían 
comprender. 

Sin embargo, descubierta desde más de cuatro si- 
glos, hace ya tiempo que América ha dejado de ser 



12 PRÓLOGO 

un país completamente nuevo. Exceptuando la acen- 
tuación más ó menos manifiesta de esta ó aquella 
cualidad buena ó mala, posee, con poca diferencia, el 
mismo organismo social de nuestro viejo Continente, 
las mismas costumbres, las mismas virtudes y los 
mismos vicios. 

En su conjunto. América no es más que un reflejo 
de Europa; y era muy natural, era necesario, que así 
y no de otro modo sucediese, calculando las íntimas 
y continuas relaciones que tiene y ha tenido siempre 
con Europa, desde la época de su descubrimiento. 

Esta moderna civilización de la qual tan justamente 
se enorgullece Europa, y que debió creársela con un 
trabajo necesariamente lento y fatigoso, América se 
la encontró hecha, sin que le costase fatiga alguna, 
importada como le fué del viejo Continente; y si en 
algunas partes se la encuentra más ó menos alterada 
ó incompleta, débese precisamente á que, trasplan- 
tada allí toda en una pieza, no tuvo el tiempo sufi- 
ciente para ir preparando paulatinamente los espíritus 
en un principio, y acabar más tarde por consolidarse 
sobre sólidas bases. Como todas las cosas hechas á 
prisa, la asimilación no pudo resultar uniforme y 
completa de primera intención, y quedaron aquí y 
allá algunas lagunas y sinuosidades, que el tiempo y 
el trabajo propios de la experiencia irán poco á poco 
colmando y enderezando. 

La emigración europea, los libros y los profesores 
europeos, y las frecuentes visitas que los americanos 
hicieron y hacen siempre á Europa, sea como simple 
distracción y curiosidad, sea para educarse é instruirse 
en los colegios y en las universidades europeas, fue- 



PRÓLOGO 13 



ron de larga fecha y son hoy todavía, las tres gran- 
des corrientes por medio de las cuales la civilización 
europea se difundió y se difunde diariamente en las 
vastas regiones de América: siendo así que para co- 
locarse á la misma altura, ó poco menos, de los pue- 
blos europeos, los de América no hubieron de hacer 
más que educarse á la escuela de aquellos 

Para poder convenientemente seguir y comprender 
el desarrollo de la Guerra del Pacífico en todas sus 
diversas fases, principiando por las causas que la mo- 
tivaron, es necesario de consiguiente comenzar ante 
todo por apreciar algo más de lo que generalmente 
se aprecian en Europa las Repúblicas beligerantes; y 
abandonar definitivamente la errónea prevención, de 
que sea lícito aceptar como verdadero y posible todo 
cuanto de más extraño ó invero símil se nos cuente 
de ellas. 

La Guerra del Pacifico ofrece aspectos completamente 
opuestos y diferentes, según el diverso punto de vista 
en que se coloque el observador. ' 

Para el que solo se fija en la superficie de las cosas, 
que se contenta con leer desde lejos las relaciones 
frecuentemente erróneas de los periódicos, sobre los 
movimientos y los encuentros de los ejércitos com- 
batientes, sin ocuparse de nada más, no es sino un 
simple juego infantil de mal género, en el cual han 
tenido lugar alternativamente, pequeñas escenas de 
valor, de audacia, de crueldad, de incapacidad, de 
ineptitud y de confusión. 

Pero para el que, sereno y reflexivo se dedique á 
estudiar la causas generales y las especiales de los 
diversos acontecimientos, la cosa cambia completa- 



14 PROLOGO 

mente de aspecto ; y encontrará que la Guerra del Pa- 
cifico contiene en sí grandes y posivas enseñanzas, 
que todos los pueblos, de Europa y de América, ha- 
rían bien en no olvidar jamás. 

Nosotros que vivimos durante largos años en Amé- 
rica, que tuvimos ocasión de conocer y estudiar inti- 
mamente los países de los cuales nos disponemos á 
hablar, y que los visitamos todavía una vez más, con 
ánimo atento é investigador, durante el pasado pe- 
riodo de su larga y funesta guerra, que todavía no 
ha concluido completamente; nosotros que hemos 
podido conocer de cerca, y casi tocar con la mano, 
la gran importancia que aquellos países tienen y 
tendrán cada día más para Europa, por el gran nú- 
mero de sus hijos que allí se encuentran y manda 
todos los años, y por los tantos y tan graves inte- 
reses comerciales que existen entre ambos continentes 
y que el tiempo está llamado á ensanchar y conso- 
lidar continuamente, abrigamos la convicción de pres- 
tar un servicio no pequeño á todos aquellos que se 
interesan por las cosas de América, narrando sucin- 
tamente, pero con toda exactitud y verdad, la histo- 
ria de la guerra que ha desolado y desoía aquellas 
comarcas. 

Diversas y complicadas como son las causas que 
promovieron el conflicto entre las tres Repúblicas, 
iría asaz errado quien creyese hallarlas en determi- 
nados acontecimientos más ó menos incidentales y 
próximos al rompimiento de las hostilidades. Sur- 
gieron, por el contrario, de una serie de hechos 
próximos y remotos, de los cuales es necesario buscar 
su primer origen en el carácter, en las tendencias y 



PRÓLOíiO 15 



en las especiales condiciones de cada uno de los tres 
países; y solamente con el auxilio de un atento exa- 
men de la vida social, económica y política de aquellos 
de alguno principalmente, se puede llegar al conoci- 
miento cierto y seguro de dichas causas. Esto es pre- 
cisamente lo que nos proponemos hacer en los pri- 
meros cuatro capítulos del presente trabajo, después 
de hablar de los simples pretextos del momento, que 
á primera vista podrían ocupar el puesto de aquellas, 
y de los cuales nos ocuparemos únicamente para con- 
vensernos de su insuficiencia. 

En los capítulos restantes nos ocuparemos de la 
guerra propiamente dicha, sin dejarnos distraer de- 
masiado por los movimientos á menudo insignificantes 
de los ejércitos, para concentrar preferentemente nues- 
tra atención sobre los verdaderos fautores de las victo- 
rias y de las derrotas. 

Y puesto que la guerra no puede decirse terminada 
definitivamente todavía, no habiéndose firmado aún 
el Tratado de paz que debe cerrar su aciaga época, 
pondremos término por ahora á nuestra historia con 
la rendición de Lima. 

Serán luego argumento de otro volumen los su- 
cesos posteriores á la rendición de Lima, hasta la 
conclusión del Tratado de paz, así como también los 
nuevos destinos que abrirá á aquellos países el éxito 
final de la guerra, y su probable porvenir. 

Picerno, Abril de 1882. 

TOMMASO ÜA1VANO. 



HISTORIA 

DE LA 

GUERRA DE AMERICA 

ENTRE CHILE, PERÚ Y BOLIVIA 

por TOMAS CAIVANO 



I 

Causas de la guerra entre las Repúblicas 
de Chile y Bolivia. 

EESUMEN. — § 1. Manifiesto del Gobierno de Chile por la ocu- 
pación de una parte del territorio boliviano, y Contra-Manifiesto 
del de Bolivia. — Límites de las Colonias españolas hasta 1810. 
— Situación del desierto boliviano de Atacama entre el Perú 
y Chile. — Pruebas históricas y geográficas de las fronteras 
de Chile en el río Paposo ó Salado, según el principio ameri- 
cano del utis possidetis, — El Atacama fué legítimamente po- 
seído por Bolivia hasta el 1812. — De cómo Chile usurpó una 
parte del desierto de Atacama en 1842. — Vanas reclamaciones 
de Bolivia. y primer tratado de límites. — Sociedad entre Chile 
y Bolivia, ventajosa para Chile, sobre los beneficios de expor- 
tación del guano y de los minerales. — Nuevo tratado de 1874: 
v 75, ventajoso igualmente para Chile. — § 2. El Gobierno ilegal 
de Melgarejo concede el uso de una parte del desierto de Ata- 
cama á la Sociedad Explotadora, — La Asamblea Nacional anula 
los actos de Melgarejo : cuestiones que nacen con las Sociedades 
que suceden á la primera. — Transacción é impuesto de diez 
centavos: sus razones. — La Sociedad invoca la protección de 
Chile. — Negociaciones entre Chile y Bolivia. — Cuestión del 
arbitraje. — La Sociedad rehusa pagar los impuestos deven- 
gados : Bolivia declara rescindida la transacción, y decreta sea 
desocupado el terreno en explotación. — La Sociedad no acude 
á los Tribunales. — Chile declara roto el tratado de límites: 
inmediata ocupación ele Antofagasta. — El derecho de reivin- 
dicación invocado por Chile no tiene fundamento. 

El Manifiesto de 18 de Febrero de 1879, con el 
cual el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile 



18 HISTORIA DE LA 



exponía á las Naciones amigas, los motivos que 
habían inducido a su Gobierno a romper con el 
de Bolivia, comienza con las siguiente palabras: 
« El 12 del presente mes S. E. el Presidente de la 
República ordenó que fuerzas nacionales se trasla- 
daran ¡i las costas del desierto de Atacama, para 
reivindicar y ocupar en nombre de Chile los terri- 
torios que poseía antes de ajustar con Bolivia los 
Tratados de balites de 1865 y 1874.... Cincuenta 
horas más tarde (14 de Febrero) la ley chilena im- 
peraba en aquella región, colocando bajo su am- 
paro los intereses chilenos y éxtrangeros sin de- 
rramar una gota de sangre... » 

El Contra-Manifiesto que á su vez dirigía a las 
Potencias amigas el Ministro de Relaciones Exte- 
riores de Bolivia, en Marzo del mismo año, prin- 
cipia: « Los acontecimiento harto trascendentales 
y de creciente importancia para el Continente Ame- 
ricano, que vienen sucedióndose con marcados ca. 
racteres de violencia y de escándalo desde el 14 de 
Febrero último, me pone en la penosa necesidad 
de dirigirme á V. E. para manifestarle ligeramente 
la injusticia y ultrajante audacia con que el Go 
bienio de Chile ocupó a mano armada la parte del 
litoral boliviano comprendido entre los grados 23 
y 24 de latitud austral, haciendo presa de las im- 
portantes poblaciones de Antofagasta, Mejillones y 
Caracoles, tres fuentes de riqueza por sus productos 
naturales de salitres, guano, metales de plata y de 
cobre y otras muchas sustancias... La agresión de 
Chile en plena paz, sin previa declaración de guerra 
ni otro trámite, y pendientes aún las negociaciones 
entabladas en esta ciudad por el E-icargado de 
Negocios del Gobierno chileno, no ha podido menos 



GUERPA DE AMERICA 19 

de sorprender ú mi Gobierno y tomarle plenamente 
desprevenido... » 



§ I 
Primeros orígenes 

Cuando á principios de este siglo las diversas 
colonias de la América española, sacudiendo el 
yugo ibérico, se erigieron en Repúblicas indepen- 
dientes, aceptaron como sus confines naturales, los 
mismos que, durante el largo período colonial, la 
España designó a las Colonias, de las cuales se 
habían formado. Y habiendo sido en 1810 el último 
en el cual ejerció de una manera incontrastada su 
dominio colonial, las nuevas Repúblicas adoptaron 
como su derecho público, en lo referente ú límites, 
ó fronteras, el uti possidetis precisamente de ese 
mismo año 1810; según el cual, como se expresa 
la Cancillería de Santiago: « Las Repúblicas ame- 
ricanas tenían por límites, los mismos que corre- 
spondían á las demarcaciones coloniales de que se 
formaron (1). » 

Las Repúblicas Argentina , del Perú y Chile, 
formadas de los Vireinos de Buenos Aires y del 
Perú, y de la Capitanía General de Chile, recono- 
cieron respectivamente como propios confines los 
mismos que dichos dominios españoles gozaban 
en 1810. La República de Bolivia, formada poste- 
riormente de dos fracciones de las Repúblicas del 
Perú y Argentina, ó lo que es lo mismo, de los 



(1) Manifiesto del Gobierno de Chile, Febrero 18 de 1879. 



10 HISTORIA DE LA 



dos Vireinos del Perú y Buenos Aires, tuvo por 
límites al Sur, sobre el Pacífico, los del antiguo Vi- 
reino del Perú, confinantes con la antigua Capi- 
tanía General, ó Reino de Chile; y de consiguiente 
entró, respecto á la República de Chile, bajo el 
imperio del derecho público americano del uti pos- 
sidetis de 1810. 

Ahora bien: ¿cuáles eran en 1810 los límites 
respectivos del Vireino del Perú y de la Capitanía 
General de Chile, que han sido luego los límites 
entre las República de Chile y Bolivia? 

En primer lugar, y para mejor inteligencia de 
cuanto sigue, conviene advertir que el desierto de 
Atacama es una vasta extensión de terreno que se 
prolonga sobre la costa del Pacifico desde el río 
Loa hasta el río Salado, entre los paralelos 21° 30' 
y 25° 30' próximamente, y que toma su nombre de 
la pequeña aldea boliviana de Atacama situada al 
Norte del río Loa en las inmediaciones del de- 
sierto. 

Las famosas Capitulaciones de la Corona de 
España con los primeros conquistadores de la 
América del Pacífico, Pizarro y Almargo determi- 
naban que el Vireino del Perú se extendería hasta 
la localidad de Copiapó, comenzando allí la Capi- 
tanía General de Chile: así es que quedaba desi- 
gnada la líaea donde comienza el Valle de Copiapó, 
situado en el grado 27 de latitud austral, como 
último límite, recíprocamente de las dos Colonias 
españolas. Estos mismos confines fueron nueva- 
mente reconocidos por España, al otorgar La-Gasea 
el territorio de Chile á Valdivia, en su primera 
provisión; pero adelante el mismo La-Gasea, con 
una segunda provisión, extendió las fronteras de 



GUERRA DE AMERICA 21 

Chile, al Norte de Copiapú, hasta el Paposo, mi- 
serable aldea puesta sobre la orilla meridional del 
Río Salado; quedando definitivamente dicho Río 
Salado ó Paposo, que con ambos nombres fué co- 
nocido, como el confín natural, ó línea divisoria de 
las dos Colonias de Chile y del Perú que extendían 
respectivamente al Sur y al Norte de dicho curso 
de aguas (1). Don Pedro de Valdivia, fundador de 
Santiago de Chile, en la carta en la que relata 
al emperador Carlos V su expedición á Chile, decía 
entre otras cosas: « Caminé del Cuzco hasta el valle 
de Copiapó, que es el principio de esta tierra, pa- 
sado el gran despoblado de Atacama (2). » 

España no modificó nunca esta línea de fronte- 
ras; es más, existe un documento concluvente que 
prueba una vez más la exactitud de cuanto dejamos 
dicho. A fines del siglo anterior, la Capitanería Ge- 
neral de Chile creyó conveniente establecer del otro 
lado del Río Salado una estación de Misioneros 
dependiente del Obispado de Santiago; pero, apenas 
se supo este echo en la Metrópoli española fué or- 
denado, por real Célula de 10 de Octubre de 1803, 
que « dicho territorio abusivamente puesto bajo la 
dependencia de las Autoridades de Santiago, debía 
reintegrarse al Vireing del Perú, » al cual pertenecía 
hasta el Río Salado ó Paposo. Chile no niega la 
existencia de esta Real Célula: dice únicamente, 
en su citado Manifiesto, que sus dispociones no 
fueron ejecutadas, y que por consiguiente debe con- 
siderarse como no existente, como si no hubiera 



(1) Estos datos los hemos tomado del Manifiesto sobro la Gfuerra 
de la Cancillería de Bolivia, 31 de Marzo de 1879. 

(2) Colección de Docum. Ined. Mendosa, tomo 4 p. 6. 



22 HISTORIA DE LA 



sido expedida. Más, esto no es sino una simple 
aserción gratuita, en apoyo de la cual no hay prueba 
alguna. 

Si abandonamos los datos oficiales, para recur- 
rir á la Historia, encontraremos que ésta nos habla 
de una manera mucho más concluyente todavía. 

El célebre jesuíta chileno Alonso Ovalle, en su 
Relación Histórica del Reino de Chile (impresa en 
Roma en el año 1641), dice: «El Reino de Chile 
comienza en el grsdo 25, en sus confines con el 
Peni, desde el río que se llama Salado. » Capítulo 8, 
p. 20. 

El P. Pedro Murillo Valverde, de la Compañía 
de Jesús, en su Geografía Histórica (Madrid 1752) 
escribe: «Chile confina con las Charcas y el Perú, 
del cual lo divide el Río Salado que desemboca en 
el mar entre Copiapó y Atacama. » (Capitulo 8 p. 301). 
Mas adelante, en la página 314 añade: « En la costa, 
desde el Norte al Sur se encuentra el río de la sal, 
ó Salado, en el 25° lat. donde acaba Chile. » 

Don Bernardo Carrasco, Obispo de Santiago, en 
su pastoral de 1688, decía: «Hemos visitado per- 
sonalmente nuestro Obispado, largo más de 300 le- 
guas, desde la isla de Maule que está al Sur, hasta 
la provincia de Copiapó, situada al Norte y que 
confina con el Perú. » 

Antonio Alcedo, en el Diccionario de las Indias 
Occidentales, Madrid, 1781, así se expresa: «Ata- 
cama — provincia y distrito del Perú, al Sur, en el 
cual se encuentra un desierto hasta Copiapó, con- 
fina con el Reino de Chile. » 

Echard, en el Apéndice al primer tomo del Dic- 
cionario Geográfico, Madrid, 1795, dice: «Atacama 
— Desierto de la América meridional, en el Reino 
del Perú, hacia el de Chile. » 



GUERRA DE AMÉRICA 23 

J. Pouchet, Dictionnaire Unioersel de la Geogra- 
phie Commer cante, París, 1800, arlículo Chile: « Chile 
tiene por límites, al Norte el Río Salado que lo 
separa del Perú.... Desde la Bahía de Nuestra Se- 
ñora (donde desemboca el Río Salado), que divide 
el Perú de Chile, hay hasta Copiaró 33 leguas. » 

Juan Mackenna, en la Memoria 'presentada en 
Noviembre de 1810 al Ayuntamiento de Santiago 
que le había encarcado estudiar un Plan de de- 
fensa de Chile, habla así: «El Reino de Chile, se 
halla comprendido entre los grados 25,30' y 53,30'. 
Sus confines son los siguientes, al Norte el desierto 
de Atácame; ni Sur....» Juan Machenna fué uno 
de los más ilustres fundadores de la República de 
Chile >' padre del actual Benjamín Vicuña Mackenna, 
una de las inteligencias más hermosas de aquel 
psís. 

Melchor Martínez, en su Memoria Histórica sobre 
la Revolución de Chile, escrita en 1812 por orden 
del Capitán Genérale de Chile, dice así: « Los lími- 
tes de Chile se encuentran en el grado 25, preci- 
samente en el Río Silado, donde comienza el de- 
sierto de Atacama. » 

El documento histórico de mayor importancia 
invocado por Chile en su Manifiesto sobre la guerra, 
es la Carta Esférica de la costa de Chile, levantada 
en 1790 y presentada al Rey de España en 1799 
por el Secretario de Estado para la Marina, en la 
cual los límites de Chile se encuentran señalados 
en los grados 22 y 38. Pero es de advertir, como 
lo dice el título de dicha Carta, que no se trata 
sino de un simple trabajo hidrográfico, cuyo único 
objeto es el de fijar la configuración de las costas 
para uso de los marinos; y que por esto, no estando 



24 HISTORIA DE LA 



destinada á marcar límites territoriales sino como 
un simple detalle de ninguna importancia para ella, 
el autor no puso ningún cuidado; y de aquí nació 
el error, error que implícitamente reconoce el mismo 
Chile, questo que sus límites boreales, siguiendo 
dicha carta, llegarían hasta el paralelo 22, ó sea 
bien mas allá de sus mismas pretensiones reivin- 
dicatorías. 

Hay todavía más: en frente de esta simple carta 
hidrográfica se encuentran las geográficas que ma- 
yor crédito gozan, así antiguas como modernas, 
las cuales, todas de común acuerdo, colocan los 
límites entre Perú y Chile en el famoso Rio Salado', 
con la diferencia de algunos segundos, ponen todas 
en el grado 25° y 25°,40.— -Citaremos entre varias: 

La Carta de Chile, publicada en 1656 por M. Sam- 
son d'Abberville, geógrafo del Rey de Francia. 

El Gran Atlas histórico de M. Geudeville, Am- 
sterdam, 1732. 

La Gran Carta de Sud-Amárica levantada por 
orden del Rey de Espeña, por don Juan Cruz Cano 
y Olmedilla en 1775, generalmente considerada como 
semi-oficial. 

Las Cartas del Instituto geográfico de Weimar 
publicadas en 1800 y 1823. 

La Gran Carta de Su 1- América publicada en 
Londres por Arrowsmith en 1810, precisamente en 
el año del uti possidetis americano. 

El Gran Atlas Universal de Vandermaelea, Bru- 
selas, 1827. — Y de este modo tantas otras que sería 
prolijo citar, y que todas, unánimes, colocan en el 
Rio Salado los límites de Chile. 

El desierto de Atacama es un territorio unido é 
indivisible. En toda su larga extensión de cuatro 



GUERRA DE AMERICA 25 

grados astronó micos no hay un solo río barranco, 
canal ó lía'ea aparente alguna que pueda servir 
como señal divisoria. Dicho territorio no posee más 
que dos miserables riachuelos en sus extremos: el 
río Loa al Norte, y el río Salado ó Paposo al Sur. 
El Loa, donde comienza el desierto, sirve de fron- 
tera entre el Perú y Bolivia; y el Paposo ó Salado 
donde el desierto termina, constituyó siempre in- 
disputablemente hasta 1842, la línea divisoria entre 
Bolivia y Chile, es decir la misma línea de frontera 
que, durante la dominación española, separaba el 
Vireino del Perú y la Capitanía General de Chile. 
Aún prescindiendo de los documentos oficiales an- 
tes mencionados, que colocaban el entero desierto 
de Atacama dentro del Vireino del Perú : ¿con qué 
objeto habría dividido la España entre sus dos Co- 
lonias Perú y Chile, entreambas compuestas de 
inmensos territorios, de los cuales nueve décimos 
y medio deshabitados, una vasta extensión de de- 
sierto inhabitable que no ofrecía ninguna utilidad, 
y cuya especial configuración no se prestaba á di- 
visión alguna? Esta indivisibilidad del desierto de 
Atacama es tan cierta y patente que cuando más 
tarde, para ceder á las pretensiones de Chile hoy 
renovadas, se pensó dividirlo entre este Estado y 
Bolivia, como diremos más adelante, fué necesario 
recurrir al firmamento para encontrar una línea 
divisoria, y fijarla nada menos que en un paralelo. 
El río Salado ó Paposo, fué de consiguiente sin 
duda alguna, la línea de fronteras fijada por la 
España á sus Colonias del Perú y Chile hasta 1810, 
cuyo statu quo constituye el uti possidetis adoptados 
por las Repúblicas americanas. Esto es tan evideute, 
que la misma República de Chile fué la primera á 



26 HISTORIA DE LA 



reconocer tal orden de cosas, en la Constitución 
fundamental del Estado, desde su primera aparición 
en la vida autónoma de Nación libre é indepen- 
diente. 

La primera Constitución de la República de Chile 
del 8ño 1822, dice así: «El territorio del Chile co- 
noce límites naturales, al Sur el Cabo de Hornos, 
al Norte el despoblado de Atacama. » 

Segunda Constitución del año 1823: « El territorio 
de Chile comprende desde el Cabo de Hornos hasta 
el desierto de Atacama. » 

En el Informe de la Comisión que redactó la 
Constitución de 1828, se dice, « La Nación chilena 
se extiende en un vasto territorio limitado al Norte 
por el desierto de Atacama. » 

La Constitución vigente de 1833, dice: «el territorio 
de Chile se extiende desde el desierto de Atacama 
hasta el Cabo de Hornos. » 

En su no enviadable carácter de desierto, por si 
mismo inhabitable, el de Atacama, no fué consi- 
derado hasta 1842, que como un pedazo de tierra 
maldecida de la cual todo el mundo se apresuraba 
á huir. En toda su vasta extensión de varios gra- 
dos geográficos no contenían mñs que cinco mise- 
rables aldeas, dos en el así llamado Atacama alto, 
Calama y Chiuchiú, y tres en el Atacama bnjo que 
desciende hacia el mar, Cobijo, Tocopilla y Mejillo- 
nes, situadas en las pequeñas bahías del mismo 
nombre. Antofagasta y Caracoles se formaron des- 
pués, La República de Bolivia ejerció en esta co- 
marca sin contraste alguno, hasta 1842, todos aquel- 
los actos de jurisdicción que eran posibles sobre 
un territorio en su mayor parte deshabitado: y la 
autoridad boliviana de San Pedro de Atacama (un- 



GUERRA DE AMERICA 27 

tiguamente San Francisco) pueblo situado sobre un 
afluente del Loa y capital de la provincia de Ata- 
cama, tenía su jurisdicción Caloma, Chiuchiú y todo 
el territorio de Atacama alto ; al mismo tiempo que 
de la otra autoridad boliviana de Cobija dependían 
Tocopilla, Mejillones y todo el Atacama bajo. Así 
es que la posesión del desierto (este único signo 
externo de propiedad), no fué tenida hasta 1842, 
que por Bolivia únicamente. 

Pero hé aqui, que en el año 1842, después del 
famoso descubrimiento del guano del Perú, que 
tanta envidia exitaba en sus vecinos más ó menos 
pobres, una voz, al principio de platónico deseo, 
luego de afirmaciones más ó menos seguras se 
difunde en Chile, diciendo, que depósitos de guano 
semejantes se encontraban también en abundancia, 
sobre toda la árida costa chilena que desde Caldera 
se extiende hasta el confín de Bolivia. El Gobierno 
de la República, celoso siempre de aumentar las 
fuentes de la riqueza pública no permaneció sordo 
á esta voz, y envió inmediatamente una comisión 
ad hoc ¡i los sitios indicados, para saber ó que 
atenerse. 

Esta comisión, con el afán de investigación y de 
aventura que constituye una de las notas domi- 
nantes del carácter chileno, saliendo de Caldera, 
siguió siempre adelante sobre una costa deshabi- 
tada en la cual nadie podía oponerse á sus paso?, 
hasta que hubo de encontrar depósitos de guano, 
sin tratar de saber si el suelo que pisaba era ó no 
chileno: y abiendo entrado sin oposición alguna en 
el solitario desierto de Atacama, llegó de este modo 
hasta el Morro Mejillones, en el grado 23°,6' de 
latitud austral. Poco después una ley de la Repú- 



28 HISTORIA DE LA 



blica, de 31 de Octubre de 1842, declaraba propiedad 
del Estado todos los depósitos de guano existentes 
en las costas del desierto de Atacama; ley que fue- 
seguida de otra que, añadiendo una provincia más 
á las doce que componían la República chilena, 
creaba la llamada provincia de Atacama. 

El Gobierno de Bjlivia, apenas llegó á su cono- 
cimiento este hecho, reclamó vivamente contra la 
usurpación de territorio consumada en perjuicio 
suyo con semejantes leyes, de las cuales fueron 
inmediata continuación las vías de hecho. De otra 
manera no podía protestar por el momento; porque 
degraciadamente para Bolivia, la situación topográ- 
fica del desierto de Atacama es tal, qu3 hace casi 
imposible la defensa de sus costas á no ser por 
medio de una ilota. Distantes del centro de la Re- 
pública más doscientas leguas, de las cuales más 
de la mitad de desierto impracticable y privado de 
recurso alguno, especialmente de agua un ejercito 
no podría trasladarse allí sino con grandes sacri- 
ficios y gastos, muy superiores á la fuerzas de Bo- 
livia. Y como ésta no poseía entonces, como no 
poseyó jamás, ni siquiera el más modesto barco 
de guerra, se encontraba en absoluto impotente á 
defenderlo contra Chile, el cual se beneficiaba de 
la mejor manera posible, bajo la protección de su 
ilota, de los ricos depósitos de guano que se había 
apoderado (1). Limitóse en consecuencia á hacer 
cada vez m;'is viva sus reclamaciones diplomáticas, 
á las cuales la Cancillería de Santiago daba conti- 



(1) Desde 1842 hasta 1857 la Aduana de Valparaíso solamento, sin 
contar las demás, concedió 113 licencias á barcos de diversas na- 
ciones para cargar guano en las radas de la costa del desierto de 
Atacama. 



GUERRA DE AMERICA 29 

nuamente largas : hasta que, rechazada por ésta la 
proposición varias veces reiterada por los Plenipo- 
tenciarios bolivianos, de someter la cuestión a la 
decisión de arbitros, el Congreso de Bolivia ordenó 
al Gobierno por medio de .la ley del 25 de Junio 
de 1863, declarar la guerra á Chile « por la come- 
tida usurpación de territorio, desde el Paposo ó 
río Salado, hasta Mejillones; » ó sea desde el grado 
25°,30' aproximadamente hasta el 23°. 

Esta amenaza de guerra no fué llevada a cabo. 
Sobrevinieron las complicaciones con España, que 
obligaron á las Repúblicas del Pacífico á estrechar 
sus alianzas para resistir al enemigo común, y 
bajo la influencia de estas circunstancias fueron 
restablecidas las negociaciones entre las Repúblicas 
boliviana y chilena; negociaciones que concluyeron 
con el Tratado de fronteras de 10 de Agosto de 1866, 
que dio fin á toda cuestión sobre el particular, 
señalando el paralelo 24° de latitud meridional 
como confín inalterable entre las dos Repúblicas. 
En su consecuencia, Chile debió desocupar el ter- 
ritorio comprendido entre los grados 24° y 23°, 
hasta donde había llegado su usurpación en 1842. 
Sin embargo, dicho Tratado no dejó de producirle 
grandes y positivas ventajas ; Tratado debido, más 
qué á otra cosa, a la imposibilidad casi absoluta 
en que se encontraba Bolivia de hacerle la guerra, 
y al carácter especial del Gobierno con el cual ne- 
gociara: el Gobierno dictatorial del General Mel- 
garejo, nacido en una revolución de cuartel, y que 
poco ó nada había de preocuparse de los verdaderos 
intereses de la Nación. (1) 

(1) La conclusión de este Tratado produjo á Melgarejo el nom- 
bramiento de General de División de Chile y la Protección de este 



30 HISTORIA DE LA 



En el artículo 2.° de ese Tratado se establecía 
también, que las Repúblicas de Chile y Bolivia se 
dividirían por partes iguales los productos adua- 
neros de la exportación de guano y de los minerales 
extraídos en la zona de territorio comprendida 
entre los grados 23° y 25°, constituyéndose así 
entre los dos Estados una especie de sociedad de 
útiles y ganancias, en la cual cada uno de ellos 
concurriría con un grado del propio territorio : 
Bolivia del 23° al 24°, y Chile del 24° al 25°. 

En consecuencia Chile, además de haber ganado 
todo el territorio comprendido entre los grados 24° 
y 25° que era propiedad exclusiva de Bolivia, si- 
guiendo el principio del uti possidetis, ganaba 
también el entrar en sociedad con aquella, para 
los productos del Fisco de toda la zona del de- 
sierto entre los grados 23° y 25°; sociedad en la 
cual Chile no contribuía sino con el grado mismo 
arrebatado á Bolivia y completamente improductivo, 
mientras las riquezas descubiertas hasta entonces 
en el desierto se hallaban todas en el territorio 
que quedaba á Bolivia hasta el grado 24°: así es 
que Chile aún dentro de la sociedad recibía sin 
dar. (1) 



Gobierno contra sus enemigos internos en Bolivia para mantenerse 
en el usurpado poder. (Véase Jt lio Méndez. Realidad del Equilibrio 

1 periódico La Tbibuna de Buenos Aires, al hacer la historia 
del Tratado de 1866, decía en un notable artículo de 27 de Febrero 
de 1879: <> . , .Poco trabajo le costó (á Chile) amansar á Melgarejo 
y gobernar á su antojo con riendas do oro... Hé ahí el origen del 
Tratado del GG. Ese Tratado entregó á Chile en pleno dominio, tres 
grados del litoral boliviano 'estando á las primeras fronteras chi- 
lenas fijadas en el grado 27 > \ un grado más en comunidad de ex- 
plotación y promesa de venta. Así fué como Chile consiguió lega- 
lizar ante la diplomacia, no ante la conciencia libre del mundo, el 
despojo do los cuatro grados anhelados... Ese Tratado fué arran- 
cado á Melgarejo en una noche de borrachera... Atacama es polí- 
tica, histórica y geográficamente de Bolivia. » 



GUERRA DE AMERICA 31 



Pero, las condiciones especiales de esta extraña 
asociación, que uno de los más distinguidos hom- 
bres públicos de Chile llamaba la Ultima expresión 
del absurdo, la hicieron desde el primer momento 
irrealizable, convirtiéndose en un manantial inago- 
table de discordias y reclamaciones entre los dos 
Estados; los cuales convinieron fielmente celebrar 
un nuevo Tratado que modificase el de 1866. 

De ese último Tratado que lleva la fecha de 
Agosto de 1874, copiamos aquí los artículos prin- 
cipales: 

« Art, 1.°— El pararelo del grado 24 desde el mar 
hasta la cordillera de los Andes en el dioortia 
aquarum es el límite entre las Repúblicas de Chile 
y Bolivia ». 

« Art. 4.° — Los derechos de exportación que se 
impongan sobre los minerales explotados en la 
zona de terreno de que hablan los artículos pre- 
cedentes, (entre los grados 23 y 25 de la sociedad, 
conservadada en una parte, del Tratado de 1866), 
no excederán de la cuota que actualmente se cobra; 
y las personas, industrias y capitales chilenos no 
quedarán sujetos á mas contribuciones de cualquiera 
clase que sean, que á las que el presenten existen. 
La extipulación contenida en este artículo durará 
por el término de 25 años ». 

Tratado completamentorio de 1875 : « Art. 2.* — 
Todas las cuestiones á que diera lugar la inteli- 
gencia y ejecución del Tratado de de Agosto 
de 1874, deberán someterse á arbitraje. » 

Come se vé claramente, una vez más Chile se 
adjudicaba la parte del Léon, asegurando á sus 
nacionales sobre una zona del territorio boliviano, 



32 HISTORIA DE LA 



privilegios tales qui ni él, ni Nación alguna con- 
cede jamás dentro del Estado á sus mismos hijos. 
Pero aún independentiemente de todo esto, deben 
observarse dos puntos muy esenciales en dicho 
Tratado: 1.° que el límite entre las dos Repúblicas 
se fija en el paralelo 24° con términos claros y 
precisos, sin hacer la mas lejana alusión ú derechos 
verdaderos ó supuestos de alguna de ellas sobre 
el territorio de la otra; 2.° que los privilegios acor- 
dados á los chilenos sobre la zona comprendida 
entre los paralelos 23 y 25, no son en modo alguno 
la consecuencia de haberse fijado los confines en 
un puesto más bien que en otro. 



§ II 
Causas ocasionales 

En Septiembre de 1866, el Gobierno dictatorial 
del General Melgarejo que entonces regía los des- 
tinos de Bolivia, concedió cinco leguas de terreno 
en el desierto de Atacama, para la elaboración del 
salitre, á dos ciudadanos chilenos, Ossa y Puelma: 
concesión que fue seguida de otra á favor de la 
Sociedad Explotadora del desierto de Atacama 
fundada por los mismos Ossa y Puelma, « del pri- 
vilegio exclusivo durante 15 años, para la elabo- 
ración y libre exportación del salitre en el desierto 
de Atacama ». Desgraciadamente el Gobierno de 
Melgarejo que había hecho tales concesiones no 
era un Gobierno legal; y ia concesión misma del 
privilegio ;'» favor de la citada Sociedad, fué hecha 



GUERRA DE AMERICA 33 

sin sujetarla en modo alguno á la prescripción de 
la ley sobre privilegios, entonces vigente en la 
República: así es que, caída que fué la situación 
Melgarejo, la Asamblea Nacional decretó por medio 
de leyes especiales en Agosto de 1871, la nulidad 
de todos lo actos ejecutados por el Gobierno ilegal 
que había caído, y especialmente de todas las con- 
cesiones hechas por Melgarejo sin atenerse á lo 
dispuesto por las leyes vigentes, imponiendo á los 
concesionarios -la obligación de hacer valer ante 
los Tribunales de la República la legitimidad de 
los derechos adquiridos. 

Los señores Milbourne y Clark; sucesores déla 
Sociedad Explotadora, no habiendo tenido el cui- 
dado de presentar ante los Tribunales la justifica- 
ción ordenada por las citadas leyes, el Gobierno 
declaró nulas y caducadas, con decreto de Enero 
de 1872, las concesiones hechas á la Sociedad Ex- 
plotadora por la dictatura Melgarejo. Se movieron 
entonces, y después de varias tentativas infructuosas, 
cerca del Gobierno de Bolivia, éste se decidió á 
estipular una transacción, en Noviembre de 1873, 
con la Compañía Anónima de salitres y ferroca- 
rril de Antofagasta, que había sucedido é los arriba 
nombrados Milbourne y Clark. 

Para proceder á semejante transacción, el Go- 
bierno había obrado en virtud de una ley especial 
del Congreso, que la autorizaba á transijir sobre 
todas la reclamaciones y cuestiones pendientes, con 
la obligación de dar cuenta al Congreso, ó lo que 
es lo mismo, reservándose éste el derecho de apro- 
bar ó no la acción del Gobierno. El siguiente Con- 
greso á cuya aprobación fué presentada por el 
Gobierno la transacción citada, en parte porque 

3 



34 HISTORIA. DE LA 



distraído por trabajos más urgentes, en parte por 
su mala organización (hecho no único en los Con- 
gresos americanos) se cerró sin tomar sobre ella 
determinación alguna, y sin siquiera oír el informe 
de la Comisión, que fué presentado más tarde al 
Congreso siguiente; el cual, gracias á las continuas 
revolucione que sufre el país, se reunió únicamente 
en 1878. Evidentemente, su voto llegaba un poco 
tarde: pero ¡motivado por un orden de cosas bas- 
tante común en América, del cual- un americano 
no puede quejarse ! 

El Congreso de 1878, llamado á discutir la citada 
transacción, promulgó en 14 de Febrero del mismo 
año, la ley siguiente: « Artículo único. — Se aprueba 
la transacción celebrada por el Ejecutivo en 27 
de Noviembre de 1873, con el apoderado de la 
Compañía de salitres de Antofagasta, é condi- 
ción de hacer efectivo, como mínimum, un im- 
puesto de diez centavos en quintal de salitres 
exportados .» 

Entre varias razones que indujera el Congreso 
á votar esta ley, se encontraba una oferta expon- 
tiinea hecha por la Compañía, en consequencia de 
haber ampliado sus operaciones, con la construcción 
de un camino de hierro que se le permití*') llevar 
mes adelante del limite que le fué concedido en un 
principio, causando grave perjuicio al ferrocarril 
del Estado que se estaba construyendo en Meij- 
llones y que debió abandonarse, con la pérdida no 
insignificante de dos milüones de pesos fuertes. 
La Compañía había ofrecido al Gobierno dejar á 
favor del Estado el diez por ciento de los benefi- 
cios líquidos de su empresa de salitre y ferroca- 
rril: diez por ciento que el Congreso convirtió y 



GUERRA DE AMERICA 35 

redujo á diez céntimos de contribución por cada 
quintal de salitre que se exportase. Pero entre la 
oferta hecha por la Compañía anónima, cuando 
solicitaba nuevos privilegios del Gobierno, y la ley 
que imponía la ligera contribución antes citada, la 
distancia era muy grande: los fabores habián sido 
obtenidos y olvidados. 

Publicada apenas esta ley, y antes que el Go- 
bierno se ocupase en ponerla en vigor, el Gerente 
de la Compañía anónima, sin dar paso alguno 
cerca de les autoridades, invocó immediatamente 
la protección del Gobierno de Chile; el cual á su 
vez inició prontamente una reclamación diplomática 
cerca del de Bolivia, con nota del 2 de Julio de 1878, 
fundándola en el artículo 4.° del Tratado de 1874 
que prohibía al Gobierno de Bolivia imponer ma- 
yores contribuciones de la ya existentes, sobre las 
personas, industrias y capitales chilenos. 

A esto la Cancillería de Bolivia respondía: * Que 
la contribución de diez céntimos á la cual se re- 
fería la ley de 14 de Frebrero no era realmente 
un impuesto de carácter general, y por lo tanto 
de comprenderse en el artículo 4.° del Tratado en 
cuestión; sino por el contrario, de carácter emi- 
nentemente privado que salía de los límites del 
Tratado: porque no era más que la condición en 
virtud de la cual el Congreso creía conveniente 
aprobar'una convención privada que había tenido 
lugar entre el Gobierno y la Compañía anónima; 
aprobación que el Congreso se había solemnemente 
reservado el derecho de conceder ó negar, el auto- 
rizar al Gobierno para contratar con la Compañía, 
y sin la cual la anteriormente citada transacción 
de 1873 no se podía considerar como ultimada: 



36 HISTORIA DE LA 



Que era necesario tener presente, que habiendo 
sido ya tachados de nulidad los derechos que los 
primeros fundadores de la Compañía anónima 
arrancaran á un Gobierno ilegal, el haber admitido 
dicha Compañía á los beneficios de una transacción 
fué ya uu favor real y efectivo otorgado por el 
Congreso Nacional : y que como un segundo favor 
del mismo debía considerarse también la ligera 
contribución de 10 céntimos impuesta, como sola 
condición, para aprobar la así llamada transacción, 
que habría podido y hasta debido declarar nula y 
sin valor, por las enormes é ilegales concesiones 
que ¡i título gratuito se hacían en ella á la Com- 
pañía; la cual se beneficiaba como de cosa propia, 
de todos los ricos depósitos de salitre existentes 
en centenares de kilómetros "cuadrados de territorio, 
sin satisfacer ni haber satisfecho jamás un céntimo 
al Estado, fuera de los derechos de registro de la 
primera escritura: Que por fin, aún admitiendo la 
hipótesis de que la ley de 14 de Febrero debiera 
subordinarse é lo dispuesto en el art. 4.° del Tra- 
tado, éste no se refería sino á las personas, indus- 
trias y capitales chilenos; y nada probaba que la 
Compañía anónima de salitre y ferrocarril de An- 
tofagasta fuese una industria chilena, compren- 
diendo personas ó capitales chilenos; puesto que 
dado su carácter de Compañía anónima, no tenía ni 
podía tener otra nacionalidad, según las leyes de 
Solivia, que la boliviana, en los registros de cuyo 
Estado se hallaba inscrita ; y ademes, porque siendo 
compuesta de títulos al portador, nadie podía decir 
en que manos estos se encontraran, hasta que no 
fueren legalmente presentados. (1) 



(1) En efecto, la Compañía anónima de salitre y ferrocarril de 



GUERRA DE AMERICA 



37 



Apesar de lo anteriormente dicho, el Gabinete 
de Santiago insistió más que nunca en sus recla- 
maciones, dirigiendo al Encargado de Chile en La 
Paz, con fecha 8 de Noviembre, y dándole orden 
de hacerla leer al Ministro de Relaciones Exteriores, 
una nota en la cual decía: « Pida al Gobierno de 
Bolivia la suspensión definitiva de toda contribu- 
ción posterior á la vigencia del Tratado.... La ne- 
gativa del Gobierno de Bolivia á una exigencia tan 
justa como demostrada, colocara al mío en el caso 
de declarar nulo el Tratado de límites que nos 
liga con ese país. » 

Colocado en esta alternativa tan duramente 
presentada, y cuya segunda parte era considerada 
por Bolivia como la m;<s flagrante violación del 
Tratado de que en ella se invocaba; el cual, aún 
suponiendo que hubiera podido entrar en cuestión 
imponía el deber de someter la cuestión al arbi- 
trage, pero jamñs el dejarla á la decisión de una 
sola de las dos Potencias interesadas; dicho Go- 
bierno juzgó que razones de justicia y de nacional 
decoro le dictaban de una manera ineludible la 
obligación de no asentir a* la suspensión pedida: 
y el 17 de Diciembre dio orden al Prefecto (Gober- 
nador) de Cobija, de poner en vigor la citada ley 
de 14 de Febrero, mandando al mismo tiempo 
llevar á efecto la contribución devengada desde el 



Antofagasta, organizada" completamente según el sistema inglés, se 
fundó con un capital de tres millones de pesos por los señores 
Edwards y Gibbs - de la América del Norte el primero, y de In- 
glaterra el segundo. Únicamente en 1879, cuando ya habia comen- 
zado la guerra, el capital de la Sociedad fué aumentado en dos 
millones más, que se dividieron en acciones para venderlas al 
público. Estos datos los obtuvimos de un destinguido personaje 
chileno que fué durante largo tiempo Ministro de Hacienda en 
aquella Nación. 



3& HISTORIA DE LA 



día de la promulgación de la ley. En su conse- 
cuencia, el mencionado Prefecto, inició el corres- 
pondiente juicio ejecutivo contra la Compañía, para 
el pago de la susodichas contribuciones atrasadas 
de 10 centavos. 

El Gobierno de Chile dio entonces un paso atrás; 
y por medio de su Representante propuso al de 
Bolivia, en nota del 20 de Enero de 1879, el some- 
ter la cuestión al arbitrage, bajo la condición pre- 
via de suspender la ejecución de la ley. 

Pero en ese intervalo había tenido lugar una 
complicación, que cambiaba completamente la faz 
de los acontecimientos. El Gerente de la Compañía 
anónima se había opuesto al juicio incoado contra 
él (por medio de un recurso elevado al Gobierno 
de Bolivia y de protestas hechas ante un Escribano 
público), declarando que no creía conveniente reco- 
nocer y que no aceptaba en modo alguno la ley 
de 14 de Febrero. El Gobierno de Bolivia, á quien 
por primera vez se dirigía la Compañía sobre este 
asunto, hizo entonces el siguiente razonamiento : 
Puesto que la Compañía anónima, que era una de 
las partes contratantes, no acepta la contribución 
impuesta por la Ley de 14 de Febrero, dicha con- 
tribución no puede ser obligatoria para ella; siendo 
así que la transacción es el resultado de la volun- 
tad recíproca de las partes sobre todas y cada una 
de las cláusulas del contrato. Pero, faltando el con- 
sentimiento de una de las partes contratantes sobre 
alguna de las cláusulas esenciales, la transacción 
no es completa, no existe: de consiguiente, la tran- 
sacción de 27 de Noviembre de 1873 concluida por 
el Gobierno y modificada por quien lo autorizaba 
para ello, ó sea por el Congreso, que se había re- 



GUERRA DE AMERICA 39 

servado la facultad de !a revisión, queda de por sí 
sin efecto, por no habar aceptado la otra parte la 
modificación hecha por éste. Y fundándose en estas 
y otras consideraciones de derecho privado interno 
emanó en 1.° de Febrero de 1879, el decreto si- 
guiente: « Considerando.... Queda rescindida y sin 
efecto la convención de 27 de Noviembre de 1878. 
El Ministro del ramo dictará las órdenes conve- 
nientes paro la reivindicación de las salitreras de- 
tentadas por la Compañía. » 

Como bemos dicho más arriba, la cuestión había 
cambiado completamente de aspecto. Suspendida 
definitivamente, ó mejor dicho, puesta fuera de 
cuestión la ley de 14 de Febrero de 1878, que im- 
ponía la contribución de 10 céntimos por la cual 
el Gabinete de Santiago había presentado su recla- 
mación diplomática, que fué seguida, en primer 
lugar de la amenaza de romper el Tratado de 1874, 
y finalmente por la propuesta de arbitrage, la ac- 
ción diplomática de Chile debía considerarse como 
terminada pacíficamente: puesto que había desapa- 
recido la causa determinante, es decir, la ley de 14 
de Febrero que imponía la contribución. Era pre- 
cisamente cuanto Chile había pedido. 

Un nuevo orden de cosas se hizo lugar. Habiendo 
decretado el Gobierno de Bolivia la rescisión de la 
transacción de 1873— no es de nuestra competencia 
discutir si bien ó mal hecho— nacía una cuestión 
eminentemente privada entre el Gobierno y la Com- 
pañía anónima, cuestión que, según las leyes del 
Estado, debía ventilarse delante de los Tribunales 
de Bolivia, para reclamar contra el decreto de res- 
cisión dado por el Gobierno; puesto que en ese 
intervalo las cosas hubieran permanecido en el statu 



40 HISTORIA DE LA 



quo por la acción misma de la ley. La simple exi- 
stencia de una causa pendiente sobre la legalidad 
del decreto de rescisión, hubiera colocado al Go- 
bierno en la imposibilidad de pasar ñ vías de hecho 
contra la Compañía y sus establecimientos sali- 
treros. 

En lugar de hesto, la Compañía anónima perma- 
neció silenciosa, y el Representante de Chile en La 
Paz dirigi<» en 8 de Febrero al Gobierno de Bolivia 
una especie de Nota-ultimátum, en la cual le inti- 
maba dar una respuesta en el término de 48 horas, 
sobre si aceptaba ó no someter á arbitrage la nueva 
cuestión surgida por el decreto de 1° de Febrero, 
que declaraba la rescisión de la transacción de 1873; 
nueva cuestión que no podía decirse nacida sino 
desde hace ocho días, y que no había sido aún ni 
discutida ni promovida; siendo así que la referida 
nota comminatoria del 8 de Febrero, era precisa- 
mente aquella en la cual por primera vez se hablaba 
de este asunto. 

El Gobierno de Bolivia no respondió a semejante 
nota; y el día 12 del mismo mes, el Encargado de 
Negocios de Chile declaraba roto el Tratado de 
límites de 1874. 

¡Coincidencia extraña! Ése mismo día, el 12, sa- 
lían del puerto de Caldera los acorazados chilenos, 
llevando á bordo las tropas que el 14 ocuparon en 
nombre de Chile la ciudad boliviana de Antofagasta, 
puerto principal y centro de todo el movimiento 
comercial del desierto de Atacama. 

Y decimos coincidencia extraña, puesto que no 
existiendo telégrafo entre Bolivia y Chile, el he- 
cho de ser simultáneos estos acontecimientos no 
pudo ser en modo alguno efecto de un acuerdo 



GUERRA DE AMERICA 41 

inmediato entre el Gabinete de Santiago y su Re- 
presentante en La Paz. O fué una coincidencia 
puramente casual; ó fué el efecto de acuerdos to- 
mados bastante antes, no á consecuencia del decreto 
de rescisión que el Gobierno de Bolivia no había 
dado todavía ni se podía prever, sino en ejecución 
de planes preconcebidos que debían realizarse de 
todas maneras, sucedieras lo que sucediese. 

Repetimos, entre Bolivia y Chile no hay telégrafo. 
El telégrafo más cercano del cual puede hacer uso 
Bolivia para corresponder con Chile, es el de Tacna 
á Arica, de donde puede comunicarse con Valparaíso 
por el cable. Pero, para llevar un despacho desde 
La Paz á Tacna, un buen correo no emplea menos 
de cinca días, debiendo hacer 85 leguas de monta- 
ñoso y malísimo camino; y de consiguiente, aún 
sin considerar los probables retardos á que puede 
dar lugar la transmisión del telegrama de Tacna á 
Santiago, debiendo cambiar dos veces de línea, en 
Arica y Valparaíso, un despacho de La Paz no puede 
llegar á Santiago, ó viceversa, que en el término 
mínimo de cinco días. 

Ahora bien, de todo esto resulta: 1.° que la nota 
del 8 de Febrero por medio de la cual el Encar- 
gado de Negocios de Chile exigía imperiosamente 
al Gobierno de Bolivia, en el plazo perentorio de 
48 horas, una respuesta definitiva sobre si aceptaba 
ó nó la propuesta de someter á un arbitrage la 
nueva cuestión surgida con el decreto de 1° de 
Febrero, no podía ser en modo alguno consecuencia 
en las instrucciones recibidas ad hoc de su Go- 
bierno; porque, aún suponiendo que se hubiese 
hecho uso del telégrafo, los siete días trascurridos, 
desde el 1.° al 8 de Febrero no podían ser suficientes 



42 HISTORIA DE LA 



para comunicar é su Gobierno el decreto de 1.° de 
Febrero y recibir instrucciones en propósito. Lo an- 
terior es tanto más cierto, cuanto que la misma 
Cancillería de Santiago declara en su Manifiesto 
á las Naciones amigas, haber recibido apenas el 
once el despacho con el cual su Encargado de Ne- 
gocios le daba cuenta del referido decreto de 1.° de 
Febrero. 

2.° Que la propuesta de arbitrage, hecha por el 
mencionado Representante de Chile el día 8, no 
era de ningona manera seria; puesto que aún ad- 
mitiendo que el Gobierno de Bolivia hubiese re- 
spondido afirmativamente dentro del plazo de 48 
horas que le fué concedido, es decir el 10, su 
respuesta non hubiera podido llegar ó Santiago 
antes del 15; y de consiguiente no hubiera podido 
impedir la ocupación militar de Antofagasta que, 
como sabemos, tuvo lugar el 14, y había sido or- 
denada por el Gabinete de Santiago en aquel mismo 
día 12 en la cual su Representante en La Paz de- 
claraba roto el Tratado de 1874. Así es que, no es 
posible comprender el verdadero criterio del Mi- 
nistro de Chile, cuando, despuées de haber hablado 
á su manera del mencionado decreto expedido por 
el Gobierno de Bolivia en 1.° de Febrero, dice en 
su Manifiesto sobre los motivos de la guerra: « Y 
todavía, después de ese acto injustificable, el Mi- 
nistro chileno, dominando los nobles impulsos de 
su alma, pide su revocación y gestiona con solícito 
empeño (por medio de una sola nota de la que no 
se esperó contestación siquiera) para obtener que 
se someta al juicio de arbitros, síq poderlo con- 
seguir. » ¡Si todo esto no hubiera costado tanta y 
tanta sangre, se podía llamar una grotesca parodia!... 



(iUERRA DE AMERICA 43 

Para justificar la inucitada violencia de sus actos, 
coronada por la invasión del territorio boliviano, el 
Gabinete de Santiago, hablando á las Naciones 
amigas en el mencionado Manifiesto de 18 de Fe- 
brero de 1879, dice: « Un telegrama recibido de la 
Legación de Bolivia el 11 del presente, intorma al 
Gobierno de Chile que el de aquella República acaba 
de expedir un decreto despojando de sus propie- 
dades y derechos á la Compañía chilena de salitres 
y declarándose dueño exclusivo de aquellos bienes, 
que importan tal vez m;ís de seis millones^le pesos ... 
La Cancillería chilena reclamaba y pedía la sus- 
pensión definitiva de los decretos bajo cuyo influjo 
se pretendía expropiar, á título de impuesto (1), la 
industria y el capital chileno, en contravención al 
pacto de 1874, y el Gobierno de Bolivia suspende 
el despojo parcial y lo ordena en masa, y se de- 
clara dueño y poseedor de los bienes de nuestros 
compatriotas, invocando tan sólo la codicia y su 
poder.... (2) En presencia de hechos tan inaudidos, 
que acaso nunca á registrado antes la historia de 
las Naciones civilizadas, no quedaba sino un camino 
que pusiera ú salvo los intereses chilenos y la di- 
gnidad del país. S. E. el Presidente ordenó, en 
consecuencia, que algunas fuerzas de mar y tierra 



(1) La contribución de 10 céntimos por quintal de salitre que se 
exportase. Hoy que Chile ocupa como dueño el desierto de Ata- 
cama, se hace pagar de la famosa Compañía de salitre á la cual 
dedicaba entonces tanta ternura, una contribución de peso y medio, 
ó sea 150 céntimos por quintal de salitre, como todos los demás 
productores de dicha sustancia. 

(2) Será conveniente recordar, que por sus convenciones con el 
Gobierno de Bolivia, la Compañía de que se hace mención no era 
propietaria de los terrenos salitrosos : no tenía más derecho que el 
de explotarlos durante quince años, de los cuales ya habían pasado 
varios. 



44 HISTORIA DE LA 



se trasladaran inmediatamente al desierto de Ata- 
cama.... Cincuenta horas más tarde, la ley chilena 
imperaba en aquella región. » 

Conocemos ya cual fué el despojador decreto que 
tanto preocupaba al Gabinete de Santiago: pero no 
será fuera de lugar el repetirlo una vez más : 
« Queda rescindida y sin efecto la convención de 
27 de Noviembre de 1873, acordada entre el Go- 
bierno y la Compañía de salitre de Antofagasta: 
en su mérito suspéndase los efectos de la ley de 
14 de Febrero de 1878. El Ministro del ramo dictará 
las órdenes convenientes para la reivindicación de 
las salitreras detentadas por la Compañía. » 

Este decreto no es, como se vé, tan aterrador 
como quisiera hacerlo creer el Ministro chileno. La 
rescisión declarada por él quedaba todavía en la 
simple esfera abstracta del derecho, en la cual la 
Compañía hubiera podido detenerlo quizás años y 
años — cosa bastante común en América — iniciando 
la relativa causa ante la Corte Suprema de Bolivia: 
á lo que se debe añadir también, que el Gobierno 
no había tomado aún ninguna medida en vías de 
hecho contra la Compañía, como lo daba suponer 
el lenguaje del Ministro de Chile. La única medida 
tomada por el Gobierno de Bolivia, en virtud de la 
última parte de dicho decreto, consistía en dispo- 
ner — atendida la difícil situación creada por Chile — 
que el primer Ministro del Gabinete se trasladase 
á Antonfagasta, con el carácter de delegado extra- 
ordinario, para entrar en arreglos con la Compañía; 
y en su defecto, adoptar lar medidas legales que 
fuesen del caso. Y aquí hay que advertir, que ni 
el Ministro delegado había abandonado aún su re- 
sidencia, ni el mismo decreto que declaraba la 



GUERRA DE AMERICA 45 

rescisión del contrato había llegado todavía al Pre- 
fecto de Antofagasta, cuando sobrevino la invasión 
chilena del 14. ¡Tal era la prisa que tenía Chile de 
invadir el territorio boliviano de Atacama á toda 
costa! 

El correo que llevaba al Prefecto del Departa- 
mento la comunicación oficial del decreto de 1.° de 
Febrero, no llegó á Antofagasta que con el vapor 
del 16 del mismo mes ; en unióa al decreto llega- 
ron también las instrucciones que el Ministro de- 
legado daba á dicho funcionario, sobre la línea de 
conducta que debía seguir hasta su llegada, que 
decía así: 

1.° Hacer notificar al Gerente de la Compañía 
el decreto de rescisión dado en 1.° de Febrero. 

2.° Sobreseer él juicio coactivo incoado contra 
la Compañía para el pago de la contribución de 
10 céntimos, ya suspendida, dejando sin efecto el 
embargo y demás providencias. 

3.° En el caso de protesta ú otra reclamación 
de la Compañía proveer en estos términos: «Te- 
niendo esta Prefectura aviso oficial de que el Su- 
premo Gobierno envía á este Litoral á uno de los 
señores Ministros de Estado en calidad de Delegado, 
resérvese esta solicitud para que sea considerada 
por él (1). » 

El correo que traía estas instrucciones, en unión 
al decreto de 1.° de Febrero, llegó á Antofagasta, 
como hemos dicho, con el vapor del 16, cayendo 
en manos de las autoridades chilenas que se habían 
apoderado de dicha ciudad dos días antes. El Ga- 



(1) Nota-Manifiesto del Ministro Plenipotenciario de Bolivia en 
el Perú. - 15 de Abril de 1879. 



46 HISTORIA DE LA 

bínete de Bolivia ha desdado al de Chile á probar, 
que otras que las anteriores fueron las instruccio- 
nes enviadas á Antofagasta, rogándole presentase 
los oficios que cayeron en sus manos ; y una vez 
que el Gobierno chileno no hizo nada de esto, el 
texto de las instrucciones, aparte de toda otra razón 
y de no existir prueba ninguna en contrario, debe 
creerse tal como lo ú manifestado el Gobierno de 
Bolivia. 

De todo lo anterior se deduce, pues, que las 
causas de la guerra promida por Chile á Bolivia 
no pueden encontrarse ni en la pretendida infracción 
del artículo 4.° del Tratado de 1874; porque la ley 
de 14 de Febrero de 1878 que servía de pretexto 
para eso había sido retirada ya, ó suspendida de- 
finitivamente, lo que es el mismo; ni en el posterior 
decreto de 1.° Febrero de 1879, aún suponiéndolo 
injusto, para tutelar los intereses de sus subditos, 
porque todavía no habían sido agotados, ni inicia- 
dos siquiera los medios legales que la legislación 
de Bolivia concedía para combatirlo ante los Tri- 
bunales.... y porque no se había procedido por parte 
de Bolivia, ni aún dispuesto proceder a medida 
alguna á vías de hecho, que pudieran en los mas 
mínimo comprometer ó perjudicar los intereses de 
la Compañía anónima \ ferrocarril de Antofagasta. 

El Gobierno de Chile había meditado y preparado 
desde largo tiempo la usurpación del territorio bo- 
liviano de Atacama — como lo indicaban suficiente- 
mente los preparativos militares reunidos en Caldera, 
donde nunca los tuvo anteriormente; — y no esperaba 
sino una ocasión cualquiera que le sirviera de pre- 
texto para poner sus proyectos. Esta ocasión creyó 
encontrarla, primero, en la susodicha contribución 



(iUERRA DE AMERICA 47 



de diez céntimos: motivo por el cual agrió las 
negociaciones que fueron acompañadas en toda su 
duración, de la constante amenaza que contenía en 
sí la presencia del buque blindado Blanco Encalada 
en las Aguas de la indefensa Antofagasta. Y cuando 
luego vio que ese pretexto se le iba de las manos, 
con el decreto de 1.° de Febrero que suspendía 
definitivamente aquella contribución, se agarró al 
supuesto despojo ordenando en ese mismo decreto 
ó sea, á la rescisión todavía no amenazada ú llevarse 
á cabo, de la transacción de 1873: y sin esperar 
que dicha cuestión fuese pacíficamente discutida y 
terminada, como evidentemente hubiera sucedido, 
atendiendo ú los precedentes del asunto ; es más 
aún. sin esperar que la parte interesada, la Com- 
pañía anónima, tuviese conocimiento de dicho de- 
creto (1), corrió á toda prisa, y se precipitó sobre 
el indefenso territorio enemigo, con las fuerzas que 
anticipadamente tenía dispuestas en Caldera, « para 
reivindicar y ocupar en nombre de Chile los terri- 
torios que poseí* antes de ajustar con Bolivia los 
Tratados de límites de 1866 y 1874. » Estas son 
palabras textuales usadas por la Cancillería chilena 
en el Manefíesto sobre los motivos de la guerra; y 
de esa explícita declaración hecha por ella, se des- 
prende claramente, sin necesidad de ocurrir ú otros 
argumentos, que no fué el pensamiento de hacer 
respetar los Tratados de 1866 y 1874, ni tampoco 
el simple afán de tutelar los intereses de sus sub- 
ditos, que le indugeran á invader el indefenso te- 



(1) Cuando el Gobierno de Chile ordenó la ocupación de Anto- 
fagasta, el 12 de Febrero, la Compañía anónima, no podía conocer 
todavía, á no ser por telégrafo, el famoso decreto dado en La Paz 
el 1.° del mismo mes. 



48 HISTORIA DE LA 



rritorio de Bolivia; sino el plan concebido de apo- 
derarse á título de reivindicación de una parte de 
dicho territorio. De cuanto dejamos dicho, encon- 
traremos pruebas aún más concluyentes en el curso 
de nuestra narración. 

Cuál es el valor que se pueda y deba dar al in- 
vocado derecho de reivindicación, lo hemos visto ya 
al hacer la historia de las fronteras, ó límites, que 
separan á las dos Repúblicas. 

El desierto de Atacama no perteneció jamás á 
Chile, ni antes de 1810, cuando este país era una 
simple Colonia española bajo el nombre de Reyno 
ó Capitanía General de Chile, ni después de esta 
época, cuando, se erigió en República independiente. 
Dicho desierto perteneció siempre, de hecho y de 
derecho, á la circunscripción política que hoy con- 
stituye la República de Bolivia, exceptuando úni- 
camente el corto espacio de tiempo transcurrido 
entre 1842 y 1866, en el cual, parte de él que fué 
ocupado por Chile, por un abuso de fuerza, ó pre- 
potencia que concluyó con el Tratado de límites de 
1875; el cual, como hemos visto, fijaba definitiva- 
mente en el paralelo 24 el confín respectivos de las 
dos Repúblicas. Y este Tratado de 1866, confirmado 
más tarde por el de 1874, regalaba á Chile, como 
también hemos visto, toda la parte del desierto que 
se encuentra entre los grados 24° y 25°,30, sobre 
la qual Bolivia tenía derecho indiscutible y jamás 
puesto en duda hasta 1842 (1). 



(1) Chile ha extendido siempre su iinperie y jurisdicción on el 
Norte, hasta el territorio del Paposo y Bahía de Nuestra Señora 
(es decir, al confín del desierto). Lastarria, L<i Constitución de 
Chile comentada. Edición 2. a de 1865, p. 209. 

El señor Lastarria es uno de los más distinguidos publicistas 
de Chile. 



GUERRA DE AMERICA 49 

Reivindicar significa recuperar lo que legítima- 
mente es propio, y cuya posesión fué inmerecida- 
mente abandonada ó perdida. Y puesto que el de- 
sierto de Atacama, hasta el paralelo 24 por lo menos 
no fué jamás propiedad de Chile, sería el mayor 
de los absurdos llamar reivindicación el adquirir 
lo que nunca fué propio. Esto es tanto más cierto, 
cuanto que Chile mismo no á dicho de ninguna 
manera, que pretendía reivindicar territorios que 
hubiesen sido suyos; no; por que sabe que no lo 
fueron jamás. Dice únicamente: «Los territorios 
que poseía antes de ajustar con Bolivia los Trata- 
dos de límites de 1866 y 1874, » refiriéndose á la 
posesión material que obtuviera por medio de la 
fuerza desde el año 1842 hasta 1866. Pero ¿quién 
ignora que lo ilegítimamente poseído-se considera 
como si no hubiese sido nunca poseído, para los 
efectos jurídicos de la posesión? Un delito puede 
dar origen á una responsabilidad, pero jamás á un 
derecho. 

Aún suponiendo que el dominio del desierto de 
Atacama hubiese sido discutible entre Chile y Bo- 
livia antes de 1866, el Tratado de dicho año, y 
posteriormente el de 1874, le quitaron completa- 
mente este carácter, al fijar definitivamente y irre- 
vocablemente en el paralelo 24 los límites respectivos 
de las dos Repúblicas, sin reconocer á favor de 
ninguna de ellas, sobre el territorio de la otra, de- 
rechos anteriores ó posteriores á dichos Tratados. 
De consiguiente, ninguno de los países podía ya, 
bajo ningún motivo ó pretexto, volver á hablar de 
derechos y pretensiones sobre el territorio tan so- 
lemnemente reconocido como propiedad del otro. 
De no ser así, si los Tratados de límites debieran 



50 HISTORIA DE LA 



quedar siempre sujetos al capricho más ó menos 
excusable de las Naciones que lo firmaron, el de- 
recho público internacional caería por su base: ya 
no habría seguridad para nadie: y todas las Na- 
ciones del globo tendrían que vivir bajo una perenne 
amenaza de guerra con sus vecinos. 

La pretendida reivindicad ó i en este caso, no es 
más que una mera usurpación ó conquista. 

Veremos más adelante, los verdaderos móviles 
que impulsaron á Chile en una sen la que la civi- 
lización moderna tan altamente condena. 



II 

Causas aparentes de la guerra entre 
Perú y Chile 

.RESUMEN. — El Perú ofrece su mediación entre Bolivia y Chile. 
— Cómo fué recibido el Plenipotenciario peruano en Valpa- 
raíso: documentos oficiales. — Instrucciones dadas por el Perú 
á su Plenipotenciario para la mediación. — Chile, cambiando 
la cuestión, no acepta los buenos oficios del Perú sino con la 
condición de mantener la ocupación, hasta la decisión de los 
arbitros. — El Plenipotenciario carecía de instrucciones sobre 
la nueva cuestión de límites. — Porque no podía tenerlas. — 
Es interrogado sobre el Tratado de alianza con Bolivia. — De- 
creto del Gobierno de Bolivia que prevee al estado de guerra 
creado por la invasión chilena del territorio Nacional. — Chile 
lo considera artificiosamente como una primera declaración de 
guerra y hace el papel del provocado. — Don Domingo Santa 
María: su conducta con el Plenipotenciario peruano. — Chile 
reclama la neutralidad del Perú: condicione inaceptables: ne- 
gociaciones en propósito. — El Representante de Chile en el 
Lima insiste sobre la neutralidad: respuesta del Gobierno pe- 
ruano. — Durante la suspensiva del Perú en las negociaciones, 
Chile declara rotas las amistosas relaciones. — Sugestiones y 
amenazas al Perú para la immediata neutralidad. — El Pleni- 
potenciario del Perú, explica al Gobierno chileno el espíritu 
del Tratado de Alianza con Bolivia. — Declaración de guerra 
hecha por Chile; exceso del populacho de Valparaíso. — Dife- 
rencia entre las razones de la declaración de guerra expuestas 
por el Gobierno chileno y por su Ministro en Lima. — Examen 
de los pretextos de la guerra presentados como razones por 
Chile. — Porque retardara el Perú la declaración de su neu- 
tralidad. — No es verdad, como dijo Chile, que el Perú no 
pudiera declararse neutral: no le fué dejado tiempo. — Examen 
del Tratado de Alianza. — La conducta de Chile justificaba lo 
dispuesto en él. — Los armamentos del Perú y los auxilios 
prestados á Bolivia fueron pretextos. — El Perú, aún neutral, 
tenía el derecho de armarse. — El Perú no se hallaba en con- 
diciones de desear la guerra. 

Apenas fué' conocida, en los primeros días de 
Enero de 1879, la fuerte tensión de las relaciones 



52 HISTORIA DE LA 



diplomáticas entre Chile y Bolivia, el Gobierno del 
Perú, deseoso de mantener la paz entre dos países 
amigos y vecinos dio orden á sus Representantes 
en Bolivia y Chile, de interponer sus buenos oficios 
á la primera aparición de algún indicio de próxima 
ruptura entre las dos Repúblicas, y de procurar 
con todos los medios que fueran á su alcance alejar 
ó suspender cualquier acto de hostilidad. 

La noticia de que, en caso necesario el Perú 
habriá ofrecido sus buenos oficios, dada por el 
Encargado de Negocios del Perú al Presidente de 
Chile, fué acogida favorablemente por este último. 
Pero cuando se trató de realizarlos, cuando, cono- 
cida la determinación de ocupar Antofagasta, el 
Representante peruano, ofreciendo los anunciados 
buenos oficios de su Gobierno, pedía á la Canci- 
llería chilena la momentánea suspensión de las 
órdenes dadas con aquel objeto, al menos durante 
el corto espacio de tiempo necesario para dar aviso 
telegráfico á su Gobierno y recibir la respuesta, 
los ofrecidos fueron rechazados, manteniendo firmes 
las órdenes para la invasión del territorio boliviano : 
órdenes que ya sabemos con cuanta diligencia 
fueron ejecutadas. 

A pesar de esto, tan luego como sucedió la ocu- 
pación de Antofagasta, el Gabinete de Lima, no 
economiza medio alguno para que se reanudaran 
las buenas relaciones entre Chile y Bolivia, envió 
expresamente á Santiago el señor Lavalle, con el 
carácter de Enviado Extraordinario y Ministro Ple- 
nipotenciario, con el fin de ofrecer la amistosa me- 
diación del Perú. 

Habiendo salido de Lima el 22 de Febrero, el 
Plenipotenciario peruano llegó el 4 de Marzo á 



GUERRA DE AMERICA 53 

Valparaíso, donde fué bastante mal acogido. Su 
salida de Lima había sido anunciada telegráfica- 
mente al Gobierno de Chile, por su Representante 
en aquella ciudad, así como el objeto de su misión 
y abiendo sido solícitamente divulgada dicha no- 
ticia, la población de Valparaíso, donde debía des- 
embarcarse el señor Lavalle para dirigirse á San- 
tiago, se preparó de antemano á recibirlo de la 
manera que lo hizo. 

Cual fuera esta acogida, lo dirá la nota oficial, 
fecha 8 de Marzo, en que el Cónsul General del 
Perú en Valparaíso dirigía con este objeto á su 
Gobierno: 

« Señor Ministro.... Ya en comunicaciones parti- 
culares he manifestado á US. que este pueblo mi- 
raba con profunda aversión y enojo la misión con- 
ciliadora del señor Ministro Lavalle; que el anhelo 
de la guerra al Perú es vehemente en todos los 
círculos sociales de Chile, y que el tono de la 
prensa de Valparaíso y de Santiago revela la resolu- 
ción de comprometer á nuestro país en la lucha 
provocada ú Bolivia. Los azuzadores de la guerra 
recelando que este Gobierno llegue á ceder á la 
pacífica instancia de la mediación, peruana, deci- 
dieron aguijonear al pueblo para ultrajar á los Re- 
presentantes del Perú, y especialmente á nuestro 
Plenipotenciario, el dia de su llegada al puerto, 
como el recurso más fácil y breve de cortar toda 
relación entre el Perú y Chile. — Con perfecta evi- 
dencia de este propósito, me dirigí el día 3 al se- 
ñor Intendente de esta provincia, manifestándole la 
enormidad del desacato que se preparaba, y pidién- 
dole que hiciera guardar al señor Ministro Lavalle 
todo el respeto debido á su alto rango oficial y á 



54 HISTORIA DE LA 



la seguridad de su persona. El señor Intendente 
me contestó que ya tenía noticia del atentado que 
se pretendía cometer; que había aconsejado á los 
promotores de tal desorden que no lo pusieran en 
caso de hacer sablear y fusilar al pueblo, y que 
garantizaba que el ultraje no se llevaría á cabo. 

El día 4, desde la primeras horas de la mañana, 
me constituí en el desembarcadero para ir á bordo 
¡í la llegada del vapor del norte y acompañar al 
señor Lavalle. Tres ó cuatro mil hombres de las 
más baja esfera se apiñaban en la explanada y 
plazoleta del Resguardo; esperando el desembarco 
del Ministro peruano. En cuanto se avistó el vapor, 
una fuerza de 200 hombres de línea y una com- 
pañía numerosa de agentes de policía secreta se 
introdujeron entre la turba, cubriendo el frente 
del desembarcadero. A la una de la tarde regre- 
samos de á bordo acompañando al Enviado del 
Perú, y desde el muelle al Hotel Central tu- 
vimos que caminar entre dos filas de policiales y 
estrechados á cada paso por una muchedumbre 
airada y enemiga, como reos que llevan al suplicio. 
El respeto impuesto por la fuerza pública y las 
amenazas del señor Intendente. Almirano evitaron 
el crimin preconcebido. El señor Ministro Lavalle 
salió en el tren de 5 de la tarde para Santiago. — 
En la noche del mismo día se verificó el meeting 
de protesta é indignación contra la misión peruana. 
;'i que había sido invitado el pueblo la víspera. 
Después de los más torpes é indecentes insultos 
contra el Perú y sus Representantes, lanzados por 
una turba de seis á ocho mil hombres, grupos 
considerables se dirigieron al Hotel Central en 
busca del señor Lavalle. Convencidos allí de que 



GUERRA DE AMERICA 55 

abía ya salido del puerto, se encaminaron á la 
plaza municipal, en que estaba situado el Consu- 
lado, al cual atacaron ú pedradas, con vocifera- 
ciones de muerte contra el que suscribe... Habiendo 
sido nuevamente amagada mi casa en la siguiente 
noche, por un pequeño grupo de individuos que 
querían atentar contra mi persona y que fueron 
rechazados por dos individuos armados que custo- 
diaban el Consulado, resolví trasladar la oficina 
de mi cargo á la calle de la Aduana, lugar más 
al centro del puerto....— L. E. Márquez, Cónsul 
General del Perú. » 

A este documento será necesario añadir el si- 
guiente : 

« República de Chile. — Ministerio de Relaciones 
Exteriores. — Telegrama recibido de Valparaíso el 5 
de Marzo de 1879, a las 12.45 P. M.— Señor Mi- 
nistro: Anoche tuvo lugar en la plaza de la Inten- 
dencia el meeting anunciado. Los oradores discu- 
rrieron, estando á lo que vi en parte y lo que se 
me ha dicho, sobre la necesidad de no aceptar la 
mediación que suponen viene á ofrecer el señor 
Ministro del Perú. Terminado los discursos el pueblo 
se retiraba tranqui'o al parecer. Era imposible 
preveer que un grupo se detendría frente á la casa 
del señor Cónsul General del Perú, para dar gritos 
de odio y lanzar piedras sobre la puerta. Muy cerca 
de la casa estaba el ayudante Espinóla de la guardia 
de seguridad, y corrió á protejer la casa del señor 
Cónsul General del Perú; pero como el grupo de 
gente aumentaba, y no obedecía á sus intimaciones, 
dejó á algunos soldados de po'icía y á algunas 
personas decentes custodiando la puerta y se di- 



56 HISTORIA DE LA 



rigió a darme aviso. En el acto me trasladé á la 
casa del señor Cónsul con muchos caballeros que 
estaban conmigo, y encontramos todavía un grupo 
considerable de gente, pero ya tranquila. Se le pidió 
que despejara el sitio, y como no se consiguiera 
con prontitud pedí un piquete de 16 soldados de 
á caballo, y con esto se retiró aquella gente.... — 
E. Altamirano, Intendente de Valparaíso. » 

Los gravísimos hechos á que se refieron estos 
documentos, uno de los cuales emana de la más 
altas autoridades chilenas, prueban á la evidencia 
que aún antes de la llegada del Plenipotenciario 
peruano portador de la mediación, se había for- 
mado en Chile una atmósfera contraria al Perú, y 
que se buscaba con los medios violentos prova- 
carlo á un conflicto. En Chile, ú pesar de ser un 
país republicano, las conmociones populares no 
son tan fáciles y frecuentes como en los demás 
Estados americanos. Gobernado por una autoridad 
fuerte é intolerante, por medio de una policía nu- 
merosa y ben organizada, el pueblo chileno sabe 
perfectamente que no puede moverse, y no se 
mueve sino dentro de la esfera de acción consen- 
tida por el Gobierno: el cual, sino se hace escrú- 
pulo alguno de usar y abusar del látigo, por las 
más fútiles faltas de policía (1), se lo hace mucho 
menos de sablear y fusilar la plebe en las grandes 
ocasiones, según la locución usada por el Inten- 
dente de Valparaíso, en la conferencia con el Cónsul 
del Perú. Todo esto, pues, hace suponer que en 



(1) La pena del látigo se halla autorizado en Chile por los Regla- 
mentos de policía, y forma el pan de cada día de sus cárceles. Ha 
habido hasta periodistas ignominiosamente azotados en las plazas 
públicas, sin más orden que la de un Agente superior de policía. 



GUERRA DE AMERICA 57 

los referidos desórdenes de Valparaíso, que es la 
segunda ciudad de Chile, tan importante, y políti- 
camente quizás aún más que la misma capital las 
autoridades, que todo lo sabían de antemano, fueron 
más ó menos cómplices de la muchedumbre puesta 
en movimiento. Veremos más adelante el porqué 
de todo esto. 

El Plenipotenciario peruano fué recibido, sin em- 
bargo, con todo género de consideraciones por el 
Gobierno de Santiago, el cual no dejó de manifes- 
tarle su sentimiento por la mala conducta del po- 
pulacho de Valparaíso, y de de presentarle sus 
debidas excusas. 

Terminado en apariencia este incidente — si bien 
la prensa chilena no abandonase en modo alguno 
el tono acre é injurioso contra el Perú, que era la 
expresión más ó menos fiel de la opinión pública 
— el Plenipotenciario peruano se apresuró á expo- 
ner, tanto al Presidente de la República como al 
Ministro de Relaciones Exteriores (quando le fué 
posible hacerlo, siete días después), en conferencias 
tenidas con ellos el dia 11 de Marzo, las primeras 
bases de la mediación que les ofrecía en nombre 
del Perú, uniformemente á las instrucciones reci- 
bidas de su Cancillería; las cuales decián así: 
« Apareciendo la ocupación del Litoral boliviano 
por fuerzas chilenas, como una consecuencia del 
decreto expedido por el Gobierno de La Paz res- 
cindiendo el contrato de la Compañía de salitres 
y ferrocarril de Antofagasta, y no siendo decoroso 
para Chile ni para Bolivia, ni posible por consi- 
guiente entrar en ningún arreglo pacífico, sin que 
queden antes removidos tan graves inconvenientes 
por una y otra parte ; propondrá US. á ese Gobierno 



58 HISTORIA DE LA 



encaso que esta mediación fuese aceptada, el res- 
tablecimiento de los hechos al estado en que se 
encontraban antes de los últimos acontecimientos, 
esto es, la desocupación del territorio de Bolivia, 
siempre que esta República esté dispuesta por su 
parte ú suspender el mencionado decreto de res- 
cisión y la ley por la cual se gravó con diez cen- 
tavos la exportación de todo quintal de salitre que 
haga la Compañía de Antofagasta, y el consiguiente 
sometimiento de estas diferencias al arbitrage que 
ambos Gobiernos tuviesen á bien constituir (1). 

Efectivamente, en la sesión secreta tenida por el 
Senado de Chile el 24 de Marzo de 1879, el Mi- 
nistro chileno de Relaciones Exteriores declaraba 
que: «La Legación peruana indica la idea de des- 
ocupar los territorios comprendidos entre los pa- 
ralelos 23 y 24, y retrotraer las cosas al estado 
que tenían el 13 de Febrero ultimo, y someter la 
arbitrage la cuestión sobre si Bolivia tiene ó nó 
derecho para imponer en el litoral los impuestos 
reclamados. Esta es la base única que comprenden 
las instrucciones del señor Lavalle ». 



(1) Nota de instrucciones del Ministro de Eelaciones Exteriores 
del Perú al Ministro Plenipotenciario Lavalle.— Lima 22 de Fe- 
brero de 1879. 

Al hablar de las bases de la mediación ofrecida por el Perú, dice 
el historiador chileno Barros Arana en la página 74 de su « Historia 
de la Guerra del Pacifico » : El Representante del Perú ofrecia la 
mediación de su Gobierno, que Chile no tuvo ocasión de rechazar : 
pero aquel exigia como primer paso que esta República retirase 
sus tropas de Antofagasta para apaciguar asi á Bolivia, á fin do 
que aceptase gustosa los buenos oficios del mediador. Chile debia 
en consecuencia, deshacer lo hecho, retirar sus declaraciones, dejar 
subsistentes los actos depredatorios de Bolivia, antes do sabor sí- 
quiera bajo qué bases aceptaría esta República la mediación ». 

¡Cómo se hace la historia en Chile! Es verdad, sin embargo que 
el señor Barros Arana no se toma jamás le molestia de citar un 
documento oficial. 



GUERRA DE AMERICA 59 

Si en realidad al invadir el territorio boliviano, 
Chile no hubiera tenido más punto de mira que el 
hticer respetar el Tratado que él creía violado por 
la ley boliviana (además ya suspendida) que im- 
ponía diez céntimos^ tutelar los intereses de la 
Compañía salitrera de Antofagasta, que suponía 
injustamente amenazada por el decreto de rescisión 
de I o de Febrero; si, repetimos hubieron sido estos 
los únicos móviles de la violencia empleadas contra 
Bolivia, las bases de la mediación ofrecida por el 
Perú no hubiera podido ser más lisongera para 
Chile, puesto que satisfacían todas sus exigencias, 
justas ó injustas que fuesen, cuales eran la de im- 
pedir que Bolivia practicase innovación alguna 
contra el Tratado de 1874, ú que en modo alguno 
procediese contra la Compañía salitrera de Anto- 
fagasta, antes que los arbitros decidieran quién de 
los dos tenía razón: y por consiguiente no debía 
costarle sacrificio alguno el retirarse del territorio 
invadido; puesto que se hubiera retirado con todos 
los honores de la victoria, es decir, después de 
haber conseguido en virtud de su acto de fuerza 
todo lo que el hacerlo se había propuesto. 

Desgraciadamente no eran estas las intenciones 
de Chile. El asunto se presentó al Plenipotenciario 
peruano bajo un aspecto completamente diverso de 
como lo había previsto la Cancillería de Lima al 
formular las inrtrucciones ó que debía atenerse; y 
como él mismo escribía á su Gobierno con las 
Notas de 7, 11 y 13 de Marzo, la cuestión no ver- 
saba ya sobre las violaciones verdaderas ó falsas 
cometidas por el Gobierno boliviano contra los 
pactos acordados por el Gobierno de Chiles ó con 
los ciudadanos chilenos; sino sobre el dominio 



60 HISTORIA DE LA 



mismo del territorio ocupado por Chile, y que éste 
reclamaba como suyo. De todo lo cual se despren- 
día, que el arbitrage propuesto por la mediación 
peruana, ya no debía recaer sobre la primera cue- 
stión — si el Gobierno tenía ó no derecho á rescindir 
su contrato con la Compañía salitrera de Antofa- 
gasta, ó bien sobre la anterior, por los demos ya 
terminada, si tenía ó no el derecho de imponer la 
contribución de diez céntimos sobre cada quintal 
de salitre que dicha Compañía exportase; — sino 
sobre una cuestión completamente nueva propuesta 
por Chile, es decir, sobre si Bolivia tenía ó no de- 
recho á la posesión y dominio del territorio com- 
prendido entre los paralelos 23 y 24, que Chile 
había hecho suyo y decía pertenecerle; porque ha- 
biendo declarado nulo y caducado, por falta de 
cumplimiento por parte de Bolivia, el Tratado de 
límites de 1874, y con éste el anterior de 1866, 
consideraba haber retrotraído las cosas al estado 
en que se encontraba antes del primer Tratado de 
límites de 1866. 

Chile, en fin, declaraba por su propia autoridad 
como resuelta ú su favor la primera cuestión, si 
Bolivia había ó no infringido el Tratado de 1874, 
como consecuencia de pretendida infracción come- 
tida contra él por Bolivia con una le;j que había 
retirado ;ja; y declarando, siempre de su propia 
autoridad, como incluida en la nulidad del Tratado 
de 1874, también la del precedente Tratado de lí- 
mites de 1866, en la cual se fijaban las fronteras 
de Bolivia en el paralelo 24, hacía retroceder la 
cuestión al estado en que se encontraba antes de 
dicho Tratado de 1866, cuando él pretendía ser 
dueño exclusivo del desierto de Atacama hasta el 



GUERRA DE AMERICA 61 

paralelo 23; y exigía que esta sola cuestión, y no 
otra, debía someterse al arbitrage; es decir, á cual 
de los dos pertenecía (si á Chile ó á Bolivia) la 
zona del desierto de Atacama comprendida entre 
los paralelo 23 y 24, del cual se había apoderado 
de viva fuerza á título de reivindicación. 

Sentado esto, el Presidente de la República y el 
Ministro de Relaciones Exteriores declaraban el 
uno después del otro al Plenipotenciario Lavalle, 
en las anteriormente mencionadas conferencias del 
11 de Marzo, que ellos no podían en modo alguno 
adherirse á las indicaciones del Perú, de hacer re- 
troceder el estado de cosas á aquel en que se en- 
contraban el 14 de Febrero, antes del desembarco 
de las tropas chilenas en Antofagasta ; es decir, 
desocupar el territorio boliviano, si Bolivia consentía 
en suspender los efectos del decreto de rescisión 
de su contrato con la Compañía salitrera de Anto- 
fagasta, y los de la precedente ley de contribución 
sobre el salitre, para someter tales cuestiones al 
arbitrage; porque non era esto ya de lo que se 
trataba. Sin embargo, con el objeto de hacer buena 
acogida ;í la amistosa mediación peruana, no se 
negaban someter al arbitrage la nueva cuestión 
promovida por Chile, es decir, de saber á quién 
pertenecía el territorio comprendido entre los pa- 
ralelos 23 y 24, que las fuerzas chilenas habían 
ocupado, pero bajo la condición si ne qua non de 
que Chile conservaría la posesión de dicho territorio 
hasta la última sentencia de los arbitros. 

Una vez que la cuestión pendiente entre Chile y 
Bolivia no era ya aquella misma para la cual el 
Plenipotenciario peruano se hallaba investido de 
poderes para ofrecer la mediación del Perú, sino 



62 HISTORIA DE LA 



una cuestión harto más grave y completamente 
nueva que aparecía entonces por primera vez, dicho 
Plenipotenciario ya no tenía facultad para seguir 
tratando sobre Ja mediación con Chile, y debía ne- 
cesariamente suspender toda negociación hasta 
recibir nuevas instrucciones de su Gobierno. Efecti- 
vamente, así lo declaró el Presidente de la República 
y el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile; y 
desde aquel momento sus relaciones con la Can- 
cillería chilena 'no tuvieron, ó por lo menos no 
debían tener, sino un carácter meramente confiden- 
cial ; hasta que llegasen las nuevas instrucciones 
del Gabinete de Lima. 

Por lo demás no es difícil de explicar como 
aconteciera que el Gobierno peruano considerase 
diversamente de lo que era en realidad el conflicto 
entre Chile y Bolivia, y diera á su Plenipotenciario 
instrucciones insuficientes á la vez que impertinen- 
tes para su misión. 

Para poder dar las instrucciones necesarias á su 
Plenipotenciario, que debía salir y salió de Lima 
para Chile el 22 de Febrero, el Gobierno peruano 
interpeló el día 20, á cerca de los motivos del de- 
sembarco de las tropas chilenas sobre el territorio 
boliviano, al Ministro Plenipotenciario de Chile en 
el Perú; el cual respondía evasivamente con nota 
del 23, diciendo: «Mi Gobierno no lardará en diri- 
girse á los de las Naciones amigas dándoles cuenta, 
por medio He una exposición detallada, del rompi- 
miento de sus relaciones amistosas con Bolivia. En 
esa exposición que llegará á manos de V. E. no 
despuás que á otra alguna Cancillería, verá V. E. 
amplia é incontrovertiblemente demostrados los 
motivos y fundamentos de los sucesos cuyo cono- 



GUERRA DE AMERICA 63 

cimiento oficial es deseable para su Gobierno (1)> 
De consiguiente, á la salida del Plenipotenciario 
Lavalle para Chile, la Cancillería de Lima ignoraba 
completamente las prctenciones reivindicatorías sa- 
cadas á relucir más tarde por el Gabinete de San- 
tiago; y a juzgar por lo únicamente conocido en- 
tonces, es decir por las cuestiones entre Chile y 
Bolivia, hasta la invasión del territorio boliviano, 
el rompimiento provocado por Chile no podía tener 
otro motivo aquella cuestiones; y en su consecuencia 
á ellas y no á otras podían y debían referirse las 
instrucciones que dio á su Plenipotenciario para 
el .desempeño de su misión. 

Al fin de la conferencia del once, el Ministro de 
Relaciones Exteriores de Chile manifestaba también 
al Plenipotenciario peruano, que su Gobierno tenía 
noticia, aunque no muy segura, de la existencia de 
un Tratado secreto de alianza, celebrado en el 
año 1873, entre las Repúblicas del Perú y Bolivia, 
preguntándole que había de cierto sobre el parti- 
cular: á lo cual el Plenipotenciario peruano respondía, 
que ignoraba completamente la existencia de seme- 
jante Tratado, y que razones meramente personales 
le hacían creer que no existían; pero que, habiendo 
oído hablar de dicho Tratado desde el momento 
de su llegada ñ Chile, había ya pedido informaciones 
á su Gobierno sobre este asunto. Sin embargo, el 
Tratado existía realmente desde el año de 1873, 



(1) Esta prometida ( xposicion, ó manifiesto de la Cancillería chi- 
lena sobre los motivos de la guerra contra Bolivia, si bien lleva la 
fecha de 18 de Febrero, no fué entregada al Representante del Perú 
en Chile, para que la remitiese á su Gobierno, que el día once de 
Marzo, como se desprende de las respectivas notas de remisión ; de 
modo que no llegó á manos del Ministro de Relaciones del Perú, 
que en la segunda quincena del mes de Marzo. 



64 HISTORIA DE LA 



como decía el Ministro chileno ; y la Cancillería de 
Lima, preveyendo semejante pregunta por parte de 
la de Santiago, después de haber sabido extraofi- 
cialmente el verdadero objeto de la expedición de 
Chile contra Bolivia, había escrito ya á su Pleni- 
potenciario, con fecha 8 de Marzo: «Es muy pro. 
bab'e que el Gobierno de Chile pregunte á US. si 
realmente existe un Tratado de alianza entre el 
Perú y Bolivia..., US. debe manifestar que en rea- 
lidad existe el Tratado, pero que ello no obstante, 
si Chile retirase sus fuerzas del Litoral boliviano, 
que como US. sabe, es la condición esencial de 
nuestra mediación, el Perú no se vería ya obligado 
á su cumplimiento, y estaría por el contrario en 
aptitud de fecilitar los medios conducentes á un 
arreglo decoroso y equitativo entre Chile y Bolivia. » 
Pero esta nota, como se desprende de su fecha, no 
lo había recibido todavía el día once el Plenipo- 
tenciario Lavalle. 

El 17 de Marzo, el Gabinete de Santiago vino á 
saber que el Presidente de Bolivia había dado, con 
fecha 1.° del mismo mes el decreto siguiente: 

«Considerando: Que el Gobierno de Chile á in- 
vadido de hecho el territorio nacional, sin observar 
las reglas del derecho de gentes ni las pr.Uicas de 
los pueblos civilizados, expulsando violentamente á 
las autoridades y nacionales residentes en el Di- 
partamento de Cobija. — Que el Gobierno de Bolivia 
se encuentra en el deber de dictar las medidas 
enérgicas que la situación exige, sin apartarse no 
obstante de los principios que consagra el derecho 
público de las naciones— Decreto: 

Art. 1.°: Queda cortado todo comercio v comu- 



GUERRA DE AMERICA 65 

nicaciones con la República de Chile, mientras dure 
la guerra promovida á Bolivia. 

Art. 2.°: Los chilenos residentes en el territorio 
boliviano serán obligados á desocuparlo en el tér- 
mino de 10 días contando desde la notificación.... » 
(siguen otras prescripciones contra los chilenos). 

Este decreto que, como claramente se lee en él, 
no hace más que dictar algunas medidas relativas 
al estado de guerra en que de hecho se encontra- 
ban ya Bolivia y Chile, después de la invasión con- 
sumada por este último en el territorio de aquella 
y. como textual y detalladamente dice, mientras 
dure la guerra que Chile ha promovido á Bolivia, 
fué interpretado por Chile de una manera bastante 
original. 

El Gobierno de Chile dijo que dicho decreto con- 
tenía una declaración de guerra lanzada de motu 
propio por Bolivia contra Chile; que el estado 
de guerra entre Chile y Bolivia comenzaba sola- 
mente entonces, en virtud de aquel decreto con el 
cual Bolivia provocaba á Chile á la lucha ; y por 
esto siendo Chile el atacado, procedía á invadir, 
por represalia, el territorio del Estado agresor. 
Dicho y echo, dio orden telegráficamente á la es- 
cuadra y ejército que treinta días antes se apode- 
raron en plena paz de Antofagasta, Mejillones y 
Caracoles, de invadir y ocupar también los puertos 
y territorios restantes de Bolivia hasta los confines 
del Perú. Y como el supremo Estado agresor, Bo- 
livia, no tenía en sus lejanos y miserables puertos 
de Tocopilla y Cobija, que escasamente unas pocas 
docenas de soldados empleados como fuerza de 

5 



66 HISTORIA DE LA 



policía, los acorazados chilenos no tuvieron mus 
que presentarse y desembarcar una compañía de 
línea para apoderarse de ellos: otras cuantas com- 
pañías salieron al mismo tiempo de Caracoles para 
apoderarse á su vez del villorio interno de Galama, 
situado en el Alta- Ataca ma ; y así es que todo el 
desierto quedó en pocas horas en poder de Chile 
— Bien entendido, sin encontrar la menor resistencia, 
exceptuando solamente unos pocos disparos de 
fusil en Calama, donde se habían refugiado en 
medio de mil dificultades y careciendo de todo 
especialmente de agua y calzado, los pocos solda- 
dos bolivianos desalojados sucesivamente de Anto- 
fagasta, Mejillones, Caracoles, Tocopilla y Cohija (1). 
En fin Chile, solamente porque había iniciado 
contra Bolivia una guerra de nuevo género, sin 
previa declaración escrita ni verbal, procediendo 
por sorpresa á invadir el territorio indefenso del 
amigo, el 14 de Febrero, bajo el pretexto de reivin- 
dicar lo que decía suyo; ó en otros términos, sola- 
mente porque su agresión del 14 de Febrero había 
sido mas ó menos pérfida, consideraba que dicha 
invasión no era en modo alguno un principio de 
guerra, y aun siquiera una simple provocación. Aún 
suponiendo, come remota hipótesis, que Chde hu- 
biese tenido sus buenas razones para ejercer un 
derecho de reivindicación sobre un territorio poseído 
pacíficamente por Bolivia, y cuVo dominio Chile 



(1) En la Historia dt i" Guerra <h/ Pacífico, escrita por el histo- 
riador chileno Diego Barros Arana, con la ayuda y inspiración del 
Gobierno chileno, alli donde se habla de estos hechos y del famoso 
decreto del Presidente de Bolivia, General Daza, se lee : « Desde 
que el General Daza había declarado la guerra ú Chile... ú la cabeza 
de unos 500 hombres de las tres armas salió de Caracoles el Coro- 
nel.... » pág. 68. 



GUERRA DE AMERICA 67 

mismo le había reconocido por dos Tratarlos su- 
cesivos ¿es acaso con una brutal invasión de dicho 
territorio, con una invasión hecha de improviso 
cuando se vive bajo el amparo de la paz asegurada 
por el derecho internacional, que ese derecho rei- 
vindicatorío pueda y deba ejercer para luego soste- 
ner que dicha invasión no es un acto hostil, y de 
la peor de las hostilidades? (1). Sin embargo Chile 
armado de una lógica araucana que le es peculiar, 
sostenía que dicha invasión no constituía por si 
mismo un acto de guerra, no una provocación 
suficiente para romper las hostilidades. 

Llamaba por el contrario provocación y declara- 
ción de guerra, el decreto antes citado del Presi- 
dente de Bolivia, cuyo espíritu bien diverso se revela 
fácilmente á todo aquél que no carezca de sentido 
común; y se aferraba ;3 este pretexto para extender 
su invasión de 14 de Febrero á todo el desierto 
de Atacama, ó sea ¡i toda aquella parte del territorio 
boliviano que se había propuesto conquistar. ¡Hasta 
donde puede llegar el espíritu de prepotencia y la 
ceguera de las pasiones! 

Y todo esto, mientras se escuchaban y dejaban 
en suspenso las gestiones del Perú que se ofrecía 
como mediador, para zanjar amigablemente las 
dificultades con Bolivia. 

Desde el día 11 hasta el 19 Marzo no hubo nego- 
ciaciones de ningún género entre el Plenipotenciario 
del Perú y la Cancillería de Santiago, directamente 



(1) «Según las practicas del derecho internacional, tanto podía 
iniciarse (una guerra) por una declaración formal de guerra, como 
por hechos que equívocamente la estableciesen. » 

Palabras del Senador Vergara en la sesión secreta celebrada por 
el Senado chileno el 26 de Marzo de 1879. 



68 HISTORIA DE LA 



por lo menos. Nos dicta esta reserva la conducta 
bastante singular observada por uno de los perso- 
najes más influyentes de los círculos políticos de 
Santiago, don Domingo Santa María, antiguo amigo 
del Plenipotenciario peruano, al cual visitara desde 
su llegada á la Capital chilena, y á cuyos faldones 
estuvo siempre continuamente cosido durante toda 
su permanencia allí, conversando y discutiendo 
familiarmente con él sobre el objeto de su misión 
y sobre todas las cuestiones más vitales de actua- 
lidad. Santa María, como en varias ocasiones él 
mismo se complacía declarar: « no se mezclaba en 
estos negocios que como amigo del Perú, del Ple- 
nipotenciario Lavalle y del señor Pinto, Presidente 
de Chile, que lo había expresamente autorizado 
para ello, pero sin carácter oficial alguno (1). » 
Ahora bien, aunque no tuviese ningún carácter 
oficial, la expresa autorización del Presidente de 
Chile le revestía por lo menos de cierto carácter 
oficioso, bue le dalia la facultad, y hasta cierto 
punto le obligaba ú hacer de portavoz entre dicho 
Presidente y el Plenipotenciario Lavalle: sin em- 
bargo, parece que este último no se preocupó ni 
mucho ni poco de semejante circunstancia; é hizo 
muy á menudo, al amigo, confidencias tales que 
no hubiera hecho ciertamente á personas revestidas 
de carácter oficial: como por ejemplo, la que relata 
en nota de 18 de Marzo á su Gobierno, á saber 
que, habiéndole preguntado Santa María: « si á su 
juicio; y hablando francamente de amigo á amigo 
el mal éxito de las negociaciones que se le' habían 



(1) Estas noticias las hemos recogido en la correspondencia oficial 
del Plenipotenciario Lavalle con su Gobierno. 



GUERRA DE AMERICA 69 

encargado, daría como resultado inevitable la gue- 
rra entre el Perú y Chile.... el contesto sin vacilar 
que sí. » 

Nosotros no suponemos en modo alguno que 
Santa María, persona muy respetable, al tusase á 
sabiendas de tales confidencias. Pero de cualquier 
modo que fuese, el Plenipotenciario peruano no 
hubiera debido olvidar jamás el carácter semi oficial 
de dicho señor, y prevear la probabilidad nada 
remota que, aún inconscientemente y sin mala 
intención por su parte podía éste permitir alguna 
vez que el intermediario oficioso ó autorizado es- 
cuchara lo que únicamente se decía al amigo. Ade- 
más, Maquiavelo decía que en política no hay 
amigos; quizás la sentencia es demasiado absoluta, 
pero es conveniente no olvidarla. 

El 19 de Marzo el Plenipotenciario Lavalle tuvo 
una segunda conferencia con el Ministro de Rela- 
ciones Exteriores de Chile, el cual, después de las 
mayores manifestaciones de simpatía hacia el Perú, 
que llegaron hasta hacerle decir que: «jamás Chile 
declararía la guerra al Perú, y se limitaría á resistir 
si era agredido, considerando esa la más dolorosa 
de las necesidades á que podía verse expuesto;» 
y después de haber reiterado su primera declaración 
de la imposibilidad de desocupar el Litoral boliviano, 
como base del arbitrage propuesto por el Perú, no 
pudiendo abandonar los ciudadanos chilenos que 
lo habitaban, al despotismo y á la perpetua anar- 
quía de Bolivia, le manifestó: 1.° el proyecto del 
Gobierno chileno de intentar con la mediación del 
Perú, un arreglo directo é inmediato con Bolivia; 
2.° de trasladar las negociaciones á Lima, donde 
podrían discutirse amigablemente las bases de dicho 



70 HISTORIA DE LA 



arreglo, con la intervención del Ministro de Rela- 
ciones Exteriores del Perú, entre los Plenipoten- 
ciarios de Chile y Bolivia; 3.° que el Plenipotenciario 
de Chile sería don Domingo Santa María, sobre el 
cual se podía contar, si bien realmente todavía no 
hubiera aceptado la misión; 4.° que era necesario 
conservar el mayor secreto sobre el particular. Y 
aquí es de advertir, que dicho proyecto desarrollado 
ollciolmente por el Ministro chileno como habiendo 
entrado va en las miras de su Gobierno, se había 
formado poco á poco en los días anterioses en las 
conferencias entre Lavalle y su amigo Santa María. 

El día siguiente. 20 de Marzo, el Plenipotenciario 
del Perú recibió las visitas de cos'umbre de Santa 
María, el cual le comunicó, que el Presidente de 
Chile le había instado vivamente, para que se trar- 
ladose á Lima, ú lo que había respondido afirma- 
tivamente, aunque fuese un gran sacrificio para él 
abandonar Santiago en aquellos momentos, única- 
mente por el deseo de asegurar la paz entre Chile 
y el Perú; y que sin embargo temía que fuese ya 
demasiado tarde, y su sacrificio estéril, la actitud 
del Perú con sus armamentos y con el envío de 
dos mil hombres á la frontera de Bolivia, siendo 
muy sospechosa y amenazadora para Chile. De 
todas maneras, se acordó que Santa María saldría 
de Chile con el vapor del 29 del mismo mes, si 
nada de particular acaecía en este intervalo. 

El día siguiente, 21 de Marzo, Santa María hizo 
una visita á Lavalle, para decirle que después de 
maduro examen y de una larga conferencia con el 
Presidente de Chile, hahía decidido no trasladarse 
¡i Lima; porque abrigaba el temor de llegar dema- 
siado tarde, y sin otro resultado que el de ver 
disparar el primer cañonazo. 



GUERRA DE AMERICA 71 

Poco después, dentro del mismo día, el Plenipo- 
tenciario del Perú se personó, previa invitación, en 
casa del Presidente de la República; el cual, ade- 
más de confirmarle cuanto le había anunciado Santa 
María, le dijo: «Que su más vivo deseo era la con- 
servación de la paz con el Perú, y obtener, con la 
mediación peruana, el restablecerla con Bolivia; 
pero que la actitud del Perú era muy alarmante ; 
que sus oficios como mediador eran difíciles de 
actuarse, mientras parecise dispuesto y próximo á 
convertirse en beligerante; y que en bien de la paz 
deseaba saber si el Perú sería neutral ó nó, en la 
guerra entre Chile y Solivio, declarada ya por esta 
última Nación (1). » A esto respondió el Plenipo- 
tenciario peruano que, enviado por su Gobierno 
para ofrecer la amistosa mediación del Perú, no 
había recibido autorización ni instrucción alguna 
para declarar cual sería la conducta de su Gobierno 
en el caso que no fuese posible llegar á un arreglo 
amistoso entre Chile y Bolivia ; y que á su enten- 
der, creía: 1.°: que el Perú no podía hacer jamás 
una declaración de neutralidad á priori, tratándose 
de una guerra entre vecinos, la cual de un mo- 
mento á otro podía comprometer sus propios inte- 
reses ; 2.°: que solo podía declararse neutral con- 
dicionalmente, ó sea, en el caso que Chile admitiese 
algunas bases de la mediación para someterlas á 
Bolivia: y que por esto, habiendo rechazado Chile 
las bases presentados por él, en nombre de su 
Gobierno, lo excitaba á presentar otras nuevas que 
se apresuraría ¡1 trasmitir al Gabinete de Lima, en 



(1) Refiriéndose al decreto de 1.° de Marzo, del Presidente de 
Bolivia del cual hicimos antes mención. 



72 HISTORIA DE LA 



cuyo caso quizás este último se decidiría á declarar 
su neutralidad. 

Volviendo á tomar la palabra, después de esto, 
el Presidente de Chile añadió: «Que por el mo- 
mento no podía proponer sino las siguientes ba- 
ses: 1.°: mantener el statu quo (ó sea la ocupación 
chilena del desierto de Atacama) sin derivar de 
ello otros derechos para el futuro; 2.°: el retro- 
traimiento de la cuestión al punto en que se hallaba 
en 1866; 3.°: el sometimiento á un arbitrage de la 
decisión del dominio real: pero que esto no podía 
hacerse sino mediante una discusión tranquila, 
siendo el Perú neutral ». Bases esenciales eran de 
consiguiente la previa declaración de neutralidad 
por parte del Peni, y que hasta la decisión de los 
arbitros que podía prolongarse indefinidamente, 
conservara Chile la posesión del territorio boliviano 
que había ocupado con la fuerza: dicha ocupación 
como liemos dicho ya, se había extendido días 
antes á todo el desierto de Atacama hasta los con- 
fines del Perú, es decir, más allá todavía del grado 
23 donde se había detenido la del 14 de Febrero. 

A pesar de lo poco aceptable de estas bases, ó 
la cuales Bolivia no hubiese prestado jamás su a- 
sentimiento, el Plenipotenciario Lavalle se prestó 
trasmitirlas al Gobierno de Lima ; y se convino 
entre él y el Presidente Pinto que se haría tele- 
gráficamente, y para evitar cualquiera inexactitud 
por su parte, serí¡i redactado el despacho por el mismo 
Presidente, quien se comprometí'» á enviarle el bo- 
rrador dentro del mismo día,— borrador que no 
envió ni aquel día ni nunca. (1) 



(1) Todo cuanto se refiere á estas conferencias del 19 y 21, lo 
hemos recogido eu las notas oficiales del Plenipotenciario peruano 
á su Gobierno, del 20 y 21 do Marzo. 



GUERRA DE AMERICA 73 

Un paso atrás: El Representante de Chile en 
Lima, con nota de 17 de Marzo, después de haber 
hablado de los armamentos que hacía el Gobierno 
peruano : y del envío de una división de 2000 hom- 
bres á Iquique, así como también de los senti- 
mientos hostiles á Chile manifestados por la prensa 
de Limn, concluía pidiendo al Perú una declaración 
de neutralidad, en los siguientes términos: «... Cree 
propio (el Gobierno de Chile), para hacer más de- 
sembazada su acción respecto del Gobierno de Bo- 
livia, inquirir seriamente si el de V. E. tiene la in- 
tención, que sus deberes le sugieren, de permanecer 
neutral ante los acontecimientos que han tenido y 
tengan lugar defendiendo Chile con las armas la 
ocupación del territorio Litoral al Sur del para- 
lelo 23 ». 

Pero el Gabinete de Lima no había recibido aún 
hasta entonces del de Santiago, la participación 
oficial de la ocupación del territorio boliviano, que 
tuvo lugar el 14 de Febrero, y que por primera 
vez oía llamar reocupación del territorio Litoral; 
de modo que, lógicamente, no le era posible de- 
clarar cuál sería su conducta en vista de hechos 
de los cuales ignoraba el verdadero móvil y signi- 
ficado (1). Y un poco por esto, un poco herido por 



(1) La exposición de la Cancillería chilena sobre los hechos del 
14 de Febrero, entregada al Plenipotenciario peruano en Santiago 
el once de Marzo, para ser enviada á su Gobierno, no le había lle- 
gado aún ni podía haberle llegado el 17. 

El servicio postal entre Chile y el Perú, se verifica por medio 
de los vapores de la Compañía Inglesa del Pacifico, los cuales em- 
plean desde el Callao á Valparaíso y viceversa, de 9 á 11 días, según 
el mayor ó menor número de escalas que hacen ; saliendo tanto del 
Callao como de Valparaíso una ó dos veces por semana. Desde 
Santiago á Valparaíso, y desde Lima al Callao llevan el correo 
empleando respectivamente, los primeras 5 horas y [los segundos 



74 HISTORIA DE LA 



la altisonante acrimonia que respiraba la nota del 
Ministro chileno, le respondía que, habiendo acre- 
ditado cerca de la Cancillería de Santiago una misión 
particularmente encargada de tratar todos los in- 
cidentes á que pudieui dar lugar este asunto, en- 
viaría ¡i la misma las instrucciones necesarias para 
responder á aquel Gobierno sobre los diversos 
puntos contenidos en dicha nota. Todo esto por 
escrito. 

Pero en una conferencia oficiosa que el Ministro 
Plenipotenciario chileno tuvo con el Presidente del 
Perú, el día 20, éste le expuso: «Que no Je era 
posible formular en expresiones precisas cuál sería 
más tarde sus decisión; que su Gobierno, ligado 
de antemano á Bolivia por un Tratado secreto de 
alianza ofensiva y defensiva (1), tendría forzosamente 
que hacer causa común con aquel país, ¡í menos que 
se restableciesen las relaciones de amistad entre él 
y Chile, ó si el Congreso del Perú que pronto será 
convocado ¡i sesiones extraordinaria?, autorizase 
el no cumplimiento de dicho Tratado.... En con- 
clusión, que una decisión no sería adoptada por 
su Gobierno, sino después de ser conocedor del 
éxito de la misión confiada al señor La valle (sobre 
la mediación, y después dé interrogar al país por 
medio de su representantes al Congreso (2).» En 



30 minutos. A esto es necesario añadir el tiempo que se pierde en 
el embarque y desembarque en los puertos, las diversas horas de 
salida de los correos, y las coincidencias entre las salidas y las 
llegadas, respectivamente, de los trenes y los vapores; además de 
los dias que es necesario esperar hasta la salida del primer vapor. 

(1) La alianza era simplemente defensiva, y no ofensiva como 
erróneamente dice el Ministro chileno haberle asegurado el Presi- 
dente del Perú. 

(2) De la nota que el Plenipotenciario de Chile on Lima dirigía 
u Gobierno el 22 de Marzo de 1879. 



GUERRA' DE AMERICA 75 

consecuencia de esto, el día siguiente, 21 de Marzo 
el Ministro chileno mondaba a su Gobierno el si- 
guiente despacho telegráfico: Mi nota moderada 
pidiendo declaración neutralidad será contestada 
hoy. Presidente me expuso anoche no poder deci- 
dirse, tener tratado alianza con Bolivia, convocar 
Congreso para decisión, y encargar Lavalle de ex- 
splicarse con nuestro Gobierno. (1) 

Estas explicaciones que el Gabinete de Lima 
enviaba ampliamente á su Plenipotenciario en San- 
tiago, con nota del 26 de Marzo, para que las co- 
municaciones á la Cancillería chilena, no fueron 
esperadas por esta última, que declaró rotas sus 
amistosas relaciones con el Perú, antes que dicha 
nota llegase á su destino. 

El 24 de Marzo, el Presidente de Chile y el Ple- 
nipotenciario peruano celebraren una nueva confe- 
rencia, que el primero inició con las siguientas 
palabras: Estoy profundamente disgustado, porque 
acabo de tomar algunas medidas relativas á la 
guerra con el Perú; para luego decirle: que la 
actitud del Perú, el cual se presentaba como me- 
diador armado, y próximo á convertirse en beli- 
gerante, exigía una pronta resolución por su parte : 
que la opinión pública lo obligaba á ello, y que 
los marinos y hombres de guerra de Chile creían 
el momento propicio para acometer al Perú, por 
considerarse en aquel momento más fuerte Chile, 
situación que podía cambiarse más tarde; pero que 
no existiendo realmente ningún motivo de guerra 
entre Chile y el Perú, cuyos comunes intereses 
exigían el ir siempre ele acuerdo, no veía por que 



(i) De la misma nota anterior. 



76 HISTORIA DE LA 



se debía llegar á tan dolorosa extremidad ; y que 
todo podía evitarse con la simple declaración de 
neutralidad por parte del Perú : que con este ob- 
jeto halda encargado á su Representante en Lima 
pedir ¡i aquella Cancillería dicha declaración, y que 
deseaba que la misma petición fuese repetida por 
el Plenipotenciario Lavalle, por medio de un des- 
pacho telegráfico del cual había preparado el bo- 
rrador escrito: «La situación indefinida del Perú 
es un obstáculo insuperable para las negociaciones. 

La declaración de neutralidad tranquilizaría los 
espíritus aquí como en el Perú y Bolivia. Propo- 
siciones que podrían ser aceptables estando los 
¡mimos más tranquilos no pueden ahora discutirse ». 
El Plenipotenciario peruano respondió, que no de- 
jaría de trasmitir este despacho á su Gobierno, 
para satisfacer los deseos manifestados por el Pre- 
sidente, pero que, aún careciendo de instrucciones 
especiales sobre el particular, se permitía mani 
festar una ves más, que el Perú no podía decla- 
rarse neutral, como pretendía á priori é incondi- 
cionalmente, en una guerra entre vecinos que podía 
comprometer de un momento á otro sus propios 
intereses; y que si el Perú halda asumido el ca 
rácter de mediador, v hacía todo gánero de es- 
fuerzos para evitar la guerra, era precisamente 
porque, convencido de la imposibilidad de mante- 
nerse neutral, quería evitar la necesidad de con- 
vertirse en belligerante. 

El Presidente de Chile añadió entonces; I o : que 
no veía que intereses tan poderosos podían ligar 
al Perú con Bolivia; que Chile le daría toda es- 
pecie de garantías, si de algunas necesitaba á con- 
secuencia de la ocupación del litoral boliviano, y 



fjUERRA DE AMERICA 77 



que si por su declaración de neutralidad Bolivia 
le hacía la guerra, contase con la alianza de Chile' 
y con un ejército chileno que se pondría á las orden 
del Perú; 2 o : que se la guerra estallaba entre Chile 
y el Perú, no sería extraño que acabase en una 
guerra entre el Perú y Bolivia, aliada a Chile; pues 
hoy mismo podría hacer la paz con Bolivia con 
detrimento del Perú, cosa en que él no entraría 
jamás; y que para evitar la guerra entre ambos 
países era preciso que el Perú declarase su neu- 
tralidad (1). 

El día siguiente, 25 de Marzo, volviendo sobre 
cuanto se había dicho entre él y el Plenipotenciario 
peruano en la conferencia anterior, el Presidente 
de Chile escribía al señor Lavalle la siguiente 
carta autógrafa: 

« Santiago, á 25 de Marzo de 1879. — Señor don 
José Antonio de Lavalle. — Mi apreciado señor:— 
Creo que no estaría demás decir, que declarada la 
neutralidad, las negociaciones podrían continuarse 
en Lima, donde podría llevarse cm más actividad 
que en Santiago. Creo que declarada la neutralidad 
podríamos conseguir que Santa Maria fuese á 
Lima. — A. Pinto ». 

Insistiendo siempre sobre la declaración de neu- 
tralidad del Perú, que debía ser el punto de par- 
tida de toda negociación, el Presidente de Chile 
volvía una segunda vez sobre el proyecto de los 
días 19, 20 y 21 de hacer negociar en Lima por 
Santa María un proyecto de arreglo amistoso con 
Bolivia. 



(1) De la nota oficial del Plenipotenciario peruano á sus Gobierno 
del 25 de Marzo. 



HISTORIA DE LA 
•_ 



Pero en este estado de cosas, le fué referido á 
tavalle, que el Gobierno de Chile había dado ór- 
denes á la escuadra de mantenerse pronta para o- 
perar á la primera señal contra los puertos y fuer- 
zas navales del Perú. 

El 31 de Marzo, habiendo recibido de su Gobierno 
copia del Tratado de alianza celebrado entre el 
Perú y Bolivia en el año de 1873, el Plenipoten- 
ciario peruano dio lectura de este documento al 
Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, hacién- 
dole notar como además se desprendía de él cla- 
ramente, que no tenía carácter alguno de hostili- 
dad contra Chile, tratándose únicamente de un 
pacto general de alianza defensiva, deludo más que 
á otra cosa á la necesidad de consolidar las, en- 
tonces difficiles, buenas relaciones con Bolivia, tan 
necesarias al desarrollo comercial y económico de 
los dos países por su respectiva posesión geo- 
gráfica. 

Efectivamente, no puliendo servirse Bolivia de 
sus lejanos puertos de la costa del desierto de A- 
tacama, más que únicamente para la necesidades 
de una región muy limitada del Estado, se halla 
necesariamente obligada á servirse, para la necesi- 
dades comerciales de la mayor parte de la Repú- 
blica, de los puertos peruanos de Arica y Moliendo 
Naciendo de aquí entre ambos países continuas 
dificultades aduaneras, y á veces tirantez en las 
relaciones diplomáticas, ó desacuerdos más ó me- 
nos pasageros, para llegar después con más ó 
menos trabajo, á la celebración de Tratados espe- 
ciales de Aduanas, que fueron casi siempre reme- 
óios tardíos ó causas de perjuicios') trastornos en 
los intereses comerciales de los Estados. Con el 



GUERRA DE AMERICA 79 



Tratado de alianza se creyó poner un dique a eslas 
frecuentes y dañosas disenciones entre la dos Re- 
públicas, haciéndolas solidarias de una amistad 
leal y duradera. 

El 1.° de Abril los periódicos de Santiago pu- 
blicaban la noticia, de que el Gobierno había pe" 
dido la autorización del Consejo de Estado para 
declarar Ja guerra al Perú. Y en la noche del 
mismo día, el populacho de Valparaíso, á la vista 
de la policía que permaneció espectadora indife- 
rente del hecho, asaltó el Consulado del Perú y 
arrancó violentamente el escudo de armas de esta 
Nación, para después romperlo en pedazos, y hacer 
de él un solemne auto de fé delante de la iglesia 
de la Merced. 

El mismo día 1.° de Abril, el Plenipotenciario 
peruano, se apresuraba á enviar á la Cancillería 
chilena, pidiendo aclaraciones sobre cuanto se decía 
en los periódicos referente á la declaración de 
guerra al Perú, y rogéndole, en caso afirmativo, 
que le enviase sus pasaportes. No habiendo reci- 
bido respuesta, dirigió otra aún más urgente ía 
mañana del 3, en la tarde de cuyo día recibió del 
Ministro de Relaciones Exteriores, con fecha 2 de 
Abril, la Nota siguiente: 

« La manifestación hecha en estos últimos días 
al Ministro chileno en Lima por el Gobierno de 
US. de que no podía declararse neutral en nuestra 
contienda con Bolivia, por tener un pacto de alianza 
defensiva que US. me leyó en la conferencia ha- 
bida el 31 del pasado, ha hecho comprender á mi 
Gobierno que es imposible mantener relaciones 
amistosas con el del Perú, Ateniéndome á la res- 
puesta que US. me dio en la primera conferencia 



80 HISTORIA DE LA 



que tuvimos el 11 de Marzo último, contestando á 
la interrogación que le hice sobre si existía ó nó 
ese pacto, y en la que US. me aseguró que no 
tenía conocimiento de él, que creía que no existia... 
mi Gobierno vé que el de US. reservando el pacto 
ú US. y á este Gobierno, se ha colocado en una 
situación profundamente irregular. Mi Gobierno se 
ha sorprendido al saber que el del Perú, proyec- 
tase y suscribiese ese pacto en los momentos en 
que manifestaba hacía á Chile sentimientos de cor- 
dial amistad. A ese acto misterioso y en el que se 
pactó la reserva más absoluta, el Gobierno de Chile 
contesta con elevada franqueza, que declara rotas 
las relaciones con el Gobierno del Perú y lo con- 
sidera beligerante. Al enviar ó US. sus pasa- 
portes.... 

Aquel mismo día 3 de Abril, el Ministro Pleni- 
potenciario de Chile en Lima, Joaquín Godoy, hacía 
en nombre de su Gobierno otra declaración de 
guerra al del Perú, pidiendo sus pasaportes. Ha- 
biendo, como lo hemos hecho, la del Ministro de 
Recialones Exteriores de Chile al Plenipotenciario 
Lavalle, debería ser ocioso trascribir esta otra: 
sin embargo, aun sin regalársela íntegra á nuestros 
lectores, copiaremos algunos de sus púrrafos prin- 
cipales, tanto por su originalidad, como por los 
diversos y nuevos motivos en que el jocoso Godoy 
funda la declaración de la guerra. 

Al estallar el conflicto que, sin provocación del 
Gobierno del infrascrito, y bien á pesar suyo, ha 
interrumpido las relaciones amistosas que ligaban 
á Chile con Bolivia, y colocado ¡i las dos Naciones 
en estado de guerra, la armonía más perfecta existía 



GUERRA DE AMERICA 81 

entre Chile y el Perú.... (1) En tal situación natural 
era esperar que la causa de Chile en el conflicto 
aludido, causa á cuyo lado militan la razón y la 
justicia, la civilización y la buena fé, hubiese en- 
contrado en el pueblo y en el Gobierno del Perú 
nobles adhesiones y ardientes simpatías.... Imposible 
es por tanto expresar el sentimiento de asombro 
y de sorpresa con que el Gobierno de Chile y la 
Nación entera han tomado nota de la actitud asu- 
mida por el Perú.... Ninguna precaución ha sido 
bastante para ocultar por más tiempo la existencia 
del Tratado secreto de alianza que en 1873 cele- 
braron Bolivia y el Perú. (2) Según ese pacto 
ajustado cuando Chile descanzaba en la confianza 
de que una profunda paz reinaba en sus relaciones 
con este país, con Bolivia, y con todas las Naciones, 
el Perú quedó formalmente obligado á constituirse, 
dado el conflicto hoy existente, en enemigo de 
Chile, y á comprometer en su daño sus naves, sus 
ejércitos, y sus tesoros. No- solo existe ese com- 
promiso, consignado en el pacto secreto de 1873. 
El Gobierno del infrascrito es sabedor de que el 
de V. E. ha empezado ya á darle cumplimiento, 
suministrando directa aunque ocultamente al de 
Bolivia armas y municiones de guerra. Profunda- 
mente ofendido Chile por la actitud del Perú re- 
velada en estos hechos concretos, pudo reconocer 



(1) Chile comienza la guerra ex abrupto contro Bolivia invadiendo 
en plena paz el territorio de esta última y su Plenipotenciario dice 
que // estalló la guerra sin provocación por parte del Gobierno chileno !! 

(2) Debe recordarse que el mismo había escrito á su Gobierno, 
que el Presidente del Perú le manifestó la existencia del Tratado 
con Bolivia, la primera vez que se presentó la ocasión, en la con* 
ferencia de 20 de Marzo. 



82 HISTORIA DE LA 



desde luego el carácter neutral que pretende con- 
servar esta Nación, y tratarla como enemiga. 

No ignora V. E. que el infrascrito tuvo el pesar 
de saber que no obtendría del Gobierno peruano 
declaración de neutralidad, que estaba ligado por 
un poeto de alianza con Bolivia, que ninguna con- 
sideración er¡i bastante poderosa por inducirla á 
la ruptura de ese convenio (1). El carácter de beli- 
gerante asumido pues deliberadamente por el .Go- 
bierno del Perú en el hecho de haberse negado á 
hacer la declaración de neutralidad que le fué pe- 
dida, en el de haber dado por fundamento de su 
negativa la existencia de una alianza concertada 
con uno de los beligerantes, en el de haber sumi- 
nistrado á éste auxilios directos de armas y muni- 
ciones, \ la actitud bélica que revelan después de 
estos antecedentes, los activos aprestos que el infra- 
scrito menciono en su citado despacho de 17 de 
M;irzo, y que han continuado y continúan con inu- 
sitada solicitud; todo esto hace ver que no es 
compatible con la dignidad de Chile al manteni- 
miento de esta Legación.... Declara por tanto el 
infrascrito terminada su misión de paz.... 

Como la simple lectura lo prueba, las dos decla- 
raciones de guerra, provenientes, la una directa- 
mente de la Cancillería chilena y la otra de su 
Legación en Lima, no es en modo alguno unifor- 
mes entre si. 

La primera que, por su procedencia, tiene derecho 
á ser considerada como la mas seria, funda la 



El misino había escrito á su Gobierno, que el Presidente del 
Perú lo declaró, no poder decidir la petición de neutralidad, hasta 
después deten niñada la misión Lavalle sobre la mediación, y del 
voto del Congreso. 



GUERRA DE AMERICA 83 

declaración de guerra en dos motivos: 1.°: en el 
haber tenido oculto el Gobierno peruano su Tratado 
de alianza con Bolivia ; 2.°: en el haber firmado 
dicho Tratado en momentos en los cuales manife- 
staba sentimientos de cordial amistad á Chile; dando 
á entender con esto á la Cancillería chilena, que 
consideraba dicho Tratado como un acto de hosti- 
lidad hacia Chile : y que le había sido suficiente 
saber que dicho Tratado existía, para andar lanza 
en ristre contra el Perú, declarándole francamente 
una guerra que éste preparaba y meditaba desde 
mucho antes. 

Estos, sin embargo, podemos decirlo sin temor 
de equivovarnos, no fueron los verdaderos móviles 
que impulsaron á Chile á declarar la guerra al 
Perú. 

En cuanto á la pretendida ocultación del Tratado 
de alianza, fundada en la respuesta negativa dada 
por el Plenipotenciario Lavalle, no se puede razo- 
nablemente llamar tal; porque la Cancillería de 
Lima, al mandar un Plenipotenciario con la misión 
especial de ofrecer la mediación del Perú en el 
conflicto chileno-boliviano — conflicto nacido como 
creía el Perú, á consecuencia de la diversa Ínter- 
pretación que Chile y Bolivia daban á los actos 
de la última, relativamente a un Tratado existente 
entre ellos, y que en nada comprometía la alianza 
Perú-boliviana, que tenía un objetivo completamente 
diverso, — no tenía obligación alguna de poner en 
conocimiento de su Plenipotenciario un hecho com- 
pletamente extraño á su misión; y mucho menos 
de preveer que se le hubiera hecho tal pregunta, 
y de consiguiente darle instrucciones en propó- 



84 HISTORIA DE LÁ 



sito (1). Si al acreditar un Plenipotenciario cerca 
de una Nación debieran preveer las Cancillerías 
todas las preguntas que se les pudieran hacer, aún 
no pertinentes á su misión, las facultades humanas 
no serían suficientes para superar tamaña dificul- 
tad. Encontrándose los Plenipotenciarios en continua 
correspondencia con sus Gobiernos, se hallan siem- 
pre en el caso de pedir y recibir nuevas instruccio- 
nes á medida que se presenta la necesidad, y 
ningún Gobierno se da por ofendido cuando el 
Representante de una Nación amiga no puede 
responder, por falta de instrucciones, á sus pre- 
guntas. Entonces únicamente comienza la falta, 
cuando trascurrido el tiempo necesario para pedir 
y recibir las correspondientes iustrucciones, la 
respuesta se hace todavía esperar; porque entonces 
sob i mente se principia á manifestar la intención 
de no dar las declaraciones pedidas, ó como diría 
la Cancillería de Santiago, de ocultar los hechos y 
circunstancias objeto de la interpelación. 

De consiguiente, era suficiente que el Plenipo- 
tenciario peruano dijera, como dijo, que no tenía 



(1) Como hemos dicho anteriormente, el Gabinete de Lima al cual 
el de Santiago no había manifestado aún el verdadero objeto de la 
ocupación del Litoral boliviano, creía, por lo que hasta entonces 
había sido objeto de cuestión entre Chile y Bolivia, que Chile no 
había pretendido más que ejercer una cierta presión sobre el Go- 
bierno de Bolivia, para que éste retirase la ley de 14 de Febrero 
de 1878 y el decreto de 1.° de Febrero de 1879, que consideraba 
contrarias al Tratado de 1874; en cuyo caso, retirando Chile sus 
fuerzas del territorio boliviano, y suspendiendo Bolivia la ley y 
decreto antes mencionados, hasta que los arbitros decidieran á quien 
correspondía la razón, que era precisamente lo que proponía la 
mediación peruana, la alianza Perú-boliviana se hallaba fuera de 
cuestión. Esta tenía como objetivo los casos de guerra encaminada 
á despojar á uno de los países de su propio territorio, y otros casos 
análogos indicados expresamente : y el 22 de Febrero la Cancillería 
de Lima ignoraba ser éstas precisamente las intenciones de Chile. 



«UERRA DE AMERICA 85 

instrucciones de su Gobierno sobre el particular 
y que las había pedido, tanto más quanto él mismo 
había oído hablar de dicho Tratado en Chile, para que 
el Gabinete de Santiago no se diese por ofendido, como 
lo hizo entonces, y esperara con tranquilidad la res- 
puesta de la Cancillería de Lima. Si el Gobierno 
chileno deseaba esta respuesta con más urgencia 
no tenía más que rogar al Plenipotenciario peruano, 
como hizo en otras ocasiones, que pidiese dichas 
instrucciones por telégrafo : no habiéndolo hecho 
así, debía necesariamente resignarse á esperar los 
veinte y tantos días necesarios para obtener una 
respuesta de Lima por el conducto ordinario del 
correo. Ciertamente, el Plenipotenciario del Perú 
después de haber declarado que carecía de instruc- 
ciones y que las había pedido proveyendo una in- 
terrogación, no debió despojarse de su carácter 
oficial y diplomático, para emitir las razones exclu- 
sivamente personales que, por ignorar él la exi- 
stencia del Tratado, le hacían creer que dicho 
Tratado realmente no existiese. Pero estas expli- 
caciones puramente personales, lo repetimos, de- 
bidas solamente á la poca pericia en el manejo de 
los asuntos diplomáticos, al excesivo deseo de ha- 
cerse agradable, exponiendo francamente sus pro- 
pias ideas, no cambian de ninguna manera el fondo 
de la cuestión, ni pueden ser motivo suficiente para 
acusar de doblez al Gabinete de Lima, completa- 
mente extraño á estos hechos. 

Que el Gobierno del Perú no tuvo un solo mo- 
mento la idea de ocultar la alianza con Bolivia — 
alianza puramente defensiva y para casos espe- 
ciales, que en un principio se creyó no tener nada 
que ver con el conflicto chileno-boliviano — se des- 



86 HISTORIA DE LA 



prende del hecho de que, apenas fué interpelado 
sobre el particular por el Representante chileno en 
Lima, le manifestó inmediatamente, además de la 
existencia del Tratado, >u naturaleza y alcance que 
podía tener; de lo cual hacen fe la nota y el tele- 
grama que el Representante chileno enviaba á su 
Gobierno el 21 de Marzo. Pero dejemos esto, sobre 
lo cual nos hemos ya extendido bastante. 

Si el Gabinete de Santiago hubiese declarado la 
guerra al Perú más que por otra cosa, por la sor- 
presa que le causara el haber firmado el Perú el 
Tratado con Bolivia mientras se encontraba en 
perfecta paz con Chile, como quisiera hacer creer 
en el 2." de los motivos que examinamos, tal de- 
claración la hubiera hecho indudablemente en el 
primer momento en que tuvo noticia oficial de la 
existencia de dicho Tratado. Y puesto que esta 
noticia oficial la tuvo por medio de su Represen- 
tante el 21 de Marzo, no comprendemos por qué 
contuviera su indignación hasta el 31 de Marzo, 
en que, á su vez, el Plenipotenciario se la comu- 
nicara. ¿Quizás para esperar, tratáadose de un 
asunto que revestía tanta gravedad, las explica- 
ciones que éste debía darle, como le anunciaba -u 
Representante, sobre la petición de neutralidad 
hecha al Perú? Pero además de que en este caso 
no hubieran sido, ni la pretendida ocultación del 
pacto de alianza, ni la sorpresa que le causaba su 
existencia, las que lo decidían ó declarar la guerra, 
es digno de notarse que no esperó tampoco dichas 
explicaciones; y que, como dice en sus primeras 
líneas la nota en cuestión, se atuvo á la simple 
manifestación hecha á su Representante en Lima 
por aquel Gabinete. La lectura del Tratado que le 






GUERRA DE AMERICA 87 

fué hecha por el Plenipotenciario peruano el 31 no 
tuvo pues ninguna influencia. 

De todas maneras, la generosa indignación que 
le hacía prorrumpir el 3 de Abril en una tremenda 
declaración de guerra, hubiera debido por lo menos, 
aún contenida fuertemente del 21 al 31 de Marzo, 
hacer que se abstuviera de toda negociación con 
el Plenipotenciario peruano. Pero nosotros sabemos 
por el contrario, que fué precisamente en los diez 
días trascurridos entre el 21 y el 31, que el Pre- 
sidente de Chile se empeñó más activamente con 
el Plenipotenciario peruano para separar al Perú 
de Bolivia, y conseguir que hiciese una declaración 
de neutralidad incondicional. De consiguiente po- 
demos decir, con toda seguridad, que la indigna* 
ción provocada por la pretendida ocultación del 
Tratarlo de alianza con Bolivia, y por la noticia 
misma de la existencia de dicho Tratado, nó fué 
más que un mero pretexto, y no la verdadera causa 
de la declaración de guerra al Perú. 

Por otra parte, es abundantemente sabido que 
los hombres políticos de Chile conocían la existencia 
y naturaleza de dicho Tratado desde el mismo año 
en que se celebró; como quedó palmariamente pro- 
bado en la sesión secreta del Senado chileno de 
2 de Abril de 1879, en la cual se vino ;í descubrir 
que, quien más quien menos, casi todos lo señorea 
Senadores sabían algo sobre el particular desde 
larga fecha. En dicha sesión, el Senador Yáñez 
declaraba que, siendo él Ministro de Relaciones 
Exteriores en 1873, conoció la existencia del Tra- 
tado de alianza Peruboliviana, por los Ministros 
chilenos residentes en el Perú y en la República 
Argentina, y por otros conductos, y que fué pre- 



88 HISTORIA DE LA 



cipamente en atención á estas noticias que el Go- 
bierno de Chile, á pesar de sus dificultades econó- 
micas, ordenó la construcción de sus dos buques 
blindados Blanco Encalada y Lord Cochrane, A 
esto debemos añadir, que fué también en 1873, 
cuando supo la existencia del Tratado de alianza 
entre el Perú y Bolivia, que Chile adquirió en Eu- 
ropa, por medio del entonces Coronel Sotomayor, 
el fuerte armamento militar con el cual inició la 
presente guerra. 

La verdadera causa de la declaración de guerra 
podría quizás encontrarse, aún que no sea en la 
que se apoya el Gabinete de Santigo, en las pri- 
meras palabras de la Nota en cuestión: «La ma- 
nifestación hecha en estos últimos días por el Go- 
bierno de V. S. de que no podía declararse neutral 
en nuestra contienda con Bolivia...» es decir, en la 
negativa del Perú á hacer la declaración de neu- 
tralidad que con tanta insistencia se le pedía: mo- 
tivo que se halla expreso claramente en la decla- 
ración de guerra hecha por el Plenipotenciario chi- 
leno en Lima. Y aquí, en primer lugar, ¿es real- 
mente cierto que el Gabinete de Lima declarase 
al Representante de Chile que, no podía declararse 
neutral en la guerra chileno boliviana? La respuesta 
la dará la Nota misma del Plenipotenciario de 
Chile, fecha 22 de Marzo, con la cual refería á su 
Gobierno lo que había sobre el particular. 

«Legación de Chile en el Perú: Lima, Marzo 22 
de 1879. — Señor Ministro: — Si como presumo ha 
recibido mi precedente comunicación, V.S. debe 
conocer ya de que manera he procedido, en cura- 
plimienteo de sus instrucciones, para pedir á este 
Gobierno una contestación inmediata de neutralidad. 



GUERRA DE AMERICA 89 

La copia que ocompañé á la citada comunicación, 
habrá manifestado á V.S. en sus términos textuales, 
el despacho que dirigí el 17 del corriente sobre el 
particular, al señor Irigoyen, Ministro de Relaciones 
Exteriores. Recibido este despacho en la tarde del 
17, se reunió el día siguiente el Consejo de Mini- 
stros, para tomarlo en consideración; pero en 
aquella sesión no se llevó á resolución alguna. En 
la que tuvo lugar el día siguiente, si las noticia^ 
que tengo no son inexactas, el señor Irigoyen pre- 
sentó un proyecto de respuesta en términos de ab- 
soluta negativa á mi petición, proyecto que no fué 
aceptado; y que por esta circunstancia dio motivo 
para que el Ministro intentara presentar su dimisión. 
El 20, disponiéndome á conferenciar con S.E. el 
General Prado, recibí una invitación suya con este 
objeto, y tuvo lugar la conferencia de la cual paso 
á dar cuenta á V.S.... S.E. (el Presidente de la Re- 
pública) me declaró que no le era posible formular 
en expresiones precisas cual sería mas tarde su 
dicisión.... que su Gobierno, ligado de antemano á 
Bolivia por un Tratado secreto de alianza ofen- 
siva (1) y defensiva, tendría forzosamente que hacer 
causa común con aquel país á menos que no se 
restableciesen las relaciones de amistad entre él y 
Chile, ó si el Congreso de Perú que será convocado 
extraordinariamente, no autorizara el no cumplí- 



(1) Es inexacto, defensiva únicamente, y no ofensiva. 

Hoy todavía que el famoso Tratado de alianza ha sido publicado 
tanto en documentos oficiales, como en los periódicos, de manera 
que todos pueden leerlo, y saber que habla únicamente de alianza 
defensiva hoy todavía, repetimos, el historiador chileno Barros 
Arana dice en su así llamada Historia de la guerra del Pacifico, en 
las pág. 31 y 73. que era un Tratado de alianza ofensiva y defen- 
siva. Esto puede dar idea de como se interpretan y refieren los 
hechos en Chile, de como se escribe la historia en aquel país , 



90 HISTORIA DE LA 



miento de dicho Tratado.... En conclusión, díjome 
que una dicisión no sería adoptada por su Gobierno, 
sino después de ser conocedor del éxito de la mi- 
sión confiada al señor Lavalle, y después de inte- 
rrogar al país por medio de sus representantes al 
Congreso.... Ayer, 21, me apresuré á dar á V.S. 
consisa cuenta de ella por telégrafo, dirigiéndole 
en cifra el mensage siguiente: — « Mi Nota moderada 
pidiendo declaración neutralidad, será contestada 
hoy. Presidente me expuso anoche no poder deci- 
dirse, tener Tratado alianza con Bolivia, convocar 
Congreso para decisión y encargar Lavalle expli- 
carse con nuestro Gobierno— Godoy. » 

Recibido el precedente despacho telegráfico, el 
Gabinete de Santiago, telegrafió el día 25 á su Re- 
presentante en Lima: « Declaración neutralidad debe 
resolverse inmediatamente en Lima, acompañada 
de suspensión de armamento. No aceptamos que 
este asunto se trate en Chile. Pida manifestación 
pacto secreto. Inquiera si está aprobado por el 
Congreso, y si el Gobierno se resuelve abrogarlo 
inmediatamente. Conferencie hoy con Presidente y 
Ministro, y contéstenos hoy y >i no fuera posible, 
mañana. » 

En Nota del 26 de Marzo, respondiendo al tele- 
grama precedente, recibido el día anterior, el Re- 
presentante chileno escribía á su Gobierno: «Re- 
specto ú la declaración de neutralidad me han 
expuesto, tanto el señor Presidente como el Ministro 
que es ese un acto que su Gobierno no ejecutará, 
si el Congreso peruano, recientemente convocado 
para el 24 de Abril próximo, no lo acuerda.... Mucho 
antes que este oficio llegue á manos de V.S., el 



GUERRA DE AMERICA 91 

telegrama que me propongo dirigirle mañana le 
dará conocimiento suficiente del asunto. » 

El Gabinete de Santiago no recibió esa Nota, 
hasta después de la guerra al Perú; pero recibió, 
como es de suponer, el telegrama que le prometía 
su Representante. 

Estas, y no otras fueron las manifestaciones he- 
chas por el Gabinete de Lima al Ministro chileno; 
es decir, las manifestaciones á las cuales se refiere 
la Cancillería de Santiago en la mencionada decla- 
ración de guerra; y como se ve. es completamente 
inexacto que el Gobierno del Perú respondiese ro- 
tundamente que no podía declararse neutral, como 
afirma el Gabinete de Chile. El Gobierno peruano 
decía por el contrario, que por el momento no podía 
tomar determinación alguna sobre el particular; 
y que no podía tomarla sino en vista del éxito 
definitivo de la misión confiada al Plenipotenciario 
Lavalle para la mediación, y después de oído la 
decisión de las Cámaras Legislativas, ya convocadas 
extraordinariamente. En una palabra, el Gobierno 
del Perú declaraba que no le correspondía á él 
tomar una resolución de tanta importancia, sino al 
único poder del Estado que tenía esa facultad, ó 
sea al Congreso Nacional que había sido convocado 
ya con ese objeto; y que se reservaba dar á Chile 
la respue-ta que éste le pedía, después que el 
Congreso decidiera lo que debía hacerse. 

Para que no quedaran dudas sobre el particular 
hemos preferidos atenernos siempre á los docu- 
mentos chilenos, como se ha visto. 

De consiguiente, no fué tampoco la declaración 
del Perú de no poderse declarar neutral— declara- 



92 HISTORIA DE LA 



ción que no llegó á hacerse — la que impulsaba 
Chile á la guerra. 

Vamos más adelante todavía. ¿Tenía Chile el 
derecho de exigir del Perú una declaración inme- 
diata de neutralidad? Dice Hautefeuille: «Las de- 
claraciones de neutralidad deben ser expontáneas. 
Ninguna Nación, por poderosa que sea, puede exi- 
girlas con la amenaza ó con la fuerza. No hay duda 
como observa Galiani, que es lícito sondear las 
intenciones de los otros Estados, investigar sobre 
-us disposiciones y provocar la manifestación de 
su voluntad: pero es contrario al derecho el emplear 
la violencia para obtener una manifestación. El país 
interrogado puede responder ó mantenerse en si- 
lencio, según lo crea más conveniente á sus propios 
intereses, sin que el beligerante tenga motivo para 
ofenderse por la negativa. » No tenemos necesidad 
de añadir que esta es la opinión unánime de los 
mejores publicistas. 

En la declaración de guerra hecha directamente 
al Gobierno del Perú por el Representante de 
Chile, se añaden á los precedentes, como hemos 
dicho, tres nuevos motivos, que son: 1.°: la exis- 
tencia del Tratado de alianza con Bolivia, «según 
el cual dice, el Plenipotenciario chileno, el Perú 
quedó formalmente obligado á constituirse en ene- 
migo de Chile; 2.°: El haber el Perú suministrado 
á Bolivia, después de su rompimiento con Chile, 
socorros directos de armas y municiones; 3.°: Los 
preparativos belicosos que activamente hacía el 
Perú. 

El Tratado de alianza defensiva, celebrado en 
1873 entre el Perú y Bolivia, ¿obligaba tal vez al 
primero, velts nolis, para permanecer fiel á lo pac- 



GUERRA DÉ AMERICA 93 

tado, á abrazar la causa de la segunda contra 
Chile? Dice el Tratado: 

«Art. 1.°: Las Altas Partes contratantes (Perú y 
Bolivia) se unen y ligan para garantizar mutua- 
mente su independencia, su soberanía y la inte- 
gridad de sus territorios respectivos, obligándose 
en los términos del presente Tratado á defenderse 
contra toda agresión exterior, bien sea de otro ú 
otros Estados independientes, ó de fuerzas sin 
bandera que no obedezcan á ningún poder reco- 
nocido. 

«Art. 2.°: La alianza será defensiva conservar 
los derechos expresados en el articulo anterior, y 
en los casos de ofensa que consistan: 1.°: En actos 
dirigidos á privar á alguna de las Altas Partes 
contratantes de una porción de su territorio, con 
ánimo de apropriarse su dominio ó de cederlo á 
otra Potencia. — 2.°: En actos dirigidos á someter 
á cualquiera de las Altas Partes contratantes á 
protectorado, venta ó cesión de territorio, ó á es- 
tablecer sobre ella cualquiera superioridad, de- 
recho ó preeminencia que menoscabe ú ofenda el 
ejercicio amplio y completo de su soberanía é in- 
dependencia. » 

«Art. 3.°: Reconociendo ambas partes contra- 
tantes que todo acto legítimo de alianza se basa 
en la justicia, se establece para cada una de ellas 
respectivamente, el derecho de decidir si la ofensa 
ricibida por la otra está comprendida entre las 
designadas en el artículo anterior. » 

«Art. 8.°: Las Altas Partes contratantes se obli- 



94 HISTORIA DE LA 



gan también: 1.°: A emplear con preferencia, siem- 
pre que sea posible, todos los medios conciliato- 
rios para evitar un rompimiento ó para terminar 
la guerra, aunque el rompimiento haya tenido lugar, 
reputando entre ellos, como el más efectivo, el ar- 
bitrage de una tercera potencia. » 

La simple lectura de esos artículos del Tratado 
es más que suficiente para comprender, que no 
fué firmado contra Chile, que en modo alguno 
podía pretender Bolivia que el Perú, en ejecución 
de dicho Tratado, se asociase á ella [contra Chile 
en el caso en que la guerra promovida por éste 
hubiese sido una guerra justa, como Chile debía 
creerlo. La alianza no era más que para los casos 
de guerra notoriamente injusta contra uno de los 
dos países aliados; y para hablar más claro, para 
las guerras de conquista, sea de territorio, sea de 
derechos y supremacías contra uno de ellos. De 
consiguiente, si Chile no había promovido á Bo- 
livia una guerra notoriamente injusta, si Chile 
no pretendía hacer contra Bolivia una punible 
guerra de conquista, no tenía nada que temer del 
Perú; el cual no se hubiera hallado en manera al- 
guna obligado, por su Tratado de alianza con Bo- 
livia á tomar las armas en contra de él. 

Efectivamente Bolivia había ya enviado á Lima 
un Ministro Plenipotenciario, desde fines de Fe- 
brero, para pedir al Gobierno del Perú que en 
ejecución del Tratado, declarase llegado el casus 
foederis. Pero el Gabinete de Lima, sin acceder á 
las instancias de su aliada, suspendía toda dis- 
cusión >obre este asunto; en primer lugar, para 
agotar todos los medios amistosos que pudiesen 



GUERRA DE AMERICA 95 

conducir á una conciliación pacífica la cuestión 
pendiente entre Chile y Bolivia, con cuyo objeto 
ofreció su mediación á los Gobiernos de ambos 
países; y por último, si la mediación no daba los 
resultados apeticidos, para decidir, en vista de los 
motivos que alegaría Chile en justificación de su 
proceder del 14 de Febrero contra Bolivia, si ver- 
daderamente el Perú se encontraba obligado, ó no 
en virtud del Tratado de alianza, á hacer causa 
comúQ con Bolivia contra Chile. 

Quien por el contrario declaró llegado el casus 
foederis fué Chile, el cual declaró la guerra al 
Perú, aduciendo el motivo de que éste tenía un 
Tratado de alianza con Bolivia : siendo así que sí 
éste no hubiese sido un simple pretexto por su 
parte, como los anteriores. Chile se hizo justicia 
por si mismo, declarando implícitamente que su 
guerra contra Bolivia era injusta, y nada más que 
una escandalosa guerra de conquista ; puesto que, 
como se ha visto, era este el único caso en el cual 
una guerra contra Bolivia podía obligar al Perú, 
en virtud de su antiguo pacto de alianza con esta 
última, á tomar las armas en su favor. 

Además, puesto que al tener noticias del Decreto 
del Presidente de Bolivia, fecha i.° de Marzo, que 
hemos examinado más arriba, Chile, gracias á su 
lógica especial había cambiado los papeles entre 
él y Bolivia, publicando que quien declaraba y pro- 
clamada la guerra entre los dos países, era Bolivia 
y no Chile; y puesto que en su pretendido carácter 
de hostilizado, se había creído en el derecho de 
invadir también la parte del desierto de Atacama 
que había respetado en su primera invasión del 14 
de Febrero, era necesario, para ser lógico consigo 



98 Historia de la 



mismo, que por lo menos no considerara al Perú 
como obligado á hacer causa común con aquella 
misma Bolivia que de una manera tan original 
presentaba como iniciadora de la guerra. Siendo 
el Tratado, no de alianza ofensiva y defensiva, sino 
defensiva solamente, nacía de por sí que si la ini- 
ciadora de la guerra había sido Bolivia, ésta no 
podía de en modo alguno pedir al Perú un soccorro 
que éste únicamente estaba obligado a darle en 
caso de guerra defensiva por su parte, y de la cual 
no hubiese sido ella la iniciadora. Por lo demás, 
esta es la suerte de todos los pretextos ó falsos 
motivos : la de conducir a las contradicciones más 
patentes, desprendiéndose de ellos mismos lo que 
verdaderamente son. 

En cuanto al segundo motivo, de haber su- 
minstrado armas y municiones á Bolivia, fué so- 
lemnemente desmentido por el Ministro de Rela- 
ciones Exteriores del Perú, en su nota de respuesta 
de 4 de Abril, con las siguientes palabras: «La 
afirmación hecha por S. E. de que el Gobierno del 
infrascrito ha comenzado á dar cumplimiento al 
mencionado Tratado de alianza defensiva, sumi- 
nistrando directa aunque ocultamente, armas y 
municiones de guerra á Bolivia, carece absoluta- 
mente de fundamento, y es ofensiva á la lealtad 
nunca desmentida del Perú.» Además de esto, es 
un hecho público y notorio, que nosotros mismos 
hemos apurado sobre el terreno por muchas per- 
sonas, en su mayor parte extrangeros bien infor- 
mados, que el Perú no suministró á Bolivia en 
aquel intervalo ningún socorro de este género. 

Hay todavía más: 1.° Una de las primeras ra- 
zones por las cuales no poseyó Bolivia jamás un 



GUERRA DE AMERICA 97 

mediano armamento, consiste en las grandes difi- 
cultades que hay que vencer para introducirlo en 
un país perdido detrás de la gigantesca cordillera 
de los Andes: y aunque el Perú hubiese querido 
y podido superar estas dificultades, para hacer -e- 
mejante regalo á Bolivia, no le hubiera sido posible 
ccultar las muchas operaciones necesarias para 
ello; lo que hubiera permitido al Gobierno chileno, 
tan bien informado siempre de los más minuciosos 
acontecimientos, el indicar una sola siquiera de 
estas operaciones; indicación que no hizo. 2.° Bien 
difícil hubiera sido al Perú prestar armas y minu- 
ciones á Bolivia, cuando ni para él mismo tenía; 
y esto, que Chile conocía perfectamente, fué luego 
puesto en evidencia cuando tan inesperadamente 
se encontró arrastrado á la guerra. 3.° Si estos 
imaginarios soccorros de armas y municiones hu- 
bieran realmente tenido lugar, la Cancillería chi- 
lena no hubiera hecho ciertamente caso omiso de 
ellos, en la declaración de guerra que enviaba 
directamente al Plenipotenciario peruano en San- 
tiago : y no se diga que este hecho, desconocido al 
lejano Gabinete de Santiago, podía ser por el con- 
trario conocido de su Representante en Lima, y 
que éste no hubiese tenido el tiempo suficiente 
para comunicárselo; puesto que el Plenipotenciario 
chileno decía que era precisamente por su Gobierno 
que él había conocido estos hechos, con las pala- 
bras: El Gobierno del infrascrito sabe... 

Aquí no será demás 8 nadir también, que en la 
sesión secreta celebrada por el Senado chileno el 
2-i de Marzo de 1879, el Ministro de Relaciones 
Exteriores declaraba, que hasta aquel momento no 
había recibido noticia alguna que hiciese mención 



98 HISTORIA DE LA 



de suministro de armas á Bolivia por parte del 
Perú, y que había ordenado por telégrafo al señor 
Gcdoy á Lima, que tomase informe^ -obre el par- 
ticular. 

Finalmente, en cuanto á los preparativos bélicos 
del Perú, el Plenipotenciario chileno no entra en 
particular alguno ; refiriéndose tan sólo á los ex- 
puestos anteriormente en su nota de 17 de Marzo, 
en la cual decía al Ministro del Perú : « Son no- 
torios los aprestos bélicos que ha empezado á 
hacer el Gobierno de V. E. desde que estalló el 
conflicto chileno-boliviano : el ejército ha recibido 
considerable aumento, sigue incrementándose y se 
eleva ya á una cifra que sobrepasa en mucho á la 
que en el estado de paz es requerida por el ser- 
vicio ordinario ; una fuerte división (2.000 hombres) 
bien armada y copiosamente provista de pertrechos 
ha sido aproximada al territorio que será teatro 
probablemente del combate que las fuerzas boli- 
vianas se disponen ú librar con las de Chile ; (1) 
las naves que componen la armada peruana, se 
concentran, se equipan y se aprontan como para 
abrir una campaña, aumentando aceleradamente 
sus dotaciones, reforzando su armamento, embar- 
cando municiones, víveres y combustible, y entre- 
gándose á frecuentes y no usuales ejercicios ; nuevos 
buques acorazados han sido pedidos con urgencia 
á Europa para engrosar la armado, que durante 
muchos años de paz internacional se ha ccnside- 



(1) £1 17 de Marzo, el ejército boliviano que debia salir á cam- 
paba no existía todavía. Ecunidos, Dios sabe cómo, unos cuatro mil 
hombres en los últimos de Marzo y primeros de Abril, este famoso 
ejército salía trabajosamente el 17 de la Capital boliviana, para no 
llegar, como no llegó nunca, al desierto de Atacama. 



GUERRA DE AMERICA 99 

rado suficientemente poderosa ; las fortalezas que 
defienden la plaza del Callao y que dan abrigo á 
la escuadra nacional, se artillan, aglomeran gente 
para su servicio, acopian materiales, ejercitan dili- 
gentemente su artillería, y se aprestan, en una 
palabra para sostener combate. » 

Esta poética descripción del Plenipotenciario chi- 
leno dice más bien lo que el Perú hubiera debido 
hacer, que lo que efectiva y realmente hizo, como 
los hechos lo probaron más tarde. Y para dar una 
idea exacta de la actividad desplegada por el Perú 
en tal circunstancia, no tenemos más que repro- 
ducir las palabras que el mismo Representante 
chileno escribe á su Gobierno en nota del 1.° de 
Marzo: «Está el alcance de mi percepción (decía 
él) que el Gobierno del Perú está haciendo espresos 
bélicos, si no con mucha actividad, con aquella al 
menos, que &us escasos recursos permiten. » 

A continuación, después de haber hecho una de- 
tallada descripción de las diferentes naves que 
componían la flota peruana, decía en la misma 
nota: « Todas estas fuerzas son, empero, impotentes 
para luchar con probabilidades de éxito contra las 
de nuestra armada, y tal es la conciencia del Go- 
bierno fundada en la opinión de los más serios de 
sus marinos. » 

Pero aún admitiendo que los preparativos del 
Perú hubiesen sido tales como los descubre el 
Plenipotenciario chileno en su nota de 17 de Marzo, 
ni aún asi autorizaban en modo alguno á Chile ú 
dudar de la neutralidad del Perú, que con tanta 
actividad se ocupa del restablecimiento de la paz 
entre Chile y Bolivia. 

Aún prescindiendo del derecho que tienen todos 



100 HISTORIA DE LA. 



los Estados de un mismo Continente de armarse 
como pueden, cuando dos ó mñs de ellos se hallan 
en guerra, para encontrarse en el caso, si fuese 
necesario, de defender su propia neutralidad, la 
especial condición del Perú era tal que, deseando 
conservar su neutralidad en la lucha empeñada 
entre Chile y Bolivia, únicamente era posible para 
él, la que el derecho internacional distingue con el 
nombre de neutralidad armada. 

Además de que uno de los beligerantes era su 
vecino, circunstancia siempre apremiante para que 
un Estado neutral asegure sus propios intereses 
armándose, había .-ido escogida para teatro de la 
guerra, no solamente el territorio del vecino, sino 
aquella parte justamente del territorio de este que 
confinaba con el suyo propio, siendo asi, que la 
suerte de las armas entre los dos beligerantes debía 
decidirse en los confines mismos del Perú, hasta 
donde Chile había extendido su invasión en la se- 
gunda mitad de Marzo. Añádase á esto que estas 
tierras limítrofes del Perú, cerca de las cuales debía 
arder con sus siniestros resplandores la roja an- 
torcha de la guerra, eran precisamente la parte más 
rica del territorio peruano, es decir el desierto de 
Tarapacá, Iquique, Pisagua y sus famosos depósitos 
de salitre; 6 nadase además, que la población de 
Iquique se hallaba en gran parte compuesta de 
obreros chilenos y bolivianos empleados en las 
grandes explotaciones de salitre, y se verá de aquí 
que más que razón, tenía el Perú necesidad abso- 
luta de armarse y prepararse á todo evento en sus 
confines. 

La pequeña división de dos mil hombres enviada 
á Iquique, tenía como especial misión la de prevé- 



GUERRA DE AMERICA 101 

nir y contener las luchas que los obreros chile- 
nos y bolivianos, dado su peculiar carácter, hu- 
bieran casi seguramente empeñado entre ellos; y 
que además habría podido servir de incentivo y 
fácil pretexto; para la entrada en el territorio pe- 
ruano de uno ó de ambos ejércitos combatientes 
del otro lado del Loa. ¿Quién ignora hasta donde 
puede dejarse arrastrar á veces el caudillo de un 
ejército invasor, por el entrañable amor por sus 
compatriotas puestos á dos pasos de él, y que con 
razón ó sin ella, imploren su ayuda, sobre todo, si 
este afortunado caudillo perteneciera á una Nación 
que dio siempre pruebas no equíoocas de sobrada 
ternura hacía sus hijos residente en el extrangero? (1) 
Hay todavía más, Bolivia que se encontraba com- 
pletamente desprovista de un buen armamento: 
Bolivia que no poseyó jamás un cañón ni siquiera 
como objeto de curiosidad, no podía batirse con 
Chile sin antes armarse convenientemente, dejando 
á un lado sus viejos y enmohecidos fusiles de 
treinta o cuarenta años atrás. Pero un armamento 
cualqiera no podía recibirlo que por dos solos ca- 
minos: ó el Atlántico á través de la Repúb'ioa 



(1) El diario oñcial del Pejú, El Peruano, publicaba el 7 de Marzo 
la siguiente noticia : « Hoy há partido para el Sur de la República 
una división de soldados. Dos razones han dictado esta medida al 
Supremo Gobierno: la primera, la natural previsión hacia aconte- 
cimientos que pudieran sobrevenir en nuestras fronteras; y consiste 
la segunda en la necesidad de conservar á todo trance el orden 
público en algunas poblaciones del Sur, donde, según han informado 
las autoridades políticas al Gobierno, se principia á sentir alguna 
exitación entre las colonias chilena y boliviana. »— Publicando des- 
pués la noticia de la llegada de estas tropas á Iquique, el mismo 
diario oficial añadía : « Hay actualmente de doce á quince mil chi- 
lenos y bolivianos en Iquique y en sus inmediaciones, que no con- 
tendrían sus ímpetus belicosos faltando la fuerza competente: hé 
aquí el primer peligro que se ha prevenido. » 



102 HISTORIA DE LA 



Argentina; camino bastante largo y difícil, por no 
decir imposible: ó bien del Pacífico, desembarcán- 
dolo en un puerto del Perú, para entroducirlo luego 
dentro del Estado pasando por el territorio peruano, 
puesto que su costa del desierto de Atacama se 
hallaba toda en poder de Chile. De un tercer camino 
por las fronteras del Brasil, sería ocioso ocuparse. 
Y aunque Bolivia no tuviese marina podía si em- 
bargo dar patentes de corsario, como lo hizo efe- 
ctivamente el 26.de Marzo: podía comprar algún 
barco de guerra, uno ó dos buques blindados, ó 
simplemente vapores mercantes armados con ese 
objeto, cosas muy posibles todas ellas. 

Entonces el Perú se hubiera encontrado amena- 
zado seriamente. Bolivia habría sin duda alguna 
forzado sus puertos, para proveerse de un buen 
armamento; y en lugar de hacer descender sus 
tropas al teatro de la guerra escogido por Chile 
á través de la Cordillera y del desierto de Atacama ? 
(por sitios casi absolutamente impracticables y faltos 
de todo, de víveres, de agua y de forrages), hubiera 
preferido el camino relativamente fácil y llano del 
Perú; lanzándolas sobre la acostumbrada vía de La 
Paz á Tacna, para embarcarlas luego en Arica 
como hizo siempre en épocas de paz, con el con- 
sentimiento del Perú, para renovar las pequeñas 
guarniciones de sus puertos'del desierto de Atacama, 
Antofagasta, Mejillones y Cobija. Y en vista de tan 
y posibles contingencias: ¿quien no descubre la 
imperiosa necesidad en que se hallaba el Perú de 
armarse, para hacer respetar su neutralidad y po- 
nerse ;i cubierto de cualquier sorpresa, que de un 
momento á otro podía comprometer sus intereses 
y hasta la integridad del suelo nacional? 



GUERRA DE AMERICA 108 

Por último, es preciso no olvidar las palabras 
tan altamente significativas que el Presidente de 
Chile dijo al Plenipotenciario peruano, en la confe- 
rencia del 24 de Marzo: « Hoy mismo Chile podría 
hacer la paz con Bolivia, con detrimento del Perú.... » 
hecho que, con algo asaz peor todavía, el Perú 
conocía desde mucho antes, como diremos á su 
debido tiempo; y se juzgue por todo esto, si el 
Perú podía permanecer en una neutralidad inerme, 
en momentos y circunstancias en que todo era 
amenaza para él. 

Que el Perú no quería la guerra, lo dicen abun- 
dantemente, además de los grandes y repetidos es- 
fuerzos que hizo para restablecer las buenas rela- 
ciones entre Chile y Bolivia, su propio malestar y 
la semi imposibilidad moral y material en que se 
encontraba de lanzarse á empresas de tal género. 
A esto se debe añadir también, que la guerra contra 
Chile, á la cual se hallaba por todas partes provo- 
cado únicamente le podía ofrecer una perspectiva 
de las más desgraciadas y desalentadora-: la de te- 
ner mucho que perder en una derrota, mientras la 
victoria aún la más completa no podía brindarle 
nada de positivo, si se exceptúa la estéril satisfac- 
ción de la victoria misma. 

¿Qué hubiera podido pedir el Perú á Chile, des- 
pués de la victoria? Nada; tierras no, porque aún 
l8s mejores de Chile, le hubieran sido de un peso 
inútil, además de que no las tiene por ningún lado 
en sus confines; y dinero tampoco; pues hubiera 
sido aún mucho para Chile si hubiese podido esca- 
samente pagar, después de años y años, los gastos 
de guerra: de manera que ésta, aún con el éxito 
más favorable, na podía dar otro resultado que el 



104 HISTORIA DE LA 



de empeorar su desastrosa posición económica, sin 
producirle ventaja alguna. La guerra para el Perú 
no podía tener mú- objeto, que el de comprar ;í 
subido precio un poco de paz; y ciertamente no se 
hallaba en sus intereses romper la paz que buscaba 
y que le era tan nece-aria, únicamente para tener 
que comprarla después ú costa de tantos y tanto- 
sacriiicios. 

Como Chile conocía perfectamente, el Perú atra- 
versaba en aquellos momentos uno de los períodos 
mas difíciles de su vida política y económica. Sus 
rico- depósitos de guano se habían convertido, como 
expondremos á su debido tiempo, de fuentes de 
recursos que eran, en un peso y en un sarcasmo; 
y sus no menos ricos depósitos de salitre ds Tara- 
paca (empeñados en plañe- económicos, que la mala 
fé de algunos intrigantes políticas y comerciales 
hizo ruinosos) corrían la misma suerte que los 
primeros. Lleno de deudas (único resultado de sus 
tesoros de salitre y guano), sin crédito en el extran- 
gero, y sin más recursos en el interior que las 
insuficientes rentas aduaneras; reducido desde mu- 
chos ofios atrás, para suplir á las más urgentes 
necesidades de la administración del Estado, é re- 
currit ú la circulación forzosa del popel moneda, 
que corría cada día más á marchas forzadas sobre 
el camino del descrédito (1); envuelto desde mucho 
tiempo en una desastrosa crisis comercial, que se 
manifestaba á grandes rasgos con la quiebra de 
muchas de las mós fuertes casas comerciales re- 



(1) En Marzo Je 1879, el agio sobre la plata era de 90 por ciento: 
y para las letras en oro sobro el extrangero. el sol en papel, del 
valor nominal de 48 penique*, no se calculaba más que 20 peniques 
escasamente. 



GUERRA DE AMERICA 105 

ducidas á este extremo por la inesperada non sol- 
vabilidad de sus numerosos deudores,— el Perú, 
económicamente hablando, yacía sobre un verdadero 
lecho de espinas. 

No era ciertamente mejor su situación política. 
Dividido por las discordias intestinas; punto de 
mira las riendas del Gobierno, de la ambición más 
ó menos desenfrenada de inquietos partidos que, 
ora vencedores, ora vencidos, no dejaban nunca 
desde largos años de hacerse la guerra, unas veces 
sorda y latente, otras amenezadora y violenta — 
el Perú había llegado á un estado en el cual, puede 
decirse sin exageración alguna, que faltaha mo- 
ralmente de unidad política. Y bien que bajo la 
amenaza de una revolución, el Gobierno se había 
visto obligado a desarmar su escuadra y á reducir 
completamente su ejército, por dos razones: en 
primer lugar por falta da medios, y luego para 
impedir que la revuelta se llevase á efecto con 
sublevaciones de cuartel y de las tripulaciones na- 
vales, coa pronunciamentos, como casi siempre co- 
menzaron todas las revolucionas peruanas. 

Sabemos, por noticias recogidas sobre el terreno 
y de las cuales garantizamos la autenticidad, que 
cuando fué conocida en Lima, en el mes de Fe- 
brero, la invasiói chilena del desierto boliviano de 
Atácame, las principales fuerzas bélicas del Perú, 
se encontraban en la situación siguiente: El ejér- 
cito peruano concentrado en Lima y en el Callao, 
superaba escasamente de algunos centenaros los 
dos mil soldados que más tarde fueron enviados 
á Iquique. Los fuertes del Callao, los únicos que 
poseyera el Perú y que defendía el [camino de la 
capital por la parte del mar, se encontraban com- 



106 HISTORIA DE LA GUERRA DE AMERICA 

pletamente abandonados, desmontados sus cañones 
más importantes, y con una guarnición tan poco 
numerosa, que hubiera sido apenas suficiente para 
el simple servicio de montar la guardia. Los dos 
únicos barcos blindados peruanos, el Huáscar y 
la Independencia, no se hallaban en situación de 
abandonar el puerto. El Huáscar se encontraba 
completamente desarmado, hasta el punto que los 
marineros de custodia habían convertido su torre 
en palomar; y la Independencia estaba casi redu- 
cida á pontón inamovible, habiéndose desmontado 
y escondido algunas piezas importantes de su má- 
quina y tan bien escondidas que fué tamaña difi- 
cultad el encontrarla- más tarde (1). Todo esto, 
para impedir la repetición de audaces tentativas 
consumadas en otras ocasiones por los revoltosos, 
que se habían apoderado por sorpresa de tales 
instrumento- de guerra para combatir al Gobierno. 

Júzgue-e por cuanto dejamos dicho, si el Perú 
podía desear y querer una guerra con Chile, ó con 
Nación alguna. 

Fué, pues, en medio de tan deplorables condi- 
ciones que el Perú se vio sorprendido, primero 
por la noticia de la agresión chilena contra Boli- 
via, y luego por la declaración de guerra contra 
él mismo. 



(1) En la sesión secreta celebrada por el Senado chileno el 24 de 
Marzo de 1879, el Ministro de Relaciones Exteriores declaraba: 
«■ fjue el Ministro chileno en Lima había informado, que la fragata 
Independencia se encontraba en mal estado, y que su reparación 
demandaría algún tiempo. » 



III 

Verdaderas causas de la declaración 
de guerra al Perú 



RESUMEN— § 1. Porque Chile quiso á todo trance la guerra con 
el Perú. - Chile sabía que el Perú no se hallaba dispuesto para 
la guerra. - El estado económico de Chile no ero floreciente, - 
Chile quiso aprovecharse de las condiciones desfavorables del 
Perú. — Superioridad de las fuerzas navales de Chile : como 
preparadas. - Chile se aprovecha de la debilidad del Perú, 
dejando á un lado toda práctica diplomática. - Cual era el objeto 
de la presión chilena al pedir la declaración inmediata de neu- 
tralidad. — Dificultad de la vida en Chile. - Gobierno oligár-. 
quico de Chile: sus tendencias de conquista. - Chile acoge los 
emigrados de otras Naciones y alimenta las rivalidades entre 
éstas. - De cómo intentó enemistar á Bolivia con el Perú: con 
que fines lo hiciera. - Antigurs aspiracione de Chile á la con- 
quista. - Chile, el General Quevedo de Bolivia. - Consecuencias 
que hubieran resultado de la neutralidad del Perú. - La guerra 
emprendida contra Bolivia era realmente dirigida contra el 
Perú. — Documentos § 2. La población chilena se divide en dos 
clases: la clase media no tiene importancia. — El pueblo se 
divide en peones, inquilinos y trabajadores de minas. — Los 
peones. — Los inquilinos. — Los trabajadores de minas. — El 
Roto. — Productos de Chile. — La Arau cania. — Aumento de 
población. — Comercio de importación y de exportación. — 
Malestar económico de Chile. — La producción del trigo en 
en Chile, y su exportación. — Producción del cobre. — Los 
chilenos corren numerosos á los desiertos de Tarapacá y Ata- 
cama. — El Perú descuida en un principio la exportación del 
salitre : luego la convierte en renta estancada. — Emigración 
del Roto chileno. — Crisis económica de Chile. — La conquista 



108 HISTORIA DE LA 

fué considerada como el úuico medio de salir de las difficul- 
tades económicas. — Los celos fueron también causa non insi- 
gnificante de la guerra. — Porque las mujeres chilenas acla- 
masen también la guerra. 



§ I 

Tendencias de Chile. 

Como hemos visto en el capítulo anterior, mien- 
tras el Perú hacía todo género de esfuerzos para 
obtener un arreglo entre Chile y Bolivia, y evitar 
una guerra en la cual tarde ó temprano se hubiera 
visto obligado ó tomar parte, Chile se asía de 
cuantos pretextos le venían á la mano, para em- 
pujarlo á la lucha. ¿Por qué? 

Si Chile tenía sus razones para temer que el 
Perú, frustradas sus tentativas de conciliación, se 
pusiese enfrente de él como aliado de Bolivia, 
¿por qué no esperó que se dicidiera por si mismo 
a dar este paso? 

Merced á la sorpresa del 14 de Febrero, Chile 
se encontraba ya en posesión del desierto de Ata- 
cama, que formaba el objeto de sus aspiraciones, 
sin disparar un solo cañonazo, y Mn que el ver- 
dadero enemigo, Bolivia, se hubiera movido todavía 
para disputárselo: ¿por qué pues, precipitó de este 
modo los acontecimientos? ¿Por qué se apresuró 
él mismo ú reunir al natural y al posible defensor 
de '-u presa para que se acelarara á disputársela? 

Al invadir el desierto boliviano de Atacama, Chile 
estaba intimamente convencido que si la usurpa- 
ción ó conquista de tan rico territorio debía co- 



GUERRA DE AMERICA 1C9 



starle una guerra, una guerra real y verdadera, 
ésta no hubiera tenido jamás que sostenerla contra 
Bolivia solamente, sino con Bolivia y el Perú 
juntos. 

Confinada detrás de la immensa cordillera de 
los Andes, en la casi imposibilidad de bajar con 
un ejército sobre la costa del desierto á través de 
su propio territorio, por las grandes dificultades 
topográficas que había que vencer, y por los enor- 
mes gastos que esto hubiera ocasionado; sin 
puertos propios, ni buenos ni malos, habiendo 
perdido los únicos que tenía en el desierto mismo; 
sin ni aún siquiera principio de escuadra, sin ar« 
mamentos y falto de medios para proveerse de 
todo esto, Bolivia dejada sola contra Chile, ó no 
se hubiera empeñado en una guerra, sino de pa- 
labras, recurriendo como en la primera usurpación 
chilena de 1842 á la vía diplomática; ó hubiera o 
puesto á Chile, decidiéndose realmente á la lucha, 
una resistencia tan débil que habría hecho cierta 
y segura la victoria de este último, sin esfuerzo 
alguno. Este simulacro de guerra no hubiera te- 
nido otro resultado que el de asegurar definitiva- 
mente á Chile el dominio y propiedad del desierto 
á falta de otro titulo, por el de indemnidad de 
guerra, que Bolivia no hubiera podido satisfacer 
de otra manera. Así es que Chile hubiera ganado 
la partida de todos modos, quedando dueño del 
codiciado desierto de Atacama, á costa de sacrifi- 
cios nulos ó insignificantes; y este era precisa- 
mente el pensiamento del Gobierno y del país. 

Para convencerse de la completa exactitud de 
cuanto dejamos dicho, basta hablar sobre este ob- 
jeto con cualquier chileno bien informado, que no 



110 HISTORIA DE LA. 



tenga la astucia ó dignidad necesarias para ocultar 
ciertas verdades poco lisoageras para su Nación. 
El escritor chileno semi-oficial, Barros-Arana^ uno 
de los mejor informados y que conoce perfecta- 
mente las ideas de su Gobierno, después de hablar 
de la invasión del desierto de Atacama, iniciada 
el 14 de Febrero, y ultimada en la segunda quin- 
cena de Marzo, dice: «Los chilenos quedaron así 
dueños de todo el desierto de Atacama, hasta la 
frontera del Perú. La guerra con Bolivia estaba 
terminada de hecho. Chile no pretendía expedi- 
cionar en el interio de ese país por el placer de 
hacer una campaña dificultosísima y sin resultado 
práctico. Bolivia por su parte, á causa de la con- 
figuración singular de su territorio y de las difi- 
cultades invencibles que le oponían las montañas 
y los desiertos, no podía llevar sus tropas hasta 
el litoral. Esta situación habría durado quien sabe 
cuanto tiempo sin la acción del Perú.... » (1). 

Si la conquista del desierto de Atacama, repe- 
timos, podía y debía costarle una guerra, induda- 
blemente hubiera debido Chile sostenerla contra 
el Perú y Bolivia juntos, o por mejor decir, contra 
el Perú, no pudiendo considerarse Bolivia más 
que como una simple fuerza auxiliar; puesto que 
falto de flota, de armamento, y de dinero, á todo 
lo cual hubiera tenido que suplir el Perú, no podía 
dar más como lo demostraron más adelante los 
hechos, que un contingente más ó menos escaso 
de hombres, que el Perú debía necesariamente 
armar y mantener. Chile conocía perfectamente 
todo esto cuando invadía el desierto de Atacama; 



(1) Bakros Arana. Historia de la Guerra del Pacífico, pág. 70. 



GUERRA DE AMERICA 111 

y conocí) también que difícilmente habría podido 
evitar una guerra con el Perú el cual, aún pres- 
cindiendo de su alianza con Bolivia, debía necesa- 
riamente ver en las tendencias de Chile, y en la 
violencia con que las ponía en práctica una ame- 
naza gravísima contra si mismo. 

A la guerra contra el Perú, Chile se encontraba 
de antemano preparado y decidido: en su conse- 
cuencia no la temía. Sin embargo, si hubiera po- 
dido evitarla, sin retirarse de Atacama, lo hubiera 
hecho con gran placer; y no ya porque le doliese 
tenerlo como enemigo, y medirse con él. Muy por 
contrario: una guerra con -el Perú que acabase 
con la derrota de éste, fué siempre el sueño do- 
rado de Chile, desde la independencia ; sueño que 
ha iho rehaciendo y revistiendo siempre con co- 
lores y ropajes más brillantes en diversas épocas 
y ocasiones, desde el 1825 al 1879. 

Perfectamente informado de la alianza Perú-bo- 
liviana y del natural y justificado interés que tenía 
el Perú en mantenerlo lejos de sus fronteras, Chile 
sabía sin embargo que el gobierno del Perú no 
quería la guerra, para la cual no se hallaba en 
modo alguno preparado ; y que solamente la habría 
aceptado como una necesidad, después de haber 
agotado todos los medios posibles para evitarla. 

Sabía también, como lo fué dicho sin disfraz 
alguno al Plenipotenciario peruano por el mismo 
Presidente de Chile, que aquel era el momento 
más propicio para medirse con el Perú (1) ; el cual 
se encontraba exceptionalmente en las peores con- 
diciones posibles, y en su consecuencia infinita- 



(1) Véase la pág. 71. 



112 HISTORIA DE LA 



mente débil, como jamás se había encontrado an- 
teriormente, y como quizás no hubiera vuelto á 
encontrarse en el porvenir : es decir, con una mez- 
quina flota, insuficiente para resistir á la suya, 
que jamás habia sido tan floreciente; sin medios 
y sin crédito en Europa para procurárselos; y por 
último destrozado por las rivalidades de los parti- 
dos, por la guerra civil latente, pronta á estallar 
de un momento é otro; de modo que no le hu- 
biera sido posible concentrar en una guerra todas 
las fuerzas vivas del país, ordinariamente tan su- 
periores á las de Chile, moral y materialmente. (1) 
A pesar de esto, por más que se creyese prepa- 
rado y seguro del éxito, una guerra con el Perú 
no dejaba de preocupar bastante á Chile. Preveía 
fácilmente que aún caminado las cosas á medida 
de su deseo, la guerra habría sido larga, difícil y 
costosa; el estado de su hacienda no era suficien- 
temente próspero para prometerle los fondos que 
hubiera necesitado. Muy por el contrario, el país 
arrastraba difícilmente una crisis económica, que 
comenzada años atrás había ido siempre en incre« 
mentó; y las arcas del Tesoro se hallaban en ver- 
dadera penuria. Gozaba, es verdad, de algún cré- 
dito en el extrangero, por la puntualidad con que 
en vista de su deuda exterior, y quizás no le ha- 



(1) Escuchemos sobre el particular la voz del historiador chileno, 
y casi diríamos, del Gobierno Chileno. « El Perú atraversaba en 
esos momentos por una situación poco favorable para embarcarse 
en aventuras de esa clase. — A parte de las dificultades finan- 
cieras, cada día más apremiantes, la paz interior, amenazada poco 
antes por el asesinato del ex-Presidente Pardo en las puertas del 
Senado, era tan poco sólida que el Gobierno creía no pode.i vivir 
sino bajo el régimen de las facultades oxtraox'dinarias y de la sus- 
pensión de la Constitución. » 

Barros-Arana. Historia de la Guerra del Pacifico, pág. 71 



GUERRA DE AMERICA 113 

bría sido difícil á costa de nuevos y mayores sa- 
crificios, procurarse la sumas necesartas hasta un 
cierto punto. Sin embargo, era siempre una fuerte 
partida la que habría tenido que jugar. (1) 

Los hechos han venido á probar, que sin los 
grandes recursos que Chile supo procurarse con 
los ricos depósitos de guano y de salitre del Perú, 
de los cuales se apoderara á tiempo, difícilmente 
hubiera podido continuar la guerra hasta sus úl- 
timas fases, y mucho menos desplegar todo el lujo 
de ejércitos, armamentos, trasportes y facilitaciones 
de todo género, á los cuales debe en gran parte 
sus victorias. En el discurso leído al Congreso Na- 
cional por el Presidente de Chile, el 1.° de Junio 
de 1881, encontramos: «Se han obtenido valores 
considerables de la enajenación de los salitres de 
Tarapacá (del Perú), que el Gobierno hizo elaborar 
pos su cuenta hasta el 2 de Octubre de 1880, pro* 
cediendo primero por medio de realización en subasta 
pública, y entregándolos después á la consignación 
de una casa respetable, que ha correspondido á la 
confianza que se depositó en ella.... La explotación 
del guano ha podido solo efectuarse en escala limi* 



(i) Aunque el Perú rio haya presentado más que una débil re- 
sistencia, y que Chile se haya visto acompañado siempre por una 
suerte tal que á el mismo le ha sorprendido, han trascurrido ya 
dos años y la guerra dura todavía. 

A propósito de la larga duracción de la guerra, que a pesar de 
tantas victorias, se está convirtiendo en una verdadera gangrena 
para Chile, el periódico La Nación de Valparaíso, en un notable 
artículo del 7 de Marzo de 1881, encaminado á censurar al Gobierno 
chileno por no haber sabido llegar á un tratado de paz después de 
la rendición de Lima, dice : « Nuestros caudillos se habían encon- 
trado con la victoria sin saber como, y con la facilidad que la 
fortuna comunica á sus favorecidos, creyeron que después de la 
victoria con la cual se habían encontrado por casualidad, debía 
presentarse también la paz á recibirlos con los brazos abiertos. * 



114 HISTORIA DE LA 



tada, no habiendo excedido hasta hoy día la expor- 
tación de 40,000 toneladas. Con todo esto, obligado 
desde el principio de la guerra a recurrir al curso 
forzoso del papel moneda, dicho papel sufrió desde 
el primer momento un agio, que era todavía del 
60 por ciento en el 1.° de Junio de 188Í; es decir, 
cuando hacía ya cuatro meses y medio que las 
tropas chilenas ocupaban la capital del Perú, y que 
la guerra, siempre próspera para las armas de Chile, 
podía considerarse como terminada ya, al meaos 
en el artículo gastos; manteniéndose en gran parte 
el ejército de operaciones con las contribuciones 
de guerra y la rentas aduaneras del Perú, como se 
dice en el discurso presidencial antes citado, en el 
cual se lee: « Con el avance de nuestras armas, se 
ha ido implantando el régimen aduanero en los 
territorios ocupados á fin de que la guerra buscase 
en si misma su alimento. » De dicho papel-moneda 
se encontraban todavía en circulación en 1.° de 
Junio de 1881, como vemos en el mismo discurso 
del Presidente, más de veinte y cinco millones de 
pasos fuertes, sin contar otros 15 ó 18 millones más 
en bonos del Tesoro, y sin contar tampoco, ni los 
varios millones puestos en circulación de moneda 
de plata de escaso valor (1), ó alterada, ni las enor- 
mes sumas empleadas en la adquisición del arma- 
mento, y que gracias a su ciédito en Inglaterra no 



1) La acuñación de la moneda de baja ley no solo ha satisfecho 

plenamente las urgontes exijencias del mercado, resistiendo á las 

violentas alteraciones que ha sufrido el cambio, sino que ha dado 

n al tesoro nacional una gruesa suma de dinero para sistemar 

los considerables gastos de la guerra. 

Memoria presentada por el Ministro de Hacienda al Congreso de 
. en Junio de 1880. 



GUERRA DE AMERICA 115 

ha satisfecho todavía (1.° de Junio 1881) exceptuando 
tan solo pequeñas cantidades dadas á cuenta. 

Para que nuestros lectores puedan formarse una 
idea exacta del estado económico de Chile, antes y 
después de la guerra, ó sea hasta el 1.° de Junio 
de 1881, en cuya época hacía cuatro ó cinco meses 
ya que había terminado de hecho, recurriremos una 
vez más á la voz oficial por excelencia del Presi- 
dente de Chile, quien en su mencionado discurso 
dice así: «Para apreciar con alguna exactitud la 
situación financiera de la República, considero opor 
tuno manifestar que las entradas ordinarias del 
Estado han alcanzado en 1880 (es decir en el se- 
gundo año de la guerra) á la cantidad de 27.991.584 
pesos. Es verdad que figuran en esta suma cerca 
de 2.500.000 pesos, recurso eventual proporcionado 
por la redención de censos. También figuran el 
producto de las ventas de salitres (del Perú) por 
una suma que excede de cuatro millones de pesos ; 
pero este recurso comenzó a ser reemplazado desde 
Octubre por el derecho de exportación, que sin ser 
indudablemente inferior en sus rendimientos, ofrece 
la ventaja considerable de la facilidad de su per- 
cepción, sin los inconvenientes á que están expue- 
stas las operaciones mercantiles. La sola renta 
aduanera superó en cerca de cuatro millones, á la 
del año del 1879 (del año en que comenzó la guerra) 
y esta progresión no se ha detenido en el año co- 
rriente siendo digno de notarse que ella es debida 
á la extensión de los mercados, al aumento de la 
producción y al consiguiente desarrollo de los con- 
sumos. » (Consecuencias todas del buen éxito de 
la guerra desde su principio). 

Deduciendo de estas así llamadas rentas ordina- 



116 HISTORIA DE LA 



rias del año 1880, el extraordinario producto, no 
reproducible, de la redención de los censos, y el 
de los cuatro millones de la venta del salitre del 
Perú, como además los cuatro millones de aumento 
en las rentas aduaneras — que fué debido exclusi- 
vamente á las aduanas usurpadas á Bolivia — dichas 
rentas ordinarias de Chile se reducen escasamente 
á 17 millones poco más ó menos de pesos fuertes. 
Para poder comprender y juzgar justamente la con- 
ducta de Chile en los acontecimientos que descri- 
bimos., -era bueno no olvidar estos datos e-tadí- 
-ticos. 

De consiguiente Chile, firme >iempre en su pro- 
pasito de aprovecharse de las excepcionales condi- 
ciones del Perú, que lo hacían por el mentó inferior 
á él en una lucha, para asegurarse la conquista 
del rico desierto de Atacama, que no debía ser sino 
el primer paso para conquistas mayores, como di- 
remos más adelante; y deseoso de exponerse á 
correr los menos riesgos posibles, habría evitado 
gustoso la guerra con el Perú como aliado de Bo- 
livia: pero á condición de que faltando á su alianza 
con esta última, le hubiese el Peni dejado completa 
libertad de acción contra ella, declarándose neutral 
en el conflicto chileno boliviano; conducta que hu- 
biera sido la ruina del Perú, y que más tarde habría 
asegurado el triunfo de todos los proyectos chilenos 
de engrandecimiento, tanto para el presente, como 
para el porvenir, según veremos en el curso de 
esta historia. 

Urgía sin embargo á Chile, para el buen resul- 
tado de sus secretos designios, de la declaración 
de neutralidad del Perú llegase pronto, solícita é 
inmediatamente, para no darle tiempo de armarse 



GUERRA DE AMERICA 117 

y salir de las difíciles circunstancias del momento 
que hasta cierto punto lo ponían ú su merced; en 
cuyo caso habría perdido todas sus ventajas. 

La principal superioridad de Chile sobre el Perú, 
prevenía de la indiscutible superioridad de su flüta; 
y esta superioridad que era de una importancia 
casi decisiva eh una guerra, era necesario no per- 
derla; más aún, era .necesario que diese sus frutos 
antes que el Perú la hiciese desaparecer con un 
aumento bastante probable de sus fuerzas navales. 

En una guerra entre los dos países, sobre inmen- 
sos territorios en su mayor parte deshabitados, y 
cuya vitalidad reside completamente en sus extensas 
playas del Océano, en tantos centros separados los 
otros por grandes arenales de difícil tránsito, pri- 
vados de vegetación y de agua — los movimientos 
de los ejércitos, con todas sus dependencias, son 
de una dificultad y lentitud sin igual; y las opera- 
ciones militares no pueden desarrollarse con ventaja, 
sino aprovechándose de la vía del Océano pue baña 
dichas playas. A>-í es que el éxito de una guerra 
depende en razón de un setenta por ciento al menos 
de sus flotas. 

Además de la certidumbre que se adquiere con 
el simple conocimiento de estas regiones, nuestra 
aserción anterior fué plenamente probada en la 
guerra de la independencia americana contra España; 
la cual, aún poseyendo un ejército mejor y más 
numeroso que el de sus Colonias, tanto por instru- 
cción, como por armamento y discipline, no pudo 
sostenerse, y caminó de derrota en derrota, desde 
el momento en que fué inferior á aquellas en fuerzas 
marítimas. Mientras España se veía obligada ú 
mover difícilmente sus ejércitos, con largas y fati- 



118 HISTORIA DE LA 



gosas marchas, y a fraccionarlos con frecuencia 
para poder procurarles vituallas con menos dificul- 
tad, el ejército siempre compacto de Jas Colonias, 
ó de la independencia, se aprovechaba de la como- 
didad y rapidez de movimientos que le ofrecía la 
vía marítima para separarlos, cogerlos en fracciono 
y hacerlos trizas. 

La preponderancia entre las Repúblicas del Pa- 
cífico reside en las fuerzas marítimas, y no en lo 
ejércitos. Esto no fué jamás un secreto para Chile, 
desde su primera aparición en la vida autónoma; 
y siendo la posesión de esta preponderancia una 
de sus principales aspiraciones, no dejó nunca de 
poner en práctica medio alguno para quitársela al 
Perú, á quien correspondía de derecho por su 
mayor importancia territorial y económica, primero, 
privándolo de flota, y luego creándose él mismo 
una muy superior, por primera vez lo dejó sin ella 
con un acto de prepotencia (l), en la época misma 
de mayor fraternidad, en la cual combatían juntos 
contra España las guerras de su común indepen- 
dencia. Y posteriormente en 1836, mientras Chile 
se disponía secretamente á llevar el haz de la gue- 
rra al Perú, se prevalió ante todo, como acto pre- 
paratorio, de la paz existente entre los dos paí-es, 
para sorprender la flota del futuro enemigo y apo- 

,1) Lord Cochrane (Almirante de la escuadra chilena) que había 
recorrido los_ puertos de Colombia y Méjico para dar caza á los 
buques españoles, al regresar de una expedición tan penosa, como 
estéril, supo con gran disgusto que se habían entregado al Perú. 
Reclamándolos como suyos por solo el hecho do haberlos perseguido 
sin descanso, se apoderó á viva fuerza de la Venganza (uno de los 
susodichos buques españoles) que todavía estaba en las aguas de 
Guayaquil.... y llegado al Callao se apoderó de la Montezuma, v 
cambió la bandera peruana por la de Chile. » 

S. Loeknte, Historia del Perú. T. I. pág. 66. 



GUERRA DE AMERICA 119 



derarse de ella (1). Más tarde Chile encontró un 
camino mejor para establecer su preponderancia 
marítima sobre el Perú, construyendo á costa de 
sacrificios muy superiores ú sus fuerzas, los dos 
buques blindados Cochrane y Blanco Encalada que 
posee actualmente. A pesar de esto, no olvidó com- 
pletamente sus hazañas de 1822 y 1836 como vere- 
mos más adelante. 

La flota del Perú en Marzo de 1879, repetimos, 
era muy inferior á la de Chile, aún independien- 
temente del mal estado en que accidentalmente se 
encontraba. Pero el Gobierno de Lima había en- 



(1) La circular diplomática en que Santa Cruz (jefe de la confe- 
deración Perú-boliviana) protesta de sus sentimientos pacificos es 
de 20 de Agosto de 1836. Imagínese ahora cuál sería la sorpresa de 
aquel Mandatario, al saber que en la noche del siguiente día, 21 de 
Agosto, el bergantín Aquiles (buque de guerra chileno) se había 
apoderado de todos los buques de guerra del Gobierno peruano surtos 
en la bahía del Callao. D. V, Garrido habia llegado á aquel puerto 
(con el Aquiles) á las 9 de la mañana del 21 de Agosto.... y había 
pasado á visitar al Comandante de marina para cerciorarse del estado 
indefenso de los buques peruanos, y dar sobre seguro el asalto 
nocturno que meditaba.... A las 12 de la noche del 21 de Agosto de 
1836.... 80 marineros mandados por el Comandante Ángulo (del 
Aquiles) se lanzaban sobre las solitarias cubiertas de los buques 
peruanos, y sin ningún género de resistencia los sacaban fuera del 
tiro de los cañones de los castillos. A las dos de la mañana aquel 
deshonroso atentado que entonces se celebró como una proeza he- 
roica, estaba cometidos ; y el emisario de Chile se hallaba en el 
caso de volver ufano con su presa,... » 

Benjamín VicuñA Mackegna (historiador chileno), Don Diego Por- 
tales. Segunda parte, pág. 77 á 79). 

« El Aquiles y el Colocólo, únicos buques de guerra que tenía 
Chile, presentáronse amistosamente en los puertos del Callao y de 
Arica, puesto que el Perú y Chile estaban en paz ; y sus Coman- 
dantes y Oficiales fueron bien recibidos y festejados: pero en la 
noche sorprendieron contemporáneamente, en sus embarcaciones, á 
los pocos hombres que se hallaban á bordo de los buques peruanos 
desarmados, y se los llevaron. Se apoderaron de este modo de toda 
la flota del Perú. 

Pküvonena, Memorias y documentos para la historia del Perú. 
T. I. pág. 410. 



120 HISTORIA DE LA 



cargado ya la adquisición de dos buques blindados» 
que pudieran hacer frente á los de Chile ; encargo 
que el Plenipotenciario chileno conocía perfecta- 
mente—gracias á la poca costumbre que hay en 
aquel p8ís de guardar los secretos— y que se 
había apresurado á comunicar á su Gobierno. El 
Perú es cierto, no tenía fondos prontos, ni sufi- 
ciente crédito para hacer dicha adquisición con la 
misma facilidad con que la había encargado : pero 
además de que no hubiera sido difícil el obtenerlos 
de los afortunados poseedores del guano— á los 
cuales importaba más que á nadie, que el Perú 
no experimentase desastre alguno, para que pudiese 
conservarles la posesión de su rico tesoro — es 
demasiado sabido que en las cajas exhaustas del 
rico se encuentra á veces más que en la gaveta 
del pobre: además, hubiera bastado que el Perú 
llamase en su ayuda á sus generosas y nobles 
damas, como hizo en otras ocasiones, pidiendo á 
cada una Ja menos rica de sus joyas, en socorro 
de la patria en peligro, para encontrar con creces 
los fondos necesarios. (1) Finalmente á esto es 
necesario añadir, saliendo del terreno de las hipó- 
tesis, que el Representante de Chile en Lima par- 
ticipaba á su Gobierno en nota del 15 de Marzo, 
que tenía muy buenas razones para creer que el 
señor Canevaro, encargado por el Gobierno del 
Perú de adquirir los acorazados, había ya contra- 



(1) Cuando más tarde, en Octubre de 1879, el Gobierno del Perú 
y la prensa, se dirigieron á las señoras peruanas para obtener los 
fondos necesarios para la compra de un barco blindado, que gra- 
cias a la incapacidad de los hombres del Gobierno, no fué comprado 
jamás, sus donaciones llegaron en meuos de 15 cuas á la suma de 
seis miliones de franco próximamente. 



GUERRA DE AMERICA 121 

tado en París los fondos necesarios, probablemente 
por medio de los contratistas del guano. 

Urgía de consiguiente á Chile, para no perder 
la osasión largamente esperada y preparada, no 
dejar al Perú el tiempo necesario para aumentar 
sus fuerzas marítimas ; y arrastrarlo con solicitud 
sobre los campos de batalla, si no se decidía in- 
mediatamente á firmar su propia ruina con la de- 
claración de su neulralidad. Era necesario obrar 
diligentemente, sobre todo para obtener que los 
Gobiernos neutrales de Europa, suponiendo que el 
Perú hubiese comprado • ya los barcos deseados, 
no los dejasen salir de sus puertos. La hora de la 
grande empresa había sonado; y el dilema que se 
había propuesto Chile no admitía términos medios : 
ó debía batir la alianza Perú boliviana separada- 
mente y mediante la alianza misma, declarándose 
neutral el Perú, ó debía batirla toda junta sin la 
menor pérdida do tiempo, entonces mismo, en el 
solo momento propicio en que aquella se encon- 
traba con fuerzas inferiores a las propias. 

Contra este secreto designio de Chile, madurado 
desde largo tiempo, antes que el Perú asumiese el 
carácter de mediador y aún antes de la invasión 
del territorio boliviano, lo que fué consecuencia y 
no causa, no se elevaba más que un solo obstáculo: 
la lentitud de los procedimientos diplomáticos. Pero 
estos, como se ha visto, no podían ser un obstá- 
culo serio para un país que no se hacía escrúpulo 
alguno de entrar audazmente en una guerra de 
conquista, bojo el más fútil de los pretextos, con 
la invasión del desierto de Atacama , desierto del 
cual no quiso salir en modo alguno, ni aún siquiera 
cuando la mediación peruana le ofrecía hacerle dar 



122 HISTORIA DE LA 



satisfacción por Bolivia, sobre todos los pretextos 
que presentó para apoderarse de él. Para quien se 
contenta con pretextos, éstos nunca faltan. 

El Gobierno de Chile comprendía perfectamente 
el grande y positivo interés que tenía el Perú en 
impedir su conquista de Atacama : y conociendo 
las verdaderas condiciones del Perú y todo cuanto 
sucedía en Lima, sabía desde fines de Febrero, por 
medio de su Representante en aquella capital, que 
(como éste le telegrafiaba el mismo 4 de Marzo, 
en que el Plenipotenciario peruano llegaba á Val- 
paraíso para ofrecer la mediación de su Gobierno) 
« el Gobierno peruano tenía miedo ¿i la guerra ; 
pero que, excitado por la opinión pública, hacía 
preparativos sin decidirse. » Y á fin de que este 
miedo ;'i la guerra, aumentado por la casi certi- 
dumbre é inminencia del peligro, se sobrepusiese 
¡t toda otra consideración en el ánimo de ios go- 
bernantes del Perú, preparó por debajo de cuerda, 
ó dejó preparar, la amenazadora recepción que el 
Plenipotenciario peruano tuvo ;'» su llegada en Val- 
paraíso, y que fué seguida del grave atentado 
contra el Consulado del P¿rú ; hechos, que por si 
selos hubieran bastado en otras circunstancias para 
que el Perú se lanzase á la guerra. No contento 
con esto, hemos visto que el mismo presidente de 
Chile dijo al mencionado Plenipotenciario en dos 
ocasiones, y cuando lo solicitaba más vivamente 
para que el Peni declarase su neutralidad, que sus 
hombres de guerra creían el momento procipuo 
para acometer al Pero, por considerarse en aquel 
momento más fuerte Chile; y luego: que acababa 
de tomar algunas medidas relativas á la guerra 
con el Perú, guerra de la cual no se había profe- 



GUERRA DE AMERICA 123 

rido una sola palabra, y sobre la cual, dado el 
estado de cosas, y el amistoso carácter de mediador 
que había tomado y ejercía con completa buena fé 
el Perú, no hubiera debido existir ni la más ligera 
sospecha. 

. Como hemos dicho, todo esto no tenía más que 
un sólo objeto : el de ejercitar una presión con el 
miedo de una guerra próxima y cierta en la cual 
el Perú hubiera sucumbido, en el ánimo del Ple- 
nipotenciario peruano, y por medio de éste en los 
Gobernantes del Perú, psra decidirlos á hacer di- 
ligentemente la declaración de neutralidad que se 
les había pedido. Y para acerles todavía más fácil 
la marcha sobre la "vía de la neutralidad, al temor 
del peligro añadía todavía el Gobierno chileno, la 
lisonja de mostrarse animado de las mejores in- 
tenciones hacía Bolivia, y principalmente hacía el 
mismo Perú, una vez que éste se hubiese decla- 
rado neutral. A tal objeto tendían : primero, los 
proyectos de amistosa conciliación con Bolivia, va- 
liéndose de la mediación del Perú, presentados por 
Santa Maria, por el Presidente y por el Ministro 
de Relaciones Exteriores ; proyectos que luego 
fueron retirados bruscamente, para en seguida 
volverse á hablar de ellos nuevamente como cosa, 
no solamente factible, sino cierta, después que el 
perú se hubiese declarado neutral, en la calma 
y tranquillidad de los ánimos : segundo, las explí- 
citas ofertas que el Presidente de Chile hacía 
espontáneamente al Plenipotenciario peruano de 
socorre?* al Perú con los ejércitos chilenos, en el 
caso que á consecuencia de su declaración de neu- 
tralidad, ó por otro motivo cualquiera, debiese un 
día encontrarse en guerra con Bolivia. 



124 HISTORIA DE LA 



Por ultimo, como complemento de todo lo que 
dejamos dicho, y dé la doble presión del temor y 
de la lisonja, recordarán también nuestros lectores 
la perspectiva de una traición por parte de Bolivia, 
que el Presidente chileno hizo brillar un instante 
á los ojos del Plenipotenciario peruano ; es decir, 
la posibilidad de que Bolivia se pusiese de acuerdo 
con Chile para marchar juntos contra el Perú. 

Todo esto, repetimos, no tenía más objeto que 
el de estrechar al Perú por todas partes, con el 
fin de arrancarle una declaración de neutralidad 
en el conflicto chileno-boliviano ; declaración que 
debía necesariamente serle fatal y ruinosa. 

Para poder comprender toda la gravedad que 
pudiera haber tenido para el Pero, la declaración 
incondicional de neutralidad que solicitaba Chile, 
es necesario conocer ante todo ciertos precedentes 
indispensables, que procuraremos exponer con la 
mayor brevedad posible. 

Durante el régimen colonial, la Capitanía Ge- 
neral de Chile fué la Colonia más pobre que Es- 
paña poseyera en América: la única que, no sola 
mente no lo produjera beneficio alguno, sino que, 
ni aún á sí misma bastándose, se hallaba obligada 
¡i socorrer; razón por la* cual le hacía enviar todos 
los años por el Virey del Perú trescientos mil 
pesos fuertes, que ordinariamente se le trasmitían 
en tabaco. Así mismo, después de la independencia f 
la República de Chile, fué la más pobre entre sus 
hermanas del Pacífico (1); y por cierto, no fué 
un mal nara ella. 



(lj En los primeros aüos de la vida política de Chile, el presu- 
puesto del Estado no' pasaba do 600,00) pesos ó sean 3.000.000 de 
francos. 



GUERRA DÉ AMERICA 125 

En la vida de los pueblos, como en la del hom- 
bre, hay épocas en que la pobreza es un bien. 
Cuando no han llegado aún á un grado de civi- 
lización suficiente para que las riquezas los lleven 
á ennoblecer las facultades del alma, abriendo 
nuevos y más vastos horizontes á su actividad, 
aquellas sirven por el contrario para debilitarlas 
y envilecerlas siempre más y más en el pútrido 
pantano del ocio, en que solo germinan vicios. 

Su pobreza obligó á los chilenos á buscar en un 
trabajo asiduo y penoso, por la poca fertilidad del 
suelo, los medios necesarios para su subsistencia 
cuotidiana. Y como todo aquel que se halla obli- 
gado á trabajar sin descanso para poder vivir, 
faltan tiempo y medios para dedicarse al triste 
juego de las revoluciones, principalmente si los 
únicos que pueden ofrecer los elementos de tra- 
bajo, y por consiguiente, de vida, son aquellos 
mismos en cuyas manos se halla concentrado el 
poder, como sucedió en Chile desde un principio, 
— los chilenos tuvieron necesariamente que acos- 
tumbrarse muy pronto á una vida trabbjadora y 
arreglada. 

Como hemos indicado, el poder público en Chile 
se halla concentrado en pocas manos. Este es un 
hecho que nadie se atreverla á negar. Las pocas 
familias de origen español, que durante el régimen 
colonial se establecieron definitivamente en Chile, 
se apoderaron con tiempo de la única riqueza que 
entonces ofrecía el país : las tierras. Habiéndose 
encontrado por esto, cuando fué proclamada la 
República, las solas poseedaros del suelo, del cual 
era necesario procurarse los medios de subsis- 
tencia; además de esto, siendo las solas que goz- 



1 26 HISTORIA DE LA 



aban de una relativa civilización, el resto de la pío- 
bación hallándose envuel-o en una semi- barbarie 
que en su mayor parte durante todavía, no les fué 
difícil organizar entre ellas, bajo el nombre de Re- 
pública, una especie de oligarquía disfrazada, por 
las mismas causas, ayudadas eficazmente por un 
sistema de Gobierno fuerte y en extremo rígido, 
han podido conservar hasta el día. (1) 

Libres de la abrumadora pesadilla de las revo- 
luciones intestinas, los Gobiernos de Chile procu- 
raron asiduamente mejorar las condiciones de su 
país. Y descubriendo los Estados vecinos, conti- 
nuamente envueltos en desórdenes interiores, sobre 
ellos principalmente basaron sus aspiraciones; sa- 
biendo perfectamente que, como sucede general- 
mente en todos aquellos países que se hallan des- 
trozados por las pandillas po'ítica, sus Gobierno- 
debían ser necesariamente poco celosos de los 
verdaderos intereses nacionales, y sumamente dé- 
biles en el extrangero. 

Su primera aspiración fué la preponderancia en 
el Pacífico, para asegurar al comercio nacional, 
con más ó menos daño de sus vecinos, las mayo- 
res ventajas posibles; y la primera manifestación 
positiva de esta aspiración tuvo lugar en el año 1837, 
con motivo de la Confederación Perú-boliviana, for- 
mada por el general Santa Cruz. Tomando como 

(1) Hasta la época de su independencia, Chile no poseyó más que 
un escaso número de Escuelas elementales, un modesto Seminario, 
un Colegio aún más modesto en los claustros de un monasterio, 
con una pequeña Universidad muy pobre de profesores para uso 
esclusivo de los hijos y descendientes de los colonos españoles ; y 
solamente desde mediados del siglo XVIIL La primera imprenta 
que conoció Chile, fué desembarcada en el puerto de Valparaíso 
el a'io 1812. El Perú y Méjico, por el contrario, poseyeron imprentas 
desde el siglo XVI. 



GUERRA DE AMERICA 127 

pretexto el que algunos prófugos peruanos invo- 
caban en Santiago la ayuda de Chile, para resta- 
blecer la forma de Gobierno nacional que creían 
comprometida por el despotismo de Santa Cruz, 
el Gobierno chileno invadió dos veces el territorio 
del Perú : primero con un pequeño ejército que 
volvió atrás inmediatamente, después de haber 
estipulado con el Gobierno federal un tratado de 
paz que él desaprobó; y luego con un ejército más 
numeroso, compuesto en parte de pró r ugos y mal- 
contentos peruanos. Cuando este ejército desem- 
barcaba en las inmediaciones de Lima, se encontró 
con que la Confederación había sido disuelta por 
el Presidente del Perú, el cual en su consecuencia 
lo invitaba a retirarse, por haber cesado el objeto 
de *u expedición, por lo menos aquel bajo cuyo 
pretexto había salido de Chile. Sin embargo, en 
vez de retirarse, comenzó por derrotar al pequeño 
ejército de este último, que habiendo incorporado 
luego en sus filas le ayudó a derrotar igualmente 
al antiguo ejército de la Confederación, todavía en 
pié, ó sea el de Santa Cruz, y colocar en la Presi- 
dencia del Perú al General Gamarra, jefe de los 
prófugos y malcontentos peruanos que habían in- 
vocado la ayuda de Chile. 

Los verdaderos móviles de Chile en esta guerra 
eran dos : destruir en sus gérmenes la Confede- 
ración Perú-boliviana, contra la cual no hubiera 
podido luchar una vez que se hubiese consolidado, 
y exigir al Perú la abolición de dos leyes que pe- 
rjudicaban enormemente al comercio chileno: una, 
que declaraba Arica puerto franco, y la otra que 
imponía a los barcos mercantes de procedencia 
europea una doble tarifa, que, muy módica para 



128 HISTORIA DE LÁ 



los barcos que llegasen- á los puertos peruanos sin 
hacer escala en los chilenos, era por el contrario 
gravosa en el caso adverso : y solamente después 
de haber conseguido ambas cosas, el ejército chi- 
leno volvió á los patrios lares. 

Desde entonces Chile no dejó un solo momento 
de tomar una parte activa, aunque indirecta, en 
los asuntos interiores del Perú y Bolivia, fomen- 
tando con todas sus fuerzas la rivalidad que exsistía 
entre los dos países,, como única consecuiencia de 
la extinguida Confederación, y las interiores dis- 
cordias de los partidos, con las consiguientas gue- 
rras intestinas des entrambos. 

Después de Gamarra, fué siempre en Chile, donde 
eran amistosamente acogidos y secundados en sus 
miras, que se refugiaron constantemente todos los 
malcontentos y revoltosos tanto del Perú como de 
Bolivia. Para no hablar sino de los casos más no- 
tables, fué precisamente en Chile, donde luego re- 
cibió el grado de general chileno, que se refugió 
el año 1868 el entonces coronel peruano M. I. Prado, 
que una revolución echaba de la presidencia Bel 
Perú, á la cual había llegado él mismo por medio 
de una dictatura ganada, dos años atrás, en los 
campos revolucionarios. Fué en Chile donde se 
organizó, con la connivencia y protección del Go- 
bierno chileno, y donde salió el año 1872 la expe- 
dición del General Quevedo, que debía llevar y 
llevó por la centésima vez la triste antorcha de la 
revolución á la República de Bolivia. Fué en Chile 
donde se refugió desde el 1872 al 1879 el incansable 
revolucionario peruano D. Nicolás de Piérola; en 
Chile, repetimos, donde con el beneplácito de las 
autoridades locales y á su vista, organizó las in- 



GUERRA DE AMERICA 129 

numerflbles revoluciones con las cuales afligió y 
destrozó el Perú durante aquellos siete años, y qué 
fueron una de las causas principales del estado de 
desorganización e impotencia en que se encontrara 
el Perú al aparacer el conflicto chileno-boliviano; 
estado del cual se aprovechó Chile, para envol- 
verlo solícitamente en la guerra. 

Mientras fomentaba las discordias interiores que 
debían debilitar cada día más Bolivia y el Perú, 
Chile alimentaba también continuamente las riva- 
lidades existentes entre los dos países, que ambos 
heredaran de su efímera Confederación ; y ésto para 
poderlos derrotar cómodamente, ya separados, ya 
con la ayuda ora del uno, ora del otro, y llegar 
de este modo al logro de todas sus aspiraciones, 
que habían ido siempre creciendo, y que no fueron 
jamás un misterio para quien quiso conocerlas. 

Ensuberbecido por el primer éxito de la campaña 
iniciada el año 1837, Chile no se contentaba ya 
con las simples ventnjas comerciales obtenidas en- 
tonces. Comenzó la fi bre de conquista, con doble 
objeto de aumentar la escasas rentas del Estado, 
y de dar una salida y un trabajo más productivo 
á su población que se consumía sin fruto sobre 
sus pobres tierras, y dedicó á ella exclusivamente 
toda su atención. Después de los hechos ya refe- 
ridos de 1842, le vino el deseo de apoderarse del 
rico desierto boliviano de Atacama. Más tarde, de- 
spués del descubrimiento del carbón fósil bnjo las 
nieves de la costa patagónica, sobre el estrecho de 
Magallanes, fué asaltado por un segundo deseo no 
menos ardiente y tenaz: el de arrancar de las ma- 
nos de la República Argentina el inmenso terri- 
torio de la Patagonia, que aquella había tenido 



130 HISTORIA DE LA 



siempre puesto en olvido. Y finalmente, más tarde 
todavía, puestos los ojos en los ricos depósitos de 
salitre del desierto peruano de Tarapacá, con- 
finante con el de Atacama, no pudo resistir á 
un tercer deseo: el de ponerlo bajo la bandera 
chilena; á falta de otra rázon para librarlo del 
perpetuo desgobierno del Perú, así como pretendía 
apropiarse el de Atacama para sustraerlo en be- 
neficio del comercio chileno y extrangero, á la 
perpetua anarquía de Bolivia. (1) 

La República de Bolivia, lo hemos dichos ya va- 
rias veces, es un inmenso territorio colocado de- 
tras d6 la gran cordillera de los Andes, en la parte 
central del continente, sin más salida al mar que 
la desgraciadamente mezquina é inservible del 
desierto de Atacama; siendo así que para las ne- 
cesidades de las dos terceras partes, por lo menos 
de su comercio, se halla obligada á recurrir al 
puerto peruano de Arica; loque, hasta cierto punto 
la coloca en un estado de servidumbre perpetua 
respecto del Perú; al cual le bastaría negar el paso 
por su territorio á las mercancías bolivianas, para 
que éstas se. quedaran secuestradas en su propio 
país. Esta es el arma de la cual se ha servido 
Chile, desde 1842, para convertir á Bolivia en ene- 
miga acérrima del Perú. 

Bolivia, decían los hombres políticos de Chile á 
los de aquella Nación, y principalmente á los re- 
volucionarios que acogían y favorecían en sus país, 
no tiene necesidad del inútil v estéril desierto de 



rensiamento manifestado por el Presidente de (Jliile el 19 de 
Marzo de 1879, al Plenipotenciario del Perú, como se lee en la 
correspondencia de este último el 20 de Marzo de 1879. 



GUERRA DE AMERICA 131 

Atacama, sino de la provincia peruana de Tacna 
con su magnífico puerto de Arica; esto es inne- 
gable; que Bolivia ceda, de consiguiente, su inútil 
desierto de Atacama á Chile, y procure adquirir 
con el apoyo y alianza de este último, la provincia 
peruana de Tacna con su puerto de Arica; esta 
es la sola, la verdadera rectificación de confiaes 
que la justicia y los intereses de Bolivia re- 
claman. 

Quizás sería difícil encontrar un sólo hombre 
político de Bolivia, que una vez por lo menos no 
se haya oído susurrar á los oídos semejante pro.- 
yecto por los de Chile; proyecto al cual se refería 
precisamente el Presidente de Chile, con una simple 
trasposición de los verbos Poder y Querer, cuando 
decía al Plenipotenciario peruano, como hemos 
visto que podía Chile firmar la paz con Bolivia 
con detrimento del Perú, si hubiese querido. : 

Sin embargo, en este proyecto no se manifestaba 
más que una parte solamente de las verdaderas 
intenciones de Chile: la otra, quizás la más im- 
portante, se quedaba escondida entre los pliegues, 
para salir á luz cuando Chile y Bolivia se encon- 
traran con las armas en la mano contra el perú. 
Entre el desierto de Atacama, que Chile decía a- 
biertamente que quería hacerlo suyo, y la pro- 
vincia peruana de Tacna que pretendíd dar á Bo- 
livia, se encuentra el apetitoso desierto peruano de 
Tarapacá, que tantos millones ha dado, dá y dará 
con su salitre. Puesto que se trataba de rectificar 
los confines, no era del caso dejar al Perú una 
porción de territorio que hubiera quedado al otro 
lado de sus fronteras con Bolivia; y puesto que. 
esta no tenía necesidad para ponerse en comuni- 



132 HISTORIA DE LA 



cación con el Océano, más que de la provincia de 
Tacna con su puerto de Arica, venía como con- 
secuencia lógica, que el desierto de Tarapacá, lo 
mismo que el de At acama poblado de chilenos, to- 
caba de derecho á Chile, sino por la razón, por la 
fuerza, como dice la divisa de las armas de la 
República, que se lee en sus monedas: « Por la 

RAZÓN Ó LA FUERZA ». 

El periódico más autorizado de Chile « El Fer- 
rocaril » que se publica en Santiago, escribia en 
sus artículos editoriales en Septiembre de 1872: 
€ No hay antagonismo entre los intereses de Chile 
y Bolivia, ni hay entre Chile y Bolivia cuestiones 
provechosas de frontera. — Esas cuestione*, sólo 
existen entre el Perú y Bolivia. Es Bolivia quien 
puede ganar adquiriendo una parte del litoral pe- 
ruano. Chile no necesita del litoral de nadie (!) Hé 
aquí la verdad. Por eso, si Bolivia ambiciona rec- 
tificar sus fronteras, debe ser nuestro aliado y no 
nuestro enemigo, en lugar de hacerse el aliado del 
Perú y el enemigo de Chile, que nada gana ni 
nada pierde con Bolivia tenga buenos ó malos 
puertos, esté cerco ó lejos del mar, para hacer sus 
exportaciones >. 

Este es el bosquejo de la potítica chilena. Ahora 
veremos el retrato. 

En el mi^mo año de 1872, y en el mismo mes 
de Septiembre, un insigne escritor boliviano, Julio 
Méndez, escribía en el pé iódico La Patria de 
Lima, una serie de doctos artículos sobre los in- 
tereses generales de la América meridional, y so- 
bre las tendencia de sus diversos Estados. De uno 
de ellos tomamos las palabras siguientes: «Chile 
ha comprendido que, cuando pasa el rio Paposo 



GUERRA DE AMERICA 133 



obra contra la estabilidad de Bdivia y la del Perú. 
La Legación que negoció ese Tratado de límites 
(el de 1866) con Melgarej >, dejó en el ánimo del 
Dictador boliviano el incesante conato de romper 
con el Perú. Melgarejo terminaba los accesos de 
la embriaguez (muy recuentes) lanzando su lambo- 
léante persona en campaña contra el Perú, en 
busca de aquella rectificación de fronteras que 
Chile aconseja á Bulivia, después de tomarle su 
territorio y sus tesoros. La erección de las dicta- 
duras de Bulivia y el Perú, á cuya sombra medró 
en 1866, le han enstñado á omol-gar la guerra ci- 
vil en ambos Estados. Las cruzadas partirán en 
adelante de Chile, sobre ambos focos; y el motor 
que deba cambiar la escena en Bolivia, no entrará 
antes de cambiar la que le sea adversa en el Perú. 
La escuela internacional que se ha levando en 
Chile pretende que Bolivia, después de cederle los 
cinco grados da la costa de Atacama, se haga su 
aliada á fin d¿ desmembrar las costas del Perú, 
y venga á ser Chile el único gigante del Pací- 
fico *. 

Como se vé, las antiguas aspiraciones de Chile, 
más ó menos realizadas con la victoria de sus 
conquistadoras armas, no eran un secreto para 
nadie desde 1872; porque se discutían pública- 
mente por los chilenos y por los bolivianos, en 
Chile y en el Perú, como las cosa más sencilla del 
mundo. 

En aquel mismo año de 1872, que al parecer 
fué la época en la cual las antiguas aspiraciones 
de Chile, revistiendo las formas más simple y de- 
te minadas, se hicieron aún más ardientes y más 
activas, los hombres de Gobierno de Chile se es- 



134 HISTORIA DE LA 



forzaron más que nunca en todos los sentidos, 
para hacer aceptar sus proyectos por los hombres 
políticos de Bulivia de todos los partidos; es decir 
tanto de la fracción dominante que tenía en sus 
manos las rientas del Estado, como de la adver- 
saria, cuyos jefes, como de costumbre, estaban or- 
ganizando en Chile una de las tantas revoluciones 
que ensangretaron el suelo de Boliv>a: — la misma 
precisamente capitaneada por el General Quevedo 
de que que nos hemos ocupado ya. 

No pudiendo saber anticipadamente quién sería 
el victorioso en la lucha que estaba par-a empeñar 
en Bolivia la revolución que con la ayuda de Chile 
preparaba en Valparaíso el Generel Quevedo, los 
políticos chilenos creyeron oportuno atraer sepa- 
radamente á sus ideas, al Representante oficial del 
Gobierno boliviano y al Je'e de la revolución. Todo 
esto se hacía, tanto para salir ganando siempre, 
si era posible, sea con el Gobierno sea con la re- 
volución; cuanto para poder determinarla medida 
de las simpatías que era necesario acordar a cada 
uno de los dos. Este hecho es tan grave, como 
medida de moralidad política, que nosotros, en 
modo alguno partidarios del sistema de la doblez, 
no nos hubiéramos creído autorizados á mencio- 
narlo en estas páginas, si adema? de las afirma- 
ciones recogidas sobre el terreno de individuos tan 
estimables como bien informados, no tuviésemos 
entre las manos las pruebas escritas en documentos 
oficiales, que nuestros lectores encontrarán como 
comprobante al fin de este párrafo (*). 

Los hombres políticos de Bolivia, de todos los 
partidos, los mismos que invocaban la ayuda de 
Chile para organizar sus guerras intestinas, no se 



GUERRA DE AMERICA 135 

prestaron jamás á dividir y secundar los secretos 
manejos chilenos. Fieles á los pactos internacio- 
nales, en medio de todas sus discordias interiores, 
procuraron siempre conservar su propiedad sin 
desear la del prójimo. Esto sin embargo no sirvió 
en modo alguno de ejemplo á los políticos chi- 
lenos, ni pudo jamás hacerles desistir de ¡su insi- 
diosa propaganda contra el Perú: ellos que para 
colocar su propio país encima de sus vecinos en 
la estima del mundo, hbcen continuo y estrepitoso 
alarde de sus paz interior, como antítesis de las 
guerras civiles que son la ruina de los otros — 
paz interior qne, como hemos visto, no es un mé- 
rito propio, sino el resultado de una situación poco 
envidiable — no dejaron jamás de procurar corrom- 
per la moralidad internacional de la tan vilipen- 
diada Bolivia; y las antiguas sugestiones encami- 
nadas á armar á esta contra el Perú, hicieron to- 
davía oír su insidiosa voz cuando se escuchaba ya 
el rauco estampido del cañón de la conquista. 

El proyecto de una alianza chileno-boliviana, que 
debía producir á Bolivia, no solamente la provincia 
de Tacna, sino todo el departamento peruano de 
Moquegua, con los puertos de Arica ó Islay, era 
casi oficialmente propuesto al Presidente de Bolivia, 
General Hilarión Daza, por el ex- Cónsul de Chile 
en Bolivia, en cartas confidenciales de los días 8 
y 11 de Abril de 1879. Dichas cartas, que nuestros 
lectores encontrarán como comprobante (**) al fin 
del párrafo, entraron inmediatamente bajo el dominio 
público; y el Presidente de Bolivia, para alejar todas 
las sospechas que pudieran surgir sobre su lealtad, 
hacía pasar una copia de ellas al Gobierno del 
Perú, por medio de la Legación boliviana. Y aquí 



136 HISTORIA DE LA 



hay que advertir: primero, que el ex-Consul chileno 
Justiniano Sotomayor, autor de estas cartas, es 
pariente cercano de otros dos Sotomayor que figu- 
raban, uno principalmente, entre los directores de 
la política de Chile; segundo, que en tales epístolas 
(como hacía ob-ervar el Plenipotenciario boliviano 
al remitir copia de ellas al Gabinete de Lima), á 
la par que se ofrecía á Bolivia una parte del te- 
rritorio peruano, se depba fuera, y casi implícita- 
mente, para Chile, como digimos más arriba, el 
rico desierto peruano de Tarap«cá, situado entre 
el ofrecido departamento de M quegua y el desierto 
boliviano de Atacama que Chile hacía suyo; tercero, 
que dicha propuesta, reproducida en Abril de 1879, 
cuando el Peiú había sido ya arrastrado á la guerra 
por la sola razón ó pretexto de ser aliado de Bo- 
livia, encerraba para esta úüim », en el caso que 
bajo la fascinación de la fuerte recompensa que se 
le prometía, la hubiese aceptado, no ya una com- 
binación política de más ó menos mala fé, sino ia 
mas iníqua qui/ás de las traiciones que registra 
la historia universal. 

No se asusten de estos los lectores, porque de 
semejantes manejos oiremos todavía hablar más 
tarde, sobre los campns mismos de batalla, cuando 
una culpable retirada del Pre-sidente de B«>livia, 
General Daza, con el ejercito que tenía á sus ór- 
denes, abandonaba fácilmente á Chile la victoria en 
la primera batalla de Dolores, ó de San Francisco, 
que decidió del éxito de la guerra. 

Las palabras varias veces citadas, que el Presi- 
dente de Chile lanzaba á quema ropa en su cara 
al Plenipotenciario peruano, de que habría podido 
hacer la paz con Bolivia con detrimento del Perú, 






GUERRA DE AMERICA 137 



sí hubiese querido, no eran de consiguiente, más 
que la fiel expresión del principal objetivo de la 
política chilena; debiéndose suprimir únicamente 
el si hub ese querido, puesto que no fué el querer 
lo que le hizo falta nunca, sino el poder, por no 
haber consentido Bolivia. 

Volviendo ahora á la declaración de neutralidad 
del Perú, que con tanta insistencia solicitaba el 
Gabinete de Santiago, no es difícil comprender cuan 
engañosa era semejante propuesta, por la gransi- 
mas consecuencias que hubiera teni lo para el Perú. 

No debiendo luchar más que con Bolivia sola- 
mente, la victoria para Chile hubiera sido no tan 
solo segura, sino á poco precio, á costa de nulos 
ó insignificantes sacrificios, así de hombres como 
de dinero. Pero no era esta la única ventaja que 
Chile pensaba sacar de la neutralidad del Perú, ni 
tampoco la más importante. La ventají principal 
y verdadera consistía en el odio y de-eo de ven- 
ganza, que hubiera engendrado en todo boliviano 
contra el Perú, la neutralidad de este último, que 
ya de antemano se hallaba unido á Bolivia por un 
tratado de alianza defensiva. 

Abandonada por el Perú, á pesar del antiguo 
pacto de alianza, en la desigual lucha provocada 
por Chile, Bolivia hubiera indudablemente aceptado 
los insistentes proyectos de éste (que ofrecidos en 
la punta del acero vencedor se habrían presentado 
como una necesidad y como un medio de salvación) 
de hacer causa común contra el Perú; y cierta- 
mente no le hubiera faltado razón, tanto por ven- 
garse de la ofensa, ó por mejor decir de la traición 
de que habría sido víctima, cuanto para reparar 
con creces, á costa del traidor, el daño que por su 



138 HISTORIA DE LA 

culpa hubiese sufrido en sú guerra con Chile, en 
la cual hbbía sido deslealmente abandonada. 

Relativamente nula en una guerra contra Chile 
aliada con este último, Bulivia hubiera sido de gran 
importancia en una guerra contra el Perú, pudiendo 
con la mayor facilidad invadir las provincias limí- 
trofes de Tacna, Puno y Muquegua, mientras Chile 
operaría por mar sobre los mismos puntos y sobre 
otros de la República; la cual, obligada á dividir 
sus fuerzas y á luchas contra enemigos muy su- 
periores numéricamente, habría debido indudable- 
mente sucumbir. 

Ha aquí palmariamente explicada la conducta de 
Chile; tanto su gran solicitud para arrancar al 
Perú una declaración de neutralidad en su conflicto 
con Bohvia, como la precipitación con la cual lo 
envolvió en dicho conll oto, cuando se apercibió que 
no le era posible obtener semejante declaración con 
la prontitud que deseaba, y que quizás no la hubiera 
obtenido jamás, sin abandonar antes sus ideas de 
conquista sobre el desierto de Atacama. 

La guerra emprendida por Chile el 14 de Febrero 
de 1879 invadiendo el territorio buhviano, era contra 
el Perú y no contra Bolivia. Este es y era desde 
entonces un hecho generalmente reconocido en 
Chile y fuera de Chile. No habiendo conseguido 
durante largos años decidir á Bolivia á unirse á él 
contra el Perú, intentó obligarla á este paso con 
la fuerza, ó servirse de ella como pretexto para 
arrastrar al Perú sobre los campos de batalla, en 
la oportuna, y talvez única ocasión en que éste se 
encontraba sumamente débil. El dilema puesto por 
Chile era de los más rigurosos, y no podía dejar 
de dar sus resultados. Abierta la guerra* contra 



GUERRA DE AMERICA 139 

Bolivia en un momento tan difícil para el Perú, 
una de dos: ó éste, vista su propia impotencia, se 
abstenía de correr en socorro de su aliada, lo cual 
hubiera dado más tarde como resultado evidente 
una guerra contra Chile y Bolivm juntos; ó por el 
contrario, te negaba á declarar su propia neutra- 
lidad, y Chile lo hub era derrotado como abado 
de Bolivia. en el solo momento favorable en el cual 
podía esperar conseguirlo en la casi segundad del 
triunfo. 

A fin de que semejante dilema diese todos los 
resultados apetecidos, era necesario no dejar al 
Perú el tiempo suficiente. 

Para mi j jor inteligencia de cuanto se ha dicho, 
será conveniente no omitir la lectura de los si- 
guientes importantísimos documentos: 

(*) « Legación de Bolivia en el Perú— Al Excm. 
señor Ministro de Relaciones Exteriores del perú — 
Lima, Abril 22 de 1879. 

« .... Refiriéndome á las conferencias que hemos 
tenidos sobre los pasos é insinuaciones del Gobierno 
de Chile, para que Bolivia arrebate al perú la pro- 
vincia del litoral de Torapará y el departamento 
de Moquegua, anexándose Chile el litoral de Bo- 
livia.... V.E. se servirá encontrar adjuntas dos car- 
tas de los señores Dr. D. Mariano Donato Muñoz 
y Coronel D. Juan L. Muñoz, personas caracte- 
rizadas y actores principales en los sucesos que 
han dado lugar á una de las innumerables mani- 
festaciones de aquellos propósitos.... Entre esos 
innumerables casos, y prescindiendo de los que 
me son relativos con motivo de mi continuo con- 
tacto con los hombres de Chile.... me limito á re- 



140 HISTORIA DE LA 



cordar la serie de idénticas insinuaciones hechas 
al ilustre hombre de estado señor Bustilio, Minstro 
Plenipotenciario de Bou vía, por los directores ofi- 
ciales y privados de la política de Chile el año 1872....» 

Z. Flores 

("Ministro Plenip. de Bolivia). 

«Señor Dr. D. Zoilo Flores, Ministro Plenipoten- 
ciario de Bolivia — Lima, Abril 20 de 1879. 

« A 1 abo de recibir su respetable comunicación 
de hoy, en la cual me pide datos sobre ia expedi- 
ción organizada en Valparaíso por el señor Gene- 
ral D. Quintín Quevtdo, para ocupar el litoral bo- 
liviano por Agosto de 1871. Gomo fui uno de los 
jetes de aquella expedición y concurrí á organizaría, 
conozco los antecedentes y otros pormenores, de 
que pueio darle conocimiento, sin que por ello 
crea faltar á mis deberes, puesto que aquellos han 
sido casi de pública notoriedad en Valparaíso. 

« Obligado el general Quevedo á alejarse del 
Perú a principios del 72, marchó á Chile y se situó 
en Valparaíso. Habiendo resuelto organizar la ex- 
pedición militar, á que U. se refiere, invitó á los 
emigrados de Tacna y otros puntos del Perú, para 
dirigirnos á aquel puerto, siempre que estuviése- 
mos resueltos á tomar parte en la campaña que 
él se proponía emprender sobre el litoral boliviano, 
que debía servirle de b^se para sus operasiones 
militares en el interior, con el fin de derrocar la 
dominación de Morales (Presidente de Bolwia). A 
medida que llegaban los emigrados, fui encargado 
en mi calidad de Coronel de ejército, de la orga- 
nización de la fuerza expedicionaria. — Reunido el 



GUERRA DE AMERICA 141 

número competente para el efecto insinuado, nego- 
ciado el armamento y las municiones precisas, llegó 
la oportunidad de embarcarnos en el buque á vela 
María Luisa, comprado exprofeso para la expedi- 
ción. En estas circunstancias fué llamado el gene- 
ral Qu^ v edo á Santiago, con mucha urgencia, por 
D. Nicodemes Ossa, amigo suyo que le servía de 
intermediario con el Presidente de Chile, D. Fede- 
rico Errázuriz. Dejándome instrucciones para tener 
la gente y las municiones listas para el embarque, 
marchó en tren expreso á Santiago y regresó al 
siguiente día, abatido y desesperado por la grave 
contrariedad que hahía sufrido en la capital, y 
resuelto á suspender la expedición.... Supe que todo 
procedía de su caballerosidad y patriotismo muy 
ascendrado, pues habiéndole propuesto el Presi- 
dente Errázuriz, como condición de su apoyo y 
disimulo en sus operaciones, la cesión de una parte 
del litoral reconocido como integrante de Solivia, 
y ofreciéndole en cambio ayudarlo con todo el po- 
der de Chile en la adquisición del litoral de Arica 
é Iquique (pertenecientes al Perú) había rechazado 
sin vacilación tan torpe propuesta, renunciando á 
toda consideración privada de parte de esn Gobierno, 
y aún á >u plan mismo expedicionario, antes que 
consentir en la infamia que se le proponía. — Horas 
después de este conflicto, He¿ó de Santiago el señor 
O^sa y tubieron una larga conferencia.... Supe por 
el General, que el señor Errázuriz había retirado 
difinitivamente su proposición, y qie en prueba de 
ello le envió con el señor Ossa una comunicación 
abierta para el señor intendente de Valparaíso, 
D. Francisco Echaurreo, en la cual le ordenaba 
que prestara al general Quevedo el apoyo más de- 



142 HISTORIA DE LA 



cidido para que pudiera realizar su expedición, 
embarcando su geate y sus armas. Así se hizo en 
efecto, y pudimos realizar el embarque de armas 
y una parte de la gente en la María Luisa.,.. » 

Juan L. Muñoz. 

< Seño Da. Dn. Zoilo Flores, Ministro Plenipo- 
tenciario de Bolivia— Lima, Abril 21 de 1879. 

« .... Por Marzo del 66 fué reconocido en La Paz 
el señor Dn. Aniceto Vergara Albano, en su cará- 
cter de Ministro Plenipotenciario de Chile en Bo- 
livia, con el objeto de negociar la alianza ofrecida 
(contra España) y de reaunudar las conferencias 
pendientes sobre límites entre ambos países. 

Llenado el primer objeto, el Plenipotenciario 
Vergara Albano y yo, en mi carácter de Secretario 
General de Estado \ Ministro de Relaciones Exte- 
riores, procedimos á reabrir dichas conferencias.... 
Fué durante esas coonferencias que tuve ocasión 
de escuchar el Representante de Chile la proposi- 
ción á que se refiere la carta que contesto; esto 
es: «que Bolivia consintiera en desprenderse de 
« todo derecho á la zona disputada desde el para- 
« lelo 25 hasta el Loa, ó cuando menos hasta Meji- 
« llones inclusive, bBjo la formal promesa de que 
« Chile apoyaría á Bolivia del modo más eficaz para 
« la ocupación armado del litoral peruano hasta el 
« Morro de Sama, en compensación del que cedería 
«á Chil^, en razón de que la única salida natural 
« que Bolivia tenía al Pacífico, era el puerto de 
« Arica. » —Dicha proposición me fué hecha reiteradas 
ocasiones por el sen >r Vergara Albano, puedo de- 
cir desde la primera hasta la última conferencia, 



GUERRA DE AMERICA 143 



sin haber omitido hacerla directamente al General 
Melgarejo, cuyo ánimo belicoso trató de halagar 
con lo idea de una campaña gloriosa que no habían 
podido realizar su predecesores. Con tenaz perse- 
verancia apoyaba á Vergara Albano, su Secretario 
Dn. Garlos Walker Martínez, que supo captarse las 
simpatías íntimas de Melgarejo, á quien le arrancó 
el despacho de Sargento Mayor de ejército, para 
servirle de Edecán en la campaña sobre el perú, 
á que ambos le inducían. Debe existir la toma de 
razón de este despacho en el escalafón del ejército 
de aquella época. 

«No bastó el rechazo leal y franco que Vergara 
Albano escuchó de pa^te de Melgarejo y de la mía, 
para que el Gobierno chileno hubiera podido de- 
sistir de sus tendencias absorbentes y de sus pro- 
pósitos esencialmente usurpadores; pues hallán- 
dome en misión especial en Santiago, en los días 
anteriores á la conclusión definitiva del Tratado 
de límites, suscrito allí en 10 de Agosto del 66 por 
los Plenipotenciarios don Alvaro Covarrubias por 
parte Chile y don Juan Ramón Muñoz Cabrera por 
la de Bolivia; el señor Covarrubias insistió con 
empeño en la demarcación y cambio de litorales 
que me propuso Vergara Albano; y no fué tan 
sólo. Covarrubias, entonces Ministro de Relaciones 
Exteriores de Chile, sino también otras muchas 
personas notables de aquella capital, que nos su- 
gerían la misma idea, á Muñoz Cabrera y á mí, 
bajo razonamientos distintos, pero todos en el sen- 
tido de persuadirnos de que Chile abogaba en 
favor de Bolivia, y se proponía únicamente el equi- 
librio de los Estados del Pacífico, y la rectificación 
más natural en los límites de los tres países. Viven 



144 HISTORIA DE LA 



aún Vergara Albano, Covarrubias y Walker Mar- 
tínez, a fc í como otros muchos á quienes me refiero*, 
que me desmientan si rehusan prestar homenage 
á la verdad de mi aserto... 

Mariano D. Muñoz.» 

(**) « Legación de Bolivia en el Perú Exc.mo — 
Señor Ministro de Relaciones Exteriores del Perú 
— Lima, 8 de Marzo de 1879. 

«En confirmación de lo que tuve el honor de 
asgurar á V. E. en mi oficio de 22 de Abril último, 
respecto de la perseverante labor de Chile en el 
sentido de unirse á Bolivia para desmembrar el 
territorio del Perú, me es grato adjuntar, en copia 
legalizada, dos cartas diridas de Santiago de Chile, 
con fechas 8 y 11 de Abril último, al señor Pre- 
sidente de Bolivia, General don Hilarión Daza, por 
don Justiniano Sotomuyor, ex Cónsul de Chile en 
Corocoro, República de Bolivia, h-rmano del Co- 
ronel don Emilio Sotomayor, actual Jefe de Estado 
Mayor General del Ejército chileno en campaña 
sobre el P«rú y B ilivia, y hombre influyente en la 
política de Chile. 

«Seame permitido, adema*, llamar la atención de 
V. E. sobre la innovación que se hace ahora en la 
amolitud del ofrecimiento con que Chile ha pre- 
tendido siempre seducir la le^lt'id de Bolivia, para 
con su hermana y aliada la República del Peiú; 
pues ese ofrecimiento, reiterado^ perseverante, ha 
consistido en ayudar á Bolivia á conquistar todo 
el territorio peruano comprendido entre el Rio 
Loa y el Moruro de Sama, en cambio de la cesión 



GUERRA DE AMERICA 145 

que Bolivia debía hacerle de todo su litoral hasta 
el río Loa, mientras que en las cartas adjuntas se 
excluye de ese ofrecimiento toda la provincia de 
Tarapacá, y se limita solo al territorio compren- 
dido entre los puertos de Arica é Islay. 

«No me persuado que cause extrañeza en el 
ánimo de V. E. el uso que esta Legación hace de 
las cartas aludidas, pues además de hallarse ple- 
namente autorizado para hacer de ellas el uso que 
crea conveniente, no puede escaparse á la pene- 
tración de V. E. ; que dichas cartas salen por su 
naturaleza de la esfera de lo confidencial; que su 
contenido tiene un carácter de púbhca notoriedad 
en Bolivia, Chile y el Perú; y que es necesario, en 
fin, descorrer el velo de mentida lealtad y circun- 
spección con que Chile encubre su alevosía y la 
desmoralización en sus relaciones político-interna- 
cionales....* 

Z. Flores 

(Ministro Plenip, de Bolivia). 

«Santiago, Abril 8 de 1879. — Señor D. Hilarión 
Daza. — La Paz. 

«Apreciado amigo. — Men encuentro aquí desde 
hace un mes, y U. no tendrá neoesidad de que le 
diga porque me he venido. La ruptura de relacio- 
nes entre Bolivia y Chile me ha sido muy dolo- 
rosa, porque siempre he sido de opinión que no 
debería h&ber en la América del Sur países que 
cultivan más estrechas relaciones de amistad. El 
Perú por el contrario, es el peor enemigo de Bo- 
livia, es el que la agobia bajo el peso de sus tra- 
bas aduaneras, el cancervero de la libertad co- 

10 



146 HISTORIA DE LA 



mercial, industrial y hasta cierto punto política de 
Bolivia.... Chile es el único país que puede librar 
á Bolivia del pesado yugo con que el Perú le oprime. 
Chile es también la única Nación que, aliada á 
Bolivia, puede darle lo que le falta para ser una 
gran Nación, es decir, puertos propios y vías expe- 
ditas de comunicación. ¿Puede pensarse seriamente 
en Bolivia en buscar por Cobija y demás puertos 
de su litoral una salida para su comercio? Pro- 
fundo error. Los únicos puertos naturales de Bo- 
livia son Arica. lio y Moliendo, ó Islay. Aliada al 
Perú y haciendo la guerra á Chile, ¿qué le suce- 
derá á Bolivia si Chile es vencido? que caerá en 
manos del Perú, y gemirá como antes bajo el peso 
de sus gabelas. Y si Chile triunfare ¿qué ganarían 
los aliados? Bolivia vencedora ó vencida, quedará 
sin puertos y anulada como Nación. Por el con- 
trario, Bolivia unida á Chile ¿no tendría seguridad 
de vencer al Perú? ¿No tendría en su mano apo- 
derarse de la puerta de calle de que carece? 

«Una cosa he notado aquí desde mi llegada. No 
hay odio alguno contra Bolivia, se han respetado 
los bienes y personas de los bolivianos, la guerra 
á Bolivia no ha conmovido al país: salvo alguno 
que otro movimiento de tropas, parecíamos estar 
en paz. Pero llegó el momento de declarar la guerra 
al Perú, y el país se levantó en masa como un solo 
hombre.... 

«Al Perú le haremos la guerra á muerte, á Bo- 
livia no podemos odiarla. ¿Por qué andamos tan 
descaminados haciendo guerras que no nos con- 
viene, y contrayendo alianzas que no nos conviene 
menos aún? Sería aún tiempo de poner las cosas 
en orden. ¿Por qué no? Ahora ó nunca debe pensar 



GUERRA DE AMERICA 147 

Bolivia en conquistar su rango de Nación, su ver- 
dadera independencia, que por cierto no está en 
Antofagasta, siao en Arica — Después de esta gue- 
rra ya será tarde. Chile vencedor no lo consentiría, 
á menos de tener á Bolivia de su parte. El Perú 
vencedor le impondrá la ley á Bolivia su aliada y 
á Chile su enemigo; y Chile debilitado non podrá 
ayudar á Bolivia, aunque ésta se lo pidiese. El 
hombre que dé á Bolivia su independencia del 
Perú será más grande que Bolívar y Sucre, porque 
aquellos solo le dieron un simulacro de libertad, 
y éste se la daría real y verdadera. ¿Estaba reser- 
vada á U. tan colosal empresa?» 

Su afectísimo amigo y S. S. 
J. SOTOMAYOR. 

«Santiago, Abril 11 de 1879.— Señor D. Hilarión 
Daza. — La Paz. 

«Estimado amigo— Con fecha 8 del corriente mes 
he tomado la libertad de dirigirle una cartita, so- 
metiéndole ciertas ideas que espero le hayan me- 
recido alguna atención; porque no ha de tardar 
mucho en llegar el momento de que puedan ser 
llevadas al terreno de la práctica.... Durante mi 
permanencia en Bolivia he expresado siempre mi 
parecer de que Bolivia no tiene m->jor amigo que 
Chile, ni peor verdugo que el Perú. Este hace el 
papel de vampiro, que chupa á Bolivia toda su 
savia vital, mientras Chile le ha llevado brazos, ca- 
pitales é inteligencia para desarrollar su riqueza 
nacional. El Perú oprime ú Bolivia con sus leyes 
de tránsito ó de aduanas, y en Chile se ha visto 
con pena ese estado de cosas, y se ha simpatizado 



148 HISTORIA DE LA 



con la aspiración de un noble país que lucha en 
v8no por obtener vías propias para ponerse en re- 
lación con el resto del mundo. Buscar esa solución 
por el Amazonas, ó por Cobija, ó Mejillones, son 
sueños; porque esas vias serán en todo caso mucho 
más caras que la de Tacna y Arica, aún cuando 
en ésta se cebe la codicia del Perú. Para Bolivia 
no hay salvación, no hay porvenir, mientras no sea 
dueño de lio y Moquegua, Tacna y Arica. Imagí- 
nese U. á Bolivia en posesión de esos territorios. 
En muy poco tiempo una línea férrea uniría á 
Tacna con La Paz, y el telégrafo la pondría en 
contacto con el mundo entero. La industria y co- 
mercio tomarían un inmenso desarrollo. Bolivia 
vería incrementarse rápidamente sus renta*, aduir 
la inmigración, crecer la población; sus importantes 
productos agrícolas y mineros irían á competir con 
los de sus vecinos en los mercados del mundo. 
Bolivia podría tener marina de guerra y marina 
mercante. En vez de consumir en disturbios y re- 
voluciones internas, emplearía su actividad en pro- 
gresar y enriquecerse. La posesión de Tacna y 
Arica sería para Bolivia la varita mágica que todo 
lo trasformaría. Bolivia que encierra en su seno 
tantas ó mayores riquezas que Chile y el Perú, y 
á las que solamente faltan puertos propios en si- 
tuación conveniente, llegaría en muy poco tiempo 
á competir con sus vecinos en población, rentas, 
riquezas y adelantos materiales de todo género. La 
alianza con el Perú, la derrota de Chile ¿pueden 
darle algo parecido? ¿Tendría siquiera gloria? ¿La 
gloria no seria para el Perú, y los gastos y perjui- 
cios de la guerra no serían para Bolivia? ¿No que- 
daría Bolivia más oprimida que antes por el Perú; 



GUERRA DE AMERICA 149 

y con menos probabilidades de salir jamás de su 
posición secundaria y avasallada? Y en caso de 
vencer Chile por mar, que es lo más seguro, á la 
escuadra peruana ¿^ómo podría Bolivia pensar en 
atacarnos en Antofagasta? Todo su valor y deci- 
sión ¿no serían vencidos por el desierto aún antes 
de llegar á las manos? El Perú que ha sido desleal 
con Chile y con Bolivia en repetidas ocasiones, no 
tardará en dar á U. algún motivo poderoso de 
queja que sirva de punto de partida para la alianza 
con Chile, la cual aquí no encontraría grandes di- 
ficultades para ser aceptada, según el espíritu que 
he podido observar en la generalidad del pueblo, 
el cual, si odia al Perú, ha tenido más bien sim- 
paüis por Bolivia, hasta la última emergencia que 
nos ha hecho romper relaciones. 

«Con gusto me impondré de la contestación que 
tenga á bien darme, para seguir trabajando por 
la difusión de mi idea dado caso de ser aquella 
favorable.» 

Su afectísimo amigo y S. S, 
J. SOTOMAYOR. 



150 HISTORIA DE LA 



§ II 

Apuntes sobre el estado social y económico 
de Chile 



Del estado social y económico de Chile hemos 
dicho ya a'go: sin embargo, para conseguir com- 
pletamente nuestro objeto, y saber el conjunto de 
causas que impulsaran á Chile á desafiar sobre 
los campos de batalla la aliancia Peruboliviana, 
será conveniente profundizar más semejante estu- 
dio, lo que nos servirá también para conocer las 
cualidades generales del soldado chileno, del cual 
hemos de ocuparnos más tarde. 

Como hemos dicho en otra ocasión, cuando á 
principios de este siglo se converlía Chile de Co- 
lonia española en República independiente, su po- 
blación se devidia en dos clases: una poco nume- 
rosa, de propietarios de las tierras, ó sea de ha- 
cendados y mineros; y la otra de la gran mayoría 
proletaria de la población indígena, ó sea de la 
plebe, del roto (descamisado). 

La clase media que entonces no existía, sino de 
una manera rudimentaria, hizo su aparición real 
y verdadera después de la independencia; formán- 
dose, parte, de las grandes familias empobrecidas 
con el tiempo, ó fraccionadas por las sucesivas 



GUERRA DE AMERICA 151 

divisiones y subdivisiones del patrimonio primitivo, 
y parte, poco á poco del pueblo mismo, comen- 
zando con desempeñar modestos empleos de la 
administración pública, con el paulatino engrande- 
cimiento á la sombra de las familias ricas, con la 
explotación por su cuenta de pequeñas minas, y 
en fin por alguno de los muchos medios de lenta 
ó repentina elevación, que son comunes á todos 
los pueblos. 

Esta clase media, que ha venido formándose 
paulatinamente, y que hoy día mismo no es ni 
numerosa ni adelantada, no desempeña más que 
una parte muy secundaria en la economía de la 
República. Desempeñará una más tarde; y quizas 
poco buena, por su escasa educación y por su 
poca ó ninguna base en una sólida propriedad 
rural, cuando, siendo más numerosa, pretenderá 
que se cuenta con ella en el manejo de la cosa 
pública. Y creemos no equivocarnos opinando, que 
la guerra de que nos ocupamos ha aproximado 
grandemente ese momento, por las muchas ambi- 
ciones que ha despertado y por la mucha gente 
que ha sacado de su verdadero centro, como di- 
remos más tarde; pero por hiora, dicha clase media 
desempeña un papel muy secundario, y no es ne- 
cesario decir más. 

Hemos hablado ya de la fracción aristocrática 
(aristocracia de capitales y tierras,) que gob.erna 
el Estada. Ocupémonos haora del pueblo. 

Dejando á un lado el pueblo de las ciudades y 
de los puertos comerciales, que con poca diferencia 
es casi siempre el mismo en todas partes, el pueblo 
del campo que constituye exclusivamente la gran 
población rural de Chile, se divide en tres cate- 



152 HISTORIA DE LA 



gorías: peones, inquilinos y trabajadores de minas, 
que todas juntas, en unión también al pueblo de 
las ciudades y puertos, van comprendidas en la 
denominación general de rotos. 

Los peones son la verdadera personificación del 
proletari-mo, según la moderna acepción de esta 
palabra : más ó menos libres de todo vínculo de 
familia, sin domicilio fijo ni ocupación determinada 
viven al día, donde pueden y como pueden, abra- 
zando precariamente toda clase de oficio*, y dese- 
osos de correr continuamente en busca de uno 
mejor, que por regla general no encuentran nunca 
ó casi nunca de su agrado. Un par de zapatos á 
suela gruesa, un par de calzones y una camisa en 
un estado no siempre meritorio, con encima de 
todo esto un pbncho (1) ordinario, que con la sola 
diferencia de la calidad da la tela es la prenda 
nacional por excelencia, tanto del rico como del 
pobre, los peones se encuentran por todas partes 
sobre la superficie de Chile. De su educación mo- 
ral poco hay que decir; por que no pasa más allá 
de alguna superstición católica (2), que con la pro 
mesa de un perdón muy fácil de conseguir, me- 
diante algunas horas pasadas en el templo de 
cuando en cuando, les deja la más completa li- 
bertad de acción. La educación intelectual, que es 
nula en la mayor parte, se reduce en los demá- 
á la simple lectura de alguna pagina de impreso, 
que no siempre entienden; y esto, gracias á las 



(1) El Poncho es una especie de manta, con un corte longitudinal 
en el centro, por el cual se pasa el cuello. 

(2) Es necesario advertir que el clericalismo, con sus inseparables 
efectos de ignorancia, superstición y falsa devoción es una de la? 
plagas sociales que más pronunciadamente inundan á Chile. 



GUERRA DE AMERICA 153 

escuelas elementales diseminadas por el Gobierno 
en toda la República, sobre todo en lo;- últimos 
diez años. 

Inquilinos, son los labriegos encargado de los 
trabajos del campo; y toman su nombre de inqui- 
linos del domicilio estable que gozan en las gran- 
des posesiones á las cuales prestan sus servicios. 
Cada inquilino recibe del proprietario un pequeño 
terreno que puede trabajar por su cueata, y en 
medio del cual debe construir la modesta vivienda 
que lo cobija, á el y á su familia: frecuentemente 
no siempre, pues esto depende de los usos de la 
localidad y de la cualidad y cantidad del terreno 
(que nunca excede del necesario para proveer una 
pequeña familia de un poco de legumbres y hor- 
talizfi), tiene también derecho á que se le sumi- 
nistren los bueyes necesarios para arar su tierra. 
En cambio de ésto, el inquilino se alia obligado á 
prestar al propietario una cantidad determinada 
de trabajo no remunerado, ó remunerado única- 
mente con la comida ( que consiste ordinaria- 
mente en dos platos de judías y un pedazo de pan 
ázimo, según las costumbres locales) y además á 
presentarse á trabajar siempre que se le llame: en 
este caso recibe un jornal; pero sumamente mó- 
dico, ó por mejor decir, á precio rebajado. Esta 
servidumbre de trabajo, llamada inquilinaje, es 
estensiva á todos los individuos varones que com- 
ponen la familia, pequeños y grandes. 

Simple reproducción, se pu de decir, de los an- 
tiguos pecheros, los inquilinos vegetan y mueren 
ordinariamente sobre la propiedad en que vieron 
la luz. 

Confinado bajo el humilde techo toscamente 



154 HISTORIA DE LA 



construido, depaía ó de madera, de la miserable 
casucha que lo vio nacer, ó de otra parecida le- 
vantada al lado de ésta; sin más sociedad que la 
de su familia y de sus semejantes (exceptuado el 
Domingo que, si tiene dinero, lo celebra alegra- 
mente en la taberna más cercana) el inquilino tiene 
escasas probabilidades de progresar, y trasmite en 
conse uencia á su hijo, con poca ó ninguna dife- 
rencia, la misma semi barbarie que heredara de 
su padre; siendo quizás inferior al mismo péon, 
que al menos viaja y vé tierras, como suele de- 
cirse. 

Finalmente los traba/adores de minas, como el 
mismo nombre lo dice, son los dedicados espe- 
cialmente á los trabajos sumamente difí -iles y fa- 
tigosos de la esplotación de éstas que frecuente- 
mente penetran varios centenares de metros en las 
entrañas de la tierra, siguiendo en todos sus sen- 
tidos la caprichosas vueltas y revueltas de la vena 
metálica. Trabajador infatigable mientras se en- 
cuentra con la enorme piqueta de diez á quince 
libras en las manos, ó con la pesada espuerta de 
mineral en los hombros — no sale de allí sino para 
gastar en pocas horas de infernal orgía, todas sus 
pequeñas economías de quince díaz ó de todo un 
mes (>e^ún el periodo establecido en cada localidad 
para el arreglo de cuentas): y es el verdadero re- 
presentante del hombre-bestia. 

El i^oto chileno, sea peón, inquilino ó trabajador 
de minas, es eminentemente trabajador y sobrio, 
mientras se ve acosado por la necesidad. Trabaja 
doce horas al día con el mismo afán que en el 
primer momento, y se contenta como único ali- 
mento de un pedazo de pan ázimo y algunos platos 



GUERRA DE AMERICA 155 

de porotos (judias muy abundantes en Chile); pero 
á condición de poderse abandonar á la crápula de 
cuando en cuando, sea en las tabernas, sea en 
jaranas, ó fiestas de familia, entregándose hasta 
donde lo permiten sus fuerzas físicas, á clamo- 
rosas ( rgíns, que á veces se prolongon por muchos 
días consecutivos, hasta que se gasta el último 
céntimo de sus economías. 

El roto, como regla general, no es nada econó- 
mico, y no piensa nunca en el día de mañana. El 
dinero no tiene para él mas que un solo valor: 
el de facilitarle' el camino de la taberna ó de la 
jarana, ú sea de la orgía; y únicamente por esta 
razón lo aprecia ó lo busca: excluyendo este empleo, 
no sabría que hacerse de él; y de aquí proviene su 
constante pobreza, pues la orgía absorbe continua- 
mente cuanto gana, ó de cualquier manera le cae en- 
tre las manos. Mientras le queda un solo maravedí 
en el bolsillo, no trabaja ; y aún teniendo otras 
necesidades urgentes que satisfacer, aquella mo- 
neda la dedica con preferencia á la orgía, en la 
cual consume algunas veces sumas relativamente 
considerables, mientras su familia va cubierta de 
trapos y él mismo se encuentra andrajoso. Su e- 
conomía no tiene más punto de mira, que el cui- 
dado de dejar á la orgía la mayor parte posible. 
Cuando dos rotos se pelean, comienzan, antes de 
venir á las manos, aún borrachos, por quitarse el 
poncho y la camisa, para que no se rompan ó se 
ensucien de sangre; y esta economía, á costa de 
su propia carne, no la hacen, repetimos, que á be- 
neficio exclusivo de la orgía. 

Esta tenaz propensión á la orgía, unida á su es- 
casa ó nula educación moral, dá como resultado 



156 HISTORIA DE LA 

que el roto prefiere dedicarse siempre que puede, 
al robo más bien que al trabajo, para procurarse 
los medios de satisfdcer su pasión. Sin embargo 
la policía chilena ha pensado y piensa siempre asi- 
duamente á ésto; uniendo á su fuerte organización 
un rigor que quizás no hubiese sido tolerado en 
Europa, ni aún en los Estados más despóticos de 
la Edad Media. El hurto, lo mismo que toda in- 
fracción á las leyes naciona'es, es perseguido en 
la persona del roto con una justicia más ó menos 
sumaria, que comienza siempre en los cuartales 
de la policía con una fuerte dózís de latigazos. 

El látigo es la primera ley del roto; es quizás 
la única que teme. Esta aserción se halla corro- 
borada por la observación constante, de que el 
roto, tan dócil y obediente en Chile (hecho que 
ninguno podría nega>) no posee ninguna de estas 
dos cualidades, cuando se encuentra fuera de su 
patria, donde no existe la dolorosa pena del látigo. 

El roto no es nada valiente, pero sí, de índole 
feroz: bi-utal y des -áralo. Turbulento y fá.-il á 
buscar querella, si encuentra un enemigo que no 
le teme se hace humilde y rastrero immediatamente; 
si por el contrario se apercibe que se le tiene 
miedo, se hace insultante y provocador, dejándose 
trasportar aún sin motivo, hasta los últimos ex- 
cesos, por simple fanfarronada y brutahdHd. En 
una palabra, el roto es culebra ó tigre según el 
enemigo que tiene delante. 

Dos clases, de que Chile tendría urgente necesi- 
dad, faltan casi absolutamente en este país; á saber: 
la de pequeños propietarios rurales que hagan valer 
por sí mismos sus tierras, y la de arrendatarios 
acomodados que unan a su propio trabajo capitales 



GUERRA DE AMERICA 157 

suficientes para cultivar bien y con provecho las 
inmensas haciendas de los proprietarios que viven 
en la capital. A las indiscutibles ventajis que pro- 
ducirían á la agricultura, es necesario añadir la 
todavía aún más importante de orden social, de 
que diclins clases servirían como elemento mora- 
lizador de la población rural, sacándola poco á 
poco con el ejemplo y con la influencia que ejer- 
cerían directamente sobre ella, de la abyección en 
que se encuentra actualmente. 

Chile no posee manifacturas en el verdadero 
sentido de la palabra. Si se exceptú t una elabora- 
ción de orden completamente secundario, ó como 
di'íamos embrionaria, dicho Estado lo recibe todo 
de Europa. Telas, hilados, vagilla, cristalleríi, quin- 
calla, papel de escribir y para la imprenta, máqui- 
nas, muebles de precio, instrumentos de trabnjo, 
objetos de lujo de todas clases, todo lo recibe de 
Europa. El comercio se encuentra por nueve déci- 
mos en manos de los extrangeros. Valparaíso, pri- 
mer puerto y centro mayor del comercio chileno 
es una vera Babilonia en cuanto á idiomas. Allí 
se oyen todas las lenguas de Europa, con pronun- 
ciado predominio de la inglesa. 

Los productos principales de Chile son los cereales 
y el cobre. Es sobre estos dos productos que se 
ejerce, en razón de un ochenta por ciento por lo 
menos, la actividad nacional; y es sobre ellos que 
reposa todo el comercio de exportación de la Re- 
pública. De consiguiente, depende únicamente de 
dichos productos el necesario equilibrio enjre el 
comercio de exportación y el de importación. 

A comenzar desde la época de su independencia, 
cuando Chile no contaba más de medio millón de 



158 HISTORIA DE LA 



habitantes, su población indígena ha ido siempre 
aumentando rápidamente, en una proporción que 
pasa sobremanera la que acusa la Estadística en 
los demás Estados del globo. Esto ha dependido y 
depende en su mayor parte de la cercana Arau- 
cania, poblada de los restos de una de las muchas 
tribus salvajes que habitaban el territorio extremo 
de la América meridional, y que formaron la pri- 
mera población indígena de Chile, después de la 
conquista española. 

Tribu valiente, belicosa y feroz, la de los Arau- 
canos sostuvo continuas y encarnizadas luchas con 
los conquistadores ibéricos, los cuales, si bien lle- 
garon de cuando en cuando á someter pequeñas 
fracciones, no consiguieron nunca someterla com- 
pletamente. La República de Chile, tanto por su 
propia defensa, cuanto para apoderarse de las tie- 
rras ocupadas por los salvajes Araucanos, continuó 
y continúa siempre contra ellos, quizás con mayor 
actividad y constancia, la guerra iniciada por los 
conquistadores españoles consiguiendo frecuente- 
mente, como aquellos, apoderarse de una parte de 
su territorio y reducirlos en fracciones más ó m~- 
nos grandes, á su obediencia. 

Sin andar más lejos, una prueba de este hecho 
nos la ofrece el discurso leído por el Presidente 
de Chile al Congrego nacional el 1.° de Junio de 
1881, del cual hemos hecho ya mención: «Termi- 
nada la campaña de Lima— dice el Presidente— y 
no siendo posible lecenciar de una vez al ejército 
de reserva, creí que podrían utilizarse los servicios 
de esa tropa en el adelante de la frontera que nos 
separa de las tribus de la Araucanía.... A la fecha 
se encuentran ya establecidos, siete nuevos fuertes.... 



GUERRA DE AMERICA 159 



Con los fuertes recientemente establecido ha que- 
dado sometido todo el territorio que se extiende 
del Malleco al Cautín.,.. Establecida nuestra linea 
de frontera sobre el Cautín, y ocupados los puntos 
que acnbo de mencionar, la estrecha faja de terreno 
comprendida entre ese río y el Tolten podrá ser 
sometida al imperio de nuestras leyes en el mo- 
mento que se crea oportuno. » 

Los salvajes habitantes de la Araucanía, que 
desde de 1820 hasta nuestros días ha ido siempre 
sometiendo Chile á su obediencia, y que han en- 
trado naturalmente á engruesar la numerosa clase 
de los rotos, son pues los que principalmente han 
contribuido á aumentar con tal rapidez la población 
de la República; la cual si en 1820 llegaba con 
dificultad á 500 mil habitantes, contaba 1,439,120 
en 1854, y 2.319,266 en 1875, como resulta de los 
empadronamientos de los años respectivos. 

Como era natural, con el aumento de la pobla- 
ción, crecieron proporcionalmente también sos ne- 
cesidades y su actividad productora. Así es que, 
comenzando desde la época en la cual Chile co- 
menzaba á tener una estadística bien hecha, ó sea 
desde 1843, se observa, hasta 1873 por lo menos, 
un continuo aumento, interrumpido únicamente en 
algún añ ) excepcional, tanto en el consumo como 
en la producción; y consiguientemente, tanto en 
la importación como en la exportación que son su 
indicio más cierto. 

Examinando los primeros cinco años, desde 1843, 
el doble comercio de importación y exportación 
nos da las cifras siguientes: 



160 



HISTORIA DE LA 



Año 


Importación 


Exportación 


1844 


Pesos 


8.596,674 


6.087,023 


1845 


» 


9.104,764 


7.601,523 


1846 


» 


10.149,136 


8.115,288 


1847 


» 


10.068,849 


8.442,085 


1848 


» 


8.601.357 


8.353,595 



El año 1854, cuando la población de Chile había 
llegado ya á millón y medio próximamente, la im- 
portación fué de pesos 17.458,299, y la exportación 
de 14.527,156. 

Finamente en los últimos cinco años anteriores 
á la guerra, en los cuales la población había au- 
mentado todavía en dos terceras partes próxima- 
mente, encontramos: 



Año 


Importación 


Exportación 


1874 


Pesos 


38.417,729 


36.543,659 


1875 


» 


38.137,500 


35.927,592 


1876 


» 


35.291,041 


37.848,506 


1877 


•> 


29.212,764 


29.715,372 


1878 


» 


25.216,554 


31.695,859 



Gomo resulta de todas estas cifras, las necesi- 
dades de Chile fueron siempre mayores á los re- 
cursos procurados por su actividad: consumaba 



GUERRA DE AMERICA 161 

más de lo que producía. Y no puede disminuir en 
modo alguno el valor de esta verdad, el hecho de 
haber sido la importación inferior á la exportación 
en los últimos tres años del cuadro anterios ; puesto 
que no fué esta última la que aumentara, sino la 
primera la que había disminuido, lo que se explica 
fácilmente, y es además una nueva prueba del ma- 
lestar económico siempre en aumento del país, como 
ahora veremos. 

Si exceptuamos el pequeño aumento en la ex- 
portación de 1878, que no llegó tampoco á la cifra 
de importación de los años anteriores, dicha expor- 
tación bajó por el contrario en los años 1877 y 
1878; lo que prueba una diminución en la produ- 
cción, y de consiguiente en la riqueza privada ; y 
si á la par disminuyó la importación, esto no fué 
más que una consecuencia, lo repetimos, de male- 
star económico del país. 

En nuestros Estados europeos, todos ellos más 
ó menos industriales y manifactureros, la diminu- 
ción en la importación no es generalmente, salvo 
casos excepcionales, mas que una consecuencia del 
progreso de las industrias y manifacturas propias, 
las cuales disminuyen en tanto le entrada de los 
productos extrangeros, cuanto más avanzan ellas 
mismas y consiguen satisfacer las necesidades del 
consunto interior. Pero esto no es ni podría ser 
aplicable á Chile, el cual, como hemos dicho, no 
tiene manifactura alguna, ni industria de ningún 
género, aparte sus minas de cobre y la agricultura, 
á las cuales se podría añadir, si bien en muy mode- 
stas proporciones, la del carbón fósil. 

Exceptuando los productos agrícolas y los me- 
talúrgicos, repetimos, Chile lo recibe todo del ex- 



162 HISTORIA DE LA 



trangero. De consiguiente, la diminución en la 
importación no puede depender mas que de unos 
de estos do-- motivos: ó por haber disminuido las 
necesidades ó por faltar los medios para satisfa- 
cerlas. 

Cerrando sus puertos á la importación extrangera, 
su población podría materialmente subsistir con el 
producto de sus tierras; pero no podría hacer la 
vida natural á los pueblos civilizados. Comenzando 
desde la camisa hasta los vestidos de mayor lujo, 
desde los primeros a los últimos utensilios ó instru- 
mentos de trabajo, desde el indispensable hasta el 
objeto más superfluo de que se rodea el hombre 
civilizado, todo lo recibe Chile del extrangero. De 
consiguiente, para admitir una diminución de ne- 
cesidades sobre este artículos, sería necesario co- 
menzar por admitirla en el consumo, como conse- 
cuencia de la diminución de la población, ó sea 
de los consumadores, ó del retroceso de la pobla- 
ción en la vía de la civilización. Pero mientras está 
probado que la población de Chile aumenta todos 
los días rápidamente, es también un hecho recono- 
cido que esta marcha siempre adelante, aunque con 
más ó menos lentitud, sobre la vía de la civiliza- 
ción y del progreso. 

No sería de consiguiente ni verdadero, ni vero- 
símil, el admitir una diminución en las necesida- 
des; y la diminución de consumo que manifiesta 
la rebaja de la importación, solamente puede y debe 
atribuirse á la diminución de los medios que ocu- 
rren para satisfacer tales necesidades, ó lo que es 
lo mismo, al malestar económico del país. 

Mientras que le fué posible, mientras pudo dispo- 
ner de exhuberancia de fuerzas vivas, ó sea de 



GUERRA DE AMERICA 168 

capitales de reserva, vivió á >us expensas, y pagó 
con ellos el exceso de consumo que no llegaba á 
cubrir con el producto de su exportación. Más 
tarde, como sucede ordinariamente tanto en la vida 
de los pueblos como en la de los individuos, ha- 
bituado á este bienestar, y abiendo agotado, ó poco 
menos, sus capitales de reserva, se encaminó en 
el sendero del crédito, descontando de antemano 
sus fuerzas virtuales ó del porvenir. Y cuando este 
último recurso, tan ruinoso siempre, comenzó tam- 
bién á faltarle ; cuando su potencia se pronunciaba 
ya en todos sentidos, se vio obligado por grado ó 
por fuerza, á someterse al régimen de las priva- 
ciones; y principió á consumar menos de año en 
año, dejando de año en año sin satisfacer una 
parte siempre mayor de sus necesidades. 

Dejando aparte los últimos cinco años que nos 
han procurado los datos para este examen, encon- 
tramos en el año siguiente 1879, que fué el pri- 
mero de la guerra, la importación disminuyó todavía 
más, llegando escasamente á la cifra de 22,794,608 
pesos; es decir, que fué inferior en más de dos 
quintos á la de los añ">s 1874 y 1875. 

Es muy sabido que, principalmente para los pe- 
queños pueblos, los años de guerra, y de una guerra 
relativamente colosal, son años de la mayor eco- 
nomía y privación. Sin embargo, como resulta de 
los mencionados datos estadísticos, la importación 
de 1879 no fué más que de dos millones y medio 
próximamente inferior á la del año anterior 1878, 
la cual había sido ya de cuatro millones poco más 
ó menos inferior á la del 1877, que á su vez fué 
de seis millones menos que la precedente impor- 
tación de 1876, ya disminuida en cerca de tres 



164 HISTORIA DE LA 



millones de la del 1875. Esto prueba que cuando 
llegó la guerra, que por sus inmensas proporciones 
nececitara el concurso de todas las fuerzas del 
país, éste había llegado ya por grados sucesivos 
casi al sumo de la escala de las economías y pri- 
vaciones posibles; en modo que fueron bien pocas 
las que todavía pudo hacer, y siempre inferiores á 
la de los años anteriores de paz octoviana. A pesar 
de todo, la importación de aquel año fué con pe- 
queña diferiencia igual á la del año de 1860, cuando 
su población era una tercera parte menor en nú- 
mero, y de consiguiente, en necesidades. 

Quince ó veinte años atrás, los granos de Chile 
proveían casi sin concurrencia alguna los puertos 
de California, y déla Australia, del Río de la Plata, 
del Brasil y del Perú. Habiendo perdido una des- 
pués de otras todas estas salidas, los cereales de 
Chile se quedaron reducidos en estos últimos 
tiempos á la sola de los puertos del Perú, en los 
cuales sufrían ademas la concurrencia de los de 
California. Para encontrar una salida á cerca de 
doscientos cincuenta millones de litros de grano, 
que es en lo que próximamente se calculaban sus 
sobrantes, deducción hecha del consumo local que 
.-e considera de cien millones. Chile ha debido re- 
currir á los lejanos puertos europeos, principal- 
mente á los de Inglaterra; donde, además de la 
concurrencia local, la de los Estados Unidos no 
le deja, desde algún tiempo, más que precios tan 
reducidos que el trasporte los absorbe casi com- 
pletamente. Además de que los Estados Unidos 
producen grano en mayor cantidad y con menor 
costo que en Chile, su exportación experimenta 



GUERRA DE AMERICA 165 



también menores gastos de trasporte, por hallarse 
sus puertos menos lejanos de los de consumo (1). 

El cobre de Chile, todavía en 1868, concurría 
por más de una mitad en el consumo que de este 
mineral se hacía en Europa. Producía mucho y 
vendía caro; puesto que siendo el mayor productor 
ponía la ley en el mercado. Ü3sde entonces ha te- 
nido lugar un cambio muy notable: habiendo au- 
mentado la producción del cobre en otras partes, 
y en tal escala que España únicamente produce 
cuatro veces más que Chile, su precio ha bajado 
sensiblemente. La Barra de cobre chileno que se 
vendía en los mercados ingleses, el 1875 todavía, 
ochenta y una libras esterlinas, ha ido bajando 
gradualmente de año en año hasta llegar á cin- 
cuenta y ocho libras solamente en 1878. 

Los resultados de este doble orden de aconteci- 
mientos no tardaron mucho á hacerse sentir. El 
malestar económico más ó menos soportable que 
se había notado siempre en la República, se acentuó 
cada vez más de día en día. 

Era precisamente la época en que los trabajos 
del salitre en la provincia y desierto peruano de 
Tarapacá, comenzaban á asumir la grande impor- 
tancia que revistieron más adelante. Allí había tra- 
bajo largamente retribu d > para todos los brazos, 
y colocación ventajosa para todos los capitales. La 
ocasión no podía presentarse más propicia; y tanto 
el roto como el pequeño capitalista, se arrojaron 
poco á poco sobre la vecina costa de Tarapacá. El 



(1) En el 1878 los Estados Unidos produjeron 150,151,778 hecto- 
litros de granos, producción que aumenta continuamente, habiendo 
llegado en el 1879 a 214,995,718 hectolitros, y en el 1880 á un siete 
por ciento más que el anterior. 



166 HISTORIA DE LA 



gran éxito obtenido en corto tiempo por los pe- 
queños capitalistas, encontró inmediatamente un 
gran eco en Chile; y llamó con el ejemplo los 
gruesos capitales extrangeros de las casas de co« 
mercio de Valparaíso, en su mayor parte ingleses, 
y que se habían quedado más ó menos ociosos por 
la anemia siempre creciente del comercio y de las 
industrias locales. 

Como en 1842 para el guano, se hicieron tam- 
bién en esta ocasión solícitas pesquisas en el pró- 
ximo desierto boliviano de Atacama; y se encontró 
que allí también había salitre, si bien en menor 
proporción y riqueza. Una nueva corriente se di- 
rigió entonces hacia el Atacama ; y existiendo en 
todo chileno siempre algo de minero, no tardaron 
mucho a descubrirse las considerables riquezas 
minerales del Atacama, que se manifestaron de 
improviso con aque'la producción verdaderamente 
sorprendente por espacio de dos ó tres años, de 
las abundantes minas argentíferas de Caracoles. 

Sin embargo las minas, negocio siempre arries- 
gado y más que todo de suerte, de paciencia y de 
sacrificios personales, se adaptan mejor á los pe- 
queños que a* los grandes capitales; los cuales, 
deseosos siempre de operaciones sólidas y seguras, 
se dejan más fácilmente intimidar por la probabi- 
lidad de un mal resultado, que lisonjea por la fre- 
cuentemente ruinosa esperanza de grandes y fá- 
ciles ganancias. De consiguiente, mientras los pe- 
queños capitales chilenos corrían á toda prisa hacia 
Caracoles, que después de los primeros resultados 
causó más lágrimas que sonrisas, el desierto pe- 
ruano de Tarapacá fué siempre el centro principal 



GUERRA DE AMERICA 16? 

de operaciones de los grandes capitales europeos 
establecidos en Valparaíso. 

No tomando más que una parte meramente in- 
directa en los trabajos de producción del salitre, 
las grandes casas extrangeras de Valparaíso fijaron 
preferente su atención en las importantes negocia- 
ciones comerciales á que daba lugar. Con las ha- 
bilitaciones, ó anticipos de fondos que hacían á los 
productores (lo que les daba, además de alzados 
intereses, el derecho de preferencia para la compra 
á precios reducidos, ó por lo menos el de ser los 
agentes exclusivos para su venta) monopolizaron 
en breve tiempo entre sus manos todo el salitre 
de Tarapacá, -uya plaza comercial, para el tráfico 
con los puertos < ur peos, no era ya Iquique ú otra 
ciudad peruana, sino Valparaíso. 

Todo se hacía en Valparaíso: allí se negociaban 
las ventas y todas las múltiples operaciones á que 
daba lugar el gran comercio de salitre de Tara- 
pacá; allí se fletaban y hacían sus provisiones los 
barcos que lo debían trasportar á Europa; allí se 
movían y removían las considerables sumas puestas 
en movimiento por una industria tan grande y 
productiva. 

El comercio de Valparaíso, que se arrastraba en 
una languidez siempre creciente, se sintió pronto 
reanimar con tan inesperado auxilio. Renació por 
decir así á nueva y mejor vida, al calor de las 
innumerables negociaciones diarias á que daba 
lugar el salitre; y cuando, después de 1870 esta 
industria alcanzó el gran desarrollo que todavía 
conserva, su movimiento tomó tales proporciones 
que hizo de aquel puerto el segundo del Pacífico 
y uno de los más importantes de la América me- 



168 HISTORIA DE LA 



ridional. Y alimentando el comercio de Valparaíso 
la vitalidad de toda aquella populo-a ciudad de 
cien mil almas, cuya influencia se hace sentir en 
todo el movimiento comercial de la República, no 
hay que decir la influencia que esto ejerciera en 
toda la economía, tanto pública como privada de 
lo pequeña República de Chile. Muchas fortunas 
comprometidas volvieron á levantarse; muchos 
brazos en otro tiempo ociosos ó mal retribuidos, 
encontraron un trabajo bien y aún largamente pa- 
gado; y las mismas arcas del Tesoro experimen- 
taron notable alivio. El desierto peruano de Tora- 
paca, en una palabra, se había convertido en una 
verdadera fuente de recursos para Chile. 

El Perú, mientras fué rico cerró lo ojos, sin 
acordarse siquiera que Tarapacá era suyo, y sin 
apercibirse que dejaba esparcirse en el extrangero 
un calor con el cual hubiera podido y debido ca- 
lentarse él mismo. Pero ya no fué así cuando, ha- 
hiendo sonado también para él la hora de los sin- 
sabores, sintió la necesidad de apelar ;í todas las 
fuentes de su riqueza hasta entonces puestas en 
olvido. 

Cuando en 1873 el Perú estancó el salitre de 
Tarapacá, reduciendo su exportación á privilegio 
del Estado, como expondremos en el lugar corres- 
pondiente, las cosas mudaron completamente de 
aspecto para Chile. Arrancado el monopolio del 
salitre de las manos de las casas extrangeras de 
Valparaíso, este puerto se encontró inmediatamente 
privado del gran movimiento de negocios á que 
dicho monopolio daba lugar, y volvió otra vez la 
mismo agonía, la misma languidez, que gracias ú 
el había desaparecido años atrás; vuelta que na- 



GUERRA DE AMERICA 169 

turalmente tomó un carácter mus serio y alarmante, 
como sucede con todo mal, que es siempre peor 
cuando vuelve por segunda vez, después de ha- 
berse acostumbrado el paciente á vida más lleva- 
dera. Los negocios comerciales en general, que 
habían tomado cierto impulsa durante los flore- 
cientes tiempo del salitre, se encontraron en un 
momento paralizados, produciendo un sensible 
desequilibrio en todo el comercio de la República; 
y se manifestó casi instante aeamente una de a- 
quellas grandes crisis económicas, contra las cuales 
un pequñeo pueblo pobre de industrias y obligado 
á recibirlo todo del extrangero, lucha asaz difícil- 
mente. 

Consecuencia de esta crisis siempre creciente 
fué precisamente la persistente diminución en la 
importación de los años 1876, 1877 y 1878, sin ha- 
blar de los de la guerra, como hemos visto ya. 
Otra consecuencia de esta misma crisis fué tam- 
bién el aumento en la emigración de los rotos á 
las vecinas Repúblicas de B)livia, del Perú y de 
la Confederación Argentiva, de la otra parte de los 
Andes. 

Como hemos dicho más arriba, eran ya varios 
años que las dos industrias principales de Chile, 
ia agrícola y la metalúrgica, sufrían en los mer- 
cados extrangeros una tal concurrencia que las 
hacían cada día meno productivas. El hacendado 
y el minero, propietarios de las tierras y de las 
minas, á meiida que disminuían sus entradas por 
la rebaja siempre creciente en el precio de ios 
productos de sus industrias, disminuían á su vez 
el precio de la mano de obra; ó sea los escasos 
jornales de los trabajadores de las tierras y de 



170 HISTORIA DE LA 



las minas, del roto en una palabra; el cual viendo 
gradualmente desaparacer de esta manera sus pe- 
queñas economías destinadas á la orgía, objeto 
principal de su vida, comenzó á encontrarse exce- 
sivamente mal dentro de su país, y de consiguiente 
á emigrar siempre más y más. 

La emigración del roto chileno se remonta ver- 
daderamente á los tiempos de la fiebre de oro de 
California y de la construcción del ferrocarril de 
Itsmo de Panamá, donde perecieron algunos mi- 
llares de entre ellos. Pero, si antes eran princi- 
palmente los peones, de carácter nómade é inquieto 
los que alimentaron dicha emigración, en la época 
á que nos referimos tomaron parte en ella todas 
las demá-í e-pecies del roto, es decir, también los 
dedicados á los trabaj »s de los campos y de las 
minas, y en tan grandes proporciones que la crisis 
económica revistió aún mayor gravedad. Comen- 
zando desde 1875, esta emi£ -ación se calcula en 
14 ó 15 mil por término medie al año; lo que no 
deja de ser verdaderamente extraordinario tratán- 
dose de un pequen'» Estado como Chile; y necesa- 
riamente debía ejerces como ejerció en efecto una 
gran influencia sobre las dos industrias, agrícola 
y metalúrgica de la República. El hacendado y el 
minero comenzaron á sentir la penuria y escasez 
de la mano de obra, lo que les obligó á limitar 
sus industrias; naciendo de aquí una relativa di- 
minución en sus productos, y otra siempre cre- 
ciente en sus entradas. (1) 



(1) « Cuando estalló la guerra con el Perú se encontraban en 
este país más de 40.000 chilenos. » (Véase Barros Arana, Obra ci- 
tada, pag. 72). 



GUERRA DE AMERICA 171 

Una prueba de esto la encontramos en la no- 
table diminución de la exportación en los años 
1877 y 1878; diminución que es necesario consi- 
derar bajo un doble punto de vista, es decir, tanto 
por el vesible resultado de las cifras como, y aún 
con mayor atención, por el relativo aumento de 
población de Chile, que tan extraordinariamente 
crecía todos los años." Si por el contrario la expor- 
ción del 1876, ó sea del segundo año de la crisis, 
llegó no solamente á sostenerse, sino aún á su- 
perar la del año precedente, esto encuentra su na- 
tural explicación en dos hechos distintos: primero, 
en el carácter especial de dichas industrias, cuyos 
productos, por lo menos en su mayor parte, no se 
hallan prontos para la exportación h -sta el año 
subsiguiente; y segu ido, en los almacenajes de 
metales que hacen algunas grandes casas aca- 
paradoras, en la esperanza de una subida en el 
precio que á veces no se verifica, como sucedió 
en el bienio 1875 76; en cuyo caso se ven obligados 
á vender con doble pérdida, por la imposibilidad 
en que se encuentran de dejar improductivos los 
grandes capitales invertidos. 

Se comprende fácilmente que las arcas del Te- 
soro no podían salvarse de esta crisis económica 
que envolvía al país en todos sentidos. Fueron por 
el contrario las primeas á sentir sus efecto», desde 
que iniciara ; es decir, desde el año 1865, en el 
cual presentaron un déficit que fué preciso cubrir 
con el producto de un empréstito. Comenzando 
desde dicho año 1865 los presupuestos del Estado 
ce cerraron siempre con nuevos déficits que me- 
tódicamente se cobrían siempre con nuevos em- 
préstitos; los cuales, aunque de pequeñas propor- 



172 HISTORIA DE LA 



ciones tomados aisladamente, aumentaban todor- 
los años en número y entitad, aumentando cada 
vez m^is el déficit del año siguiente. 

En todo el intervalo de 14 años trascurridos 
desde el 1865 al 1878 inclusive, no se encuentran 
más que 4 años en los cuales no hubo emprés- 
titos: pero dos ellos se hallan compensados por 
empréstitos mayores en los anteriores y siguientes, 
y los otros dos por aquellos años en los cuales 
hubo empréstitos dobles, uno interior y otro ex- 
terior: así que entre unos y otros se cuentan doce 
empréstitos sucesivos en 14 años. E( total de los 
empréstitos interiores hasta el 1878 inclusive fué 
de 19.318.800 pesos; y el de los exteriores de 
49,023.300 pesos; que sumados á los 5 millones 
810.000 de empréstitos anteriores, dan la cifra de 
54 883 300 pesos, total de la deuda exterior de Chile 
en 1.° de Enero de 1879. Sin embargo aquí es ne- 
cesario advertir que de estos 55 millones de deuda 
exterior, 35 íueron empleados en la construcción 
de los ferrocarriles actualmente en ejercicio. 

En el ultimo año de paz, 1878, á pesar de las 
muchas ecanomiás introducidas en tod'is los ramos 
de la administración pública, se debió recurrir 
para hacer marchar la barca del Estado á un em- 
préstito de 3.960.000 pesos: cifra que relativamente 
á un presupuesto anual q«»e llega escasamente á 
15 ó 17 millones, era más que suficiente para dar 
que pensar, y hasta para aterrozizar á los esta- 
distas chilenos (1). 



(1) Para que nuestros lectores puedan comprender hasta donde 
llegaban las economías del Gobierno chileno, copiamos de la Me- 
moria presentada por el Ministro de Justicia al Congreso de 1880, 
el siguiente párrafo : « Continíian vacantes, uno de los cargos de 



GUERRA DE AMERICA 173 

No era mejor tampoco el Estado de los Ayun- 
tamientos, como lo prueba la Memoria que el Mi- 
nistro del Interior presentada al Congreso nacional 
de Chile el 15 de Julio de 1880; memoria en la 
cual se lee: «Atendida la escasez de sus fondos 
los Ayuntamientos pulieron apenas atender no 
obstante el socorro gubernativo, á todos los ramos 
de su servicios. Mu -,hos de ellos se hallan gravados 
por empréstitos contraídos en otras épocas en be- 
ficio de mejores locales, con la esperanza de po- 
derlos cubrir con el creciente aumento de sus 
rentas. Desgraciadamente estas esperanzas han 
quedado ordinariamente burladas.... y el Estado ha 
corrido en su ayuda ; á cuyo efecto el Congreso 
ha votado anualmente algunas sumas en la dis- 
cusión de los presupuestos de la Nación. » 

Estado, Ayuntamientios, comercio, industrias y 
población, todos se arrastraban penosamente á 
principios de 1879, en medio á uns crisis econó- 
mica cada vez más desastrosa y apremiante ; y 
esta situación tan abrumadora de la cual se quería 
salir á toda costa, fué un nuevo y poderoso agente, 
una de las causas principales que empujaron á 



Ministro (Magistrado) de la Corte de Apelaciones de la Serena, y 
el Juzgado de Letras de Petorca; el primero por traslación de D. 
E. del Canto á uno do los Juzgados de Valparaíso, hecha en 8 de 
Agosto de 1878, y el segundo por jubilación de D. M. Irrazaval, 
concedida en 9 de Junio de 1879. Aunque se ha tenido en vista, 
al no proveer hasta ahora las mencionadas plazas de la magistra- 
tura, el hacer un economía sin daño para el servicio público, la 
circumstancia de imponer este estado de cosas una carga pesada y 
ya muy permanente a los abogados llamados por la ley a integrar 
la Corte do la Serena; y las frecuentes reclamaciones de los ve- 
cinos de Petorca, quizás obliguen prento á nombrar las personas 
que deban servirlos con arreglo á la ley. » pág. 6.— Como se vé. 
contrariamente á cuanto aiirmaba el Ministro, la economía se había 
hecho con perjuicio del servicio público desde mediados del último 
año de paz de 1878. 



174 HISTORIA DE LA 



Chile, Gobierno y pueblo, á cerrar la parábola tra- 
zada por la política nacional, con la única solu- 
ción desde tan tiempo preparada y esperada : la 
de mejorar sus proprias condiciones á expensas 
de sus débiles vecinos, Perú y Bolivia. 

Mientras loz ricos desiertos de Atacama y Ta- 
rapacá se presentaban ¡i los ojos de los estadi- 
stas y hombres públicos de Chile como la única 
salvación, tanto para la exhaustas arcas del Te- 
soro, como para la economía general del pnís; el 
roto se deliciaba de antemano con la perspectiva 
del rico botín que podría recojer en una afortu- 
nada correría por la tierra prometida, por los co- 
diciados territorios del Perú; de aquel Perú que 
todabía no había perdido por él su antiguo re- 
nombre de opulento, y que entre las mil priva- 
ciones de su propia miseria había mirado siempre 
con los ojos de la avidez y de la envidia. 

Apenas se esparciera el rumor de una probable 
guerra, el roto de hoy, y el roto de ayer (el pe- 
queño empleado y el pobreton de la naciente clase 
media) no vieron más que el Perú en sus ensue- 
ños, y llegaban á delirar de alegría al solo nombre 
de Lima y Chorrillos. 

Lima, la antigua capital de los Vireyes, cuyas 
casas señoriles se suponían repletas de vajillas de 
oro y plata, como en la época colonial ; Chorrillos, 
con sus fastuosas quintas de recreo de los ricos 
de la Capital, donde además de los magníficos, 
la fama colocaba en cada Rancho ó habitación, 
interminables bodegas rebosando de los más exqui- 
sitos vinos de Europa, inflamaron en un momento 
todas las imaginaciones ; y en todo Chile no se 
oía más que una voz, al principio baja y ahogada, 



GUERRA DE AMERICA 175 

durante Febrero y Marzo de 1879 y luego estri- 
dente y atronadora, después de la declaración de 
guerra. Esta voz era : A Lima á Chorrillos ! 

No eran solamente el roto y la parte más pobre 
de la clase media que proferían estas voces. Otros 
había también que para impulsarlos cada vez más 
sobre este camino, le hacían coro ; y éstos perte- 
necían á todas las clases sociales. La prensa pe- 
riódica de todas clases y de todos los partidos, 
comenzando por la de los clérigos que era la más 
furibunda, no hablaba más que de este particular. 

Los nombres de Lima y Chorrillos fueron siem- 
pre objeto de odio para casi todo chileno. Es por 
demás sabido que la envidia y la emulación son 
dos pasiones que se ejercen casi exclusivamente 
contra sus más próximos, sea en la distancia, sea 
en los vínculos de las relaciones naturales y so- 
ciales. El miserable que se inclina y arrastra re- 
spetuosamente ante el fausto opulento que no co- 
noce, ó únicamente de nombre, arde de envidia 
viendo el modesto bienestar de su vecino : consi- 
deraría menor su desgracia y hasta feliz se creería, 
si le fuese dable ver al odiado vecino, que jamás 
le ofendiera, tan miserable y aún más que él mismo: 
comienza á odiarlo poco á poco y á desearle todo 
el mal posible, y todos sus esfuerzos tienden á 
hacérselo. La mujer que va en éxtasis, al oir la 
felicidad que su bondad, belleza y opulencia pro- 
curan á las lejanas h'jns de Eva que nunca conoció, 
se enfurece hasta el delirio cuando llega á saber 
que estas misma cualidades embellecen y adornan 
una parienta, una vecina, una amiga : comienza á 
odiarla desde aquel momento, y daría todo cuanto 
posee por ver destruida su felicidad. Afortunada- 



176 HISTORIA DE LA 



mente de esta clase de individuos, de ambos sexos, 
el mundo no está lleno. 

Hé aquí precisamente lo que pasaba en Chile, 
respecto de la República vecina y hermana del 
Perú, desde la época de su común independencia. 
La antigua opulencia del Perú, aumentada gra- 
dualmente, primero con el guano y luego con el 
salitre, era el dardo que secretamente hería á la 
generalidad de los chilenos. Chorrillos, mansión de 
delicias por excelencia de la alta sociedad de Lima 
durante la estación de baños, era la dolorosa pe- 
sadilla de la generalidad de las mugeres chilenas. 

Como á cada momento tenía ocasión de oirlo, 
ora más ó menos veladamente á los numerosos 
extiangeros que visitaban los diversos países de la 
América meridional, ora sin velo alguno á los 
mismos chilenos, la muger chilena conocía perfec- 
tamente que era menos buena, menos bella y menos 
graciosa que la Limeña ; y envidiosa de sus feme- 
niles triunfos, su único y ardiente deseo era ver 
destruido aquel Chorrillos, donde la odiada Limeña 
reinaba durante cuatro meses del año en todo el 
esplendor de su bondad, de su belleza y de su 
gracia. 

Y he aquí porque todos de acuerdo, hombres y 
mugeres, repetían constantemente á los oídos del 
roto: ¡A Lima, á Chorrillos... á Lima á Chorrillos! 
á fin de que el roto, atraído cada vez más por la 
doble ilusión del botín de Lima y de la orgía de 
Chorrillos, superase intrépidamente todos los obs- 
táculos que encontrara á su paso, y llegase victo- 
rioso á aquella Lima y á aquel Chorrillos que debía 
destruir hasta sus cimientos, después de beber 



GUERRA DE AMERICA 1?7 

profanado los dorados salones con las asquerosas 
escenas de sus orgías araucanas. (1) 

He aquí puestas en claro las muchas causas por 
las cuales se comprende y explica, como aún sin 
motivo aparente, la guerra contra el Perú era para 
Chile una guerra eminentemente nacional por todos 
deseada y querida, y empujada por todos con un 
ardor y un odio que no se han desmentido un solo 
instante, hasta los últimos excesos. 

La guerra contra el Perú era para Chile una 
cuestión compleja de necesidades económicas, de 
ambición y de celosa envidia : una guerra de pa- 
siones, en una palabra, y de las mas fuertes y 
violentas. 



= ^jgX§p = 



(1) Chorrillos ya no existe, y Lima fué salvada á duras penas por 
la influencia de una fuerza mayor, á despecho de la soldadesca 
chilena, como diremos en su lugar. 



IV 



El Perú. 



RESUMEN— Causas primordiales de las discordias civiles en el Perú. 

— El Peni poseyó una civilización antes de la dominación espa- 
fiola. — Los Incas. — Como se formaron las tres razas, causa 
primera de los males del Perú. — Como se mezclaron las razas. 

— Variedades provenientes de las mezclas de las diversas razas. 
Población del Perú divididas por razas en el año 1796. — Fa- 
milias españolas establecidas en el Perú. — Civilización y cultura 
que llevaron. — Después de la guerra de la independencia se 
adopta como forma de Gobierno la República democrática. — 
Desórdenes que surgieron. — Lima y su heterogénea población. 

— Los pronunciamientos. — El partido militar. — Como y porqué 
sucediese las revoluciones. — Los caídos. — La mujer peruana* 
sus cualidades é influencias. — Los especuladores políticos y 
los intrigantes. — Perjuicios producidos al Estado por los ma- 
nejos de los especuladores políticos (affaristi). — El partido 
civilista. — Causas que hicieron abortar las primeras tentativas 
del civilismo. — El Presidente Pardo. — Los Bancos y el papel- 
moneda. — Empréstito del Estado y curso forzoso. — José Si- 
meón Tejeda. — El General Prado. — Agitaciones del orden 
social. — Asesinato de Manuel Pardo. — Gobierno débil y 
desautorizado. 

Reservándonos hablar del estado económicos del 
Perú en la segunda parte del presente trabajo, en 
la cual trataremos de su porvenir, nos limitaremos 
por ahora á considerarlo úaicamenta bajo el doble 
punto de vista social y político, para que conociendo 
sus verdaderas condiciones al comenzar de la gue- 



180 HISTORIARE LA 



rra, nos sea posible formarnos una idea exacta de 
su acción, en una lucha en cual se hallaban com- 
prometidos sus más vitales intereses. 

Se ha hablado tanto, sobre esto en esto últimos 
tiempos, de la discordias y guerras intestinas del 
Perú, que quizás este hecho no será nuevo para 
ninguno de nuestros lectores: pero lo que la mayor 
parte ignora, ó conoce muy imperfectamente, es el 
origen y la especial naturalez de esta anomalía. 

La desunión, causa principal que ha engendrado 
todas las demás, que á su vez fueron y son el 
verdadero origen del malestar y debilidad siempre 
crecientes del perú, en medio á sus muchos ele- 
mentos de prosperidad y fuerza, nace en primer 
lugar de la falta de homogeniedad en su población 
la cual no es mas que una miscelánea de diversas 
razas, que difieren esencialmente entre ellas, por 
su carácter y por sus aspiraciones. 

Esta mezcla de razas no es un hecho reciente ; 
se remonta por el contrario á varios siglos, ó sea 
á las lejanas épocas de la conquista española y 
del régimen colonial; que fué cuando comenzaron 
y crecieron. 

Es un hecho notorio, que cuando el famoso con- 
quistador español Francisco Pizarro pisó por pri- 
mera vez el suelo peruano, no se encontró con una 
tierra inculta y deshabitada, ó poblada únicamente 
por tribus nómadas de salvajes, como sucedió .en 
otras regiones del Nuevo Continente. 

El Perú era por el contrario un vasto y populoso 
imperio, gobernado por la ilustre y antigua dinastía 
de los Incas, que pretendían descender del Sol, que 
mantenían una lujosa Corte, con numerosa y fuerte 
nobleza, y que habían elevado la gran población 



GUERRA DE AMERICA ISi 

de sus Estados, gobernándola con un despotismo 
benévolo casi patriarcal, á un grado de civilización 
verdaderamente maravilloso (1). 

En toda la superficie del inmenso imperio de los 
Incas florecían grandes y ricas ciudades, con pla- 
zas, palacios y templos suntuosos y monumentales, 
cuyas ruinas se ven aún en el día. Se encontraban 
también allí escuelas para los nobles, fortalezas de 
varias clases, y vías militares de muchos centena- 
res de leguas, con numerosas posadas para los 
correos imperiales, que mantenían á la Corte en 
comunicación continua con todos los funcionarios 
gerárquicamento divididos en superiores é inferio- 
res. Allí se veían extensos campos cultivados con 
su correspondientes canales de riego; encantadores 
jardines, tanto por la hermosura de Ja naturaleza, 
como por el arte que presidiera á su formación; 
minas de oro, de plata y de piedras preciosas con- 
tinuamente en explotación; y entre éstas últimas, 
una riquísima de lapislázuli de la cual se han per- 
dido desgraciadamente los vestigios, únicamente 
conservándose la memoria, Poseía además el Perú, 
fábricas de vajilla, huacos, que tanto recuerdan 
nuestros preciosos vasos etruscos; como también 
fábricas de hilados y de tegidos de lana finísima 
de vicuña, cuyos productos por sus colores vivos 
y brilantes tanto se parecen á los de China, y que 
todavía puede encontrar el viejero curioso, extra- 
véndolos de los seculares cementerios llenos aún 



(1) « La estirpe de los Incas que dominó al Perú durante cuatro 
siglos, fundó un imperio vastísimo, cuyo estado de cultura y cuya 
organización social y política han causado la admiración de I03 
historiadores. » 

Mesa y Leompart, Historia de América, v. 1, pág. 289. 



182 HISTORIA DE LA 



de momias, mejor conservada quizas que las egip- 
cias, y con procedimientos indudablemente mejores 
y más sencillos (1). 

Un poco con la fuerza, un poco con la traición, 
como la cometida contra el último Inca Atahualpa 
— traición que, aún benecida por las ávidas manos 
del fraile dominico Valverde, quedará siempre en 
la memoria de los pueblos como una ofensa á la 
humanidad — el conquistador destruyó todo: y el 
dócil, laborioso y civilizado peruano del Imperio de 
los Incas, se convirtió muy pronto con el Indio 
turbulento, holgazán y embrutecido de la colonia 
española. 

El indígena reducido á la servidumbre y el es- 
pañol que se había hecho dueño del territorio, 
fueron las dos primeras razas diferentes; y el mal 
no habría sido muy grande, si no hubiese ido más 
allá. Pero la feracidad del suelo, que daba con 
creces cuanto se le pedía, hizo nacer en el conquis- 
tador el deseo de aumentar su producto con el 
aumento de brazos; y descontento de la pereza 
que se había apoderado del indio, trajo al Perú el 
esclavo negro de las costas africanas: de aquí una 
tercera raza; principio evidente del verdadero mal. 

Las dos primeras razas, la española y la indí- 
gena, que con el' tiempo se hubieran tundido y 
amalgamado entre sí, se dividieron todavía más á 
la vista de una tercera, tan inferior moralmente, y 
físicamente tan diversa. La diferencia de razas que 
en el primer caso hubiera pasado casi desaperci- 
bida (no siendo ninguna de ellas inferior á la otra 
en el origen, por ser ambas libres, y sus diferen- 



(1) Veaso el apéndice (') al fin del capítulo. 



GUERRA DE AMERICA 183 

cias físicas no siendo tan sustanciales que no hu- 
bieran podido desaparecer después de las primeras 
uniones), se acentuó inmediatamente cuando, inter- 
poniéndose entre ellas una tercera raza con la cual 
toda fusión, además de ser degradante, dejaba 
grandes huellas por varias generaciones, tuvieron 
lugar las primeras mezclas de este género. 

La primera de las dos razas principales que co- 
menzó á mezclarse con la esclava, fué considerada 
por la otra como indigna de su aliancia ; y nació 
de esta manera la preocupación de la diversidad 
de razas, como elemento de división, preocupación 
que antes no existía entre la española y la indígena, 
que estaban naturalmente llamada á confundirse 
entre sí, y que habían más que comenzado á ha- 
cerlo ya, por medio de los muchos matrimonios 
celebrados entre los conquistadores y los indígenas 
pertenecientes á la noble y numerosa nobleza inca. 

Gomo era natural, los primeros cruzamientos de 
la raza negra, se efectuaron con la parte más baja 
de la raza indígena: la cual, envuelta en su tota- 
lidad, por los españoles, en la reprobación á que 
se había hecho acreedora la más abyecta de sus 
fracciones, se separó cada vez más de aquellos au- 
mentando y tomando fuerza de este modo el odio 
que la conquista había dejado en su ánimo; odio 
que la larga acción del tiempo no ha podido des- 
truir completamente, mitigándolo tan solo, para 
convertirlo en una sorda rivalidad, que los intri- 
gantes políticos han fomentado muy á menudo, 
sobre todo durante la actual época republicana, 
para servirse de él en pro de sus intereses y de 
su ambición personal. 

No es esto todo. Si bien la raza negra haya per- 



184 HISTORIA DE LA. 



manecido en la exclavitud hasta el año 1854, lo 
que la impidiera salir de su propia degradación, 
para poder realizar con las otras dos, fué todavía 
la causa determinante, aunque indirecta, de un 
nuevo elemento de discordia y rivalidades, por 
medio de la raza libre y numerosa que fué el pro- 
ducto de sus múltiples y diferentes mezclas: la así 
llamada rasa mixta ó de los mestizos. 

Clasificar detalladamente todos los diversos tin- 
tes y matices, ó ramificaciones de esta raza — con- 
fuso producto de tantos y tan diversos cruzamien- 
tos — sería tarea punto menos que impasible. Y 
aquí es necesario advertir en primer lugar que el 
español mismo, venciendo poco á poco su primitiva 
repugnancia, no fué en modo alguno extraño á 
estos cruzamientos con la ra/.a negra; si el español 
de noble linage no descendió sino raras veces hasta 
ella, no sucedió lo mismo al de las clases inferiores; 
á lo cual es preciso añadir que el Hidalgo mismo 
se dejó con frecuencia seducir por los peculiares 
atractivos de una descendencia africana de segunda, 
tercera ó cuarta edición. 

Es un hecho á todos notorio, que dado un pri- 
mer y único cruzamiento de las razas blanca y 
negra, los signos característicos de esta úliima no 
desaparecen sino muy lentamente hasta la quinta 
ó sexta generación; sin hablar del atavismo, ó sea 
de la posible reaparición de las huellas africanas 
aún después de haber desaparecido completamente. 
Dígüse lo mismo de un primer y único cruzamiento 
de dicha raza negra con la indígena; cuyos 'pro- 
ductos tienen ciertas diferencias con los de igual 
naturaleza entre las razas blanca y negra, que no 
quedan nada ocultos a un ojo ejercitado, si bien 



GUERRA DE AMERICA 185 

pasan desapercibidos para todos los demás. Esto 
nace de las diferencias originarias que hay entre 
las razas europeas é la indígena del Perú; la cual 
se distingue de aquellas en el notable bronceado 
de su color, en la tosca anchura de su cabeza y 
cintura, en la elegancia y pequ ñez de sus extre- 
midades, en la morbidez y suavidad de su cutis 
(aún independientemente de qualquier influencia 
atmosférica) y en su abundante y larga cabellera 
de un negro brillante como ala de cuervo. 

A estas diferencias, exteusibles en grado diverso 
á varias generaciones descendientes de un primer 
cruzamiento de las razas eu -opeas é indígeno con 
la negra, hay que añadir además las características 
de los divers >s y múltiples cruzamientos entre 
ellos de estos variados frutos, de los que Huma- 
remos primarios y secundarios; y so'o así se puede 
llegar, hasta cierto punto, á explicarse las diversas 
variedades que componen la familia, ó género sí 
así queremos decir, de las rasas mixtas. Zambo, 
zambo prieto, zambo claro, zambo cholo, mulato, 
cuarterón, chino (de no confondirse con el del Ge- 
leste imperio), chino cholo, chino claro, etc. etc., 
son todos los nombres en su mayor parte intra- 
ducibies, de las múltiples y confuzos productos de 
los cruzamientos primarios y secundarios, que como 
acabamos de decir, forman otras tantes variedades 
diversas y diferentes entre ellas; las cuales van 
comprendidas, todas juntas, bajo la denominación 
genérica de razas mixtas ó mestizas. 

Ahora bien, esta heterogénea raza de mestizos 
que, aun independientemente de oirás razones que 
nos apresuraremos á enumerar, procura ocultar su 
ascendencia más ó menos africana con el lustre 



186 HISTORIA DE LA 



de. una alta posición social, sobreponiéndose á las 
dos razas primitivas, á la española-criolla y á la 
indígena, constituyó una tercera raza rival; aquella 
precisamente que siendo la más turbulenta y pre- 
tenciosa de todas, concurrió mayormente á man- 
tener vivo el fuego de la discordia y de las rivali- 
dades entre las tres. 

En la Memoria del Virey español Don Francisco 
Gil de Taboada y Lemas se lee que, segúu el censo 
practicado por su orden el año 1796, último de su 
Gobierno, la poblacióu del Perú se componía en 
aquella ópoc i de 1.076.122 habitantes, clasificados 
como sigue: 135.755 españoles criollos, 608.894 in- 
dígenas, 244.436 mestizos, 41.256 negros libres, 
40.300 negros esclavos, 2.217 religiosos y 1.261 re- 
ligiosas. 

Dj consiguiente, las tres razas, española criolla, 
indígena y mestiza, se habían formado ya en 1796, 
es decir, 25 años antes de erigirse el Perú en Re- 
pública independiente: la cual se formó precisa- 
monte sobre estas bases. Un censo tan exacto y 
detallado como el anterior, no ha vuelto hacerse: 
.-in embargo en el que se hizo en 1876, que dú ni 
Perú 2.699.106 habitantes, encontramos que dicha -> 
razas conserban entre sí, poco más ó menos, la 
siguiente proporción: cinco décimas de la raza in- 
dígena, trez de la mixta ó mestiza, y dos de la 
cspañ )la-criolla ó blanca: es decir, la misma rela- 
ción con poca diferencia, en la cual se encontraban 
el año 1796. 

Muchos, sino la mayor parte de los españoles 
que se establecieron en el Perú durante el régi- 
men colonial, pertenecían á las mejores clases so- 
chiles. Nobles arruinados y segundones pobres de 



GUERRA DE AMERICA 187 

las grandes familias de España, solicitaban con 
insistencia del Gobierno patrio los honrosos y pro- 
ductivos cargos del Viremo del Perú, con el objeto 
de dorar sus respectivos blasones; y no poco de 
éstos, cuando se veían reemplazados por otros que 
se hallaban en idénticas condiciones, repugnán- 
doles abandonar las delicias de la vida peruana, 
con que les brindara la dulzura del clima y las 
riquezas de fácil adquisición, en lugar de volver á 
su patria se establecían definitivamente en el Perú 
dedicándose á las lucrosas industrias de la agri 
cultura y de las minas, que no les pro. lucían más 
Migas que el de dirigirlas; pues el trabajo era 
misión exclusiva del esclavo negro y del indígena 
reducido más ó menos á la servidumbre. La prueba 
de este hecho se encuentra fácilmente hoy todavía 
en las más antiguas familias peruanas, las cuales 
cuentan los nombres más ilustres de España; y 
no solamente de los ramos colaterales, sino de los 
mismos troncos principales, que desaparacieron de 
la madre patria. 

En un registro oficial de los últimos años del 
régimen colonial encontramos, que comezando de 
la época de la conquista, se habían establecido de- 
finitivamente en el Perú, dando origen á familias 
que se convirtieron y permanecieron peruanas, un 
Duque, 46 Marqueses y 35 Condes de España, a- 
demás de un siugulo número de segundones sin 
titulo de las más antiguas casas solariegas. (1) 



(1) «Los árboles generosos de la nobbleza más clara de Europa 
han extendido sus nobilísimas ramas en el Perú, que habiendo las 
raices en Castilla dan flores en Lima. » 

Don Francisco de Echave x Assu, Caballero de la Orden, de 
Santiago, La Estrella de Lima, impreso en Amberes, el año 1688, 



188 HISTORIA DE LA 



Estos magnates de la inmigracción española ex- 
cogían ordinariamente para su residencia la capital 
del Vireino, ó sea Lima, como lo dice también en 
su citada Memoria el Virey Taboada y Lemos, con 
las siguientes palabras: « Gomo Lima fué desde 
su fundación, hacía el año de 1535, la capital de 
este extenso imperio y la residenca de sus Vire- 
yes, se reunieron con ella como en su centro, no 
solamente los primeros conquistadores del Perú y 
sus descendientes, y los que vinieron de Europa 
con los honrosos cargos de Magistrados y de 
Jueces para administrar la justicia, sino aquellos 
también que deseosos de tomar parte en las in- 
mensas riquezas de este reyno, surcan los mares 
animando la industria y el comercio ». (Gap. III). 

Perteneciendo á la clase más civilizada de Es- 
paña, mal podían éstos resignarse á vivir entre 
la tinieblas de la barbarie, que más ó menos ab- 
solutamente reinaba en las otras Colonias ameri- 
canas é interpusieron toda su influencia, que no 
era poca, cerca de la Corte de España y del Go- 
bierno local, para la creación de numerosos insti- 
tutos de instrucción; siendo así que Lima pudo 
gozar casi desda el principio, de éstos y de mu- 
chos otros elementos civilizadores. Fué dotada en 
primer lugar de dos Colegios organizados según 



« La nobleza de la ciudad de Lima tiene en sus venas cuanta sangre 
gloriosamente ilustre guardaron las monta "as do Castilla en la inva- 
sión africana, para rehacer con su valor lo que perdieron por su 
descuido, y restablecer la anarquia española en las injurias del 
tiempo y de la envidia. No hay tronco de casa grande ó titulada do 
España que no reconozca ramas legítimas de su raiz en las familias 
de aquel nuevo reino, en la cual se enriquecieron con gloriosos 
trofeos y con muy grandes mayorazgos y rentas. » 

Don Antonio qe Montalvo, natural de Sevilla, El Sol del Perú, 
impreso en Roma, el año 1683. 



GUERRA DE AMERICA 189 

el sistema de los mejores de España; luego en 
1551 de una Universidad con 15 cátedras, la de 
San Marcos; la cual tomara muy pronto tal fama» 
que á ella acorrían de todas partes de la América 
meridional. En el 1758 tuvo un pequeño anfiteatro 
anatómico, y en el 1795 una Academia náutica. 
En 1791, una sociedad de literatos peruanos fun- 
daba ya un periódico, con el nombre de El Mer- 
curio Peruano, que se ocupaba principalmente de 
ciencias y literatura, y que encontró un eco de 
simpatía hasta en Europa; y en el 1793 apareció 
un secundo periódico, político noticiero, La Gaceta 
de Lima. Así es que su civilización caminaba al 
mismo paso ó poco menos que la de Europa, de 
la cual se alimentaba incesantamente. 

Consecuencia de cuanto dejamos dicho, fué que 
la población del Perú, ó mejor dicho, la de Lima, 
gozara ya de una cierta cultura y civilización desde 
los tiempos en que aún era colonia: y contaba 
entre sus hijos no pocos hombres verdaderamente 
eminente por saber y doctrina, de los cuales aún 
vive el recuerdo, cuando todos los demás pueblos 
de América, exceptuando Méjico, se encontraban 
todavía en las tinieblas de una barbarie más ó 
menos profunda. 

Vinieron las guerras de la independencia, y pro* 
clamada ésta, antes ó después, en todas las anti- 
guas colonias del Continente, el Perú adoptó como 
ley fundamental del Estado la forma democrática 
más absoluta, concediendo, tanto de derecho como 
de hecho, á todas la dirversas razas y clases in- 
distintamente, los mismos derechos políticos; lo 
que no estaba en modo alguno en relación con el 
de diverso grado de civilación de las mismas, y 



190 HISTORIA DE LA 



qué fué efecto de dos cfiftisas diferentes: á saber: 
1.° la dulzura de carácter de la raza blanca ó espa- 
ñola-criolla, debilitada por la molicie de la opu- 
lencia, como observaba el Virey Taboada y Lemos 
en 1796, la cual no procuró con ningún medio 
hacer valer sobre la otras, como en Chile, la pre- 
ponderancia que le daban sus riquezas y su mayor 
cultura; 2.°: la opinión prevalente de no pocos li- 
teratos doctrinarios de Lima, los cuales guiados 
por la simple ilusión de los principios, como sucede 
á los doctrinarios de todos tiempos y lugares, ha- 
ciendo completa abstracción de la necesidad de 
una diversa medida en su aplicación, según el 
grado de civilazación de los pueblos, creían en- 
contrar en la suma libertad y absoluta igualdad 
de una República democrática por excelencia, el 
manantial más cierto y seguro de prosperidad y 
progreso. 

Las cruzados, tanto en el Perú como en Bolivio, 
Venezuela y Colombia, contra las tendencias más 
ó menos monárquicas de Bolívar y San Martín, 
que fueron los verdaderos factores de la guerra de 
la independencia americana, fueron siempre ardien- 
temente alimentada por los doctrinarios de Lima. 
Sin embargo e» indudable, que un;i sabia monarqía 
representativa, como por ejemplo, la que tan feliz- 
mente rige los destinos de nuestra Italia, hubiera 
-•ido el áncora de salvación de U dos aquellos países, 
librándolos de los continuos desórdenes y anarqía 
que fueron las únicas consecuencias de su exage- 
rado y mal entendido liberalismo. 

Como era natural, no esperaron muchos tiempo 
los doctrinarios de Lima en recoger el fruto de sus 
ilusiones. Sembradas en un terreno aún no prepa- 



GUERRA DE AMERICA 191 

rado para recibirlas, entre individuos y razas dife- 
rentes en civilización, la suma libertad y la suma 
igualdad se convirtieron muy pronto en suma li- 
cencia y en sumo desorden. Surgieron inmediata- 
mente las desenfrenadas ambiciones de la hez del 
pueblo, de que fueron digna continuación las re- 
voluciones cada vez más persistentes; y ellos, los 
doctrinarios, fueron los primeros á emprender el 
triste camino del destierro. 

La población de Lima en 1796, según el censo 
antes citado del mismo año, contaba 52.627 habi- 
tantes, no comprendidos los arrabales, y se dividía 
de este modo: españoles-criollos 17 mil 215; indí- 
genas 3.119; negros 8.960, raza mixta ó mestizos 
23.333. La raza mixta era de consiguiente la pre" 
ponderante en número; y puesto que todo hace 
suponer, considerando también lo que pasa en el 
día, que la misma proporción existiera igualmente 
en los tiempos de la proclamación de la República, 
resulta que la citada raza mixta de entonces, como 
antes y después, la más numerosa de la capital. 

Cuales fueran las tendencias y aspiraciones de 
esta raza mixta y de todas las demás, nos lo dice 
la citada Memoria del Virey Tabeada y Lemos, en 
las siguientes palabras: « Los españoles originarios 
del Perú son amantes del fausto y de la opulencia: 
el indio, ó indígena es frugal, más por su tosquedad 
y falta de civilización que por carácter; el negro 
y las razas mixtas parecen animados de los mismos 
sentimientos que la primera clase, á la cual pro- 
curan agradar con su servidumbre y utilidad, » 
(Cap. 1). Juzgando por cuanto sucede en el día, el 
Virey español no podía dejarnos un retrato moral 



192 HISTORIA DE LA 



más fiel, en su elocuente brevedad, de la hetero- 
génea población de Lima. 

La raza mixta ó de los mestizos, con las mismas 
tendencias al fausto y á la opulencia que la espa- 
ñola-criolla, se veía obligada á sofocarlas interior- 
mente, por la doble razón de su pobreza y de la 
sugeción en que la tenía el régimen colonial, y se 
contentaba para satisfacerla, en parte por lo menos, 
con el lujo de reflejo que podía gozar á la sombra 
de las grandes familias español criollas, en cambio 
de su obediencia y devoción. Para tener una idea 
aproximada de la vida fastuosa que se hacía en- 
tonces en Lima, baste saber, como vemos en la 
mencionada Memoria, que había 1400 coches par- 
ticulares, entre carrozas y calesas, que llenaban 
diariamente los paseos públicos. 

Proclamada que fué la República, y con ella la 
igualdad de los mestizos, civil y políticamente, 
respecto de los blancos ó criollos, aquellos no se 
contentaron ya con el lujo que de reflejo les viniera 
de estos últimos arrastrándose á sus pies. Quisieron 
por el contrario libertarse completamente de ellos, 
y hasta sobreponérseles, no solamente para ven- 
garse de su pasada humillación y hacerla olvidar 
por completo, sino también para gozar á su vez 
de un fausto y opulencia exclusivamente suyos. Y 
encontrando para esto un obstáculo insuperable en 
su pobreza, no vieron m¡ís que un solo camino 
para llegar solícitamente á la realización de sus 
planes : el de apoderarse de la dirección de la na- 
ciente República, escalando ora con la astucia, ora 
con la fuerza, los primeros puestos del Estado. 
Astucia no les faltaba ciertamente, gracias á la 
agudeza de su ingenio y la somi- civilización á que 



GUERRA DE AMERICA 193 

habían llegado, por su servil familiaridad con la 
raza principal y por los muchos medios de cul- 
tura é instrucción que ofrecía el Vireino, como 
hemos visto. Tampoco carecían de fuerza : sea en 
absoluto, por ser la raza numéricamente prepon- 
derante en Lima; sea relativamente, por la dulzura 
de carácter y casi diremos abandono de su propia 
supremacía hecho por la raza blanca, ó criolla. 

Lima que, como capital del Vireino, ejercía una 
grande influencia sobre todo el Perú durante el 
régimen colonial, continuó á ejercerla igualmente, 
cuando de capital del Vireino pasó á ser capital 
de la República: y ciertamente no sin razón, por- 
que allí era donde, ademas de los grandes digna- 
tarios y de las grandes administraciones del Estado, 
se encontraba concentrado cuanto de mejor ence- 
rraba el país. En su consecuencia, no fué difícil á 
los ambiciosos mestizos de Lima adquirir una 
cierta influencia sobre todos los demás de su raza 
esparcidos en la República, asimismo que sobre la 
raza indígena, que durante el régimen colonial 
había sido la más vilependiada, y con la cual su 
raza tenía mayor trato y afinidad que ia criolla, 
por encontrarse más cerca de ella por la igualdad 
de su condición. Y saliendo el núcleo mayor de las 
últimas clases sociales, fué en extremo fácil á los 
mestizor de Lima iniciar el desgraciado sistema de 
las revueltas de cuartel, de los pronunciamientos 
de batallones, por donde comenzaron casi siempre 
las innumerables revoluciones del Perú. 

Después del primer ejemplo dado por los mesti- 
zos, vino la vez de la raza indígena; y órala una, 
ora la otra de estas dos razas, ora las dos, má* o 
menos unidas entre sí, no abandonaron un momento 

13 



194 HISTORIA DE LA 



el emprendido camino de las revoluciones, sea para 
servir' á aspiraciones de razas, sea bajo el pretexto 
ó no de aquellas, para servir á intereses ó ambi- 
ciones personales, como sucedió con mayor fre- 
cuencia. 

De consiguiente, >ea como elemento de revolución 
sea como elemento de orden para sofocarla y ven- 
cerla, el soldado fue siempre el arbitro del poder 
público; y nació de esta manera desde la procla- 
mación de la República, el así llamado partido 
militar: partido sui-generis, que mejor podría lla- 
marse partido de poder y de revolución, hallándos 3 
siempre dividido en dos grandes fracciones, una de 
las cuales se encontraba en el poder (1), mientras 
la otra trabajaba para derrocarla y hacía la revo- 
lución. 

Este hecho que un mismo partido se ocupe cons- 
tantemente en hacerse la gu >rra ¡J sí mismo (lo 
que desgraciadamente no es sin ejemplo en otros 
países de civilización menos reciente; y que el 
lector italiano, pertenezca á la derecha ó á la iz- 
quierda (2) adivinará fácilmente), tiene por origen 
el carácter completamante personal de dicho par- 
tido; ó sea el vicio fundamental de obedecer, más 
(jue á la fuerza de una idea ó principio, como el 
nombre de partido indicaría, é la da los simples 



(1) Es necesario hacer una sola excepción, durante los á años 
trascurridos entre Agosto 1872 é igual mes de 1876 en que la Pre- 
sidencia de la .República fué ejercida por uno no militar. 

(2) El autor se refiere indudablemente al partido liberal italiano ; 
partido que ha hecho la revolución y la unidad de aquel pais, y que 
á pesar de tener las mismas aspiraciones, los mismos ideales, y los 
mismos principios fundamentales de Gobierno (salvo ligeras modi- 
ficaciones), so halla dividido en dos grandes grupos, derecha y 
Izquierda, que á sus vez se subdividen todavia en otras muchas 
fracciones casi siempre en lucha entre ellas. (Nota del Traductor). 



GUERRA DE AMERICA 195 



intereses individuales ; los cuales fueron siempre 
sus móviles exclusivos, como explicaremos breve- 
mente. 

Cuando estalla una revolución con el pronun- 
ciamiento de uno ó más batallones el jefa de la 
misma se dedica inmediatamente á organización 
de un ejército más ó menos numeroso, capaz de 
combatir al que ha permanecido fiel al Gobierno ; 
y encontrándose ó no con militares á la mano, crea 
en el círculo de sus amigos y de todos aquellos 
desocopados que inmediatamente le rodean con la 
esperanza de crear una posesión, un Estado Mayor 
siempre abundante de oficiales de ocasión ; los cuales 
para asegurarse las grados tan fácilmente recibidos, 
se apresuran á reclutar en los campos, de grado 
ó por fuerze, entre las clases más bajas de la so- 
ciedad, los batallones y los regimientos que deban 
mandar. Formado de este modo el ejército de la 
revolución, si ésta triunfa, se convierte en ejército 
del Estado ; y los oficiales improvisados entre los 
amigos antiguos ó nuevos del revolucionario ven- 
cedor, son incorporados definitivamente en el esca- 
lafón de la oficialidad del Estado. 

En cambio de esto, los oficiales que antes se 
encontraban en activo servicio, y que pertenecían 
al ejército del vencido Gobierno, son mandaos á 
sus casas con una parte de sueldo y con el cará- 
cter de indefinidos, vulgarmente llamados caídos. 
Estos sin embargo, no aspiran más que á volver 
á su antigua posición, para gozar otra vez de todo 
el sueldo de sus grados respectivos; y á la primera 
ocasión favorable que se presenta, corren á tomar 
las armas, organizando prontamente un nuevo 
ejército, del cual forman parte en primer lugar los 



196 HISTORIA DE LA 



amigos del pretendiente que levanta la bandera de 
la rebelión, como sucediera para la formación del 
de la anterior revolución, convertido después en el 
ejército del Gobierno que han de combatir; cuyos 
oficiales, si pierden, pasan á su vez al estado de 
caídos, para en seguida dedicarse a su vez á hacer 
otra revolución. 

Esta repetidas revoluciones que se suceden á 
pequeñas distancias las unas de las otras, creando 
cada una de ellas un gran número de nuevos ofi- 
ciales tomndos en las clases agrícola y obrera, ó 
en la de los vagos y desocupados, que los unos 
despué- de los otros pasan todos á engruesar la 
inmensa fila de los indefinidos ó caídos, para luego 
volver en parte á sus respectivos grados con las 
rebeliones sucesivas, dan como inmediata conse- 
cuencia, que además de los oficiales en activo ser- 
vicio, se encoentre siempre en toda la República y 
principalmente en Lima, un número diez o doce 
veces mayor de caídos; los cuales, arrastrando una 
vida completamente ociosa con el pequeño sueldo 
de indefinidos que les paga el Estado, además de 
gravar enormemente los presupuestos del erario 
público, se encuentran siempre dispuestos á tomar 
parte en una revolución, con el único objeto de 
volver á entrar en activo servicio y hacer carrera, 
prontos siempre al primer grito de revuelta lanzado 
por un General ó Coronel caído como ellos, que 
posee medios propios ó prestados para organizar 
una revolución, abrazan su causa que es general- 
mente sino puramente personal, por motivo que 
son también ab-olutamente personales é indivi- 
dúalos. 

Y ^on precisamente esto> oficiales, que juegan 



GUERRA DE AMERICA 197 

constantemente á las cuatro esquinas entre ellos, 
y cuyas filas se engruesan todos los dias, los que 
forman el así llamado partido militar ; partido 
disolvente y desorganizador, formado en su mayor 
parte de g^nte sin oficio ni beneficio, acostumbrada 
á vivir á expensas del Estado, holgazana y preten- 
ciosa, para lo cual todo pretexto es hábil para 
levantar la bandera de la rebelión, y que mantiene 
siempre viva ¡a rivalidad de las razas, para servirse 
de ella como instrumento de su desenfrenada am- 
bición. 

Sin la maléfica influencia que ejerce este milita- 
rismo de nuevo género; es indudable que se habría 
verificado con el tiempo, sino una fusión completa 
de las tres razas, por lo meaos una armonía siempre 
creciente, y precursora de una fusión nada remota 
puesto que si exceptuamos la desenfrenada ambi- 
ción de algunos, tanta militares como paisanos, de 
los cuales, hablaremos á continuación; ambición 
que lleva consigo su correspondiente cortejo de 
vicios, el carácter del peruano, a cualquiera clase 
ó raza que pertenezca, es generalmente bueno y 
generoso: cualidades que debe en gran parte á 
la benéfica influencia que sobre él ejerce la madre, 
la esposa ó la hija, la mujer peruana, en una pa- 
labra, que además de los encantos físicos, reúne 
en sí cualidad morales de primer orden, tanto por 
la inteligencia y cultura de mente, como por nobleza 
de ánimo y esquisita delicadeza de sentimientos. 

La mujer peruana, sea criolla, indígena ó mestiza, 
y cualquier que sea la clase social en que se en- 
cuentre, es casi siempre superior al peruano que 
vemos á su lado: capaz de todo género de virtudes, 
que con frecuencia lleva hasta la abnegación, se 



198 HISTORIA DE LA 



dedica sin descanso á mejorar y ennoblecer el moral 
del sexo fuerte. Como corroboración de semejante 
principio, además de la constante observación directa, 
tenemos tembién la indirecta; la cual nos hace ver, 
que todos aquellos que se sobrepusieron á las in- 
fluencias de familia, ó que por excepción tuvieron 
mala madre ó mala esposa, no son por lo general 
nada ejemplare.-. 

Los malos hábitos y los deplorables efectos del 
militarismo son muy conocidos en el Perú; donde 
no dejó pasar un instante sin declamar contra 
ellos. Esto es tfm cierto, que apesar de que la 
carrera militar fué considerada siempre, atenién- 
dose á los hechos, como la única que podía abrir 
el camino de la suprema magistratura del Estado, 
habiendo salido exclusivamente de ella, salvo casos 
conlados, los Presidentes de la República; ha sido 
siempre y es, sin embargo, \h carrea menos esti- 
mada en el Perú, de la cual huyen con horror 
excepto raras ocasiones, los hijos de buena fa- 
milia, y todos aquellos que en general se estiman 
en algo. 

Sucede en la carrera militar en el Perú, algo 
parecido y aún peor que en la carrera eclesiástica 
en muchas provincias de Italia, sobre todo en las 
meridional, donde habiendo caído aquella en 
gran descrédito, solo es abrazada por las más hu- 
mildes clases sociales, como primer escalón de 
mejoría social. 

Sin embargo, cuanto acamabos de decir no debe 
referirse más que á la sola oficialidad del ejército 
propiamente dicho; puesto que en cuanto á la ma- 
rirj.i las cosas cambian comptetamente de aspecto. 
Los oficiales de marina, debiendo poseer una ins- 



GUERRA DE AMERICA 11)9 

trucción especial adquirida desde jóvenes en los 
colegios y escuelas adecuadas, y no pudiendo im- 
provisarse tan fácilmente como los de tierra, sim- 
plemente con ceñirles un sable que las más de las 
veces no saben manejar, no pudieron salir y no 
salieron jamás, sino del seno de la mejor raza y 
clase social; así es que no pueden de ninguna 
manera ser confundidos con los otros, de los cuales 
les separa todo un abismo, como quedó probado 
en la presente guerra. En los oficiales de marina 
se encontró instrucción, valor y patriotismo ver- 
dadero, no de palabras, y ciertamente bien dife- 
rente hubiera silo el éxito de la guerra, si hubie- 
sen tenido una buena, ó por los menos, regular 
escuadra que mHnd »r. 

Por aquella ley natural en los acontecimientos, 
que exige que uno arrastre otros tras de sí, que 
quizás no hubieran tenido ra/.ón de ser el primero, 
al lado del militarismo surgió poco á poco un 
circule de intrigantes ó especuladores políticos, que 
hacía causa común con él y dividía su suerte ba- 
jando y subiendo, cfcyendo y levantándose por frac- 
ciones con él, según los diversos resultados de 
las campañas electorales ó revolucionaria. 

Hnbié idose convertido el supremo poder del Es- 
tado en patrimonio casi exclusivo de los militares 
más ó menos afortunados en los campos revolu- 
cionarios, los paisanos ambiciosos recurrieron á 
los partidos políticos para acercarse al solio presi- 
dencial ó dictatorial, y gozar sus favores. Después 
de haber concurrido á preparar el terreno á la re- 
volución sea con la oposición ai Gobierno en las 
Cámaras legislativas, sea suministrando fondos 
para armas, sea con la prensa, con la intriga ó 



200 HISTORIA DE LA 

con la conspiración, estos intrigantes políticos se 
lanzaban como chacales afamados sobre el triun- 
fador llegado al poder, ora para dividirlo con él 
como Ministros ó de otra cualquier manera, ora 
para pretender favores de alguna consideración. Y 
el pasagero Jefe del Estado, que había triunfado 
con su ayuda más ó menos eficaz, en parte por 
gratitud, y principalmente por temor de verlos en- 
trar en nuevos planes revolucionarios contra el, se 
hallaba obligado, de grado ó por fuerza, á soportar 
y satisfacer sus exigencias. De aquí las grandes 
malversaciones de fondos públicos, y las muchas 
operaciones tan perjudiciales para el Estado, 
hechas siempre, según ellos, á exclusivo beneficio 
de la hacienda pública ; pues, á oírlos hablar, están 
siempre dispuestos á sacrificarse por la justicia, 
por el púb'ico bienestar y por cuanto de más sa- 
grado hay en el mundo. Por lo demás, este sistema 
de proclamar siempre á voz en grito las magní- 
ficas frases de justicia, lealtad, abnegación, virtud, 
etc. etc., al mismo tiempo que se hace de ellas la 
más inicua befa, es propio de todos los intrigantes 
de todos los tiempos y lugares; de manera que no 
puede maravillar á nadie. 

Temiendo ver caída de un momento á otro la 
situación con la cual podían obtenerlo todo, estos 
tramoyistas políticos de la pandilla triunfante se 
daban siempre toda la prisa posible en aprove- 
charse de su influencia, para sacarle el jugo en 
todos sentidos antes que desapareciese la ocasión 
favorable. De consiguiente patrocinaba, sin siquiera 
mirarlo, el primer gran negocio que se le ponía 
entre las manos. Y no mirando más que el propio 
interés v á la necesidad de obrar con prontitud, 



GUERRA DE AMERICA 201 

frecuentemente, para ganar ellos, una miserable 
fracción de diez ó veinte, hacían perder al Estado 
ciento y mil, en una ruinosa operación que otros 
después de ellos, y por la mismas razones, empe- 
oraban todavía más. 

Esta es, en pocas palabras, la historia de todo 
el gran movimiento económico del Gobierno pe- 
ruano, salvo raras excepciones, en cuanto se re- 
fiere á empréstitos, obras públicas y venta de bienes 
nacionales. Es esta, en resumen, la historia del 
guano; de este considerable tesoro que el Perú ha 
visto desaparecer gradualmente con poco ó ningún 
provecho suyo, para ir a enriquecer los grandes 
especuladores extrangeros; los cuales no tenían 
más que hacer, para apoderarse de él, que dejar 
caer una parte sumamente mezquina entre las 
manos de algún tramoysta político de la pandilla 
triunfante; y esta es tamben la historia de la 
fiebre de los caminos de hierro que devorara tantos 
y tantos millones, como asimismo la del salitre 
de Tarapa -á, que no ha producido al Perú, más 
que deudas. 

El daño producida al país, por esta pandilla de 
intrigantes políticos, opimo fruto del militarismo, 
es indublamenta mucho mayor que el producido 
directamente por el militarismo mismo; el cual, 
viniendo de las más modestas capas del orden so- 
cial, y privado de toda autoridad moral, no hubiera 
producido más que los d^ños materiales de las 
revoluciones, relativamente insignifi -antes, si cuando 
tomaba en sus manos las riendas de Gobierno hu- 
biese encontrado siempre en la clase culta é ins- 
truida (de la cual tenía que echar mano como e- 
fectivamente echó mano casi siempre para el ma- 



202 HISTORIA DE LA 



nejo de los asuntos de la pública administración), 
ministros y consejeros íntegros, únicamente inspi- 
rados por los verdaderos intereses del país y por 
la voz de su deber. Teniendo dicha clase culta, 
como en realidad tuvo casi siempre, la dirección 
de los asuntos públicos, bajo la supremacía más 
ó menos nominal del General ó Coronel puéstose 
á la cabeza de la República, hubiera podido con 
mucha facilidad imprimir un buen rumbo á la 
barca del Estado, y mantenerla con sus esfuerzos 
siempre á flote, en medio ú los repetidos y mo- 
mentáneos sacudimientos de las revoluciones; 
cuyos efectos directos é inmediatos, además del 
sacrificio de las siun >s ga4ndas en la revolución, 
se hubieran reducido únicamente á mudar la per- 
sona revestida aparentemente de la ^uprema au- 
toridad, y el cambio de la oficialidad llamada al 
mando del ejército. 

Desgraciadamente, este puesto que debí i ser o- 
cupado por la parte más sana de la mejor clase 
social, fué tom-ida por asalto, salvo rar/is y hon- 
rosas excepciones (1), sobre t do en Jos últimos 
veinte años, por aquella de sus fracciones preci 
sámente que mimos lo merecí. i ; ó sea por el men- 
cionad, circulo de las j»andillns políticas, compuesto 
de insacinbles expeculadores reclutados entre t"das 
las razas y clases sociales, y cuyo nú-leo principal 
salía precisamente de dicha clase privilegiada, ar- 



il: Muy honrosas excepciones fueron por ejemplo, los sabios é 
Íntegros magistrados Dr. D. Juan Antonio Ribeyro, Dr. D. Eusebio 
Sánchez. Dr. 1». Teodoro Larosa y otros, que en diversas épocas 
fueron llamados á regir los más importantes ministerios del Perú. 
Pero la atmósfera gubernativa se hallaba tan viciada que ninguno 
de ellos pudo permanecer largo tiempo. 



GUERRA DE AMERICA 203 

tificialmente engruesada en estos últimos tiempos 
por no pocos hijos de efortunados mercachifles 
extrangeros, que con el solo objeto de formar parte 
de dicho < írculo de intrigantes políticos renunciaron 
á la naciolidad paterna, obtando por la del Perú, 
á la que les daba derecho su nacimento en el 
suelo de la República. 

El partido militar y el círculo afine del pandillage 
político son, de consiguiente, independientemente 
de la diferencia de razas que fué causa primordial, 
las dos llagas sociales del Perú. Verdaderas llagas 
cancerosas, el militarismo y la intriga especuladora 
de los falsos políticos (il militarismo e l'ajfarismo) 
lo han roído y lo roerán siempre hasta dejarlo ca- 
dáver, si un Gobierno fuerte é intransijente no 
consigue frenarlos y moralizarlos, teniéndoles siem- 
pre lejos del poder y de toda intervención, aún 
indirecta, en el manejo de los asuntos públicos. 

Una vez destruidos ó reducidos á la impotencia 
estos dos elementos de desorganización social — 
el militarismo y la intriga especuladora de los 
falsos políticos — no sería nada difícil á la parte 
sana y eminentemente respetable de la sociedad 
peruana, que existe muy numerosa, y que las men- 
cionadas causas tuvieron casi siempre alejada de 
la dirección del Estado, el hacer desaperacer poco 
á poco t> da rivalidad de raza, y conducir al Perú 
á aquel grado de prosperidad y de grandeza á que 
por tantas razones está llamado. 

Una tentativa de reforma en este sentido fué 
puesta ya en vías de hecho en 1872, por el así 
llamado partido civilista, para distinguirlo y hacer 
contraposición al militarismo. La lucha fué larga 
y encarniz8cla, y terminó con la victoria del civi- 



204 HISTORIA DE LA 



lismo, de cuyas filas salió el Presidente de la Re- 
pública en la persona del distinguido ciudadano 
don Manuel Pardo, hombre lleno de inteligencia y 
buena voluntad (que conocimos personalmente) y 
sobre todo de una integridad a toda prueba. 

Desgraciadamente tres diversas causas concur- 
rieron, no tan solo á fustrar los buenos efectos 
que semejante tentativa debía producir, sino tam- 
bién á hacerla momentáneamente más perjudicial 
que útil. 

1.° En el momento en que el Presidente Pardo 
tomaba en sus manos las riendas del Estado, la 
hacienda pública se encontraba ya en plena ban- 
carrota, solamente encubierta hasta entonces por 
medio de los mil subterfugios á los cuales se había 
recurrido en la administraciói precedente: siendo 
así que, tan luego como él se ocupó en hacer una 
situación limpia y precisa, poniendo un límite á 
los desastrosos expedientes que aumentaban cada 
dia más sus deplorables condiciones, aparecieron 
éstas de pronto como la más tremenda de las rea- 
lidades á los ojos de la Nación, que creía nadar 
en oro, y que se quedó perpleja entre la incredu- 
lidad y aturdimiento; tomando motivo de esto los 
perpetuos revoltosos, para hacer creer al público 
ignorante que todo el mal prevenía del Presidente. 
Durante los cincuenta añ ^s de presidencia militar, 
decían ellos, sabíamos que héramos ricos, y lo 
fuimos efectivamente, puesto quo todos ó casi todos 
vivíamos del Estado: hoy que ha venido el civilismo 
al poder, en vez de las pasadas riquezas no tene- 
mos más que deudas y miseria; de consiguiente el 
civilismo es nuestra ruina, y es necesario derribarlo. 
Esto produjo á Pardo una gran impopularidad en 



GUERRA DE AMERICA 205 



las clases inferiores y las muchas revoluciones que 
lo atormentaron. 

Del resto, no hay de que maravillarse, pues éstas 
son siempre las consecuencias de las malas ge- 
rencias. El antecesor que lo dilapidó todo, escon- 
diendo la ruina á la cual se encaminaba, era para 
el vulgo de un hombre eminente; mientras que el 
heredero, que sufre y trabaja, poniendo un dique 
á las dilapidaciones, para detener la corriente rui- 
nosa antes que se haga irremediable?, es un per- 
verso. 

2.° La intentada reforma fué por sí misma in- 
completa ; porque dirigida á combatir al enemigo 
más manifiesto, al militarismo, no se precavió bas 
tante del otro mucho más peligroso, aunque menos 
visible, de los falsos políticos ó especuladores, los 
cuales fueron casi la fuerza principal, y hasta di- 
ríamos el alma y la vida del movimiento. La fracción 
del círculo del pandillage político, que durante la 
administración precedente del Coronel Balta, la 
más rica en favores, había permanecido no sola- 
mente alejada del banquete de la disipación de los 
tesoros públicos, sino también perjudicada por la 
influencia ejercitada por el partido entonces domi. 
nante, se entremetió sagazmente, con el objeto de 
tomar la revancha, en el partido civilista de buena 
fé, compuesto de la mejor gente del país; y escon- 
diendo sus verdaderas miras, fué la que más ar- 
diente y activamente trabajó para que el éxito co- 
ronara los esfuerzos de dicho partido. Por ésto, 
cuando después del triunfo de la causa civilista, 
la parte sana del partido, que no tenía ningún fin 
personal, volvió á su quietud normal, ella se estre- 



206 HISTORIA DE LA 



chó por el contrario, según costumbre, bastante 
más al rededor del Jefe del Estado; el cual, con- 
fiado de no tener á su lado más que amigos leales 
animados de sus mismos sentimientos honrados y 
desinteresados, sufrió lenta é inconscientemente su 
desgraciada influencia. 

Los dos grandes errores cometidos por Pardo, 
la pública manifestación hecha en el Congreso, de 
las malas condiciones en que había encontrado la 
hacienda del Estado, y la casi institución del papel- 
moneda, fueron efecto precisamente de las inspi- 
raciones de estos secretos afiliados del círculo de 
los especuladores políticos (affaristi). 

Mientras al exponer francamente la deplorable 
condición económica del Estado, la grande ánima 
de Pardo se proponía únicamente hacer una llamada 
al país, para que saliendo del viejo camino de la 
ciega dicipación, comprendiesen todos, desde un 
extremo al otro de la República, la necesidad de 
entrar en la birna senda de la honradez, del tra- 
bajo y de la economía— ellos, los especuladores- que 
lo impulsaran á este acto, se proponían por el con- 
trario dos objetos bastante más concretos: 1.° iniciar 
la guerra de represalias contra el afortunado con- 
tratista del guano, que durante los tiempos del 
Gobierno Balta lo arrancó de las manos de sus 
amigos ó socios; 2.° ganar las sumas enormes que 
debían producirles las operaciones de bolsa en Eu- 
ropa, al conocerse la casi bancarota del Perú, que 
ellos hacían proclamar sin creer en ella. 

Estas operaciones de bolsa debían consistir en 
la compra de acciones de la deuda peruana, con 
la gran rebaja que habrían debido sufrir á la llegada 



GUERRA DE AMERICA 207 

de semejante noticia, para luego venderlas á mejor 
precio cuando, conociéndose que dicha noticia no 
era más que una invención encaminada á asustar 
al pueblo, hubieran vuelto á su curso primitivo. 
Desgraciadamente para el Perú, siendo una rea- 
lidad su mal estado económico, dichas acciones 
siguieron bajando siempre, sin volver jamás á su- 
bir; siendo así que, en unión á los enormes per 
juicios públicos, sobrevino uno, nada diferente, á 
los mismos que los habían provocado y que resul- 
taron todos más ó menos arruinados en sus for- 
tunas. Y como los acontecimientos de cierta im- 
portancia raras veces permanecen aisladas, la ruina 
de estos individuos fué la causa originaria de. la 
crisis monetaria que aflijió al país desde 1873, y 
de la consiguiente circulación forzosa de los billetes 
de banco. 

Para hacer frente á las considerables pérdidas 
sufridas en Europa, los arriba citados individuos 
que no poseían más que el falso barniz de una 
aparencia engañadora, recurrieron á los capitales 
de uno de los Bancos de emisión del Perú, que 
'era el centro y principal madriguera de todos ellos, 
como lambién á los de algún otro Banco, de cuya 
dirección habían conseguido apoderarse; siendo 
así que en el intervalo de pocos meses desapareció 
casi todo el metálico que antes circulara en Lima, 
el cunl era enviado á Europa inmediatamente qae 
entraba en las cajas de dichos Bancos, y susti- 
tuido en la plaza por sus billetes de curso fidu- 
ciario, cuya emisión aumentaba de día en día. 

Sin embargo, después de haber continuado re- 
gularmente casi por dos años consecutivos, este 
secreto manejo de los Bancos se aproximaba ú 



208 HISTORIA DE LA 



pasos ajigantados á la merecida catástrofe de una 
quiebra vergonzosa, que hubiera indudablemente 
descubierto todas sus magañas, el público comenzó 
de repente á rehusar sus billetes; y los interesados 
especuladores no vieron más que un solo remedio 
para evitar la ruina de los Bíneos, que en realidad 
no hubiera sido más que la de ellos, y la salvación 
del público: este ingenioso remedio era el de recu- 
rrir al Gobierno, para hacerle declarar el curso 
forzoso de aquellos mismos billetes que el público 
no quería recibir. Esto no era muy fácil, y hubiera 
sido absolutamente imposible, si tantas y tan di- 
versas circunstancias no hubieran venido en su 
ayuda. 

Casi todos los pequeños empréstitos interiores 
del Perú habían sido contratados hasta entonces 
de la manera más ruinosa que se pudo imaginar 
ó sea pagando frecuentemente el interés de uno ó 
dos por ciento mensual, ademas de una comisión 
ó derecho de mediación que á veces llegó hasta 
el tres por ciento: y esto sin contar que los que 
ordinariamente hacían tales empréstitos — algunos 
consignatarios del guano— no prestaban al Perú 
más que su mismo dinero; ó sea el producto de 
su guano ya vendido, y que todavía no había sido 
puesto en cuenta. En aquellos momentos precisa- 
mente, ó sea en el 1875, el Gobierno se encontraba en 
la más imperiosa necesidad de contraer un emprés- 
tito á toda costa; y repugnándole al Presidente Pardo 
el hechar mano del antiguo sistema, buscaba un 
medio ó camino mejor que no le se presentaba, 
cuando le fué ofrecido un empréstito relativamente 
ventajoso de parte y en nombre de los citados Ban- 
cos, á los cuales el Estado debía ya algunas sumas, 



GUERRA DE AMERICA 209 

siempre que se les exonerase por un tiempo deter- 
minado (que más tarde se hizo ilimitado) de la 
obligación de pagar en metálico sus billetes al por- 
tador: lo que significaba y significó efectivamente 
el curso forzoso de los mismos. 

Obligado por la urgencia, oprimido por los mo- 
vimientos revolucionarios, confiado en sus elevados 
planes financieros cuyos ventajosos resultados per- 
mitían al Estado subsanar fácilmente todos los 
perjuicios del momento, y persuadido, como se le 
hacía creer, que el deplorable estado de los Bancos 
fuese precisamente de los empréstitos anteriormente 
hechos al Gobierno, el Presidente aceptó la oferta; 
y de este modo los encubiertos especuladores pu- 
dieron reparar sus propios males á expensas de 
los habitantes del Perú, tanto nacionales como ex- 
trangeros, que con el creciente descrédito del papel 
moneda, cuyo actual valor es casi nulo, han visto 
poco á poco disminuidas y casi completamente 
destruidas sus fortunas (1). 

3.° Además del tiempo suficiente p8ra desarrollar 
sus vastos planes económicos, faltó á Pardo un 
sucesor digno de él que continuase su obra. Al 
terminar los cuatro años de su presidencia, su más 
grandioso plan financiero concerniente al salitre 
de Tarapacá, había comenzado apenas á ser puesto 



(1) Después de algún tiempo, el Gobierno siguiente de Prado 
convirtió en papel del Estado casi toda la emisión de billetes de 
los Bancos, pagando de este modo- la deuda que habia contraído con 
ellos. Aumentada notablemente por el Estado en estos últimos tiem- 
pos, para acudir á los gastos de la guerra, la emisión del papel 
moneda pasa actualmente de cien millones de soles; y su agio es 
tal quo el sol de papel, cuyo valor nominal es de cinco liras italianas 
hoy 25 de Julio 1881 (en Lima donde escribimos estas lineas) no 
vale más que 32 céntimos de lira en metálico. 



210 HISTORIA DE LA 



en ejecución; y su sucesor el General Prado, hom- 
bre honrado pero de estrechas miras , dejadose 
alucinar por el acostumbrado círculo de embro- 
llones políticos, permitió que estos últimos, erigiendo 
el salitre de Tarapacá en una vergonzosa cucaña 
para todos ellos, convirtieran el apenas iniciado 
proyecto de Pardo, que indudablemente era llamado 
á restaurar la hacienda pública en un nuevo ma- 
nantial de desastres para el erario. 

Los acontecimientos se entrelazan á veces de tal 
manera entre ellos, aún los independientes de la 
humana voluntad, como si tuvieran mente y vida 
propias, para disponerse en modo de llegar á un 
resulado determinado; y fué e.-to precisamente lo 
que hizo surgir entre nuestros remotos ascendientes 
de las primeras épocas de la humanidad, su erró- 
nea creencia en la existencia de un hado que pre- 
sidía á semejante encadenamiento. Todo parece que 
conjurase, la ciega muerte inclusive, contre aquel 
civilismo, que, él solo, podía y podrá algún día 
arrancar al Perú del profundo abismo de su ruina. 

El hombre llamado á succeder ú Pardo en la 
Presidencia de la República era el eminente juris- 
consulto José Simeón Tejeda; y ya todo el país, 
"\ceptuando los afiliados al militarismo y á la in- 
triga, tenia puestos los ojos en él, cuando la muerto 
lo llevó todavía joven al sepulcro, ó fines de 1873. 
Robusto de mente, firme en su propósitos, íntegro 
hasta el punto de excluir la sospecha en el ánimo 
mismo de los perversos, tan fáciles siempre á decir 
mal de todo, José Simeón Tejeda hubiera no sola- 
mente continuado, sino perfeccionado y completado 
en todas sus partes el sistema iniciado por Pardo, 
de regeneración política, social y económica del Perú» 



GUERRA DE AMERICA 211 



Muerto él, el partido civilista quedó un poco des- 
concertado; y antes que designara quien debía re- 
coger tamaña herencia, intrigantes y militares se 
apresuraron á presentar el nombre del General 
Prado; nombre que debía costar tantas lágrimas 
al desgraciadn Perú. 

Dos circunstancias militaban en favor de prado; 
los prósperos acontecimientos de 1866 contra Es- 
paña, y el haber permanecido desde 1867 ausente 
del perú, de donde fué echado con una revolución 
de silbidos. Los silbidos fueron pronto olvidados; 
y su largo destierro le dio á los ojos del vulgo un 
carácter de víctima, que el mérito de los hechos 
de 1866 realzaba inmensamente; mérito que en 
realidad era de sus Consejeros y de los marinos 
del Perú, no suyo, pero que caía aparentemente 
sobre él como Jefe del Estado. Estas circunstancias 
de las cuales sacaron hábilmente partido lo anhe- 
lantes militares é intrigantes, unidas á la pérfida 
voz que se había hecho correr entre la población 
de ser el desastroso estado económico del Perú, 
no una realidad sino una simple consecuencia del 
civilismo, y que desaparecería con él, dieron como 
resultados que el nombre de Prado fuese aceptado 
solícitamente por el vulgo: fácil presa siempre, en 
todos tiempos y lugares, de la impúdica charla- 
tanería de los intrigantes. 

Es notorio cuan fdcilmente los pueblos se albo- 
rotan con ciertos entusiasmos, la mayor parte de 
las veces absurdos, y cuan difícil es contrariarlos 
ó simplemente intentar persuadirlos de su error ¡ 
por esto, el partido civilista, temiendo chocar muy 
de frente con la así llamada opinión pública, dejó 
seguir su curso natnral á los acontecimientos. 



212 HISTORIA DE LA 



El General p.'ado, y con él el antiguo militarismo, 
asumió la presidencia en Julio de 1876. Ya hemos 
dicho algo de su gestión, pero no es todo. 

Aunque el partido cioilista, en vez de hacerle la 
guerra, lo hubiese más bien favorecido en su ele- 
cción, no hay que discutir si con buena voluntad 
ó sin ella, Prado, ó por mejor decir el círculo de 
intrigantes que lo dirigía, sabía muy bien que ha- 
bría encontrado una seria oposición en el Congreso 
Nacional, compuesto en su mayor parte de civilis- 
tas amigos del ex-Presidente Pardo, todas las veces 
que hubiese intentado volver al antiguo sistema 
de desgobierno y de dilapidación del tesoro público. 
De consiguiente, su primer pensamiento fué el de 
deshacerse de un Congreso que preveía hostil; y 
no dándole la Constitución del Estado la facultad 
de disolverlo, recurrió a la idea de un plebiscito 
nacional que, desconociendo la autoridad de dicho 
Congreso, pidiese la convocación de una Asamblea 
Constituyente. 

Este proyecto que por sí sólo acarreaba ya una 
gran perturbación en toda la República, se hizo 
todavía peor por los medios que se pusieron en 
práctica para llevarlo á cabo. Los agentes del Go- 
bierno, principiando por algunos Prefectos de los 
diversos departamentos de la República, comen- 
zaron á esparcir entre la población la peligrosa 
idea, de que era necesario sacar á las últimas cla- 
ses suciales del estado de prostración en que se 
encontraban, y que para llegar á este resultado 
era necesario reducir á la impotencia la clase culto 
é instruida, como la sola enemiga de ellas; y para 
esto, disolver aquel Congreso en el cual dicha clase 
se hallaba en mayoría, para convocar en seguida 



GUERRA DE AMERICA 213 

una Asamblea Constituyente que, amiga del pueblo, 
mirase en primer lugar á sus intereses. 

Semejante trabajo del Gobierno no fué estéril 
de resultados, y pronto comenzaron á afluir de los 
diversos departamentos de la República, en 1877 
y 78, las así llamadas actas populares firmadas 
por numerosos ciudadanos de las clases inferiores, 
en las cuales se pedía precisamente, á la par que 
la disolución del G mgreso legaimente constituido, 
la inmediata convocación de una Asamblea Cons- 
tituyente. 

En fin, el Gobierno, para hacer triunfar una 
mezquina intriga de pandillage político y de inte- 
reses personales, promovió y agitó u ía tremenda 
revolución social, una lucna de clases que no podía 
dejar de desorganizar completamente el país, para 
arrastrarlo luego en una guerra civil da las más 
terribles y encarnizadas. 

Primer fruto de esta lucha fratriciia que rugía 
más ó menos sordamente, desde algunos meses, 
sobre toda la vasta extención de la República, fué 
la muerte del ex- Presidente don Manuel Pardo, 
asesinado en Noviembre 1878 en el recinto mismo 
del Senado del cual era Presidente, y por el sar- 
gento mismo que mandaba la guardia de honor 
de la puerta. 

El asesinato de Manuel Pardo, podemos decirlo 
con toda seguridad, sobre todo en consideración 
á las circunstancias y al momento en que tuvo 
lugar, fué algo más que el asesinato de un hombre ; 
fué el asesinato del Perú. 

Existiendo Pardo — que era una gran fuerza por 
sí mismo, y que concentraba en su persona, en 
aquellos momentos por lo menos, toda la del par- 



214 HISTORIA DE LA 



tido civilista y de la inmensa mayoría honrada 
del país — ó la guerra con Chile no habría tenido 
lugar, ó hubiera tenido un éxito bien diverso. 
¡Quién ignora la influencia que puede ejercer un 
solo hombre sobre los destinos de un pueblo, en 
circunstancias y condiciones dadas! Por lo demás 
la historia esiá ahí para decirnos que, con frecuencia, 
se encerró en un solo hombre toda la vitalidad de 
un pueblo; y que de ua solo hombre dependieron 
muchas veces los destinos de grandes y poderosas 
naciones. 

La sangre ilustre de Manuel Pardo acabó de 
abrir el abismo que había comenzado á dividir las 
clases superiores de las inferiores; y los antiguos 
partidos políticos que— ya existían independientemen- 
te de la reciente cuestión de las clases, encontraron 
también ellos en este acontecimiento un nuevo 
elemento de odio. Las pasiones se encendieron des- 
mesuradamente por todas partes; y el Gobierno 
que, aunque sin quererlo, y buscando un resultado 
bien diferente, había sido una de las causas prin- 
cipales de tan horrible orden de cosas, no sabía él 
mismo que partido tomar, ni de quien tenía má-i 
que temer, si de los amigos ó si de los enemigos. 

Amenazado por el tremendo choque de dos re- 
voluciones diferente-, que amba3 hubieran contri- 
buido á destrozarlo para pelear entre sí sobre ?-u^ 
ruinas, el Gobierno se encontraba sin autoridad 
moral y sin fuerza material sobre la cual pudiera 
calcular: se hallaba en la mísera condición del niño 
que, habiendo pegado fuego á las cortinas del lecho 
sin saber preveer las consecuencias, llora ysed3s- 
espera en su impotencia, cuando vé que las llamas 
amenanzan devorarlo. 



GUERRA DE AMERICA 215 

Fueron estas deplorables condiciones del Perú, 
como ya hemos dicho, las que principalmente de- 
cidieron á Chile á llamarlo tan solícitamente sobre 
los campos de batalla; fueron estas mismas con- 
diciones también, las que lo arrastraron de de- 
sastre en desastre bajo el férreo talón del de un 
enemigo tanto más inexorable cuanto más cierto 
estaba de que, no había sido mérito suyo, si la 
bandera del colonial presidio de Valdivia llegará 
ultrajosa y amenazadora á plantarse sobre la anti- 
gua mansión de los Vireyes (1). 

(*) «La civilización peruana tuvo su nacimiento 
en el valle del Cuzco, que es la región central del 
Perú.... El Cuzco era la .mansión real y contenía 
las amplias moradas de la alta nobleza: el gran 
templo del sol, al que acudían peregrinos desde 
los más remotos límites del imperio, era el edi- 
ficio más magnífico del Nuevo Mundo.... La forta- 
leza del Cuzco, cuyos restos exitan hoy todavía 
por su tamaño la admiración del viajero, no era 
más que una parte de un vasto sistema de forti- 
ficar establecido por los Incas en toda la extención 
de sus dominios.... aunque no empleaba ninguna 
especie de argamasa, los diferentes trozos estaban 
tan admirablemente unidos, que era imposible in- 
troducir entre ellos ni la hoja de un cuchillo: el 
tamaño de estos trozos era inmenso, pues los había 
de 38 pies de largo, 18 de ancho, con 6 de espesor. 

« Los palacios reales eran edificios magníficos.... 
Cubrían las paredes numerosos adornos d? oro y 



(1) Valdivia, ciudad de Chile, era durante el régimen colonial, el 
presidio donde se enviaban todos los delincuentes del Perú, 



216 HISTORIA DE LA 



plata.... con estos espléndidos adornos se mezclaban 
ricas telas de brillantes colores, tejidas con la de- 
licada lana del Perú, y tan hermosas que los So- 
beranos españoles, que disponían de todo lo que 
podían proporcionar Asia y Europa, no se desde- 
ñaban de usarlas. 

«La nobleza áA Perú consistía de dos órdenes ; 
la primera, y sin comparación la más importante, 
era la de los lacas que, precian lose d^ descender 
del tronco mismo de su S >berano, vivían por de- 
cirlo así, en el reflejo de la luz de su gloria. Gomo 
los monarcas peruanos se aprovechaban muy es- 
tensamente del derecho de la poligamia, dejando 
familias de ciento aún de doscientos hijos,' los no- 
bles de la sangre real llegaban á hacer con el 
tiempo muy numerosos.... La otra orden de nobleza 
era de los curacas, caciques de las naciones con- 
quistadas ó sus descend¡ent,es.... La nobleza Inca 
era en realidad la que constituía la verdadera fuerza 
de la monarquía peruana.... aunque vivía principal- 
mente en la capital, también sus individuos estaban 
distribuidos por todo el país ei todos los altos 
destinos y en todos los puertos militares fortifica- 
dos. Los nobles además poseían una preeminencia 
intelectual que los real¿ab* á los ojos del pueblo 
tanto como su rango mismo. 

« H «bía tamhiéii tribunales de justicia.... Se lle- 
vaba un registro de todos los nacimientos y de- 
funciones que ocurrían en toda la extensió i del 
país, y cada año se enviaba al Gobierno un censo 
de toda la población por medio de los quipus.... 
El quipus era una cuerda como de dos pies de 
flargo, compuesta de hilos de diferentes colores 
uertemente retorcidos y éntrela <v ados, de la cual 



GUERRA DE AMERICA 2l7 

salía una multitud de hilos más pequeños en forma 
de franja. Los hilos eran de diferentes colores y 
habían en ellos muchos nudos. Los colores re- 
presentaban objetos tangibles, y también algunes 
veces ideas abstractas. Los nudos servían de nú- 
meros, y se podían combinar de manera que re- 
presentasen cualquier cantidad que se quisiese: 
por medio de ellos ha -ían sus cálculos con mucha 
rapidez, y los primeros españoles que fueron á a- 
quel pnís atestinguan la exactitud de éstos. 

« Tod > el territorio estaba cultivado por el pue- 
blo.... todas las mujeres conocían muy bien el arte 
de hilar* y t^jer.... La ociosidai era un crimen á 
los ojos de la ley, y como tal se castigaba seve* 
rame ite ... Todos los añ >s hacían un inventario de 
los diferentes productos del país y de los puntos 
productores, y luego lo consignab m en sus regis- 
tros (quipus);.... que se trasmitían á la capital y 
se sometían al laca. 

« Muchos caminos atravesaban diferentes partes 
del reino; pero los más considerables eran los dos 
que extendían d^sde Quito al Cuzco, y que, par- 
tiendo otra vez de la capital, continuaban en la 
dirección del Sur hacía Chile. Uno de estos ca- 
minos atraveziba la gran l'anura elevada, y el otro 
corría por las t'erras bijas y orillas del océ íno.... 
Calcúlase la extensión del primero, de que no 
quedan má> que fragmentos, en 1502 millas.... En 
toda la longitud de estos caminos se habían cons- 
truidos posadas ó tambos, destinados para el des- 
canso del Inca y de su comitiva, y de los que via- 
jaban con carácter oficial: algunos d¿ estos edifi- 
cios tenían grandes dimensiones, y se componían 
de una fortaleza, cuarteles y otras obras militares. 



218 HISTORIA DE LA. 



« La protección del Gobierno á la agricultura se 
manifestaba en la medidas más eficaces.... A mu- 
chos puntos se llevó el agua p >r medio de canales 
y acueductos subterráneos, que eran obras verda- 
deramente gigantescas. Componíanse de anchas 
lozas de piedra, perfectamente ajustadas sin mezcla 
alguna, que por medio de compuertas dejiban sa- 
lir la canutad suficiente para regar las tierras por 
donde pasaba. Algunos de estos acueductos eran 
sumamente largos. Uno que atravesaba el distrito 
de Condesuyu, tenía de 400 a 500 millas de ex- 
tensión. Cerca de Caxamalca existe aun un túnel 
ó galeria que escavaron en las montañas para dar 
salida á las agua de un lago.... Los conquistadores, 
con su abandono, dejaron que se perdiesen muchas 
de estas útiles obras de los Incas. En algunos 
puntos aún corren las aguas en silencio por sus 
conductos subterráneos, y nadie ha tratado exa- 
minar y descubrir su curso y su origen .. 

« La lana de vicuña se depositaba el los alma- 
cenes para repartirla después al pueblo. La más 
ordinaria se convertía en vestidos para su propio 
uso, \ las más lina era para el Inca.,.. Los peru- 
anos manifestaban mucha destreza en la manu- 
factura de diferente- objetos para la casa del So- 
berano, de este delicado material: hacíanse poño- 
lones, vesiidos, alfombras, colchas y colgaduras 
para los palacios imperiales y los templos. El tejido 
era igual por ambos lados; su delicateza tal, que 
tenía el brillo de la seda; y el esplendor de sus 
colores exitó lá admiración y la envidia del fabri- 
cante europeo.... Ni era menor en otros ramos la 
destreza mecánica de los indígenas. En los alma- 
cenes reale- y en las huacas, ó sepulcros de los 



GUERRA DE AMERICA 219 

Incas, se han encontrado muchas muestras de tra- 
bajos curiosos y complicados. Entre estos hay vasos 
de oro plata, pulseras, collares, y otros adornos; 
utensilios de toda clase, algunos de barro fino, y 
muchos de cobre.... 

« Que ejecutasen todas estas obras difíciles con 
las herramientas que poseían, es cosa realmente 
maravillosa. No conocían el uso del hierro, aunque 
era sumamente abundante en el país. Las herra- 
mientas que usaban eran de piedra y más gene- 
ralmente de cobre. Pero el material en que con- 
fiaban para la ejecución de sus trabajos má-> difí- 
ciles, se formaba combinando una cantidad muy 
pequeña de estaño con cobre (1). Parece que esta 
composición daba al metal una dureza poco in- 
ferior á la del acero.... Entre los restos de los mo- 
numentos de Canax se ven unas argollas sueltas 
que atraviesan los lavios de animales y se mueven 
en todo sentido, siendo así que, argollas y cabeza, 
todo ello se compone de un solo y único trozo de 
granito. » 

G. N. Prescott. Historia de la Conquista del 
Perü, Libro I, Gap. I á V. 



=cT %X£íK 



(1) El eminente naturalista italiano don Antonio Raimondi. que 
ha estudiado prolija y doctamente toda la mineralogía del Perú 
opina, por el contrario, que fuese cobre con silex, extraído del sili- 
calo de cobre. 



Fuerzas de mar y tierra 
de los tres Estados beligerante. 

RESUMEN— Bolivia no tiene marina. — Blindados y otros buques 
de guerra de Chile: su fuerza y su armamento. — Blindados 
y otros buques peruanos : — Ejército boliviano. — Ejército pe- 
ruano. — Ejército chileno. 



§ I 
F^c*e>i?SBefc» navales 

No habiendo poseído nunca Bolivia ni la más 
pequeña embarcación de guerra, únicamente tene- 
mos que presentar á nuestros lectores el cuadro 
comparativo de las flotas de Chile y del Perú ; que, 
ateniéndonos á los datos oficiales más exactos pu- 
blicados en ambos países á la ruptura de las ho- 
stilidades, eran como sigue : 

ESCUADRA CHILENA 
lí ii «i 1 1 *» *» blintfaflos 

Lord Cochrane, con 6 cañones de á 300. 
Blanco Encalada, con 6 cañones de á 300. 



222 HISTORIA DE LA 



Baqnefi de madera 

3 Corbetas 

Chacabuco, con 9 cañones, de á 150, y 7 de á 
70 y 40. 

O'Higgins, con 9 cañones, de á 150, y 7 de á 
70 y 40. 

Esmeralda, con 12 cañones de á 68. 

2 Cañoneras 

Magallanes, con 4 cañones, uno de a 115 y 3 de 
á 70. 

Covadonga, con 2 cañones de á 150. 

Los dos blindados gemelos Lord Cochrane y 
Blanco Encalada, armados de 6 cañones de á 300 
libras, de las mejores sistemas modernos, y que 
hacen fuego sobre una batería abierta á todos los 
puntos del compás, tiene una coraza de nueve pul- 
gadas, la capacidad de 2032 toneladas y una fuerza 
motriz de mil caballos cada una, con una doble 
hrlice que las hace virar sobre si mismas, en caso 
necessario, con la mayor ligereza y rapidez. Como 
último pormenor, añadiremos que fueron con- 
struidos en Inglaterra, sin economía alguna, en el 
puerto militar de Hull, bajo la inmediata dirección 
del Constructor en jefe de la marina de guerra 
inglesa, y que fueron botados á la mar, uno en 
1874, y el otro en 1875. 

ESCUADRA PERUANA 

Blindado* 

Fragata Independencia, con 14 cañones, 2 de A 
150, y 12 de á 70—2004 toneladas -550 caballos 



GUERRA DE AMERICA 223 

de fuerza — coraza de cuatro pulgadas. Construida 
el año 1864. 

Monitor Huáscar, con 2 cañones de 300 en una 
torre giratoria — 1130 toneladas— 300 caballos de 
fuerza — coraza de cuatro pulgadas y media en el 
centro, y de dos y media pulgadas en las extre- 
midades-blindaje de la torre, cinco pulgadas y 
media. Construido el año 1865. 

finques «le madera 

Corbeta Unión, con 12 cañones de á 70. 
Cañonera Pilcomayo, con 6 cañones, 2 de á 70 
y 4 de á 40 (1). 

RESUMEN 

Chile.— 2 fuertes blindados y 5 buques de madera, 
con 12 cañones de á 300, 6 de á 150 y 30 de ca- 
libres inferiores. 

Perü.— 2 débiles blindados y 2 buques de ma- 
dera, con dos cañones de á 300, 2 de á 150 y 30 
de calibres inferiores. 

No hablamos de los buques trasportes, ni de 
Chile ni del Perú ; porque no constituyen sino 



(1) El Perú tenía también dos monitores de rio, el Atahualpa y 
el Manco-Capac, con dos cañones de á 500 cada uno, construidos 
muchos años atrás en los Estados Unidos, para maniobrar en el 
Misisipí ; pero no pudiendo andar por el mar sino remolcados, de 
modo que sólo con gran trabajo pudieron ser llevados al Callao el . 
año 1869, no podían servir, ni fueron empleados nunca, más que 
anclados en los puertos, como simples baterías flotantes. Eso ppr 
esta razón, que no los hemos incluido entre los buques de la es- 
cuadra, a cuyas evoluciones de guerra no se assocíaron jamás. Por 
la misma razón no hemos podido hacer mención tampoco de mu- 
chos otros buques y buquecillos, que por muchos años figuraron 
en las estadísticas de la marina de guerra del Perú, y qne desde 
hace muchos años, ó habían desaparecido completamente, ó estaban 
reducidos á simples pontones para el servicio do escuelas ó de de- 
pósitos. 



224 HISTORIA DE LÁ 



simples accesorios, y porque cada uno de los dos 
países no tuvo dificultad en procurárselos, á su 
tiempo, según sus propias necesidades. 



§ II 

EJÉRCITOS 



A la ruptura de las hostilidades contra Bolivia, 
en Febrero del 1879, ésta no tenía sino unos dos 
mil soldados escasamente, esparcidos por pequeños 
destacamentos en sus diversas provincias; y por 
motivo de las grandes dificultades topográficas, en 
la casi absoluta imposibilidad de llegar al teatro 
de la guerra antes de algunos meses de trabajosas 
marchas. Este reducido ejército, que con la mayor 
celeridad posible fué aumentado posteriormente 
hastn la cifra de 5000 hombres, llegó á Tacna (en 
el Perú), mal vestido y peor armado, el 2 de Marzo: 
desde Tacna, donde se quedó, hasta el desierto 
boliviano de Atacama ocup ido por el ejército chi- 
leno, ó simplemente hasta Iquique, capital del 
próximo desierto peruano de Tarahabía tenía to- 
davía mucho camino que andar. 

Dice .el historiador semi-otícial de Chile: « De los 
cuadros publicados con este motivo, se supo en- 
tonces que Bolivia contaba un ejército permanente 
de 2232 soldados.... La movilizaron de este ejercito 
ofreció desde luego las más serias dificultades por 
dos causas diferentes, la escasez de recursos del 
erario público, y los obstáculos del terreno que era 
preciso atraversor para llegar á las lugares que 



GUERRA DE AMERICA 225 

ocupaban los chilenos, obstáculos perfectamente 
invencibles por las grandes distancias y por las 
asperezas de las montañas y délos despoplados(l). 
Poco después el mismo historiador añade: « Iban 
llegando á La Paz los contingentes de tropas que 
el Gobierno había pedido á todas las provincias. 
Venían estos calzados de ajotas, especie de san- 
dalias de cuero, en su mayor parte vestidos de 
toscos capotes de bayeta, armados con armas de 
diversas clases, muchos con fusiles de chispa.... 
Ese primer ejército boliviano llegó á contar 4500 
hombres, reunidos con grande afán en todas las 
provincias de la República. El 17 de Abril rompió 
la marcha por los senderos de la montaña (2). » 

El Perú, debido á un poco de actividad desple- 
gada después de los acontecimientos de Antofa- 
ga>ta, se encontró en el momento de la declaración 
de guerra con las siguientes fuerzas: un ejército 
de 3000 hombres en las fronteras, es decir en 
Iquique y sus alrededores; y otros 3000 de todas 
arma> en la capital que, agregados a 2000 y más 
hombres de policía urbana y rural, celadores, po- 
dían formar á lo más un total de 8000 hombres, 
5000 en la capital y 3000 en Iquique. 

En cuanto á Chile, el 2 de Abril de 1879, es decir 
el día anterior al de la declaración de guerra al 
Perú, su ejército llegaba é 13000 hombres, ó mas, 
entre las fuerzas existentes en la República y las 
que habían sido concentradas sobre la costa boli- 
viana invadida en Febrero. Esto se desprende de 
una declaración oficia), que en dicho día 2 de Abril 



(L¡ Bakros Abana, Historia de la Guerra del Pacifico, pág. 67. 
(2) Id. id. pág. 101. 



226 HISTORIA DE LA GUERRA DE AMERICA 

hizo al Sen.8clo chileno el Ministro de Relaciones 
Exteriores, con las siguientes palabras: «El Mi- 
nistro de Relaciones Exteriores contestó: Que el 
ejército constaba en la actualidad de 7000 hombres 
y se había ordenado que se elevara á 9 mil. Que 
las fuerzas de línea del litoral (Antofagasta y resto 
del desierto de Atacama) se habían aumentado 
considerablemente con el trasporte do mucho chi- 
lenos que residían en la costa del Perú, y que el 
número total no bajaría de 6000 plazas. (1)» 






a de la sesión secreta extraordinaria del 
Abril 1897. 



VI 
Operaciones y combates navale? 



vn á ocu- 
parlo, si bien ' mucho m Blo- 

e, á la de- 
impedírselo. — Qué hiciera la 
escuadra de Chile desde el 5 de Abril hasta la mitad de Mayo, 
e rumbo hacía el Callao. — L a peruana se dirige 

rica, luego á Iquique. - y la 

Nau- 
fragio de la i 

La faniV. toria. 

— Héroes de nuev aeda solo contra los 

blindado — Se hace temible 

á las naves chilenas, que le hacen cortejo á distancia. — Inac- 
¡eno. — Descontento del pueblo chileno 
por la lentitud de las operasi - La escuadra chi- 

lena abandona Iquique. — In 

orno habrían podido triunfar mucho antes - — El Huí 
cae en la red de la escuadra chilena. — Único combate del 
León — Heroísmo d - Fanfarro- 

nadas chilenas y prue no se 



Chile aspiraba á la conqui ^clad innegable, 

que en los capítulos anteriores se nos ha presen- 
tado como una consecuencia de su conducta du- 
rante largo tiempo, hasta el momento en que tomó 



228 HISTORIA DE LA 



resueltamente las armas contra su vecinas, las Re- 
públicas del Perú y Bolivia; y que los hechos pos- 
teriores prueban hasta la evidencia. 

Ultimada sin disparar un tiro la conquista del 
desierto de Atacama, con la injustificable invasión 
de Febrero, si Chile hubiera limitado á ella sus 
aspiraciones, le habría bastado aferrarse más que 
nunca á su supuesto derecho de reivindicación y 
esperar el curso de los acontecimientos; puesto 
que sabio perfectamente que no podía temer de 
Bolivia más que una guerra de palabras, que habría 
acabado como siempre á su favor, en el terreno 
diplomático; y que aunque á Bolivia se hubiese 
asociado el Perú, como era muy probable, no le 
hubiera sido difícil traer los adversarios á una con- 
ciliación, después de haberlos fatigado con una 
guerra defensiva, de cuyo buen resultado no podía 
dudar. 

Casi inatacable por la parte de tierra, por su 
conformación topográfica, tanto en sus confines con 
BolivÍ8, cuanto en los del Perú sobre el Loa, el 
desierto de Atacama solo hubiese exigido una seria 
defensa contra un ataque sobre sus playas, de la 
parte del mar. Pero además de que hubiese costado 
pocos gastos y poc8 fatiga el completar la fortifi- 
cación natural de los raros puntos de posible arribo 
de la misma, por sí mismos dificilísimos en una 
costa generalmente alta y cortada á pico sobre el 
mar. Chile poseía una flota bastante fuerte para 
impedir sin gran esfuerzo toda tentativa de este 
género, aún en el remoto caso de que el Perú hu- 
biese pedido aumentar de uno ó dos buques su 
escasa y débil escuadra. 

Sin embargo Chile no pensaba en modo alguno 



GUERRA DE AMERICA 229 

detenerse allí. El desierto de Atacama no satisfacía 
más que una pequeña parte de sus aspiraciones, 
las cules, como sabemos, se extendían principal- 
mente al limítrofe desierto de Tarapacá partene- 
ciente al Perú: y, como hemos visto más arriba, 
urgía á Chile aprovecharse de la ocasión propicia 
que ponía el Perú casi á su merced — ó sea de las 
anormales condiciones de este último, que lo hacían 
por el momento muy inferior á él en la lucha — 
tanto para satisfacer completamente sus planes de 
conquista, cuanto pora establecer con un golpe de- 
cisivo su propia preponderancia sobre los Estados 
vecinos, y dar rienda suelta al torrente por tanto 
tiempo contenido de odios y envidias contra la 
República Reina del Pacífico. 

Se hallaba de consiguiente en los designios de 
Chile, si bien poco conformes con la parte de víctima 
y de provocado que pretendía representar á los 
ojos del mundo, tomar la iniciativa en las hostili- 
dades en su guerra con el Perú, así como la to- 
mara sin pretexto plausible en la declaración de 
guerra, y apoderarse del codiciado desierto de Ta- 
rapacá, con la ocupación de Iquique, que era su 
principal centro. Y que esto y no otro fuese el 
primer pensamiento del Gobierno chileno, lo prueba 
de una manera inequívoca, además de la aserción 
del historiador oficioso Barros- Arana, la formal 
declaración que el Ministro de Relaciones Exte- 
riores hacía al Senado chileno, cuando, al pedirle 
el 2 de Abril la autorización para declarar la guerra 
al Perú, concluía su relación sobre el estado de las 
fuerzas armadas de la República, asegurando que: 
«El Señor Saavedra (Ministro de la Guerra que 
había regresado días antes de Antofagasta) había 



230 HISTORIA DE LA 



dicho, .i su llegada, que todo estaba preparado para 
un ataque; pero que esto no obstaría para hacer 
salir más fuerza á los puertos del Norte, con el 
fin de tenerlas listas para marchar al teatro de la 
1).» 

Efectivamente, satisfecho como estaba Chile de 
los fútiles pretextos que para su justificación echaba 
en la balanza de la conciencia pública, y una vez 
que no se hacía ningún escrúpulo de emprender 
resueltamente la conquista, la inmediata ocupación 
de Iquique era la consecuencia más lógica de la 
línea de conducta que ~e había trazado. Y cierta- 
mente, semejante empresa no se le podía presentar 
mas fácil y segu ü vulor de sus soldados hu- 

biera sido igual á la audacia de sus diplomáticos. 

Sin fortificaciones de ningún género, y sin nin- 
guna probabilidad de recibir socorros á tiempo de 
Limo. Iquique no se hallaba defendido al 
principio de de Abril, más que por 

una i ¡0 hombres escasamente. 

Este era el único ulo que Chile hubiese 

tenido que v apoderarse del desierto de 

Tarapacó, de aquella innagotable fuente de riqueza, 
al rededor de la cual se agitaron, se agitan y se 
agitaran siempre las más ardientes aspiraciones 
chilenas; y corno hemos visto, para triunfar de tan 
insignificante obstáculo, Chile tenía á su disposi- 
ción Ó000 soldados por lo menos en la próxima 
Antofagasta, sin contar la fuerte reserva de otros 
7000 en Valparaíso, y toda una escuadra compuesta 
de dos blindados poderosos y de cinco buques de 



ion secreta del 2 de Abril 
de 1879. 



GUERRA DE AMERíCA 231 

madera con 48 cañones ele grueso y pequeño ca- 
libre, ya en movimiento en la rada misma de An- 
tofagasta, donde desde algún tiempo estaba espe- 
rando las órdenes para el ataque. 

Iquique, hemos dicho, se encontraba en la im- 
posibilidad de ser socorrido prontamente por la 
Capital. Esto era un hecho evidente, que el Gabi- 
nete de Santiago conocía perfectamente por tele- 
gramas de su Representante en Lima, el cual le 
hacía saber á última hora: que la escuadra del 
Perú continuaba en la misma situación de los días 
anteriores en el puerto del Callao, es decir, repa- 
rándose en quanto posible; y por esto, en la im- 
posibilidad de darse ú la mar antes que dichas 
reparaciones fuesen ultimadas; imposibilidad que 
para los dos únicos buques blindados Huáscar é 
Independencia, se prolongó mes y medio más, hasta 
mediados de Mayo. Solamente pudieron zarpar el 
7 de. Abril los dos débiles barcos de madera Unión 
y Pilcomayo, que no es necesario recordar, eran 
verdaderos pigmeos al lado ele uno solo de los po- 
deroros blindados chilenos, y de consiguiente in- 
capaces de prestar socorro de ningún género á 
Iquique, sea directamente, sea de una manera in- 
directa escoltando un trasporte de tropas, que no 
hubieran podido defender en el caso de encontrarse 
con la escuadra enemiga. Tampoco había que pensar 
en enviar dichos socorros por tierra, por la enorme 
distancia, y de consiguiente, por el mucho tiempo 
que hubiera sido necesario. 

Iquique, repetimos, no podía poner más que 
escasamente sus 3000 hombres de guarnición, con- 
tra toda la relativamente formidable ,potencia mi- 
litar de Chile; y sin embargo éste ni siquiera in- 



232 HISTORIA DE LA 



tentó apoderarse de él, á pesar de que, como hemos 
visto, no le faltase el deseo, y de que tuviese ya 
todo preparado cerca de Iquique, escuadra y tropas 
aún antes de declarar la guerra al Perú; declara- 
ción que hizo él mismo, no en un momento en 
que se viera obligado por circunstancias indepen- 
dientes de su voluntad, sino cuando se creyó sufi- 
cientemente preparado para tomar la ofensiva de 
la manera más ventajosa para sus intereses. 

Todavía más: Iquique siguió en este estado de 
abandono hasta más de la mitad del mes de Mayo, 
es decir, durante mes y medio después de la rup- 
tura de las hostilidades, mientras las acorazadas 
peruanas completaban sus reparaciones en el puerto 
del Callao ; durante mes y medio en el cual, no 
teniendo contra sí más que las dos miserables 
corbetas Unión y Pilcomayo, la escuadra chilena 
era dueña absoluta del mar; y sin embargo nada 
intentó contra Iquique, limitándose únicamente á 
bloquearlo desde lejos, si bien el ejército chileno 
de Antofagasta hubiese llegado en la segunda mitad 
de Abril hasta la cifra de más de 12,000 hombre-, 
con los refuerzos enviados desde Valparaíso, y con 
el notable incremento local que recibiera con los 
numerosos enganches voluntarios de los chilenos 
expulsados del territorio peruano. ¿Porqué? 

Veamos como se expresa sobre este particular, 
el historiador semi-oficial de Chile: «Chile comenzó 
la guerra estableciendo el bloqueo de Iquique, puerto 
principal de la provincia peruana de Tarapacé, \ 
plaza comercial importante por la exportación del 
nitrato de soda. Esa plaza tenía una guarnición de 
más de 3000 soldados peruanos, trasportados allí 
antes de la declaración de guerra.,, Había podido 



GUERRA DE^AMERICA 233 

Chile sin duda ejecutor entonces operaciones más 
atrevidas, con plena confianza en el éxito. Desem- 
barcando resueltamente su ejército en ese lugar, 
y enviando su escuadra á destruir la del Perú, que 
estaba concluyendo sus reparaciones en el Callao, 
había conseguido en el primer mes los resultados 
que alcanzó más tarde con ingientes sacrificios. 
Parece que este fué el primer plan del Gobierno 
chileno; pero se dio crédito á las bravatas del Perú, 
se pensó que el decantado poder de esta República 
era realmente formidable, no se quiso aventurar 
un ataque peligroso, prefiriendo marchar con pru- 
dencia para llegar á un resultado plenamente se- 
guro (1).» 

Chile tuvo miedo: esta es la verdad. Tuvo miedo 
de un enemigo por tantas razones condenado á la 
impotencio, y que disponía de fuerzas muy infe- 
riores á las suyas. Consecuencia de e^ta falta de 
resolución fué la de hacer sumamente larga, mez- 
quina y desastrosa para entrambos, una guerra 
que hubiera podido y debido acabar á su favor 
en uno ó dos meses á los más. Y si además se 
considera, que esta favorable oportunidad de dar 
con tan poco trabajo un golpe decisivo, duró 46 días 
por los menos; es decir desde el 4 de Abril al 26 
de Mayo, en que llegaron á Arica los primeros 
refuerzos enviados de Lima, e-< necesario forzosa- 
mente sacar como conclusión, que los capitanes 
chilenos eran ó infinitamenie pusilánimes, ó infini- 
tamente ineptos é incapaces de concebir y llevar á 
cabo el más sencillo plan de campaña. 

Sin embargo, aún no sabiendo ó no quierendo 



(1) Barros Arana, Historia de la Guerra del Pacífico, pag. 87, 



234 HISTORIA DE LA 



aprovecharse de tan favorable oportunidad, Chile 
no debía permitir en modo alguno que el Perú 
fortificase Arica y enviase alli y á la provincia de 
Tarapacá, tropas, armamento, municiones y todo 
cuanto exige la organisación de un ejército en 
campaña: cosas todas, las cuales, exceptuando los 
3.000 hombres de Iquique, faltaban completamente 
al romperse las hostilidades. 

Como se ha dicho, además de las dos corbetas 
Unión y Pilcomayo, a las cuales Chile podía opo- 
ner con enorme superioridad sus cinco buques de 
madera como aquellas, el Perú no poseía más que 
dos débiles blindados, que adornes se encontraban 
en mal estado, para triunfar, de los cuales hubiera 

-tado, pues! o en buena> manos, una sola de las 
poderosas Jas chilenas. Ahora bien, dejando 

su escuadra de madera para tener en jaque las 
corbetas peruanas y protejer la movilización de su 
ejercito, hubiera bastado a Chile cerrar con sus 
dos acorazadas la boca del puerto del Callao, para 
obtener todas las ventajas mencionadas y colocar 
al Perú en la imposibilidad de defender Tarapacá 
y su extensisíma costa, que habría podido ocupar 
con toda comodidad cuando, y como hubiese que- 
rido. 

Al Perú, en este caso, no le hubieran quedado más 
que dos caminos: ó hacer salir del Callao los' ne- 
cesarios refuerzos de tropas, con sus correspon- 
dientes barcos de trasporte escoltado^ por el Huás- 
car y la Independencia, que fué lo que hizo tan 
luego como estos buques pudieron darse á la mar ; 
en cuyo caso, batidos éstos por las superiores aco- 
razadas chilenas, dichos trasportes hubieran caído 
en su peder, á menos que no se hubiesen resguar- 



GUERRA DE AMERICA 235 

dado prontamente bajo la protección de las bate- 
rías de tierra: ó se hubiese visto condenado a" la 
impotencia en el Callao y en la próxima Capital , 
de donde sus ejércitos y sus elementos de guerra 
no hubieran podido salir sin exponerse á una per- 
dida segura, en unión á los dos débiles acorazados 
de escolta; como no pudieron salir, ni salieron más 
tarde, cuando el Huáscar y la Independencia vinie- 
ron á faltar. De esta manera Chile había ganado 
la partida en ambos casos, colocando al Perú en 
la imposibilidad de movilizar sus fuerzas, y que- 
dando sin contraste alguno dueño desde el primer 
momento de toda le extensa costa peruana hasta 
el Callao; cuya posesión le costó más tarde tanta 
sangre y tantos sacrificios de todo género. 

Sin embargo nada de esto hizo Chile: y no ya 
porque no le hubiese venido la idea á sus hombres 
de Estado, los cuales lo pensaron desde el primer 
momento, aún antes de lanzar la declaración de 
guerra al Perú (1); sino porque les faltó ánimo y 
resoluciones á sus capitanes de mar, como les faltó 
también á los de ^u's ejércitos, para ejecutar un 



'del Grobi 
«Mínistj uerra á Williams (Comandante en jefe de la 

Declaración de guerra al Perú. Godoy y La- 
valle se retiran ma'íana. Proce 

dice: situación escuadra en Callao, la acostumbrada. Atacarla per 
¡a al amanecer seri Jguro, pero preferible atacaida 

fuera del alcance baterías. peruano G 

todas armas.— 2.00") gendaí licía.— A. Ministro de 

Abril 3.— Se sabe ya en Lima d< 
I procurará destruir ó inhabilitar la es: 
.' la fortificación do Iquique ó destruirla, aprehender 
bloquear puertos, y proceder en todo eo 

ides y propósitos.— Saavedba (Ministre 
Querrá). » 



236 HISTORIA DE LÁ 



desembarque sobre una costa casi completamente 
indefensa. 

¿Qué hizo por el contrario la escuadra chilena, 
desde el 5 de Abril en que se rompieron las hos- 
tilidades, hasta la mitad de Mayo? Nada más que 
bloquear Iquique, y llevar al exterminio á toda la 
costa indefensa del Perú, sin provecho alguno para 
Chile, destruyendo é incendiando uno por uno to- 
dos sus pequeños puerto. Pabellón de Pica, Pisa- 
gua, Moliendo, Huanillos, simples puertos comer- 
ciales absolutamente privados de toda obra de de- 
fensa, igualmente que de guarnición, excepto Pi- 
sagua donde se encontraban dos ó trescientos 
soldados á lo más, y que no podían oponer nin- 
guna resistencia, fueron más ó menos destruidos 
todos ellos por las bombas da los acorazados chi- 
lenos; los cuales, tronando siempre ellos solos, no 
teníon má- pechos que herir, que los de las mu- 
jeres, viejos y niños tardíos á escapar de la ira 
enemiga, como muy frecuentemente acaeció (1). 

Despuás de 40 días passados miserablemente en 
este vandálico ó inútil pasatiempo, el grueso de la 
flota chilena, compuesto de los dos blindados y de 
tres corbetas, se decidió finalmente á encaminarse 
hacía el Callao, para tomar noticias de la escuadra 
enemiga, moviendo de Iquique el 16 de Mayo: pero 
era yo demasiado torde. 



(1) « No puede menos que creerse, que el almirante Williams 
.Rebolledo, que se encontraba á bordo de la Blanca Encalada, se 
retirase avergonzado de haber cometido el horrendo crimen de in- 
cendiar una población indefensa, matando tres mugeres, una cria- 
tura y un asiático.... y lo que es más horroroso, abrasados por las 
llamas dos mugeres y un niño recien nacido.... » 

Relación oficial de las autoridades peruanas sobre eZ incendio de 
Pisagua. 



GUERRA DE AMERICA 237 

Aquel mismo día el Presidente del Perú salía 
del Callao con rumbo á Arica, donde llegó el día 
20 sin ser molestado en el camino, con tres barcos 
trasportes llenos de soldados, armamento, muni- 
ciones y víveres, bajo la escolta de sus acorazados 
Huáscar é Independencia, que acababan apenas de 
repararse en cuanto posible; y que ciertamente 
hubieran sido impotentes para defender á sí mis- 
mos y á los preciosos trasportes que los seguían, 
contra un ataque de la escuadra chilena, si ésta 
se hubiese encontrado á la salida del puerto; que 
es donde hubiera debido hallarse desde un mes, ó 
más. 

La guerra naval no comenzó realmente, que des- 
pués de la aparición de los dos blindados perua- 
nos; puesto que, como se ha dicho, la escuadra 
chilena no se había ocupado hasta entonces más 
que de bloquear Iquique, incendiar los pequeños 
puertos comerciales, donde todo atentado no era 
más. que simple cuestión de voluntad, y destruir 
los muelles y embarcaciones para los usos mer- 
cantiles, de toda la indefensa costa del Perú. 

Después de haber dejado los trasportes al seguro 
en el puerto de Arica, los dos blindados peruanos 
zarparon inmediatamente el 20 de Mayo con rumbo 
á la rada de Iquique, en busca de las naves ene- 
migas que habían establecido el bloqueo. Allí lle- 
garon á la mañana siguiente del 21 ; y apercibiendo 
las únicas que había en aquel momento, la corbeta 
Esmeralda y la cañonera Covadonga, ambas de 
madera, el Huáscar se dirigió contra la primera, 
mientras la Independencia se puso á perseguir la 
segunda, que emprendía rápidamente la fuga. 

El combate entre el Huáscar v la Esmeralda fué 



238 HISTORIA DE LA 



tan breve como espléndido. Después de una hora 
de fuego, que la Esmeralda sostuvo dignamente, 
el Huáscar la hecho ú pique embistiéndola por tres 
veces consecutivas con su espolón de acero. Y 
apenas terminara el combate, desapareciendo bajo 
las aguas el puente de la Esmeralda, que ya el 
Comandante del Huáscar lanzaba al mar todas sus 
chalupas, en socorro de la tripulación de la nave 
enemiga, que luchaba en vano con las agitadas 
olas. Con esta noble acción, salvó la vida á más 
de sesenta personas entre oficiales y marineros, 
que recogió cortesmentc é bordo de su buque, 
para desembarcarlos luego en Iquique como pri- 
sioneros de guerra, después de haberles hecho 
distribuir todo género de socorros y principalmente 
vestidos, de que los más tenían urgente necesidad, 
por el estado de completa desnudez en que se en- 
contraban (1). 

Pero mientras el generoso Comandante del Huás- 
car, Miguel Grau — que el resto de la campaña, y 



i- de familia public ; los pe- 

s chilenos, escritas por oficiales y man e se encon- 

ado de la marón paite 

- lo .siguientes párn 

nos salvamos fuimos tomados me idos por Loa 

leí Teniente F. hez. 

i io salvamos, que fuimos más ó menos 60, nos" hemos 
' o á nado. A los vente minutos fuimos recogidos p 
botes del H ospuós que se n ermanecimos 

ipo, se nos llevó á tierra, donde nos encontramos pri- 
sioneros. » 

del Oficial de guarnición A. Hurtado' al padre M. Hurtado. 
Muchas otras cartas de origen chileno del mismo género, en 
anión á las relaciones oficiales del la corresponden- 

periódicos escritas desde Iquique, concuerdan unáni- 
■ de que ¡ alda fueron 

recogidos en su mayor parte completamente desnudos, por); 
lupas del B 



GUERRA DE AMERICA '¿39 

su gloriosa muerte debían hacer más tarde tan 
célebre — se esforzaba noblemente en salvar los 
náufragos de la Esmeralda, ¡cuan diversa era la 
suerte que corrían los de la Independencia, á la 
cual un arrecife desconocido abría la quilla, en el 
mismo en que se preparaba á embestir con su es- 
polón á la huida Cooadonga! 

Como hemos dicho anteriormente, mientras el 
Huáscar se dirigía contra la Esmeralda, al entrar 
en la rada de Iquique, la Independencia se ponía 
en persecución de la Cooadonga, que evitando la 
desigual batalla se daba solícitamente a la fuga (1). 
Airosa, lijera y veloz, la Couadonga emprendió su 
fuga navegando cerca de la costa, de la cual seguía 
todas las caprichosas sinuosidades: y la Indepen- 
dencia, que por su inmensa mole se hallaba obligada 
á estar al largo, por necesitar más agua, -no le 
quedaba más camino que el de correrle detrás en 
una línea paralela algo distante, y cañonearla con 
su débil artillería que la distancia hacía aún menos 
eficaz. 

Las dos naves enemigas ejecutaban á la perfec- 
ción su propio cometido; y los dos cañones de á 
150 de la Independencia, los únicos que podían 
procurarle alguna ventaja por la distancia obligada 
que separaba las dos naves, habían causado ya 
algunas averías de consideración á la Cooadonga 
cuando no pudieron seguir haciendo fuego. Estos 
dos cañones, montados á toda prisa en el Callao, 



■ / í era uu simple Aviso de ia escuadra espalóla 
que fué capturado el año 1865 por la nave chilena Esmeralda, 
usando de una asechanza de mala guerra ■ os decir, enarbolando la 
bandera inglesa, y atrayéndola por este medio sin sospechas bajo 
los fuegos de sus baterías. 



240 HISTORIA DE LA 



por obreros poco expertos y que además carecían 
de los elementos necesarios (puesto que como hemos 
dicho, los dos acorazados peruanos se repararon 
como se pudo en el puerto del Callao, donde se 
encontraban abandonados en el más deplorable 
estado al comenzar la guerra), se encontraban el 
uno á popa y el otro á proa del barco : el primero 
se desmontó al segundo disparo, y el segundo se 
quedó inmóvil sin poder girar en ningún sentido 
al undécimo, de manera que ya no fué posible ser- 
virse de él. 

Limitada la acción de la Independencia á sus 
pequeños cañones de á 70, su Comandante Moore, 
deseoso de poner fin ¡i la lucha — aunque la dimi- 
nución en la velocidad de la Covadonga le probara 
que ésta tenía serias averias, y que su resistencia 
no podía prolongarse mucho tiempo— decidió re- 
currir al espolón, apenas le fué posible navegar en 
las mismas aguas que la nave enemiga; y apro- 
vechando el momento en que ésta, navegando en 
aguas algo profunda-, se disponía á entrar en una 
ensenada baja en la cual le hubiera sido imposible 
seguirla, lanza contra ella inmediatamente su propio 
navio. Pocos segundos todavía, y el espolón de la 
Independencia hubiera partido por mitad á la Co- 
vadonga, cuando un escollo sudmarino desconocido, 
no señalado en ninguna Carta, sobre el cual la 
cañonera chilena pasó sin apercibirlo, detiene vio- 
lentamente la marcha de la Independencia, hacién- 
dola naufragar (1). 



...(.'ou la sonda en la mano, en el momento en que ésta 
marcaba nueve brazas, fondo más que suficiente, se dio la embestida 
sobre la (Joca<ionrja... La roca contra la que chocó la Indepeu'/eyuto 
no está marcada en ninguna Carta, el buque navegaba en ese mo- 



GUERRA DE AMERICA 241 



¿Qué hizo entonces la Covadonga? Sobre este 
particular, la relación del oficial de señales de la 
Independencia, dice: «Al vernos encallados, nos 
cañonearon impunemente (los de la Covadonga) 
por más de cuarenta minutos; y con las ametra- 
lladoras de sus cofas fusilaban á nuestros náufragos 
que procuraban salvar, unos en botes y otros á 
nado, después que cesaron los fuegos de nuestros 
cañones, cubiertos ya por el agua». ¡Cuál dife- 
rencia entre la conducta de la Covadonga y la del 
Huáscar ! Mientras el Comandante del Monitor pe- 
ruano hacía todo humano esfuerzo para salvar á 
los náufragos de la Esmeralda, el de la nave chi- 
lena se encarnizaba contra los igualmente náu- 
fragos de la Independencia que una desgracia im- 
prevista, no él, había puesto á su discreción, asesi- 
nándolos bárbaramente cuando, acabada la lucha, 
solamente se esforzaban en salvar sus vidas del 
furor de las olas. 

Después de haber hecho fuego durante algún 
tiempo sobre los náufragos de la Independencia — 
hecho que no admite duda de ningún género (1) 
— la Covadonga, sea por temor de la próxima 
llegada del Huáscar, sea por las averías que le 
había causado la artillería enemiga, emprendió 
nuevamente la interrumpida fuga, que fué en ex- 
tremo lenta i penosa, y que su Comandante des- 



merito en nueve brazas de agua, y aún después de varado, media 
7 y 2 á 8 y 2 brazas de fondo en todo su alrededor. » 

Relación del oficial de señales de la Independencia. 

(1) En una relación publicada por el periódico ' El Mercurio de 
Valparaíso, del 4 de Junio de 1879, leemos : « Eran las 12.45 P. M. 
y todo había concluido, La Independencia se recostaba por estribor 
su gente caía al agua, sus botes se volcaban, la fusilería de la Co- 
vadonga hacía destrozos. » 



242 HISTORIA DE LA 



cribe en los términos siguientes, en el parte oficial: 
« ....Trabajando nuestra máquina con solo cinco 
libras de presión, y el buque haciendo mucha agua 
a causa de los balazos que recibió, creí.... Reca- 
lamos á Tocopilla, donde el buque recibió, con el 
auxilio de carpinteros enviados de tierra, las re- 
paraciones más urgentes, tapando los balazos á 
ílor de agua, y proseguí al Sur en la mañana del 
24, tocando en Cobija á la 1 1[2 donde recibimos 
al vapor del Norte, que condujo al contador á An- 
tofagasta y a los heridos, con la comisión de verse 
con el General en jefe, para pedir un vapor que 
fuera á encontrarnos, pues el buque no andaba 
le oíos millas y seguía haciendo mucha agua. 
Como evidentemente se deduce de esta relación 
del Comandante de la Covadonga, este buque podía 
considerarse como perdido antes que el enemigo 
decidiese embestirlo con el espolón : puesto que 
despué- de aquel momento no sufrió ninguna 
nueva averia. Bastaba continuar persiguiéndola 
como anteriormente, contentándose con molestarla 
con los caáones de é 70, que en mucho ó en poco 
no hubieron dejado de empeorar su situación, y 
sin más causa que las averias ya sufridas en su 
máquina y en su casco, por donde entraba libre' 
mente el agua — averías que la simple precipita 
en huir dol enemigo hubiera ido siem]- 
vando— se hubiera ido necesariamente á pique más 
ó menos pronto. Si luego el fortuito naufragio de 
la Independencia, ocurrido por mera de-gracia, por 
una circunstancia accidental que no se pue< 
chacar á su Comandante, y completamente extraña 
á la acción de la Covadonga, permitió que esta 
se pudiese -alvar á duras penas, esto no quiere 



GUERRA^DE AMERICA 243 

decir que hubiese obtenido una victoria. Hay que 
notar entre otras cosas, que la Independencia no 
había recibido durante la carrera de la Couadonga 
impropiamente llamada combate, más que dos ó 
tres proyectiles inofensivos; y que su numerosa 
tripulación no sufrió más que muy pequeñas per- 
didas, y estas en su mayor parte, después del nau- 
fragio del buque. Ante> de este momento, sólo 
había que deplorar un muerto y tres heridos, hechos 
por la mosquetería de la Covadonga en el instante 
en que la Independencia, disponiéndose á embes- 
tirla con su espolón, encallara en la roca subma- 
rina. Estos particulares los hemo^ obtenido direc- 
tamente de personas dignas de todo crédito, que 
se encontraban á bordo de la Independencia, si 
bien no formasen parte de su dotación. 

Sin embargo Chile celebró semejante acontenci- 
miento, como la más espléndida victoria de cuantas 
fueron conseguidas en el reino de los mares, desde 
la creación del mundo. 

De carácter esencialmente fanfarrón, el pueblo 
chileno sentía la necesidad de celebrar una clamo- 
rosa victoria, que cubriese ante él, y ante el mundo 
la impericia desplegada por su escuadra en los 45 
día- trascurrido.- desde su entrada en campaña, 
durante los cuales no supo hacer más que enfu- 
recerse contra pueblecillos indefensos, y llegar tardo 
después de 43 dias, dónde habría podido y debido 
llegar en menos de una semana — al Callao. Ardía 
del deseo de proclamarse grande, de crearse hé- 
roes chilenos; y fe-tejó como una victoria chilena 
una deseventura del enemigo, de la cual fué el 
caso único autor, y cuyos únicos resultados fueron 
el dejar á medias la derrota sufrida por sus armas. 



244 1 • . HISTORíA DE LA 



Los Comandantes de la Esmeralda y de la Co- 
vadonga fueron proclamados en Chile los m;is 
grandes Capitanes del universo, y los marinos 
chilenos, en general, los primeros combatientes- 
de los mares. 

En el orden del día, leído el 29 de Mayo, á las 
tripulaciones de los diversos buques de la escuadra 
chilena, se decía: « La Esmeralda fué echada á 
pique con la gloria con que vivió siempre.... (1). Lo 
Independencia ha sido completamente destruida 
fsin decir por quien ni como), y la Couadonga ha 
podido retirarse en dirección á Antofagasta.» 

El periódico La Patria de Valparaíso llamaba 
el encuentro del 21 de Mayo « el más heroico com- 
bate naval que registra la historia universal. » Iguol 
lenguaje, poco más ó menos, tenían todos los de- 
más periódicos chileno-. 

Catorce Diputados chilenos presentaban solícita- 
mente ó la Cámara el 1.° de Junio, un proyecto 
de ley para recompensas á los combatientes de la 
Esmeralda y de la Covadonga, en el cual entre 
otras cosas se lee: «El combate del 21 de Mayo en 
iquique, de los buques Esmeralda y Covadonga 
con los blindados peruanos Huáscar é Indepen- 
dencia, es un hecho de armas sin precedentes en 
nuestra historia, (!) por la heroicidad de los que 
sucumbieron como mártires de la patria, y la se« 



1 Que La la pereciese gloriosamente, nadie lo pondrá 

en duda, pero que hubiese siempre vivido gloriosamente, como ase- 
guraba el almirante chileno Williams, es muy cuestionable. Durante 
los largos años de su vida, hasta la víspera de su combate con el 
da no registraba en su historia más que un 
t ólo hecho digno de mención: la captura del Aviso español Cova- 
donga, victima de una traición: y ninguno ciertamente afirmará jue 
este hecho sea gloii 



GUERRA DE AMERICA 245 

renidad, valor y pericia de los que sobrevivieron 
y triunfaron en la más terrible y desigual de las 
luchas. La goleta Cooadonga, hábil é intrépida- 
mente dirigida por sus jefes, luchó con la fragata 
acorazada Independencia, y consiguió hacerla en- 
callar y hundirla en las aguas de la costa peruana. 
Actos tan heroicos servirán de ejemplo á las ge- 
neraciones venideras...» 

El historiador chileno Barros Arana dice á su 
vez: «El combate de Iquique produjo una profunda 
impresión en todo el mundo. La prensa de Europa 
y de América no hallaba palabras bastante ardien- 
tes para pintar el heroísmo de los chilenos (1).» 
Respondan por nosotros todos los lectores de pe- 
riódicos, del antiguo y del Nuevo Mundo, si leyeron 
jamás algo sobre el particular, aparte de algún 
pomposo artículo de origen chileno. 

Habiendo sucedido en la segunda embestida dada 
por el Huáscar a la Esmeralda, que el Coman- 
dante y un sargento de ésta cayesen de resultas 
del choque sobre el puente de aquel, (donde fueron 
muertos por los marineros cerca de los cuales 
cayeran, antes que el Comandante del Huáscar 
pudiera impedirlo) los chilenos pretendieron que 
no había caído, sino saltado al abordaje (2). Y no 



(1) Historia de la Guerra del Pacífico, pág. 95. 

(2) En su cualidad de monitor, el Huáscar era tan bajo que (ex- 
cepto la torre) se elevaba pocas pulgadas sobre la superficie del 
agua: nada más fácil de consiguiente que, perdido el equilibrio á 
consequencia del violento choque sufrido por la Esmeralda á la 
embestida del Huáscar, se precipitase el Comandante desde el puei/e 
de mando donde se encontraba con el sargento que le fué compa- 
ñero de infortunio. Y que realmente las cosas pasaron de este modo 
lo sabemos por una persona tan distinguida como considerada (A. 
Y. de C.) que lo oyó de los mismos labios del- ilustre comandante 
del Huáscar, M, G-rau. 



246 HISTORIA DE LA 



contentos con esto, añadieron además, que en el 
momento en que la Esmeralda se fué a" pique, al 
recibir la tercera embestida del Huáscar, su tri- 
pulación se hallaba toda preparada para correr 
también ella al abordaje, siguiendo el ejemplo de 
su difunto Comandante, y que solamente la cele- 
ridad con que se sumergiera su propio buque les 
impidió cumplir semejante propósito. Para saber 
cual dosis de verdad haya en esto, basta recordar 
que los náufragos de la Esmei si bien reco- 

gido- listante neamente por las chalupas del 

se encontraban en su mayor parte com- 
pletamente di . lesnu- 
daron antes de recibir la tercera y última embestida 
del Huáscar; y no es ciertamente en semejante 
estado adamitico que se va al abordaje de un bu- 
que enemigo. Todos sai contrario que en 
tales casos, eso quiere decir prepararse á salvar 
combatir. ¡ Hé aquí unos héroes de 
nuevo cuño! 

al lector estos pocos ejemplos, para ha- 
cerse una idea, á lo menos aproximada, de las 
idronadas y petulancia chilenas. 
Independientemente de esto, la fortuita pérdida 
endencia fué, sin embargo, ua verda- 
dero desastre para el Pe a escuadra,- tan 
mezquina ya de frente á la del enemigo, se en- 
contró reducida - de este desgraciado acon- 
tan mínim ones, que \ 
le ei -di miento de 
sus Capitanes, medirse este 
punto de vista, los chilenos tenían sobrado m 
:;cer fie- 
biendo quedado solo el Huáscar contra los 



GUERRA DE AMERICA 247 

dos formidables blindados chilenos, Lord Cochrane 
y Blanco Encalada (sin contar la numerosa escua- 
dra de buques de madera de Chile, para contra- 
ponerla con la ventaja de cuatro contra dos á las 
dos corbetas también de madera del Perú), su 
acción y su existencia mismo no podían ser sino 
muy limitadas.' Uno contra dos en número, y ape- 
nas en razón de uno contra tres como potencia, 
relativamente ó. cada una de las acorazadas ene- 
migas, el Huáscar, sea para las dos, sea para cada 
una de ellas aisladamente, no podía ser más que 
un enemigo poco temible, un simple juguete, que 
en nada debía impedir ó contrastar su poderosa 
acción, y del cual se hubieran podido y debido 
desembarazar siempre que quisieran (1). 

Sin embargo no fué así. 

Comenzando desde el 22 de Mayo, el Huáscar 
no permaneció inactivo un solo momento. A veces 
acompañado por la corbeta Unión, muy á menudo 
solo, él desempeñaba merced á su valerosa y bien 
dirigida actividad, todas las funciones de una nu- 
merosa escuadra. Convoyaba felizmente los tras- 
portes peruanos cargados de soldados, de armas 
y de vituallas: visitaba á saltos, hoy uno, mañana 



(1) Para mayor intelligenoia de cuanto se ha dicho repetimos los 

Monitor Huáscar peruano) dos cañones de 300, situados en una 
¡orre giratoria — 1,130 tonelades ele capacidad — 300 caballos de 
tuerza — coraza de pulgadas -i 1 , en el centro, y solamente de 
iza de la torre pulg 

Acorazada Lo, . cañones de á 300, de los 

mejores tipos modernos - 2,032 toneladas de capacidad - 1,000 ca- 
ballos due fuerza - coraza de nueve pulgadas - doble hélice - cons- 
truida el año 1874. 

Acorazada Blanco Encalarla (chilena) exactamente igual al an- 
terior, 



248 HISTORIA DE LA 



el otro, todos los puertos y radas de Chile hasta 
Valparaíso, sia causar daño alguno á sus pobla- 
ciones indefensas, que habría podido destruir, por 
poco que hubiera querido seguir el odioso ejemplo 
dado por el enemigo: aparecía y reaparecía conti- 
nuamente en la rada de Antofagasta, donde se en- 
contraba el cuartel general del ejército chileno, ora 
para volver rápidamente atrás, después de haber 
observado diligentemente lo que se hacía, ora para 
empeñar un breve combate con las baterías de 
tierra y con los buques enemigos allí anclados: 
atraversaba incesantemente el mar, ora al Norte, 
ora al Sur, dando la caza á los trasportes de guerra 
del enemigo y manteniendo en una continua an- 
ciedad su comercio de cabotaje. 

En el mes de Julio la actividad del Huáscar fué 
verdaderamente tan vertiginosa como feliz. 

El diez de dicho mes entra como un rayo en el 
puerto de Iquique, que bloqueaban la corbeta chi- 
lena Magallanes y el trasporte armado Matías 
Cousiño ; se lanza contra éste último que captura, 
y en la imposibilidad de llevárselo consigo por la 
proximidad de la escuadra enemiga, determina 
echarlo á pique, pero noble y generoso siempre, el 
Comandante del Huáscar, repugnándole derramar 
una sangre que puede economizar, aún enemiga, 
da orden á la tripulación del buque condenado de 
salvarse en sus imbarcaciones. Esta orden había 
sido ya ejecutada á mitad, cuando aparecieron las 
acorazados chilenas, contra las cuales el pequeño 
Huáscar no podía luchar sin desventaja; y dejando 
libre al Matías Cousiño se retira velozmente, no 
sin intentar, al pasar, una embestida con su espo- 
lón contra la Magallanes, que pudo salvarse á 



GUERRA DE AMERICA 249 

duras penas (1); siendo así que fué únicamente 
por un acto de generosidad quo Chile no perdió el 
Cousiño. 

Pasan once días, y el 2 i de Julio el Huáscar 
entra en el puerto chileno de Carrizal, se apodera 
de tres barcos chilenos cargados de mercancías 
chilenas, metales y carbón, y embarcado en ellos 
una tripulación peruana, los envía al Callao. 

Pasan dos días más, y el 23 el Huáscar captura 
en alta mar el mejor trasporte chileno, el Rimac, 
que llevaba á su bordo tres compañías de caballería 
enemiga (300 hombres) con muchas vituallas y una 
gruesa suma de dinero. El Rímac era trasporte 
armado. 

El Huáscar se convirtió en poco tiempo en una 
dolorosa pesadilia para los capitanes chilenos. 

El terror que rodeaba su nombre contuvo las 
superiores fuerzas del enemigo, mientras procuraba 
plena libertad de acción á las de su país. 

Las fuertes acorazadas chilenas se habían con- 
vertido por decir así, en una simple escolta de 
honor del atleta peruano : andando continuamente 
adelante y atrás, con el inútil gasto de tiempo y 
de carbón, y llegando siempre tarde tras él, úni- 
camente alcanzaban siempre á ver perderse de le- 
jos en horizonte su columna de humo, y á recoger 
las noticias de sus últimas proezas. 



(1) Julio 10 - « La Magallanes y el trasporte armado Matías 
Cousiño sostenían el bloqueo de Iquique, cuando les cayó encima 
el Huáscar. Tomó éste al Mañas-, al que por magnanimidad no 
quizo echar á pique, prefiriendo esperar á que la gente se salvase 
en los botes. En el intervalo preséntase el C'ochrane, y el Huáscar 
tiene que abandonar el campo. La Magallanes salvó apenas de ser 
espoloneada por el Huáscar. » 

El Feerocaril, periódico de Santiago de Chile, 14 de Febrero de 
1881. - Eeseña retrospectiva de la guerra, 



250 HISTORIA DE LA 



No era por cierto mejor la situación del ejército. 
Mientras la escuadra se esforzaba miserablemente 
en la más inútil de las persecuciones contra el 
Huáscar, la más completa inactividad consumía el 
relativamente fuerte ejército chileno concentrado 
en Antofagasta, para efectuar un desembarco en 
el territorio peruano. El temor esparcido por la 
maravillosa actividad del Huáscar, lo tenía inmóvil 
sobre los inhospitalarios escollos del desierto de 
Atacama: del cual no osaba alejarse, mientras 
podía temer una sorpresa, sea en la corta travesía 
por mar hasta llegar al punto de desembarco, sea 
durante ó depués del desembarco mismo: — presen- 
tándose terrible, principalmente, la posible eventua- 
lidad de que pudiese impedir su abastecimiento ó 
su reembarque, si las circunstancias lo hicieran 
necesario. 

El historiador chileno Barros-Arana, que como 
hemos dicho, se halla muy al corriente de cuanto 
>e hace y de cuanto se piensa en las altas esferas 
gubernativas de Chile, escribe: «Antes de abrir 
la campaña terrestre convenía aniquilar el poder 
naval del Perú, ó á lo menos destruir el monitor 
<car que le daba vida: en Santiago, en los 
concejos de gobierno, se había resuelto esto 
mismo (1); » 

Par más extraño é increíble que parezes, es un 
hecho que no admite duda: Chile tenía miedo al 
Huáscar. 

Chile que, su numerosa escuadra de 

madera, tenía á su disposición dos fuertes acora- 
zadas, cada una de las cuales era un formidable 



. 



GUERRA DE AMERICA 251 

* 

coloso relativamente al modesto monitor peruano, 
se dejó imponer y atemorizar por este último hasta 
el extremo de paralizar completamente la acción 
de sus tropas; de aquellas tropas que cuidadosa- 
mente había preparado antes de la declaración de 
guerra, para lanzarlas como una avalancha irresi- 
sobre el territorio enemigo, y que después 
de cuatro meses de incalificable inacción perma- 
necían todavía inmóviles, como atacados de cata- 
lépsia, en el mismo lugar donde se encontraban 
el primer día, dando al Perú de organizar la de- 
fensa de su territorio, y comprometiendo de con- 
siguiente, el éxito de una campaña, desde tanto 
tiempo y con tanto estudio preparado. 

No obstante el exajerado amor propio nacional, 

aracterística presunción, por la cual el chileno 

cree el primer bípedo de la creación, y considera 

como excelente cuanto es producto de mano ó mente 

chilena, ó que- únicamente lleva el timbre patrio, 

el pueblo chileno supo comprender cuan deshon- 

) fuese ésto para su país; y varias veces se 

levantó tumultuosamente, censurado la conducta 

del Gobierno y de la escuadra, que tan inepta so 

tile un enemigo tan escaso de fuerzas. 

El mismo historiador citado, que mejor podría 
llamarse apologista de Chile, no puede dispensarse 
— ¡él tan chileno!— de decir sobre este particular: 
« Las correrías que hacían impunemente las naves 
peruanas, la inefiv buques 

chilenos, y sobre todo la pérdida del trasporte 
Riniac, hab oducido en Chile cierto descon- 

tento.... Acu-f ¡Abase al Gobierno de no dar ú las 
operaciones de la guerra una dirección más enér- 
gica y mus activa, y á los jetes de la la escuadra 



252 HISTORIA DE LA 



de poco vigor ó poca fortuna en la persecución de 
las naves peruanas. Esta situación de los espíritus, 
expresada con franqueza, dio lugar á que en el 
Perú se creyera, y se repitiese en el extrangero, 
que la tranquilidad incontrastable y tradxional de 
Chile, iba á desaparecer bajo el peso de una tre- 
menda conmoción (1). » 

Diga lo que quiera el señor Barros-Arana, el 
descontento manifestado por el pueblo chileno fué 
tal, que se necesitó recurrir á las armas para cal- 
marlo, principalmente ea Santiago, donde se der- 
ramo bastante sangre en la tarde del 30 de Julio; 
y ciertamente, la tremenda commoción de que él 
habla no se hubiera hecho esperar largo tiempo 
si la oligarquía chilena no hubiese sido tan fuerte 
y robusta dentro de su país. 

No obstante las exigencias populares el Gobierno 
y los directores de la guerra siguieron firmes en 
su propósito de mover el ejército de Antofagasta , 
de no aventurarlo en empresa alguna, mientras 
existiese el Huáscar en poder del Perú: y puesto 
que algún esfuerzo debía de todos modos hacerse 
para salir de una situación tan difícil, por no decir 
ridicula, se tomó la resolución de exhonerar ¡í la 
escuadra de todo servicio, para dedicarla exclusi- 
vamente a dar la caza al monitor peruano. 

El 5 de Agosto fué, pues levantando el bloqueo 
de Iquique, único servicio que hasta entonces pres- 
tara la escuadra chilena; la cual se reunió toda en 
el puerto rio Antofagasta, para prepararse á la gran 
victoria contra el terrible y espantoso enemigo... 
¡contra el pequeño Huáscar! 



(1) Barros-Abana, Historia de la Guerra del Pacífico, pag, 120 \ 
Pag. 127. 



GUERRA DE AMERICA 253 

El 12 del mismo mes de Agosto se hicieron 
también notables cambios,- tanto en el mando de 
los principales buques, como en el mando en jefe 
de la escuadra ; y encontrándose toda ella pronta, 
zarpó conpacta á la gloriosa empresa (1). 

De consiguiente, hé aquí toda la relativamente 
formidable potencia naval de Chile, dos acorazados 
con 12 cañones de á 300, cuatro barcos de madera 
con 39 cañones de á 150, 70 y 40, y cinco ó seis 
trasportes armados con cañones Krupp de grueso 
calibre, lanzarse animasa contra un enemigo que 
no era más que un pequeño monitor.... el Huáscar; 
el cual no tenía más que dos cañones de á 300, 
una débil coraza gradual de dos pulgadas y media 
á cuatro y media, y una máquina de la fuerza de 
300 caballos. No hacemos aquí mención de las 
dos corbetas de madera del Perú; porqué, como 
hemos dicho anteriormente, todo este aparato de 
Chile no era más que contra el Huáscar : las dos 
corbetas en cuestión, eran miradas con el mayor 



(1) « Limpiáronse perfectamente los fondos de los buques, repa- 
ráronse sus máquinas, dotando á algunas de ellas de nuevos y me- 
jores calderas, completáronse su armamento y sus tripulacione, y 
se introdujeron en todos los detalles de la organización naval las 
reformas que la experiencia de seis meses de infructuosa campaña 
(contando desde la famosa ocupación de Antofagasta, 12 de Fe- 
brero) parecía aconsejar. El gobierno, además, acababa de comprar 
ó de tomar en arriendo algunos vapores cómodos y espaciosos para 
hacerlos servir de trasportes ; y todos ellos fueron armados de po- 
derosa astillería.... En esa misma época, el almirante Williams 
Rebolledo, cuya salud estaba debilitada y cuyo espíritu se sentía 
fatigado por el ningún éxito de las operaciones navales, dejó el 
mando de la escuadra. Su puesto fué confiado al capitán de navio 
D. Gralvarino Riberos, marino antiguo que á causa de sus enfer- 
medades estaba separado del servicio, y que ahora volvía á él lleno 
de energía y de resolución. Riberos debía mandar en persona una 
de las fragatas encorazadas, la Blanca- Ene alada : la comandancia de 
la Chocrane fué dada al capitán D. Juan José Latorre....» 

Barros-Arana, Historia de la, Guerra del Pacífico, pag. 129 y 130. 



254 HISTORIA DE LA 



desprecio por los blindados chilenos, los cuales se 
creían suficientes para medirse con ellas en. todo 
tiempo, sin temor ni miedo alguno, y ciertamente 
no sin razón, pues sus pequeños cañones de á 70 
y 40 eran completamente inofensivos contra sus 
salidas corazas de nueve pulgadas. 

Esta exposición tiene toda la apariencia de una 
broma, parodia ó trivial exageración, hija de la 
parcialidad lá mas apasionada; y sin embargo no 
es más que la verdad lisa y llana, de la cual no 
e> difícil encontrar la explicación. El Perú, casi sin 
marina, tenia marinos valoro>o> é inteligentes que 
•n sacar todo el partido posible de los débiles 
y mezquinos elementos pu i su disposición 

mientras que Chile, con una magnífica marina, que 
en otras manos hubiera sido poderosísima, carecía 
de buenos marinos. 

Los gobernantes de inteligentes, sagaces 

y excelentes calculadores, quedaron plenamente 
convencidos de ésto ú principio de la guerra. 

Comprendieron á tiempo, que no podían cal* 
gran co>a -obre sus blindados, cuya adquisición 
había costado tantos sacrificios al país, mientras 
el Perú tuviere en el mar un solo cañón capaz de 
perforar sus corazas: comprendieron que, solamente 
favorecidos por una inmensa superioridad de fuerzan 
y de número, hubieran conseguido sus tímidos é 
os marinos apoderarse del débil monitor 
peruano, ó destruirlo: y guiados por los sanos 
consejos que les diera el maduro examen de los 
hechos y de sus causas, adoptaron las prudente- 
medida^ que hemos referido. 

Para probar prácticamente la poca confianza que 
inspirara al Gobierno de Chile su escuadra, b 



GUERRA DE AMERICA 255 

dos de los hechos ya narrados, por poco que nos 
queramos fijar en su verdadero valor. 1.° El haber 
mantenido inactivo el ejército que tenía preparado 
en Antofagasta para el ataque, desde antes de la 
declaración de guerra, en. tanto que el Perú poseyó 
el Huáscar: mientras convenía á sus más vitales 
intereses acelerar las operaciones 'de la campaña, 

•fectuar lo mes pronto posible la proyectada in- 
vasión del territorio enemigo, tanto para no expo- 
nerse á agotar sin fruto sus escasos recursos, que 
á duras penas sostenían los considerables gasto- 
de la guerra, cuanto para no dar tiempo al Peni 
de armarse y ponerse en condición de oponerle 
más tarde una resistencia, que en un principio se 
tenía la completa seguridad de no encontrar; cir- 
cunstancia que, como sabemos, fué precisamente 
la que decidió á Chile á romper tan precipidada- 
mente la paz con el Perú. — 2. J El haber levantado 
el bloqueo de Iquique qué tanta importancia tenía 
en la guerra, tanto para privar el Perú de las 
considerables sumas que hubiera producido la ex- 
portación del salitre, cuanto para reservárselas 
para si mismo, para cuando se apoderaría de dicha 
localidad: y todo esto, sin más objeto que el de 
aumentar la fuerza y el -número de los buques q 
debían dar la caza al Huáscar^ contra el cual hu- 
biera sido más que suficiente una sola de las aco- 
razadas chilenas. 

Además : que el gobierno chileno tuviese sobrado 
motivo para desconfiar, lo prueba abundantemente 
la indudable incapacidad é insuficiencia demostrada 
por esta última d.esde el principio de la campaña; 
ó sea -por cuatro meses consecutivos, durante los 
cuales no supo hacer más que con-umar carbón, 



256 HISTORIA DE LA 



incendiar los pequeños puertos indefensos del Perú. 
y perder una corbeta en una sorpresa del enemigo 
que debía ser, y le faltó poco para que no fuese 
una verdadera derrota para Chile, de la cual lo salvó 
solamente la ciega casualidad; pues, como es no- 
torio, el naufragio del blindado peruano Indepen- 
dencia fué meramente accidental y fortuito. 

Desde que el Huáscar se dio á la mar, 16 de 
Mayo, hasta la época á que nos referimos, prime- 
ros de Agosto, y después hasta el mes de Octubre, 
los trasportes de guerra del Perú, surcaron libre- 
mente el Pacífico, sin que jamás uno de ellos ca- 
yese en poder de la formidable y numerosa escua- 
dra chilena. Viajando continuamente del Callao á 
Arica, y de Arica a Pisagua y á Iquique, escolta- 
dos por el Huáscar y por las dos pequeñas cor- 
betas de madera, los barcos peruanos trasportaron 
sin descanso todo el armamento para el ejército 
de Bolivia, y con todos los materiales de guerra 
necesarios para Ja fortificación de Arica; movili- 
zaron y abastecieron el ejército del Perú, y jamás 
uno solo repetimos, fué capturado por la numerosa 
escuadra chilena, la qual llegaba siempre tarde 
detras de ellos á pesar de que no ignorase que 
uno solo fuese el puerto de salida, y uno también 
el de arribo de aquellos ; de manera que bastaba 
que ella se hubiese sabido mantener en observación 
delante de uno de dichos puertos Callao y Arica, 
para impedir todo movimiento á dicho trasportes 
ó capturarlos. 

Y esto no hubiera sido tampoco un obstáculo é 
otros servicios, la caza del Huáscar inclusive; pues 
el número y la fuerza de sus naves le permitían 
dividirse en varias secciones, cada una de las cua- 



GUERRA DE AMERICA 257 

les hubiera sido indudablemente superior á toda la 
escuadra peruana, sobre todo las dos secciones 
principales compuesta de los blindados Blanco 
Encalada y Lord Cochrane, separadamente, contra 
cada una de las cuales toda la escuadra peruana, 
reunida, no hubiera presentado más que un con- 
tingente bastante inferior de fuerzas. 

El Gobierno chileno, de consiguiente, más que 
motivo, tenía verdadera necesidad de desconfiar de 
su escuadra, y de adoptar las prudentes medidas 
que hemos relatado; las cuales, dada la intrínseca 
pobreza de las fuerzas navales del Perú y las in- 
faustas condiciones que atravesaba aquel país, tarde 
o temprano tenían forzosamente que dar los ape- 
tecidos resultados. 

Pero, ¿hubiera sido lo mismo, si el Perú hubiese 
poseído nada más que una sola nave de la fuerza 
de uno de los dos blindados chilenos? Todo nos 
autoriza á suponer que no. Más todavía: las lógi- 
cas consecuencias de los hechos nos dicen, que sin 
el fortuito naufragio de la Independencia, quizás 
no hubiera sido difícil al Perú salir, sino victorioso 
por lo menos ileso de la lucha desigual á que había 
sido con tan premediato estudio llamado, y que 
probablemente se hubiera limitado á una larga, fa- 
tigosa y estéril campaña naval. 

Aunque muy débil en su género, el blindado 
Independencia hubiera concurrido poderosamente 
al Lado del Huáscar, coadyuvando á la enérgica 
acción de éste, á mantener en jaque, quizás por 
un tiempo indefinido, la escuadra y toda la relati- 
vamente formidable potencia militar de Chile: juicio 
nada aventurado, si se considera que tal resultarlo 
como hemos visto, fué conseguido por el solo Huáscar 

17 



258 HISTORIA DE LA 



durante casi cinco meses. Y aún suponiendo lo 
peor, es decir que, no hubiera conseguido más 
que prolongar algún mes más la situación creada 
por el Huáscar ; situación que, mientras debilitaba 
a Chile con el inútil agotamiento de sus escasos 
recursos económicos, y con el cansancio producido 
por la inacción de sus fuerzas con tantos sacri- 
ficios y tan de antemano preparadas, daba al Perú 
el tiempo de armarso y de organizar conveniente- 
mente la defensa de su territorio: es muy seguro, 
que el Perú habría mejorado enormemente sus con- 
dicione?, con notable perjuicio de las de Chile; el 
cual, perdidas las ventajas con las cuales y por 
las cuales provocara la guerra, hubiera quizás aca- 
bado por dar un paso atrés, y retirarse de la lucha. 

Bien poco nos queda ahora que decir del resto 
de la campaña naval. 

El Huáscar, continuando todavía por espacio de 
dos meses á prestar á su país los grandes servi- 
cios hechos hasta entonce-, y á cumplir de cuando 
en cuando algunas de sus atrevidas escursiones á 
los puertos enemigos, fué siempre al alcance de la 
numerosa escuadra chilena, que toda unida, como 
para cogerle, batía las olas, adelante y atrás, sin 
más objeto que darle caza. 

Pero llegó también para él la hora en que su 
estrella palideciera: y él, que llevaba el nombre del 
ilustre hijo del Sol, que un hermano usurpador 
hollaba en Ouipaipampa, cayó como cayera aquél... 
¡grande, magestuoso, terrible! 

Al amanecer del 8 He Octubre, regresando de 
un¡i expedición sobre la- costas chilenas con la 
corbeta Unión, y precisamente al salir del puerto 
de Antofagasta, donde había entrado á practicar 



GUERRA DE AMERICA 259 

un reconocimiento, el Huáscar cayó en la red de 
la escuadra chilena que, formada en dos divisio- 
nes, cruzaba desde pocas horas antes entre Anto- 
fagasta y Mejillones. El blindado Blanco Encalada, 
la cañonera Cooadonga y dos trasportes armados 
componíanla primera división; el blindado Cochrane, 
la corbeta O' Higgins y un trasporte armado, la 
segunda. 

Los dos buques peruanos dieron en la primera 
de las dos divisiones, que procuraron esquivar, en 
la certidumbre de que el resto de la esquadra debía 
encontrarse no muy distante, y que empeñando el 
combate con aquella, pronto se hubiera visto ro- 
deado por toda la numerosa flota enemiga. Pero, 
precisamente cuando se creían próximos á salir 
del círculo de la emboscada, se encontraron cerrado 
el camino por la segunda división. 

El mal estado de la quilla del Huáscar no per- 
mitiéndole darse á la fuga (1), por más que sus 

(1) Es un hecho generalmente notorio, tanto en el Perú como en 
Chile, que la quilla del Huáscar se encontraba sucia, cuando éste 
zarpó de Arica el 30 de Setiembre para su última expedición; ex- 
pedición que fué ordenada por el Presidente Prado, y que el 
Contra-Almirante Grau opinaba que no debía llevarse á cabo, sino 
después de haber limpiado la quilla del monitor, del cual no se 
podía obtener por esta circunstancia toda la velocidad de que era 
capaz en condiciones normales, y que le hubiera sido tan nece- 
sario en caso de encuentro con la escuadra enemiga, contra la in- 
mensa superioridad numérica y material de la cual toda lucha era 
imposible. Pero el Presidente Prado, con la estúpida confianza de 
la ignorancia sobre lo que él llamaba buena suerte del Huáscar, 
insistió en la orden dada, á despecho de las prudentes observa- 
ciones del Comandante Grau, el cual se separó de él diciéndole: 
Obedezco porque asi me lo impone mi deber, pero sé 'que llevo el 
Huáscar al sacrificio. Era tan grande la convinción de Grau sobre 
el particular, y tal su certidumbre de sucumbir por el mal estado 
de su buque, en el caso propable de un encuentro con la esquadra 
enemiga, que en el momento de salir de Arica envió á su digna 
consorte á Lima, un paquete conteniendo documentos y recuerdos 
de familia que deseaba poner á salvo. Conservamos en nuestro 
poder nna carta del Señor Del Rio, a quien Grau confió dicho pa- 
quete en el puerto de Arica á bordo del mismo Huáscar, 



260 HISTORIA DE LA 



maniobras hubieran sido hábiles y atrevidas, el 
combate se hizo inevitable; y el valeroso Coman- 
dante del Monitor peruano, con el fin de prevenir 
la concentración de las fuerzas enemigas, con la 
llegada de la primera división dejada algo atrás, 
tomó la iniciativa, y abrió inmediatamente el fuego 
contra el blindado Lord Cochrane. 

El intrépido Gontro-Almirante Grau, sin embargo, 
no dejó de apercibirse desde el primer momento, 
que muy difícil, por no decir imposible le habría 
sido deshacerse del poderoso enemigo que tenía 
enfrente, antes que llegase la segunda acorazada 
con el resto de la escuadra, en cuyo caso su .si- 
tuación sería de las más desesperadas: y sin temor, 
á la par que sin esperanza, su primer pensamiento 
con la nobleza de ánimo que le distinguía, fué para 
las difíciles condiciones de su país al cual quizás 
iba á faltar con él su principal apoyo: y sin dejarse 
seducir por ninguna corbarde ilusión sobre la 
a\uda que hubiera podido prestarle la frágil cor- 
beta Unión, pensó por el contrario en salvarla de 
una cierta é infructuosa ruina, para que pudiera 
m;is tarde prestar más útiles servicios á su patria: 
y dio, por medio de las señales de uso, al Coman- 
dante de aquella, la orden siguiente: salce Usted 
su buque: yo me quedo aquí cumpliendo mi deber. 

Tres naves ligieras se destacaron, una de la pri- 
mera y dos de la segunda división de la escuadra 
chilena, á perseguir la Unión; pero ésta, hábil- 
mente dirigida por su inteligente Comandante Au- 
relio García y García, pudo llegar salva é ilesa á 
Arica en la siguiente mañana del 9. 

¿Qué diremos del Huáscar? Para que describir 
ja ultima lucha de este León del Pacífico non sería 



GUERRA DE AMERICA 26i 

muy necesaria la pluma de Dante ú Homero. Con- 
fesamos que la nuestra es incapaz para tamaña 
empresa; y nos abstenemos. 

Referiremos solamente, por obligación de histo- 
riadores, que después de un encarnizado combate 
con el blindado Lord Cochrane, entró en acción 
también el otro blindado Blanco Encalada, sin 
hablar más de los buques menores; y que puesto 
entre dos fuegos, el Huáscar, casi á tiro de pistola, 
se batió esforzadamente todavía una hora más, 
contra entrambas las poderosas acorazadas chi- 
lenas, hasta que, muerto el valeroso Comandante 
Grau, muertos sucesivamente después de él, un 
segundo y un tercer comandante, hecha pedazos 
la torre, inutilizados sus cañones y todas las armas 
de fuego, diezmadas muchas veces la tripulación, 
lleno de ardientes escombros, ya sin gobierno por 
la repetida rotura de los aparatos del timón, y re- 
ducido á la impotencia más absoluta, tanto para )a 
ofensa como para la defensa, el Huáscar abrió las 
válvulas de sumersión, y esperó... Esperaba sumer- 
girse de un momento á otro, bajo aquellas ondas 
'-obre las cuales imperara por tanto tiempo cual 
generoso y temido rey; y le tocó por el contrario 
la única suerte que podía intimidarlo; ¡la vergüenza 
del pié enemigo, que profanó soberbio su puente, 
convertido en cementerio de héroes! 

Sobre este acontecimiento tan largamente espe* 
rado, y de tanta importancia para Chile, el Coman- 
dante de la escuadra chilena G. Riberos, enviaba 
dos partes á su Gobierno: el uno en el mismo día 
8 de Octubre, y el otro dos días después, el 10. 

Copiamos de ellos los siguientes párrafos. 

Parte del día 8: «A las 9 a. m. se trabó un com 



262 Historia de la 



bate entre el Cochrane y el Huáscar. A las 10 entró 
al combate el Blanco. A las 10 h. 50 m. el Huáscar, 
hecho pedazos, se rindió. El Comandante Grau 
muerto ; igualmente el 2 o y el 3 o comandante. La 
tripulación del blindado peruano resistió tenaz y 
heroicamente. Por el estado en que ha quedado el 
buque creo que non podrá servir...» 

Segundo parte del día 10: «El Huáscar, después 
de sostenido cañoneo con el Cochrane dirigió su 
proa hacia el Blanco, haciendo algunos disparos 
sobre este blindado, que fueron inmediatamente 
contestados. Hubo un instante en que dejó de verse 
izada la bandera del Huáscar, y se creyó concluido 
el combate; pero la bandera peruana volvió á le- 
vantar-e en la nave enemiga, y la lucha continuó. 
Las distancias se acortaron de tal manera, que se 
creyó llegado el momento de emplear el espolón, 
evitando el del buque contrario. Hubo un instante 
en que el Huáscar posó como á veinticinco metros 
de distancia del Blanco, disparando sus cañones 
y haciendo nutrido fuego con las ametralladoras 
de sus cofas. El Cochrane alejado por algún trecho 
del Huáscar, por el movimiento que este monitor 
hizo sobre el Blanco, volvió otra vez sobre él, ma- 
niobrando con oportuna destreza colocó al enemigo 
entre dos fuegos. En esos momentos el Huáscar, 
bajo una lluvia de proyectiles de nuestro blindados, 
se vio obligado á rendirse...» 

Parte oficial del teniente Pedro G¡í rezón, cuarto 
y último Comandante del Huáscar, después de la 
muerte sucesiva de los tres primeros: «En este 
momento (cuando en cuarto lugar tomó Gárezon 
el mando del monitor) el Huáscar se encontraba 
sin gobierno por tercera vez, pues las bombas ene- 






GUERRA DE AMERICA 26o 

raigas penetrando por la bobadilla habían roto los 
aparejos y callamos de la caña, lo mismo qae los 
guardines de combate y varones de cadena del ti- 
món. Estas bombas, al estallar, ocasionaron por 
tres veces incendio en las cámaras del comandante 
y oficiales , destruyéndolas completamente. Otra 
bomba había penetrado en la sección de la máquina, 
por los camarotes de los maquinistas, produciendo 
un nuevo incendio.... También tuvimos otros dos 
incendios, uno bajo la torre del comandante y el 
otro en el sollado de proa. En este estado, y siendo 
de todo punto imposible oíender al enemigo, re- 
solví de acuerdo con los tres oficiales de guerra 
que quedábamos en combate, sumergir el buque, 
antes da que fuera presa del enemigo, y con tal 
intento mandé al Alférez de fragata D. Ricardo 
Herrera, para que en persona comunicara al pri- 
mer maquinista la orden de abrir las válvulas, la 
cual fué ejecutada en el acto, habiendo sido para 
ello indispensable parar la máquina, según el in- 
forme que acompaño de dicho maquinista. Eran 
las 11.10 cuando se suspendieron los fuegos del 
enemigo. El buque principiaba ya á hundirse por 
la proa, y habríamos conseguido su completa su- 
mersión si la circunstancia de haber detenido el 
movimiento de la maquina no hubiera dado lugar 
á que llegaron al costado las embarcaciones arria- 
das por los buques enemigos, á cuya tripulación 
no nos fué posible rechazar, por haber sido inuti- 
lizadas todas las armas que teníamos disponibles. 
Una vez a bordo, los oficiales que la conducían 
obligaron á los maquinistas, revólver en mano, á 
cerrar las válvulas, cuando ya teníamos cuatro pies 
de agua en la sentina, y esperábamos hundirnos 



264 HISTORIA DE LA 



de un momento á otro; procedieron activamente 
en apagar los varios incendios que aún continua- 
ban, y ncs obligaron á pasar a bordo de los blin- 
dados, junto con los heridos. El número de projec, 
tiles que ha recibido el buque no se puede precisar 
pues apenas ha habido sección que no haya sido 
destruida.... Debo manifestar igualmente, que cuando 
los oficiales y tripulación de los botes subieron á 
la cubierta del buque, se encontraron el pico caído 
por haberse roto la driza de cadena que lo sostenía- 
de manera que el pabellón que pendía de él, y que 
había sido hizado por segunda vez, se encontraba 
en ¡a cubierta, cuya circunstancia hice notar al 
teniente i.° señor Toro, del Cochrane, y á otros 
oficiales cuyos nombres no recuerdo. — Antofagasta, 
10 Octubre. — A bordo del vapor Copiapó » (donde 
el señor Gá rezón estaba prisionero). 

Entre las muchas cosas que el lector verá de 
por sí, de los dos citados partes se desprende que, 
mientras que el Comandante en Jefe de la escuadra 
chilena afirma que el Huáscar se rindió, el oficial 
peruano que ejerciera el último el mando de dicho 
buque, relata diferentemente los hechos, excluyendo 
absolutamente toda >ospecha de rendición. ¿Quien 
dice la verdad? 

Al llegar los prisioneros del Huáscar a Chile 
hubo una concurrencia no interrumpida de gente 
al rededor de ellos. Todos querían conocer de cerca 
á lo- heroicos defensores del legendario monitor 
peruano, todos querían escuchar de sus labios al- 
gún episodio más ó menos conmovedor de los 
muchos que necesariamente deberon tener lugar 
en el puente y en los costados del atleta del Pa- 
cífico, durante las dos horas de suprema lucha con 



GUERRA DE AMERICA 265 

los dos blindados chilenos, con un enemigo por lo 
menos seis veces más fuerte. Los periodistas, fácil 
es suponerlo, no fueron últimos en esta concurren- 
cia; y por espacio de mucho tiempo los periódicos 
de Santiago no hicieron más que repetir conver- 
saciones más ó menos largas é interesante, tenidas 
con los prisioneros del Huáscar, con los oficiales, 
con los artilleros, con los marineros, y hasta con 
los simples grumetes. Entre tantas, todas más ó 
menos unánimes en el fondo, copiamos los siguientes 
párrafos. 

« Al emprender el Huáscar la última espedición, 
sabían que ya nuestros blindados (los chilenos) 
habían limpiado sus fondos, y que tenían mayor 
andar. El Presidente Prado fué el único que dudo 
de esta ventaja del Blanco y del Cochrane: Grau, no. 

« Dicen que ni se ha arriado la bandera peruana, 
ni se ha izado bandera de parlamento. Confian en 
que el señor Riberos (Comandante en jefe de la 
escuadra chilena) dirá esto mismo en su parte 
oficial (!). 

« Las líalas rompieron por dos veces las fuertes 
drizas que sujetaban el palo de la bandera, y ésta 
cayó. En la primera vez la volvieron á izar el te- 
niente Gárezon y el soldado Julio Pablo. 

«El teniente Gárezon, cuando vio que toda resi- 
stencia era imposible, llamó al Alféres de fragata 
D. Ricardo Herrera, y le dio en silencio la orden 
de abrir las válvulas á fin de que el buque se hun- 
diese. Ya los blindados (chilenos) estaban como á 
50 yardas de distancia. 

« El Alféres Herrera dio la orden al jefe de los 
maquinistas, y éste hizo parar la máquina para 
poder cumplir lo que se le mandaba. Abrió en 



26G HISTORIA DE LA 



efecto las válvulas; pero los chilenos, viendo que 
el Huáscar ni disparaba ni se movía, lanzaron como 
siete botes para que lo abordaran, lo que se efectuó. 
La tripulación del Huáscar no hizo resistencia: 
primero, porque las armas menores tanto de la 
cámara como de la torre estaban inutilizadas por 
las balas de los blindados: segundo, porque á los 
oficiales se les pasó desde la máquina la voz de 
que ya el buque se estaba yendo á pique. El mismo 
Alféres Herrera vio en la sentina de la máquina 
tres y medio pies de agua. Aseguran todos que en 
cinco minutos más el buque se habría ido indu- 
dablemente á pique; y en prueba de ello citan el 
testimonio de los oficiales del Blanco y del Coch- 
rane que hicieron tapar las válvulas. » 

Además de las numerosas conversaciones tenidas 
con los prisioneros del Huáscar, todas poco más 
ó menos del mismo tenor de los pequeños párrafos 
que hemo- copiado, lo- periódicos chilenos publi- 
caron también no pocas descripciones del último 
combate del monitor peruano, escritas por corres- 
ponsales que se encontraban á bordo de los aco- 
razados y otro- buques chilenos, que tomaron parte 
en dicho combate. Da una de las muchas que en- 
contramos en el periódico el Mercurio de Valpa- 
raíso, copiamos las siguientes palabras: «A las 
10 a. m. hizo el Blanco su primer disparo, y desde 
ese istante el combate fué sostenido por ambos 
blindado- contra el Huáscar que se defendía va- 
lientemente. Una granada del Cochrane cortó los 
guardines del timón, y para poder gobernar tuvie- 
ron los peruanos que hacerlo con aparejos desde 
la cámara del Comandante, y que ya había recibido 
un balazo del mismo Cochrane. Una granada de la 



GUERRA DE AMERICA 267 

Blanco hizo esplosión dentro de la cámara conclu- 
yendo de destrozarla y matando á todos los que 
manejaban los aparejos del timón, con lo cual 
quedó el buque sin manejo alguno.... El teniente 
Gárezon abandonó la cubierta para hacer abrir las 
válvulas de la máquina.... Llegados los chilenos á 
bordo del Huáscar, el ingeniero señor Werder 
marchó á la máquina, y con el revólver en mano 
hizo se le indicase el lugar de las válvulas, por 
las que empezaba á llenarse el buque de agua. » 

De estas diversas relaciones y de las muchas 
semejantes que por amor de brevedad no reprodu- 
cimos, todas directa ó indirectamente de origen 
chileno, lo que escluye toda sospecha de parciali- 
dad en favor del Perú, resulta pues, que el Huás- 
car no se rindió; y que el parte del teniente Gá- 
rezon, que en cuarto y último lugar tuvo el mando, 
es exacto en todas sus partes. 

En una carta de familia (publicada por los pe- 
riódicos peruanos) del Guardia marina D. Domingo 
Valle-Riestra, joven de 16 años que hacía sus pri- 
meras armas en el Huáscar, leemos: Tres veces 
fué volado el pabellón á cañonazos: ya sin gente, 
sin armas, sin nada, fuimos tomados....» Y fueron 
tomados por el enemigo, cuando, cumplido su de- 
ber más allá de lo necesario, esperaban imperte 
rritos la próxima sumersión del Huáscar: esta es 
la verdad (1). 

Un pequeño monitor de mil toneladas y 300 ca- 
ballos de fuerza, con dos cañones de á 300 v una 



(1) «Los peruanos habían abierto las vávulas del monitor para 
sumerjirlo, y el agua entraba en su casco en gran cantitad. Los 
asaltantes las cerraron prontamente, y así lograron salvarlo.» 

Bakros-Arana, Historia de la Guerra del Pacifico, pag. 135. 



268 HISTORIA DE LA 



débil coraza de cuatro pulgadas y media en el 
centro y que disminuye hasta do> y media en sus 
extramos, lucha animoso contra dos poderosos 
blindados de dos mil toneladas, con mil caballos 
de fuerza, seis cañones de á 300 y una coraza de 
nueve pulgadas cada uno. El, casi invisible á lado 
de \o> sólidos acorazados que tenía en frente, se 
lanzo valiente en medio de filos, desafiando imper- 
térrito su«; doce cañones que hacen llover sobre él 
á quema ropa sus gruesos proyectiles por todos 
lados, con tal de acercarse tanto á ellos que pueda 
esperar de parforas sus gruesas corazas de acero, 
con tal de investirlos con su espolón, que aquellos 
consiguen fácilmente esquivar, gracias ó lo doble 
hélice de que se hallan provistos. El, sin retroceder 
un instante, fija la mirada en los abismos del 
Océano, buscando el único medio de escapar a las 
inevitables endonas enemigas.... Y ¡vosotros que 
luchastei- con la proporción de diez contra uno, 
vosotros que triunfasteis únicamente por la in- 
mensa superioridad de fuerzas materiales, quisie- 
rais tambian quitarle la triste gloria del intentado 
suicidio, quisierais mo>tranoslo envilecido y humi- 
Ilado pidiendo perdr'm! 

Mo, el Huáscar no se rindió. ¡El Huáscar su- 
cumbió como viviera, en una auréola de gloria im- 
perecedera! 

Con la pérdida del Huáscar, acabaron los com- 
bates navales. Al Perú no le quedaban más que 
dos débiles corbetas de madera, la Unión y la 
Pílcomayo, absolutamente incapaces de toda lucha 
con la escuadra chilena; y ésta, no teniendo com- 
petidores, quedó dueño de los mares. 



GUERRA DE AMERICA 269 

Los siguientes párrafos de periódicos nos dirán 
como fué sentida en América y fuera, la v pérdida 
del Huáscar. 

«El Huáscar es un buque histórico.... Ha figu- 
rado en todos los combates navales en el curso de 
la guerra: ha bombardeado las poblaciones de los 
chilenos (sólo Las fortificadas), perseguido y captu- 
rado los buques trasportes, y ha sido por varios 
meses el terror de la costa chilena. Al mando de 
un hábil y valiente oficial, y tripulado por hom- 
bres excelentes, el Huáscar ha sido siempre un 
formidable adversario.» El Times de Londres, del 
10 de Octubre. 

«No se necesita haber estado del lado del Perú, 
en la desgraciada guerra de Sud-América, para 
lamentar que el gallardo Huáscar haya sido captu- 
rado por los chilenos. Algo que parecía buena 
suerte, pero que probablemente no era sino com- 
petencia en su manejo, ha colocado repentinamente 
á este buque entre los más famosos que han sur- 
cado las aguas americanas. Ninguna empresa era 
demasiado grande ni demasiado pequeña para él... 
Que mantenga su antigua reputación, ahora que 
se halla en otras manos, es muy dudoso, porque 
comandantes tan hábiles como Grau no hay mu- 
chos; y oficiales de segundo ó tercer orden le tienen 
casi tanto miedo á un buque por el estilo del Huáscar 
como al enemigo.»— El Herald de Nueva York, 
10 de Octubre. 

La noticia de la captura del Huáscar anunciada 
ayer, 10, de Londres, por el cable, causará dolor 
en muchos pechos, hasta en los que simpatizan 
con Chile. El denodado buquecito parecía tener 



270 HISTORIA DE LA 



vida encantada, por la impunidad con que había 
llevado á cabo las numerosas y arriesgadas em- 
presas á que con frecuencia lo llevaba su valiente 
Comandante.,. Por otra parte, su Comandante el 
valeroso Contra-Almirante Grau había obligado la 
admiración de todos, sin exceptuar la de los ene- 
migos menos obcecados. No dejaba en pos de sí 
poblaciones indefensas incendiadas, ni destruía vi- 
das y propriedas innecesariamente; su conducta 
ha sido siempre la de un marino pundonoroso y 
la de un cumplido caballero. Puede decirse que 
hasta ahora el Huáscar, ha sido el protagonista en 
la campaña de una y otra parte, y el único ele- 
mento de actividad en la historia de la guerra. A 
los famosos blindados chilenos no les había cabido 
otra gloria, que la muy triste de llegar siempre 
tarde.» La Estrella de Panamá. 

« Grau murió, pero no ha muerto en la memoria 
de los argentinos, el nombre de ese gran titán de 
los mares. El Huáscar, la pesadilla de la escuadra 
chilena; Grau, la pesadilla de los chilenos; inse- 
parables eran, el navio y el Contra-Almirante. La 
estrella polar de Grau era la victoria, y antes que 
rendirse prefería la muerte. Cruzaba por su imagi- 
nación una idea que pudiera en la práctica buenos 
resultados á sus planes, y sin titubear la aceptaba 
por más peligrosa que encontrara para realizarla. 
A Antofagasta! gritó un día, y se dirigió allí, allí 
donde los buques chilenos se habían estacionado... 
En la oscuridad de la noche se deja ver un res- 
plandor; era la alarma que ya cundía. El rayo de 
la guerra fulminaba tremendo sobre los buques 
chilenos, y la corona de la victoria vino á posarse 
sobre la sienes de Grau. Hechos como este pueden 






GUERRA DE AMERICA 271 

citarse muchos, consumados por intrépido marino. 
Honor á él! Gloria eterna á los vencidos de Meji- 
llones! El pueblo argentino, que ha seguido con la 
simpatía más entusiasta los hechos gloriosos de 
Grau, quiere dedicar á su memoria el postrer tri- 
buto. El Club Patriótico de la Joventud ha resuelto 
hacer un funeral en la Catedral, y una procesión 
de duelo, invitando para ese acto á todas las so- 
ciedades extrangeras, representantes de la campaña, 
estudiantes...» (Funerales y procesión tuvieron lugar 
algunos días después, y fueron esplendidísimos, 
precisamente por la gran concurrencia de gente 
de todas clases). — La Tribuna de Buenos Ayres, 
Octubre 11. 

« La prensa de la República de Chile se deshace 
en loas y en alabanzas á sus valientes marinos. 
El Jefe de la escuadra chilena, es un Nelson, y al 
día seguente de la rendición del Huáscar se pu- 
blicó su biografía en Chile. Ella assombrará al 
mundo entero, sin duda alguna. — Y ¿por qué no7 
¡Toda la escuadra chilena, compuesta de ocho bu- 
ques, batió al Huáscar que era un pequeño mo- 
nitor en comparación de cualquiera de los acora- 
zados chilenos! El Huáscar no presentaba más 
ventaja que el ser mandado por un marino valiente 
y experto, que puso á raya á toda la escuadra 
chilena, haciéndola fugar y teniéndola en jaque 
durante seis meses. » — La República de Buenos 
Aires, Octubre 26 de 1879. 



VII 
Desembarco de Pisagua 



EESUMEN— La escuadra chilena se dirige desde Antofagasta á 
Pisagua para invadir el desierto de Tarapacá. - Pisagua: sus 
defensas. - Disposición de las fuerzas chilenas y bombardeo de 
Pisagua. - Desembarco disputado por escasas fuerzas Perú-bo- 
livianas. - Incendio de salitre y carbón. - Lucha cuerpo á 
cuerpo. - Pertrechos de guerra abandonados con poca previsión 
á los invasores. - Porque fué buena la defensa y mala la reti- 
rada de la guarnición. - Excelentes cualidades del soldado pe- 
ruano. - El oficial peruano. Su naturaleza y sus defectos. Ex- 
cepciones. 



Habiendo desaparecido con el Huáscar el único 
elemento de fuerza que el Perú tenía en el mar, y 
quedado in consecuencia omnipotente la escuadra 
chilena, por falta de adversarios que pudieran dis- 
putarle el imperio del Océano delante la extensa 
costa enemiga, Chile vio finalmente llegado el mo- 
mento de proceder á la invasión del codiciado de« 
sierto peruano de Tarapacá. Y no dejó pasar más 
tiempo en llevarla á cabo, que el estrictamente 
necesario para la concentración de tedas su fuerzas 
navales en el puerto de Antofagasta, y el embarque 
del ejército y de los muchos pertrechos de guerra 
allí reunidos durante nueve meses. 

18 



274 HISTORIA DE LA 



Efectivamente, habiendo salido de Antofagasta en 
la tarde del 28 de Octubre, y después de haberse 
aumentado por el camino con los contingentes sa- 
lidos de Tocopilla y Mejillones, llegaba el 2 de No- 
viembre á la rada de Pisagua una escuadra chi- 
lena de 19 buques (1). Eran estos: blindado Lord 
Cochrane, la corbeta O'Higgins, las cañoneras Co- 
vadonga y Magallanes, los cruceros Loa y Ama- 
zonas, y trece trasportes todos más ó menos ar- 
mados con cañones de grueso calibre, sobre cuyo> 
puentes viajaba un ejército de más de 10,000 hom- 
bres, con caballería, artillería, ambulancias, vitua- 
llas, etc. etc. Un segundo ejército de reserva, fuerte 
de ocho á nueve mil hombres quedaba en Antofa- 
gasta, pronto á la primera llamada. 

Pisagua, pequeña aldea de unos mil habitantes 
colocada á los pies de una árida montaña de 150 
á 200 metros de elevación, que se dibuja sobre el 
mar en forma de anfiteatro, no estaba defendida 
más qae por dos cañones, de á 100, montados á 
toda prisa en los dos extremos de la bahía, y por 
novecientos soldados, de los cuales, dos terceras 
partes bolivianos y el resto peruanos. 

Al amanecer, la scuadra chilena tomó cómoda- 
mente sus posiciones de combate. Mientras los 
trasportes se quedaban atrás, preparando las cha- 
lupas y barcas traídas á remolque para efectuar 
el desembarco de las tropas, los cuatro buques 



(1) La distancia por mar entre Antofagasta y Pisagua es de 274 
millas, que un buen vapor hace ordinariamente en un sólo día: si 
la escuadra chilena empleó cinco días en recorrerla, fué porque 
muchos de sus vapores se perdieron de vista durante la noche, ora 
uno, ora otro, siendo necesario muchas veces esperarlos y ponerse 
en su busca. 



GUERRA DE AMERICA 275 

principales— Cochrane, O' Higgins, Covadonga y 
Magallanes —se colocaban en dos secciones, en 
frente de los dos cañones de Pisagua, llamados 
pomposamente baterías por los chilenos. El crucero 
Amazonas sobre el cual, además del Comandante 
de la escuadra, se encontraban el General en Jefe 
dei ejército y el Ministro de la Guerra en campaña 
tomó posición en el centro de la bahía, frente á lo 
que podremos llamar los restos de Pisagua, ya 
incendiada por la escuadra chilena el 18 de Abril. 

A las 7 de la mañana, los cuatro buques rom- 
pieron el fuego contra los dos cañones de tierra, 
mientras el Amazonas se entretenía en lanzar gra- 
nadas contra la guarnición, que desprovista de 
todo medio, tanto ofensivo como defensivo, espe- 
raba impasible é impaciente entre las escabrosi- 
dades de las rocas, el momento de entrar en ac- 
ción contra las tropas que se preparaban al desem- 
barco. Estas, sin embargo, aunque embarcadas en 
las chalupas desde muy temprano, no se movieron 
del costado de sus buques respectivos, hasta las 10 
de la mañana: es decir, un hora después de baber 
cesado el fuego de los cañones peruanos, los cuales 
funcionando sobre plataformas descubiertas, bajo 
el nutrido fuego de cuatro buques provistos de 
numerosos cañones de mejor clase y de mayor 
calibre— de á 150 y de á 300— fueron finalmente 
desmontados después de dos horas de combate, 
durante las cuales, no dejaron un sólo momento 
de hacer oír su voz, á pesar de los muchos arti- 
lleros muertos, los unos después de los otros, por 
la incessante lluvia de proyectiles enemigos. 

Desmontados los dos únicos cañones que defen- 
dían Pisagua, sí defensa podía llamarse su modesta 



276 HISTORIA DE LA 



acción contra la de la fuerte y numerosa artillería 
enemiga, nada ó casi nada se oponía ya al desem- 
barco del ejército chileno, que fuerte de diez mil 
hombres y protegido por la artillería de la escuadra 
sólo tenía en frente de sí novecientos hombres, ya 
diezmamados por la metralla. Sin embargo, titu- 
beó; y no faltó mucho para que se decidiera á re- 
troceder, con el fin de buscar otro punto de de- 
sembarco, en el cual estuviese seguro de no en- 
contrar resistencia alguna. En este punto de su 
narración, el elegante historiador chileno Vicuñ8 
Mackenna dice. «¿Qué tenía lugar entre tanto á 
bordo de los buques chilenos pintorescamente es- 
parcidos en fondo de la bahía? Se vacilaba. Y en 
consecuencia iban y venían órdenes confusas y 
contradictorias, que debian embarazar seriamente 
las operaciones del desembarco. Se quería por los 
unos ir á Junin, para ejecutar sobre las alturas un 
movimiento de circunvalación... Otros hablaban de 
la quebrada de Pisagua viejo... Otros en fin, y en 
medio de la confusión natural de todo plan que se 
altera en el momento de consumarlo, hahlaban de 
llevar el ejército ó lio, que era el segundo punto 
de desembarco, dando por frustrado el primero (1). 
Al acercarse las barcas y chalupas que traspor- 
taban los primeros contingentes de tropa chilena, 
la pequeña guarnición Perú-boliviana, reparándose 
como le fué posible con la estación del ferrocarril 
y los restos de Pisagua: así como también con los 
grandes montones de carbón y de sacos de salitre 
existentes sobre la playa, sostuvo durante algunas 



(1) B. V. Mackenna, Historia de la campana de Tarapacá, t. II, 
pág. 717. 



GUERRA DE AMERICA 277 

horas contra los invasores un nutrido y bien diri- 
gido fuego de fusilería que les impedía desem- 
barcar. « A esa hora, dice el historiador chileno, 
la derrota de los chilenos parecía inevitable, tanto 
más que las municiones de la primera columna 
que desembarcó {todavía no había Logrado deserví' 
barcar) se habían agotado, y que su gente esperaba 
un renfuerzo que tardaba en llegar (1) ». 

Rechazados por dos veces consecutivas, los chi- 
lenos se vieron obligados á volver al costado de 
su buqués, para dejar los muertos y heridos, y 
tomar refuerzos. El desembarco se intentaba, y se 
efectuó después, en 43 barcas y chalupas. 

Toda la escuadra chilena, buques de guerra y 
trasportes, descargaron entonces una verdadera 
granizada de bombas y granadas. Los grandes 
montones de carbón, y cerca de ctnquenta mil 
quintales de salitre se incendiaron de repente, in- 
cendiando á su vez cuanto estaba á su alrededor; 
los defensores de la plaza, arrollados por las llamas 
fueron obligados á retirarse; y los chilenos, prote- 
gidos por el humo que los ocultaba á los ojos del 
enemigo, pudieron abordar á tierra (2). 

Comenzó entonces una lucha cuerpo á cuerpo 
por entre las rocas que dominaban á Pisagua. Es- 

(1) Barros-Arana, Historia de la Guerra del Pacífico, pág. 148. 

(2) .... El Cochrane principió á dirigir sus fuegos hacia aquella 
parte de la plaza, y minutos más tarde comenzaba ésta á arder por 
cinco partes distintas. El salitre se inflamó rápidamente levantando 
ana espesa y sofocante humareda. Los montones de carbón de pie- 
dra situados en la playa, junto á la estación del ferrocarril, unie- 
í'on luego su negro humo al parduzco del salitre.... El enemigo 
parapetado tras aquellas defensas se vio obligado á retirarse y 
abandonar los escombros y la población, donde llovían los proyec- 
tiles del Cochrane y de la O'Híggins.» 

Relación del corresponsal del periódico El Mercurio de Valpa- 
raíso,— 5 de Noviembre. 



278 HISTROIA DE LA 



trochados por enemigos cada vez más numerosos 
por los continuos refuerzos que les llegaban del 
mar, y que la seguridad de la victoria hacía más 
audaces y emprendedores en el ataque; y ametra- 
llados sin descanso por la escuadra que hacía fuego 
á tiro de fusil, mientras cedían el terreno palmo á 
palmo al torrente de los invasores sobre la rípida 
montaña que servía de blanco á aquella, los escasos 
soldados de la alianza se batieron come leones 
durante cinco horas, sin contar las tres precedentes 
al desembarco, hasta las 3 de la tarde ; cuando 
habiendo llegado al vértice de la roca, próximos á 
ser cogidos entre dos fuegos, con el acercase de 
una fuerte división enemiga que había desembar- 
cado sin encontrar resistencia en la cercana rada 
de Junin, toda defensa era tan imposible, como 
inútil, y los poco que quedaban tuvieron que batirse 
en retirada (1). 

(1) «A las 11.35 a. m. notando que apresuradamente se descol- 
gaba mucha tropa do la que se hallaba acampada en la parte su- 
perior de los cerros, y á la que el Amazonas había dirigidos sus 
fuegos, y que llegaba á parapetarse dentro de la población, ha- 
ciéndose difícil el desalojarla cuando se intentase el desembarco, 
consulté al señor General en Jefe y Ministro de guerra en cam- 
paña, la conveniencia de bombardearla; y siendo de la aceptación 
de estos señores Jefes, puse señales a los buques de la escuadra de 
concentrar sus fuegos sobre la ciudad, lo que en el acto se eje- 
cutó.... Las tripulaciones de los buques de la escuadra se portaron 
bravamente, y han disminuido un tanto á consecuencia de las bajas 
que han esperimentado, pues repetidas veces se vio salir del cos- 
tado de un buque un bote con su dotación completa, y volver solo 
la mitad, teniendo que echar arriba los muertos y heridos, y volver 
nuevamente a tripularlos, para continuar conduciendo la gente de 
dosembarco.» 

Parte Oficial del Comandante de la esquadra chilena, 

«Las pérdidas del enemigo en el combate de Pisagua, no se han 
contado.... El mayor estrago causado en las filas de los defensores, 
por las bombas de los buques que cayeron sobre sus cabezas du- 
rante cuatro horas consecutivas, en el número prodigioso de 600, 
sin contar algunos tarros de metralla.» 

VicuñA-MiCKENNA. Obra, citada, t, II, pag. 741. 



GTÍ3RRA DE AMERICA 279 

La defensa de Pisagua, sostenida por un puñado 
de hombres durante más de ocho horas, contra 
todo un ejército y una poderosa escuadra, fue más 
que un acto de valor; fué casi heroísmo: siendo 
que á los defensores bastó ver el gran aparato de 
fuerzas desplegado por el enemigo, para comprender 
qua toda resistencia sería infructuosa, que era im- 
posible conseguir la victoria; y todos sabemos cuan 
sea difícil el dedicar sus propios esfuerzos á una 
empresa condenada de antemano, con la completa 
convicción del mal éxito y de la inutilidad de todo 
conato, por grande y extraordinario que pueda ser. 

Sin embargo, esta misma guarnición que en la 
imposible defensa de Pisagua supo llegar hasta el 
heroísmo, no supo más tarde impedir en su reti- 
rada, que cayesen en manos del enemigo los mu- 
chos elementos de vida y de fuerza que debía, ó 
no abandonar, ó destruir. 

En Pisagua, como salvo ligeras excepciones, en 
todo el inmenso desierto de Tarapacá, no huty agua 
potable; de manera que es necesario recurrir á la 
del mar, y someterla á las largas operaciones de 
la destilación. Con este objeto se encontraban en 
Pisagua grandes máquinas destiladoras, con una 
serie de aparatos y depósitos para trasportar el 
agua ya potable sobre las alturas y á otros puntos. 
Mí'i quinas, depósitos y aparatos de trasporte, que 
tan poco trabajo hubiera costado destruir, y que 
tanta falta hubieran hecho al ejército invasor, fue- 
ron dejados intactos como se encontraban; así como 
también fué abandonado con todo su material de 
locomoción, el camino de hierro que desde Pisagua 
conducía hasta Agua Santa en un trayecto de cin- 
cuenta millas; camino de hierro que era necesario 



280 HISTORIA DE LA 



no abandonar, ó por lo menos inutizar, destruyendo 
las máquinas y los vagones, para que no sirviese 
de poderoso auxiliar al enemigo, como efectivamente 
sirvió, para movilizar su ejército y trasportar los 
pesados materiales de guerra. 

Las mayores contrariedades con las cuales debía 
luchar el ejército chileno en el árido é impracti- 
cable desierto de Tarapacá, eran la falta de agua 
y las dificultades de locomoción; y fueron precisa- 
mente estos dos grandes elementos de vida y de 
guerra— agua y camino de hierro — que la imprevi- 
sora guarnición perú-boliviana regalaba al enemigo, 
en el momento de retirarse de Pisagua. 

¿Cómo explicar esta gran contradicción entre el 
heroismo de la defensa, y la estupidez de la re- 
tirada? 

En el ejército del Perú, lo mismo que en el de 
Bolivia, cuya e-cuela y costumbres son idénticas, 
89 necesario ha<er una gran diferencia entre el 
-'>Mado v el o ricial. El soldado es bueno, muy 
bueno, y deja poco ó nada que desear; mientras 
que el oficia!, cuino regla general, es menos que 
mediano, y en modo alguno digno del soldado que 
tiene á sus ó'denes. 

Ya estamos en el camino de la explicación que 
íbamos buscando. La resistencia, obra principal- 
mente del soldado, fué gloriosa, heroica. La reti- 
rada, y todo lo que se relaciona con su dirección' 
obra exclusiva del oficial, fué eminentemeníe dis- 
paratada, una prueba de incapacidad é insuficiencia. 

El soldado peruano tiene pocas pretensiones : 
eminentemente sobrio en tiempo ordinario, soporta 
fácilmente toda clase de privaciones en casos ex- 
cepcionales, sin lamentarse, ó por lo menos sin 



GUERRA DE AMERICA 281 

mucha insistencia ; y es capaz, en casos dados, 
por simple pasividad de obediencia y hábito de 
sufrir, principalmente el de las provincias del in- 
terior, ó sea el cholo, el indio, de hacer las marchas 
más duras y fatigosas. Es obediente á la disciplina 
y fiel á la consigna: y si bien falte de arrojo é 
iniciativa, se bate, sino por verdadero y propio 
valor, con la imperturbable serenided y constancia 
que le dan su natural disposición á la más pasiva 
obediencia, y su suma indiferencia á la faz del 
peligro. 

Bien considerada, la indiferencia ante el peligro 
es en él una cualidad puramente secundaria ; es 
decir, hija más bien de la sujeción á la disciplina, 
que de su propia naturaleza; porque desaparece 
casi siempre cuando aquella deja de ejercer su in« 
fluencia. Pero lo cierto es, como la guerra de que 
nos ocupamos ha venido á probarlo, ó por mejor 
decir á confirmarlo, pues ya se conocía desde las 
guerras de la independencia (1), que dicha cualidad 
no le abandonan un solo instante, mientras dura 
la obediencia á su propio superior; y que única- 

(1) Basta recordar sobre el particular las famosas batallas de Pi- 
chincha, Junin y Auacucho, que decidieron la independencia de Co- 
lombia y del Perú, y que fueron debidas principalmente al valor 
de los regimientos peruanos. 

Después de la batalla de Pichincha, á las puertas de Quito, el 
gran Bolivar decretaba una medalla conmemorativa para todos los 
soldados de la división peruana, con la siguiente inscripción: Li- 
bertador de Quito en Pichincha.— Gratitud de Colombia á la división 
OjcI Perú, 

La batalla de Junin, ya perdida, fué salvada por el valor de la 
caballería peruana, la cual recibia como premio de Bolivar, el tí- 
tulo de Húsares de Junin. 

En la proclama dirigida al ejército libertador, después de la gran 
batalla de Ayacucho, que decidió de los destinos del Perú, y puso 
término á la guerra de la Independencia americana, decía Bolívar 
á la división peruana: ¡Soldados peruanos! vuestra patria os contará 
siempre entre los primeros salvadores del Perú. 

Véase: Lqrente, Historia del Perú, t. I, pag. 73, 260 y 286. 



282 HISTORIA DE LA 



mente llega á faltarle cuando este último se despoja 
de su autoridad, ó lo abandona, jamás por propia 
culpa. 

En otros términos, el soldado peruano se bate 
sereno é impasible sin mirar el peligro, casi como 
si no lo apercibiese, mientras es sostenido por la 
presencia y por la voz del oficial ; por el contrario, 
se hace pusilánime y no obedece más que al sen- 
timiento de la propia conservación, desde el mo- 
mento que se ve abandonado á sí mismo por la 
deserción ó por la incapacidad de su superior. Si 
este cae muerto ó herido, el soldado sigue imper- 
térrito en su puesto, mientras queda un solo oficial 
que lo guíe y lo anime con el ejemplo al cumpli- 
miento de su deber; pero si aquel abandona el 
campo de batalla ó retrocede, entonces emprende 
inmediatamente la fuga, con él ó sin él, y es im- 
posible detenerlo. 

En una palabra, con una buena oficialidad, el solda- 
do peruano, si no es un león, es una poderosa má- 
quina que no falta nunca á su cometido; con una 
mala oficialidad es un cero á la izquierda, un nada. 

En cuanto al oficial peruano, ya lo hemos dicho, 
como regla general es peor que mediano. ¿De qué 
proviene esto? Es fácil encontrar la respuesta: de 
no ser un verdadero militar. 

Como hemos dicho largamente en otra ocasión, 
el oficial peruano, nacido y formado en medio á 
las revoluciones intestinas, no es más que un sim- 
ple militar de ocasión. Habiendo entrado en la mi- 
licia, no para seguir tranquilamente la carrera en 
pro de su propio país, sino únicamente para servir 
á sus aspiraciones del momento ó del porvenir, 
lleva consigo y conserva todos los defectos del 
ciudadano más ó meno> faccioso v turbulento. Sin 



GUERRA DE AMERICA 283 

educación militar en el momento de ceñir por pri- 
mera vez su sable de oficial, sin posibilidad de re- 
cibirla más tarde en una vida de cuartel la mayor 
parte de las veces interrumpida por las frecuentes 
separaciones del servicio; viciado diaramente, cada 
vez más, por la permanente atmósfera revolucio- 
naria, tan enemiga de la disciplina y de toda vir- 
tud militar, el oficial peruano no tiene ni podrá 
tener jamás las dotes de un buen militar, mientras 
dura en su país el triste azote de la revolución 
endémica. 

En medio de un cuadro tan feo, es preciso de- 
cirlo, se encuentran también algunos puntos lumi- 
nosos. Honrosas excepciones, oficiales pundono- 
rosos y valientes los hay también : pero, ¿qué in- 
fluencia puede ejercer su acción, aislada ó contra- 
riada casi siempre por la actitud bien diferente del 
preponderante y fuerte número de los restantes? 

La falta de instrucción y disciplina en la mayoría 
de los oficiales, entorpeció y perjudicó sensible- 
mente, al comenzar la guerra principalmente, la 
laudable acción de los pocos oficiales buenos y 
dignos, al mismo tiempo que dejaba infructuosas 
las exce'entes cualidades del soldado que tenía 
á >us ordenes, y que no supo dirigir, desperdi- 
ciando y consumando miserablemente aquellas fuer- 
zas, que, bien utilizadas, hubieran dado induda- 
blente los mejores resultados. 

Sin embargo no fué ésta la sola, ni la principal 
de las causas de las varias derrotas que tuvieron 
las armas del Perú en la presente guerra: estaño 
fué más que una de las muchas, que concurrieron 
á producir tales resultado-, como á poco veremos 
en el curso de esta narración. 



VIII 
Batalla de San Francisco ó de Dolores. 



RESUMEN— Ejército Perú-boliviano. — Porque el desierto de Ta- 
rapacá se designaba como el verdadero teatro de la guerra. — 
Inacción de Prado y de Daza. — El ejército estaba esparcido. 

— Doble objeto del ejército cbileno al desembarcar en Pisagua. 

— El ejército chileno se concentra en Dolores. — Mala situación 
del ejército peruano en Iquique. — Plan de operaciones y mo- 
vimiento de los ejércitos. — Daza llega á Camarones. — Retro- 
cede. — Voces de traición. — El ejército boliviano se subleva 
y destituye á Daza de la Presidencia. — Otra revolución en 
Bolivia. — Rene Moreno, intermediario para las negociaciones 
entre Daza y el enemigo. — Los chilenos temían al General 
Daza. — Pruebas. — El ejército peruano de Iquique se aproxima 
y los chilenos deciden esperarlo en Santa Catalina. — Loe 
peruanos habían retardado por haberse extraviado. — Los chi- 
lenos cambian de idea. — Se preparan á la defensa de Dolores. 

— Cerro de San Francisco. — Llegada y disposición del ejército 
perú-boliviano. — Discordias. — El ala derecha comienza el 
fuego y el asalto. — Partes del Coronel Suarez y otros sobre 
la batalla. — Fuga de los bolivianos y acogida que tuvieron en 
Bolivia. — El hecho de armas de San Francisco tiene poca im- 
portancia militar. — Envidias y rivalidades entre los oficiales. 

— Consecuencias de esta batalla ventajosas á los chilenos. 



Durante los siete meses de la campaña naval, 
las Repúblicas aliadas Perú y Bolivia, habían con- 
seguido organizar en el departamento ó desierto 
de Tarapacá, un ejército de cerca de diez mil hom- 



286 HISTORIA DE LA 



bres, 7000 de los cuales eran peruanos y 3000 bo- 
livianos. Otro ejército de ocho mil hombres, 5000 
peruanos y 3000 boliviano-, se encontraba en la 
provincia limítrofe de Tacna. El General Prado, 
Presidente del Perú y director supremo de la guerra, 
accampaba en Arica con sus 5000 peruanos, mien- 
tras el General Daza, Presidente de Bolivia y ca- 
pitán general del ejército boliviano, ocupaba la 
próxima capital de la provincia, Tacna. 

Que el primero y verdadero teatro de la guerra 
habría sido el desierto de Tarapaca, era tan cierto 
y seguro, que nadie pensaba ponerlo en duda. Así 
Jo daban á entender desde el primer día de la 
guerra: 1.° el curso natural de la misma, por ser 
territorio limítrofe del desierto boliviano de Ata- 
cama, ocupado ya por el ejército chileno; 2.° las 
notorias y evidentes aspiraciones chilenas de apo- 
derarse de dicho territorio, cuyo conquista era el 
objeto y motivo principal de la guerra; 3.° el con- 
tinuo clamor levantado por los periódicos chilenos 
que revelando y comentando con seis o siete meses 
de anticipación los proyectos de aquel Gobierno, 
repetían diariamente que el ejército chileno, tan 
luego como pudiera moverse de Antofagasta, efec- 
tuaría inmediatamente un desembarco sobre las 
costas de Tarapacá, para apoderarse ante todo de 
Iquique y de los grandes recursos económicos que 
ofrecían el salitre y el guano, que en tan gran 
cantitad encerraba el desierto. Con aquella habitual 
ligereza con que los periódicos chilenos revelaban 
siempre las cosas más íntimas de su Gobierno, sin 
incluir las que el decoro nacional impondría el se- 
creto, llegaron hasta indicar cuales serían los pro- 
ba I de- puntos de desembarco del ejército, seña- 



GUERRA DE AMERICA 287 



lando psecisamente Pisagua como el principal. Sin 
embargo Prado y Daza, Presidentes de las dos 
Repúblicas aliadas y Generales en jefe de sus 
ejércitos, permanecieron tranquilamente en Arica 
y Tacna, donde su presencia no era de ninguna 
utilidad; y confiaban el mando del ejército de Ta- 
rapacá al General Buendía, al cual, aunque buen 
-oldado, faltaban la energía y autoridad necesa- 
rias para imponer silencio á la indisciplina y á las 
rivalidades de \o> oficiales que tenía á sus órdenes 
y que, como veremos, fueron causa no indiferente 
de grandes desastres. 

En previsión de un desembarco del ejército ene- 
migo en Jas extensas costas del desierto de Tara- 
pacá, el ejército de la alianza al cual estaba con- 
fiada la defensa de este territorio, se encontraba 
diseminado por pequeñas fracciones en los diversos 
puntos de posible acceso del mismo por mar, así 
como también en algunas localidades interiores, 
de las cuales hubiera sido fácil acudir solícitamente 
allí donde se verificase un ataque, en Mijillones, 
Molle, Pisagua, Patillos, San Juan, la Noria, Monte 
de la Soledad, Huatacondo é Iquique, donde tenía 
-u cuartel general, y donde á toda prisa se con- 
centró después del desembarco del ejército chileno 
en Pisagua. 

De-embarcando en Pisagua, punto intermedio 
entre Iquique y Arica, el ejército chileno se pro- 
ponía dos cosas : I o , cortar toda comunicación entre 
los dos ejércitos de la alianza acampados en a- 
quellas localidades; aislarlos el uno del otro; y de 
colocarlos de este modo en la imposibilidad de 
obrar de acuerdo, ó de socorrerse mutuamente ; 
2 o , marchar sobre Iquique por tierra á través del 



288 HISTORIA DE LA 



desierto, y apoderarse de esta ciudad que, como 
sabemos, era el centro principal del comercio sa- 
litrero del codiciado desierto de Tarapacá (1). Para 
poder conseguir su doble intento, era necesario en 
primer lugar internarse con celeridad en el desierto 
30 millas próximamente, hasta Dolores; localidad 
eminentemente estratégica, puesta precisamente 
sobre el camino que quería cortar el enemigo, de 
Arica á Iquique, y que él mismo tenía que seguir 
para ir á Iquique; y en esto fué maravillosamente 
favorecido por el ferrocaril que desde pisagua iba 
á Agua Santa y que pasaba precisamente por Do- 
lores, donde tenía una estación de la más impor- 
tantes. Además de otras muchas ventajas, la esta- 
ción de Dolores ofrecía también la de encontrarse 
á lado del único manantial de agua que existe en 
toda aquella zona del desierto: verdadero río de 
excelente agua potable que corre á poca profun- 
didad, por un cauce subterráneo del cual se extrae 
fácilmente, par medio de grandes y sólidos apa- 
ratos. 

Dueño del ferrocarril, de este gran elemento de 
locomoción que tanto y tan eficazmente, ayudaba 
á sus proyectos, el ejército chileno se lanzó im- 
mediatamente sobre él; y sus primeros batallones 
pudieron apoderarse de la estación de Dolores y 
plantar allí sus tiendas, sin que nadie lo molestase 
y sin disparar un tiro, como en su casa. 



(1) Lo que determinaba ios chilenos á investir Iquique por tierra, 
después de largas marchas por el desierto, en lugar de hacerlo por 
mar, que hubiera sido mucho más expedito, era sus escasas forti- 
ficaciones, ó sea los cuatro cañones colocados por los peruanos en 
la playa. Insignificante cosa, por cierto, contra la formidable arti- 
llería de Ja escuadra chilena, 



GUERRA DE AMERICA 289 

Entre tanto e) ejército Peru-boliviano que como 
hemos dicho, se había concentrado en Iquique 
después de la toma de Pisagua, se encontró desde 
el primer momento en una situación muy poco li- 
sonjera. Bloqueado por mar por la escuadra chi- 
lena, encerrado en medio á un desierto que carece 
de todo recurso, cortado por el enemigo el único 
camino, el Arica, por el cual podía recibir socorros, 
abandonado sin provisiones de reserva, por la in- 
curia del Gobierno y del supremo director de la 
guerra que á nada supieron proveer, el ejército 
Peruboliviano que se había reunido á toda prisa 
en Iquique, carecía casi de todo, y principalmente 
de víveres : los pocos sobre los cuales podía contar 
con alguna seguridad, bastaban escasamente para 
15 ó 20 días á lo más. 

Para salir de una situación tan difícil, por no 
decir desesperada, al ejército de las Repúblicas 
aliadas no le quedaba mas que un solo camino 
que seguir: el de marchar contra el enemigo, sea 
para echarlo del país obligándolo á reembarcarse, 
sea en último caso, para forzar el paso sobre él, 
é ir á buscar á Arica, los medios de vida, las vi- 
tuallas de las cuales se hallaba próximo á carecer 
absolutamente: y despuás de habarse puesto tele- 
gráficamente de acuerdo con el supremo director 
de la guerra, General Prado, que se encontraba en 
Arica, para combinar en cuanto posible un plan de 
ataque contra el ejército invasor, salió de Iquique 
en contra de éste en el estado más deplorable en 
que se pudo hallar un ejército. En el informe del 
Jefe del Estado-Mayor al General en Jefe Buendía 
se lee: «Gomo á US. le consta, salió el ejército 
(de iquique) casi desnudo, muy próximo á quedar 

19 



290 HISTORIA DE LA 



descalzo, desabrigado y hambriento, a luchar, antes 
que con el enemigo, con la intemperie y el cans- 
ancio durante la noche, para evitar en las pampas 
el sol abrazador, y en una palabra, con el equipo 
que al principio de la campaña era ya inaparente 
para emprenderla; porque ninguno de los pedidos 
que US. y este despacho hen reiterado, fué satis- 
fecho en los siete largos meses de estación en 
Iquique. » Todo esto es todavía muy pálido al lado 
de la verdad: otras llagas roían al mismo tiempo 
el ejército de la alianza; y la primera entre éstas 
era la rivalidad y consiguiente indisciplina que 
reinaba más ó menos encubierta entre los oficia- 
les, y más aún entre los jefes. 

El plan de operaciones combinado de acuerdo 
con el General Prado, consistía en que el ejército 
chileno fuese atacado simultáneamente, cojiéndolo 
en medio, por el ejército de Iquique y por el cuerpo 
de 3000 bolivianos que estaba en Tacna á las or- 
denes del General Hilarión Daza, Presidente de 
Bolivia. 

Efectivamente, el 8 de Noviembre el General 
Daza salió de Tacna para Arica, á la cabeza de su 
pequeño ejército: y después de haber conferenciado 
largamente con el General Prado, emprendió el 11 
animado á la par que toda -u gente del más vivo 
entusiasmo, el solitario camino del desierto de Ta- 
racap;'i. Bien provisto de todo lo necesario, y mar- 
chando siempre en el orden más perfecto, llegó 
el 14 al valle de Comarones, pequeño y delicioso 
oasis de verdura situado precisamente en el centro 
del desierto. Pero, una vez llegado allí, en lugar 
de continuar su marcha hacía el enemigo, siguiendo 
el itinerario trazado de antemano en combinación 



GUERRA DE AMERICA 291 

con el del ejército de Iquique, y mientras sus tro- 
pas, acostumbradas desde largo tiempo á las fa- 
tigas de las marchas más forzadas, no deseaban 
más que correr adelante, él hizo alto, y se paró. 
¿Para que? Para volver atrás después de dos días 
y después de haberse adelantado dos veces él solo, 
con algunos íntimos, ó inútilmente ó con algún 
fia misterioso que todos ignoraron, hasta Tana, 
pocas leguas más allá de Camarones. 

Hé aquí como se expresa sobre este particular 
uno de los coroneles del pequeño ejército que Daza 
llevaba consigo: «Muy triste y enlutada fué, en 
efecto, aquella tarde del 16 de Noviembre en que 
á horas 5 desfilaban los batallones mustios y pen- 
sativos en ascenso lento la cuesta de Camarones 
hacia Arica. El cielo mismo parecía ruborizarse de 
acto tan vergonzoso, cubriendo al sol en su acaso 
con un tinte siniestramente purpurino que infundía 
fatídicos presagio^, más fáciles de sentir que de 
expresar. El único responsable de ella {de la reti- 
rada) es el General Daza, aunque él asegure que 
fué influido por muchos jefes de su círculo. Por 
otra parte, cuando nos persuadimos de la resolu- 
ción que tenía el General Daza de no llevar el 
ejército adelante, opinamos varios jefes desde el 
principio hasta el fin del consejo de guerra que 
tuvo lugar el 15: «que la orden de avanzar ó de 
contramarchar el ejército desde Camarones, el Ge- 
neral en jefe debía darla de Pozo Almonte, donde 
él iría conmigo y dos edecanes.»— Sin embargo, ni 
esa tarde ni á la madrugada del día siguiente em- 
prendió marcha el General Daza. A las 9 a. m. del 
15 me llamó á la oficina telegráfica, donde me pre- 
sentó un parte del General Prado en que le decía 



292 HISTORIA DE LA 



más ó menos estas palabras: «Viendo que no puede 
Ud. pasar adelante con su ejército, el consejo de 
guerra que convoqué anoche ha resuelto que el 
General Buendía ataque mañana al enemigo; siendo 
por tanto, no solo peligrosa, sino innecesaria la 
marcha de Ud. al Sur.» — Entonces supe que, lejos 
de decir á Arica en el día anterior lo últimamente 
acordado, el General Daza se había escusado úni- 
camente con la imposivilidad de pasar adelante. 
Asi se explica la respuesta del General Prado. El 
haber ido después hasta cerca de Tana, para luego 
regresar á Chiza, porque le habían asegurado que 
alli estaba el enemigo; el haber marchado otra vez 
a Tana -abiendo que ni uno solo existía en aquel 
punto, para volver en seguida con la noticia de la 
derrota de San Francisco, son idas y venidas de 
indecisión tristísima que no se toleran ni en un 
cadete imberbe de nacionales, y mucho menos en 
el Capitán general de un ejército y Presidente en- 
cargado de la defensa nacional....» (1). 

¿Cual el motivo de tan extraño y culpable pro- 
ceder del General Daza? Del uno al otro extremo 
de las dos Repúblicas aliadas Perú y Bolivia, no 
corrió más que una sola voz: Daza ha hecho trai- 
ción. Sus mismos amigos, aún los más íntimos, 
no se atrevieron jamás á defenderlo contra una 
acusación tan terrible. 

En cuanto á nosotros, sin pretender erigirnos en 
jueces de tamaña causa, declaramos francamente 
que no encontramos palabras para defenderlo, como 
no supo encontrarlas él mismo en su manifiesto 
de justificación que publicó en París el 13 de Junio 



(1) Manifiesto del coronel boliviano Camacho. 



GUERRA DE AMERICA 293 

de 1881, y que reprodujeron casi todos los perió- 
dicos del Perú, Chile y Bolivia. Por el contrario, 
todo se reúne para condenarlo. 

El hecho por sí mismo injustificable y eminen- 
temente grave de su fuga, á la presencia del ene- 
migo, la víspera de entrar en acción y cuando su 
pequeño ejército, fresco, en el mejor estado que 
podía desearse, y perfectamente provisto y pertre- 
chado ardía de deseo de venir á las manos, no 
puede explicarse más que de dos maneras: ó por 
suma cobardía, ó por el determinado propósito de 
abandonar la propia causa. 

Sin embargo Daza no fué considerado jamás 
como cobarde: tenía, por el contrario, fama de 
experto y valeroso general ; fama ganada y confir- 
mada en varias ocasiones sobre los campos de 
batallas de las guerras civiles en su país; y los 
tres mil hombres que conducía consigo, lo mejor 
del ejército boliviano, era toda gente escogida, 
especie de guardia pretoriana muy adicta á él, di- 
sciplinada y aguerrida durante un largo período 
de revolución y de gobierno, y que era el terror 
de todo el país. 

La fuga de Daza, por consiguiente, no pudo ser 
y no fué efecto de cobardía ; y excluyendo ésto, no 
quedaría otra lógica explicación que dar sino la de 
que obrase en consecuencia de secretos acuerdos 
tomados con Chile; explicación que otras muchas 
circunstancias concurrirían de acuerdo á confirmar, 
como ya dijimos. Con este objeto bastaría única- 
mente recordar las muchas tentativas hechas con- 
tinuamente por los hombres políticos de Chile sobre 
los de Bolivia, antes y después, para inducirlos á 
separarse de la causa del Perú, asociándose á Chile 



294 HISTORIA DE LA 



y la universalidad de la voz pública que acusaba 
á Daza de traición: voz pública que llegaba hasta 
designar los individuos que habían servido de in- 
termediarios entre Daza y el Gobierno chileno, y 
que además de una solemne manifestación, tuvo 
también un;i irrefutable prueba de hecho. 

Solemne manifestación fue la dada por el mismo 
ejército de favoritos que tenía consigo, más que 
para otra cosa, para su defensa personal en Tacna, 
por los así llamados Colorados, que el 27 de Di- 
ciembre del mismo año lo depusieron de la Pre- 
sidencia de la República; acto que fué acompañado 
de otro semejante acaecido en Bolivia: siendo así 
que Daza debió huir desterrado á París, donde ss 
encuentra todavía. 

El 28 del mismo Diciembre estallaba en la lejana 
capital de Bjllvia una incruenta revolución po- 
pular, que terminaba con una solemne manifesta- 
ción en la cual se leia: 

«El pueblo de La Paz, reunido en comidió po- 
pular, considerando: 4.° Que la ineptitud, cobardía 
y deslealtad del General en Jefe del ejército boli- 
viano han llegado á afectar los vínculos de la 
alianza con nuestra hermana, la República del Perú; 
alianza que Bolivia está resuelta á sostener, sin 
omitir sacrificio alguno. 2.° Que el funesto sistema 
de desaciertos de la ominosa administración del 
General Hilarión Daza ha conducido la ruina del 
país en el interior, el descrédito en el exterior, la 
deshonra nacional en la guerra que Bolivia sostiene 
con la República de Chile... declara: t.° Que el 
pueblo de La Paz ratifica y sostiene la -alianza 
Perú-boliviana para hacer la guerra á Chile; y pro- 
testa seguir la suerte común hasta vencer ó su- 



GUERRA DE AMERICA 295 

cumbir en la actual lucha. 2.° Que destituye al Ge- 
neral Hilarión Daza de la presidencia de la Re- 
pública y del mando del ejército boliviano ; nombra 
General en Jefe de éste al General Narciso Cam- 
pero, y ruega al señor Contra-Almirante General 
Lizardo Montero (peruano) se haga cargo del mando 
del ejército boliviano (el de Daza en Tacna) hasta 
que el General Campero se constituya en el teatro 
de la guerra. 3.° Que nombra una Junta de Go- 
bierno compuesta... La Paz, Diciembre 28 de 1879.» 
(Siguen las firmas). 

Irrefutable prueba de hecho fué, en fin, la dada 
en Agosto de 1880 por un boliviano, cierto Rene 
Moreno, el cual cansado de verse acusado por la 
opinión pública como uno de los mediadores de 
los cuales Daza y el Gobierno chileno se habían 
servido para entenderse entre ellos, constituyó un 
Jurado de honor, para que juzgase si su conducta 
en aquella mediación, que no negaba, y de la cual 
por el contrario probaba la existencia con cartas 
y declaraciones de testigos, considerada del lado 
del patriotismo, era ó no censurable. Dicho Jurado 
se compuso de los Jueces de la Corte Suprema de 
Rolivia, bajo la presidencia del Arzobispo de Sucre; 
y para que nuestros lectores puedan considerar 
toda la importancia de este hecho, copiaremos en 
una nota, algunos párrafos de las últimas conclu- 
siones presentadas por Rene Moreno ante el Ju- 
rado, en unión á una porte del fallo pronunciado 
por este último (1). 



(1) «Presentación de don Eené Moreno— Señores del Tribunal: 
Ha llegado el momento de proponer la importante cuestión: ¿por 
qué fui portador de las proposiciones chilenas, favorables á Bolivia, 
y contrarias á su alianza con el Perú?... El envío de Salinas Vega 



296 HISTORIA DE LA 



Como hemos dicho, Daza gozaba fama de Ge- 
neral valeroso y experto, como también su gente 
la de valiente y aguerrida; y esto fué causa de que 
el ejército chileno se sintiese invadido de un ver- 
dadero pánico, apenas tuvo la primera noticia, por 
cierto falsa, de su próxima llegada. Esto sucedía 
el 17 de Noviembre, cuando las columnas bolivia- 
nas del General Daza, volviendo las espaldas al 
enemigo, emprendía nueva y tristemente el camino 
de Arica y Tacna: y como esto sucediese, lo sabe- 
mos por los mismos chilenos, á los cuales dejare- 



iago, como agente secreto como comisionado por el Presidente 
Daza ocrea del Gobierno chileno y cerca de mí, consta de todos los 
documentos exhibidos,... El objeto del envío fué arrancarme de mi 
retiro, á fin de que, con la mira de la salvación del país, me pres- 
tase á escuchar al señor Santa María (Ministro de Relaciones Exte- 
riores de Chile) haciéndole formular auténticamente sus bases de 
avenimiento con Bolivía; y también para compelerme á traer yo 
mismo los documentos del caso, y á responder de su sinceridad.... 
Ignoro los demás asuntos quo trató el agente con el Ministro de 
Relaciones Exteriores de Chile. Dicho agente ha guardado un silencio 
impenetrable sobre sus pasos en Santiago, 3 T sobro sus secretas 
conferencias con el Presidente Daza en Tacna.... De acuerdo en 
cuanto á las ventajas territoriales, salvadoras á mi juicio de Ja na- 
cionalidad boliviana, que reportaban las bases, y seguro por otra 
parte de la sinceridad con que las proclamaban la opinión chilena, 
no por afecto á Bolivia, sino á impulsos de un odio terrible contra 
el Perú, nunca encontré una obieción que oponer al plan de Chile, 
que la injusticia y perfidia prescritas en dicho plan á la conducta 
do Bolivia....— Fallo: En la capital de Sucre. ;'i los 8 días del mes 
le Agosto de 1880, los infrascritos reunidos privadamente en la sala 
de la Corte Suprema al objeto solicitados por el señor Rene Moreno, 
procedimos á la lectura de varias cartas y atestaciones originales 
y en copia que nos fueron presentadas como comprobantes. Después 
de un atonto examen de su contenido, reconocemos que ellos de- 
muestran suficientemente juc el señor Moreno se prestó á ser el 
portador de las proposiciones del Ministro de Relaciones Exteriores 
de Chile al Presidente de Bolivia entonces en campaña, General 
Hilarión Daza, sólo en obecimiento del mandato confidencial "de 
éste, que le fué trasmitido en Santiago por un agente secreto, el 
señor Luis Salinas Vega.... » 

Temado do La Actualidad del 17 de Marzo de 188!, periódico del 
ejército chileno en Lima. 



GUERRA DE AMERICA 297 

mos con frecuencia ía palabra en el curso de este 
capítulo, para que nuestra narración no pueda ser 
tachada de parcialidad, ó aún de simple exage- 
ración. 

« No se habrá olvidado por el lector de este libro 
minucioso, que el ejército (chileno) estaba fraccio- 
nado en dos cuerpos, seis mil hombres en Dolores, 
al mando del Coronel Sotomayor y cuatro mil en 
Pisagua á lor ordenes inmediatas del General 
Escala.... Presentóse á las tres de la tarde del dia 
17 en el campamento de Dolores un chileno que 
residía cerca de Tana y que patrióticamente, o por 
maña, como algunos creyeron, había dado un ga- 
lope para comunicar al Coronel Sotomayor la lle- 
gada á aquel lugarejo en la noche anterior de las 
avanzadas de Daza. Era la primera noticia recibida 
en el cuartel general de Chile, de que tal expe- 
dición tenía lugar; tan absoluta era la incomuni- 
cación del desierto en el desierto.... Despertó vivo 
sobresalto en el pecho del valiente pero impresio- 
nable Coronel Sotomayor aquella nueva, y en el 
acto hizo montar la caballería y despachóla hacía 
Jazpampa en dirección de Tiliviche y Tana. Al 
propio tiempo telegrafiaba con viveza y asta con 
aceleración al campamento de Pisagua, anunciando 
la presencia de Daza con fuerzas considerables, á 
la vista de nue-tras avanzadas. Contribuyó no poco 
á esta exaltación de las noticias, un efecto de mi- 
raje producido aún entre los oficiales más tran- 
quilos del Estado Mayor, que puestos en una altura 
frente á Jazpampa, aseguraban de cuerpo presente, 
estar divisando con sus anteojos las cargas y con- 
tra cargas de los Cazadores y hasta los lampos 
de los fogonazos de sus carabinas en el llano. En 



2t>8 HISTORIA DE LA 



vista de este estado de cosas el General en Jefe 
mandó... (envió tropas desde Pisagua á los sitios 
indicados, próximos á Dolores, y donde ya se en- 
contraban otras fuerzas chilenas). Entrada la noche 
llegaron el Comandante Vergara y el Capitán Vi- 
llagrán con su pequeña columna á Jazpampa, y 
desde allí anunció aquél por el telégrafo á Dolores 
y al Hospicio (campo chileno de Pisagua) que no 
se habían divisado enemigos, pero que muy de 
madrugada al día siguiente, 18, operaría un reco- 
nocimiento por el lado de Tana..,. Hízolo así en 
efecto... eran las once de una ardorosa mañana 
cuando divisaron el Comandante Vergara y sus 
ayudantes , una densa polvareda que avanzaba 
por la pampa hacía el Oriente. Juzgando que podía 
ser aquella tropa la avanzada del ejercito de Bo- 
livia, anunciada desde la víspera, ó el ejército 
mismo, pues había anteojos que divisaban hasta 
los cañones y los carros de artillería, retrocedió 
Vergara á Tiliviche, y en seguido dirigióse preo- 
cupado á Jazpampa... ¡ Cosa extraña! Toda aquella 
multitud de visiones fantásticas, bijas de la rever- 
beraciones del sol(!; que hacía en los espíritus el 
efecto de la linterna mágica sobre el vidrio y la 
tela, reflejábanse á la mismo hora en el Estado 
Mayor y en el cuartel general, mediante la serie 
de telegramas, que copiamos á continuación de sus 
originales no conocidos todavía: «Estación de Do- 
lores, Noviembre 17 de 1878. Señor General en 
Jefe, Pisagua. En este momento se cree que núes- 
tras tropas se han encontrado col enemigo, pues 
se ha ol (servado cargar los cazadores, tiroteándose 
en seguida. Mando tropa en sa protección. Soto- 
mayor." — «Noviembre 17. Se divisa fuego intenso 



GUERRA DE AMERICA 299 

á 5 kilómetros más ó menos, dirección á Camina* 
Ha salido una sección de artillería, cuya fuerza 
llegó al lugar de combate en media hora. Sotoma- 
yor.» «...A esa misma hora (continua la narración) 
regresaban los cazadores que se habían adelentado 
hasta las puertas de Tana... Era esa tropa de ca- 
ballería la polvareda que había divisado la columna 
de Vergara en la mañana, y ambas habían huido 
la una de la otra equivocándose tomáidose entre- 
ambos por enemigos) y dejando así escapar á Al- 
barracín (pequeño escuadrón de caballería peruana) 
puesto de hecho entre dos fuegos. Lo que habían 
semejado cañones eran simplemente barriles de 
agua que á lomo de muía llevaban loz cazado- 
res (1). 

Lo que el escritor chileno por caridad patria 
llama efecto del espejismo, el lector comprenderá 
perfectamente, no era más que efecto del pánico 
que se había apoderado de todo el ejército chileno, 
oficiales y soldados, al simple anuncio de que Daza 
se aproxima] »a: por otra parte, el escritor chileno 
y los telegramas oficiales que copia, hablan tam- 
bién de descargas de fusilería, y todos ^aben que 
el espejismo, illusión óptica tan rara como sencilla 
no tiene nada que hacer con el sentido del oído. 
Gomo al niño atemorizado por los cuentos de la 
nodriza hace ver al diablo en el cuarto y hasta 
sentir sus pasos, la imaginación, excitada ardien- 
temente por el miedo, no hacía ver y sentir á los 
chilenos, más que á Daza y sus colorados, con 
sus famosas descargas de mosquetería, en cada 



(1) V. Mackenna, Historia de la campaña de Tarapaea. t. II, 
pág. 832 y 842. 



300 HISTORIA DE LÁ 



grano de polvo que el viento levantaba en el de- 
sierto, y en cada rumor aún el más ligero que 
rompía el sepulcral silencio de sus monótonas é 
interminables soledades. No se pensaba más que 
en Daza, no se vivía más que bajo la influencia 
del miedo que él y sus famosos batallones de Co- 
lorados les infundían, y parecía verlos y sentirlos 
continuamente allí cerca (l). Quizá lo que hacía á 
Daza más temible en aquellos momentos, era la 
sospecha de que verdaderamente tuviese intenciones 
de batirse con ellos, y que en -u consecuencia hu- 
bieran de luchar con un enemigo mus con el cual 
no ^e contaba ya, si fuese cierto, como general- 
mente se cree, que los chilenos estuviesen comple- 
tamente seguros de una retirada por parte de Daza, 
desde mucho tiempo antes de efectuar su desem- 
barco en Pisagua (2). 

Sea como quiera, Daza, tanto por el prestigio 
que gozaba, cuanto por las tropas que tenía á sus 
órdenes, era una fuerza formidable; y su retirada 
fué un verdadero desastre para las dos Repúblicas 
aliadas. 

Pero hé aquí, que en la noche del 17 al 18, 
mientras por una parte cesaba todo temor de verse 
asaltados por Daza, quizás por noticias oportuna- 
mente recibidas, llega por la otra á los chilenos la 
noticia, de que se oproximnba el ejército Perú- 



(1) « La división do Tacna (es decir, el pequeño ejercito de Daza) 
era la que más intensamente preocupaba á los chilenos. » 

Y. Mackjsnna, Obra cit., t. II, pág. v 17. 

_' Que Daza salió de Arica para Camarones, con el plan ya 
preconcebido de volver atrás, sin batirse con el enemigo, lo pro- 
baria también el haber rehusado una sección de artillería peruana 
que le habia ofrecido el General Prado en Arica. — (Véase V. 61., 
Obra cit., t, II, pág. 820}. 



GUERRA DE AMERICA 301 

boliviano de Iquique; y decidieron esperarlo en 
Santa Catalina (localidad situada ú una legua pró- 
ximamente del cuartel general de Dolores), como 
consta por los siguientes telegramas del Jefe del 
Estado Mayor chileno, Sotomayor: 

. « Dolores, Noviembre 18, á las 7 p. m.— Al Ge- 
neral en Jefe, Hospicio. El Capitán Barahona que 
estaba de avanzada en Agua Santa anuncia pre- 
sencia del enemigo en esa localided. Esta noche 
hago salir el 4.° de linea á Santa Catalina, lugar 
conveniente para esperarlos, y seguiré preparando 
la tropa para conducirla. Sotomayor. 

« Al General en Jefe, Hospicio — 18 Noviembre, á 
las 12 y 40 de la noche. — El enemigo lo tenemos 
encima Marcho con mis tropas á Santa Catalina. 
Sotomayor. 

Y así otros muchos (1). 

Este plan sin embargo, era sumamente equivo- 
cado por parte de los chileno-. Además de que la 
posición de Santa Catalina^ en abierta llanura, no 
ofrecía por sí misma ninguna ventaja de resisten- 
cia, al ejercito chileno, anteriormente diseminado al 



(1) « Entre tanto, y cuando el vehemente Coronel Sotomayor im- 
partía orden terminante de avanzar hacia Santa Catalina con su 
regimiento, sordo murmullo de reprobación cundió entre los jefes 
que rodeaban al hombre que en ese momento tenía en sus manos 
los destinos de Chile.... íbamos á atacar haciendo un movimiento 
agresivo, dislocado y profundamente debilitado por la marcha y la 
dispersión de las tropas en las cinco leguas completamente abiertas 
y empampadas que corren por los rieles desde Jazpampa hasta 
Saida Catalina. ) 

V. Mackenna. t. II, pág. «70 á 872. 



302 HISTORIA DE LA 



otro lado de Dolores, hasta Jazpampa, hubiera 
faltado el tiempo necesario para poderse concentrar 
cómodamente; y el enemigo lo habría encontrado 
en marcha, por fracciones en una extensión de 
varias milas. 

Pero he aquí, que apenas un hora después del 
últimos de los telegramas que hemos copiado, en 
lo cuales el Jefe del Estado Mayor del ejército chi- 
leno anunciaba su salida para Santa Catalina, es 
decir hacía las 2 de la mañana del 19, un peiotón 
de caballería chilena condujo ante dicho Jefe, que 
se hallaba todavía en Dolores con sus tropas, diez 
mulateros que habían llegado una hora antes á 
Santa Catalina, con una larga recua de mulos 
cargados de odres de agua. Eran mulateros del 
ejército Perú boliviano, los cuales refirieron que, 
perdido de vista su ejército en la oscuridad de la 
noche, habían continuado tr¡inquil¡imente su viaje 
hacia Santa catalina, donde aquel se dirigía, y 
donde creíitn que se encontrase ya cuando ellos 
llegaron: así es que fué con la mayor sorpresa 
que se apercibieron, al entmr en la oficina Santa 
Catalina, que se encontraban entre los chilenos, en 
vez de entre los suyos, como en un principio ha- 
bían creído (1). 

El Est¡ido Mayor chileno comprendí») entonces 
cuan errado era su plan de presentar batalla en 
Santa Catalina, y lo que es más, la imposibilidad 
de llevarlo á cabo. El ejército de los aliados podía 
y asta debía llegar de un momento a otro ú la 



1 • En realidad sólo por estos milagrosos arrieros vino á saberse 
que el enemigo estaba á tiro de rifle de nuestras avanzadas, á dos 
kilómetros de Santa Catalina. » 
V. Ma( kenna. t. II, pag. 882. 



GUERRA DE AMERICA 303 



oficina Santa Catalina: y después de haber derro- 
tado la división chilena de 2000 hombres que ya 
encontraba allí, hubiera hecho lo mismo con todas 
las demás, á medida que hubieran ido llegando. 
Segúti lo referido por los mulateros, el ejército de 
los aliados habría debido llegar, ó antes, ó con- 
temporáneamente con ellos á Santa Catalina; de 
modo que ellos juzgaban que se hubiese extraviado 
durante la noche, lo que luego se vio ser cierto, 
y que esta sola circustancia podía haberlo detenido 
en el camino. 

La división chilena de 2,000 hombres que se en- 
contraba en Santa Catalina, había corrido, de con- 
siguiente, el grave peligro de verse atacada, cuando 
menos se lo esperaba, por todo el ejército Perú- 
boliviano, fuerte de 8,500 hombres; peligro del cual 
solo la salvara la mera causalidad, de haberse éste 
extraviado dos veces cunsecutivas en la oscuridad 
de la-noche, como luego fué perfectamente consta- 
tado: y ciertamente, sin esta casualidad, tan fatal 
para las Repúblicas aliadas, cuanto salvadora para 
Chile, el ejército de este último hubiera sido ine- 
vitablemente derrotado, según hubiese ido llegando 
después de lá segura derrota de la división que 
allí se encontraba. Por otra parte, esto hubiera 
sucedido igualmente el 19, apesar del doble extravío 
sufrido por los aliados, si el ejército chileno hubiese 
mantenido su plan por algunas horas más, hasta 
la salida del sol, que fué cuando aquellos llegaron 
á Santa Catalina: é indudablemente, así y no de 
otro manera hubieran pasado también las cosas, 
sin le llegada casual de los mulateros, que con su 
presencia y sus revelaciones hicieron comprender 
al Estado Mayor el grave peligro que había corrido 



304 HISTORIA DE LA 



y que corría todavía, sino cambiaba inmediatamente 
su plan de batalla. 

Así >e hizo en efecto. En vez de seguir el plan 
primitivo, de adelantar.-^ contra el ejército aliado 
hasta Santa Catalina, al Estado Mayor chileno re- 
solvió á toda prisa permanecer é la defensiva allí 
donde se encontraba con su cuartel general, es 
decir en Dolores: y de-pués de ordenar solícita- 
mente a las tropas qii: 1 habián salido de Jazpampa 
\ otro.- lugares hacía Santa Catalina, así como 
también a la división que ya se encontraba en e-te 
último punto, de concentrar-e inmediatamente en 
el cuartel general de Dolores, advirtió al General 
en Jefe el cambio sucedido en el plan de campaña, 
con el siguiente telegrama: 

« Campamento de Dolores, Noviembre 19, á las 
2 \ 25 de la mañana.— He resuelto formar nuestra 
línea sobre las alturas de Dolores y defender este 
punto. — Sotomayor. 

« A e>ta- horas (dice el istoriador chileno Vicuña 
Mackenna) el ejercito de Chile, p-.-rdido á la media 
noche, estaba salvado por la rapidez de la concen- 
tración... La mitad del ejército invasor reconcen- 
trado en el cerro de San Francisco en la mañana 
del 19 de Noviembre, fuerte de neis mil hombres, 
con treinta y dos piezas de artillería, se aprontaba 
más que para sangrienta batalla, para brillante y 
animada fiesta de victoria (1). » 

El cerro de San Francisco, del cual habla el 
hi-toriador chileno, era precisamente el centro de 



(1) V. M., Obra ai... t. II . . 



GUERRA DE AMERICA 305 

aquellas altaras de Dolores, á las cuales se refería 
el Jefe del Estado Mayor en su telegrama al Ge- 
neral en Jefe. Para conocer la estructura de este 
cerro de San Francisco, y toda la importancia que 
podía y debía tener para un ejercito que se encas- 
tillaba en él, á la defensiva, no tenemos más que 
recurrir á la elegante pluma del escritor chileno 
varias veces citado (1). 

« Junto á Dolores empínase sobre la llanura, de 
una manera más abrupta que pintoresca, una 
cerrillada... Su elevación máxima es de 800 pies: 
pero su acceso es fácil en todas direcciones, y en 
su cima ostenta una blanda planicie, en parte, de 
más de doscientos metros de ámbito y cerca de 
una legua de lonjitud... Era aquella por consi- 
guiente, una admirable posición, estratégica, porque 
dominaba la ruta de Jazpampa y defendía á la vez 
los rieles, la aguada, la llanura, y sobre todo la 
retirada. En la cima del cerro de San Francisco, 
que este nombre más comunemente lleva, podía 
no solo caber sino maniobrar con cierto desahogo 
un ejército de diez mil hombres, y extenderse en 
línea perfilando sus laderas, sea al Sur, sea al 
Norte, en todas las emerjencias. Hallase minada 
toda la falda de aquella áspera colina solitaria y 
aislada, por una verdadera orla de calíchales explo- 
tados, que son pozos, á manera de canteras, con 
galerías y hendiduras que hacen intransitable la 



(1) Una vez que los historiadores chilenos ponen todo su empeño 

en realzar mucho más allá de sus límites, algunos hechos de armas 

militarmente poco importantes, nos aprovechamos ex profeso de la 

idad de su narración, para dar á las cosas su verdadero valoi, 

— Que no escapo esto al atento lector. 

20 



306 HISTORIA DE LA 



mayor parte de los pasos que á la cima conducen. 
Son estas, por lo mismo, posiciones excelentes para 
agrupar en sus cavidades guerrillas y diestros tira- 
dores, que se baten como dentro de invisible trin- 
cheras.... Por el frente de tal posición, en sí misma 
inexpugnable, dilátase una suave llanura.... La 
ocupación militar de aquel cerro y sus alrededores, 
equivalía por consiguiente, como defensa, á una 
verdadera fortaleza á la cual no faltaban ni bas- 
tiones, ni fosos, ni almenas (1 ). » 

Fué pues sobre esta formidable fortaleza natural 
que el ejército chileno se atrincheró á última hora 
cuando la necesidad lo obliga á abandonar el plan 
primitivo que hubiera sido su ruina. Y fué también 
contra semejante fortaleza, defendida por seis mil 
hombres y por 32 cañones y ametralladoras de 
los últimos y mejores sistemas, que vino á es- 
trellarse el ejército aliado perú-boliviano, casi con 
el único objeto, puede decirse, de encontrar un 
pretexto para romper su unidad de cuerpo, tan 
fácilmente mantenida en medio á las fatigas de una 
marcha desastrosa, á la constante escasez de agua 
y de víveres, y ó la discordia que desde largo tiempo 
reinaba entre los diversos j-efes del mismo y que 
una noticia fatal debía hacer estallar violentamente. 

Cedemos la palabra al escritor chileno. 

« El ejercito de los aliados se extravió dos veces 
en la noche del 18 al 19.... Al fin la claridad del 
día trajo á las diseminadas columnas alguna co- 
hesión, y al subir estas en pintorescos grupos la 
colinas medanosas de Chinquiquiray situadas á poco 
más de una legua al sudoeste del cerro de San 



(1) V. Machen* ''.. t. II. pág. 870 á 87?. 



GUERRA DE AMERICA 307 

Francico, divisaron la cumbre de éste sembrada de 
bayonetas, y soldados prorrumpieron en alegres 
vivas, porque para ellos la batalla era el descanso. 
¡Tan fatigados venían!... Cuando los aliados llegaron 
á los lomajes de Chinquiquiray y tuvieron á la 
vista del fuerte campo de los chilenos en la alta 
colina de San Francisco, detuviéronse como para 
librar al asalto. Pero venían acosados por el sueño 
el hambre y la sed, estos tres aliados de la de 
rrota, y entonce sus jefes resolvieron á toda costa 
darles de beber antes de pelear. Antes y con la 
primera luz ocuparon ó Santa Catalina, cuyo suelo 
estaba todavía caliente con el sueño de los núes- 
stros.... A las 7 de la mañana, una vez saciada la 
sed, comenzaron los aliados á tender su línea de 
batalla como si estuvierana en una revista.... Era 
evidente que los aliados intentaban tomarse á viva 
fuerza la aguada de Dolores, para sitiar á los del 
cerro por la sed.... Con este fin agrupaban sus 
mejores tropas en su extrema derecha y colocaron 
diez piezas de montaña, la mitad de su artillería, 
junto é los desmontes de la oficina ya nombrada. 
Desde allí dominaban la línea férrea que era el ner- 
vio y el paso del combate... Y es de notar aquí una 
circunstancia moral de grave trascendencia desti- 
nada á jugar en la batalla un rol decisivo, superior 
al del cañón Era aquella, la de que el destino 
había agrupado en esa ala del ejército aliado é 
todos los descontentos y perturbadores que traían, 
escondido en su pecho, agrio y desembozado pique 
contra el coronel Suarez (Jefe del Estado Mayor) 
alma y ojos del ejército.... La laboriosa y bien dis- 
puesta línea de los aliados quedó formada total- 
mente hacia las nueve del día, y entonces, como 



308 HISTORIA DE LA 



los chilenos en las alturas, sus 19 batallones (que 
formaban un total de 8,500 hombres) formaron 
pobellones en el llano. Un silencio profundo reinó 
desde ese instante.... Pero si en tan supremo mo- 
mento hubiera sido dable levantar el cobertor de 
los corazone, habríase notado que el ejército aliado 
estaba de hecho vencido antes de luchar.... Era una 
fatal noticia circulada en voz baja de fila en fila, 
la que acadaba de prostrar los ánimos, y dejaba 
caer los brazos de aquella sufrida hueste. Alguien 
habría traído (Quin? Cómo?) en aquella hora de 
la formación en línea de descanso, la nueva de la 
fuga de Daza desde Camarones, tres días antes.... 
De^de e>e instante esclamaba el Doctor Cabrera 
(boliviano) abrigué el convencimiento de que el 
ejército aliado estaba vencido.... En esta actitud y 
bajo tan malos augurios conferenciaron en el cuar- 
tel general ó las dos de la tarde Suarez y Buendía. 
y acordaron posponer la batalla para la alborada 
del siguiente día. Era tarde. La tropa estaba can- 
sada.... (1) » 

Durante todo este tiempo , el ejército chileno 
permaneció inmóvil sobre la cima del alto y casi 
inaccessible cerro de San Francisco, que dominaba, 
á tiro de fusil, el campo de los aliados puesto á 
su- pies en la llanuru. 

El ejército chileno, que desde la aparición del 
enemigo en las primeras horas de la mañana, hu- 
biere podido empeñar la batalla en las mejores 
condiciones imaginables, permaneció por el contrario 
en la más absoluta defensiva: y no por razones 
estratcjicas; puesto que sin abandonar en modo 



. ■ KT.N\A. Obra <ii„, t. II, pág. 890 á 911. 



GtiíRRA DE AMERICA 309 

alguno su plan de defensa, y precisamente para 
atenerse fielmente á él, habría debido molestar al 
enemigo con su poderosa artillería por lo menos, 
cuando aquel formaba tranquilamente su línea de 
batalla, apenas á tiro de fusil, y tomaba sin encon- 
trar la menor oposición, tanto el agua, como una 
posición importante sobre la via férrea, que era 
el único camino de retirada para los chilenos en 
caso de una derrota. 

Los chilenos asistieron pacientemente á todas 
las maniobras del ejército enemigo, y no empeña- 
ran una batalla que, atendiendo á sus ventajosas 
posiciones no podía dejar de ser favorable para 
ellos, porque creían no encontrarse en número su- 
ficiente para batirse con él, y porque temían que 
aquél, después de derrotarlos, se adetantára hasta 
Pisagua y se apoderase de esta localidad. Su plan 
era ganar el mayor tiempo posible, para esperar 
los refuerzos que se habían pedido al cuartel ge- 
neral de Pisagua, ó sea del alto del Hospicio; re- 
fuerzos que habiendo salido por la mañana de dicho 
punto, habían llegado en número de 3,500 hombres 
á Jazpampa, á las órdenes del General en Jefe, á 
las 2 de la tarde. Todo esto se desprende eviden- 
temente del siguiente telegrama, que á las 3 y 25 
de la tarde enviaba el Jefe del Estado Mayor al 
General en Jefe que, como hemos dicho se encon- 
traba ya en Jazpampa. 

« Horas 3 y 25 minutos de la tarde: — Al enemigo 
es preciso darle batalla con fuerzas superiores, y 
como creo no las tenemos, me parece indispensable 
vengan á ésta las que le he dicho, á fin de evitar 
que nos burlen y nos tomen el alto del Hospicio. » 
Este telegrama no acaba aquí. Mientras el hilo 



310 HISTORIA DE LA 



eléctrico refería en Jazpampa la última de dichas 
palabras, el Jefe del Estado Mayor que se encon- 
traba en la estación telegráfica de Dolores, oyó 
repetidos disparos de cañón y de mosquetería: y 
terminó su telegrama en estos términos : « En este 
momento se baten, y voy á ver el fuego — Soto- 
mayor (1), » 

Efectivamente, la batalla comenzaba en aquel 
momento, á las 3 y 25 de la tarde, no obstante la 
ausencia del Jefe del Estado Mayor, á cuyas órde- 
nes se encontraba el ejército chileno de Dolores, 
Sotomayor; el cual, plenamente convencido de que 
no habría tenido lugar aquel día próximo ya á su 
fin, se encontraba sin sospecha alguna en la esta- 
ción telegráfica de Dolores, situada en la base del 
cerro de San Francisco. 

Ahora bien, si el ejercito perú-boliviano, como 
hemos visto, había decidido no presentar batalla 
hasta el día seguente, así como el chileno por su 
parte había resuelto no tomar la ofensiva hasta 
que no le llegaran los refuerzos pedidos, ¿como y 
de qué manera sucedió que principiara el fuego 
tan inesperadamente en las últimas horas del 
día 19? 

El primer movimiento ofensivo del ejército perú- 
boliviano; y sobre este particular dice el historiador 
chileno, al que hemos recurrido y recurriremos 
todavía tantas veces: « Qué había sucedido en el 
campos de los aliados? Hé aquí un misterio, cuyo 
velo nadie ha levantado todavía lo suficiente, para 
que la luz de eterna verdad illumine los sucesos 
y los explique. Según unos, fué un plan de los 



i; Véase: V. Mackenná, Obra cit., t. II, pág. 915. 



GUERRA DE AMERICA 311 

bolivianos hostiles á Daze, para comprometer in- 
tempestivamente la batalla y tener así pretexto 
pare desagregarse y regresar dispersos á la alti- 
planicie (á Bolíoia).... Según otros fueron los jefes 
adversarios del coronel Sitaren, lo* que sin su no- 
ticia, y cuando estaba aquél detenido en la extrema 
izquierda de la línea (el ataque partió del ala de- 
recha) haciendo retirar los cuerpos, mandaron em- 
peñar el combate. De todos modos, es lo cierto que 
en el ala derecha estaban agrupados, come antes 
dijmos, los más implacable enemigos de Suarez y 
de Daza (1). 

Escuchemos ahora lo que dice el coronel Suarez, 
Jefe del Estado Mayor del ejército perú-boliviano, 
en su parte oficial sobre la batalla del 19 de No- 
viembre, al General en Jefe Buendía : 

« Al amanecer del día 19 avistamos los parapetos 
de San Francisco, artillados y defendidos por lo 
mejor, sin duda, de las tropas enemigas, que ha- 
bían hecho de ellos el centro de sus operaciones 
sobre las oficinas (salitrera*) y la línea férrea. — 
Consultando con US. la condiciones de nuestra 
fuerza, convenimos en estudiar la intención y po- 
sición de los enemigos, avanzando algunas divi- 
siones y estableciendo la línea hasta dejar dentro 
de ella el agua, lo que conseguimos á poco costa, 
posesionándonos convenientemente y en situación 
de tomar con seguridad y calma las medidas más 
apropiadas, ó medida que se desarrollaran los a- 
contecimientos. Este movimiento, ejecutado con 
una precisión y un orden admirables, pu.-»o de 



(1) V. Mackekíía, Obra cit., t, II, pág. Üi'J, 



312 HISTORIA DE LA 



nuestra parte todas las ventajas, porqué habíame- 
logrado elegir nuestro campamento y la libertad 
de acción que permite adoptar y seguir un plan. 
En ese estado ordenó US. que se le enviaran una 
división de infantería, un regimiento de caballería, 
y seiz piezas artillería, para unirlas á la división 
de exploración y á la primera brigada de la pri- 
mera división del ejército aliado (de Bolivia) ; y 
que el que suscribe, con el cuerpo de ejército que 
quedaba a sus órdenes, atacara la posición por el 
flanco izquierdo, mientras lo verificaba US. por la 
derecha. Posteriormente, y ú instancias mías, se 
resolvió emplear lo que quedaba de la tarde en 
dar á la tropa el alimento debido y descanso ne- 
cesario, para emprender un ataque con todas las 
probabilidade.'-' de éxito (en fatigosa y continua 
marcha desde varios dias, los soldados estaban en 
ayunas desde el día anterior, en el cual tuvieron 
apenas una mala y escasa ración), y el que sus- 
cribe comunicó esta determinación a los Jefes su- 
periores, y habló a las tropa que estaba á sus in- 
mediatas ordene:-. La jornada había concluido por 
ese día, y me retiraba á dirigir y presenciar el 
reparto de las racione>, cuando los primeros tiros 
del cañón enemigo y un vivísimo fuego de fusi- 
lería, me obligaron á regresar á las posicionas 
avanzadas, en las cuales, sin orden alguno, se había 
comprometido un verdadero combate. Las columnas 
ligeras de vanguardia organizada en días anteriores 
(dos compañías peruanas y dos bolivianas) esca- 
laron el cerro fortificado y no tardaron en seguirlas 
los cuerpos de la división Vanguardia, el batallón 
Ayacucho y algunas otras fuerzas de la división 
primera. Este ataque, visto solo como un esfuerzo 



GUERRA DE AMERICA 313 

de valor, honra é ilustra las armes nacionales. 
Tres veces ganaron nuestros valientes la altura, y 
desalojaron á los artilleros, apoderándose de las 
piezas bajo el fuego de los Krupps, de las ame- 
tralladoras y de una infantería muy superior, de- 
fendida por zanjas y parapetos (1). Pero las fuerzas 
del ejército aliado (de Bolivia) en completa dis- 
persión, sin orden, sin que nada autorizara ese 
procedimiento, rompieron un fuego martífero para 
nuestros soldados é inútil contra el enemigo. El 
campo se cubrió de esos soldados fuera de filas 
que disparaban desde largas distancias, avanzaban 
& capricho ó escogían un lugar para continuar 
quemando sus municiones sin dirección ni objeto, 
produciendo un ruido que aturdía y una confusión 
que no tardó en envolverlo todo.... Mientras tanto, 
sordos a la corneta, indóciles al ruego, á la ame- 



(1) «El intrépido Salvo (comandante de una hatería chilena) en 
medio de un verdadero diluvio de balas, había hecho 143 disparos 
contra la columna en avance ; pero falto al fin de campo de tiro 
por el ángulo del cerro, veía acercarse á paso de trote a los gue- 
rrilleros del Zepita (peruano) y del lllimani (boliviano/ que rivali- 
zaban en ardor. Conducíalos Espinar (coronel peruano), y desde á 
caballo iba impávidamente señalando con le espada á los soldados, 
los sitios, y hasta las personas á quienes debían tirar. Cayó en esto 
momento el caballo del atrevido peruano (Espinar) atravezado por 
una bala de carabina: pero enjugándose el sudor del rostro continuó 
la repechada, gritando á los que le seguían : ¡á los cañones! ¡á los 
cañones! voces que en el fragor de la batalla oíanse distintamente. 
El momento era supremo, porque Salvo había perdido la mitad de 
sus artilleros.... hacía fuego con su revolver, y á gritos pedía que 
vinieran á sostener sus cañones con la infantería. Percibíanse en 
ese solemne instante de la lucha, con perfecta claridad, las voces 
y los hurrahs de los guerrilleros que avanzaban sobre los cañones 
silenciosos (que fueron tomados, perdidos y vucltose ó tomar otras dos 
veces) cuando una bala de revolver atravesó la ancha frente del 
bravo, (Espinar) que los guiaba ladera arriba (desde tiempo ya se 
encontraba con sus soldados sobre -el cerro), y quedó allí instantánea- 
mente, cadáver.... Muerto éste la batalla estaba ganada. » 

V. Mackenna, Obra cit., t. II, pág. 927 y 29. 



314 HISTORIA DE LA 



naza, á la exhortación, y á todo, los soldados bo- 
livianos, sin jefes, continuaba su obra con la pre- 
cipitación y frenesí propios de quien non tiene otro 
objeto que hacer incontenible el desorden. La con- 
ducta de las divisiones bolivianas, que hicieron 
inrreparable la primera imprudencia (el haber roto 
el fuego sin orden : lo que, todo parece indicarlo, 
fué no una simple imprudencia, sino un hecho pre- 
meditado para comprometer el éxito de la batalla); 
que nos improvisaron un campo de batalla inespe- 
rado y más digno de atención que el del enemigo, 
plan inicuo pieparado desde la introducción en 
nuestras tropas de ciertos hombres que han nece- 
sitado infamar a su país para hacer surgir sus 
aspiraciones personales.... Es triste consignar tan 
deplorable extravío ; pero debe constar que no 
hemos emprendido una retirada ante las fuerzas 
chilenas, incapaces de abandonar sus parapetos, y 
reducidas ¡j la actitud más estrictamente defensiva, 
sino que vimos surgir la demoralización en nues- 
tras ílias, y hemos sido víctimas del golpe acertado 
por la pertidia contra dos Naciones... » 

En el parte del Jefe del batallón Puno, N.° 6, se 
lee : « Eran las 3 h. 20 p, m. cuando se hizo el 
primer disparo de Cbñón sobre nuestra fuerza, pre- 
sentándose en este momento una división boliviana 
por nuestra retaguardia, rompiendo sus fuegos 
sobre nosotros.... Trascurridos 15 minutos recibi- 
mos orden de atacar y tomar las posiciones ene- 
migas por ese flanco.... El ataque fué tan impetuoso 
como lo requerían las circunstancias; y merced á 
esto logramos avanzar hasta upagar los fuegos del 
enemigo por esu parte, y rechazarlo hasta su se- 
gundo atrincheramiento.... más como los enemigos 



GUERRA DE AMERICA 315 



tuvieron en la planicie 6,000 hombres, poco más ó 
menos, renovaron su defensa, ocasionándonos gran 
número de bajas. El fuego enemigo por una parte, 
el del ejército boliviano por retaguardia y el de 
guerrillas de la primera división del Perú, que 
converjían sobre el ^itio que ocupábamos, dio lugar 
á nuevas bajas y al rechazo que desgraciadamente 
lamentamos. Además nos encontrábamos faltos de 
municiones y sin protección de fuerzas: no obs- 
tante habíamos logrado tomar una pieza de arti- 
llería.... » 

En el parte del Jefe del batallón Lima, Morales 
Bermudez, encontramos: « El enemigos rompió sus 
fuegos de artillería, y el batallón conforme á las 
instrucciones recibidas continuó su marcha en ba« 
talla, hasta que pasando la falda del cerro prin- 
cipió su ascensión, perfilando las compañías por 
el flanco y recibiendo el fuego enemigo sin contes- 
tarlo, hasta.... á esa altura se rompió el fuego, ga- 
nando siempre terreno con rapidez, hasta colocar- 
nos al nivel de la columna lijera de vanguardia, 
compuesta de una compañía del batallón Zepita y 
otra del Illimani : con esta fuerza, y en unión del 
batallón Puno se logró en pocos momentos desa- 
lojarlos de sus parapetos (á los enemigos) y que 
abandonasen los dos cañones que no ofendían por 
ese costado, y que no obstante de haberse inten- 
tado por algunos soldados hacerlos girar para 
nuestra defensa, fue imposible ejecutarlo, por hallarse 
firmemente asegurado en tierra.... Tres veces con- 
secutivas trató el enemigo de disputarnos el terreno, 
y otras tantas veces fué rechazado, hasta que ago- 
tadas las municiones, cansada la tropa, diezmada 



316 HISTORIA DE LA 



por el nutrido fuego, sin esperanza de recibir re- 
fuerzo alguno del resto del ejército que permanecía 
de mero espectador del combate y finalmente su- 
friendo el fuego incesante que nos hacía el ejército 
boliviano, causándonos mayor número de bajas que 
las que hacía el enemigo, infundió el desaliento y 
el desorden en nuestras filas que se veían asesi- 
nadas á mansalva por los fuegos de amigos y 
enemigos.... » 

Dice el escritor chileno Vicuña Mackenna: « El 
Plno y el Illimam {debía decir el Lima) en columna 
cerrada, barridos por la metralla y fusilados por 
la espalda, ó virtud de la indiscriptible confusión 
en que entraron los cuerpos de reteguardia, mar- 
charon á San Francisco, cuya oficina ocuparon. ...(1) » 

El escritor chileno, no pudiendo negar que las 
pocas tropas que sé batieron contra el ejército de 
su país, fueron fusilados por la espalda por sus 
mismo amigos y compañeros, atribuye este hecho 
á la sola confusión que se había entroclucido 
en el ejército perú-boliviano; y esto se comprende 
fútilmente, porque es muy natural que los chi- 
lenos conserven alguna gratitud á ciertos bo- 
livianos que, con deshonra y perjuicio propio y de 
su país, por el cual es necesario decirlo, fueron 
duramente censuradas, trabajaron en pro de Chile, 
mucho mus que los mismos chilenos. Sin embargo, 
es un hecho de los más evidentes, que excepto dos 
compañías del Illimani, las cuales en unión á otras 
dos del Zepita peruano, cumplieron dignamente con 
su deber en el asalto de las posiciones enemigas, 



1 Obra ■■'. !. II 



GUERRA DE AMERICA 317 

los batallones bolivianos fueron lo únicos que, ha- 
ciendo fuego desde lejos y á retaguardia de los 
batallones peruanos empeñados en el ataque, arro- 
jaban sobre éstos, más bien que sobre el enemigo, 
su mortífero plomo. No queremos decir con esto, 
que lo hicieron intencional mente, pues no está to- 
davía suficientemente probado; pero que lo hicieron 
y que fueron ellos solos no admite duda; como no 
la admite tampoco el hecho de que, al saber la 
fuga ó retirada de Daza, la mayor parte de los 
Jefes y oficiales bolivianos, que le eran hostiles y 
abrigaban ambiciones por su propia cuenta, se 
propusieron desvincularse lo más pronto posible 
del ejército aliado del Perú y volver diligentemente 
á Bolivia con su batallones, para ser los primeros 
á llevar la noticia del indigno proceder de Daza, y 
en su consecuencia, para precipitarlo de le Presi- 
dencia de la República, y recoger su herencia. 

El medio mejor, es más, el único que se prestase 
á la ejecución de semejante proyecto, era el de 
una derrota del ejército de la alianza, para poder 
justificar su vuelta á Bolivia con el pretexto bus- 
cado en la fuga la única vía del salvar sus divi- 
siones de una cierta y total destrucción; único 
caso que permitía también insistir mayormente 
sobre la indigna acción de Daza, presentando el 
desastre de San Francisco como una consecuencia 
de su retirada ; lo que realmente fué muy cierto 
por dos razones: 1.°, por la ausecia de Daza y de 
su aguerrido ejército; 2.°, porque es indudable 
que si Daza se hubiese encontrado allí, ellos y 
sus divisiones bolivianas no hubieran faltado á su 
deber. Efectivamente, apenas terminado el combate 
con la llegada de la noche, los bolivianos, oficiales 



318 HISTORIA DE LA 



y soldados, emprendieron todos en masa el camino 
de Bolivia (1), donde llegaron á marchas forzadas, 
armando grande algazara y lamentos contra Daza, 
principalmente los Jefes, con el fin.de echarlo del 
poder y colocarse en su lugar. El país sin em- 
bargo supo á que atenerse sobre su conducta: no 
viendo en ellos, más que fugitivos que se habían 
desertado del campo de batalla donde se decidían 
los más vitales interese de la Nación, los acogió 
con el profundo desprecio á que se habían hecho 
acreedores. 

Por cuanto precede, el lector habrá comprendido 
ya que la jornada de San Francisco ó de Dolores ? 
como la llaman los chilenos, terminó á favor de 
estos últimos. Sin embargo una explicación es ne- 
cesaria: conviene distinguir el hecho de armas en 
sí mismo de los acontecimientos que le siguieron. 

Como hecho de armas, merece apenas que se 
hable de el. Empeñada la batalla en un extremo 
de la línea de los aliados, por una sola división, 
mientras se había decidido no entrar en acción 
hasta el alba del día siguiente, y en su consecuencia 
sin plan, sin precedente distribución de sitios de 
combate y sin que ninguno supiese lo que debía 
hacer, la división que inició la lucha rompiendo el 
fuego, fuerte de 1.400 hombres escasamente, fué la 
única que tomó parte en la acción. Es cierto, que 
con un buen mando y con una buena oficialidad, 
no bubiera sido nada difícil generalizar la lucha; 
tanto mas cuanto que, como se lee en el parte del 
Jefe del Estado Mayor, se había ya combinado un 



(1) « Los bolivianos habían huido en masa sin excepción. » 
V. Mackenna, Obra cil., t. II, pág. 949. 



GUERRA DE AMERICA 319 

plan de batalla, que quería llevarse a efecto una 
hora antes, y que luego se decidió dejar para 
el día siguiente. El enemigo se encontraba allí, 
delante de ellos, un enemigo que no se movía, que 
permanecía en sus posiciones en la más extricta 
defensiva, disparando sus cañones como desde las 
almenas de una torre: y nada má fácil hubiera sido, 
es más, era la cosa más natural del mundo, adop- 
tar el plan ya establecido y llevado á cabo. Pero 
si por una parte hemos visto lo que hicieran las 
divisiones boliviana-, que por su número de 3,000 
hombres representaban más de la tercera parte del 
ejército, la conducta de las divisiones peruanas, 
exceptuando la que entró en acción, no fué cierta- 
mente mucho mejor (1). Con el pretexto de que la 
acción había sido mal empeñado, de que no habían 
recibido á tiempo las órdenes oportunas, ó que las 
habían recibido del uno más bien que del otro, los 
diferentes Jefes de los batallones, de las brigadas 
ó de las divisiones, hicieron cuanto les fué posible 
para permanacer extraño- al combate: á un com- 
bate en el cual se hallaban en juego los destinos 
del país, y que fué reducido a las simples propor- 
ciones ele una insignificante y mezquina escaramuza. 
Unos obligaron sus tropas á permanecer inactivas 
con el arma al brazo, bajo el pretexto de esperar 
un momento propicio que no llegó nunca, para 
correr en auxilio de sus hermanos que luchaban 
con el enemigo; otros las hicieron andar inutil- 



1; No se maravillen nuestros lectores europeos, al oír hablar de 
tantas divisiones, tratáadoso de un ejército tan reducido : siendo así 
que frecuentemente una división pasa con dificultad de mil hombres. 
Dígase lo mismo de las brigadas y de los batallones. Las divisiones 
chilenas sin embargo, son bastantes numerosi 



$20 HISTORIA DE LA 



mente adelante y atrás, ejecutando maniobras ima- 
ginarias cuyo solo objete era tenerlas lejanas del 
campo de batalla: y otros finalmente emprendieron 
la fuga, con ó sin ellas para ir á esparcir indignas 
calumnias en Tacna y Arica, contra el General en 
Jefe y contra el Jefe del Estado Mayor, de los cua- 
les eran todos, quien más, quie menos, enemigos 
ó rivales. 

Acostumbrados estos oficiales en las continuas 
luchas revolucionarias de su país, á batirse no para 
el triunfo de una causa o principio político, sino á 
favor, ó en contra de una ó más personas: á de- 
jarse guiar no por la imperiosa ley del deber, sino 
únicamente por la de sus propias pasiones; á ver 
en aquél que peleaba á su lado o en contra de él 
nada más que el amigo ó el enemigo, el compañero 
ó el rival (causa de los tantos pronunciamientos 
de tantas defecciones y de los tantos cambios (col- 
tafaccta) instantáneos y repentinos), olvidaron al 
enemigo del país, al extrangero que tenían enfrente, 
y se acordaron únicamente de sus cuestiones per- 
sonales con sus compañeros de armas, y de sus 
propios enemistades o rivalidades. La victoria sobre 
el ejército enemigo hubiera principalmente cubierto 
de gloria á Buendía y á Suarez (sobre todo á este 
último), mientras la derrota los habría despresti- 
giado, comprometido y perdido para siempre ante 
el paí<: y toda la mala voluntad, todo el odio acu- 
mulado lentamente en su> ¡mimos contra estos dos 
individuos, en los siete meses que fueron sus su- 
periores, se impuso á ellos en aquel momento 
supremo en que su conducta podía y debía concu- 
rrir grandemente á colocar sobre las aborrecidas 



GUERRA DE AMERICA 321 

cabezas de aquellos la corona de laurel, ó la de 
espinas (1). 

Esto no es más que efecto necesario de aquella 
vieja escuela revolucionaria de la cual hemos ha- 
blado varias veces, y de la cual es conveniente que 
digamos todavía algunas palabras más. 

Tanto en el Perú como en Bolivia, el oficial no 
debe su título de tal, y sus ascensos sucesivos 
hasta Coronel por lo menos, que al favor de uno 
ó más Caudillos, á los cuales prestó él mismos sus 
servicios, sea directamente sirviendo en sus filas, 
sea indirectamente sirviendo mal á sus enemigos ó 
competidores. Así en Perú como en Bolivia, los ofi- 
ciales que han llegado á Coronel se consideran no 
sólo en la posibilidad, sino en el derecho de hacerse 
Presidentes ó Dictadores de su país. Pero tanto en 
uno como en otro Estado, hay muchísimos Coro- 
neles; tantos tal vez, cuantos serían necesarios si 
aquellas Repúblicas tuviesen habitados todos sus 
extensos territorios: y como á Presidente ó Dictador 
no pueden llegar más que uno después de otro, la 
concurrencia es demasiado notable, y todos tienen 
prisa de pasar delante de los otros, para no correr 



(i) Al describir la marcha del ejército perú-boliviano desde Iquique 
á San Francisco, el escritor chileno Victiña Mackenna, habla difu- 
samente de estas rivalidades y de sus desgraciados efectos, como 
se lee en los párrafos que reproducimos : « La discordia habia esta- 
llado en el campo enemigo.,.. Escenas de violencia y de reprocho 
tenian lugar á cada instante bajo la tienda del Estado Mayor. A 
las tres de la tarde del 18 díose la orden de avanzar; pero la dis- 
crepancia de las voluntades y el calor de los enconos tocaba ya en 
el motín; y algunos de los Comandantes de división dieron en am- 
bos campos (peruano ¡j boliviano) el funesto ejemplo de negarse á 
obedecer, á la vista del enemigo.... La discordia (encontrándose ya 
bajo los parapetos de San Francisco) cundía en vez de aplacarse, y 
la tienda de campaña del General Buendía so había trocado en el 
campo de Agramante. » 

Obra cí'í., t. II, pág. 847, 886 y 889. 

21 



322 HISTORIA DE LA 



el peligro de quedarse muy atrás en la multitud, y 
no llegar nunca. Cada uno de ellos vé por consi- 
guiente en todos los demás, tantos rivales y ene- 
migos que se interponen entre él y la suprema 
magistratura del Estado, tantos obstáculos que 
tiene que vencer para llegar á apoderarse del codi- 
ciado poder, hacia el cual se dirigen todos sus es- 
fuerzos y todos sus pensamientos: y nace de aquí 
que cada uno de ellos se cree en el derecho, es 
más, en el deber de combatir á todos los demás, 
en toda ocasión y circunstancia, y de hacer cuanto 
le sea posible para perderlos en la pública opinión. 
En cuanto á concurrir á que uno ó más de sus 
odiados rivales gane terreno sobre él en la consi- 
deración pública, esto sería considerado, ante sí 
mismo y ante sus propias aspiraciones, como la 
mayor de las necedades, por no decir como el cri- 
men más absurdo. Es simple cuestión de desa- 
rreglo ó corrupción del sentido moral; y mientras 
no acabará con el militarismo su desgraciada y 
desordenadora escuela revolucionaria, aquellos paí- 
ses, por tantas razones llamados á ser grandes y 
poderosas Naciones, al mismo tiempo que no cono- 
cerán nunca los goces de la prosperidad interior, 
serán siempre fácil presa del primer puñado de 
aventureros armados, que ponga el pie en su te- 
rritorios. 

Por consiguiente, la batalla de San Francisco 
no fué, como hecho de armas, más que una esca- 
ramuza, una simple tentativa aislada de una divi- 
sión del ejército Perú-boliviano contra el de Chile; 
el cual, sin tomar un sólo momento la ofensiva, 
lo que hubiera sido tan fácil como fecundo en ven- 
tajosas consecuencias, no hizo más que defender 



GUERRA DE AMERICA 323 

con su formidable artillería sus casi inexpugnables 
posiciones; de tal manera que cuando terminó el 
breve é insignificante combate, creyó que aquel 
no había sido más que un reconocimiento preli- 
minar ejecutado por el enemigo. Esto es tan cierto 
que él creía firmemente que la verdadera batalla 
debia librarse el día siguiente; por manera que se 
mantuvo sin moverse en sus posiciones, y pidió 
inmediatos refuerzos y municiones al General en 
Jefe que se encontraba en Jazparnpi, y que llegó 
aquella misma noche. Sobre este particular, dice 
el chileno Vicuña Mackenna: «No fué la de San 
Francisco propiamente una batalla.... Era universal 
en el campo chileno la convinción de que la ba- 
talla verdadera se libraría al amanecer del día 20; 
y pasaron todos los cuerpos aquella frígidísima 
noche, sin fuego, casi sin alimento.... Solicitáronse 
también por el telégrafo urgentes socorros de re- 
fuerzos, municiones y víveres (1).» 

Solamente con la primera luz del siguiente día 
20, los chilenos comprendieron, por la completa 
ausencia del enemigo, que habían quedado due- 
ños absolutos del campo de batalla; así mismo 
como fué solamente por algunos heridos perua- 
nos encontrados en las cercanías de San Fran- 
cisco, el mismo día 20, que supieron la deser- 
ción en masa de las divisiones bolivianas. Por 
los mismos heridos conocieron también, que el 
ejército peruano se retiraba en completo desorden 
hacia Tarapacá; hecho que le fue confirmado al 
poco rato por el hallazgo de los cañones que aquel 
abandonara en el camino por falta de ganado, y 



(1) Obra cit., t. II, pág. 9á3, 946 y 947. 



324 HISTORIA DE LA 



que ellos recogieron; siendo así que pudieron gozar 
inesperadamente de todas las ventajas de una gran 
victoria, sin haber hecho nada ó casi nada para 
obtenerla, y gracias únicamente la incalificable 
conducta de aquellos mismos que tenían el deber 
de disputársela. 

A pesar de todo esto, sea por temor, sea por 
inercia ó impericia, el ejército chileno, sabedor de 
que se encontraba á pocas millas de distancia, no 
un ejército, sino tres ó cuatro mil soldados esca- 
samente que marchaban á la desbandada, sin ví- 
veres, sin agua, y con el ánimo lleno de amargura 
y abatimiento, no dio un sólo paso en su perse- 
cución, y los dejó tranquilamente retirarse á Tara- 
paca y reconstituirse (1). 

Pero al mismo tiempo que como hecho de armas 
la batalla de San Francisco fué poco menos que 
nada, tuvo para los chilenos, á causa del intrínseco 
malestar que roía al ejército perú-boliviano, y que 
encontrara la desgraciada solución que hemos visto 
toda la importancia de una victoria colosal; es decir 
la de hacerlos dueño del codiciado desierto de 



(l) «El ejército del General Buendía, derrotado sin haberse batido, 
descansó en Curaña, la tarde y la noche del día 20 y la mañana del 
21. Todo su refrigerio consistió en dos ó tres cabras distribuidas á 
cada batallón. Pero en la noche del primer día el incansable coro- 
nel Suarez se adelantó á Tarapacá, y poniendo allí á requisición 
el patriotismo y el terror juntó víveres, cabras, ovejas, llamas, y 
hasta asnos, para saciar el hambre do sus infelices soldados y apa- 
gar en el sueño su fiebre. Quedó en su ausencia á cargo del campo 
el prudente coronel Bolognesi, jefe más antiguo, y éste hizo em- 
prender la marcha hacía Tarapacá á las 2 de la tarde dei 21.... 
Nuestro ejército (el chileno) amodorrado en las calicheras no movía 
todavía una sola patrulla en demada del enemigo, que se rehacía 
á. su vista. Así pasaron los mortales dias 20, 21, 22 y 23 de No- 
viembre, dejando escaparse un ejército que fugaba á pie, teniendo 
nosotros montados á la puerta del cuartel general 500 magníficos 
ginete?. » 

Obra cit., t. II, pag. 'Jbtí á l J^ 



GUERRA DE AMERICA 325 

Tarapacá, y de aquel Iquique mismo, que ellos 
deseaban tanto y al cual tenían tanto miedo de 
acercarse. 

A la defensa de Iquique , después de haber 
salido el ejército perú-boliviano que se desuniera 
más tarde al pié del cerro de San Francisco, no 
había quedado más que una división de 1,500 hom- 
bres, la cual fué llamada luego por el General 
Buendía á Tarapacá, para donde salió el día 22. 
Con la salida de esta última fuerza, Iquique se 
quedó sin guarnición, y hasta sin policía, entregado 
á sí mismo ; y el Prefecto (Gobernador) creyó con- 
veniente liar el petate y entregar la ciudad al 
Cuerpo Consular extrangero; el cual, no sabemos 
si por encargo del mismo Prefecto, ó de motu 
propio, para salvarla del furor del ejército chileno, 
que ciertamente la hubiera tomado sin fatica alguna 
cuando hubiese querido, la entregó á su vez al 
Comandante del blindado chileno Cochrane, que 
bloqueaba el puerto, el cual tomó posesión de ella 
en nombre de Chile, desembarcando unos sesenta 
marineros de la tripulación de su buque. 

¡El Perú se suidaba; y Chile hacía de sepultu- 
rero, recogiendo el cadáver! 



3^®^: 



IX 
Batalla de Tarapaeá. 



RESUMEN.— Cuatro días después de la batalla de San Francisco, 
los chilenos alcanzan al ejército peruano en Tarapaeá. — Es- 
peran refuerzos. — Contingentes respectivos de los ejércitos. — 
El ejército peruano estaba desorganizado. — Tarapaeá. — Sor- 
presa y valerosa defensa de los peruanos. — El historiador 
Mackenna quiere atenuar la derrota de los chilenos. — Los 
peruanos, aún faltándose municiones, obtubieron una esplén- 
dida victoria. — Porque no aprovechó en modo alguno al Perú. 

— Los peruanos se dirigen á Arica. — Fanfarronadas chilenas. 

— El desierto de Tarapaeá queda en poder de los chilenos. 



Daspués del simulacro de batalla de San Fran* 
cisco, el ejército chileno permaneció inactivo, como 
si estuviese clavado en sus posiciones, por espacio 
de cuatro largos días; mientre todo exigía que se 
hubiese puesto inmediatamente en persecución del 
enemigo, desde la misma noche del 19: la posición 
de éste era t-m triste que una vez alcanzado, hu- 
biera acabado necesariamente por rendirse. El Es- 
tado Mayor chileno no salió de su torpor sino en 
la mañana del 24, enviando una pequeña fuerza 
de caballería é infantería por el camino que atra- 
vesaran cuatro días antes las tropas peruanas. 

Esta fuerza llegó sin inconvenientes á Tarapaeá; 
y sabiendo que el enemigo se encontraba proviso- 
riamente acampado allí, en tan deplorables condi- 



328 HISTORIA DE LA 



ciones de hacer suponer que, incapaz de batirse, 
se había necesariamente rendido al simple acercarse 
de una división enemiga, por débil que fuese, su 
primera idea fué la de a-íel mtarse inmediatamente, 
é intimarle la nndicióa. Después, escuchando con- 
sejo mas prudente, decidió esperar, antes de inten- 
tar la empresa, los refuerzos que diligentemente 
pidió y obtuvo del cuartel general; y al amanecer 
del 27, con la completa confianza de hacer prisio- 
nero al enemigo sin disparar un tiro, se presentaron 
los chilenos sobre las alturas que dominaban la 
pequeña aldea de Tarapacá. Sus fuerzas las hacen 
ellos ascender á 2,500 hombres, entre caballería é 
infantería, y diez cañones; los adversarios dicen 
por el contrario que fueron más de 5,000. A nuestro 
juicio, ambas cifras son equivocadas: es un hecho 
que el combate de Tarapacá fué sostenido por la 
división Arteaga, que el 19 trajo consigo de Pisagua 
el General en Jefe, y que se quedó en Jaspampa, 
cuando la retirada y dispersión del ejército de los 
aliado hizo inútil su presencia en San Francisco; 
y puesto que resulta de los documentos y partes 
oficiales chilenos, que dicha división se componía 
entonces de 3,500 hombres (1), todo dice y hace 
creer que éste precisamente, aumentado con los 
400 hombres que habían salido antes de Dolores, 
fuese el número de los chilenos que tomaron parte 
en la jornada de Tarapacá, es decir 3,900 entre 
todos. 

En cuanto á los peruanos, no pasaban de 5,000, 
de los cuales, cerca de 3,600 se encontraban en la 
aldea misma de Tarapacá, y 1,400 unas cuantas 



(1) Véa66: V. Mackenna, Obra cit., t., II, pág. 912. 



GUERRA DE AMERICA 329 

millas más allá, en Pachica, en marcha para Arica; 
de manera que las primeras 6 horas de combate, 
comenzando desde las 9 de la mañana, fueron sos- 
tenidas únicamente por los 3,600 hombres que se 
hallaban en Tarapacá. La división de Pachica tuvo 
noticia de la llegada de los chilenos en Tarapacá, 
en el momento mismo en que comenzaba la lucha, 
mientras se preparaban á continuar su marcha 
hacia á Arica: no pudo encontrarse sobre el campo 
de batalla sino á las 3 de la tarde; y como fácil- 
mente se comprende, fué la qué decidió el éxito 
de la jornada (1). 

Atendiendo á los precedentes de San Francisco 
y al lamentable estado en que se encontraban los 
batallones peruanos en Tarapacá, la confianza que 
animaba á los chilenos, de hacerlos prisioneros con 
poca ó ninguna fatiga no era completamente sin 
fundamento. 

En dirección á Arica, donde principalmente los 
empunjaba la falta de vituallas, el hambre que 
lentamente los consumía desde tantos días los 
peruanos se habían detenido en Tarapacá con el 
solo objeto de hallar un poco de reposo después 
de tantos días de largas y fatigosas marchas, y de 
esperar la quinta división que había salido la úl- 
tima de Iquique, para entrar reunidos en Arica. 



(1) « El General Euendía llegó á contar en Tarapacá más de 5000 
hombres.... Tan lejos estaba de pensar que serían perseguidos, que 
el mismo día 26 mandó el General Buendía que marchasen adelante 
(por el mismo camino de Arica) dos destacamentos con unos 1400 
hombres, y él quedó en Tarapacá con otros 3600 que necesitaban 
todavía de una noche de descansó. Allí durmieron como en los días 
de más perfecta paz, sin siquiera colocar centinelas avanzadas en 
los alrrededores y sin sospechar que el enemigo se hallaba en las 
immediaciones ». 

Barros Arana, Historia de la Guerra del Pacifico. 



330 HISTORIA DE LA 



Esta división, caminando á marchas más que for- 
zadas en un desierto impracticable, por seis días 
consecutivos, había llegado á Tarapacá, rendida y 
fatigada, la mañana del día antes, 26; cuando, en 
atención á los muy pocos recursos que pudo ofre.- 
cer la pequeña aldea de Tarapacá, era preciso ya 
salir de allí. Sin embargo, para dar un día á lo 
menos de reposo á esta división, que literalmente 
no se tenía de pié, se hizo salir adelante una di- 
visión de 1,400 hombres (la que luego volvió desde 
Pachica), aplazando la salida del resto del ejército 
para las últimas horas del días después, 27. 

Por consiguiente, la mañana del 27, casi en el 
momento de emprender la desastrosa marcha, 
que tenía todo el aspecto é importancia de una 
fuga — pues sino del enemigo, huían de las priva- 
ciones del desierto — el pequeño ejército del Perú 
hallábase aún como lo vimos al alejarse de las 
faldas de Shii Francisco, en estado de completa des- 
organización. Salvo pocas excepciones puede decirce 
que no había oficiales: los que no habían desertado 
después de lo hechos de San Francisco, habían per- 
dido todo prestigio ante sus soldados, los cuales no 
podían dejar de reprocharles su mala conducta del 
día 19, delante del enemigo. Había, es verdad, unos 
cuantos oficiales que, por sí mismos muy dignos de 
consideración, todavía conservaban su propia auto- 
ridad, como Buendía, Suarez, Cáceres, Bolognesi y 
Ríos que mandaba la división que había llegado 
de Iquique, y otros de igual mérito: pero, si con 
sus esfuerzos podían conseguir mantener unida 
aquella gente (lo que no era poco en aquellas cir- 
cunstancias, y que hubiera sido imposible con sol- 
dados menos buenos), no eran suficientes para 



GUERRA DE AMERICA 331 

atender á todo, y para levantar el espíritu de aque- 
llos hombres que, después de haberse visto tan 
mal dirigidos y guiados, y hasta cierto punto vic- 
timas de la traición de sus jefes inmediatos, se 
veían todavía rodeados de dificultades y privasiones 
de todo género, con la terrible perspectiva más ó 
menos próxima de tener que sufrir el hambre má> 
espantosa quien sabs por cuantos días. Disciplina, 
por consiguiente, tenían poca ó ninguna; y exce- 
ptuando el hecho de permanecer todos juntos, de 
no desertar, cada uno tenía tácitamente la facultad 
de obrar á su albedrío. 

Gomo prueba de cuanto antecede baste saber, 
que no hacían ninguna de las tantas operaciones 
propias á un ejército en campaña, ni aún las que 
tan imperiosamente exigía su misma seguridad 
personal. Nadie pensaba al enemigo que dejaban 
á las espaldas, y que debían suponer ocupado en 
su persecución : vivían en el mayor olvido de todo, 
sin avanzadas, sin patrullas de inspección y sin 
tener ni aún siquiera una centinela que pudiera 
avisarles su llegada, en el caso nada improbable 
de que esto llegase á suceder. Y aquí hay que 
advertir, que situada la pequeña aldea de Tarapacá 
en el fondo de un estrecho valle, cuya mayor an- 
chura no pasa de un kilómetro, entre dos cadenas 
de cerros elevados y escabrosos , su situación 
debía necesariamente ser de las más críticas y 
difíciles en el caso de una sorpresa por parte 
del enemigo, el cual podía ocupar sin ser aperci- 
bido las alturas de los cerros, como efectivamente 
sucedió la mañana del 27, y desde allí fusilarlos 
á mansalva, antes que tuvieran tiempo de salir 



332 HISTORIA BE LA 



de aquella especie de profundo canal en que se 
encontraban (1). 

Esta circunstancia era precisamente la que for- 
talecía más la confianza que abrigaba el ejército 
chileno de hacerlos prisioneros á poca costa, pa- 
reciéndole, y no sin razón, casi imposible toda 
tentativa de resistencia, una vez que se hubiesen 
dejado sorprender en Tarapacá, aún independien- 
temente de toda otra consideración. 

Como la sorpresa sucediera, y como los peruanos 
encontraron medio de salir de su difícil y casi 
desesperada situación, lo sabremos por el escritor 
chileno tantas veces citado. 

«Hallábase el Coronel Suárez bajo un corredor, 
firmando una papeleta para distribuir unas pocas 
libras de carne de llama al batallón Iquique— 35 
libras por batallón — cuando, apeándose de sus muías 
tre> arrieros que habían salido en la mañana á sus 
quehaceres por los cerros del Oriente, corrieron á 
decirle que el enemigo coronaba las alturas por el 
lado opuesto. Y no habían aquellos acabado de 
hablar, cuando otro arriero revolvía del camino de 



(1) « En el momento en que llegaba el Comandante Santa Cruz, 
{Jefe de un batallón chileno) frente al pueblo de Tarapacá, hallábase 
entregado el ojército peruano, salvado únicamente por la inercia 
culpables de nuestros .Tefes, en las pacificas tareas de cuartel, las 
armas y pabellones en las calles, en los patios, bajo los corredores 
y los árboles, hirviendo en las pailas de fierro de los cuerpos el 
escaso arroz y la más escasa carne de su vianda, sin un puesto á 
caballo ó á pié para dar aviso.... El desgreño de la confianza era 
absoluto, y nadie á esas horas, pensaba sino en seguir pacíficamente 
ed derrotero de los altos, volviendo la espalda al osado invasor.... 
La división Ríos vino ese mismo día {la de Iquique que había 
llegado por el contrario el día antes) trdyendo, sino víveres un pre- 
cioso repuesto de municiones, que era la gran carencia del mo- 
mento ». 

V. Mackenna, obra cit., t. II, pág. 1039. 



GUERRA DE AMERICA 333 

Iquique con la misma terrible noticia.... Eran las 
nueve y media de la mañana del 27 de Noviem- 
bre.... cuando oyóse en todos los cuarteles y puntos 
de hospeduje def bajío el bronco sonar de las cajas 
de guerra que tocaban generala... alistáronse todos, 
sin acuerdo previo, para salir de la ratonera en 
que estaban metidos, dominando á un mismo tiempo 
las alturas del Suroeste y del Nord-oeste que em- 
paredaban la quebrada como hondo cementerio.... 
No había por allí senderos practicables, pero los 
soldados alentados generosamente por sus oficiales, 
trepaban los farellones á manera de gamos, apo- 
yándose en sus rifles.... El Coronel Suárez, jefe del 
Estado Mayor, esta vez como en todas las prece- 
dentes iba adelante, y su ájil caballo blanco, en- 
corvándose en la ladera para afianzar sus cascos 
y su avance, era el punto de mira de todo el ejér- 
cito electrizado por el ejemplo. Eran las diez de 
la mañana, y la terrible batalla de Tarapacá que 
fué propiamente una serie de batallas en un mismo 
Campo Santo, iba á comenzar (1).» 

El soldado peruano provó una vez más, en la 
sangrienta lucha de Tarapacá, como en los tiempos 
de la guerra de la independencia, sus excelentes 
cualidades personales, y lo mucho que podría con- 
seguir de él si tuviese una buena oficialidad. Sor- 
prendido por el enemigo cuando menos se lo espe- 
raba, casi encerrado en un foso sin salida, y cuando 
por sus excepcionales condiciones del momento, así 
materiales como morales, debía necesariamente en- 
contrarse tan débil de ánimo como de cuerpo, supo, 



(1) V. Mackenna, obra cü., t. II, pág. 1012 y 1011. 



334 HISTORIA DE LA 



no solamente salir del foso para ponerse enfrente 
de un enemigo que lo dominaba y fusilaba á dis- 
creción, sino también combatir valerosamente du- 
rante largas horas, y conseguir una victoria tan 
espléndida como inesperada. Para obtener todo 
ésto, no pudo contar más que sobre su valor per- 
sonal, sostenido apenas por el ejemplo y la voz de 
un pequeño número de buenos oficiales. Sin ar- 
tillería y sin caballería, de que el enemigo estaba 
abundantemente provisto, sin plan de batalla y sin 
hallarse confortado por alimentos buenos y sufi- 
cientes (habiendo sido sorprendido mientras se 
estaba preparando el mezquino rancho, al cual 
estaba reducido desde algún tiempo), el soldado 
peruano se adelantó intrépido y resuelto contra el 
enemigo; lo fué á buscar hasta dentro de sus 
mismas posiciones, que estaban defendidas por diez 
buenos cañones y por las bien aprovechadas aspe- 
rezas del suelo; y luchando cuerpo á cuerpo, en 
un encarnizado combate varias veces suspendido, 
para tomar aliento y volver á empeñar cada vez 
con vigor siempre creciente, le tomó sus cañones 
y sus banderas, lo desalojó de sus posiciones, y lo 
hizo retroceder varias millas en completa derrota. 
Si el soldado peruano hubiese tenido todavía á su 
disposición, suficientes cartuchos para seguir ha- 
ciendo fuego diez minutos más, la jornada hubiera 
concluí io con la pérdida completa é inevitable de 
toda la gruesa división chilena (1). 



(1) «....Al principio del combato «''ramos escasamente 3000 hom- 
bres de infantería, batiéndose contra una fuerza de 5000, dotada de 
las tres armas y provista de todos los elemontos de guerra, porque 
no solamente éramos inferiores en el número y nos faltaba caba- 
llería; sino que nuestros mismos infantes se encontraron sin muni- 



GUERRA DE AMERICA 335 

Aunque, movido por su escusable amor de patria, 
se afane Mackenna en atenuar la indudable derrota 
de los suyos, la verdad no deja de hacerse de vez 
en cuando camino, aunque más ó menos ahogada, 
en el curso de su apasionada narración: así es 
que exclama: «La pérdida que más profundamente 
aflijiera el corazón de la República en aquella 
luctuosa jornada, en que por la primera vez en 
larga historia {¡un país que nació ayer!) dejó Chile 
sus cañones y su bandera en manos enemigas, 
fué aquella de los dos Jefes etc. etc.... La derrota 
tan temida por el chileno, va á consumarse... Pero 
¡oh fortuna! las filas peruanas vacilan y se detienen 
en medio de la pampa. ¿Qué acontece? ¿Qué orden, 
ni cual causa sujétalas misteriosamente en el ca- 
mino de su inminente victoria?» Después, enume- 
radas con su habitual proligidad las diversas causas 
comprendida la de la falta de municiones, que á 
su entender, dutuvieron en el mejor momento las 
tropas peruanas, continúa: «No es posible precisar 



dones en un momento dado, teniendo que recoger los rifles y las 
capsulas de los muertos, heridos y dispersos enemigos,... En diez 
horas de rude y encarnizado combate, todos aquellos poderosos 
elementos {del ejército enemigo) fueron destrozados por la intrepidez 
y denuedo de nuestros soldados; la infantería y la caballería hu- 
yeron en dispersión; la artillería quedó en nuestro poder, como 
también un estandarte, algunas banderas y numerosos prisio- 
neros....» 

Del -parte oficial del General en Jefe, Buendía. 

«....La sola ascensión hasta el nivel de los baluartes contrarios 
es por sí misma un triunfo, por la ciudad que nos servía de cuartel 
general está por todas partes dominada.... Antes de combatir hemos 
tenido que ponernos en condiciones de hacerlo, entregándonos in- 
defensos á los tiros de los contrarios.... El enemigo ocupaba al 
principiar la acción un campamento de casi una legua, entre el 
alto de 13 cuesta de Arica y el de de Visagras, y al concluir había 
retrocedido hasta el cerro de Minta, dos leguas más allá de sus 
atrincheramientos..,. » 

Del parte oficial del Jefe del Justado Mayor, B. Suarez. 



336 HISTORIA DE LA 



duda tan ardua, porque lo más cierto tal vez fué 
que todas esas causas influyeron á la vez en la 
mente de los Jefes peruanos para contener el final 
avance que iba á traer á sus banderas un seña- 
lado é histórico triunfo» (1). 

Ya en completa derrota, los chilenos no hacían 
más que huir á la desbandada por el camino de 
su cuartel general de Dolores, de donde esperaban 
numerosos refuerzos cuando los peruanos, que 
desde largo rato no hacían fuego más que con 
las armas y municiones de los muertos y heridos 
chilenos, viendo que no tenían un solo cartucho 
que quemar, se encontraron obligados á detener 
una persecución ya bastante prolongada; \ es in- 
dudable, que si hubiesen tenido un poco de ca- 
ballería ó algunas municiones más, el ejército chi- 
leno se hubiera visto obligado, ó á caer prisionero, 
ó á dejarse acuchillar impunemente; porque hacía 
tiempo ya que no oponía ninguna resistencia, si 
se exceptúa solamente algunos raros casos de in- 
dividuos aislados que de cuando en caando descar- 
gaban todavía sus armas. Pero, si favorecido por 
un evento tan extraño á él y á su acción, pudo el 
ejército chileno tan inesperadamente salvarse de 
una ruina cierta y completa, no por ésto la jornada 
de Tarapacá dejó de ser una espléndida victoria 
para las armas peruanas; victoria que será para 
la historia tanto más bella y significativa, cuanto 
más justamente se calcule la diversa situación en 
que se encontraban los dos ejércitos combatientes. 
Las pérdidas fueron: muertos y heridos chilenos 
758, prisioneros 56, muertos y heridos peruanos 497. 



(1) Obro. c«'í., t. II, pág. 1121 y 1178. 



GUERRA DE AMERICA 337 



Sin embargo, esta victoria, la única que cuenta 
el Perú en todo el curso de la guerra, y tan bien 
ganada como hemos visto, no pudo en modo alguno 
mejorar la suerte de la lucha en la cual se hallaba 
empeñado, atendida la excepcional condición, que 
el lector conoce, en la cual se encontraba el ejér- 
cito vencedor, y que la victoria no modificó ni podía 
modificar. Tenía necesidad de víveres, de pan; y 
la victoria conseguida sobre el enemigo no podía 
dárselos, porque no era éste quien lo privaba de 
tales artículos de primera necesidad, sino el desierto 
que lo rodeaba por todas partes, y la incapacidad 
del Presidente de la República y director supremo 
de la guerra, que indolente y ocioso en Arica, nada 
había hecho y nada hizo para socorrerlo. Tenía 
necesidad de municiones de guerra, de cartuchos; 
y la victoria no hizo más que hacerle consumar 
los pocos que aún le quedaban. Su situación, des- 
pués de la victoria, era todavía más desesperada 
que antes. Aún prescindiendo de la imposibilidad 
de mantenerse en Tarapacá sin víveres; si el ene- 
migo volvía al ataque, lo. que era fuera de duda, 
teniendo cerca de siete mil hombres todavía en el 
próximo campo de Dolores, no hubiera podido res* 
ponder á sus fuegos, ni aún con un solo disparo. 

De consiguiente, el ejército vencedor se vio obli- 
gado á continuar sin demora su marcha hacía 
Arica, ya fijada para aquel mismo día 27. La vic- 
toria no había podido influir más que en retardarla 
algunas horas; y á la media noche, entre el 27 y 
28, mientras los deshechos batallones chilenos, 
temerosos de ser atacados al amanecer se alejaban 
á toda prisa del último campo de batalla, las vic- 
toriosas fuerzas peruanas, después de haber escon* 

22 



338 HISTORIA DE LA 



dido bajo la arena las cañones tomados al enemigo, 
y que por falta de caballos no podía llevarse con- 
sigo, se ponían lentamente en camino, triste y 
hambrientos, en dirección de Arica. 

Gracias á esto, el ejército chileno quedó único 
señor y dueño en el desierto de Tarapacá; y tanto 
los hombres políticos como los escritores de Chile 
sacaron argumento de aquí, para negar la derrota 
sufrida por las armas de su país en la batalla de 
Tarapacá, la única que se hubiese realmente com- 
batido hasta entonces; pues, como el lector ha visto, 
no puede darse ese nombre ni al desigual combate 
de Pisagua, donde 900 bolivianos y peruanos fueron 
embestidos por diez mil chilenos, ni á la insignifi- 
cante escaramuza de San Francisco, que se redujo 
únicamente al intempestivo y aislado ataque de 
una sola división peruana contra las formidables 
posiciones chilenas; ataque que el mismo ejército 
chileno consideró como un simple reconocimiento 
preliminar hecho por el enemigo; de tal manera 
que se preparó para la verdadera batalla que creía 
aplazada para el día siguiente, y que la deserción 
de las divisiones bolivianas y la felonía de algunos 
jefes y oficiales peruanos hizo imposible. 

Dice Mackenna: «Los dos ejércitos alejábanse 
del sitio por opuestos rumbos (varias horas después 
del combate) silenciosos y sombríos El ene- 
migo que se creía transitoriamente vencedor por 
las ventaJHS momentáneas del asalto, comenzaba 
la fuga hacia Arica, abandonando en el campo 
de batalla sus hend s (1). los cañones que nos 



(1) Los heridos, que por falta de ambulancia no pudieron llevarse 
con ellos, fueron confiados pnr los peruanos en la pequeña aldea 
de Tarapacá á los cuidados de sus habitantes. 



GUERRA DE AMERICA 339 



habían arrebatado por acaso, y el país que nos- 
otros habíamos venido á quitarles por la razón 
ó por la fuerza, ¿Cuyo era entonces y en definitiva 
el vencimiento militar? A la verdad, si en la que- 
brada de Tarapacá hubiera habido victoria para los 
enemigos y provocadores injustos de Chile (siempre 
la fábula del lobo y el cordero), habría sido ella 
interina, si tal pudiera llamarse, al paso que el 
éxito de las operaciones que allí terminaron fué 
para las armas de Chile un éxito asombroso y 
completo (1). » 

El éxito de las operaciones á que se refiere el 
historiador chileno, fué la posesión del desierto de 
Tarapacá. Pero, como hemos visto ya, esta posesión 
no fué en manera alguna conquistada por el ejér- 
cito chileno con la fuerza de las armas; habiendo 
salido por el contrario, gravemente batido y diez- 
mado, en la única batalla que hubo á sostener 
con el enemigo en dicho desierto. Esta posesión 
la obtuvo como simple consecuencia del aban- 
dono que hizo de ella el enemigo; abandono 
que á su vez fué efecto de varias causas, todas 
independientes de la acción de las armas de Chile; 
á saber de la deslealtad ó retirada como quiera 
llamarse, del boliviano Daza; de los malos hábitos 
revolucionarios de la mayor parte de los Jefes y 
oficiales del ejército aliado perú-boliviano, y más 
que todo, de la incapacidad del Gobierno peruano, 
que dejó su ejército abandonado á sí mismo en 
medio al vasto desierto, sin víveres y municiones 
de guerra; de modo que éste debió huir, no del 



(1) Obra cit., t. II, pag. 1180 y 1185, 



340 HISTORIA DE LA 



enemigo, sino del territorio mismo que debía de- 
fender, y que lo mataba de inanicíóa. Si el General 
Prado, que permanecía inútilmente en Arica con 
cerca de 5000 hombres de los más escogidos y 
disciplinados, se hubiese adelantado con una buena 
provisión de víveres y municiones hacia Tarapacá, 
como era su deber, inmediatamente que tuvo cono- 
cimiento de la vuelta de Daza, los sucesos hubieran 
ciertamente cambiado de aspecto de una manera 
muy notable. 

La posesióQ del desierto de Tarapacá no fué de 
consiguiente, como pretende el historiador chileno, 
el éxito de las operaciones del ejército de Chile, 
las cuales no podían ser más mezquinas é infelices, 
á pesar de cuanto lo favoreciera la fortuna, y de 
los grandes medios de que disponía. Fué por el 
contrario efecto del inmenso malestar interior que 
roía por tantos conceptos ú las dos Repúblicas 
aliadas Perú y Bolivia; las cuales, así por mar 
como por tierra, en la batalla de Tarapacá como 
en las posteriores de Tacna y de Lima, no fueron 
de ninguna manera vencidas por el enemigo, sino 
que se echaron á sus pies ellas mismas, deshechas 
y aniquiladas por sus facciones políticas internas, 
y por todos aquellos vicios que eran una conse- 
cuencia natural de sus muchos años de revolución 
y desgobierno. 

Quedando dueño del desierto de Tarapacá, la 
posesión de cuyas fabulosas riquezas era desde 
tanto tiempo su sueño dorado. Chile se lanzó sobre 
ellas con todo el ansia de una inveterada codicia 
prodigiosamente crecida con el trascurso del tiempo, 
de día en día, por el largo esperar y por la nece- 



GUERRA DE AMERICA 341 

sidad que poco á poco se hacía sentir cada vez 
más imperiosa, de aliviar con su producto las ex- 
haustas arcas del Tesoro. Se instaló en aquel te- 
rritorio como én su casa; y á la par que los pro- 
ductos aduaneros, hizo suyos también todos los del 
salitre y del guano. 



=5 Ñ©gp = 



X 

Revolución y Dictadura de Piérola 



RESUMEN— El General Prado vuelve de Arica á Lima, y clan- 
destinamente se ausenta del Perú. — Su proclama. — Su salida 
del país reviste, á los ojos de la generalidad, todos los carac- 
teres de una fuga. — Sus fatales consecuencias. — Pronuncia- 
miento y revolución del 21 de Diciembre á favor de don Ni- 
colás de Piérola. — Piérola se apodera del Callao. — Acuerdo 
de los Jefes de batallones. — Por motivo de los graves aconte - 
cimientos de la guerra, Piérola es aceptado por las poblaciones 
de Lima y Callao. — Eetiro del Vice-Presidente La-Puerta. — 
Comicio popular y acuerdo del Consejo Municipal que eleva 
Piérola á la primera magistratura del Estado. — Su entrada en 
Lima: proclama al pueblo. — Precedentes del Dictator. — Como 
había podido formar un gran partido nacional y salvar al país. 
— La ambición lo extravía. — Para asegurarse el poder trata 
de destruir á sus enemigos personales, y desahoga sus antiguos 
odios de conspirador. — Se rodea de gente de sacristía. — Cu- 
rioso decreto por el cual se nombra Protector de la raza in- 
dígena. 



El General Prado, supremo director de la guerra 
y Presidente del Perú que, como se ha dicho, 
había permanecido en Arica absolutamente ocioso 
desde el mes de Mayo, esperando que los otros se 
batiesen y venciesen como pudieran en las remotas 



344 HISTORIA DE LA 



soledades del desierto de Tarapacá, apenas tuvo 
noticia del encuentro de San Francisco y de los 
tristes acontecimientos sucedidos entre las filas del 
ejército de la alianza á las faldas de aquel cerro, 
no tuvo más que una sola preocupación : Ja de 
alejarse de un puesto llamado indudablemente á 
ser ,el segundo teatro de la guerra, después de 
Tarapacá. Y sin intentar nada para socorrer ó re- 
forzar al ejército peruano, á fin de ponerlo en si- 
tuación de mantenerse en el desierto, y de disputar 
su posición al enemigo, emprendió a toda prisa el 
camino de Lima el 26 de Noviembre. 

Partía de Arica, según él decía, con el objeto 
de proveer mejor desde la capital á los asuntos 
de la guerra, reasumiendo en sus manos las rien- 
das del Estado ; y efectivamente asumía nueva- 
mente el 2 de Diciembre las funciones de la Pre- 
sidencia de la República, que durante su ausencia 
había sido ejercidas por el primer Vice-Presidente 
General La-Puerta. Esto fué, sin embargo, lo único 
que hizo hasta el 18 del mismo mes, en que clan- 
destinamente se ausentaba del país. Se trasladó 
al Cbllfio sin manifestar á nadie sus secretos de- 
signios, excepto á sus Ministros, que todo lo co- 
nocían, en manera tal que todos creían que fuese 
allí con el objeto de visitar aquella guarnición, ó 
algunos de los buques de guerra extrangeros que 
había en el puerto, se dirigió á bordo de un vapor 
comercial, que salía para Panamá con pasageros y 
mercancías, en el momento mismo en que estaba 
para levantar el ancla, y partió. 

El público no tuvo conocimiento de estos, hasta 
las altas horas de la noche, cuando Prado se aliaba 
ya lfjos del Callao, y podía leerse en todas las 



GUERRA DE AMERICA 345 

esquinas de la ciudad, en unión al decreto con el 
cual delegaba de nuevo sus poderes al primer Vice- 
presidente, su proclama á la Nación y al ejército, 
concebida en los siguientes términos: «¡Conciuda- 
danos! — Los grandes intereses de la patria exigen 
que hoy parta para el extrangero, separándome 
temporalmente de vosotros en los momentos en 
que consideraciones de otro genero me aconsejaban 
permanecer á vuestro lado. Muy grandes y muy 
poderosos son en efecto los motivos que me in- 
ducen á tomar esta resolución. Respetadla, que 
algún derecho tiene para exigirlo así, el hombre 
que como yo sirve al país con buena vuluntad y 
completa abnegación.... Al despedirme, os dejo la 
seguridad de que estaré oportunamente en medio 
de vosotros. » 

Sin embargo, el alejamento de Prado en mo- 
mentos tan solemnes cuanto calamitosos para el 
país, fué generalmente considerado desde el primer 
instante como una fuga. Y no fué suficiente tam- 
poco para modificar más tarde este primer juicio 
emitido por la opinión pública, la razón alegada 
por él, y antes que por él, por sus amigos, de que 
iba al extrangero para adquirir buques blindados 
(1); porque todos sabían cuan poco apto fuese para 
semejante misión, y la poca confianza que podía y 
debía tener él mismo en el éxito de su empresa, 
aún suponiendo que la hubiera concebido de buena 
fé en un primer momento de ilusoria confianza en 
sus propias fuerzas. 



(1) Más tarde, el 22 de Diciembre, el mismo Prado escribía desde 
Guayaquil una carta que fué publicada por los periódicos, en la 
cual relevando los mocivos que le habían inducido ausentare del 
Perú, decía que se dirigía á Europa y a los Estados Unidos para 
adquirir buques blindados y volver con ellos en socorro de la 
patria. 



346 HISTORIA DE LA 



Todos pensaban, que los desgraciados sucesos 
de Tarapacá, de los cuales le cupo no escasa res- 
ponsabilidad, aunque indirecta, y la poca confianza 
que se inspiraba á si mismo para proveer seria- 
mente á la defensa del país, hubiesen istantánea- 
mente paralizado su ánimo de por sí tan pusilá- 
nime; y que con el pretexto de ir en busca de 
algún buque de guerra, no buscase en realidad 
más que sustraerse á las recriminaciones que, 
amenazadoras, preveía verse llegar de todos los 
puntos de la República. Además, esto se encuentra 
perfectamente en armonía con la poca aptitud que 
siempre demostrara (1). 

Sin embargo, aunque incapaz de pensar ni hacer 
nada de provecho, el alejamento de Prado dio origen 
á nuevas y grandes desgracias para la Nación. 

Siguiendo él en Lima, además de que hubiese 
podido remediar su propria incapacidad rodeándose 
de buenos Ministros, y consejeros, habría sido 
útil principalmente al mantenimiento del orden pu- 
blico interior, que en momentos tan difíciles para 
el país, nadie se hubiera atrevido á' alterar: loque 
no sucedió después de su fuga, aparente ó verda- 
dera que fuese. Todo el público de la Capital y 
del Callao se quedó aún más que conmovido, ir- 
ritado; y los sediciosos de profesión, que la gra- 
vedad de la circunstancias tenía quietos a duras 
penas, creyeron llegado el momento de obrar. 

Efectivamente, el 21 de Diciembre estalló en Lima 
una de las acostumbradas revoluciones de cuartel, 



il) «El viaje del General Prado no significa más que una ver- 
gonzosa deserción ». Asi escribía el lü do Diciembre el periódico 
El Comercio de Lima : lenguaje nada diferente del de los demás 
periódicos de la capital. 



GUERRA DE AMERICA 347 

con el pronunciamien de un batallón á favor de 
D. Nicolás de Piérola; y apenas concluía, sin re- 
sultado decisivo, el breve combate empeñado con- 
tra él por algunas fuerzas que seguían al Ministro 
de la Guerra, cuando se presentó en son de ame- 
naza ante el palacio del Gobierno otro batallón, á 
las órdenes del mismo Piérola en persona. Tuvo 
lugar entonces un segundo combate que terminó 
también sin resultados decisivos, pero no sin ha- 
berse derramado mucha sangre (1); y hacia la 
media noche, seguido por el batallón que mandaba 
por el primero que se pronunció en su favor, y 
por algunas fracciones de tropas que se le habían 
unido, se dirigió Piérola al Callao; donde, habiendo 
entrado sin grandes dificultades, después ele un 
pequeño tiroteo con una compañía de guardias ci- 
viles, se apoderó pacíficamente del arsenal, gracias 
al pronunciamiento en su favor del batallón que 
lo ocupaba. Sin embargo, quedaba todavía el cas- 
tillo con las numerosas fuerzas allí reunidas; y 
te do hacía presumir que Piérola no hubiera po- 
dido apoderarse de é), sino después de una lucha 
larga y encarnizada: por el contrario, apenas se 
les intimó la rendición, los Jefes de los diferentes 
cuerpos se reunieron en consejo de guerra, cuya 
mayoría deliberó: «Ceder á la intimación del Señor 
Piérola, tomando ante todo en consideración el de- 
seo que los anima de evitar el derramamiento de 
sangre en lucha fratricida, cuando el país necesita 
de todas sus fuerzas y elementos para salvar su 
integridad y su honra.» 
Dueño del Callao y de su importante guarnición, 



(1) Hubo mas de 200 entre muertos y heridos. 



348 HISTORIA DE LA 



Piérola representaba ya una fuerza que podía, sino 
imponer su ley á la Capital, luchar con alguna 
probabilidad de éxito contra ella y las tropas que 
habían permanecido fieles al Gobierno. Su revo- 
lución había ganado en pocas horas, merced á la 
gran desventura de los momentos en que estallara, 
un tal carácter de seriedad, de hacer preveer que 
no huhiera sido nada fácil el sofocarla, sin gran 
pérdida de tiempo y de sangre, cuando precisa- 
mente urgía reunir prontamente todas las fuerzas 
del país, para defender el territorio nacional de la 
creciente invasión chilena. Urgía por ésto poner 
inmediatamente término á la incipiente guerra civil, 
que no podía llegar en peor momento. Y puesto 
que el Gobierno, había quedado acéfalo con la fuga 
de Prado, no gozaba, ni podio gozar la confianza 
de nadie, siendo el Vice-Presidente que lo había 
sustituido, por cuanto muy estimable persona, tan 
adelantado en los años, que había muy poco que 
esperar de él en momentos de tanta gravedad para 
el país, el público de Lima creyó conveniente ceder 
á las pretensiones de Piérola, y dejar que éste, 
como prometía, salvase el país, en la terrible lucha 
contra Chile. 

Por otra parte, Piérola (los hechos demostraron 
más tarde cuan vanas eran estas esperanzas) tenía 
en aquellos momentos todas las apariencias de una 
gran personalidad. No era conocido más que por 
la famosa contrata del guano, hecha con la casa 
Dreiffus cunndo era Ministro de Hacienda, y por 
las muehtts tentativas de revolución, á las cuales 
se dedicó con ardor y constancia siempre crecien- 
tes durante siete años consecutivos, para apode- 
rarse del Mipremo poder del Estado, sin dejarse 



GUERRA DE AMERICA 349 

jamás abatir ni cansar por los descalabros sufri- 
dos; y estos precedentes lo hacían creer hombre, 
sino de grande capacidad, por lo menos atrevido 
y firme en sus propósitos, enérgico y activo como 
pocos; es decir dotado de todas aquellas cualidades 
que eran más indispensables en aquellos momentos 
al Jefe del Estado, para poder reunir con mano 
firme y segura todos los esparcidos elementos de 
fuerza, de que tan abundantemente se hallaba pro- 
visto el país, y dirigirlos contra un enemigo que 
era fuerte, únicamente por las innumerables di- 
visiones y rivalidades que minaban y debilitaban 
al Perú. 

Además de la necesidad de abandonar el triunfo 
á Piérola, para poner término á una guerra civil 
que en aquellos instantes supremos dt-bía ser fa- 
talísima al Perú, aquel se presentaba también como 
el hombre providencial del momento; y como si 
una misma corriente eléctrica se infiltrase en todos 
los ánimos — corriente, que no era más que el ar- 
diente deseo de triunfar á toda costa en la guerra 
contra Chile, — todos los personajes más importan- 
tes del país, sin diferencia de colores políticos, se 
pusieron en movimiento el 22 para obtener que el 
Vice-Presidente, General La-Puerta, se retirase de 
la escena política sin lucha y sin efusión de san- 
gre; lo que el noble anciano hizo inmediatamente, 
casi con alegría y sin hacerse rogar, apenas se le 
dijo que se le pedía dicho sacrificio de sus dere- 
chos en obsequio á la patria en peligro. 

Siguieron á esto en la mañana del 23: 

1.° el acuerdo tomado á la unanimidad por 
todos los comandantes de las divisiones y cuerpos 



350 HISTORIA DE LA 



de tropas residentes en Lima— de oponer ninguna 
resistencia á D. N. de Piérola, declarándose sola- 
mente dispuestos á batirle contra el enemigo común 
de la patria; 

2.° un comicio popular presidido por el Con- 
sejo Municipal, que deliberaba cuanto sigue: 

« El pueblo de Lima, presidido, por el H. Muni- 
cipio, y reunido en la casa Concistorial, hoy 23 de 
Diciembre 1879— Considerando: 

1.° La fuga clandestina del General D. Mariano 
Ignacio Prado en momentos en que el país necesita 
el denodado valor de sus hijos, y la ineptitud que 
hasta ahora ha manifestado en la dirección de la 
guerra, causa única de todos los desastres que ha 
sufrido la República ; 

2.° La imposibilidad de llevar adelante el orden 
constitucional por la avanzada ancianidad é inva- 
lidez del Primer V ice-Presidente de la República, 
la ausencia del segundo, y la deficiencia de las 
leyes para estos casos anormales; 

3.° La aspiración nacional que se cifra exclu- 
sivamente "n el triunfo rápido y completo sobre el 
enemigo extrangero, y exige el llamamiento al 
frente de la República del ciudadano que mejor 
pueda salvarla ; 

4.° La confianza que D. Nicolás de Piérola in- 
spira ;'i los pueblos, probado patriotismo é ilustra- 
ción que garantiza la buena dirección de la cosa 
pública y el honroso desenlace de la guerra — Re- 
suelve: Elevar á la suprema magistratura de la 



GUERRA DE AMERICA 351 



Nación, con facultades omnímodas, al ciudadano 
Doctor Don Nicolás de Piérola: en fé de lo cual 
firmaron.... » (Firmas del Alcade, de los Concejales 
y de gran número de ciudadanos) 

Piérola, ya Jefe del Estado, regresaba á Lima la 
misma noche del 23; y todo hacía esperar que fuese 
animado de los mismos sentimientos de concordia 
y abnegación en aras del patriotismo, que tanto 
habían influido en la población de la Capital para 
elevarlo, de simple revoltoso, al eminente puesto 
que ocupó. « Para nosotros — decía él en una pro- 
clama al pueblo y al ejército — no hay ni puede 
haber sino una sola aspiración : el triunfo rápido 
y completo sobre el enemigo extrangero. Para esta 
obra no hay sino hermanos, sin memoria siquiera 
de las pasadas divisiones, y estrechados por el 
vínculo indisoluble del amor al Perú. Cuanto re- 
tarde el instante de la completa unidad nacional, 
es un delito de lesa patria. Ella es la condición, 
del poder y del triunfo del Perú. » 

Pero este espíritu de concordia y de santo amor 
patrio no lo tuvo, ó por lo menos no fingió tenerlo, 
más que pocos días más; es decir hasta que no 
fué seguro de la adhesión de los puntos más im- 
portantes de la República, y principalmente del Jefe 
del ejército de Tacna y Arica, Contra-Almirante 
Montero, del cual desconfiaba. 

Habiendo llegado al poder— á un poder dictato- 
rial, con las más amplias é ilimitadas facultades — 
en el mejor momento y en las mejores condiciones 
para el, aunque por un camino que se abrió á 
costa de la sangre de sus conciudadanos en lo 



352 HISTORIA DE LA 



instantes más angustiosos del país, piérola estaba 
llamado á las más grandes empresas; y esta era 
la general esperanza. 

Aunque incansable conspirador y revolucionario 
desde el año 1872 ; Piérola no formó parte ni fué 
jefe jamas de un verdadero partido político. No 
tenía más que unos cuantos amigos personales 
que se hiciera con los favores que les había otor- 
gado: y puede decirse que luchó siempre solo, con 
la simple ayuda de sus grandes medios pecuniarios, 
que le permitieron varias veces allegarse por tiempo 
determinado, los diversos elementos que le fueron 
necesarior para sus repetidas tentativas revolucio- 
narias. Era amigo, es cierto, del elemento eclesiás- 
tico, curas y frailes, que le protegieron siempre en 
épocas anteriores; pero como éstos no tuvieron 
nunca la influencia necesaria para elevarse á par- 
tido político en el Perú — permaneciendo siempre 
como simples intrigantes de segundo orden, sin 
más ambición ni horizonte que sus pequeños be- 
neficios personales ó de tienda (di bottega), — no 
era muy difícil contentarlos, sin dejarse en modo 
alguno conducir, no queriendo, é los turpes conci- 
liábulos de sacristía. 

Por consiguiente, Piérola estaba libre de todas 
las mezquinas obligaciones y compromisos de par- 
tidario, que tan poderosamente concurren en ciertos 
casos á entorpecer y á desviar la acción de un 
hombre de Estado: se hallaba fuera de toda cama- 
rilla política; podía moverse libremente en la dire- 
cción que mejor la pareciese; y este concurso de 
circunstancias era precisamente destinado á ser su 
principal elemento de fuerza, por poco que hubiese 
sabido aprovecharlo, en un momento supremo como 



GUERRA DE AMERICA 353 

aquel, en el cual, preocupados por el mal curso 
que presentaba la guerra, todo los partidos políti- 
cos del Perú se inclinaban hacia él, prestándole 
con completa buena fé el concurso de sus propias 
fuerzas, para que salvase al país de la invasión 
extrangera. 

Aprovechándose igualmente, sin predilección y sin 
odio contra ninguno, de todas las diversas fuerzas 
de los varios partidos que militaban unidos bajo 
su bandera, que podríamos llamar neutral para 
ellos, además de conseguir seguramente el triunfo 
contra Chile, hubiera obtenido también otros dos 
resultados de gran importancia para él y para el 
país; el de ocupar él el primer puesto en la gra- 
titud y consideración universal de la Nación, que 
hubiera visto en él su salvador, y el de ganarse 
igualmente el afecto de todos los partidos que habría 
conducido juntos y sin rivalidades á la victoria ; 
los cuales, abandonando su principal objeto de 
llegar al poder, que ninguno podía ya arrancarle 
de las manos, hubieran acabado poco á poco por 
desaparecer y fundirse en un gran partido nacional, 
á cuya cabeza se hubiera encontrado él natural- 
mente, sin ningún esfuerzo de su parte, por la sola 
acción del tiempo y de los acontecimientos. 

Desgraciadamente para el Perú, Piérola se trazó 
un programa bien diverso. Unificado su propia 
causa con la del país, no se ocupó de éste más 
que á través del prisma de sus propias aspiracio- 
nes, y tan turpemente, que procuró su propia ruina 
y la de aquél, al cual solamente después de largos 
años, no obstante la gran vitalidad de que se halla 
dotado, le será dable cicatrizas las llagas que le 
ocasionó, tanto materiales como morales, esta- úl- 

23 



354 HISTORIA DE LA 



timas principalmente, que por su naturaleza y 
gravedad son más difíciles de curar. 

Contrariamente á cuanto declaraba en su pro- 
clama que hemos copiado más arriba, Piérola trajo 
consigo al frente del Estado, todas las veleidades, 
todas las desconfianzas, y todos los del antiguo 
conspirador ; cosas que, unidas á una vanidad sin 
igual, se erigieron en norma y guía principal de 
todas sus acciones. 

El ánimo lleno del mal disimulado rencor contra 
todos los que militaron bajo bandera diversa de la 
suya, desconfiando en sumo grado de todo aquel 
que por su mérito real ó aparente pudiese tener 
derecho á cualquiera aspiración, aún antes que 
ésta se manifestara, Piérola procuró ponerse en 
guerdia contra todos ellos. Y antes de pensar en 
la guerra, con el extrangero que se había apoderado 
ya de la parte más rica del territorio nacional, se 
dispuso á combatir sus verdaderos ó supuestos 
enemigos personales, tantos los del día como los 
de la víspera, y crearse un partido propio que sir- 
viese de sostén y base á >u dictadura, que aspi- 
raba á no dejarse jamás arrancar. 

En vez de reunir en sus manos todas las fuerzas 
del país, se esforzó de consiguiente en malgastarlas 
y destruirlas, para sustituirlas con fuerzas propias 
que, tanto por falta de aptitud en él, cuanto por 
la falta de elementos de donde tomarlas, era im- 
posible improvisar de un momento á otro. 

Una de las cosas más difíciles en el Perú, en un 
país que vivía desde más de medio siglo en una 
lucha continua de partidos, era quizás encontrar 
un hombre de algún valor, sea por méritos perso- 
nales, sea por posición social, que no perteneciera 



GUERRA DE AMERICA 355 

i 

más ó menos abiertamente á una fracción política, 
de las muchas existentes. Nacía de esto, que el 
pensiamento de Piérola, de crearse un partido ex- 
clusivamente suyo, en el cual no tuviese cabida 
un sólo hombre que hubiese militado ya bajo otra 
bandera, debía tropezar en primer lugar con el 
gran obstáculo de la falta de buenos elementos, ó 
sea de hombres aptos para constituirlo; y asi fué. 
Sin embargo, esto no fué suficiente para hacerle 
abandonar una senda tan difícil y peligrosa, y se 
contentó con la gente que se encontró disponible. 
Inspirado por sus antiguas simpatías por los 
curas y frailes, llamó á sí, después de sus raros 
amigos personales, toda la gentualla de sacristía, 
cofrades y santurrones, que gozaban á la par que 
él la amistad de aquellos; los cuales," aprovechán- 
dose de la propicia ocasión que se les ofrecía, de 
extender su esfera de acción, hicieron una llamada 
general. Y toda la hez, qu3 únicamente podía res- 
ponder á su voz, no hube de hacer más que pasar 
por las iglesias y sacristias para ganarse las buenas 
gracias del Dictador; el qual, encomendándole poco 
á poco todos los cargos públicos, tanto civiles 
como militares, procuró hacérsela cada vez más 
afecta, con los enormes sueldos que le pagaba en 
una moneda que á él le costaba muy poco — los 
billetes de banco (1). 



(1) El lujo de los sueldos llegó á tal punto, que no bastando la 
provisión de billetes de banco existentes en las cajas del Estado, y 
no quierendo tener la molestia de esperar los nuevos envios de la 
casa litográfica proveedora de Nueva- York, se recurrió a un nuevo 
papel-moneda hecho en Lima con el nombre de Inca; el cual, para 
que todo fuese nuevo y llevase el propio sello, correspondía tam- 
bién á un nuevo sistema monetario inventado por el Dictador. De 
todo el mal que por este lado también ha producido al país habla- 
remos en la segunda parte del presente trabajo. 



356 HISTORIA DE LA 



¡Hé aquí el extraño partido al cual el Dictador 
Piérola confiaba los destinos suyos y de su país ! 

Y como si todo esto no hubiese sido suficiente 
para precipitar al Perú en el más profundo de los 
abismos, Piérola daba, después de cinco meses de 
absurdo desgobierno, un decreto que debía por sí 
solo producir una inmensa conmoción. Llevado 
de la idea de dar á si mismo y á su informe par- 
tido una base amplia y solida, la buscó en la di- 
ferencia de razas, una de las cuales, a la que con- 
cedió odiosos privilegios, puso bajo su especial 
protección. 

Este decreto, cuya típica extrañeza y absurdo, 
basta por sí sola para caracterizar al hombre, que 
lo dio, dice cosí: 

« Nicolás de Piérola, Jefe Supremo de la Re- 
pública. — Considerando : 

1.° Que la raza indígena ha sido y es aún en 
el país, objeto de desafueros y exacciones contrarias 
á la justicia y que reclama eficaz reparación; 

2.° Que, si bien la situación de guerra en que 
nos hallamos no permite toda la consagración que 
la importancia de este asunto demanda, no es po- 
sible tampoco desatenderlo por más tiempo. En 
uso de las excepcionales facultades de que estoy 
investido, y con el voto unánime del Consejo de 
Secretarios de Estado— Decreto: 

Art. 1.° Declaro unido á mi carácter de Jefe 
Supremo de la República el de Protector de la 
raza indígena, título y funciones que llevaré y 
ejercen'* en adelante. 

Art. 2.° Los individuo- y corporaciones perte- 



GUERRA DE AMERICA 357 

necientes á esta raza tienen el derecho de apelar 
directamente á mí, de palabra ó por escrito, contra 
todo atropello, injusticia ó denegación de ésta que 
sufriesen por parte de toda autoridad, cualquiera 
que sea su dominación ó gerarquía , quedando 
exceptuados de las leyes comunes á este respecto. 

Art. 3.° En el caso de castigo por daño infe- 
rido á un habitante del país, la circunstancia de 
pertenecer éste á la raza indígena será considerada 
como agravante para la aplicación de la pena. 

Art. 4.° Toda servidumbre ó contribución exi- 
gida al indio y no impuesta á los demás, será con- 
siderada como de daño público, etc., etc.. Lima, 
22 de Mayo de 1880.» 

Este decreto, por su naturaleza destinado á di- 
vidir más y más al pueblo peruano, y á arrastrarlo 
en una mostruosa guerra de razas, que venía á 
sobreponerse á la ya existente de clases, con la 
cual debía hasta cierto punto hacer causa común, 
como efectivamente la hizo con grande acritud de 
los ánimos, salió á luz cuatro días antes de la 
batalla de Tacna; de una batalla que debía tener 
una gran importancia en los destinos de la guerra 
con Chile, y que se perdió solamente porque Pié- 
rala nada hizo en su favor, ó por mejor decir, 
porque á Piérola agradaba tal vez más que aca- 
base con la derrota, que con el triunfo de las ar- 
mas peruanas. 

Además, veremos mejor poco más adelante, hasta 
dónde se dejase trasportar por su necia ambición, 
que fué desde el primer momento la única guía y 
norma de su conducta. 



XI 
Tacna y Arica 

EESUMEN— § 1. El Coulra-Almirante Montero. — Podía no reco- 
nocer la dictatura de Piérola. — El Dictador desconfía de él. 

— Le pi'iva del mando político y militar de las provincias del 
sur. — El ejército de Montero. — Eefuerzos que se prepararon 
por el Gobierno de Prado en Lima y Arequipa para el ejército 
de Montero. — Porque Montero no pudo ocupar el desfiladero 
de Sama. — Decreto dictatorial para desorganizar el ejército 
de Montez-o. — Nota de éste que desaprueba aquella disposición 

— Irrisorios socorros enviados por Piérola al ejército de Tacna. 

— Atrevida expedición de la Union para llevarlos, forzando el 
bloqueo de Arica. — Mal estado del ejército de Tacna : su nu- 
mero. — Se prepara a los órdenes del General Campero, sobro 
el campo de la alianza. — Batalla y derrota de los aliados. — 
Relación del General Campero. — Relación que publicó El 
Mercurio. — Parte de Montero. — El ejército de Arequipa se 
retardó ex profeso en el camino. — Palabras de Vicuña Mac- 
kenna. — Después de esta batalla, el Perú fué á merced de 
los chilenos. — Los soldados de la alianza abandonan Tacna. 

— Es ocupada por los chilenos : atrocidades que en ella co- 
meten. — Nota-protesta del Cuerpo Consular al General en 
jefe. — Saqueo de las pulperías de los italianos, y asesinato de 
éstos. — Ofensas á la bandera nacional italiana. — Declara- 
ciones de testigos oculares. — § 2. Arica no podía oponer res- 
istencia. — Las oposiciones del Morro y del Cerro Gordo. — 
Generosa respuesta del Coronel Bolognesi cuando le intimaron 
la rendición. — Muerte del Coronel y de sus escasos compa- 
ñeros. — D, Roque Saenz-Peña. — Saqueo y asesinato, princi- 
palmente de italianos, en Arica. 

§ I 

Como se ha dicho, Piérola desconfiaba del Contra- 
Almirante Lizardo Montero, que el ex- Presidente 
Prado había dejado en Arica, con el carácter de 
Jefe superior, político y militar de las provincias 
del sur, al mando del ejército que <e hallaba en 



360 HISTORIA DE LA 

Arica, Tacna y Arequipa (1) ; temía que se negase 
í'i reconocerlo como Dictador del Perú, y que se 
valiese del ejercito que tenía á sus órdenes para 
combatirlo; y es indudable, que -i el Contra-Almi- 
rante Montero hubiese sido menos patriota de cuanto 
lo era y es, e-ta hubiera sido seguramente su con- 
ducta. 

Uno de los Jefes más eminentes, después de la 
muerte de Pardo, de aquel partido civilista contra 
el cual tanto dijo é hizo Piérola durante ocho lar- 
gos años: enemigo personal de Piérola, que com- 
batiera y derrotara en los campos de Torata, en 
la revolución que este hizo contra Pardo el año de 
1874, Montero debía necesariamente verlo de mal 
ojo en una dictadura ¡i la cual todo era permitido; 
y ciertamente hubiera permanecido dentro de la 
más éxtricta legalidad, si en vista de lo inconsti- 
tucional de la elevación de Piérola al poder, se 
hubiese negado á prestarle obediencia; por no reco- 
nocer otra autoridad suprema, fuera de la consti- 
tucionalmente establecida, que habia sido derribada 
por una revolución de 48 horas, localizada en dos 
solas ciudades de la República. 

Sostenido por su prestigio de valeroso y entendido 
militar, tanto como marino que como General de 
ejército, > la gran popularidad de que justamente 
gozaba en toda la República, Montero hubiera po- 



Arioa, 2o Noviembre 1879. — Al Soñor Contra-Almirante 
Lizardo Montero. 

« Debiendo salir en el día de hoy para la capital de la üepública 
S. E. el Presidente y Director supremo de la guerra ha nombrado 
á U.S. con Decreto de hoy, Jefe superior político y militar do los 
departamentos de Tarapacá, Tacna, Moquegua. Arequipa, Puno y 
Cuzco. 

• Mariano Alvarez. Secretarios General >■>. 



GUERRA DE AMERÍCA 361 



dido promover fácilmente una saludable reacción en 
Lima y en todo el resto del país contra Piérola; aún 
sin contar que, investido como se hallaba del mando 
político y militar de las provincias del Sur, no le 
hubiera sido nada difícil mantener y reforzar su 
ejército, hasta el punto de sostenerse contra los 
chilenos sin la ayuda del Gobierno de la Capital; 
de manera que, en apoyo de su enemistad personal 
contra Piérola para no sometérsele, podía también 
invocar la confianza más ó menos fundada de que 
obrando así, no hubiera causado daño alguno el país. 
¡Y qué diversa hubiera sido la situación del Perú, 
si se hubiese aconsejado de este modo! 

Por el contrario, el Contra-Almirante Montero 
no vio más que á la patria en peligro; y sacrificando 
de buen grado sobre el altar de ésta sus personales 
resentimientos y sus aspiraciones más legitimas, no 
titubió un solo instante, para no dividir y desmem- 
brar las fuerzas del país en momentos tan supre- 
mos, en reconocer plenamente la dictadura de Pié- 
rola y prestarle obediencia. 

Hombre franco y sincero, que fué siempre inca- 
paz de toda doblez, Montero procedía con la mayor 
buena fé de la cual dio luego repetidas pruebas. 
Sin embargo Piérola, que excepto de sí mismo y 
de su clerigalla, desconfiaba de todo el mundo, 
desconfió de él ; y esto fué una gran desventura 
para el Perú. Temía que una vez vencedor de los 
chilenos en la inevitable batalla de Tacna, Montero 
se rebelase contra él; y que valiéndose del prestigio 
y del mayor ascendiente, que la victoria le procu- 
raría sobre el pueblo, no le fuera difícil arrojarlo 
del solio dictatorial para ocupar su puesto: y no 
preocupándose más que de sí mismo, concentró 
todos sus esfuerzos en una tenaz y mal encubierta 



362 HISTORIA DE LA 



guerra contra Montero y el ejército que estaba á 
sus órdenes. 

No pudiendo separar á Montero del mando del 
ejército del sur — convencido como estaba de que 
la Nación entera y el ejército lo habrían visto con 
disgusto, y que muy probablemente hubiera prote- 
stado una rebelión — hizo Piérola cuanto estaba de su 
parte, hiriendo 1 © viva y repetidamente en su amor 
propio, para obligarlo á presentar su dimisión. En 
primer lugar lo privó del mando político y militar 
de las provincias del sur; mando que servía á 
mantener en sus manos la imitad de - acción tan 
necesaria en momentos tan difíciles, reduciéndolo 
únicamente al mando en jefe del ejé p cito de Tacna 
y Arica; y no contento con esto, procuró cansarlo 
continuamente con mil mezquinidades y pequeneces, 
haciéndole constantemente cuestión de todo, así de 
sus actos como de sus palabras, por más irrepren- 
sibles que fuesen. 

Pero viendo que, lleno de patriótica resignación 
—para no abandonar un puesto en el cual sabía 
que podía ser muy útil é su país— se sometía Mon- 
tero, sin la menor queja, á todos sus odiosos ca- 
prichos, pirróla fué todavía más adelante; y aten- 
diendo á los hechos, parece que debió decirse: 
puesto que no puedo conseguir que Montero no se 
bata contra los chilenos, procuraré que no venga; 
y de este modo, él y su derrotado ejército, no po- 
drán ser jamás un peligro para mí. 

Al salir de Arica, en Noviembre de 1879, el Ge- 
neral Prado dejaba allí cerca de 5000 soldados, que 
unidos á los 4000 venidos de Tarapacá, formaron 
próximamente un ejército de 9 mil hombres, cuyo 
cuartel general >e hallaba en Tacna. 

Era éste el ejército del Sur que el Contra-Almi- 



I 



GUERRA DE AMERICA 363 

rante Montero tenía á sus órdenes, además de los 
3000 bolivianos que en un tiempo fueron de Daza, 
y que mandaba entonces el digno Coronel Gamacho : 
y estas eran de consiguiente, todas las fuerzas que 
la alianza perú-boliviana podía oponer á Chile, en 
las importantes posiciones de Tacna y Arica, entre 
las cuales necesariamente debía dividirlas. 

Un ejército de 12000 hombres, que además debía 
dividirse en dos secciones, no era ciertamente cuanto 
se necesitaba para hacer frente al del enemigo que 
se disponía á obrar sobre Tacna, mientras la es- 
cuadra tenía en jaque Arica, <uyo puerto bloqueaba. 
Fácil era preveer que Chile, escarmentado por el 
encuentro ó batalla de Tarapacá, no se aventuraría 
en los campos de Tacna sino con un fuerte y nu- 
meroso ejército; y por consígnente, se ha<-í^ pal- 
pable la necesidad de reforzar, cuanto fuese posible, 
el ejército de la alianza que mandaba el Contra- 
Almirante Montero. 

Con este objeto se estaban ya preparando en 
Diciembre, antes de la salida de Prado, dos fuertes 
divisiones de refuerzo que debían salir, la una 
de Lima y la otra de Arequipa. El activo Ministro 
de la Guerra, General Lacotéra, que había conse- 
guido reunir y disciplinar en Lima un ejército 
de 15 á 16000 hombres, tenía tomadas todas sus 
med'das para hacer salir con dirección á Tacna 
una división de 8000 soldados; á la cual debía 
agregarse otra de i á 5000 que se estaba organi- 
zando en Arequipa, adonde h^bía enviado ya el 
correspondiente equipo y armamento. Completa- 
mente cerrada la vía marítima, que se encontraba 
dominada por la poderosa escuadra chilena, sola- 
mente, quedaba disponible la del interior de la 



364 HISTORIA DE LA 



República ; vía sumamente larga y difícil, sino para 
la división de Arequipa, para la de Lima por lo 
menos que, pasando por Jauja, Cuzco y Ayacucho, 
debía atravesar enormes distancias; siendo así que 
aún usando toda diligencia, tenía necesidad de un 
mes y más, de continuas marchas. Pero saliendo 
de Lima en los primeros días de Enero de 1880, 
como había determinado el General Lacotera de 
acuerdo con todo el Ministerio de Prado, hubise 
tenido sobrado tiempo de llegar é Tacna algunos 
meses antes de la batalla, que tuvo lugar el 26 de 
Moyo. En cuanto á la división de Arequipa, como 
hemos indicado, las dificultades eran mucho me- 
nores; y siguiendo cuanto se había decidido por 
el Ministerio de Prado, antes que sobreviniese la 
revolución de P¡érola, se hubieran podido y debido 
encontrar entrambas en Ta-na, entre Febrero y 
Marzo lo má^ tarde: de este modo, el ejército de 
la alianza, numéricamente doblado, hubiese sido 
suficientemente fuerte, no sólo psra rechazar en 
Meyo el alaque del ejército enemigo, sino también 
para adelantarse contra él antes que llegase á 
Tacna; lo que el Contra-Almirante Montero, aten- 
diendo á lo reducido de su ejército, no pudo hacer 
nunca. 

Efectivamente se hallaba en los planes de Mon- 
tero, y era también lo más acertado, adelantarse 
contra el ejército chileno, para ir á esperarlo en 
las fuertes posiciones de Sama: donde probable- 
mente hubiera conseguido derrotarlo con la mayor 
facilidad. El ejército chileno, que había desembar- 
cado sin resistencia en Pacocha, á fines de Febrero, 
no podía trasladarse á Tacna, sino pasando por 
la estrecha garganta ó desfiladero de Sama, donde 



GUERRA DE AMERICA 365 

llegó en Abril, por fracciones que era muy fácil 
derrotarlo, sea parcialmente, sea todas juntas, si 
se hubiesen anticipado y convenientemente ocupado 
las alturas que dominaban el paso. Pero, para 
ejecutar semejante movimiento, era necesario que 
Montero hubiese podido disponer de tal número 
de fuerzas, que le permitiese al mismo tiempo 
dejar bien guardadas las importantes posiciones 
de Trtcna y de Arica, que podían ser atacadas y 
tomadas por la espalda, ó sea por mar; y esto fué 
precisameute lo que faltara. 

El Dictador Piérola no contento con no enviar 
los 8000 soldados que debían salir desde Lima, 
hizo en modo que tampoco la cercana división 
de Arequipa, llegase jamás á Tacna; y como si 
ésto no fuese aún suficiente, para colocar á Mon- 
tero en una situación de las más desesperadas, 
dejó siempre á su pequeño ejército en el mayor 
abandono, sin enviarle jamás (él que tan gruesas 
sumas gastaba y derrochaba sin provecho alguno 
del país) ni un maravedí, ni un solo trapo de lana. 
Del ejército del Sur únicamente se ocupaba para 
labrar su ruina; de lo que, como antes y después 
de tan otras, dio una prueba evidente con su de- 
creto del 31 de Enero 1880; con el cual, bajo el 
pretexto de dar al ejército una nueva organización, 
procuraba desordenarlo por completo, hasta dejarlo 
absolutamente inservible. Para que el lector pueda 
hacerse una idea exacta de este hecho, trascribi- 
mos en nota algunos párrafos del oficio, por tantos 
conceptos meritorios con el cual Montero pedía 
la anulación de dicho decreto (1). 

(1) «General en Jefe del primer ejército del Sur.— Arica, Fe- 
brero 24 de 1880.— Señor Secretario de Estado en el despacho de 



366 HISTORIA DE LA 



Para no herir dema.-iado al público de la Capital, 
que veía con dolor siempre creciente el culpable 
abandono en que se dejaba al ejército de Tacna, 



guerra.— Solo el día de ayer ha llegad) á mis manos el apreciable 
oficio de U.S., fecha 31 del próximo pasado mes, por el cual se 
sirve trascribirme la suprema resolución de la misma fecha, orga- 
nizando el primer ejército del Sur, cuyo mando se me ha confiado. 
Sin que sea mi ánimo negarme á cumplir las supremas disposi- 
ciones, á las que debo atribuir el más detenido y coscienziudo es- 
tudio; voy, sin embargo, á manifestar á U.S. mi opinión sobre la 
naturaleza de la reforma que se intenta llevar á efecto, compro- 
metiendo gravemente la estabilidad del primer ejercito del Sur, y 
el porvenir de una situación tanto más excepcional, cuanto mayores 
han sido las vicisitudes por que viene pasando la República y los 
obstáculos casi insuperable que hemos tenido que vencer para cons- 
truir este principal baluarde de la defensa nacional.... 

« El decreto de organización que U.S. me trascribe os tan fu- 
nestamente peligroso llevarlo hoy á cumplido efecto, que á la 
verdad agradecería á S. E. el Jefe supremo que, on atención á mi 
desprendimiento militar, al interés patriótico que me domina y 
á los servicios que vengo prestando con no escasa resignación desde 
que se declaró la guerra, se me libi'ase de una resposabilidad tan 
inmensa ante el país y la posteridad, qué no serían bastantes las 
posteriores glorias y la vida inmaculada del hombre que las ad- 
quiriese, para reparar los males que sobrevendrían A la República 
y á la alianza, si se reorganizase el ejército de vanguardia alte- 
rando su personal, en momentos en 'jue ya se encuentra al frente 
del enemigo. 

« Hay aún otra alta consideración que en conclusión haré valer 
ante el supremo Gobierno para que reconsidere el decreto de fecha 
31 de Enero. 

c Muchos de los Jefes que comandan cuerpos y divisiones, ó que 
se hallan en otras colocaciones de más ó menos importancia, han 
adquirido legitima y denodadamente esos puestos, unos en los 
campos de batalla y otros en medio los sinsabores y privaciones 
del servicio de campana. ¿Seria justo premio para estos dignos 
servidores de la nación y noble ejemplo para el ejército, que ahora 
se les relevase de los mandos?... 

• ; Puedo ser legítimamente admisible que batallones que han 
conquistado su nombre en gloriosas funciones de armas, y ya como 
premio ó ya como estímulo se lia perpetuado el recuerdo de la 
victoria, dándoles el nombre del lugar donde la obtuvieron, pasen á 
ser refundidos en cuerpos nuevamente creados y sin tradición? Pues 
bien, señor Secretario, esto sucederá con el nuevo plan de reorga- 
nización, porque muchos de los cuerpos existentes perderán su 
nombre en la refundición que se intenta efectuar. 

« Y si á éste cómulo de circunstancias, al cual más atendible y 



GUERRA DE AMERICA 367 

Piérola aparentó enviarle en Marzo, sino otra cosa, 
por lo menos los urgentes socorros de dinero y 
vestuario. Con este objeta mandó salir del puerto 
del Callao, con un cargamento secreto, que se hizo 
creer abundante de todo lo necesario, el único bu- 
que de guerra que tocWvía le quedaba al perú, la 
corbeta Unión; para que. rompiendo el bloqueo de 
Arica, descargase allí las misteriosas cajas que con 
grande aparato habían sido embarcadas en ella. 

El Comandante de la Unión, Don Manuel A. Vi- 
llavicencio, creyendo firmemente que llevaba dentro 
de su buque, cuanto era necesario para la salvación 
del ejército del Sur, sobre el cual la República 
fundaba tantas esperanzas, hizo verdaderos prodi- 
gios de habilidad y valor, á fin de cumplir felizmente 
la difícil empresa que le había sido confiada. Forzar 
el bloqueo de Arica, que vigilaba rigurosamente 



sería, se agrega la confusión que va á producir la variedad de ar- 
mamentos que resultará en los nuevos cuerpos, al formar uno, de 
dos ó tres que tienen distinto sistema de rifle y su peculiar ense- 
ñanza. Si á todo esto, por último, se agregan las consiguientes di- 
ficultades con que se tropezará indudablemente para que el soldado 
conozca á sus nuevos jefes y éstos á sus subordinados, ó lo que es 
lo mismo, para armonizar las costumbres, los caracteres y los lazos 
de unión y respetuosa confianza que deben reinar entre unos y 
otros ; entonces, señor Secretario, el desquiciamiento general del 
ejército no podrá evitarlo poder ni influencia alguna, por más que 
las ventajas de la reorganización hayan alhagado las esperanzas 
del supremo gobierno.... 

« En guardia, pues, del porvenir, de la situación del ejército de 
vanguardia y de mi responsabilidad ante el país y el supremo go- 
bierno, reitero á US. el convencimiento de cuanto dejo expuesto, 
esperando que en mis observaciones no se vea otra cosa que el 
justo pedido de la reconsideración de un decreto que entraña la 
más tremenda responsabilidad, asi para quien lo dicto como para 
quien por desgracia llegara á ejecutarlo ». 

« (firmado ) L. Montero. » 

Esta nota fué publicada por los chilenas, junta con otras muchas, 
cuando, llegados á Lima, se apoderaron de todos los archivos de 
los Ministerios. 



368 HISTORIA DE LA 



el blindado Huáscar, en unión de dos buques más, 
no era nada fácil. Sin embargo el intrépido Coman- 
dante de la Unión denodado hasta la temeridad, 
por la necesidad é importancia del asunto, pasa 
rápidamente entre dos buques chilenos, y se intro- 
duce en la bahía de Arica al alba del 19 de Marzo. 
Perseguida por aquellos, y sin cesar un instante 
de responder á su fuego, en unión á los cañones 
del puerto, la Unión descargó tranquilamente cuanto 
llevaba; y á las 6 de la tarde, veloz como un rayo, 
pasa una segunda vez entre lo.-> buques enemigos, 
disparando á derecha é izquierda algunos cañonazos, 
y regresa sana y salva al Ollao. 

Esta atrevida empresa de Villavicencio, que exitó 
justamente la admiración de todos, amigos, ene- 
migos y neutrales, no sirvió para nada. El precioso 
cargamento que con tanto riesgo suyo y de su 
buque dejaba en la playa de Arica, no consistía 
más que en dos ametralladoras, una de las cuales 
en mal estado, 400 pares de zapatos, y una gran 
cantitad de tela blanca, completamente inútil. En 
vez de los socorros esperados, Piérola no había 
enviado al ejército de Montero, con una burla tan 
cruel como de mal género, más que una prueba 
inequívoco de su profundo odio y aborrecimiento. 
Dice sobre este particular el historiador semi-oficial 
de Chile: « Los oficiales peruanos de Tacna y de 
Arica, que veían á sus soldados casi desnudo^, y que 
conocían todas las necesidades del ejército, se per- 
suadieron de que las mezquinas rivalidades de los 
hombres públicos del Perú, no se habían acallado 
en medio de los contlictos de la guerra exterior. 
A juicio de ellos, el dictador Piérola estaba resuelto 
Ti sacrificarlos, para evitar un triunfo que debía de 



GUERRA DE AMERICA 369 



enaltecer á Montero, y que podía ser una amenaza 
para el Gobierno de la dictadura. Así pues, el viaje 
de la Unión, sin importar un auxilio de mediana 
importancia para el ejército de Tacna y Arica, vino 
á fomentar la desconfianza de los oficiales, y aún 
á producir cierto desaliento en los espíritus (1). » 

Abandanado a sí mismo después de haber sido 
despojado del mando político y militar de las pro- 
vincias del Sur, que era lo que únicamente habría 
podido procurarle algunos recursos, Montero se 
encontró necesariamente condenado á la impo- 
tencia. 

Aún que no fuese prudente desguarnecer Tacna 
y Arica, dejándolos por decirlo así casi á merced 
del enemigo que estaba en acecho desde el mar, 
el Contra-Almirante Montero, convencido de que 
ya no recibiría refuerzo alguno, se había decidido 
en los últimos días de Marzo á adelantarse hasta 
Sama, con casi todo el reducido ejército de la 
alianza, para esperar allí los chilenos, dejando so- 
lamente an Arica una guarnición de 2,000 á 2,500 
hombres: pero le fué suficiente pasar una revista 
á su ejército, y dar en seguida una vuelta por los 
hospitales, para convencerse de la imposibilidad de 
llevar acabo un plan tan excelente, que se vio 
obligado á abandonar definitivamente. Mal alimen- 
tados y peor vestidos como estaban sus soldados, 
desde algunos meses, se aliaban atacados la mayor 
parte por la tisis, que hacía cuotidianamente es- 
tragos entre ellos; y pensar en llevarlos á Sama, 
exponiéndolos en tales condiciones al frío agudo 
de las noches en el vasto arenal que se extiende 



(1) Barros-Arana, Historia de la Guerra del Pacífico, pág. 243< 

24 



370 HISTORIA DE LA 



desde Tacna á Sama, sin poderles ofrecer ni si- 
quiera el más miserable capote, y con la seguridad 
de deberlos sujetar á mayores privaciones todavía 
de las que sufrían en Tacna, era lo mismo que 
llevarlos á una pérdida cierta y segura, aún antes 
de que hubiesen podido cambiar un solo tiro de 
fusil con el enemigo. 

Todo lo que el ejército perú boliviano pudo ha- 
cer, fué salir de la ciudad algunos días antes de 
la llegada del enemigo, y tomar sus posiciones, 
que fueron bautizadas con el nombre de Campo de 
la alianza, á dos leguas de Tacna, sobre la meseta 
por la cual se adela ataban los chilenos. 

Gomo hemos dicho má- arribo, el ejército perú- 
boliviano de Tacna y Arica ascendía en Diciembre 
de 1879 a 12,000 hombres, de los cuales 9,000 pe- 
ruanos y 3,000 bolivianos. Pero si en Mayo de 1880 
la división boliviana podía contar con el mismo 
número de -oldados, \ quizas con algunos cente- 
tenares más, gracias a unas cuantas compañías de 
refuerzo que había traído consigo e) General Cam- 
pero, nuevo presidente de Bolivia, no sucedía lo 
mismo respecto del ejército peruano. Sin haber re- 
cibido jama- ni siquiera el más modesto refuerzo, 
y debilitado todos los días por las víctimas que le 
causaba la tisis, y que subían ya á más de mil, el 
ejército peruano, en el mes de Mayo, alcanzaba 
con dificultad á 8,000 hombres. De é-^tos, cerca de 
2,000 guarnecían Arica, donde había que temer 
siempre una sorpresa de parte de la escuadra ene- 
miga que bloqueaba el puerto. 

Por consiguiente el ejército perú-boliviano de 
Tacna, que á las órdenes del General Campero (1), 

(1) Se establecía en el Tratado de alianza perú-boliviano, que el 



GUERRA DE AMERICA 371 

Presidente de Bolivia, esperaba al enemigo en el 
Campo de la alianza, llegaba escasamente é 9,000 
hombres; de los cuales, cerca de 6,000 peruanos á 
las órdenes de Montero, y 3,000 bolivianos bajo el 
mando del Coronel Camacho. Tenía poca y mala 
caballería, mal alimentados como habían estado, los 
caballos, por falta de fondos, durante varios meses; 
y su insuficiente artillería, en mal estado como todo 
lo demás, se componía únicamente de 23 pequeñas 
piezas, en su mayor porte de sistemas atrasados. 

Por el contrario, el ejército chileno, fuerte de 
15,000 hombres bien equipados y mejor armados, 
con numerosa caballería y una artillería formidable 
que contaba más de cincuenta cañones y ametra- 
lladoras, casi todos sistema Krupp, era inmensa- 
mente superior al de la alianza perú-boliviana, con- 
denado de antemano á la derrota por la incuria y 
mala voluntad del Dictador del Perú, y debía ne- 
cesariamente conseguir una espléndida y completa 
victoria. 

El choque entre los ejércitos tuvo lugar el 26 de 
Mayo. Terrible y encarnizada fué la lucha durante 
cuatro horas consecutivas, desde las 11 de la ma- 
ñana hasta las 3 de la tarde; hora en la cual do- 
minado por el número, y casi diezmado por la 



mando en Jefe del ejército reunido de las dos Repúblicas, corres- 
pondería á aquel de los dos Presidentes de las mismas que se en- 
contrase presente ; ó aquel de los dos encontrándose entrambos, en 
cuyo país se combatía. Por ésto el mando en jefe fué ejercido pri- 
meramente por el Presidente del Perú, General Prado ; luego por 
el de Bolivia, Daza, durante los pocos diás que trascurrieron entre 
la salida de Prado para Lima en Noviembre de 1879 y la revolu- 
ción que destituyó al mismo Daza en Diciembre ; más tarde por el 
Contra-Almirante Montero,, durante la ausencia de ambos Presi- 
dentes ; y por último por el nuevo Presidente de Bolivia, Campero 
en el mismo mes de Mayo de 1880 en que tuvo lugar la batalla 
llamada de Tacna, ó del Campo de la alianza. 



372 HISTORIA DE LA 



poderosa artillería enemiga, que artilleros excogidos 
(ingleses y alemanes en su mayoría) manejaban 
admirablemente, el ejército de la alianza se vio 
obligado á batirse en retirada, dejando sobre el 
campo de batalla cerca de 3,000 de los suyos, entre 
muertos y heridos. A honra y prez de la oficialidad 
peruana, que demestró en esta batalla de lo que 
hubiera sido capaz en mejores condiciones políticas 
de su país, hay que notar que murieron valerosa- 
mente en sus puestos, seis primeros Comandantes 
de batallón, un Comandante general de división (1) 
y gran número de oficiales inferiores; dígase lo 
mismo de la oficialidad boliviano, cuyo Comandante 
genera], Coronel Camacho, fué horriblemente herido 
en unión al Jefe de Estado Mayor, General Pérez, 
que perdió desgraciadamente la vida dos día des- 
pués á consecuencia de sus heridas, mientras el 
otro a duras penas salvara su vida. 

En la relación que más tarde (31 de Junio) leía 
ante el Gongreso Nacional de Bolivia el Presidente 
de aquella República, General Campero, que como 
hemo- dicho ya, ejercía el mando en Jefe del ejér- 
cito perú-boliviano, encontramos: « Como se vé, 
señores, nuestro desastro no podía ni puede atri- 
buirse sino únicamente ú la superioridad del 

enemigo, en número, en elementos y recursos de 
todo género. En efecto, en cuanto al número, se 
puede asegurar que era casi el doble respecto del 
nuestro, pues contaba con un ejército que podía 
calcularse de 44 á 16 mil hombres, mientras que 
el nuestro solo era de 9,000, inclusos los enfermos, 



(I) Estos eran los Coroneles J. Mendoza, Barriga, Bajardo y Luna 
y los Teniente-Coroneles Llosa, Mac-Klean y Alóazar. Que el Perú 
recuerde con veneración tan gloriosos nombres. 






GUERRA DE AMERICA 373 

como antes lo he dicho. Su artilliería que constaba 
de 50 á 60 piezas, era de mayor calibre y de más 
poder que la nuestra, que solo constaba de 23 
piezas, no todo de buena calidad; los Krupp de 
aquella eran del calibre de 9, a parte de 8 piezas 
de mayor poder, mientras que los nuestros, que 
no formaban sino una batería de 6 piezas, solo 
eran del calibre de 6: en fin, aquella estaba infi- 
nitamente mejor provista y servida que la nuestra. 
— Su caballería era poderosa, pues contaba de mil 
jinetes perfectamente equipados y provistos de ar- 
mas blancas y de fuego, al paso que nosotros no 
contábamos con este elemento tan necesario; pues 
no es de considerar el pequeño cuerpo peruano 
Hilsares de Junín, que no tenía sino ciento y tantos 
hombres bien montados, pero provistos solo de 
armas de fuego, lo que le hacía en cierto modo 
inútil para los servicios á que la caballería se 
consagra en una batalla ». 

¿El ejército chileno p&só de consiguiente á ban- 
deras desplegadas sobre el de los aliados? 

No: como hemos dicho anteriormente, el combate 
fué duro y encarnizaso por cuatro horas consecu- 
tivas: y la victoria costó al ejército chileno mucha 
sangre y no escasa fatiga. Se encontró, es cierto, 
de frente á un enemigo muy inferior en número y 
armamento, pero, decidido como se hallaba éste á 
vender cara la victoria, tuvo necesidad de recurrir 
á todos sus medios para vencerlo, y hubo un mo- 
mento en que comenzado él mismo ;3 retroceder, 
corrió gran peligro de ser derrotado. 

En la larga relación de sus corresponsal en la 
campaña, que publicó el periódico El Mercurio 
de Valparaíso, en sus números 15974 y 15975— 



374 HISTORIA DE LA 



fuente no sospechosa ciertamente de favoritismo 
para el ejército de la alianza— encontramos aquí y 
allá los siguientes párrafos: « Nuestro ejército acaba 
de dar un nuevo día de gloria á la República.... 
en la batalla más grande y encarnizada que re- 
gistran en los anales de la presente guerra. La 
primera compañía, que acudió en auxilio de la se- 
gunda, fué también envuelta en compactas masas, 
y viéndose en extremo peligro de caer toda en el 
campo ó de ser hecha prisionera, tuvo que batirse 
en retirada perdiendo mucha gente. Casi la misma 
suerte corrió la tercera.... Las tres compañías se 
replegaron entonces á las restantes, y el enemigo 
ocupó victorioso las posiciones que antes tenían las 
avanzadas del Atacama (nombre de un batallón 
chileno). Bien es verdad que el Valparaíso (otro 
batallón chileno) se batía en retirada, paso á paso 
y en tanto orden como al hacer un ejercicio; pero 
aquella disciplina del veterano batallón que man- 
tenía á raya al enemigo, no era bastante para im- 
pedir el avance de éste por el lugar que antes 
ocupaba el Esmeralda (otro batallón chileno). El 
enemigo continuaba, mientras tanto, su movimiento 
de avance, y pronto acabaría de envolver á los 
atrevidos Xavales (otro batallón chileno). En estos 
momentos, los granaderos que veían avanzar rápi- 
damente al enemigo por aquel costado, con grande 
peligro de envolver al Esmeralda y al Chillan, y 
que tenían orden de cargar, mediante las repetidas 
peticiones del Coronel Vergara y del Comandante 
del Esmeralda, principiaron á avanzar por aquel 
lado á fin de preparar una de sus temibles cargas. 
En efecto, pocos minutos más tarde se colocaban 
los escuadrones en línea de batalla, adelantaban 



GUERRA DE AMERICA 375 

resueltemente á paso do trote sobre el enemigo, 
que los recibía con una granizada de balazos. 
Respecto del Valparaíso, la gráfica relación de un 
soldado de esta cuerpo dará á nuestros lectores 
una perfecta idea de su papel durante la acción: 
— mi batallón marchaba á vanguardia de toda la 
primera división, seguido de Navales, Esmeralda 
y Chillan. Una vez llegados á la última loma, di- 
viso á los famosos Colorados (batallón boliviano). 
Sufrimos varias bajas.... en la batalla fuimos de- 
rrotados por haberle venido una gran reserva á 
los Colorados (1). Ya nuestras fuerzas estaban 
diezmadas y casi agotadas las municiones. Valpa- 
raíso y Navales andábamos to'dos reunidos después 
de la retirada, pero, guiados por el valor inimitable 



(1) Parte oficial del Contra-Almirante Montero: 

« Por disposición del Excelentísimo señor Director de la guerra, 
me cupo comandar el ala derecha del ejército aliado; la izquierda 
correspondió al señor Coronel don Eliodoro Camacho. Después de 
un combate de artillería, iniciado á las siete y media de la mañana 
principió el de infantería á las 11 A. M, Los fuegos del enemigo se 
desarrollaron por el ala izquierda, por cuya razón el Director de 
la guerra me pidió refuerzos que inmediatamente envié, haciendo 
avanzar los batallones Alianza y Aroma del ejército boliviano que 
tenía á mis órdenes. Poco tiempo después de enviado este refuerzo, 
se comprometió el combate en toda la línea de batalla. El Director 
de la guerra pidió nuevos refuerzos para el ala izquierda, y sin 
vacilar mandé que marchara inmediatamente el batallón número 2 
Provisional Lima.... Los refuerzos enviados á las izquierda me pri- 
varon por completo de fuerzas de reserva. Sin más tropas que las 
que formaban en primera línea, hemos resistido al doble ataque 
de las fuerzas enemigas por el flanco y por la retaguardia, hasta 
que la inmensidad del número, obligó á nuestro bravos soldados á 
emprender la retirada sobre Tacna, con el propósito de renovar 
allí el combate. Persuadido al fin de la inutilidad de mis propósitos 
abandoné la ciudad, avanzando siempre con la lentitud que era in- 
dispensable para infundir nuevo aliento á nuestras tropas, y en- 
contrarme en aptitud de combatir nuevamente, si las fuerzas ene- 
migas intentaban una persecución. Como el ejército aliado tenía 
tropas de las dos Repúblicas, las que pertenecían a Bolivia se en- 
caminaron por la vía de San Francisco. » 



376 HISTORIA DE LA 



del bravo Coronel Uriola, pudimos reorganizarnos 
y atacar con todo empeño. — Mientras que la primera 
división se retiraba abrumada por aquel larguísimo 
esfuerzo, por el gran número de enemigos, y por 
falta de un refuerzo que se había pedido con ins- 
tancia, la segunda división flaqueaba también por 
la misma causa é iba cediendo poco á poco terreno 
al enemigo. La suerte de Chile estaba entonces 
pendiente de un hilo; porque si aquellas dos divi- 
siones se desconcertaban declarándose en derrota, 
quizás se hubieran introducido el pánico y el des- 
orden en las restantes ». 

Por consiguiente el ejército chileno, no obstante 
su gran superioridad numérica, combatiendo dos 
contra uno; y no obstante la no menor superiori- 
dad de su equipo y armamento, no obtuvo la vic- 
toria sino muy difícilmente; así es que se puede 
suponer con toda seguridad de no equivocarse, ar- 
guyendo también por el resultado de la batalla de 
Tarapacá, que dicha victoria se le habría comple- 
tamente escapado de las manos, para convertirse 
en sangrienta derrota, si hubiese t tenido enfrente 
un enemigo algo más numeroso; es decir si no 
hubiese encontrado como poderoso aliado el inca- 
lificable proceder del Dictador peruano, que dejó 
al ejército de su país sin los esperados refuerzos. 

Sin ir más alia, hubiera sido suficiente que no 
se hubiese impedido la reunión al de Tacna, del 
pequeño ejército de Arequipa, para que la suerte 
de las armas fuese favorable á las Repúblicas 
aliadas. 

De-pués de los mucho.- subterfugios puestos en 
juego por las autoridades políticas y militares de 
Arequipa, para retardar indefinidamente la salida 



GUERRA DE AMERICA 377 

de aquel ejército, llamado el segundo ejército del 
Sur, finalmente debió ponerse en marcha hacia 
Tacna, en Abril, incitado por lo gruesa población 
de aquella ciudad, que sospechando una parte de 
la verdad, amenazaba levantarse revolucionaria- 
mente contra él. Sin embargo, el Comandante de 
dicho ejército, habría podido llegar cómodamente 
á Tacna á primeros de Mayo, caminó tan lenta- 
mente, que el 26 de dicho mes, día en que tuvo 
lugar la batalla, se encontraba todavía en Locumba 
á 18 leguas de Tacna (1): y conocido que hubo el 
éxito de aquella, sin ocuparse de nada, regresó 
diligentemente á Arequipa. Este Comandante, cuya 
conducta fué ciertamente en extremo censurable 
no hubo de sufrir por parte de Piérola ni siquiera' 
el más ligero reproche, y siguió gozando como an- 
teriormente de toda su confianza. 

Más tarde, habiendo caído en poder del ejército 
chileno tocio el archivo del Dictador Pjérula, el 
escritor Vicuña Maclcenna escribía, sobre datos 
que aquel le procurara, en Abril de 1881, un artí- 
culo publicado por los periódicos chilenos, con el 
título Montero y Piérola, que concluye así: «En 
diversos artículos, publicados mucho antes que los 
archivos de. Lima cayesen junto con sus secretos 
en nuestras manos, habíamos sostenido, guiados 
más bien por las intuiciones del corazón humano 
y las situaciones que crea la ambición en los cau- 
dillos, que hubo un hombre en la capital del Perú 
por la segunda vez vencido, que sintió ú escondi- 
das vivo regocijo en su alma al saber la derrota 



(1) Para ir desde Torata á Ilabaya, lugar separados por 13 solas 
leguas, es decir la marcha regular de un día, empleó seis. Baste 
esto como ejemplo. 



378 HISTORIA DE LA 



de Montero en Tacna, y que ese hombre fué don 
Nicolás de Piérola. Esa convic -ion nuestra estaba 
reflejada en una serie- fracmentaria de hechos, de 
confidencias y de medidas subalternas, especial- 
mente en la estudiada tardanza de los movimientos 
auxiliares del segundo ejército del Sur, que man- 
daba el Coronel Leiva en Arequipa. Pero hoy, los 
que hayan leído con ánimo tranquilo y espíritu 
prespicaz los documentos que quedan publicados, 
podrán decir si entonces nos engañamos ó no en 
nuestros vaticinios y en nuestra apreciación del se- 
gundo Tumac Amaru del desdichado Perú» (1). 

Sería ocioso insistir más sobre este tema: para 
sacrificar en aras de sus pueriles temores de tira- 
nuelo feudal al Contra-Almirante Montero, cuyo 
esperimentado patriotismo y lealtad debían ser más 
que suficientes para tranquilizarlo. Piérola según 
parece, sacrifico irreparablemente á su país y á sí 
mismo (2), regalando al ejército chileno una im- 
portante y decisiva victoria. 

Derrotado en Tacn», el ejército chileno habría 
desaparecido casi totalmente, sea luciéndose acu- 

(1) Tupac Amaru fué un revolucionario del siglo pasado, que para 
servir á su propia ambición promovió una feroz guerra de razas, 
sublevando la indígena contra Las otras, y causando de este modo 
una serie infinita de males al Perú. 

(2) « El Dictador sacrificó A su ambición á aquel puñado de 
héroes (el ejército de Montero), hostilizándolo cuanto le fué posible 
y negándole todo refuerzo ó ayuda de cualquiera clase. La noticia 
del desastre se recibió con dolor profundo por todos (de la derrota 
de Tacna) : pero Piérola y los suyos no supieron siquiera disimular 
su alegría. No existía ya ni sombra de oposición al régimen dicta- 
torial, que dominaba sin rival en un vasto cementerio. La Patria, 
órgano de Piérola, con un cinismo que rayaba en demencia, calificó 
placenteramente la derrota de Tacna, como la destrucción del único 
elemento que restaba fiel anterior carcomido régimen: se refería al 
constitucional. » 

Manifiesto del ex-Ministro de Hacienda /. M. Quimper, á la Na- 
ción, pág. 107. 



GUERRA DE AMERICA 379 

chillar impunemente, sea rindiéndose prisionero, 
por la imposibilidad en que se hubieran encontrado 
sus restos — encerrados por todas partes en el in- 
terior de un país enemigo y sin poder ser soco- 
rridos por la escuadra — de encontrar medio alguno 
de escape ó salvación. Y como para Chile no hu- 
biese sido nada fácil preparar inmediatamente un 
nuevo ejército, hubiera costado poco trabajo desa- 
lojarlo también del departamento y desierto de Ta- 
rapacá; y la guerra habría cambiado completamente 
de aspecto. Por el contrario, vencedor en Tacna, 
Chile quedó dueño absoluto de casi todo el Perú, 
que privado de medios de defensa, excepto la Ca- 
pital, no pudo oponer resistencia alguna al ejército 
victorioso; el cual se pudo dedicar libremente á 
largas y lucrosas correrías sobre su vasto territo- 
rio, aumentando cada vez más el terror y el espanto 
que después de la bata del Campo de la alianza, 
6 sea de Tacna, supo infundir en las inermes po- 
blaciones. 

Ya en Pisagua el ejército chileno había dado no 
pocas pruebas de su feroz crueldad, tanto contra 
los enemigos que habían quedado heridos en el 
campo de batalla, cuanto contra los inofensivos 
habitantes de aquella población, sin incluir ni aún 
á los no peruanos, pertenecientes á naciones nú- 
trales y amigas de Chile. Pero en Tacna colmó la 
medida: y esto oscureció completamente el poco 
lustre que hubiera podido darle la victoria. 

Obligado á las 3 de la tarde á abandonar el 
campo de batalla, el ejército aliado empezó á reti- 
rarse hacia Tacna, en pos de un mutilado batallón 
que primeramente tomó aquella dirección en de- 



380 HISTORIA DE LA 

sordenada fuga (1). Pero colocada la ciudad en el 
fondo de un estrecho valle, que se halla completa- 
mente dominado por el último límite de la meseta 
en que hübía tenido lugar la batalla, bastaba al 
ejército vencedor adelantar un poco más sus ca- 
ñones, para destruirla en breve tiempo ; y con el 
fin de salvar dicha ciudad de una inútil destrucción, 
el Contra-Almirante Montero, con la serenidad de 
¡mimo que lo caracteriza, y que no lo abandonó 
un solo instante durante el combate, la hizo inme- 
diatamente desalojar por los restos de batallones 
peruanos, conduciéndolos por las alturas de Pocollay, 
al nord-este de Tacna, mientras los de Bolivia em- 
prendían por su cuenta el camino del país natal. 

Dueños á las tres del campo de batalla, los chi- 
lenos eran dueños también, dos horas más tarde, 
de trasladarse, cuando y como quisieran, a Tacna> 
pacífica é inofensiva ciudad, en su mayor parte 
poblada por extrangeros, donde aparte de algún 
herido encomendado á la caridad de los vecinos, 
no quedaba un solo soldado del ejército de la 
alianza. Y aquí sería el caso de exclamar con el 
sublime Dante Aligiiieri : Ora incomincian le do- 
lenti note 

Mientras la mayor parte del ejército chileno se 
quedaba sobre el campo de batalla (ocupádose casi 



(i) El batallón que emprendió la fuga momentos antes de decla- 
rarse la denota, era boliviano; nos ha sido asegurado por los mu- 
chos europeos residentes en Tacna, los cuales, al ver pasar los sol- 
dados dispersos por la calles de la ciudad, los reconocieron inme- 
diatamente por el color verde de sus pantalones de bayeta; color 
propio de un batallón determinado del pequeño ejército de Bolivia. 

Esto no quiere decir en modo alguno, que los bolivianos no se 
batieran ; porque hubo batallones, como los famosos colorados, que 
se hicieron matar en su mayor parte sobre el puesto de honor, en 
unión de los mejores batallones peruanos. 



GUERRA DE AMERICA 381 

exclusivamente en acabar con los heridos del ejér- 
cito enemigo (1), y despojar tanto á éstos como á 
los muertos de cuanto les encontraban de precioso) 
una de sus divisiones se ponía en camino con di- 
rección á Tacna, donde hizo su entrada entre Jas 
5 y las 6, después de haberle disparado á mitad 
de camino siete cañonazos que no causaron daño 
alguno. 

Seguros de que en Tacna no corrían peligro al- 
guno, tanto por que habían presenciado la salida 
del derrotado ejército enemigo, cuanto por la no- 
tificación que les enviara el Cuerpo Consular ex- 
trangero, después de los primeros cañonazos di- 
sparados contra la ciudad, de que ésta no se 
hallaba defendida en modo alguno y que podían 
ocuparla libremente, los chilenos entraron en la 
ciudad, no formados, sino á la desbandada, dedi- 
cándose inmediatamente, en todas direcciones, á 
echar abajo las puertas de las casas y saquearlas 
abusar bárbaramente de las mujeres, y asesinar á 
cuantos procuraban defenderlas, y á cuantos se 
negaban á rebelar donde se encontraban las sumas 
y objetos preciosos que suponían tuvieran escon- 
didos. 



(1) El Doctor T>. Pedro Bartonelli, distinguido médico italiano que 
por simple filantropía había aceptado el puesto de Cirujano mayor 
en el ejército peruano, nos ha contado que, encontrándose en la 
tienda de la ambulancia curando algunos heridos, después de la 
batalla, vio que un soldado chileno le apuntaba con su fusil, y que 
afortunadamente escapó por haber tenido tiempo para echarse á un 
lado : que varias veces debió luchar con otros soldados para de- 
fender su propia vida y la de los heridos á quienes curaba, y que 
varias veces invocó y obtuvo de algún oficial chileno para custodia 
suya y su tienda, un centinela que se ponía de broma y jolgorio 
con sus compañeros, inmediatamente que volvía las espaldas el ofi- 
cial que lo había puesto de facción. 



382 HISTORIA DE LA 



Todo esto no hubiera sucedido quizas sin la 
repentina muerte del Ministro de la Guerra de 
Chile, Don Rafael Sotomayor, acaecida el 20 de 
Mayo en Bellavista, Este distinguido personaje que 
ejercía en campaña, al lado del ejército todas sus 
funciones ministeriales, habría telerado difícilmente, 
y muy probablemente prohibido tantos y tan bár- 
baros excesos. Muertos él, la soldadesca fué aban- 
donada á así misma, dejándola en poder de sus 
nada laudables tendencias: y esto, no queriendo 
prestar fé á una voz público, la cual pretende, que 
la incalificable conducta de los soldados chilenos 
en Tacna, hubiese sido autorizada expresamente 
por sus superiores. Por otra parte, esta opinión se 
hallaría en perfecta armonía con las promesa^ de 
saqueo que, parece cierto, se hicieron constante- 
mente al ejercito chileno, antes y después, para 
lanzarlo animoso sobre el territorio peruano. 

De semejante barbarie, no fueron los peruanos 
las únicas víctimas: mucho hubieron de sufrir los 
numerosos extrangeros de todos países que resi- 
dían en Tacna. Y viendo que este inicuo vandalismo 
duraba sin tregua tanto de día como de noche, 
pareciendo que nunca quisiese acabar, el Cuerpo 
Consular de Tacna se encontró en la necesidad, 
cuatro días después, el 30, de dirigir al General 
en Jefe del ejército una Nota colectiva que, por su 
importancia, nos sentimos obligados á reproducirlo. 
Decía así : 

«Tacna, 30 de Marzo de 1880.— A Su Señoría el 
General en Jefe del ejército de Chile. 

«Señor. — Los insfrascritos Cónsules y Agentes 
Gonsulares residentes en esta ciudad, justamente 



GUERRA DE AMERICA 383 

alarmados de los hechos que los soldados disper- 
sos del ejército chileno han practicado y continúan 
practicando hasta ahora, á pesar de haber trascur- 
rido ya más de tres días desde el acontecimiento 
de la batalla ; tiempo suficiente para que esos ex- 
cesos pudieran haber sido reprimidos, si las Au- 
toridades constituidas hubieran dictado y hecho 
efectivas las medidas de reprensión y vigilancia 
que las circunstancias exigen ; á V. S. exponemos 
que es de nuestro deber, en resguardo de los in- 
tereses de nuestros respectivos nacionales, hacer 
presente & V. S. los agravios que éstos vienen ex- 
perimentando, y los que aún quizás pueden evitarse 
en parte, protestando igualmente á nombre de la 
civilización, como no dudamos que lo hará la mi- 
sma Nación Chilena, lo mismo que V. S. y los 
Jefes superiores del ejército de su mando, de los 
desbordes que dichos soldados cometen para con 
los ciudadanos peruanos, y muy especialmente con 
las mujeres de esta desgraciada localidad. Y para 
que V. S. se convenza de la necesidad de dictar 
medidas más severas y enérgicas que pongan tér- 
mino á tales excesos, nos permitimos relatar á 
V. S. algunos de esos crímenes, que solo pueden 
disculparse en los primeros momentos de exalta- 
ción, á consecuencia del abuso del licor, y que son 
de notoriedad pública. 

« El día 27 ha sido muerta una mujer en la Ala* 
meda. á bayonetazos y balazos, y según las indi- 
caciones del estado en se ha encontrado el cadáver, 
ha sido violada por los malnados asesinos. El día 
de ayer se ha cometido el mismo crimen con otra 
mujer de nacionalidad asiática; y su marido ha 
sido aserinado al mismo tiempo. En general las 



Í84 HISTORIA DE LA 



mujeres son perseguidas y amenazadas, y á las 
personas todas que viven apartadas del centro de 
la ciudad se las imponen multas en dinero, después 
de despojarlas de sus alhajas y prendas; estos 
mismos hechos se han repetido en las calles más 
centrales de la población, habiendo llegado los 
atentados hasta el extremo de haberles arrancado 
á varios extrangeros los relojes del bolsillo. 

« En la casa de un anciano extrangero donde está 
ospedada una señora de más de ochenta años de 
edad, igualmente de nacionalidad extrangera, han 
penetrado la noche del 26 tres soldados chilenos 
y han cometido excesos de intimidación y robo. 
Varias casas quintas de extrangeros han sido des- 
trazadas, y rotos sus muebles en presencia de los 
mismos dueños ó inquilinos; en otras que han estado 
cerradas por no ser la estación apropriada para 
habitarlas, ha sucedido lo mi^mo. — Algo más, casos 
se ha repetido á pesar de haber sido amparadas 
y vueltas á cerrar. Establecimientos comerciales y 
casas particulares han sido incendiadas y destruidas, 
pudiendo citar entre éstas la casa quinta de la 
señora viuda de Brounham. 

« Últimamente, para no hacer demasiado extensa 
la enumeración de los hechos de esta naturaleza 
que han tenido lugar en estos días, concluímos, 
aseverando á V. S., sin que pueda tachársenos de 
exagerados, que en toda la ciudad no existe en 
estos momentos, casi uno solo del número consi- 
derable de despachos en que se expendían licores 
y víveres, y que en la generalidad pertenecían é. 
ciudadanos italianos, de los cuales varios han sido 
asesinados y otros han recibidos heridas graves. 

« Teniendo presentes V. S. los hechos que lleva- 



GUERRA DE AMERICA 385 

mos relatados, de cuya autencidad no puede dudarse, 
no dudamos que V. S. se servirá tomar las medi- 
das adecuadas para cortar su reproducción, volvien- 
do de este modo á esta ciudad la tranquilidad á 
que tiene perfecto derecho, — Dios guarde á V. S. 
«Firmados. — G. Hellman, cónsul de Austria- 
Ungría. — G. Raffo , agente consular de Italia. — 
I. Bohling, cónsul del Brasil. — G. Brochman, cónsul 
del Imperio alemán.— E,' Wichtendal, cónsul de 
Bélgica. — Zapata y Espejo, cónsul de la República 
Argentina. » 

Pero he aquí que el historiador semi-ofieial de 
Chile, dice por el contrario: 

« En Tacna, donde los fugitivos peruanos hicieron 
fuego contra un parlamentario chileno, y habían 
comenzado el saqueo de los almacenes, el Cuerpo 
Consular extrangero se había presentado ante uno 
de los Jefes de ejército vencedor, para pedirle la 
ocupacióu inmediata de la ciudad, y la reprensión 
de los robos y los excesos de una soldadesca des- 
moralizada por la derrota; y en efecto una división 
chilena establecía el orden el mismo día (1). » 

El anterior documento oficial de Cuerpo Consular, 
del cual garantizamos su autencidad, nos ha dicho 
ya, cómo y porqué tan respectable Cuerpo se diri- 
giese al Jefe del ejército chileno; y más atrás hemos 
visto también que el mismo Cuerpo Consular había 
hecho notificar á los chilenos, después de la batalla, 
que la ciudad no estaba defendida y que en su 



(1) Barros-Akana, Historia de la Guerra del Fácifico, segunda 
parte, pág. 8.— Edición en francés. 

25 



386 HISTORIA DE LA 



consecuencia podían ocuparla libremente. Comple- 
tando esta última noticia, añadiremos que el Cuerpo 
Consular >e decidió á dar este paso, á causa de los ca- 
ñonazos que los chilenos disparaban contra la ciudad 
(habían tirado ya seis ó siete) solamente para que 
cesase el iniciado bombardeo, y no la destruyesen. 
En cuanto á los disparos que, dice el historiador 
citado, fueron hechos contra el parlamentario chi- 
leno, las cosas se pasaron de este modo: la pri- 
mera división chilena que se avanzaba hacía Tacna, 
después de la batalla, envió adelante un parlamen- 
tario para pedir la rendición de la ciudad, el cual, 
cuando supo que no había autoridad alguna, polí- 
tica ni militar á quien dirigirse, porque todas las 
habían abandonado, hizo llamar á los miembros 
del Cuerpo Consular para entenderse con ellos; y 
estaba hablando precisamente con algunos de éstos 
en una calle, cuando vino á pasar por allí un 
paisano borracho en unión de otro, paisano tam- 
bién \ armado de un fusil, que salía de la ciudad; 
el último quizas. El borracho dirigí'' al pasar al- 
gunas palabras indecentes, á todo el grupo . que 
formaban á poca distancias los Cónsules y el par- 
lamentario , y mientras se esforzaba en obligar á 
su compañero á hacer fuego sodre dicho grupo, el 
colpo partió; pero fué al aire y no tirio a nadie. 
El parlamentario entonces, interrumpiendo su con- 
versación con los Cónsules, se fué á toda prisa 
amezando con hacer bombardear la ciudad : bom- 
bardeo que empezó poco después, y que fué sus* 
pendido por la ya referida notificación del Cuerpo 
Consular, que expresaba que, halláadose la ciudad 
absolutamente indefensa, podían los chilenos ocu- 
parla cuando quisieran, sin necesidad de destruirla. 



GUERRA DE AMERICA 387 

¿Cómo explicar entonces las arriba citadas pa- 
labras del señor Barros-Arana? 

Los soldados peruanos salieron de Tacna casi 
inmediatamente después de la entrada, de resultas 
de su derrota en el Campo de la alianza; y es 
absolutamente falso que cometieran en ella robos 
y excesos de ninguna especie, y que el Cuerpo 
Consular se presentase ante uno de los Jefes chi- 
lenos, para pedir la reprensión de tales excesos. 
Robos y excesos de todo genero fueron cometidos 
en Tacna y muchos; pero fueron obra exclusiva 
de los soldados chilenos, como se dice en la Pro- 
testa oficial del Cuerpo Consolar residente en Tacna. 
De manera que, según el historiador chileno, los 
ladrones y los asesinos fueron los peruanos, y los 
beneméritos salvadores los chilenos; es decir, que 
las culpas de los unos se atribuyen á los otros, des« 
naturalizando y cambiando completamente los he- 
chos. Pero todo esto no está permitido á la historia. 

Semejantes manejos, buenos solamente para ali- 
mentar bajas intrigas de menguada gente, y pre- 
parar á su fingida sombra pretensiones absurdas 
que no se tiene el valor de exponer francamente, 
no pueden, no deben en modo alguno encontrar 
cabida en un libro destinado á todos los pueblos, 
y á la humanidad entera. La historia debe decir 
la verdad; y quando no se conoce ó no se quiere 
decir, se debe saber callar. Y cuando tampoco ca- 
llarse sabe, y se hace sin escrúpolos abiertamente 
partidaria, toca entonces á la historia verdadera é 
imparcial poner los hechos en su lugar correspon- 
diente. Sabemos cuan difícil sea el referir hechos 
contemporáneos; de los cuales los autores, amigos 
ó enemigos, viven todavía : sin embargo, cuando 



388 HISTORIA DE LA 



el escritor no abriga la seguridad de mantenerse 
calmo y tranquilo en las regiones de la verdad, 
deponga su pluma, ó escriba otras cosas que no 
llevan el titulo de historia. Se pueden tener sim- 
patías, y quizás nosotros mismos no nos ha- 
llamos completamente exentos; porque somos 
hombres tambiéa nosotros, y porque la vialencia 
y la injusticia manifiesta de una causa, excitan 
casi siempre una cierta simpatía por la causa ad- 
versa; pero los hechos es necesario exponerlos 
como realmente son; y de ésto por nuestra parte, 
nos hacemos garantes. 

Como se dice en la Nota-protesta del Cuerpo 
Consular, el 30 de Mayo no existía ya casi ninguna 
de las muchas tiendas de vinos y licores, llamadas 
pulperías, donde, además de los licores se vende 
generalmente toda clase de comestibles, así como 
también diversos artículos de sedería, de quinca- 
llería y hasta de platería. Estas tiendas sui generis, 
donde el pueblo bajo encuentra cuanto puede ne- 
cesitar, y que en todo el Perú explotadas casi ex- 
clusivamente por los italianos, fueron todas ellas, 
cual más, cual menos, saqueadas y destruidas por 
los soldados chilenos; los cuales, comenzado por 
los licores, acababan por apoderarse de todo, y con 
entregarse a todo género de violencias contra el 
propietario, opusiese ó no resistencia, igualmente 
que por romper y destruir los muebles y cuanto 
se encontraba en la tienda y en la habitación: de 
este modo, además de la muerte del italiano Ra- 
fael Rossi, asesinado á sangre fría en su propia 
tienda, y de haber herido otros muchos, algunos 
de los cuales muy gravemente, la tranquila y la- 
boriosa colonia italiana residente en Tacna, hubo 



GUERRA DE AMERICA 389 

de sufrir también muchos y muy grandes perjui- 
cios en sur hac endas. 

No se limitaron á esto solamente, que sin em- 
bargo no es poco, los excesos de! ejército chileno. 
La cruzada contra los italianos, que fueron tra- 
tados quizás peor que los mismos peruanos, co- 
menzó con una primera y grave ofensa contra la 
misma bandera de la Nación, que oficialmente 
cubría y protegía la persona y la casa del Agente 
Consular de Italia, que fueron ambas blanco de 
inmerecido ultrage. 

En el Perú, país continuamente trabajado por 
las guerras civiles, es vieja usanza, por el gran 
respeto con que se han mirado siempre las ban- 
deras de los países extrangeros, aún de los más 
ínfimos, reconocer tácitamente á favor de las casas 
de los Representantes extrangeros, tanto diplomá- 
ticos como consulares, un derecho de asilo que 
permanece siempre inviolable, y del cual se apro- 
vecharon en todas ocasiones los verdaderes ó su- 
puestos delincuentes políticos que en ellos se aco- 
gieron. Hallándose por consiguiente en la conciencia 
pública, la inviolabilidad de la casa sobre la cual 
está desplegada la bandera de un Ministro ó de 
un Cónsul extrangero, inmediatamente que se tuvo 
noticia en Tacna de la derrota del ejército aliado, 
los indefensos habitantes de la ciudad, extrangeros 
y nacionales, para escapar á los preveíbles excesos 
del ejército vencedor, se refugiaron en gran número 
en las casas de los diversos Agentes consulares 
extrangeros. Y como todas las demás, la casa del 
Agente Consular de Italia, Don Giovanni Raffo, se 
encontró en menos de una hora literalmente llena 
de gente, que iba á ponerse al seguro bajo la pro- 



390 HISTORIA DE LA 



tección de la bandera italiana; eran italianos, ex- 
trangeros de otras nacionalidades; y también no 
pocos peruanos, en su mayor parte viejos, mugeres 
y niños (1). 

Pero, en el momento en que entraba en Tacna 
los primeros grupos de soldados chilenos, un Co- 
ronel Comandante de división, acompañado de 
varios oficiales y soldados, se encaminó directa- 
mente á la casa del Agente Consular de Italia. 
¿Qué iba a hacer? Jo .-abremos por el documento 
que aquí reproducimos literalmente : 

«Declaración: El día 26 de Mayo de 1880, en 
que á las dos leguas de Tacna tuvo llegar la ba- 
talla del Alto de la alianza, entre los ejércitos de 
Chile y de las Repúblicas aliadas, Perú y Bolivia, 
nosotros infrascritos nos encontrábamos asilados 
en la casa de habitación del señor Agente Consular 
de Italia, don Juan Raífo; y por esta circunstancia 
pudimos presenciar y presenciamos el hecho si- 
guiente: Cuando á las pocas horas después de la 
batalla las tropas chilenas ocuparon la indefensa 
ciudad de Tacna, lo que efectuaron sin que nadie 
les opusiera ni intentara siquiera de oponerles 
resistencia alguna, el Comandante general de la 
1. División del ejército de Chile, señor Coronel 
Amengual, hoy General, se presentó delante de la 
casa del señor Agente Consular de Italia, seguido 



(1) Toda esta gente, más de 500 personas, permaneció varios días 
en casa del señor Rallo, el cual, ayudado por su muy respetable 
esposa, la noble dama Urina Clelia Marcone de Ralí'o, fué larga- 
mente generoso hacía ella, además del ospedaje, de alimentos, y de 
los más es'juisitos cuidados. Visitamos Tacna en Octubre de 1831. 
y encontramos todavía vivo en aquella poblar-ión el grato recuerdo 
de tanta munificencia. 



GUERRA DE AMERICA 391 

por varios oficiales de 'su Estado Mayor y por un 
piquete de Carabineros de Yungai, exigiendo que 
se le abriera la puerta, y amenazando derribarla 
si dicha orden no fuese inmediatamente cumplida. 
Abierta la puerta en nuestra presencia por el señor 
Raffo en persona, el señor Coronel Amengual le 
dijo que iba á recorrer toda la casa, para ver si 
había soldados peruanos escondidos en ella; á lo 
cual el señor Raffo contestó que el era el Agente 
Consular del Reino de Italia, y que en su casa, 
en la que no había soldado alguno, sino única- 
mente pacíficos é indefensos ciudadanos italianos 
y de otras nacionalidades que se habían asilado 
bajo la protección de la bandera neutral de Italia, 
no podía de ninguna manera ser allanada por la 
fuerza, como se proponía hacerlo el señor Coronel 
por ser al mismo tiempo que su habitación, la 
Oficina de la Agencia Consular, como lo decían el 
Arma de Italia que estaba muy visible sobre la 
puerta, y la bandera de la misma Nación que tre- 
molaba encima del techo. 

A esto el señor Coronel Amengual replicó po- 
niendo preso al referido señor Agente Consular de 
Italia, en el mismo corredor de entrada en que se 
hallaba, y con centinela de vista, á quien dio la 
orden que en caso de que sintiese disparar un tiro 
dentro de la casa lo fusilara inmediatamente. El 
señor Raffo protestó entonces otra vez á nombre 
de la Nación Italiana, por esta nueva y mayor tro- 
pelía que se cometía en contra de él : pero el su- 
sodicho señor Coronel Amengual no hizo caso al- 
guno de sus palabras, mantuvo firme la orden 
dada, y dejándolo en tan humillante y peligrosa 
situación en que su vida corría tanto y tan grave 



392 HISTORIA DE LA 



peligro, procedió con algunos de sus oficíale- á 
recorrer la casa en todo sentido. El Agente Con- 
sular señor Raffo permo necio preso y bajo la ame- 
naza de ser fusilado al primer tiro que se oyese 
en la casa (cosa muy fácil de suceder aún por 
simpla casualidad, entre tanta gente llena de miedo 
y de terror que estbba asilada en ella, como veinte 
minutos más ó menos; es decir por todo el tiempo 
que duró la perquisa practicada por el señor Co- 
ronel Amengua), y que fué absolutamente infruc- 
tuosa, porque en la casa no había ni un sólo sol- 
dado ú oficial del ejército. Testigos presenciales del 
hecho, declaramos sobre nuestro honor que lo que 
dejamos dicho es la pura verdad, en todas sus 
partes, y que estamos prontos en todo tiempo á 
ratificarnos en él bajo juramento.» 

Siguen las firmas de siete testigos, <le los cuales, 
dos franceses y cinco italianos. — Después sigue: 

«Nosotros los abajo firmados, desde mucho tiempo 
avencindados y residentes en la ciudad de Tacna, 
declaramos: que los hechos á que se refiere la re- 
lación que antecede, es decir el allanamiento del 
domicilio del señor Agente Consular de Italia, don 
Juan Rafío, practicado el 20 de Mayo de 1880 por 
el Coronel del ejército chileno señor Amengua!, 
a-imismo que las demás arbitrariedades en contra 
de la persona del señor Raffo, son públicos y no- 
torios en Tacna, dasde el día mismo en que tu- 
vieron lugar, por haber sido referidos concorde- 
mente por todas las personas — más de quinientos 
— que se hallaban asiladas bajo la proteción de 
la bandera italiana, en la casa del referido señor 



GUERRA DE AMERICA 393 

Agente Consular de Italia ; y que la divulgación 
de esos hechos contribuyó no poco á aumentar el 
pánico y pavor general, por respecto á los muchos 
desmanes á que se entregaría el ejército chileno, 
como efectiva y desgraciadamente sucedió. — Tacna, 
26 de Octubre de 1881.» Siguen numerosas firmas 
de testigos (1). 

Ignoramos si el Gobierno chileno haya dado ó 
no reparación al de Italia, por esta grave ofensa 
hecha por un oficial superior de su ejercito á la 
bandera de aquella Nación. 

§ II 
Toma de Arica. 

Derrotado el ejército perú-boliviano de Tacna, y 
habiendo caído esta ciudad en poder de los chi- 
lenos, Arica no podía sostenerse. Rodeada por mar 
y por tierra de chilenos, no le quedaba camino de 
salvación; y debía necesariamente caer, sea más ó 
menos tarde por hambre, cuando se hubieran ago- 
tado las pocas provisiones que le quedaban, sea 



(1) En un recurso elevado en G de Setiembre de 1881 al Cuerpo 
Diplomático de Lima, por más de cuarenta ciudadanos italianos, 
ingleses, franceses y españoles residentes en Tacna, se lee también : 
« Pocos momentos hablan mediado al triunfo de las armas chilenas, 
cuando principiaron á sentirse con toda su dureza los efectos de 
las estorciones perpetradas con nosotros. La Agencia Consular de 
Italia fué la desiiiada para servir de primera víctima. Presentán- 
dose en ella el Comandante General de la primera División del 
ejército de Chile, Coronel Amengual, elevado hoy á la alta cate- 
goría do General, hizo, protegido por su Estado Mayor y por los 
Carabineros de Yunhai, que se abriese la puerta del Consulado, que 
prometió quebrantar, puso en prisión y con centinela de vista al 
señor Vicecónsul, mientras él se permitió penetrar al interior de 
la casa. Este hecho de gravísima significación, parece que sirvió 
de norma á los que momentos después, nos hicieron espiar la fó 
que siempre tuvimos por los respetos que en toda ocasión se me- 
recen los neutrales. » 



394 HISTORIA DE LA 



en el primer momento en que el ejército chileno 
que ocupaba Tacna se adelantara contra ella. Ni 
siquiera en este último caso podía oponer una 
larga y seria resistencia ; porque su guarnición que 
llegaba escasamente á 1800 hombres, debía ser 
necesariamente arrollada por un ememigo cinco ó 
seis veces más numeroso, sin contar la acción de 
la escuadra que bloqueaba el puerto; y porque, si 
bien se hubiese trabajado desde el principio de la 
guerra para fortificarla, sus obras defensivas, en 
si mismas insuficientes, construidas como fueron 
en previsión de un desembarco de tropas enemigas, 
miraban principalmente hacia el mar, y poco ó 
nada hacia el camino de Tacna, por cuyo lado se 
presentaba obvio y fácil el ataque. El famoso cerro 
llamado el Morro, que por la parte del mar, sobre 
el cual está cortado á pique en una altura de 500 
metros, podía considerarse como inespugnable, per- 
día toda su fuerza, y se convertía por el contrario 
en una de las posiciones más peligrosas é insoste- 
nibles, una vez que fuese atacada por la espalda, 
por un ejército que bajase del interior del país— de 
Asapa. 

Por esta parte se halla unido á otro largo cerro, 
llamado Cerro Gordo, que descendiendo suavemente 
queda un poco por encima de él. Atacados por 
este lado por fuerzas mayores, los defensores del 
Morro se encuentran perdidos irremisiblemente; y si 
se obstinan en no rendirse prisioneros, no les queda 
más camino que el de hacerse acuchillar en sus 
posiciones, como carneros en el redil, no pudiendo 
moverse en ningún sentido, sin exponerse á rodar á 
cada paso Morro abajo, paro ir á estrellarse sobre 
las rocas que están en su base. 



GUERRA DE AMERICA 395 

Arica dista 14 leguas de Tacna, á la cual se 
halla unida por un ferro-carril; y el grueso del 
ejército chileno, sin apresurarse (1), comenzó el 
primera de Junio á concentrarse en Chacal/uta, á 
tres leguas de Arica, donde en aquellos momentos 
terminaba el ferro- carril, por haber roto un puente 
los pesuenos. 

El día 5, después de haber tomado sus posiciones 
el General Baquedano, Comandante en Jefe del 
ejército chileno, envió un parlamentario al Coman- 
dante de la guarnición de Arica, intimándole la 
rendición de la plaza, para evitar un inútil derra- 
mamiento de sangre, en vista de la imposibilidad 
de toda resistencia contra un enemigo cuatro ó 
cinco veces más numeroso. A esta intimación, el 
Comandante de la guarnición, Coronel Bolognesi, 
respondía por el contrario que habría resistido 
hasta que hubiese quemado el último cartucho; y 
la artillería de ambos combatientes comenzó desde 
aquel mismo día su mortífera misión. Sin resulta- 
tados positivos para ninguno de los dos, el fuego 
de artillería continuó también durante todo el día 
6, en el cual los cañones peruanos tuvieron que 
responder contemporáneamente á los del ejército, 

(1) Los chilenos temían un asalto por parte del ejército enemigo 
reforzado con la gruesa división de Arequipa que, como hemos 
dicho, se encontraban en Locümba el día de la batalla, y por esto 
su primera idea era la de no desmembrar minimante sus propias 
fuerzas, manteniéndose unidos y compactos en Tacna. Pero cuando 
supieron que los bolivianos se encontraban todos en camino para 
su país, y que el ejército de Arequipa había tranquilamente vuelto 
atrás, cesaron todos sus temores. Montero, á quien principalmente 
temían, habiéndose quedado solo con su reducido y diezmado ejér- 
cito, nada podían intentar contra ellos, ni en Tacna ni en Arica; 
donde, sin llevar un competent-i contingente de fuerzas, no hubiera 
hecho más que aumentar las dificultades provenientes de la escasez 
de vituallas. En vista de estos hechos y consideraciones, se diri- 
gieron libremente hacia á Arica el primero de Junio. 



396 HISTORIA DE LA 



y á los mucho más poderosos de la formidable 
escuadra enemiga; y el 7, al despuntar el día el 
ejército chileno, divididos en varias columnas, cada 
una de l^s cuales era más numerosa, separadamente 
de toda la guarnición de Arica emprendió contra 
la plaza un asalto general. 

El éxito de la lucha no podía ser dudoso. Chile 
fué vencedor. Sin embargo la guarnición de Arica 
mantuvo rigurosamente la palabra de su valiente 
Comandante, pereciendo col él casi totalmente. 

Entre los defensores de Arica no había ningún 
boliviano. Todos eran peruanos menos uno solo; y 
éste era D. Roque Saenz Peña, distinguido y con- 
siderable personaje de la República Argentina, que, 
llevado únicamente de sus simpatías hacia la causa 
del Perú, había ido como simple soldado á combatir 
sobre sus campos de batalla, donde desplegó valor 
y pericia militar no poca. En lo más reñido del 
combate de Tarapacá, el General Buendía, de quien 
era ayudante, le confió el mando de un batallón 
que valerosamente dirigió y condujo á la victoria; 
y esto sirvió para que Bolognesi le confiara tam- 
bién en Arica, con el grado de Coronel, el mando 
de otro bata lón, que se dejó hacer trizas bajo sus 
órdenes, \ en unión á los pocos restos del cual 
fué hecho prisionero. 

Ocho horas después de terminar la batalla de 
Arica sobre su famoso Morro, que quedó literal- 
mente cubierto de cadáveres en la cima y en la 
base, el ejército vencedor entró pacíficamente en 
la ciudad. Pero esta paz no duró más que muy 
pocos minutos. Después de tomar el rancho á toda 
prisa, los soldados chilenos se desbandaron por la 
ciudad; y todavía más feroces que en Tacna se 



GUERRA DE AMERICA 397 



dedicaron al robo y al saqueo durante varios días 
consecutivos, asesinando á casi todas las personas 
que encontraban, é incendiando á derecha é izquierda 
las mejores casas. Nosotros que visitamos Arica 
un año después — año que fué exclusivamente em- 
pleado por su habitantes, principalmente por los 
extrangeros, en reparar los daños sufridos — vimos 
todavía, por todas partes, numerosos vestigios de 
tal devastación. 

En Arica como en Tacna, los extrangeros en 
general, y particularmente los italianos, no fueron 
de ninguna manera respetados (1). Además del 
saqueo de todas las casas de comercio y propie- 
dad italianas— saqueo acompañado del incendio la 
mayor parte de las veces— fué también bárbaramente 
asesinado en su misma tienda el italiano G. Car- 
niglia. Y si en medio á tanta crueldad, fué ésta 
la única víctima que hubieron de deplorar los pa- 
cíficos y laboriosos italianos «residentes en Arica, 
únicamente se debe atribuir á que, amaestrados 
por los hechos de Tacna, se habían refugiado anti- 
cipadamente todos los demás á bordo de los buques 
extrangeros que se hallaban en el puerto. 

FIN DEL TOMO PRIMERO! 



(1) Como resulta de las reclamaciones presentadas, con sus pruebas 
correspondientes, ante el dignísimo Agente Consular de Italia, 
D. Giovanni Eaffo, los daños sufridos por los italianos en Tacna y 
Arica, á consecuencia de los excesos y de las prevaricaciones del 
ejército chileno, se elevan á la no despreciable suma de 539,681 soles 
dinero, igual á 2.698.405 francos. Sabemos que en respuesta á las 
correspondientes prácticas del Gobierno italiano, el de Chile ha 
reconocido, como principio, la obligación de resarcir tales daños; 
y no dudamos que, como impone el decoro de ambos Gobiernos y 
Naciones respectivas, esto será pronto un hecho. Pero ¿Como re- 
parar la vergüenza y los sufrimientos experimentados en Tacna 
por los maltratados y horidos? 



índice: 

Al lector 11 

I 
Causas de la guerra entre las Repúblicas de 

Chile y Bolivia 17 

II 

Causas aparentes de la guerra entre Perú y Chile 51 

III 
Verdaderas causas de la declaración de guerra 

al Perú 107 

IV 
El Perú 179 

V 
Fuerzas de mar y tierra de los tres Estados 

beligerantes 221 

VI 
Operaciones y combates navales 237 

VII 
Desembarco de Pisagua 273 

VIII 
Batalla de San Francisco ó de Dolores .... 285 

IX 
Batalla de Tarapacá 327 

X 

Revolución y dictadura de Piérola 343 

XI 
Tacna y Arica 359 



HISTORIA 



DE LA 



GUERRA DE AMERICA 



ENTRE CHILE, PERÚ Y BOLIVIA 

POR 

Don TOMAS CAIVANO 

VERSIÓN CASTELLANA 

DE 

Don ARTURO DE BALLESTEROS Y CONTIN 

DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS 



W 



IQUIQUE 
librería italiana 

BAGHETTI HERMANOS 
Calle Viasen 165-67 



1904 



A LA VENERANDA MEMORIA 

DE 

GERARDO Y LUISA CAIVANO 

SU HIJO 



PREFACIO 



Bolivia fué la causa principal ó, por lo menos, el 
pretexto de la guerra del Pacífico; pero su acción 
poco ó nada se dejó sentir en los campos de batalla, 
no obstante las solemnes promesas que hizo cuando, 
al principiar el conflicto, vio invalido por sorpresa su 
territorio de Atacama, y pidió, á título de aliada, el 
socorro y la protección del Perú. 

Después de la memorable jornada del « Alto de la 
Alianza n en la que Bolivia tomó parte con una pe- 
queña división de tres mil hombres, sus destrozados 
batallones regresaron con presteza á la patria, para 
no salir más de ella, y la guerra, reducida antes de 
aquella acción de armas, al territorio del Perú, quedó 
por completo á cargo de este país que, aunque en 
medio de sus reveses, no recibió jamás el menos au- 
xilio de la Eepública aliada, viéndose obligado á 
á luchar solo contra el enemigo común hasta la ter- 
minación del conflicto internacional. 

A aquella batalla, que debió sellar la alianza y ha- 
cerla efectiva, siguieron otras dos, más sangrientas 



6 1 'RE FACIÓ 

aún: las de « San Juan n y u Miraflores. » cuyo éxito 
desgraciado motivó la rendición de Lima; y, como 
consecuencia de estos desastres, sobrevino la agonía 
del Perú, tan lenta como cruel. 

La nación peruana se retorcía entonces con ñereza, 
pugnando por libertarse del férreo yugo á que quedó 
sujeta; pero en cerca de tres años que duró el cauti- 
verio de la capital, Bolivia no hizo nada para ayudarla 
en su noble propósito de poner termino á la ominosa 
ocupación extrangera. 

Empero, en medio de su desgracia, el Perú supo 
conservar por mucho tiempo su último baluarte : Are- 
quipa; tal vez sin darse cuenta de que así servía los 
intereses bolivianos más que los propios, como era en 
efecto. 

Arequipa guardaba las puertas de Bolivia, era el 
puesto avanzado é inexpugnable de ésta, y aún así, 
como si los acontecimientos que se desarrollaban le 
fueran indiferentes, extraños por completo, esa nación 
no se hizo representar por un solo soldado ni en los 
campos ni en las ciudades; más aún, no supo ó no 
quiso prestar siquiera su apoyo moral al Perú. 

Una conducta tan inesperada como extraña, ya res- 
pecto á la lealtad que observar debía con el aliado 
arrastrado á la guerra y abandonado en ella, ya res- 
pecto de sus propios intereses, que estaban por com- 
pleto á merced de un enemigo que no daba muestra 
alguna de benignidad para los vencidos, precisaba un 
estudio serio, detenido, cuidadoso, para llegar á des- 
cubrir las causas qne la producían, por recónditas que 
fueran: más no era fácil emprender tal labor. 



PREFACIO 



De los asuntos de Bolivia poco se conoce en las 
demás naciones: más allá de los confines de este país 
sólo se percibe un eco vago, débil, confuso, lleno de 
dudas, de exageraciones que hacen imposible distin- 
guir claramente la verdad. 

Para evitar, no sólo el peligro sin aún la sospecha 
de ser inducidos á error, por falsas apariencias ó por 
informaciones inexactas, no hallamos otro medio más 
expedito que pasar las fronteras bolivianas; recoger 
en la misma fuente datos verídicos, dignos de fé; 
conocer y estudiar de cerca hombres, cosas y cuanto 
pudiera ser útil para la labor que nos habíamos im- 
puesto; y así lo hicimos, arrostrando, con valerosa 
resignación, las molestias y los peligros del largo y 
penoso viaje. 

No nos fué muy difícil alcanzar nuestro objeto; 
pero llegamos á convencernos de que nunca hubiéra- 
mos acertado á explicarnos la conducta observadas 
por Bolivia en la guerra del Pacífico, sin conocer 
personal y anticipadamente la manera de ser de dicho 
país en el cuádruple orden físico, social, económico 
y político, encadenado con la rigidez de la suprema 
ley que subordina los efectos á las causas. 
Roma, Enero de 188<!. 

Tocias Caí vano. 



HISTORIA 

DE LA 

GUERRA DE AMERICA 

ENTRE CHILE, PERÚ Y BOLIVIA 

por TOMAS CAIVANO 



I 

Extorciones chilenas y negociaciones 
para la paz. 

RESUMEN— Chile se apodera de las rentas y de las fuentes de ri- 
quezas del Perú. — Ordena levantar contribuciones de guerra 
en las ciudades y tierras del inofenso litoral peruano. — Do- 
cumentos que refieren la especie y cantitad del botin. — Rela- 
ción. de los objetos contenidos en cajas enviadas á Chile. — 
Contribuciones pagadas en dinero. — Hechos de Moquegua. — 
Los Estados Unidos ofrece su mediación. — Los Plenipoten- 
rios se reúnen á bordo del Lackwana. — Condiciones que Chile 
presenta para la paz. — Conferencias. — Chile no acepta la 
propuesta del arbitrage. — El Perú declara inaceptable las exi- 
gencias de Chile. 

Gomo anteriormente en Antofagasta, Cobija, Iqui- 
que, Pisagua y otros puntos, los chilenos abrieron 
en su beneficio el puerto y la aduana de Arica, 
inmediatamente después de la ocupación. 

Sin embargo, parece que las pingues entradas 
de todas estas aduanas, parte bolivianas y parte 
peruanas, unidas á las aún más considerables del 
guano y del salitre de Tarapacá, no se encontraron 
suficientes para satisfacer los deseo* ó las necesi- 
dades de Chile; el cual halló la manera de au- 
mentar su tesoro á expensas de las desventuradas 
poblaciones peruanas, que vivían lejos del teatro 



10 HISTORIA DE LA 



de la guerra. Excepto en la Capital y en Arequipa, 
en todo el resto del Perú no babía ni siquiera 
-ombra de fuerza armada. Absolutamente inde- 
fenso, salvo solamente aquellos dos puntos, el Perú 
se presentaba como fácil presa, aún para el más 
miserable puñado de aventureros que tuviese la 
idea de hacer una correría por sus ricos territorios. 

Se decidió, de consiguiente, que una pequeña 
divisióQ del ejército chileno, viajando sin descanso 
por mar y por tierra á lo largo del extenso litoral 
peruano, sin internarse demasiado, se dedicase á 
imponer y recaudar gruesas contribuciones de 
guerra, en todas las poblaciones y ricas haciendas 
que encontrase sobre su camino (1). 

Esta división, á la que fué dado el nombre de 
División de aperaciones del Norte, recorrió efecti- 
vamente todos los puntos más importantes del li- 
toral peruano desde Arica á Paita, dejando única- 
mente de hacerse ver en aquellos pocos puntos 
donde hubiera podido encontrar sesistencia. Y puesto 
que su único objeto, á lo menos conocido, era el 
de levantar grandes contribuciones sobre los iner- 



(1) « Trajo (Chile) la devastación y la ruina á los departamentos 
indefensos de nuestro litoral del Norte, destruyendo en un instante 
monumentos de inapreciable valor, levantados por la moderna in- 
dustria.... Nada ha sido bastante á detener la mano de nuestros 
desaforados enemigos: ni lo indefenso de las poblaciones, ni la ino- 
cencia de las victimas, ni el pudor de las mujeres, ni la debilidad 
de la infancia, ni la veneración de la ansianidad, ni el valor infor- 
tunado, ni las convulsiones de la agonía, id el sagrado carácter de 
la neutralidad, ni el más sagrado aún de las ambulancias, en cuj r o 
recinto han sido asesinados sin piedad nuestros heridos ; en suma 
ningún respecto divino ni humano, incluso el de la propia honra, 
ha sido poderoso para volver á Chile en la actual guerra al seno 
de la civilización.... » 

Circular, 5 de Noviembre de 1880, del Ministro de Relaciones 
Exteriores del Perú á los Agentes diplomáticos del Perú en el 
extrangero. 



GUERRA DE AMERICA 11 

mes habitantes del Perú, empleó frecuentemente 
las más crueles amenazas, que el terror que ya 
rodeaba al nombre chileno hacía todavía mucho 
más poderosas, para obligar las infelices poblacio- 
nes al pago impuesto, que no siempre pudieron 
efectuar. Las más de las veces se debió suplir á 
la falta de metálico con las pequeñas alhajas arran- 
cadas de las orejas y de los dedos de las mujeres, 
y con todo género de valores que poseían; y cuando 
todo faltaba, fué necesario asistir á la destrucción 
de las propiedades urbanas como rurales, sea de 
los edificios para uso de habitación, sea de aque- 
llos destinados á oficinas y establecimientos indus- 
triales, siendo norma de la división merodeadora 
destruir cuanto encontraba, por un valor doble 
por lo menos, de la contribución ó tributo no sa- 
tisfecho. 

Para que puedan en algún modo comprender 
nuestros lectores la especie de botín recogido en 
esta correría por el ejercito chileno, copiamos aquí 
algunos documentos en propósito, que los perió- 
dicos chilenos, como cosa sumamente digna y hon- 
rosa, con toda pompa publicaron, y que nosotros 
tomamos del periódico La Patria de Lima, N.° 2.916 
que los reprodujo (1). 



(I) « ....A la cabeza de 400 hombres penetró (Lynch) hasta las ha- 
ciendas del Puente y de Palo Seco, magníficas propiedas de cañas 
de azúcar y de fabricación de este producto.... Lynch impuso sobre 
estas propiedades una contribución de 100,000 pesos, dando al ad- 
ministrador de ellas 3 día de tiempo para procurarse el dinero.... 
Expirado el término fijado por Lynch para el pago de Ja primera 
contribución, recibió del administrador que era uno de los hijos 
del proprietario, una carta rehusando.... El mismo día 13 de Se- 
tiembre respondió : Vista vuestra carta, ho dado ya .las órdenes ne- 
cesarias para se proceda á la destrucción de las propiedades de 
vuestro padre.... La orden de destrucción fué inexorablemente eje- 
cutada. La trupa retiró una cantidad considerable de azúcar, arroz 



12 HISTORIA DE LA 



«Comandancia en Jefe de la División de opera- 
ciones del Norte. Vapor Itata en Moliendo, Octu- 
bre 27 de 1880. — Con esta fecha he decretado lo 
siguiente: Debiendo darse prolija cuenta al supremo 
Gobierno de los resultados alcanzados por la expe- 
dición que me ha cabido el honor de mandar. — 
Decreto: Nómbrase una comisión compuesta... para 
que dicha comisión forme un inventario circuns- 
tanciado de las especies y dineros que se han em- 
barcado en los trasportes Itata y Copiapó, como 
producto de los requerimientos y contribuciones 
que se han impuesto á las poblaciones y haciendas 
recorridas por las fuerzas de la división... — Patri- 
cio Lynch.» 

«Relación del contenido de los cajones con objetos 
tomados al enemigo, de que se ha hecho cargo el 
contador del trasporte nacional Itata. 

«Cajón número 1, contiene: 
1.° una cagita forrada y sellada con 84 decá- 
gramos oro chafalonía con piedras de diversos co- 
lores; dos quilogramos setenta y ocho decágramos 
oro chafalonía; 

2.° una cagita igualmente cerrada con seis 
relojes de oro y de plata, 43 decágramos alhajas 
diversas de oro, ciento setenta y nueve anillos de 
oro, con un peso bruto de ochenta y tres decágra- 
mos: entre ellos seis con brillantes, veintitrés con 
diamantas y once con piedras diversas; dos qui- 
logramos cincuenta y seis decágramos cadenas 
de oro; 



y otros géneros, é inmediatamente hizo saltar la fábrica con pól- 
vora de canon y dinamita ». 

JJabros-Akana, Historia de la Guerra del Pacífico, segunda parte 
pág. 77 á 80. Edición en francés. 






GUERRA DE AMERICA 13 



3.° un atado con cuatro quilogramos treinta y 
siete decágramoe oro trabajado; 

4.° una bolsita con ochenta y dos decágramos 
peso bruto de joyas de oro con perlas, diamantes, etc., 
cinco relojes de oro y cinco de plata, tres diamantes 
para cortar vidrio, un huevo de madera encerrando 
algunas piedras preciosas, cuyo valor se ignora, 
una cagita de oro conteniendo piedrecitas de valor 
igualmente desconocido: 

5.° una cagita forrada y sellada con cincuenta 
gramos varios perlas finas; 

6.° otra cagita con sesenta y dos y medio gra- 
mos varias perlas finas; 

7.° un paquete con un terno camafeo en oro 
para señora, un terno camafeo y rubíes en oro 
para hombre. Todo el anterior contenido fué entre- 
gado en la ciudad de Ghiclayo al señor Comandante 
en Jefe, por el Jefe y oficiales del regimiento. 

« Cajón número 2, contiene: veintiún quilogramos 
cincuenta decágramos plata chafalonía, parte tomada 
por oficiales del regimiento Buin 1.° de línea, y 
parte por ayudantes del Comandante en Jefe, de 
su orden, en la ciudad de Chielayo. 

Cajón número 3, contiene: 4034 pesos 60 centavos 
en moneda sellada de Chile y del Perú. 

Cajón número 4, contiene: 3,391 pesos 90 centa- 
vos en moneda de Chile, Perú y Bolivia. 

Cajón número 5, contiene : cuatro quilogramos 
treinta y siete deoágramos plata chafalonía de la 
ciudad de M >nsfú, entregada por el sub-teniente 
de granaderos á caballo.... 

Cajón número 6, contiene: 3,262 pesos en moneda 
sellada del Perú y Bolivia. 



14 HISTORIA DE LA 



Cajón número 7, contiene: treinta y ocho quilo- 
gramos veintiún decágramos plata chafalonía, en- 
tregada en la ciudad de San Pedro por el ayu- 
dante.... 

Cajón número 8, contiene: mil setecientos noventa 
y cuatro pesos cincuenta centavos en moneda se- 
llada de plata, una tortera de plata pina con vein- 
tidós marcos seis onzas, treinta marcos seis onzas 
de plata chafalonía. 

Además de los cajones se entregaron al contador 
del Rata ocho barias de plata con un peso total 
de 917 marcos tres onzas y media. 

Vapor Itata en la mar. Octubre 30 de 1880, Da- 
niel Carrasco Albano, Secretario general. — V.° B.° 
Lynch. » 

«Contribuciones pagadas en dinero— libras es- 
terlinas: Ferrocarril de Eten 3,250; Hacienda Ca- 
yalti 1,000; Molino de Pacasmuyo 550; Pueblo de 
Chepen 100; Puerto de Pacasmayo 100; Ciud^ de 
San Pedro 1,000; Ferrocarril de Pacasmayo 4,000; 
Haciendas Laredo y Panache 1,000; id. Chiquitoy 
1,000; id. Chiclin 1,000, id. Chicamita 1,000; id. 
Pampas 1,000; id. Facalá 1,000; id. Tulape 1,000 
id. San Antonio 1,000; id. Lache y Santa Ana 1,000 
id. Mocan 1,500; id. Santa Clara y Licape 1,000 
id. Trapichito 500; id. Arriba 500; id. Gazñape 500 
id. Farias Tutuman 500; id. Bazán 500; id. Viñita 
500; id. La Viña 500; id. Santa Elena y Carmelo 
500; id. Nazareno 110; id. Salamanca 110; id. Santo 
Domingo 110; id. Ciudad de Trujillo 3,000; Hacienda 
Monocucho 110: id. Macollope 110;— Total, libras 
esterlinas 29,050.— Plata: Ciudad de Chilayo, pesos 
1923; Hacienda Combo 500; Pueblo de Ascope 4000; 



GUERRA DE AMERICA 15 

Ciudad de Lambayeque 4,000; Ciudad de Ferreñafe 
1,000— Total, pesos 11,423 (1). » 

¡Baste esto á dar una idea, así del botin hecho, 
como del terror que debía inspirar el ejército que 
lo recogía!... 

Diseminados como se hallaban los extrangeros, 
por razones de comercio, sobre todo el territorio 
peruano, es inútil observar que de tales vejaciones 
fueron ellos víctimas también, allí donde se encon- 
traron, del mismo modo que los peruanos; y no 
faltan sobre este particular, justas reclamaciones 
presentadus á sus Goviernos respectivos por ciu- 
dadanos italianos y de otras nacionalidades (2). 



(1) « Como producto financiero de la expedición, y como pro- 
ductos de las contribuciones de guerra, se obtuvieron 29,050 libras 
esterlinas, 11,428 pesos en dinero, 5,000 pesos en papel-moneda del 
Perú, un poco de oro y de plata en barra, un cargamento consi- 
derable de mercancías y de productos de aquellas provincias, entre 
los que figuraban más de 2,500 sacos de azúcar, 600 de arroz, y 
muchas balas dtlQS.íx>dón y de tabaco». 

Barros-Arana, Obra citada, pág. 95, 

(2) .En el parte oficial que la autoridad municipal de Moquegna 
dirigía á las autoridades superiores el 18 de Octubre 1880, sobre 
los hechos consumados en Moquegna por las fuerzas chilenas, se 
lee ; « El Comandante impuso sobre este pueblo la contribución de 
100,000 en moneda chilena de buona ley, pagaderos en plata sellada 
ó labrada, alhajas, pasta metálicas, y además 50 reses, 20 quintales 
de arroz, 30 de harina, 10 de azúcar y 5 de café, ó su valor en di- 
nero al precio de plaza, dentro del término fatal de veintecuatro 
horas para la de dinero, y de cuarenta y ocho horas para la de 
víveres.... El Jefe chileno redujo á 600,000 soles el impuesto en 
metálico, sin alterar el de víveres, ni los plazos designados, y con- 
cluyó amenazando al pueblo con el uso de la fuerza, sin responder 
de las consecuencias que sobreviniesen, si no se pagaba el im- 
puesto. Algunos vecinos que se hallaban en la puerta, aseguraron 
que el jefe chileno al separarse de la reunión dijo, que si no se 
pagaba la contribución entregaba el pueblo á la tropa ; y debo ex- 
poner también que la colonia italiana que solicitó varias veces, de 
palabra y por escrito, garantía para sus personas é intereses como 
neutrales, no la consiguió.... Cumplidas las 24 horas, ocuparon en 
efecto las fuerzas chilenas esta población, y muchas señoras se 
presentaron ante ol jefe á pedir la disminución del crecido impuesto 



16 HISTORIA DE LA 



El mismo Barros-Arana, á quien no podía ocul- 
tarse completamente la fealdad de hestos hechos, 
sa esfuerza no poco en su Historia de la Guerra 
del Pacífico, para atenuar su gravedad, en buscar 
excusas y pretextos que los justifiquen. Pero, aún 
contando las cosas á su manera, algo sucio escapa 
y aparece siempre de cuando en cuando : y las 
excusas y pretextos alegados por él, son además 
completamente ineficaces para satisfacer sus deseos. 
« La facultad que se arroga el Jefe de un ejército 
de ocupación, dice Barros-Arana, de imponer con- 
tribuciones de guerra á los habitantes de un te- 
rritorio invalido, y de exigir el pago con toda la 
severidad posible en caso de resistencia, está auto- 
rizada por el derecho internacional moderno. > 

y prórroga para cubrirlo, ó que se le señalase uu lugar de asilo 
para poner á salvo sus personas y onor, lo que no consiguieron, á 
pesar de las súplicas que emplearon y lágrimas que vertieron. Las 
fuerzas chilenas se llevaron inmediatamente los 27,42') soles 50 
centavos, en plata sellada, labrada, y alhajas q S3*¿V habian reunido 
é intimó su jefe que si al dia siguiente no se completaba el im- 
puesto, realizaría su amenaza como si nada habiese dado. El mismo 
procedimiento se observó en las días posteriores, siendo de advertir 
que á las 11 a, m. del día 10, la fuerza ohilena se distribuyó en la 
población é izo un registro minucioso de todas las casas, inclusive 
la de los italianos, haciendo abrir y abriendo hasta los baúles que 
en ellas se encontraban, y sacaban revólveres, escopetas, reses, 
carneros, llamas y un crecido número de caballos, muías y borricos 
y otros muchos animales que encontraron.... De la manera indicada 
y cooperando las colonias italiana y china con más de 4,000 soles, 
según se me ha asegurado, por haber estado convencidas del pe- 
ligro que también corrían, llegó á cubrirse la contribución hasta 
la cantidad de 62,788 soles 90 centavos, como lo manifiesta la li- 
quidación y recibos que en copia acompaño.... Sin embargo de haber 
asegurado varias veces el jefe chileno, que satisfecha la contri- 
bución, garantizaba que las fuorzas do su mando se retirarían en 
orden, sin causar daño á las personas ni á las propiedades, al des- 
ocupar el valle han incendiado la habitación de un pobre arren- 
datario Robles, la bodega de las haciendas de P. Flores, B. Vargas 
de Zavala, D. Barrios y G. Zapata, fuera de los licores que han 
derramado y extraído de varias bodegas rompiendo las puertas, y 
de las sementeras que han destruido en muchas fincas durante la 
ocupación.... » 



GUERRA DE AMERICA 17 

Pero, sin olvidar que este principio no es tan 
absoluto, como pretendería el escritor chileno, y 
que tiene también ciertos límites más allá de los 
cuales los pueblos civilizado se abstienen de llegar, 
preguntamos: ¿era quizás por necesidad 6 simple 
razón de guerra, por lo menos, que la división 
Lynch invadía aquellas provincias del Perú? En 
aquellas provincias no había ejércitos enemigos que 
combatir, no había que llevar á cabo, y no fué con- 
sumada ninguna operación de guerra, propiamente 
dicha; distantes varios centenares de millas del 
teatro de la guerra, no puede ni siquiera alegarse 
que los soldados chilenos entrasen en ellas como 
ensanche de la zona que ocupaban militarmente: 
allí fueron ex profeso, y por mar, lo que implica 
designio y premeditación; y no las invadieron, ni 
para apoderarse de ellas á título de conquista, ni 
para ocuparlas por un tiempo más ó menos largo 
durante el curso de la guerra. Sin encontrar jamás 
resistencia alguna, ni siquiera la más insignificante, 
allí entraron como se entra en una casa abierta; 
y no permanecieron en ellas, más que el tiempo 
materialmente necesario para recorrerlas á toda 
prisa, y recoger diligentemente contribuciones y 
tributos de todo género. Estos tributos y estas 
contribuciones no fueron de consiguiente efecto, 
sino causa de la invasión; y decimos de la invasión, 
no ya di la ocupación, porque no puede llamarse 
tal el tránsito á paso de lobo, ó correría de una 
fuerza armada sobre los indefensos territorios del 
enemigo. De aquí proviene que, aún admitiendo en 
todo su rigor el poco civil y humanitario principio 
invocado por el historiador chileno, no bastaría 
tampoco, no ya á justificar, pero ni siquiera á ex- 



18 HISTORIA DE LA 



cusar ó simplemente atenuar las enormidades co- 
metidas por el ejército de su país. Y si luego se 
considera que estos tributos y estas contribuciones 
fueron en su mayor parte recogidos en géneros, 
azúcar, arroz, tabaco, algodón, y en miserables 
alhajas de uso, que el terror arrancara de los de- 
dos y de las orejas de las muge res; y que sin 
beneficio para nadie se destruyeron, como ni si- 
quiera los unos hubieran hecho, grandiosos y co- 
losales laboratorios industriales, no se puede á 
menos de reconocer, que el recuerdo de estos he- 
chos quedará siempre en la conciencia de los pue- 
blos civilizados, á indeleble deshonra y vergüenza 
de quien fué su autor. 

Mientras el ejército chileno se dedicaba á tan 
lucrativa como vituperable correría sobre las inde- 
fensas tierras del desventurado Perú, los Estados 
Unidos de la América del Norte ofrecían su me- 
diación á los Gobiernos de las tres Repúblicas 
beligerantes, para llegar á una paz justa y ecua, 
que pusiera término á tanto derramamiento de 
sangre y á tanta ruina. 

Después de largas prácticas y quisquillas, sobre 
el modo y lugar donde deberían celebrarse las 
conferencias entre los Plenipotenciarios de las tres 
potencias beligerantes y de la Gran República me- 
diadora, fué finalmente establecido que tendrían 
lugar á bordo del buque americano Lachatoana, 
en el modo y forma que aparece de los relativos 
Protocolos de las misma-», de los cuales copiamos 
los párrafos más esenciales: 

«A boido de la corbeta norte-americana Lacha- 
u*ana, en la bahía de Arica, á los 22 días del mes 



GUERRA DE AMERICA 19 

de Octubre del año de 1880, reunidos los Plenipo- 
tenciarios, á saber: 

Por la República del Perú los Excmos. señores 
Antonio Arenas y Aurelio García y García. — Por 
la República de Bolivia los Excelentísimos señores 
Mariano Biptista y J. Crisostomo Carrillo. — Por la 
República de Chile lo Excmos. Eulogio Altamirano, 
Eusebio Lillo y el Coronel don José Francisco Ver- 
gara, Secretario de Estado en los departamentos 
Guerra y Marina. En presencia de los Excmos. Re- 
presentantes de la República de Estndos Unidos 
de Norte América señor Thomas O. Osborn, acre- 
ditado cerca del Gobierno de Chile, señor Isaac 
P. Christiancy, acreditado cerca del Gobierno de 
Perú, y el General Carlos Ad ims, acreditado cerca 
del Gobierno de Bolivia. 

El Ex.cmo señor Osb >rn, decano de los Minis- 
tros norteamericanos, expuso.... Concluyó con las 
siguientes palabras. « Os ruego señores, os suplió 
que trabajéis con anhelo para conseguir la paz, y 
espero, en nombre de mi Gobierno, que vuestras 
esfuerzos os conducirán á ese resultado ». 

El Ex.cmo señor Altamirano expuso entonces.... 
Viniendo á la grave cuestión del momento, mani- 
festó que las circunstancias imponían como deber 
indeclinable el de procurar un desenlace inmediato, 
que buscando el procedimiento más adecuado para 
alcanzar este fin, había creído necesario agrupar 
en una minuta las proposiciones que, según sus 
instrucciones, debían formar la base del tratado, 
á fia de que considerándolas en conjunto pudieran 
los Ex.cmos Representantes del Perú y Bolivia in- 
dicar si podrían abrirse las discusiones sobre esas 
bases ». 



20 HISTORIA DE LA 



« Minuta de las condiciones esenciales que Chile 
exije para llegar á la paz, presentada por los Ple- 
nipotenciarios chilenos á los Plenipotenciarios pe- 
ruanos y bolivianos, en la conferencia celebrada á 
bordo del buque americano Lackawana á 22 de 
Octubre de 1880: 

Primera— Cesión á Chile de los territorios del 
Perú y Bolivia que se extienden al Sur de la que- 
brada de Camarones, y al Oeste de la línea que 
en la Cordillera de los Andes separa al Perú y 
Bolivia, hasta la quebrada de Chacarilla, y al Oeste 
también de una línea que desde punto se prolon- 
garía hasta tocar con la frontera argentina, pa- 
sando por el centro del lago de Ascotán. 

Segunda— Pago a Chile por el Perú y Bolivia, 
solidariamente, de la suma de veinte millones de 
pesos, de los cuales cuatro millones serán cubiertos 
al contado. 

Tercera— Devolución de las propiedas de que han 
sido despojados las empresas y ciudadanos chi- 
lenos en el Perú y Bolivia. 

Cuarta — Devolución del transporte Rimac. 

Quinta — Abrogación del tratado secreto celebrado 
entre al Perú y Bolivia el año 1873, dejando al 
mismo tiempo sin efecto ni valor alguno las ges- 
tiones practicadas para procurar una Confederación 
entre ambas naciones (1). 

Sexta — Retención por parte de Chile, de los te- 
rritorios de Moquegua, Pacna y Arica, que ocupan 
las armas chilenos, hasta tant > se haya dado cum- 



(1) Siempre la misma política de 1837. ¿Con cuál derecho, ex- 
cepto el de una ultrajante prepotencia, puede una Nación prohibir 
que otras Naciones independientes se confederen entre ellas, y se 
unan con tratados de alianza ? 



GUERRA DE AMERICA 21 

plimiento á las obligaciones á que se refieren las 
condiciones anteriores. 

Sétima — Obligación de parte del Perú de no ar- 
tillar el puerto de Arica cuando la sea entregado, 
ni en ningún tiempo, y compromiso de que en lo 
sucesivo será puerto exclusivamente comercial. 
Segunda conferencia de 25 de Octubre: 
« Expresa el Ex.cmo, señor Arenas, que en cuanto 
á las bases presentadas por el Ex.cmo Plenipoten- 
ciario de Chile, le han causado penosa imprexion, 
porque cierran las puertas á toda discusión razo- 
nada y tranquila ; que la primera de ellas, espe- 
cialmente es un obstáculo tan insuperable en el 
camino de las negociaciones pacíficas, que equivale 
á una intimación para no pasar adelante; que Chile 
ha obtenido ventajas en la presente guerra, ocu- 
pando militarmente, á consecuencia de ellas, al- 
gunos territorios del Perú y Bolivia, sobre los cuales 
jamás alegó derecho de su parte, pero que habién- 
dolos ocupado después de varias combates, hoy 
cree haberse convertido en dueño de ellos, y que 
su ocupación militar es un título de dominio ; que 
tal doctrina fué ciertamente sostenida en otros 
tiempos y en lejanas regiones, pero en la America 
Española no ha sido invocada, desde la indepen- 
dencia hasta el dia, por haberla considerado in- 
compatible con las bases tutelares de las institu- 
ciones republicanas, porque caducó bajo la acción 
poderosa del actual sistema político, y porque es 
peligrosa en sumo grado para todas las Repúblicas 
sud-americanas.... Que por esto cree que, dadas las 
actuales condiciones de los beligerantes, una paz 
que tuviese por base la desmembración territorial 
y el rinacimiento del caduco derecho de conquista, 



22 HISTORIA DE LA 



sería una paz imposible; que aunque los Plenipo- 
tenciarios peruanos la aceptaran y la ratificase su 
Gobierno, lo que no es permitido suponer, el sen- 
timiento nacional la rechazaría, y la continuación 
de la guerra sería inevitable; que si se insiste en 
la primera base, presentándola como condición in- 
declinable para llegar á un arreglo, la esperanza 
de la paz debe perderse por completo....» 

«El Ex.cmo señor Altamirano expone:... Acep- 
tando la guerra como una necesidad dolorosa, Chile 
se lanzó á ella sin pensar en los sacrificio que le 
imponía, y por defender su derecho y el onor de 
su bandera ha sacrificado á sus mejores hijos y 
gastando sin tasa sus tesoros.... En esta situación 
su Gobierno ha aceptado con sinceridad la idea de 
poner término á la guerra, siempre que sea posible 
llegar ;í una paz sólida, reparadora de los sacri- 
ficios hechos, y que permita á Chile volver tranquilo 
al trabajo que es su vida. Su Gobierno cree que 
para dar á la paz estas condiciones, es indispen- 
sable avanzar la línea de frontera. Así procura 
compensar en parte los grandes sacrificios que el 
país ha hecho, y asegurar la paz del porvenir. 

Esta exigencia es para el Gobierno de Chile, 
para el país y para los Plenipotenciarios que hablan 
en este momento en su nombre, indeclinable, por- 
que es justa. Los territorios que extienden al Sur 
de Camarones deben en su totalidad su desarrollo 
y su progreso actuales al trabajo chileno y al ca- 
pital chileno. El desierto había sido fecundizado 
con el sudor de los hombres de trabajo, antes de 
ser regado con la sangre de sus héroes. Retirar 
de Camarones la bandera y el poder de Chile, sería 
un abandono cobarde de militares de ciudadanos 



GUERRA DE AMERICA 23 

y renovar, reagravándola, la antigua é insostenible 
situación.... (1). 

«El Excmo. señor Baptista dijo: «Las declara- 
ciones categóricas del Excm: señor Altamirano 
parecen cerrar el camino ¡i la discusión. Los Ple- 
nipotenciarios de Bolivia nos hallamos en perfecta 
conformidad con las explícitas declaraciones del 
Excm. señor Arenas, sobre el punto fundamental 
de adquisición de territorios, llámesele avance, 
cesión, compensación ó conquista; y así pensamos 
inspirándonos en el origen y desenvolvimiento de 
la vida política de nuestra América.... No fijemos 
en las fronteras de sus Repúblicas, poderes suspi- 
caces y celosos que se estén espiando recíproca- 
mente, absorviendo para sus ejércitos y sus arma- 
das aumentadas incesantemente, la *avia de los 
pueblos.... Vencidos y vencedores sufriríamos igual- 
mente con un estado anormal, que deja para los 
unos el sordo trabajo del desquite y para los otros 
el trabajo esterilizador y costoso de impedirlo.... 
Declaro francamente, que deben reconocerse y 

(1) Sabemos ya cuanto haya de verdad en esto. 

Descubiertos los grandes depósitos de salitre en la provincia pe- 
ruana de Tarapacá, el Perú abrió generosamente las puertas de su 
rico territorio á todos aquellos que buscaban en el trabajo una 
fuenta dn bienestar y de prosperidad, sin establecer diferencias 
entre nacionales y extrangeros. Al mismo tiempo que otros muchos 
extrangeros, acudieron allí una multitud de chilenos, á los cuales 
la pobreza y la falta de trabajo condenaba á las más duras priva- 
ciones en su pais; y hemos visto ya en otra parte, cuales y cuan 
grandes beneficios produjo á todo Chile. Y hó aquí que este hecho 
que hubiera podido y debido servir á infundir en los chilenos la 
más sincera gratitud hacía el Perú, fué por el contrario invocado 
por Chile como argumento para arrancar al Perú su rico territorio, 
y apoderarse de él. Esta curiosa pretensión de Chile, imitida por 
los oficiales labios de uno de sus Plenipotenciarios en tan grave y 
solemne ocasión, no puede más que darnos una prueba más de la 
profunda perturbación del sentido moral, á que la violencia de las 
pasiones ha arrastrado ciertos ánimos en aquel país. 



24 HISTORIA DE LA 



aceptarse los efectos naturales del éxito. En el curso 
de esta campaña corren las ventajas de parte de 
Chile. Tomaríamos nuestras resoluciones en la 
serie y en el sentido de los acontecimientos bélicos 
ya consumadas. Posea como prenda pretoria el 
territorio adquirido, y búsquense medios equitativos 
que satisfagan con los productos fiscales de ese 
mismo territorio las obligaciones que pudieran im- 
putársenos. 

« El Excm. señor Altamirano expone:.... Es bien 
triste, dice al concluir, tener que resistir á llama- 
mientos como los que acaban de hacernos los 
Excmos. señores Arenas y Baptista, pero si el 
adelanto de la frontera es un obstáculo insuperable 
para la paz, Chile no puede, no debe levantar ese 
obstáculo (1). 

El Excmo. señor García y García, dice:.... No le 
es posible tampoco pasar por alto uno de los 
fundamentos que el Excmo. señor Altamirano 
alega, como título singular, para el dominio que 
Chile pretende obtener sobre los territorios de Ta- 
rapocá. Recuerda, que el Excmo. Plenipotenciario 
de Chile sostuvo, que -iendo chilena la totalidad 
de la población de esa provincia, así como fueron 
chilenos los capitales y brazos que formaron sus 
industria-, es á ellos á quienes corresponde su 
posición territorial. Prescinde S. E. de la extensión 
de totalidad que el Excmo. señor Altamirano ha 
dado á sus palabras, porque siendo totalmente 
contraria á los hechos, no cree que pretenda sos- 



(1) Chile había querido y hecho la guerra con el propósito deli- 
berado de conquistar los territorios de Atacama y Tarapacá: y cier- 
tamente, no podía consentir á retirarse de la guerra sin la con- 
quista deseada. 



GUERRA DE AMÉRICA 



tenerla ni que haya abrigado esa intención; no 
silenciaré, sin embargo, la expresión de natural 
sorpresa que le ha causado oír tan extraño razo- 
namiento á una persona, cuya ilustración y elevada 
talla política la hacen una figura americana.... 
Agrega, que aplaude la rectitud de miras en que, 
como no podía dejar de suceder, abunda el Excmo. 
señor Baptista, pero juzgando indispensable dar á 
esas ideas una forma, por decirlo así, tangible, que 
lleve á los hombres desapasionados que contemplan 
á estas Repúblicas, el convencimiento de nuestra 
buena fé, que satisfaga el decoro común y acalle 
las exageraciones que surgen en los respectivo- 
países, propone : — que todos los puntos de esas 
diferencias, ú que el Excmo. señor Baptista ha 
hecho alusión y que se precisaran en discusiones 
posteriores, sean sometidas al fallo arbitral é ina- 
pelable del Gobierno de los Estados Unidos de la 
América del Norte, pues á ese gran papel lo llaman 
su alta moralidad, su posición en el Continente, y 
el espíritu de concordia que revela por igual á 
favor de todos los países beligerantes aquí repre- 
sentados. 

«El Excmo. señor Vergara expone:.... Solo se 
ocupará de la proposición de arbitraje que presenta 
al debate el Excmo. señor García y García, para 
declarar perentoriamente, en nombre de su Go- 
bierno y de sus Colegas, que no la acepta en nin- 
guna forma.... Chile busca una paz estable, que 
consulte sus intereses presentes y futuros, que esté 
á la medida de los elementos y poder con que 
cuenta para obtenerla, de los trabajos ejecutados 
y de las fundadas aspiraciones nacionales. Esa paz 
la negociará directamente con sus adversarios, 

8* 



26 HISTORIA DE LA 



cuando éstos acepten las condiciones que estima 
necesarias á su seguridad, y no hay motivo ninguno 
que lo obligara á entregar á otras manos, por muy 
honorables y seguras que sean, la decisión de sus 
destinos. Por estas rayones declara que rechaza el 
arbitraje propuesto (1). 

« El Excmo. señor Carrillo, dice:.... La proposición 
de mi Excmo. colega el sen >r Baptista ha sido 
expresada como opinión particular: de mi parte la 
apoyo y la renuevo en esta forma: Siatu quo del 
territorio ocupado por las fuerzas de Chile, hasta 
la decisión del Tribunal arbitral propuesto, sobre 
todos los desacuerdos. .. Al concluir estas palabras 
creo oportuno manifestar, que cuando se ofreció 
en Bolivia la respe'^ble mediación del Excmo. Go- 
bierno de EK. UU. de América, mi Gobierno y la 
opinión nacional se persuadieron de que la paz era 
un hecho, porque esa mediación estaba acompa- 
ña la de otra palabra — el arbitraje, que significa 
justicia y honra para todos, sin humillación de 
nadie. 

« Al Excmo. señor Osborn le parece oportuno, 
así como á sus colegas, hacer constar aquí que el 
Gobierno de los Estad >s Unidos no busca los me< 
dios de hacerse arbitro es esta cuestión. E( cum- 
plimiente extricto de los debares inherentes á tal 
cargo le ocasionaría mucho trabajo y molestia; y 
aunque no duda que su Gobierno consentiría en 



(1) No puede ocultarse la acerba dureza de estas palabras. Sin 
calcular la ofensa que directamente hacia á los Estados Unidos, 
rechazando con tanta aspereza la propuesta de arbitraje, las palabras 
del Plenipotenciario chileno pueden traducirse así : tengo la fuerza 
conmigo, y pretendo y quiero aprovechar todas las ventajas que 
la fuerza pueda darme, sin permitir que nadie se mezcle en mis 
asuntos. 



GUERRA DE AMERICA 27 

asumir el cargo, en caso de que fuese debidamente 
ofrecido, sin embargo, conviene se entienda distin- 
tamente que sus Representantes no solicitan tal 
preferencia. 

«El Excmo. señor Altamirano expone:.... Que 
piensa como S. E. (Carrillo), tratándose de levantar 
el arbitraje á medio único y obligatorio para diri- 
mir diferencias entre naciones; pero si en el caso 
actual fuera aceptado por los Plenipotenciarios de 
Chile, serian justamente acusados y justamente 
condenados en su país como reos de abandono de 
deberes, y casi de traición á los más claros dere- 
chos é intereses de su patria. 

Tercera Conferencia del 27 de Octubre. « Los 
Excmos. Plenipotenciarios del Perú declaran, en 
respuesta, que insistiendo Chile en la subsistencia 
de la primera condición, y no habiendo aceptado 
el arbitraje propuesto por ellos, no les era lícito 
seguir en el examen de las otras bases; que todas 
las puertas les han sido cerradas, haciendo nece- 
saria la continuación de la guerra; y que la res- 
ponsabilidad de sus consecuencias no pesará sobre 
el Perú, que ha indicado un medio decoroso de 
llegar á la paz. (Los de Bolivia dicen lo mismo). 

« El Excmo. señor Osborn declara, que él y sus 
colegas lamentan profundamente que la conferencia 
no haya dado los resultados pacíficos y conciliato- 
rios que se tuvieron en vista, y juzga que la misma 
impresión causará en el Gobierno y pueblo de los 
Estados Unidos cuando allí se tenga noticia de que 
la amistosa mediación de los Estados Unidos ha 
sido infructuosa. Con lo qué declaró cerrada la 
conferencia, en fé de lo cual firmaron.... » 

Sería ocioso todo comentario de nuestra parte, 



28 HISTORIA DE LA GUERRA DE AMERICA 

Las exigencias tan clara y duramente manifestadas 
por los Plenipotenciarios chilenos, de no aceptar 
ninguna discusión, que no comenzara con la cesión 
á Chile de los desiertos de Atacama y Tarapacá, 
son la más segura y evidente prueba de cuanto 
hemos dicho al hablar de las causas de la guerra. 
Chile hbbía pensado hacer, y hacía únicamente y 
simplemente una guerra de conquista: y puesto 
que la suerte de los acontecimientos se había de- 
cidido en su favor persistía más que nunca en sus 
primitivos propósito:-. 



""ifgp*^ 



II. 

Batalla de San Juan y destrucción de Chorrillos. 



RESUMEN.— Chile se aprovecha cada vez más de la debilidad del 
Per.ú. — Abortadas las conferencias para la paz. se dirige 
contra Lima. — Desembarco de Pisco. — Tentativos de bom- 
bardeo del Callao. — Pérdida del Loa, de la Covadonha y de la 
Frena. — Bolivia, de hecho, no participa más á la guerra. — 
El Dictador Piérola: la ambición y la vanidad lo arrastran á 
nuevos errores. — Los oficiales, abandonando sus rencillas de 
partido, desean únicamente batirse con el enemigo. — Piérola 
desconfia de todos : estropea el ejército, ' desarma la guardia 
nacional y crea el ejército de reserva, los oficiales temptorales 
y el Batallón depósito. — El nuevo ejército fué una simple 
aglomeración de gente armada. — Piérola quiso ser el General 
en Jefe, deseaba una victoria exclusivamente suya. — Espera 
al enemigo á las puertas de Lima. — Fortifica San Cristóbal y 
San Bartolomé. — Contraría el sentimiento público que quería 
nuevas fuerzas navales. — Su plan. — El pueblo peruano estaba 
malcontento : porque toleró á Piérola. — El desembarco de 
Pisco indicaba que se atacaría á Lima por la parte de Lurín. 
— Tablada y valle de Lurín. — Líneas de defensa. — Los re- 
ductos. — Las minas automáticas. — Los clérigos y el Vicario 
Castrense. — Desembarco de Curayaco. — El ejército chileno 
puede ser deshecho en Lurín. — Como dispuso Piérola las 
tropas. — Observaciones y consejos de los Generales, no escu- 
chados. — Los Asilos y la Guardia Urbana. — Disposición del 
ejército chileno y ataque del 13 de Enero de 1881. — Valerosa 
resistencia del ala derecha: Iglesias es hecho prisionero. — La 
reserva: un batallón hecho trizas. — El ala izquierda no tomó 
parte en el combate. — La mala colocación del ejército y la 
incapacidad de Piérola fueron causa de la derrota. — Su desa- 



30 HISTORIA DE LA 



liento durante la batalla. — Los fugitivos peruanos se dirigen 
á Miraflores. — Los chilenos en Chorrillos. — Saqueo, débasta- 
ción é incendio. — Orgía, borrachera y sangre. — Los Jefes 
no pusieron freno alguno á los excesos de los soldados. — La 
destrucción de Chorrillos no es debida solamente al desenfreno 
de la soldadesca: parece premeditada y consentida. — Nota di- 
plomática y su respuesta. — ¿Porqué no ardieron los ranchos 
de los allegados á los chilenos?. — Saqueo é incendios en el 
Barranco. — Ni en Chorrillos ni en el Barranco se respetó á 
los estrangeros neutrales. — Daños sufridos por la colonia ita- 
liana. — Atrocidades chilenas: asesinato de 13 italianos. — ¿Qup 
hizo el Gobierno italiano?. — La escasez de los buques ita- 
lianos fué argumento de escarnio y osadía por parte de los 
chilenos. — La fábula del Batallón italiano. — Pérdidas de 
Chile y del Perú en la batalla do San Juan. — Porque los chi- 
lenos se obstinaron en llamar Batalla de Chorrillos, á un mo- 
desto hecho de armas en la estación del ferrocarril. 



Aún antes de llegar á Tacna y Arica, se encon- 
traba entre los proyectos de Chile el de adelantarse 
diligentemente contra la capital del Perú, A esto 
le impulsaban el antiguo odio, que se había con- 
vertido en signo de patriotismo y artículo de fé 
nacional, y la necesidad de destruir á un enemigo 
que se abrigaba la seguridad de habérselo hecho 
irreconciliable, o por lo menos, de quebrantarlo 
hasta reducirlo por largos años á la más absoluta 
impotencia: y ésto, se comprende muy fácilmente 
con el doble objelo de no tener que temerlo más 
tarde, y de poderle sin contraste dictar su ley, para 
oblignrlo á confirmar con un tratado de paz la 
conquista del desierto de Tarapacá. 

Su escuadra había establecido el bloqueo del 
Callao desde el 8 de Abril de 1880; y comenzando 
desde los primeros días de Junio, emprendió con 
todas sus fuerzas á aumentar su ejército, y á so- 
licitar todos los demás preparativos necesarios. Lo> 
hechos le habían demostrado, que no se había en- 
gañado, cuando, contando sobre la accidental debi* 



GUERRA DE AMERICA 31 

lidad en que se encontraba el Perú el año anterior, 
lo arrastró contra su voluntad, á una guerra en 
la cual el otro ni siquiera pensaba. Los hecho* le 
habían probado también, que por motivo del mal 
estado siempre creciente de las condiciones inte- 
riores de aquél país, su d bilidad primitiva, en 
lugar de disminuir-, había ido siempre aumentando; 
y todo le aconsejaba aprovecharse cuanto pudiese, 
y lo más pronto posible, do tan favorable ocasión, 
antes que un probable cambio de semej-mt.e est»do 
de cosas, lo obligase á quedarse á mit^d de camino, 
y quizás á retroceder hasta su p« ís sin las esperadas 
ganancias. 

Los preliminares de las conferencias para la pnz, 
y las conferencias mismas que, sabía perfectamente, 
no podían satisfacer sus aspiraciones', no habían 
paralizado ni detenidido un solo momento sus pre- 
parativos, ni sus actos de hostilidad contra las in- 
defensas poblaciones enemgas, que oprimía bajo 
el peso de enormos contribuyo íes; y tan luego 
como aquellas se cerraron, romo hemos dicho, sin 
ningún resultado práctico, se dedicó solí itamente 
á operar contra la antigua Reina del Pacífico» 

Efectivamente, una primera división del ejé"'ito 
chileno que debía operar contra Lima desembarcó 
el 19 de Noviembre en la bahía de Paracas, pró- 
xima al pequeño puerto de Pisco, que había sido 
dejado sin guarnición por el enemigo, en unión 
de todo lo restante de su extenso litoral, excepto 
el Callao. A esta primera división de 8,500 hom- 
bres, siguió pocos días después otra de 3,400; y el 
22 del siguiente Diciembre desembarcaban final- 
mente todas las demás, también sin encontrar ni 
la menor resistencia, en la abandonad playa de Cw- 



32 HISTORIA DE LA 



rayaco. Todas estas fuerzas, formaban un total de 
26,500 hombres con 80 cañones y 8 ametralladoras, 
que Chile dirigía contra la capital peruana (1). 

Desde Mayo hasta Diciembre, los blindados chi- 
lenos que bloqueaban el puerto del Callao, inten- 
taron varias veces bombardear la ciudad y el fuerte, 
pero colocándose siempre en la bahía á muchísima 
distancia de éste, sus tentativas resultaron siempre 
infructuosas, sin producir jamás daño alguno al 
enemigo. Por el contrario, la escuadra chilena 
perdía en Setiembre el trasporte armado Loa que 
los peruanos hicierion saltar por medio de un 
torpedo. 

Otro buque chileno, la corbeta Covadonga, que 
bloqueaba el puerto de Chancay, se hizo también 
añicos en el mismo mes de Setiembre, bajo la ac- 
ción de otro torpedo lanzado por los peruanos. 

Finalmente, el 6 de Diciembre tenía lugar en la 
rada del Callao un combate singular entre la barca 
torpedera chilena, Fresia, y otra peruana de igual 
naturaleza. Dicho combate tuvo lugar á igual dis- 
tancia de las fortificaciones del Callao y de la es- 
cuadra chilena, que no tomaron parte alguna, y 
acabó con la pérdida del torpedero chileno, echado 
á pique por el peruano. 

Veamos ahora lo que hiciese en este intervalo 
el Dictador peruano^ y como se preparase á la lucha 
que el enemigo venía á empeñar bajo los muros 
de la Capital. 

De la República aliada, Bolivia, a causa de la cual 



(1) Véase Barros-Arana, Obra cit., parte segunda, pág. 141.— 
Como chileno y como historiador somi-oficial de su pais, B. Arana 
debía conocer exactamente el verdadero contingente de estas fuerzas. 



GUERRA DE AMERICA 33 

por lo menos aparentemente, fué arrastrado el 
Perú á la guerra, no hay que hablar : después de 
la batalla del Alto de la alianza en las cercanías 
de Tacna, en la cual, como sabemos, concurrió 
con un reducidísimo cuerpo de tropas, se retiró 
completamente de la lucha. Se encerró detrás de 
sus inaccesibles montañas, donde seguramente 
nadie la iría á buscar, y olvidó amigos y enemigos, 
y la guerra misma, como si nada la interesara. 

Gomo hemos dicho en otra ocasión, el blanco 
de todas las miras de Pjérola era la idea de im- 
ponerse definitivamente al país, y de asegurar 
quizás para siempre en sus manos las riendas del 
supremo poder del Estado, eñ tal momento, y por 
tan malos medios arrebatados (1). Desconfiando de 
todo y de todos, excepto de la propia ambición y 



(1) Para probar cuan cierta sea esta aserción, concurre también 
el siguiente decreto de 22 do Marzo 1880: 

«Nicolás de Piérola... Considerando 1." Que mientras la República 
se dd las instituciones que definitivamente han de rejirla, y pudiendo 
ocurrir que por diversas causas me halle impedido temporal ó 
absolutamente para atender á la administración del gobierno del 
Estado, es indispensable proveer á tal situación; 2. a .... Decreto: 
Art. 1. Si a causa de las exigencias d3 la guerra actual, ó por 
cualquier otro motivo, me hallase temporalmente impedido, se en- 
cargará del Poder Ejecutivo nacional, y con esta denominación, el 
ciudadano que yo designare...» 

Se note que el Perú tenia ya desde más de 60 años atrás sus 
instituciones republicanas, suspendidas transitoriamente por el Dicta- 
dor; y que no era el caso de deberse dar las instituciones defini- 
tivas de que habla Piérnla, puesto que ya existían. De consiguiente 
era él, quien pensaba modificar tales instituciones, que so habrian 
hecho incompatibles con su dictadura, en el sólo caso en que ésta 
debiese ser no ya transitoria, como era, sino estable y duradera. 
Y se note también que este decreto, dado no para un caso del mo- 
mento, sino en previsión del porvenir, y para los casos que posi- 
blemente pudieran sobrevenir, era en otros términos una especie 
de ley general con la cual, confirmando para siempre su dictadura, 
se daba la facultad de nombrar el sucesor. Por lo menos así fué 
interpretado en el Perú. 



34 HISTORIA DE LA 



de la propia incapacidad, comenzó desde el primer 
momento á alejar de la dirección de los asuntos 
públicos y de todas las administraciones del Es- 
tado, que en su mayor parte deshizo y rehizo á 
su manera, á todos aquellos que no eran, o que 
suponía no fuesen partidarios suyos. Quiso tener 
un partido poliiíco todo suyo de su creación y con 
sus ideas; y ya sabemos de dónde y cómo lo to- 
mara, y con cuáles medios procuró grangearse su 
afecto. 

Deseó, como hemos visto, é indirectamente con- 
tribuyó á la derrota de Tacna, únicamente porque 
temía encontrar en el Contra-Almirante Montero y 
en el ejército que éste mandaba, fuerzas morales 
y materiales que más tarde pudiesen obrar contra 
é). Derrotado Montero, y reducidos sus glorioros 
restos de su ejército á disperarse, ó incorporarse 
por fracciones al de Arequipa, que permaneció 
inútil lejos del teatro de la guerra, Piérola se sintió 
más libre. Pero quedaba toda vi i, de la vida ante- 
rior de la República, el ejército que había en Lima 
y en el CalUo cuando él inició la revuelta que lo 
llevó á la dictadura; quedaba igualmente la nume- 
rosa oficialidad peruana, casi toda llamada al ser- 
vicio a-.tivo; y toio esto era todavía para el Dic- 
tador, molesto y enojoso. 

Sin embargo, una fracción de este ejército, la más 
pequeña, es cierto, había sido precisamente la que 
pronunciándose en su favor, fué el primer instru- 
mento de la revuelta; y la otra, si bien no por 
afecto á él, sino por la grave situación en que se 
hallaha el país, no solamente se había abstenido 
de combatirlo, sino que lo había además aceptado 
de buena fé, como Jefe del Estado, declarándose 



GUERRA DE AMERICA 35 

con la mayor buena fé dispuesta a combatir a sus 
ordenes contra el enemigo extrangero. Por consi- 
guiente este ejército, lo mismo que sus oficiales, 
no podían ni debían inspirarle desconfianza al 
Dictador. 

Después de las desastrosas consecuencias de los 
hechos de San Francisco, y más todavía después 
de la batalla de Tacna, los numerosos oficiales 
peruanos, en activo servicio ó no (cuyos vicios re- 
volucionarios y partidarios, causas de todos los 
demás, hemos con alguna extensión discutido y 
puesto en evidencia anteriormente), cambiando com- 
pletamente de idea, no se hallaban animados desde 
el primero al último, más que de un sólo y sincero 
sentimiento: el de batirse contra los chilenos, y 
dar al pfús espléndidos y provechosos días de glo- 
ria. Llenos de tan nobles y generosos sentimien- 
tos, habían depuesto todos sus antiguos odios y 
rencores, toda rencilla política y toda aspiración de 
ambición personal. Ellos no aspiraban más que a 
triunfo del Perú en la terrible lucha contra Chile 
estaban sinceramente resueltos á batirse, á sacri 
ficarse por la patria en peligro, bajo cualquier ban 
dera estuviesen llamados á hacerlo, como lo pro- 
baron plenamente con muchos y repetidos hechos 
y eran, de consiguiente, una fuerza de la cual era 
preciso y necesario aprovecharse. 

Pero á despecho de todo esto, el inquieto ánimo 
del Dictador desconfiaba siempre, y nada era sufi- 
ciente para tranquilizarlo. Desconfiaba de todo lo 
que tenía raíces en la anterior vida política de la 
República; desconfiaba de todos aquellos en los 
cuales, con razón ó sin ella, creía ver un futuro 
candidato á la primera Magistratura del Estado, 



36 HISTORIA DE LA 



desconfiaba de cualquiera no fuese exclusivamente 
suyo y hechura suya. Y nada más que para obe- 
decer á sus tímidas sospechas, privó al país, y por 
consiguiente a si mismo, de casi todos sus mejores 
elementos de fuerza. 

Disolvió la mayor parte de los cuerpos ó bata- 
llones de Lima y del Callao, para depurarlos á su 
manera y mezclarlos entre ellos mismos ó con nueva 
gente no sospechosa. Disolvió la antigua guardia 
nacional, compuesta de voluntarios ya ejercitados 
en el manejo de las armas, en unión á sus oficia- 
les á los cuales estaban acostumbrados ya á obe- 
decer, para crear en su lugar un ejército de reserva 
en el cual se hallaban obligados á incorporarse 
todos los ciudadanos capaces de llevar las armas, 
y que sin embargo llegó escasamente á 6000 hom- 
bres. Disolvió y abolió la vieja escuela militar para 
la formación de cabos y sargentos, que tan buenos 
resultados había dado siempre. Y promulgando una 
nueva ley, con la cual se daba la facultad de nom- 
brar á su capricho, desde Subteniente á Coronel, 
oficiales así llamados temporales y provisorios, 
fueran ó no militares, tomó y creó del seno de 
todas las clases sociales, principalmente de las más 
ínfimas, una larga fila de oficiales de ocasión y del 
momento, que todo conocían menos la milicia, y 
los colocó al mando del ejército activo y del de 
reserva. 

En cambio los antiguos oficiales del ejército y 
de la guardia nacional, salvo raras excepciones, 
parte fueron mandadas á sus casas, y parte reu- 
nidos, para tenerlos siempre inactivos bajo su vi- 
gilancia, en un monstruoso batallón de oficiales, 
llamado Batallón Depósito, cuya principal misión 



GUERRA DE AMERICA 37 

era la de estar encerrados en el cuartel; de modo 
que para poder prestar sus servicios al país, la 
mayor parte de ellos se vieron obligados á aceptar 
puestos y oficios inferiores á su grado, ó á batirse 
como sinples soldados. Gomo ejemplo, baste decir, 
que el Contra-Almirante Montero y el General 
Buendía, pudieron á duras penas obtener el puesto 
de ayudantes del Dictador en las terribles jornadas 
de San Juan y Mira flores, mientras otro General 
se batía con el fusil á la mano como el más obscuro 
soldado. 

Por consiguiente el Dictador, en vez de recoger 
y utilizar todas las fuerzas del país, sólo se dedicó 
á dispersarlas y á dejarlas forzadamente ociosas á 
un lado, para sustituirlas con un gran aparato de 
fuerzas efímeras, buenas únicamente para engañar 
á sí mismo y á la ciega credulidad del vulgo igno- 
rante. 

A pesar de los numerosos contingentes de tropas, 
que con grande y rumoroso aparato se habían 
hecho venir de los más remotos puntos de la Re- 
pública, para dar prueba de energía y actividad, el 
ejército activo de Lima y del Callao contaba en 
Diciembre de 1880, solamente algunos miles de 
hombres más que en Diciembre de 1879, ó sea de 
19000 hombres poco más ó menos; sin contar que, 
en vez de ejército, se podía llamársele apenas simple 
aglomeración de gente armada. Las pretendidas 
reformas del Dictador, que en los primeros meses 
de gobierno lo redujeron de más de una tercera 
parte, desecharon casi todos los antiguos soldados 
y las así llamadas clases, es decir cabos y sargentos 
que, como todos sabeo, son la base principal de 
un buen ejército ; y la gente nueva con la cual 



38 HISTORIA DE LA 



llenaba estos huecos, no era nada adaptada á las 
urgentes necesidades del momento. Indíginas, es 
decir indios recogidos en las más míseras y remotas 
poblaciones agrícolas del país, los últimamente lle- 
gados no hablaban y no comprendían más que el 
dialecto nativo, ó sea la quechua, y de consiguiente, 
antes de aprender el manejo de las armas y todo 
lo que constituye la escuela militar del soldado, 
era necesario qae aprendiesen á comprender y á 
hablar el idioma nacional (1): y tratándose de gente 
por si misma muy ignorante, de la cual se pre- 
tendía que aprendiese semejantes cosas por la sola 
práctica, sin someterla á ninguna anseñanza es- 
pecial, eran necesarios para esto solamente muchos 
y muchos meses. 

La mitad; ó poco menos, del ejército de Pierola 
en Diciembre de 1880, era de consiguiente com- 
puesta de gente que no había todavía aprendido á 
comprender, ó por lo menos muy difícilmente, el 
idioma nacional; y que por esto mismo, poco ó 
nada podía conocer del manejo de las armas, y de 
todas las demás cosas necesarias á un soldado, aún 
de los más mediocres. Y si á tudo esto se añade 
que, excepto pocos oficiales buenos y expertos de 
los ya existentes, los demás eran todos oficiales de 
creación reciente, que poco ó nada conocían del 
arte militar, se comprenderá fácilmente con cuánta 
razón decíamos antes, que el ejército levantado y 
dispuesto por Piérola, más bien que tal, podía ape- 



1 El quechua, que era el idioma del antiguo imperio peruano 
de los Incas, cuando tuvo lugar la conquista espa'iola, es todavía 
la única lengua de los indiginas quo habitan las regiones más in- 
teriores de la Eopública. 



GUERRA DE AMERICA 39 

ñas llamarse una simple aglomeración de gente 
armada. 

Sin embargo, aún así como era, los hechos pro- 
baron más tarde que este ejército hubiera sido más 
que capaz, en unión al de reserva, de rechazar al 
enemigo, si nuevos errores del Dictador, provenientes 
siempre de las mismas causas, no hubiesen venido 
antes y durante la acción, á condenarlo estúpida- 
mente á la derrota. 

Entre las muchas necedades que la ambición y 
la vanidad dictaban á Piérola, se encontraba la de 
no permitir que otro, fuera de él, obtuviese una 
victoria sobre los chilenos. Decir que no trabajase 
á so manera para obtenerla, no sería exacto. Esta 
victoria la deseaba y la quería con todas sus fuerzas: 
pero con la condición de que fuese toda ella obra 
suya y mérito suyo, para levantarse gigante sobre 
todos sus conciudadanos, e imponerse irremovible- 
mente al país con la aureola que debía necesaria- 
mente rodearle como su único salvador. Confiando 
excesivamente en sus propios talentos militares y 
de todo género, como es natural a la ignorancia 
ambiciosas, él se creía de buena fé capaz de arran- 
car la victoria al enemigo: estaba plenamente se- 
guro de vencer, y de hacer todo bien, y mejor que 
cualquier otro. Era un alucinado; y nació de todo 
esto en él, la firme resolución de querer ser él 
mismo— que nunca fué militar — el supremo y úaico 
director de la guerra, y el General en Jefe de sus 
ejércitos. 

Contra semejante resolución surgía sin embargo 
una gran dificultad: para ponerse á la cabeza del 
ejército y mandar personalmente las batallas contra 
los chilenos, era necesario abandonar la Capital, y 



40 HISTORIA DE LA 



con ésta, aquella suprema y despótica dirección de 
los asuntos públicos, á la cual sacrificaba todas sus 
demás ideas, y que lo tenía tan altanero y lleno 
de sí mismo. Pero esto no entraba en modo alguno 
en sus planes: dejar, aunque fuese por un sólo 
instante de mandar en todo y á todos, permitir que 
otros dividiesen con él la esperada y segura corona 
del triunfo, eran cosas que no podían ni siquiera 
pasarle por la imaginación. 

Estaba seguro de la victoria, y no quería que 
una parte del mérito de ella, por pequeña que fuese 
recayera en otro que no fuera él mismo. Tenía 
sed de mando, y sed quizás aún mayor de hacer 
pompa y alarde de sí mismo y de su poder, en 
aquella Capital donde se encontraban todos sus 
verdaderos ó supuestos enemigos, trotando y galo- 
pando por las calles de la ciudad con sus enormes 
botas de montar y su casco prusiano, á la cabeza 
de una brillante y numerosa escolta de ayudantes 
y guardias: y á ninguna de estas cosas quería 
renunciar. 

Para conciliar todas estas exigencias de su am- 
bición y de su vanidad, no se ofrecía más que un 
solo medio: el de esperar al enemigo á las puertas 
mismas de la Capital, para poderse encontrar con- 
temporáneamente tanto á la cabeza del ejército, 
como en el Palacio de Gobierno; y fué esto preci- 
samente lo que decidió hacer. Como primera me- 
dida, en vista de esto, malgastó inútilmente tiempo, 
dinero y cañones en las fortificaciones de los ce: 
rros de San Cristóbal y de San Bartolomé, que 
situados, principalmente el primero, en puntos por 
los cuales no. era en modo alguno posible esperar 
que se aventurase el enemigo, á poco ó nada po- 
dían ser útiles. 



GUERRA DE AMERICA 41 



Esta manía de Piérola, de querer reservar para 
sí toda la gloria de derrotar á los chilenos, no fué 
en modo alguno nueva, ó de los últimos momentos. 
La tenía desde el primer día en que asumió la 
Dictadura, y dio de ella la prueba más evidente, 
cuando, contrariando la universal expectativa, ma- 
nifestó que no veía la necesidad de comprar buques 
blindados, y que habría vencido y derrotado al 
enemigo sin recurrir á nuevos combates sobre 
el mar. 

Frescos todavía los recuerdos de las gloriosas 
proezas del Huáscar, convencido todos de que el 
Perú huhiera encontrado .^u salvación en dos ó tres 
buques blindados, no se vivía, de un extremo á 
otro de la República, más que con la esperanza de 
su próxima adquisición. Preparadas ya las sumas 
necesarias, numerosos emisarios recorrían Europa 
y los Estados Unidos, en busca de buques que 
poder comprar ó hacer construir: el mismo ex- 
Presidente Prado había salido de Lima con este 
objeto, como escribió desde Guayaquil; y creemos 
no equivocarnos en los más mínimo, asegurando 
que una de las principales razones por las cuales 
el público de Lima y del Callao se decidió a aceptar 
la dictadura de Piérola, fué precisamente la espe- 
ranza de que valiéndose éste del concurso de la 
importante casa comercial, á él sumamente afecta, 
con la cual negoció el guano quando fué Ministro 
le hubiera sido más fácil efectuar dicha adqui- 
sición. 

La universal axpectativa de los peruanos era, 
pues, la de ver llegar de un momento á otro los 
blindados en cuestión ; y figúrense los lectores cuál 
sería el general estupor, ó por mejor decir, la 

' 4* 



42 HISTORIA DE LA 



amargura con la cuál se vino á saber que el Dic- 
tador renunciaba á la adquisición de dichos buques, 
y que estaba decidido á continuar la guerra sin 
ellos. Muchos le rodearon entonces exorthando 
para que cambiase de idea: pero él, entreabiendo 
sus labios con una ligera y desdeñosa sonrisa, res- 
pondía enigmáticamente: tengo mi plan. 

Posteriormente, por las publicaciones hechos por 
los chilenos de una gran parte de la correpon- 
dencia de Piérola, se ha conocido que le hubiera 
sudo muy fácil adquirir uno ó dos buenos buques 
blindados, si hubiese querido : es más, si es verdad 
cuanto se dice, rehusó varias veces las ofertas que 
le fueron hechas en propósito, disponiendo para 
otros usos de los fondos que se encontraban en 
Europa con este objeto (1). Y hoy todos saben 
ya que el famoso plan de Piérola no consistía más 
que en su idea fija de no permitir que otros fuera 
de él obtuviesen ventaja alguna sobre los chilenos, 
y adquiriesen de este modo algún derecho al apre- 
cio y á la consideraciones de sus conciudadanos. 

Si Piérola hubiese podido mandar personalmente 
un buque de guerra— no decimos si hubiese sabido 
porque él reconocía capacidad para todo— y con- 
servar al mismo tiempo el supremo poder del Es- 
tado, haciendo de su buque la capital de la Repú- 
blica, es fuera de duda que hubiese trabajado con 
todas sus fuerzas para adquirir uno ó más acora- 



(1) Del Manifiesto ú la Naavn del ex-Miuistro de Hacienda, (¿«im- 
par, se deduce que cuaudo Piérola asumía la Diotadura, 6e encon- 
traban depositadas en diferentes casas de comercio en Europa, con 
el objeto de comprar dichos buques y los demás obietos de guerra 
necesarios, 312,900 libras esterlinas; y á la par se deduce, que dicha 
suma fué gastada por Piérola de otro modo, con poco ó ninyrm 
provecho del país. 



GUERRA DE AMERICA 43 

zados. Pero esto era imposible; y él antes de ex- 
ponerse á deber asistir . un día á los triunfos de 
otro, se privó de los buques, y condenó al país á 
la inacción, dejando que sus indefensas costas 
fuesen incontrastable presa de la audaz y siempre 
creciente invasión enemiga. 

Todo debía ceder ante las absurdes exigencias 
de la ambición y de la vanidad del Dictador; y 
fueron éstos los principales fautores de las fáciles 
victorias de Chile, desde Tarapacá en adelante; 
como otras causas no muy diferentes, provenientes 
siempre de hechos estraños á Chile, habían sido 
las que únicamente le favorecieron hasta entonces. 

Excepto el vulgo, fácil siempre á dejarse engañar 
por las aparencias, y más que todo iluso por las 
resmas de papel moneda que abundantemente re- 
partía el Dictador, el público sensato de Lima y 
del Callao veía con bastante claridad dibujarse en 
el horizonte, desde los primeros meses de la dic- 
tadura, el profundo abismo en el cual los errores 
de Piérola iban precipitando poco á poco el país. 
Pero ¿qué hacer? Para impedir que aquel com- 
pletara su necia obra de ruina y desolación, no 
había más que un solo medio: el de arrojarlo del 
solio dictatorial con una revolución; y sin embargo 
la misma gravedad de la situación aconsejaba im- 
periosamente huir de ella. 

La consiguiente guerra civil no hubiera dado 
más resultados, que los de abrir aún más solíci- 
tamente al enemigo las puertas de la capital. Más 
valía pues tener la suerte bajo la bandera del Dic- 
tador, prestándole con completa abnegación todo 
su apoyo, y buscando de este modo reparar, si era 
posible, todos sus repetidos y graves errores, 



44 HISTORIA DE LA 



El rencoroso Dictador únicamente permitía á sus 
supuestos rivales y enemigos, á la flor y nata de 
la población de la Capital y del resto de la Repú- 
blica, que lucharan contro los chilenos con el fusil 
en la mano. Y todos ellos — magistrador, generales, 
marinos, abogados, estudientes, ricos proprietarios, 
grandes comerciantes, etc. etc. — se resignaron pa- 
trióticamente á exponer su pechos á las balas 
enemigas, como simples y obscuros soldados del 
ejército de reserva. 

Era casi más seguro, por la especial posición 
topográfica de Lima, que el ejército chileno 
intentaría acercarse á ella y embestirla por la 
parte de Lurín; y si alguna duda podía abri- 
garse sobre este particular, desapareció comple- 
tamente el 19 de Noviembre con el desembarco 
en Pisco de la primera división del ejército in- 
vasor. Esta primera división de 8.500 hombres y 
la segunda de 3,400 que la siguió pocos días des- 
pués, no se hubiesen procurado ciertamente la 
molestia de desembarcar en Pisco con todo su 
enorme material de guerra, para luego reembar- 
carse, é ir sucesivamente á desembarcar en otra 
parte. Si habían desembarcado allí y no en otra 
parte, era porque pensaban adelantarse por aquella 
parte contra la Capital peruana ; á lo que es ne- 
cesario añadir, que era éste precisamente el lado 
más favorable, por no decir único, para operar 
contra aquella. 

De consiguiente, á partir desde fines de Noviem- 
bre por lo menos, era ya seguro que el enemigo 
se adelanteria por la parte de Lurín, vasta ex- 
tensión de terreno árido y arenoso, especie de de- 
sierto que comenzando á breve distancia de la ca- 



GUERRA DE AMERICA 45 

pita), en las corcanías de Chorrillos, se extiende 
varias leguas al Sur, y que está dividido en dos 
partes desiguales por un riachiuelo, que bajando 
de los Andes se desagua en el Océano, dando vida 
en su curso á una estrecha faja de tierra llamada 
valle de Lurín. — Esta es la única corriente de 
agua que existe en toda aquella grande zona 
arenosa, la cual, como hemos dicho, se halla di- 
vidida en dos partes; una de escaso número de 
millas en dirección á Lima, y que toma el nombre 
especial de tablada de Lürín, y la otra mucho más 
grande al Sur, hacía Cañete y Pisco, por donde 
habría debido y amenazaba adelantarse el ejército 
chileno. 

Todo pues aconsejaba, que el ejército peruano 
hubiese establecido su primera línea de defensa, 
sobre el borde mismo de la tablada que domina 
el valle y río de Lurín; posición bastante fuerte 
por sí misma, casi inexpugnabile, y que además 
domina el solo curso de agua de aquella región ; 
de manera que parece colocada allí casi exprofeso 
para cortar el camino á un ejército invasor. Esto 
se hallaba en la conciencia de todo peruano, y no 
podía no hallarse también en la del Dictador (1) ; 
sin embargo éste, abandonando completamente a- 
quellas fuertes y estratégicas posiciones, donde 
todas las ventajas hubieron sido para su ejercito, 
empleó toda su aparente actividad en disponer y 
fortificar dos lineas de defensa, una á menos do 
tres leguas de la Capital, entre Villa y Monterrico 



(1) Desde Diciembre de 1879 la prensa de Lima solicitaba de todo s 
modos al Gobierno, a fin de que establecierse en Lurín una línea 
de defensa.— Véase: el periódico El Comercio de Lima, del 12 do 
Diciembre de 187'J. 



46 HISTORIA DE LA 



Chico, en una extensión de más de doce kilóme- 
tros, y la otra entre Mira/lores y Vasquez en el 
de Ate, casi á las mismas puertuas de Lima. 

Pero ignorante de las cosas militares, y sordo 
siempre á los consejos de los que la conocían, no 
hizo, aún en ésto, más que acumular errores sobre 
errores. Además de la enorme extensión de sus 
líneas de defensa, relativamente al escaso número 
de fuerzas que debían sostenerlas, las fortificaciones 
mismas ideadas por él, y ejecutadas solamente á 
medias, eran el mayor absurdo que se puede ima- 
ginar. Estas famosas fortificaciones, tan rumoro- 
samente decantadas por él y por sus partidarios, 
como más tarde las decantaron tambiéa á su vez 
los chilenos, para ensalzar estrepitosamente su 
victoria, debían consistir en anchas zanjas pompo- 
samente llamadas reductos, protegidas por barri- 
cadas de piedra y murallas de sacos llenos de 
tierra. Pero ni siquiera esto, se supo llevar a cabo ; 
y en los días de la batalla únicamente había unos 
cuantos anchos canales aislados, con algunos mi- 
serables terraplenes, que no seguían sistema al- 
guno de unión entre ellos. Nosotros que lo vimos 
algunos meses después, comprendimos difícilmente 
como pudiese ocurrir á humana mente dar el 
nombre de fortificaciones á semejantes miserias: 
y cuando más tarde leímos en los periódicos chi- 
lenos y en la Historia de la Guerra del Pacifico 
del chilenos Barros-Arana, las pomposas descrip- 
ciones que, para ensalzar la acción de sus vence- 
dores ejércitos, hicieron de aquellas supuestas for- 
tificaciones, nuestra admiración por la poderosa 
fuerza inventiva de los escritores chilenos fué ver- 



GUERRA DE AMERICA 47 

(laderamente colosal. Al escuchar Barros- Arana (1), 
nuestras fortificaciones del Cuadrilátero serí n 
simples juguetes en comparación á las que el Dic- 
tador peruano preparó en San Juan y Mi rallaros, 
y que en el espacio de un relámpago los he> ó ¡eos 
soldados chilenos vencieron y conquistaran. ¡Afor- 
tunadamente estáa muy lejos de nuestra vieja 
Europa ! 

Otro sistema de fortificaciones, sobre el cual 
contaba grandemente Piéroia, y por el cual quizás 
se prometía principalmente la victoria, consistía 
en una especie de sembrado de las así llamadas 
minas automáticas ; es decir de bombas explosivas 
enterradas en los sitios por los cuales se creía que 
debiese pasar el ejército enemigo, y que debían es- 
tallar al simple choque con el pié de un soldado. 

Con esto, Piéroia se hallaba seguro de la vic- 
toria: y esperaba sereno y tranquilo el día de la 
batalla, el cual, como era natural, vino a probarte 
lo errado de todos sus cálcutos. Mientras no hi- 
cieron algún daño, ó apenas insignificante, á los 
chilenos, las famosas minas automáticas sirvieron 
únicamente á asustar al ejercito peruano, que, in- 
formado de su existencia, no sabía sin embargo 
con segundad donde se encontrasen. 

Otra de las medidas del Dictador para asegu- 
rarse la victoria, fué la de infectar el ejército con 
una falange de trailes y clérigos, que bajo 105 or- 
denes de ua Vicario Castrense ó Capellán mayor, 
que llevaba ufano el distintivo de los generales (2), 



(í) Véase: Obra cil., segunda parte, pag. 162 y siguientes. 

(2) «Lima, Agosto 21 de 1880.— Siendo conveniente que ei Vicario 
General de los ejércitos de la Kepública se distinga, por su vestuario, 
de los simples capellanes, y sea reconocido á prima vista 



48 HISTORIA DE LA 



andaban predicando los soldados que para ganarse 
el cielo había que creer en Dio y en Pierola, y 
que pleando valerosamente contra los chilenos ob- 
tendría como premio el de morir sobre el campo 
de batallas, á fuer de buenos y fíelos cristianos, 
Estos desaforados, pues este es el nombre que les 
conviene, llegaron á confesar y absolver á los sol- 
dados por compañías y batallones, en el momento 
de la batalla, en voz alta y chillona, para que la 
muerte no les surprendiese en pecado. Gomo era 
natural, esto no podía menos que enervar y aco- 
bardar á los soldados, especialmente los reclutas, 
en un momento en que, por el contrario, necesi- 
taban pelar á todo su valor, y á toda la energía 
de que eran capaces. 

Los antes citados planes estratégicos del Dic- 
tador, no podían dejar de encontrar una desapro- 
bación general, y varias voces se alzaron unáni- 
memente para indicar que la primera linea de de- 
fensa, llamada de San Juan, fuese trasportada á 
las fuertes posiciones de Lurin. Ma él, que por 
las razones arriba expuestas, no quería alejar de 
la Capital el teatro de la guerra permaneció firme 
en su propósito; asi como también persistió en 
sus ideas, cuando se supo que el grueso del éjer- 



quiera que se presente, pai-a que no halle dificultad en el ejercicio 
de sus funciones.... so dispone que el oxpresado Vicario uso el si- 
guiente uniforme: Sombrero redondo, según modelo, con borlas 
azules celestes; sotana negra corrada con ojales y botonadura del 
mismo color que las borlas del sombrero; cuello y bocamanga del 
General de Brigada; una cruz do plata a manera do pectoral, pen- 
diente de un cordón de seda dol mencionado color azul ; esclavina 
negra con botonadura y ojales azules, etc., etc.... (Siguen la rúbrica 
del Dictador y la firma del Ministro). 

I [é aquí una prueba de la seriedad dol Dictador Piérola, y do la 
miserable manera en la cual malgastaba su tiempo, cuando tenia 
tanto qne hacer para sacar al país de su tristísima situación. 



GUERRA DE AMERICA 49 

cito chileno desembarcada difícilmente en el casi 
impracticable seno de Curayaco, y que varios de 
los más expertos Generales y Coroneles peruanos 
le aconsejaban, que tomara la ofensiva y ataque 
resueltamente al enemigo. Encontrándose éste á 
pocas millas de San Juan, luchando seriamente 
con las penosas operaciones del desembarco que 
duró varios días consecutivos (1), el ejército pe- 
ruano, el cual hubiera podido echársele encima en 
pocas horas, con una celeridad que no hubiera dado 
tiempo á tomar ninguna medida, lo habría segura- 
mente destrozado. Esto hubiese sido, sin duda al- 
guna, de gran importancia en los destinos futuros 
de la guerra. 

Gracias, pues, á la impericia y obstinación del 
Dictador peruano, el grueso ejército chileno des- 
embarcó tranquilamente en Curayaco, en la playa 
de Lurin, como en su casa, sin encontrar ni si- 
quiera la más levo resistencia, mientras que, to- 
mando en consideración las muchas é imponentes 
dificultades topográficas dei sitio, habrían bastado 
algunas compañías de soldados para rechazarlo. 
Y debido siempre á las mismas causas, encontró 
silenciosas y desiertas aquellas posiciones de Lurin 
con su agua, que hubiera debido conquistar á costa 



(1) x< Corno se efectuó el desembarque (á Curayaco) no puedo de- 
cirlo á U. porque no lo presencié ; pero los datos que he recogido 
de muchas personas, manifiestan claramente que el desorden fué 
completo.... Yo llegué á Curayaco el 28 en la tarde, y aún queda- 
ban tropas á bordo. » (Como se sabe el desembarco comenzó el 22). 

Carta Política de Manuel José Vicuña, á don Adolfo lbañez, 
pag. 87—30 Abril de 1881. 

Vicuña era agregado al Estado Mayor chileno, y dirigía la pro- 
visión de pan para el ejército. Por consiguiente podía y debía estar 
bien informado de las cosas del ejército chileno ; y como fuente 
no sospechosa para este último, recurriremos con frecoencia, para 
algunos datos fehacientes á su importatísima Carta potítica. 



50 HISTORIA DE LA 



de mucha sangre, si quería pasar adelante, y que 
talvez le hubiera impedido para siempre el paso á 
la Capital del Pacífico (1). 

No obstaute, aún entonces el Dictador peruano 
hubiese tenido tiempo para remediar, al menos en 
parte, sus costantes errores. El ejército chileno, el 
cual, antes de dirigirse contra al enemigo, sentía 
la necesidad de reorganizarse, para prepararse á 
la lucíia, acudió directamente al valle de Lurm y 
se acampó, sin discernimiento alguno, sobre las 
angostas orillas del arroyo, o sea sin ocupar y de- 
fender convenientemente Ja cresta de la tablada 
que dominaba su campamento, de mauera que ha- 
bría bastado que ei ejército peruano, ei cual se 
encontraba apenas á siete millas de distancia, lo 
hubiese sorprendido allí, en el curso de una nocne 
oscura, ó bien protegido por la constante niebla 
matutina que es compañera asidua de aquellos 
lugares, para desbaratarlo y talvez destruirlo com- 
pletamente (2). 



(1) Lo que más temían los chilenos, era precisamente que el ejér- 
cito peruauo procurase defender y privarlos de ia única corriente 
do aguas de Lurin. 

< Indecibles son las agitaciones y zozobras que experimentamos 
lodos los que nos quedamos en Pisco, osporaudo de momento á 
momento ia nouoia del desembarque, con sus combates, dincultades 
ó facilidades, y las posiciones que ocuparon nuestras tropas, al 
frente quizas do numeroso enemigo que defendiera el agua en 
Luiin, Matando de cortarnos todo z - ecurso. »— (Jauta .Política, etc., 
uag. b'¿. 

(2) « Por el norte, el río (de Lurin) forma una gran barranca, en 
cuya cima empiesa la pampa ó tablada de Lurin. .La barranca está 
cortada á pique solo en algunos puntos, siendo uno de ellos el 
lugar por donde cruza el puente, que naco en la ribera sur del río, 
y subiendo como un plano inclinado vá á descansar sobre la pampa 
misma. Al esto del puente hay varios sitios por donde descender 
de la pampa al rio, con gran facilidad, siu poder hacer lo mismo 
del río á la pampa. La cosa consiste simplemente en algunos morros 
de arena que Be levantan de la pampa á orillas de la barranca, 



GUERRA DE AMERICA 51 

Pero no, el capricho del Dictador, el cual no 
faltó quien le aconsejara lo que debía nacer, debía 
favorecer hasta los errores estratégicos del ene- 
migo; el cual pudo así permanecer tranquilo hasta 
la nuche del 12 de Enero, en los bordes mismos 
de aquel abismo donde su propia impericia lo nabía 
conducido. 

Todo debía favorecer, y favoreció de hecho á 
Chile, en esta larga y desastrosa guerra. 

Onrando siempre üe rnoiu propio, el Dictador se 
limitó á precipitar los trabajos de las fortiücaciones 
que, como hemos dicho, quedaron incompletos, de 
las dos líueas de defensa escogidas por él; y pos- 
teriormente, á arrojar sobre éátas sus ejércitos, de 
la manera que á él pareció más convenidme para 
esperar y rechazar al enemigo: antes sin embargo 
y con la mayor solemnidad, hizo bandeen* por el 
Vicario castrense, á la par que el inútil fuerte de 
San Cristóbal, la aún más inútil espada que él 
mismo debía usar en las próximas batallas (1). 

Dejando todo el ejército de reserva — 6000 hom- 



dejando caer en el pedregal del río sus faldas de arena que per- 
miten rodar fácilmente, y no ascender del mismo modo.... Si seles 
hubiera ocurrido una noclw cualquiera á los peruanos ir por la 
pampa, y amanecer con su línea formada en toda la ceja de la ba- 
rranca, habríamos tenido laberinto y medio, siendo fucilados á man- 
salva. Desde la ceja estaban dominados todos los campamentos, re- 
partidos en pequemos potreros y sin fácil salida en un momento 
dado, taute para formar línea de defensa como de ataque, siendo 
ésta casi imposible.... (Jomo única precaución para ponerse á cu- 
bierto de sorpresas, so habían avanzado dos brigadas al otro lado 
del puente; pero tan distantes una de otra, que por el centro, bien 
habría podido pasar el ejército de Jerjes, sin ser visto ni sentido 
por ninguna de las dos. » 

Carta Política de Manuel J. Vicuña, pag. 100. 

(1) Esta ceremonia de la bendición de la espada de Piérola y del 
fuerte, que fué bautizado con el nombre de fortaleza Piérola, tuvo 
Lugar con la más solemne pompa el 9 de Diciembre. 



52 HISTORIA DE LA 



bres— en defensa de la segunda línea de Mirarlo- 
res, y 3,000 hombres del ejército activo en el fuerte 
del Callao, distribuyó todo el resto de éste, ó sea 
16,000 hombres en todo, sobre la primera línea de 
San Juan, del modo siguiente, un cuerpo de 4000 
hombres formaba el ala izquierda en Monterrico- 
Chico; un segundo de 4,500 ocupaba el centro en 
las pequeñas colinas San Juan; otro aún de 4,500 
sostenía el ola derecha en Villa y en las faldas 
de los cerros que hacen de estribo al Morro So- 
lar; y finalmente, un último cuerpo de 3,000 in- 
fantes, destinado á formar la reserva, fué colocado 
en el cuartel y alrededores de Chorrillos, á reta- 
guardia del ala derecha. 

El Perú, país lleno de recursos, podía y quería 
prepararse mucho mejor; y ciertamente, si se hu- 
biese encontrado á la cabeza de su gobierno un 
hombre, siquiera medianamente dotado de buen 
sentido, si sus destinos no hubiesen fatalmente 
caído en manos de un alucinado, hubiera opuesto 
un dique más que insuperable á la audaz invasión 
de un enemigo bajo todos conceptos inferior, quim 
se aprovechaba de sus desgracias para irlo a de- 
safiar y vencer bajo los muros mismos de su Ca- 
pital. 

Bien quel Dictador no los cschuchase jamás, y 
que lo tuviese siempre alejados, ó relegados en el 
secundario é inútil puesto de ayudantes, no pocos 
de los Generales y Coroneles de nota se presen- 
taron, esta vez más, ante él, para hacerle com- 
prender los graves e sustanciales errores de su 
plan de defensa. 

Junto con otras muchas cosas, le hacían notar 
principalmente la longitud desproporcionada de la 



GUERRA DE AMERICA o3 

línea de defensa, de más de doce kilómetros ; y de 
aquí, la suma inconveniencia de tener tan disemi- 
nados los cuatro pequeños cuerpos del ejército, y 
á tal distancia el uno del otro, que le sería impo- 
sible ajudarse eficazmente en caso de necesidad; 
caso tanto más grave y probable, cuanto que se 
sabía que el enemigo disponía de fuerzas muy su- 
periores, y que podía fácilmente dirigirse en gran 
número sobre uno ó dos de ellos, y destrozarlos 
necesaria y fácilmente antes de que pudiese recibir 
socorro alguno. Le hacían observar a la vez, que 
acantonado como se hallaba en el cuartel de Cho- 
rrillos, en la extremidad de la larga línea de de- 
fensa, el pequeño cuerpo de reserva se vería ne- 
cesariamente condenado á convertirse en simple 
expectador de la lucha : esto es, en la imposibildad 
de dirigirse en el momento oportuno hacía aquel 
punto de la línea donde más fuese necesario, á 
causa de la gran distancia que lo separaba de ella, 
y por consiguiente al dejarlo en tal posición, se 
disminuían sin ningún provecho las ya escasas 
fuerzas de que se podia disponer; y así tantas y 
tantas otras cosas no menos graves é importantes. 

Pero todo era inútil. El Dictador no escuchaba 
consejos, creía saber más que todos los demás 
juntos, y se limitaba á contestar á todos con su 
cesáreo dicho : yo tengo mi plan ; dicho con el cual 
quería aludir á su gran pericia militar y á sus 
famosos sistemas de fortificaciones, el de las minas 
automáticas principalmente y que en realidad no 
revelaba sino su ineptitud y su fatua credulidad 
en aquella victoria, imposible ya, gracias á sus 
constantes errores. 

En vista de lo expuesto, todos, excepto el Dic- 



54 HISTORIA DE LA 



tador y sus más íntimos partidarios los cuales 
eran otros tantos alucinados como él, preveían más 
ó menos segura la derrota del ejércitto peruano. 
Y bien conocidos corno eran generalmente los ex- 
cesos cometidos por el ejército chileno en los países 
ocupados por él, cada uno pensaba con terror á la 
no lejana eventualidad de que Lima cayese en sus 
manos. Todos buscaban un refugio donde ponerse 
en salvo en aquella ora tremenda: quien mandaba 
su familia en las provincias del interior, quien so- 
licitaba un puesto para cuando llegase el caso, en 
una de las naves de guerra neutrales que se en- 
contraban en los aguas del Callao, quien se diri- 
gía á cualquiera de los muchos extrangeros resi- 
dentes en Lima, para encontrar un abrigo en su 
casa. Pero el hecho es, que después de los terri- 
bles hechos de Tacna, ni aún los extrangeros mi- 
smos se consideraban seguros en sus propias casas 
á pesar de su neutralidad y de estar éstas prote- 
gidas por banderas y placas con los colores na- 
cionales, que cada uno de ellos había recibido de 
las Legaciones de sus respectivos países. 

Por consiguiente, muchos extrangeros se alejaron 
con sus familias de Lima; y aquellos que no pu- 
dieron seguir un ejemplo tan prudente, formaron 
Comités, los cuales, de concierto con los Repre- 
sentantes de sus Naciones, alquilaron grandes ca- 
sas que pusieron baja la especial protección de las 
Legaciones, y las destinaron á lugares de asilo, 
para todos los individuos de la misma colonia. 

Otra de las meditas tomadas por los extrange- 
ros, de acuerdo con las autoridades de Lima, fué 
la creación de un Guardia Urbana, para mantener 
el buon orden en la Capital y tutelar la vida y los 



GUERRA DE AMERICA 55 

intereses de ellos mismos y de los nacionales, con- 
tra las insidias de los rateros y malechores; medida 
que habia hecho indispensable la absoluta falta de 
toda fuerza armada en la ciudad, habiendo salido 
en su totalidad, ejército y fuerza do policía, cela- 
dores, á acamparse en las lineas de San Juan y 
Miraflores. En Lima, casi todas las Colonias extran- 
geras habían organizado desde años atrás, cada 
una separadamente, una ó más compañías de Bom- 
beros, que prestaron siempre grandes servicios á 
toda la ciudad, acudiendo con solicitud á apagar 
los incendios do que se manifestase ; y preci- 
samente entre estas diversas compañías de Bom- 
beros se organizó, bien y prontameate, un cuerpo 
de Guardia Urbana, bajo cuya tutela, mientras exis- 
tió, la ciudad permaneció siempre segura y tran- 
quila. 

El ejército peruano, pues, hallándose colocado en 
la manera antes referida, recibió en la mañana 
del 13 de Enero 1881 el chaqué de las fuerzas ene- 
migas. Inferior á éstas por lo menos de un tercio, 
compuesto en gran parte de gente novicia en el 
manejo de las armas, y esparcido como estaba so- 
bre una immensa linea, para cubrir la cual se ne- 
cesitaba un ejército mucho más numeroso, se en- 
contraba anticipadamente condenado á una segura 
derrota ; y esto fué el único premio que debía y 
podio coronar la obra disolvente del Dictador pe- 
ruano. 

El ejército chileno se avanzó dividido en cuatro 
divisiones. Una de 8,000 hombres estaba desti- 
nada á atacar el ala derecha de los peruanos, 
mientra que otra dos, fuertes de 7,000 hombre^ 
la una y de 6,000 la otra, debían dirigirse con- 



56 HISTORIA DE LA 



tra el centro, asaltando á la vez, la primavera de 
frente y la segunda de naneo. Una ultima división 
de 3,000 hombres servía de reserva ; y estaba en 
las disposiciones del General en Jefe, que las tres 
divisionnes destinadas al ataque se encontrasen á 
una misma hora en sus puestos, á las 5 de la ma- 
ñana del 13 de Enero, y que rompiesen contempo- 
ráneamente su fuego sobre el enemigo. Los enfer- 
mos, el personal de la ambulancia y aquellos espe 
cialmente dedicados al servicio de los trasportes y 
bagajes, víveres etc. etc., no están comprendidos en 
estas cifras. 

Rompiendo cada una su marcha del cuartel ge 
neral según la distancia que tenía que recorrer, 
para encontrarse á la hora convenida en el lugar 
designado, solo abedeció á la consigna la división 
que dehía operar sobre el ala derecha de los pe. 
ruanos ; \ á la hora determinada, á las 5 de la 
mañana, inició el ataque. Pero dejémosla alli, que 
ya tendremos tiempo de volver á ella. 

Las otras dos que debían operar de acuerdo 
contra el centro, llegaron un poco más tarde: la 
de 7,000 hombres un poco antes, y la de 6,000 poco 
después de la -eis. No obstante fueron las prime- 
ras á conseguir su objeto, y la razón no es muy 
difícil de encontrarse ; eran 13,000 contra 4,500 ! El 
valiente Coronel Cáceres quien mandaba las posi- 
ciones peruanas, lamentaba ante todo que un 
buen tercio al menos de su pequeña división, era 
gente totalmente novicia en el arte de la guerra, 
pues ni siquiera la voz del mando comprendía bien; 
y veia con dolor que, si no llegaba é tiempo un 
indispensable refuerzo, no sabría como contenerla 
dentro de sus filas, una vez que hubiesen caido 



GUERRA DE AMERICA 57 

bajo la granizada de las balas enemigas, los poco 
soldados verdaderos que tenía á sus órdenes. Efec- 
tivamente, después de una hora y media de combate, 
no le quedaba más que la turba novicia de reclu- 
tas: ésta, como era de esperarse, se puso pronto 
en fuga; y encontrando en el camino la división 
del ala izquierda que venía demasiado tarde, por 
fracciones, á su socorro, á causa del largo y desi- 
gual camino que sus esparcidos batallones tuvie- 
ron que recorrer, la envolvió irrisistiblemente en 
su fuga, sin permitirle que disparase un solo tiro. 
Son apenas las 18 de la mañana, y la batalla 
está concluida. No obstante, se oye aún triste y si- 
niestro el fragor de la guerra: es el ala derecha 
que comenzó á batirse una hora antes que las otras, 
á las cinco, y que está aún firme en su puesto, 
perdiendo y recuperando elternatibamente sus pro- 
pias posiciones, sin seder jamás definitivamente. 
Lynch é Iglesias, el Comandante chileno y el 
peruano, se baten con igual denuedo, casi con 
igual valor: pero la gloria no será igual, la glo- 
ria será del vencido. Este no tiene sino 4,500 
hombres que oponer á los 8,000 de su adversario, 
ya convertidos en 11,000 con el refuerzo del cuerpo 
chileno de reserva ; y sin embargo está sereno y 
tranquilo, está seguro de la victoria: son casi to- 
dos viejos soldados los que tiene á sus órdenes, y 
sabe que con éstos difícilmente se pierde. Pero 
vedlo detenerse un momento... ¿Qué sucede? Ve 
venir á lo lejos gruesas columnos de soldados, y 
por un momento está en duda de si sean v amigos 
ó- enemigos: ah ! la cruel verdad no tarda en ma- 
nifestarse; son enemigos; son las divisiones chile- 
nas-vencedoras del centro; que -o dirigen contra 

5* 



58 HISTORIA DE LA 



él en socorro de la división Lynch (1). Dirigiendo 
su mirada por todas partes, no vé ninguna fuerza 
acudir en su ayuda : solo descubre en lontananza 
al Dictador, que cabalga hacia el mar ; y lo hace 
alcanzar al instante por un ayudante suyo, para 
pedirle un inmediato socorro. 

¡Inútil tentativa! El ayudante vuelve, y le comu- 
nica que el Dictador, atontado, le hace saber que 
todo está perdido, y que vale más retirarse. — ¡Pues 
bien! yo no me retiraré, esclama el valeroso Igle- 
sias, yo lucharé mientras pueda, — Y lucha como 
valiente contra todo el ejército chileno, que ya ha 
tenido el tiempo de reunirse á la división Lynch. 
Lucha retrocediendo con sus diezmadas fuerzas 
hasta la cumbre del Morro sular ; y una vez allí, 
lucha siempre sin tregua ni reposo hasta las dos 
de la tarde, á cuya hora, rodeado por todas par- 
tes por el ejército enemigo, cae prisionero junto 
con todo su Estado Mayor y con todos los solda- 
dos que le quedan. No son más que 1880; los otros 
2700 han muerto batiéndose durante nueve horas 
contra todo el ejército chileno, es decir contra más 
de 20 mil hombres ! Iglesias, vencido, prisioniero, 
fué el héroe de la jornada. 

El cuerpo de reserva colocado por Piérola en el 
cuartel y en los alrededores de Ghorrilios no en- 
tró en batalla. Tenía la consigna de no moverse 



(1) « A las once del día más ó menos se recibió un parte de Lynch 
diciendo que no podía avanzar, porque su tropa estaba diezmada, 
rendida de cansancio, y que lo mandaran refuerzo para continuar 
el ataque. » 

Cabta Política del chileno M. J. Vicuña, pag. 111. 

Hay que advertir que Lynch había recibido ya algunas horas 
antes el refuerzo de la división de reserva, como se dice en la 
misma Carta política, en la pag. l')6, y como se deduce del parte 
oficial del General en Jefe del ejército chileno. 



GUERRA DE AMERICA 59 

sin orden de la Superioridad ; y la única orden que 
recibió, después de la derrota del centro, fué la de 
retirarse á Miraflores. Informado ya de la derrota 
del centro, el Jefe de dicho cuerpo, Coronel Suarez, 
responde que sería más oportuno acudir en socorro 
dal ala derecha, y pide la modificación de la orden 
en este sentido. No: se le comunica por segunda 
vez la orden de retroceder — única disposición ema- 
nada del mando en Jefe del Dictador durante toda 
la batalla— ¡y necesario le es obeceder! Solo un pe- 
queño batallón de este cuerpo se avanza de mota 
propio, á despecho de la orden contraria, en so- 
corro del ala derecha que valerosamente se bate 
aún: pero apenas salido de Ghorillos se encuentra 
con la gruesa división chilena vencedora en San 
Juan, la que, flanqueando el Morro Solar á la 
espalda de Chorillos se dirije contra aquella misma 
ala derecha, á cuyo auxilio acudía el, y queda he- 
cho trizas. Tan sólo escaparon á la destrucción ge- 
neral de dicho batallón, unos cuantos soldados que 
durante la derrota, ó retirada, consiguieron refu- 
giarse en la estación del ferrocaril, situada en las 
puertas de Chorillos, en donde intentaron hacer 
resistencia á la ola impetuosa del enemigo, y en 
donde rodeados por todas partes, en breve tiempo 
fueron hechos prisionieros. 

Hemos dicho ya que el otro cuerpo de 4000 hom- 
bres, que formaba el ala izquierda entre San Juan 
y Monterrico Chico, tampoco tomó parte en la lucha. 
Cuando se pudo apercibir que se había quedado 
aislado, y que el enemigo se aglomeraba contra 
las otras posiciones de la línea de defensa, decidió 
de por sí, á falta de órdenes del Jefe Superior, de 
correr en ayuda del centro. Pero diseminado como 



60 HISTORIA DE LA 



3ó encontraba en una larga zona, y animado del 
deseo de llegar pronto en auxilio del centro, del 
cual lo separaba una gran distancia, no se recogió 
en un solo cuerpo para marchar unido y compacto 
contra el enemigo : suponía que su línea de defensa 
estuviese aún libre, y que no tendría que entrar 
en acción sino cuando estuviese ya incorporado á 
la división del centro en las posiciones de San Juan; 
y se dirigió allí por fracciones, en el orden en que 
se encontraba en sus extensas de San Juan estaban 
ya en poder del enemigo, quien, habiendo desalo- 
jado de allí al resto de la división peruana que las 
defendía, se adelantaba muy numeroso en su per- 
secución. La división del ala izquierda se encontró 
pues, por pequeñas fracciones, con toda esta gran 
multitud de gente, entre amigos y enemigos, que 
corría hacia ella: y no siendo posible que cada una 
de estas fracciones, separadamente, resistiese á un 
choque tan fuerte y violento, fueron todas ellas en- 
vueltas y arrolladas, á medida que el encuentro 
tenía lugar, en la confusa carrera de vencidos y 
vencedores, sin que les fuese posible oponer resis- 
teecia alguna ni disparar siquiera un solo tiro. 

De los 16000 hombres que formaban ejército pe- 
ruano, sólo entraron en acción los 90000 del centro 
y del ala derecha ; de los cuales, por cierto, no se 
podía esperar que resistiesen invenciblemente el 
choque de 24000 chilenos, que marchaban contra 
ellos en filas fuertes y compactas (1). Esto se debió 



(1J Por ambas partes, Chile y Perú, se ha buscado siempre en 
sus diversas relaciones, aumentar enormemente las fuerzas del 
adversario: sin embargo, nosotros, guiados por noticias de las más 
ciertas y seguras, podemos garantizar la exactitud de las cifras que 
hornos asignado á los ejércitos efectivos. 



GUERRA DE AMERICA 61 

principalmente, tanto á la mala colocación que 
había sido dada al ejército peruano, como a la 
manifiesta y completa incapacidad del Dictador, en 
el momento de la lucha. Creía que para ser el 
General en Jefe y supremo director de una batalla, 
bastara simplemente querer, y se engañó. Visto 
por el resultado la insignificante nulidad ele sus 
fortificaciones ; y visto que el enemigo pasaba ileso 
por encima ó á un lado de sus famosas minas au- 
tomáticas, desaparecieron todas sus iluciones y 
perdió toda la ciega confianza que tenía en sí 
mismo. Tal vez un momento de lucidez le hizo 
entrever entonces toda la enormidad de sus errores- 
á "la par que su gran responsabilidad ante su de- 
sgraciada patria, tan estúpidamente sacrificada por 
él ; y saboreó tal vez, un largo y terrible momento 
de congoja y de remordimiento que lo postró. In- 
capaz de tomar medida alguna, se paseaba taci- 
turno y abatido detrás de la agitada línea de ba- 
talla, entre San Juan y Villa, sin jamás recordar 
ni siquiera que era el General en Jefe de su ejér- 
cito, y sin jamás pensar en dar una orden cual- 
quiera La derrota de la división del centro, vino á 
sacudirlo violentamente de su letargo : pensó que 
todo estaba perdido, y tomó solícitamente el ca- 
mino de la playa, para volver á Lima. En este 
momento y en este estado de ánimo encontró al 
ayudante que le pedía los refuerzos para la división 
de Iglesias ; y le contestó lo que él pensaba, es 
decir, que todo estaba perdido ; y continuo su ca- 
mino. Después, la vista del cuerpo de reserva que 
estaba más allá de Chorrillos, dio otro giro á sus 
ideas : se recordó que le quedaba aún la segunda 
línea de defensa de Miraflores ; y recobrando su 



62 HISTORIA DE LA 



antigua confianza, dijo á sí mismo : si hoy he per- 
dido en San Juan, venceré mañana en Mir a flores; 
y pensó conservar para la segunda batalla, la di- 
visión de reserva que tenía delante de sí. De aquí 
la orden mandada á Suarez, después rigurosamente 
repetida, de replegarse sobre Miraflores. 

A las once de la mañana, todo había concluido 
en la llanura entre Monterrico Chico y Chorrillos. 
Los derrotados fugitivos de San Juan estaban ya 
detrás de la segunda línea de Miraflores, en unión 
de los del ala izquierda y de los de la división de 
reserva que el Dictador hacia mover en retirada : 
la lucha se había localizado sobre la alta cumbre 
del Morro Solar, donde sola y únicamente seguía 
aún. Chorrillos estaba desierto : ya no había allí 
un solo soldado peruano ; no había nadie ; casi 
todos sus habitantes habían huido. Salo quedaban 
algunos extrangeros ageno a la lucha, neutrales, 
que poseían en Chorrillos sus establecimientos co- 
merciales, y que, temerosos, se refugiaban, quienes 
en sus casas, quienes en la playa del mar; sabían 
que los chilenos ocuparían de un momento á otro 
la ciudad, terminada que fuese sobre el Morro la 
insostenible resistencia de Iglesias ; y recordando 
los tristes acontecimientos de Tacna y Arica, te* 
nían miedo : pero no querían no podían abando- 
nar completamente sus casas de comercio, aque- 
llas propiedades que representaban el fruto de 
tantos años de trabajo, de economías y privaciones; 
y permanecían allí, fiados en la esperanza de que 
los chilenos sabían respetar su carácter de extran- 
geros neutrales. 

A las dos de la tarde, como hemos dicho, todo 
había concluido también en el Morro, Iglesias ha- 



GUERRA DE AMERICA C3 

bía caído prisionero en unión á los escasos restos 
de su división ; y menos de media hora después, 
las primeras columnas de las tropas chilenas, que 
á paso acelerado descendían por las áridas faldas 
del Morro, invadían las desiertas calles de Chorrillos, 
mientras otras ocupaban el cuartel situado á poca 
distancia, que ya desde algunas horas antes había 
abandonado la división de reserva del ejército pe- 
ruano. A las dos y media, el General en Jefe, Ba- 
quedano, y el Ministro de la guerra, Vergara, que 
representaba al Gobierno chileno, se hallaban tam- 
bién en Chorrillos, admirando estáticos en unión 
de sus ayudantes y secuaces, los hermosos palacios 
(ranchos), que con sus elegantes terrazas morescas, 
y sus floridos jardincillos cerrados por macizas 
verjas de hierro dorado, daban al conjunto aquel 
aire fantástico, encantador, grandioso, del cual 
tanto habían oido hablar en Chile, y que tan fiel- 
mente anunciaba la decantada riqueza de los ajua- 
res y de todas las elegantes superfluidades de las 
habitaciones. La naturaleza y el arte rivalizaban 
en belleza y magnificencia á los atónitos ojos de 
la numerosa comitiva, que marchaba dueña y se- 
ñora de aquella inmensa alhambra de la aristocra- 
cia peruana ; que sentía hervir en su corazón todas 
las pasiones de la patria lejana, contra los odiados 
poseedores de tanta delicia; que sentía saltar en 
su ánimo toda alegría del afortunado vencedor, 
que había conseguido finalmente plantar su férreo 
pié sobre el trémulo cuello del odiado hermano y 
rival. Pero el tiempo urgía: la hora de la venga- 
dora cólera estaba próxima : y antes que aquella 
sonara, era necessario reposarse del cansancio y 
de las fatigas del día. 



64 HISTORIA DE LA 



La numerosa cabalgado de los conquistadores 
se separó hacia los tres; y mientras el General en 
Jefe busca!) a un poco de reposo, en unión al Mi- 
nistro y al ex-Plenipotenciorio Godoy, en el rancho 
de un pariente de las distinguida esposa este (pe- 
ruano), otros invadieron el del ex-Comandante de 
la Unión, García y Gorcía. 

Breve fue sin embargo su reposo, grandes lla- 
mas y gruesas nube- de humo les advirtieron bien 
pronto, que la venganza chilena comenzaba y que 
era hora de dejar libre el campo á sus terribles 
ministros (1). 

A las 5 el Ministros de la Guerra abandonó Cho- 
rrillos, mientras el General en Jefe pasaba ó ocu- 
par el gran palacio de Pezet, de donde lo desalo- 
jaron nuevamente las llamas ó las 10 de la noche, 
viéndose obligado de este modo á pasar la noche 
en el cuartel, convertido en hospital. 

Desde cerca de las 5 de la tarde, todo Chorrillos 
se había convertido en horrendo teatro de rapiña, 



(1) « Ya no había enemigos que combatir.... Era necesario sola- 
zarse, tener momento:- de espansión y de descanso, antes de volver 
de nuevo ,i sufrir las rígidas prescripciones do la disciplina y al 
fatigoso servicio de la campaña.... El ejército de Chile se había 
cubierto otra voz de inmarcesible gloria (!) ; era muy justo pues 
ceiebrar dignamente tan grato acontecimiento. Parece que este fue 
también el espíritu que animó al General en Tefe; pues en lugar 
do hacer tocar reunión a los innumerables y desordenados grupos 
de soldados de distintos cuerpos que andaban diseminados por la 
población, se dio largona, tanto á los quo estaban en la ciudad, 
como á los que seguían penetrando en ella, y se llevó la impru- 
dencia y el descuido hasta el estremo de no ordenarles dejar las 
armas en sus cuartele amentos. Las consecuencias, como 

era natural, fueron fatales. La mayor pai - t« do las casas de Cho- 
rrillos, verdaderas mansiones do placer y do recreo, poseían abun- 
dosas y bien surtidas despensas. Los despachos de donde se hábka 
sacado el petróleo y el ajuarraz, contenían también centenares de 
botellas de toda clase de licores.... Luego principió el reparto.... » 

El Mercuhio, periódico de Valparaíso, del 22 de Marzo 1881.— 
.Relación de su corresponsal en la campaña. 



GUERRA DE AMERICA 65 

de orgía, de sangre y ruinas: una verdadera cal- 
dera del infierno. 

Grandes y pequeñas bandas de soldados armados 
y en desorden, se diseminaron en un momento por 
toda la pequeña ciudad. Mientras unos corrían á 
las pulperías, á las tiendas y á los almacenes, otros 
hacían saltar á tiros las cerraduras de las puertas 
y entrando en las casas las recorrían rápidamente 
de arriba abajo; si encontraban alguno, lo mata- 
ban; y si el aspecto general de las abitaciones era 
pobre y mezquino daban fuego y se iban (1). Si por 
el contrario anunciaba riquezas y opulencia, las 
cosas cambiaban de aspecto: escudriñando en todos 
los rincones, registrando todos los muebles, poniendo 
todo en horrendo desorden, se apoderaban de todos 
los pequeños objetos preciosos, y de las más ricas 
telas que encontraban, haciendo cada uno á toda 
prisa su respectivo paquete. En seguida á la dis- 
pensa y á las bodegas; y cargados los soldados de 
comestibles, de vinos y de licores, acorrían todos 
á los dorados salones, donde comenzaba inmedia- 
tamente la más infernal barahunda que se pueda 
imHginar. Quien echado ei los sillones en los 
mueblas divdnes del más fino damarco, quien sen- 
tado ó extendido sobre las aterciopeladas alfombras 
de Pe'-sia; se comía, se bebía, se cantaba, mientras 



(1) Testigos oculares nos refirieron que, para incendiar, los sol- 
dados chilenos empleaban ciertas bombas de pequeñas dimensiones, 
de materiales inflamables, de las cuales se hallaban provistos ; y 
que lanzadas con fuerza estallaban produciendo instan táueamente 
al incendio. Si fuese verdaderamente así. esto serviría a probar una 
vez más, como diremos más adelante que el incendio de Chorrillos 
fué cosa largamente estudiada y preparada ; porque sulamente de 
este modo podía explicarse corno sucediera que los soldados chilenos 
se encontrasen provistos de semejantes bombas, que no podían 
servir para ningún otro uso. 



66 HISTORIA DE LA 



otros se divertían en tocar á locas las teclas de 
los pianos, en romper los cuadros, en destrozar 
los muebles, en dar fuego en uno ó más extremos 
de la casa, para que tuviese tiempo de crecer y 
tomar incremento, mientras ellos estaban en los 
salones haciendo su infernal jarana. Entretanto los 
vinos generosos, y los licores escogidos de los 
cuales las ricas bodegas estaban bien provistas, 
producían su efecto ; y crecía la orgía y el bacanal. 
El soldado chileno, el roto, al cual no frenaba ya 
la disciplina militar, daba cada vez más rienda 
suelta á su estúpida brutalidad y á la ferocidad de 
su caráter; y comenzaban las disputas, las quera- 
lias, las riñas: de aquí mano al corvo ó al fusil; 
y á degollarse, á matarse entre ellos, hasta que las 
primeras llamas del incendio, penetrando en los 
salones, no los echase de allí (1). Los muertos, los 
heridos, aquellos cuya embriaguez era completa, 
eran presa de las llamas, mientras los otros salían 
á continuar su disputa en las calles, donde se oían 
numerosos disparos como en una batalla, ó á forzar 
nuevas puertas y á comenzar de nuevo en otras 
casas. 

Y esto duró sin interrupción toda la tarde, toda 
la noche, y toda la primera mitad del día siguiente: 
desde las 5 de la tarde del 13, hasta el medio día 
del 14, hora en la cual el desbandado ejército fué 
llamado á las filas; y á comenzar de la cual, sin 
cesar jamás completamente durante varios días 
consecutivos, la nefanda obra de destrucción fué 



(1) El corresponsal en la campaña del periódico El Mercurio de 
Valparaíso, hace ascender de trescientos á cuatrocientos, el número 
de soldados chilenos que se mataron entre ellos en Chorrillos, en 
la noche del 13 de Enero, entre el furor del saqueo y de la orgía. 

Véase : El Mercurio del 22 de Marzo 1881. 



GUERRA DE AMERICA 67 



continuada solamente por simples grupos más ó 
menos numerosos de soldados desbandados, hasta 
que en Chorrillos y en sus alrededores ho quedó 
piedra sobre piedra. 

Y todo esto á la vista del General en Jefe, del 
Ministro de la Guerra, y de todos los jefes y ofi- 
ciales superiores é inferiores del ejército chileno (1). 
Estos se hallaban allí, quien dentro, quien á las 
puertas de Chorillos, viendo y escuchando todo, y 
no haciendo jamás nada para llamar al orden á 
sus soldados ; y sí al medio día del 14 se ocuparon 
en recorger los desorganizados batallones, fué so- 
lamente por temor de una sorpresa del enemigo y 



(1) A las dos y media de la tarde cruzábamos las calles de la 
elegente y bonita villa de Chorrillos.... -Esperábamos al Ministro de 
la Guerra; no tardó en llegar. Apenas había pasado una hora, 
cuando empezamos á notar un gran desorden: rotura de puertas, 
saqueos de tiendas y algunas casas ardiendo ya.... Era el principio 
de un gravísimo mal, cuyas consecuencias podían parar en una 
catástrofe nacional. Fácil, muy fácil babría sido contenerlo al prin- 
cipio. Sin embargo, ni el General en Jefe, n\ los Generales de di- 
visión, ni los Comandantes de brigada tomaban ninguna medida.... 
El desorden de Chorrillos había llegado al máximum del desborde 
y de la desmoralización. El saqueo y la borrachera, el incendio y 
la sangre, formaban los cuadros de aquel horrible drama. » 

Carta Política del chileno Manuel J. Vicuña, pag. 117 y si- 
guientes, 

« La noche iba cerrando, las calles de Chorrillos, alumbradas por 
el fulgor de cien incendios, semejaban un fantástico cuadro de 
escenas del infierno.... De pronto resonaron algunos tiros: eran des 
soldados chilenos que disputaban entre sí.... El siniestro resplandor 
de los incendios alumbraba solo las repugnantes escenas de orgía 
y de esterminio.... Al siguiente día continuaron los desórdenes.... 
Pero el General en Jefe no tomaba ninguna determinación seria 
con el fin de que cesaran aquellos repugnantes desórdenes. Parecía 
que dejaba marchar las cosas, y permitir que en la noche del 14 
se repitieran las escenas de la del 13. El Ministro de la Guerra le 
indicó entonces que sería conveniente reorganizar el ejército á fin 
de marchar inmediatamente sobre Lima, y que era necesario reco- 
jer por cualquier medio aquella gente desbandada. » 

El Mercurio, periódico de Valparaíso, del 22 de Marzo 1881.— 
Relación de su corresponsal. 



68 HISTORIA DE LA 



para prepararse á la nueva batalla del día seguiente, 
no para poner un freno á los bárbaros excesos del 
ejercito, no para hacer cesar el saqueo y la des- 
trucción, que, como hemos dicho, continuaron á ser 
ejecutados sin interrupción por pequeños pelotones 
de soldadas, así llamados dispersos, sin que jamás 
se les impidiera hacerlo, aún que ésto sucediese á 
la vista de un oficial superior, aún de los demás 
renombre, que pasaba por allí por casualidad, y 
cuya protección era en vano invocada por las po- 
bres víctimas de tanta infamia : hecho del cual se 
tuvieron no pocos ejemplos en el pequeño pueblo 
del Barranco. 

Si faltasen otras pruebas, bastaría esto solo para 
demostrar que la destrucción de Chorrillos y sus 
alrededores, el saqueo y el fuego aplicados de una 
manera tan amplia, no fueron en modo alguno 
efecto de simples excesos de una soldatesco ebria 
ó indisciplinada. 

Ademas, basta saber que nada justificaba ni aún 
siquiero el más ligero acto de violencia, contra una 
villa que el ejército chileno ocupó sin resistencia, 
cuando ya había terminado la batalla librada en 
sus cercanías, y que encontró completamente de- 
sierta, á excepción de algunos extrangeros, neu- 
trales en la guerra, y de algún raro habitante á 
quien había faltado el tiempo para escapar: basta 
recordar los odios y las rivalidades chilenas con- 
tra la aristocracia peruana, y la invidia que la de- 
mora favorita de está que exitara siempre en Chile; 
cosas todas de las cuales nos ocuparemo en el ca- 
pítulo tercero ; y finalmente basta dar oído, por 
poco que sea, á la voz pública que pretende, 
que el saqueo de Chorrillos y de Lima hubiese 



GUERRA DE AMERICA 69 

sido ofrecido al soldado chileno como premio de 
sus esfuerzos, desde cuando comenzara la guerra 
en 1879, para que no se haga nada difícil sospe- 
char que Chorrillos fué saqueado y destruido vo- 
luntaria y premeditadamente, y porque así y no de 
otro modo se quiso (1). 

Para probar además cuam digna de ser escu- 
chada sea esta voz, baste decir que llamó seria- 
mente la atención del Cuerpo Diplomático extran- 
gero residente en Lima ; y hasta tal punto, de ha- 
cer que su Decano, aún antes de la batalla de San 
Juan y de los hechos de Chorrillos, la hicese objeto 
de una comunicación especial al General en Jefe 
del ejército chileno acampado en Lurín, como se 
desprende de la Nota respuesta, que con fecha 6 
de Enero recibió dicho señor Decano del mencio- 
nado General en Jefe, y que dice asi : « Señor. Mi- 
nistro: He recidibo en este momento la Ñuta de 
V. E. fecha 1.° del corriente, en la cual me pre- 
gunta si, dado el caso que la ciudad de Lima no 
oponga resistencia á las fuerzas que de mi depen- 
den, sería mi intención ocuparla solamente con las 
fuerzas escogidas ; y añade que, en el caso contra- 
rio, ó sea el de la resistencia, V. E. y sus estima- 
bles colegas del Cuerpo Diplomático condenan el 
saqueo, y desean les sean confiadas las medidas 



(1) « Me dicen, queá todos los que iban a darle cuenta (al Gene- 
neral en Jefe chileno) de la manera como estaba creciendo el des- 
orden (en Chorrillos) les contestaba con mucha indiferencia, y en- 
cogiéndose de hombros: ¿qué puedo hacer yó? 

Carta Política citada, pag. 119. 

La respuesta del General en Jefe chileno, Baquedanc, que sabe- 
mos que es un caballero y no de mal corazón, ¿no quería quizás 
hacer alusión á órdenes superiores, que lo colocaban en la impo- 
sibilidad de impedir los desórdenes, el saqueo y el incendio de 
Chorrillos? 



70 HISTORIA DE LA 



de seguridad de las cuales mis tropas se descui- 
daran. En respuesta á esta comunicación, me basta 
únicamente declarar á V. E. que la opinión de mi 
Gobierno y la mía, fueron claramente determinadas 
en mi Nota del 30 de Diciembre último. V. E. com- 
prenderá que las declamaciones apasionadas de la 
prensa de ambos países belijerantes no pueden ser 
asunto de discusión oficial. En su consecuencia 
deve permitirme que no haga caso de la alusión 
que encuentro en la Nota de V. E., sobre la insti- 
gación al saqueo que cree haber encontrado en la 
prensa de mi país. Además, V. E. puede hallarse 
seguro de. que mi firme propósito es el de huma- 
nizar la guerra y economizar á los privados males 
no necesarios, de acuerdo con el progreso de la 
civilación del siglo. Pero mis promesas deben li- 
mitarse á ésto únicamente, porque las medidas ul- 
teriores que adoptaré dependen de circustancias 
que no puedo preveer. (Firmado Baquedano). » 

Nosotros conocimos Chorrillos en otros tiempos 
y allí pasamos varios veranos; lo visitamos algu- 
nos meses después de los hechos que hemos na- 
rrado, y no encontramos más que escombros, en 
modo tal de no poder reconocer ni siquiera las 
áreas de las calles y de la casa misma donde vi- 
vimos en otra época. Vimos sin embargo á derecha 
é izquierda, en medio de tantas ruinas, algunos 
raros ranchos perfectamente conservados, á los 
cuales no se hizo daño alguno. Sorprendidos por 
ésto procuramos saber como había sucedido ; y se 
nos contestó, que aquellos raros ranchos pertene- 
cían á personas unidas por parentesco ó amistad 
con algunos altos personajes chilenos; y que gra- 
cias á ésto fueron respetados. Esto pues quiere 



GUERRA DE AMERICA 71 

decir, que el soldado no procedió á ciegas en su 
obra de destrucción; que hubo una mente que di- 
rigió su brazo, y ésto sería también una nueva y 
no insignificante prueba de cuanto elejamos dicho. 

Más arriba hemos hecho también mención de los 
daños del Barranco ; y es útil decir algo sobre el 
particular. En el Barranco, pequeño y delicioso 
pluebecillo de recreo situado entre Chorrillos y Mi- 
raflores, separado de las líneas de defensa estable- 
cidas por el Dictador, y poblado en más de dos 
.terceras parte por extrangeros completamente neu- 
trales en la fratricida lucha de las tres Repúblicas 
se estaba seguro de encontrarse á cubierto de toda 
directa contingencia de guerra. 

Pero hé aquí que en la tarde del 13 aparecen 
allí algunos grupos de soldados chilenos, venidos 
expresamente desde Chorrillos en busca de botin 
y de casas que incendiar. Sus habitantes se sobre- 
cogen de terror; y la mayor parte huyen precipi- 
tadamente hacia Lima. Otros por el contrario se 
encierran atemorizados y temblorozos* en sus casas 
y tiendas, que cubre una bandera estrangera a- 
miga de Chile; casas y tiendas que no quieren, 
que no pueden abandonar, por que allí se encuen- 
tra todo cuanto poseen; é ¡infelices! sufren en a- 
quellas, largo y desgarrador tormento de indes- 
criptible asiedad y amargura. 

En medio al espíritu de mil desórdenes, oyen 
llamar á sus puertas: son oficiales; abren inme- 
diatamente, los reciben colmándolos de agasajos, 
los obsequian con vinos y licores, con cuanto de 
mejor se encuentra en sus casas ; é invocando sus 
protección, les suplican que los salven, en unión 
de sus fortunas, del- furor de la terrible soldadesca. 



72 HISTORIA DE LA 



Después partiendo aquello-, vienen otros, y luego 
otros, que reciben y agasajan siempre del mi- 
mo modo, sin dejar de dirigir á todos las mis- 
mas súplicas y los mismos ruegos. Pero los avi- 
nados soldados que están afuera se enfurecen cada 
vez más, y ya alguno comienza á acercarse á sus 
propiedades, á desquiciar alguna puerta; y cada 
vez más aterrrorizados, llaman ellos mismos á al- 
gún otro oficial que ven pasar por las calles, in- 
vocando su ayuda y protección. 

Todo es inútil: tranquilizados un momento por 
la voz de algunos de aquellos oficiales, que le ase- 
guran que nada habrán de sufrir, vuelven á las 
agonías del terror un momento más tarde, oyendo 
las polabra- de algún otro que les responde no 
saber que hacer para protegerlos, porque las ins- 
trucciones recibidas mandan poner toda á sangre 
y fuego, Chorrillos, Barranco^ Miradores y Lima (1). 

Otro por el contrario cree consolarlos con las 
palabras: Nosotros quemamos, y el Perú pagará (2). 
Y agitados siempre por la continua alternativa del 
terror y de la esperanza, pasaron ellos la orrible 
noche del 13 y luego todo el dia y noche del 14, 
contemplando el saqueo y el incendio de las ca>as 
vecinas, hasta que no quedando en pié más que 
las suyas, fué necesario huir adonde pudieron, para 
no encontrarse envueltos en los horrores del sa- 
queo y del incendio de ellas, que no tardó mucho 
en verificarse (3). 



(1) Palabras tomadas de las reclamaciones de algunos ciudadanos 
italianos por los dafíos sufridos en el Barranco, y ¡uc hemos oído 
referir tambir personalmente á alguno de e 
2 ídem. 

estimable amigo y literato señor Conde Cario Ca- 
renzi-Galesi,, que se encontraba en el Barranco y que sufn 
didas no insignificantes, le hemos oido de todos estos hechos de la 
más interesante y verídica de las relaciones 



GUERRA DE AMERICA 73 

Como hemos dicho, los habitantes del Barranco 
eran en su mayor parte extrangeros ; y extrange- 
ras eran la mayor parte de las propiedas ó ran- 
chos, de aquel en tiempo risueño pueblecillo, que 
los soldados chilenos saquearon é incendiaron. — 
Muchas propiedades extrangeras había también en 
Chorrillos, y ninguna de ellas escapó á la rapaz 
mano del saqueo, y á la ira destructora de los chi- 
lenos. 

Como es sabido, entre las varias colonias euro- 
peas que residen en la hospitalaria tierra del Perú, 
la italiana es una de las más ricas y numerosas; 
y de consiguiente, la mayor parte quizás de las 
muchas propiedas extrangeras saqueadas y des- 
truidas por la soldadesca chilena, pertenecían á 
nuestros connacionales, á pacíficos é inofensivos 
italianos que, neutrales en la guerra, únicamente 
buscaron y buscan siempre las fuentes del propio 
bienestar, como toda la colonia italiana en el Perú 
y como todos los hijos de Italia en el extrangero, 
doquieran que se encuentren, en el más honrado 
y constante trabajo. 

Las pérdidas sufridas por nuestros compatriotas 
en Chorrillos y el Barranco, asciende á muchos 
millones de francos; muchos de ellos perdieron 
cuanto poseían; todo el producto de largos y pe- 
nosos años de trabajo; alguno entre éstos, que, 
después de una vida empleada en la más constante 
é inteligente laboriosidad, había llegado á ser no 
solamente bien acomodado, sino rico, debió re- 
currir más tarde a. las más modestas ocupaciones 
para pedir al trabajo su sustento y el de su fa- 
milia. Y no se nos diga que esto es vana retó- 
rica, no: es pura y sencillamente la verdad; y si 

6* 



74 HISTORIA DE LA 



viniese el caso, podríamos citar nombres y aducir 
pruebas. 

No es esto lo peor. Entre tanta pobre gente ase- 
sinada en Chorrillos y en el Barranco, á sangre 
fría ó en los vapores de la borrachera, se encuen- 
tran no pocos extrangeros, la mayor parte de los 
cuales eran italianos: y aquí, al considerar la cri- 
minal manera con que les fué quitada la vida á 
aquellos infelices, el hombre, el historiador, el ita- 
liano, no puede sofocar un grito de indignación, 
que espontáneamente se prorrumpe contra los in- 
calificables autores de tanta iniquidad. 

El inglés MacLean, viejo médico octogenario fué 
bárbaramente asesinado en su propio lecho, y en 
la misma residencia del Ministro de su Nación, 
donde descansaba seguro bajo la égida del pabe- 
bellón británico, que flotaba sobre el techo de la 
casa, y que sin embargo fué impotente para pro- 
tegerlo. 

Tres italianos, un francés y un portugués, co- 
gidos ¡í la orilla del mar el 13 de Enero y dete- 
nidos prisioneros sin saber por qué, fueron inicua- 
mente fusillados en la tarde del 14; mientras otro 
francés que estaba con ellos compraba á duras 
penas, y con dinero, su vida que el terror le hizo 
quitar algunos días después. 

El italiano Borgna, hecho prisionero mientras 
huía hacia Lima, y encerrado en una sala del hos- 
pital de Chorrillos, fué muerto de un tiro la ma- 
ñana del 14, por el mismo soldado que hacía de 
centinela en su cárcel improvisada. 

Los italianos Ogno, Cipollina y Nerini, fueron 
asesinados en sus mismas pulperías, después sa- 
queadas y destruidas. 



GUERRA DE AMERICA ?5 

Otros tres italianos encontraban la muerte en 
las calles, mientras procuraban ponerse en salvo 
de tanta ira salvaje y feroz. 

El italiano Leonardi de Montecrestese, era muerto 
á tiros en sus propia habitación, mientras estaba 
ocupado en socorrer á su pobre exposa, recién 
parida (1). 

Y aquí creemos de nuestro deber preguntar al 
Gobierno italiano : ¿'Que habéis hecho para tutelar 
las muchas propiedas italianas tan injustamente 
destruidas? — ¿por la sangre italiana tan inicua- 
mente derramada? Aquellas propiedades se halla- 
ban cubiertas por la bandera i^liana, que además 
fué escarnecida é insultada por el soldado chileno, 
de la manera más soez; aquella sangre fué derra- 
mada mientras las pobres víctimas, orgullosas de 
llamarse italianos, invocaban precisamente la pro- 
tección de la patria remota y vilipendiada. Repe- 
timos: ¿qué habéis hecho por todo esto? — ¿qué 
habéis hecho, para reparar las muchas ofensas. 
hechas al glorioso pabellón de Italia, que tenéis el 
deber y la fuerza de hacer respetar? 



(1) En el periódico El Mercurio de Valparaíso del 18 de Marzo 
de 1881, encontramos: «Roma y Chorrillos— Por carta recibida de 
Roma con fecha 26 de Enero, se sabe que en el mismo día 13 de 
aquel mes, en que tuvo lugar la batalla de Chorrillos {de San Juan: 
en Chorrillo no hubo batalla, sino saqueo é incendio, mucho después 
de concluida la batalla en el Morro) los chilenos residentes en Roma 
habían conseguido una audiencia del Sumo Pontífice León XIII, 
en el Vaticano.... Las señoras chilenas pidieron á S. S. que bendi- 
jese al ejército de Chile, y él lo hizo inmediatamente con mucha 
unción. Es un hecho muy singular, que el Papa estuviera bendi- 
ciendo en Roma aquel mismo ejército que en aquel día y en aquella 
hora combatía á las bases del Morro Solar. » 

Y nosotros decimos: el Papa bendecía al ejército chileno, desde 
su silla infalible (!) del Vaticano, en el día y momento mismo en 
que aquel consumaba, con el estrago ó incendio de Chorrillos, uno 
de los hechos más inicuos y atroces que tenga que registrar la 
historia. 



16 Historia de la 



Durante la larga y funesta guerra del Pacífico 
— funesta principalmente para los intereses extran- 
geros, que son muchos y graves — la Italia, que 
posee los buques blindados más poderosos del 
mundo, no tuvo en aquellos lugares más que tres 
débiles buques de guerra, los últimos quizás de la 
marina, e incapaces completamente de dar una 
muestra visible y patente de la potencia naval ita- 
liana: y el roto chileno que se precia de hacer el 
valentón ante el débil, creyó en su crasa ignoran- 
cia de las cosas del mundo, que aquellos tres bar- 
quichuelos constituyesen por sí solos toda, ó por 
lo menos la mejor parte de la escuadra italiana; 
creyó la Italia impotente para proteger el honor de 
su bandera y la vida y las propiedades de sus 
hijos; y por esto seguro de la impunidad, des- 
preció la Italia y su bandera, é hizo estragos 
siempre que pudo en las vidas y en las propie- 
dades italianas. 

Después de la batalla de San Juan del 13 de 
Enero, los corresponsales de los periódicos chi- 
lenos, tanto para justificar á su manera el asesi- 
nado de los mencionados italianos, cuanto para 
dar las más gigantescas proporciones á sus vic- 
toria-, inventaron y refirieron la falsa noticia de 
que, en unión á los peruanos, había combatido 
un batallón de más de 700 italianos, y que todos 
éstos habían sido acuchillados y hechos trizas, sin 
que escapase uno solo. Esta falsedad produjo en 
Chile la mas salvaje é innoble animosidad contra 
Italia y los italianos. 

En las calles y en las columnas dejos periódi- 
cos de todo Chile, no se hacía más que divertirse 
con la narración del supuesto destrozo del batallón 



GUERRA DE AMERICA 77 

italiano, alegrarse de tan fausto acontecimiento, y 
dirigir contra Italia y los italianos las mus cobar- 
des y triviales injurias: esto duró largo tiempo, 
aún después de que la insulsa fábula de la exi- 
stencia y del destrozo de supuesto batallón italiano 
fué desmentida de todos modos, tanto oficial como 
extra-oficialmente (1). 

Para quien conoce el carácter de los chilenos, 
es indudable que no se hubieran atrevido á hacer 
y decir cuanto hicieron y dijeron contra Italia y 
los italianos, si hubiesen comparecido en las aguas 
del Pacífico un par, no más, de buenos buques 
italianos. ¡Oh cómo hubieran sido entonces mansos 
y melifluos! 

Gomo último detalle de la batalla de San Juan, 
añadiremos que costó á Chile más de 3000 hom- 
bres, entre muertos y heridos, sin contar los 300 
y más que se mataron entre ellos en las asque- 
rosas orgías de la nefanda noche de la destrucción 
de Chorrillos. 

El Perú por su parte perdió más de 4000 hom- 
bres: ¡casi la mitad de los que entraron en acción! 

Referiremos también que, con el objeto de excu- 
sar ante el mundo los excesos y el incendio de 
Chorrillos, los chilenos comenzaron á sostener y 
esparcir á los cuatro vientos, que en Chorrillos 



(1) En todo el ejército del Perú no se encontraba más que un 
solo italiano, que además no tomó parte á ningún combate, poi^de 
pertenecía á la guarnición del fuerte del Callao. Y este entró en 
el ejército no por espontánea determinación, sino porque fué el 
único medio de escapar á la obstinada persecución que, por una 
pretendida ofensa A la relijión católica, le hacía desde varios irises 
el Gobierno dictatorial. Por el contrario, el ejército chileno c li- 
taba no pocos extrangeros, principalmente entre los artilleros, quo 
fueron siempre lo mejor de sus tropas: este es un hecho bastante 
ponocido, tanto en el Perú como en Chile. 



78 HISTORIA DE LA 



encontraron una fuerte resistencia, es más, que 
hubo allí una verdadera y sangrienta batalla; y 
no faltan tampoco en los periódicos y en las Hi- 
storias chilenas, las más imaginarias y prolijas 
descripciones de ella : es decir, que dividieron la 
acción del 13 de Enero en dos batallas diferentes, 
que llaman de San Juan y de Chorrillos. Pero no 
sin dejar la parte que le corresponde á la natural 
ampulosidad del carácter chileno, repetimos, que 
esto se dice principalmente con el fin de buscar 
un pretexto ; camino no nuevo para la gente de 
aquel país, que sirviese, sino á justificar, á excusar 
por lo menos la incalificable conducta del ejército 
chileno. En Chorrillos no hubo resistencia, y mucho 
menos batalla (1). 

La batalla comenzada en las posiciones de San 
Juan y Villa, se terminó sobre la cima del Morro 
Solar, en la base de uno de cuyos lados se en- 
cuentra Chorrillos; y si exceptuamos el breve en- 
cuentro en las cercanías y en la estación del ferro- 
carril de Chorrillos, entre el batallón peruano de 
reserva que iba en socorro de Iglesias sobre el 
Morro Solar, y las fuertes divisiones chilenas que 
se dirigían sobre el Morro mismo en ayuda de 
Lynch, como hemos dicho en otra ocasión, no tuvo 
lugar ningún otro hecho de armas en aquel día 13. 
Como recordarán nuestros lectores, un pequeño 



(1) Hemos leido y releído vanas veces la descripción de la batalla 
de ¡San Jaan y de todas las operaciones del 13 de Enero, que hace 
el escritor chileno Barros Arana on el Capitulo IX de la segunda 
parte de su Historia de la Guerra del Pacífico ; y declaramos fran- 
camente, que no hemos encontrado casi nada que nos recuerde los 
Lechos que hablamos ; hechos que, estamos convencidos, conocemos 
perfectamente y los referimos con toda fidelidad. ¡Qué historia tan 
orijinal es aquella! 



GUERRA DE AMERICA 79 

número de soldados de aquel batallón peruano 
consiguió, en su retirada, refugiarse en la estación 
del ferrocarril de Chorrillos, donde fué hecho pri- 
sionero; y ciertamente, la insignificante resistencia 
de algunos minutos hecha desde los muros de la 
estación, que una ancha calle separaba de las pri- 
meras y más próximas casas de Chorrillos, no 
puede en modo alguno llamarse resistencia de 
Chorrillos, y mucho menos batalla. 

No obstante, es precisamente á este modesto 
episodio de la única batalla del 13, al que ellos 
dan el nombre y la importancia de una segunda 
y especial batalla; y no contentos con esto, tra- 
sportaron imaginariamente la acción á los muros 
mismos de Chorrillos, que convierten en terrible 
y encarnizado combate, mientras las más irrefu- 
tables pruebas de hecho y las aseveraciones de 
numerosos testigos oculares dicen, que fué limi- 
tada únicamente á la estación de la vía férrea que, 
como hemos dicho, estaba tan separada de la po- 
blación, ó ciudad, que se podía apenas considerar 
como su primera casa por aquel lado. 

Sea como quiera, este mismo insignificante 
episodio de la estación del camino de hierro, que 
á lo más pudo consistir en algunos centenares de 
tiros, comenzó y acabó antes del medio día : y 
cuando el ejército chileno ocupó Chorrillos al fin 
de la batalla sonre el Morro Solar, después de las 
2 de la tarde, no había ni vestigios de soldados 
peruanos, exceptuando los prisionieros. Los únicos 
soldados que se encontrasen por allí desde el me- 
dio día, eran del mismo ejército chileno ; es decir, 
aquellos que después del episodio de la estación 
del ferrocarril, prefirieron hacer correrías por Cho- 



80 HISTORIA DE LA GUERRA DE AMERICA 

rrillos y sus aldrededores, más bien que irse á ba- 
tir sobre el Morro Solar; y finalmente está plena- 
mente prohado por las relaciones chilenas, que ú 
las 2 de la tarde del 13 todo combate había ter- 
minado, y que solamente desde las 4 á las 5, es 
decir más de dos horas después, comenzó el saqueo 
y el incendio de Chorrillos. No digamos nada del 
Barranco, donde la presencia del ejercito chileno 
era absolutamente injustificable, y donde se diri- 
gieron únicamente, y exprofeso, las bandas de los 
saqueadores y de los incendiaros. 

Finalmente basta advertir que la destrucción ole 
Chorrillos y del Barranco, comenzada, y en su 
mayor parte ejecutada en la noche del 13 al 14 de 
Enero, no fué complatada sino después de muchos 
y de muchos días, cuando apenas quedaba el re- 
cuerdo de las pasadas batallas. Testigos oculares 
nos informaron de que el malecón de Chorrillos, 
elegante paseo en forma de terraza sobre el mar, 
fué distruído en los primeros dias de Febrero, y 
que durante aquellas mismos días también fueron 
quemadas las últimas casas de aquella, poco an- 
tes, tan hermosa y elegante ciudad. 



f^e^Mr 



III 

Batalla de Miraftores y rendición de Lima, 



RESUMEN.— Segunda línea de defensa. — Las trincheras: distri- 
bución del ejército peruano. — Oportunidad do una revancha 
que el Dictador no supo aprovechar. — El General chileno envía 
un parlamentario para tratar la paz. — El terror en Lima: los 
habitantes huyen á los Asilos ó á Ancón. — El Cuerpo Diplo- 
mático de Lima pide garantías para los neutrales. — Tregua 
y su improvisado rompimiento. — ¿De quién fué la culpa? — 
Consideraciones que inducen á conocer la verdad. — Batalla. — 
Los chilenos son rechazados dos veces. — Derrota de los pe- 
ruanos. — Los batallones de reserva. — Atolondramiento é in- 
capacidad del Dictador. — Deja la mayor parte de las fuerzas 
peruanas sin entrar en acción : ordena á estas que se dispersen. 
— Abandonando todo se retira á las montañas. — En el campo 
chileno se pensaba en nuevas batallas. — Pánico temor de los 
habitantes de Lima. — El Cuerpo Diplomático se interpone 
nuevamente: Eespuesta del General chileno. — Voces do ame- 
nazas hechas por el Cuerpo Diplomático. — El Cuerpo Diplo- 
mático salva Lima. — Acta de rendición. — Desórdenes de Lima 
contra los chinos. — Entrada de los chilenos en Lima. — 
Conclusión. 



Ocurrida la derrota de San Juan, el 13, quedaba 
todavía, a una legua de la Capital peruana, la se- 
gunda línea impropiamente dicha torneada, cuya 
defensa estaba encomendada al pequeño ejército 
de reserva, fuerte de 6000 hombres. 



82 HISTORIA DE LA 



Era esta una larga línea curva de once á doce 
kilómetros que comenzando cerca del mar y pa- 
sando por encimd de Miraflores, iba á concluir más 
allá de la hacienda de Vasquez, en el Valle de 
Ate; y sus fortificaciones, que quedaron en su 
mayor parte incompletas, como hemos indicado en 
otra ocasión, consistían en un escaso número de 
cañones colocados sobre las colinas sin obra al- 
guna de defensa, y en cinco así llamados reductos, 
que en realidad eran únicamente mezquinas trin- 
cheras, ó zanjas, con insuficientes defensas de tierra 
delante. 

Estas cinco trincheras sin embargo, parte sim- 
plemente de las muchas que debía haber y que no 
se tuvo el tiempo de construir, se encontraban 
todas en un lado, ó sea del centro de la línea 
hasta su extrema derecha, sobre el mar; y para 
suplir ú su falta desde el centro á la extrema iz- 
quierda, el Dictador había dispuesto sobre este lado 
de la extensa línea, la mayor parte de las fuerzas 
destinadas á toda ella; así es que de los 18 escasos 
batallones de reserva, once fueron distribuidos sobre 
el espacio falto de trincheras del ala izquierda, y 
siete en las trincheras del ala derecha. 

Dispuesto así aún antes de la batalla de San 
Juan, el ejércilo de reserva fué dejado después 
como se encontraba: la única inov ación que se 
hizo, fué la de agregarle dos batallones de línea 
de la guarnición del Callao y los restos del ejército 
activo derrotado en San Juan. Dichos restos hu- 
bieran podido formar por si solos un cuerpo de 9 
á 10,000 hombres: pero el Dictador que, á la par 
que quería hacer todo por si mismo, acababa siem- 
pre con hacer poco y mal, dejó que una buena 



GUERRA DE AMERICA 83 

parte de estos soldados se dispersase libremente 
en la cercana Capital. Comprendido el cuerpo que 
debía servir de reserva el 13 y que, exceptuando un 
solo batallón, no entró en acción, reunió escasa- 
mente 5 á 6,000 hombres, que reunidos á los dos 
batallones llegados del Callao, colocó parte en los 
espacios libres de 800 metros cada uno, que que- 
daba entre una trinchera y otra, y pane en el ala 
izquierda desprovista de trincheras. 

Durante la funesta noche del 13 y la primera 
mitad del día 14 se presentaba sin embargo al Dic- 
tador, sin que él supiera aprovecharla, la más opor- 
tuna ocasión de reparar, en gran parte por lo me- 
nos, sus tantos y tan funestos errores. 

A poco más de una legua de él y de sus cuartel 
general ardía Chorrillos, ardía el Barrancho; y allí 
entre las columnas de humo y de llamas, y en los 
alrededores de aquellas dos poblaciones, se agitaban 
en completo desorden los soldados chilenos, unos 
dedicados al saqueo, otros al incendio y otros á 
disputar y matarse entre ellos, casi todos, quien 
al principio, quien al fin de asquerosa y bárbara 
orgía, vacilantes y portrados por efecto de los lico- 
res, del cansancio, del sueño y de la exaltación de 
pasiones más desordenadas. 

Bastaban pocos millares de hombres para derrotar 
aquella horda borracha y embrutecida: bastaba que 
Piérola la hubiese sorprendida en aquellos momen- 
tos, con la mitad solamente de sus tropas, que 
estaban allí á dos pasos, y todo el ejército chileno 
hubiera sido en breve tiempo derrotado y disperso. 
Ésto precisamente temían de un momento á otro 
en el campo chileno, los pocos que habían conser- 
vado con la propia dignidad de hombres toda la 



84 HISTORIA DE LA 



lucidez de su razón; y cuanto los preocupara no 
hay que decirlo (1). 

Sin embargo Piérola. persistiendo siempre en su 
famoso plan de mantenerse e la extricta defensiva, 
nada hizo. ¿Quizás no se oyó cerca de él alguna 
que aconsejase dicha empresa? Todo lo contrario: 
se dijo y se habló muchísimo de eso, y no faltaron 
Generales y Coroneles que instasen ardientemente 
para que se les encomendase dicha empresa, decla- 
rándose seguros y responsables del éxito. La prueba 
de esto la encontraremos en los mismos periódicos 
y escritos chilenos. 

El único cuidado del Gobierno dictatorial era por 
el contrario, el de hacer circular en Lima, la más 
absurdas noticias sobre los acontecimientos del día, 
para hacer creer espléndida la victoria, la sangrienta 
derrota de San Juan. 

La mañana del 14, el General en Jefe del ejér- 
cito chileno, sea para aprovecharse de la victoria 
del día antes y poner término ventajosamente á la 
guerra, sin exponerse á los riesgos de nuevas ba- 
tallas bajos los muros de Lima, sea para encontrar 
nuevos pretextos en caso de negativa, á los excesos 
de la soldadesca, ó sea finalmente para procurarse 
algunas noticias sobre la decantadas fortificaciones 
enemigas de la línea de Miradores, envió un par- 
lamentario al Dictador peruano, con el fin de invi- 



(1) « Recuerdo que con el Ministro de la Guerra hacíamos esta 
reflexión: como nos iría esta noche (del 13 al 14) si los peruanos 
con un poco de astucia vinieran á atacarnos en número de cuatro 
mil hombres, solo de cuatro mil. Todo esto se lo llevaba el diablo, 
me decía et Ministro, y la obra de Chile, con su tremenda campaña 
y sus innumerables victorias, se perdería miserablemente en una 
hora. 

Carta Política de Manuel J. Vicuña, pag. 124, 



GUERRA DE AMÉRICA 85 

tarlo á negociaciones de paz. Pero habiendo éste 
último respondido con altanería, que había escu- 
chado gustoso los enviados chilenos que, investidos 
de plenos poderes se hubiese presentado á él en 
su propio campo para tratar la paz, aquél comenzó 
á recoger y á reorganizar su ejército, para empe- 
ñar la segunda batalla dicha de Mirafíores. 

Sin embargo en Lima, vista la insuficiencia de- 
mostrada por el Dictador el día antes, y conocidos 
los excesos cometidos por la soldatesca chilena en 
Chorrillos y en el Barranco, el resplandor de cuyos 
incendios era visible desde lo alto de las azoteas, 
creció immensamente el terror. Las familias de los 
extrangeros corrieron en tropel á las Legaciones 
y á los Consulados de sus respectivas Naciones, y 
á los Asilos preparados de antemano ; y en unión 
á ellas acorrieron también en mayor número, tem- 
blorosas y aterrorizadas, las mugeres peruanas, á 
quienes no se les ocultaba la mísers suerte que 
les hubiera tocado, en el terrible momento en que 
cayese la Capital en poder del enemigo. Pero los 
Asilos, las Legaciones, los Consuladoz y las mysmas 
casas de los Ministros y Cónsules extrangeros no 
podían contener tanta gente; ya no había puesto 
para nadie: las habitaciones, los patios, las esca- 
leras, todo, todo estaba lleno de gente, mugeres 
principalmente ; y la multitud que aumentaba 
siempre á las puertas, tomó una nueva dirección, 
la de Ancón, puesto con varios días de anticipa- 
ción bajo la protecció especial del Cuerpo Diplo- 
mático í xtrangero, donde ya se habían refugiado en 
los días anteriores los más tímidos y los más pru- 
dientes, y hacia donde salían continuamente largos 
trenes de postrados viejos, de mugeres, de niños. 

Pero, tampoco en los trenes había puestos para 



86 HISTORIA DE LA 



todos : la locomotora se dispone á partir ya, y sin 
embargo mil brazos, mil voces se alzan á Ja vez 
para rogar que esperase todavía un momento mas, 
para invocar un sitio donde meterse, aún que fuese 
en los estribos de los wagones. Las hermosas mu- 
geres, las jóvenes encantadoras, son las más tí- 
midas, las que más interés muestran en salir, en 
alejarse del futuro teatro de las araucanas orgías; 
y dirigiéndose á los encanecidos viejos que des- 
cubren á las ventanillas: «Eh! les gritan, voso- 
tros sois hombres y no tenéis que temer más que 
por vuestras vidas; nosotros somos mugeres, so- 
mos bellas, y á nosotros nos amenaza el deshonor, 
la vergüenza: por caridad, ceded nos vuestros pues- 
tos.... » — « Ah si, responden tristemente los apos- 
trofados, tenéis razón, vosotras tenéis más que per- 
der, sois mugeres y sois bellas, ¡desventuradas!....» 
¡Y bajan de los wagones, para que aquellas ocu- 
pen sus puestos! 

La desolación en Lima era suma, infinita ; el 
Cuerpo Diplomático extrangero, que abia perma- 
necido inactivo ante el horrendo espectáculo de 
Chorrillos y del Barranco, fué conmodivo por tanta 
desventura, por la congoja de cinquenta mil mu- 
geres que temblaban por su honor. Comprendió fi- 
nalmente que una gran responsabilidad pesaba so* 
bre él, y que tenía el deber, de frente á la huma- 
nidad y á ^-us Naciones respectivas; de salvar Lima 
del furor del ejército chileno; a quella Lima donde 
había tantos intereses y tantas existencias de ex- 
trangeros neutrales a la guerra, y donde de perua- 
nos no se veían más que mugeres, viejos y niños. 

Habiéndose reunido el Cuerpo Diplomático — á 
propuesta del Ministro de Italia, como resulta de 



GUERRA DE AMERICA 87 

algún documento oficial — deliberó: 1.° ofrecer sus 
buenos oficios al Dictador del Perú y al General 
en Jefe del ejército chileno, para promover un ar- 
misticio durante el cual se pudiese llegar á un tra- 
tado de paz ; 2.° en el caso en que sus buenos ofi- 
cior para la paz fuesen infructuosos, hacer todo lo 
posible para salvar Lima, á fin de garantizar las 
vidas y las haciendas de los numerosos neutrales. 
Inmediatamente y acompañada de los Comandantes 
de las escuadras extrangeras que se encontraban 
en las aguas del Callao y de Chorrillos (inglesa, 
francesa é italiana) una Diputación de dicho Cuerpo 
Diplomático se trasladaba sucesivamente á ver al 
Dictador peruano y al General chileno, y luego de 
este á aquel, en sus respectivos campamentos, des- 
plegando mucha energía y actividad. 

Una vez a la presencia del General en Jefe del 
ejército chileno, Baquedano, dicha Diputación prin- 
cipió por pedirle* las garantías necesarias para los 
números extrangeros residentes en Lima, y de con- 
siguiente para Lima misma donde estos tenían sus 
propiedades. Las palabrar textuales con las cuales 
el Ministro de Italia informaba á su Gobierno de 
este hecho, dicen : « Convencidos de que aún en el 
caso que el ejercito chileno hubiese entrado en Lima 
sin conbatir, y solamente en la inmediata embria- 
guez del triunfo, esta Capital hubiera sido victimo 
de gravísimos excesos, los Ministros de Francia y 
de Inglaterra declararon explícita y abiertamente, 
que ellos y sus Colegas tenían de su Gobiernos 
respectivos, instrucciones de proveer á la salvación 
de los neutrales con todos los medios de que pu~ 
diesen disponer. Estas formales declaraciones in- 
dugeron al General Baquedano á prometer que, en 



88 HISTORIA DE LA 



el caso de que sus tropas resultaran victoriosas en 
Miraflores, la entrada en Lima seria aplazada (1). » 
Hablando después, de los buenos oficios ofrecidos 
por el Cuerpo Diplomático, la citada Diputación ob- 
tuvo que Baquedano concediese al enemigo una 
tregua que dehía acabar á la media noche del 15, 
durante la cual se tratarían las condiciones de un 
armisticio, y si era posible, de la- paz. Escuchó las 
condiciones que el General chileno dictaba, tanto 
para la conclusión del armisticio como para la de 
la paz ; y después de haberlas referido al Dictador 
peruano, y sabido de éste que aceptaba la tregua 
concedida por Baquedano, volvió a Lima, para po- 
nerse de acuerdo con sus colegas. Todas estas prá- 
ticas sucedían en la noche del 14 y en la primera 
mitad del 15, á cuya media noche espiraba la 
tregua. 

Urgía el tiempo. De consiguiente, oída la rela- 
ción, de la Diputación y sabido que Piérola se ma- 
nifestaba dispuesto á tratar sobre las condiciones 
del armisticio propuestas por el adversario, como 
también á negociar la paz, el Cuerpo Diplomático 
decidió trasladarse en su totalidad cerca del Dicta- 
dor, á Miraflores, para volver después con la res- 
puesta de este al campo chileno, y terminar la obra 
tan bien iniciada de sus buenos oficios. 

A las dos y cuarto de la tarde el Cuerpo Diplo- 
mático llegaba al cuartel general del ejército pe- 
ruano, y se hacía anunciar al Dictador, el cual, 
encontrándose almorzando con varios Jefes de su 
ejército y con los Comandantes de las escuadras 
extrangeras, de los cuales se había hecho preceder 



{1) Nofca del 28 de Enero 1881. 



GUERRA DE AMERICA 89 

dicho Cuerpo Diplomático, salió inmediatamente á 
recibirlo. Pero mientras los Diplomáticos y el Dic- 
tador cambiaban entre ellos los saludos de cos- 
tumbre, fueron repentinamente sorprendidos por 
un estrepitoso fuego de artillería y mosquetería, 
que tenía todo el aspecto y era en realidad el prin- 
cipio de una batalla; de la que luego tomó el 
nombre de Miraflores. 

Sorprendidos todos al improviso por este ines- 
perado principio de la batalla, mientras se vivía 
seguros bajo la fé de la pactada tregua, que debía 
durar hasta la media noche de aquel día, nació en 
el acto una gran confusión; y premurosamente 
llamado por sus ayudantes y por los Jefes del 
ejército que almorzaban con él, el Dictador, diri- 
giendo de prisu un saludo general al Cuerpo Di- 
plomático, corrió á su caballo y despareció con 
aquellos. 

Pero el fragor de la batalla continuaba cada vez 
más vivo é intenso: los proyectiles de los ametra- 
lladores y de los cañones describían en todos sen- 
tidos numerosa:- y terribles parábolas; y los Di- 
plomáticos que se habían quedado solos, confusos 
y atolondrados, en la casa que antes ocupaba el 
Dictador, se vieron en grave é iminente peligro. 
Era necesariamente huir de allí; y sin caballos, 
sin ningún medio de locomoción, emprendieron á 
pié el camino de Lima, bajo una lluvia de bala^, 
que silbaban alrededor de ellos en todas direc- 
ciones. Ciertamente fué aquel un triste desenlace 
de su misión, y de una naturaleza á la cual la 
Diplomacia está poco acostumbrada! 

Difícil sería precisar claramente y con seguridad 
de quien fuese la culpa del improviso rompimiento 

x* 



90 HISTORIA DE LA 



de la tregua, si del Perú ó de Chile. Mientras los 
peruanos sostenien que los primeros á romper el 
fuego fueron los chilenos, éstos dicen lo mismo 
de sus adversarios. Referimos los hechos como son. 
En su parte oficial sobre la batalla de Mira- 
fiore>, el General en Jefe del ejército chileno, des- 
pués de haber hablado de la tregua concedida por 
él en las primeras horas de la mañana del 15 
dice: « Aunque merced ú e>te pacto (la tregua) 
podía disponer del día entero para dar colocación 
á mis tropas, quise verificar esa operación como 
sí la batalla no estuviera aplazada. La tercera di- 
visión que accampó el 14 al Sur del Barranco con 
orden de tender su linea en la madrugada del 15 
al Norte del mi>mo pueblo y muy cerca de las 
posiciones enemiga-, principió a colocarse á las 8 
de la mañana. A las dos de la tarde se encon- 
traban en su puesto todos los cuerpos que la com- 
ponían, con excepción del regimiento Aconcagua, 
que iba llegando, y del batallón Bulnes queseen- 
contraba de servicio en Chorrillo-. A las once prin- 
cipié á recorrer el campo, después de dar d la 
primera división la orden de colocarse << la de- 
recha de la tercera. Mientras praticaba aquel re- 
conocimiento, pude ver que reinaba gran actividad 
en el campamento de los enemigos: su- batallones 
-e movíun en todos sentidos, llegaban de Lima 
trenes con tropa : todo, en una palabra, anunciaba 
que allá se preparaban para un próximo com- 
bate (1). Lo- jefe> de los cuerpos, que habían re- 



L) Exceptuado los pocos soldados de guardia del arsenal de Sania 
Catalina, cu Lima no quedaba una sola compañía de tropa, desde 
cuando en Diciembre salió Piérola con los dos así llamados ejér- 
citos, el actim y el de reserva, á ocupar las dos líneas de defensa 



GUERRA DE AMERICA 91 

cibido la orden de no hacer fuego, me hacían pre- 
guntar si no sería conveniente ya impedir aquellas 
manobrias. El Comandante General de artillería, 
teniendo sus cañones abocados á los caminos por 
donde llegaban gruesas columnas de infantería, 
me prometía despedazarlas en un istante si le 
permitía hacer fuego. El permiso, como era na- 
tural, le fué negado, y todo lo que permití hacer, 
en previsión de cualquiera eventualidad, fué repetir 
mis órdenes para que la^ tropas que venían de 
Chorrillos apresuraran su marcha. Siguiendo mi 
reconocimiento, acompañado del Jefe del Estado 
Mayor General y de nuestros respectivos ayudan- 
tes, me adelanté al frente de nuestra línea y hasta 
muy cerca de la enemiga. Cuando hube estudiado 
el campo como lo deseaba, me puse en murcha 
para regresar. Inmediatamente se hizo sobre nos- 
otros, y á cortísima distancia, por tropas embos- 
cadas, una descarga cerrada de fusilería. Y como 
si ésta hubiese sido una señal convenida, toda la 
línea rompió sus fuegos....» 

Entre otras muchas cosas, resulta de este pá- 
rrafo de la relación del Generalísimo chileno: 

1.° Que después de haber concedido la tregua, 



de San Juan y de Mira flores. A la par ijuc las tropas, salió tam- 
bién de Lima toda la fuerza de policía, Celadores; de manera que 
para no dejar la ciudad á merced de los ladrones y malhechores, 
el servicio de la policía fué prestado por la Guardia Urbana, orga- 
nizada con este objeto entre las compañías de bomberos de las co- 
lonias extrangeras. Por consiguiente, era absolutamente imposible 
que el 15 llegasen trenes con tropas, como dice Baquedano. 

« El Aleado de Lima, al cual fué confiada una especie de dicta- 
dura, provee el mantenimiento del orden público por medio de las 
compatüas de bomberos voluntarios extrangeros, única fuerza exis- 
tente en esta capital. » Nota del 2 de Enero 1881, del Ministro de 
Italia en Lima al Ministro do Relaciones Exteriores de Italia. 



92 HISTORIA DE LA 



dispuso su ejército en línea de batalla como si ésta 
no hubiese sido aplazada, y fuese inminente; 

2.° Que á las dos de la tarde, la tercera división 
de su ejército, menos una pequeña fracción, se 
encontraba ya en su puesto en línea de batalla ; 

3.° Que á las once de la mañana había dado 
también la orden de colocación á la primera divi- 
sión; la cual, por la próxima que se hallaba, no 
podía á menos de haber ejecutado ésta orden an- 
tes de las dos de la tarde, tres horas después ; 

4.° Que al ejecutar un reconocimiento en su campo 
se aproximó hasta muy cerca de las líneas ene- 
migas, y que cuando hubo estudiado el campo, 
como deseaba, comenzó á retroceder, sucediendo 
entonces que se le hiciera por parte del enemigo 
una descarga de fusilería. 

En la Nota que con fecha del 20 de Enero di- 
rigía al Decano del Cuerpo Diplomático en Lima, 
el Secretario General del Dictador, se lee: «A pesar 
de tan solemne compromiso (la tregua), la escuadra 
chilena, de>de las primeras horas del 15 se form<> 
en línea de ataque, en número de 14 buques, frente 
á Miradores, y el ejército por su lado avanzó en 
línea de batalla sobre nuestro frente, estrechando 
la distancia hasta mil ochocientos .metros (1), si- 
tuando convenientemente su artillería, v tomando 



I Por noticias recogidas sobre el terreno, por distinguidos ca- 
balleros peruanos que formaban parto del ejército do reserva, sd- 
por el contrario i|iic una parte del ejército chileno avanzó 
durante la tregua hasta 700 metros escasos de las trincheras pe- 
ruanas, donde tomó sus posiciones detrás de los muchos muros di- 
visorios, ó tapias, de que está llena aquella zona; al mismo 
tiempo que 500 metros más atrás, ó ~ea á L200 de las trin- 
cheras, colocaba tranquilamente su artillería ; así es que cuando 



GUERRA DE AMERICA 93 

ventajosamente posiciones que no podría haber lo- 
grado sin grandes sacrificios. 

De estos aprestos y movimientos, que eran una 
falta á lo estipulado, recibía repetidos partes S. E. 
el Jefe Supremo, á presencia de los señores Almi- 
rantes de las flotas Británica y Francesa y del Jefe 
de la estación italiana (que como se sabe, habían 
precedido al Cuerpo Diplomático): pero como esos 
partes concurrían con la reunión en los salones 
de la casa residencia del Jefe Supremo, en Mira- 
flores, de todos los miembros del Cuerpo Diplomá- 
tico, fué imposible á la lealtad del Jefe Supremo 
el admitir que, bajo tan excepcionales circunstancias 
se pretendiera consumar un acto de perfidia, que 
es dudoso encuentre semejantes, aún entre las tri- 
bus semi-salvajes del África ó de la Araucanía. 
Mientras tantos así sucedió : recibiendo como pri- 
mer anuncio, tanto S. E. como los señores Almi- 
rantes y Comandantes, que en ese momento esta- 
ban en su compañía, las nutridas descargas que 
arrojaron simultáneamente el ejercito y escuadra 
chilena sobre nuestra ala derecha, dándose principio 
á la batalla del Sábado, 15: ele cuyo origen aleve 
han sido testigos, con inminente peligro de sus 
vidas, V. E., sus honorables colegas, y los señores 
Almirantes y Comandantes nombrados, así como 



comenzó la batalia se encontró ya en posiciones favorables que sin 
la tregua le hubieran sido duramente contrastadas, y que solamente 
hubiera podido conquistar como prime)' resultado de una victoria. 
Las mencionadas noticias sobre las distancias, exactamente m egidas 
más tarde después de la batalla, son ciertamente más segura; que 
las del mismo Dictador, quien no vio más aquellos lugares después 
de las batallas, y que mientras los chilenos tomaban sus posiciones 
estaba almorzando cómodamente en su provisorio alojamiento de 
Miraflores. 



94 HISTORIA DE LA 



también los oficiales de las armadas de Estados 
Unidos, Francia, Gran Bretaña é Italia, agregados 
á nuestra Estado Mayor (1). 

Para completar la relación de estos hechos que 
exprofeso hemos querido sacar de las fuentes ofi- 
ciales de ambos beligerantes, recurriremos final- 
mente á una tercera voz oficia!, completamente ex- 
traña y neutral en la lucha del Pacífico, y por todos 
conceptos cierta é inatacable: á la del Cuerpo 
Consular Diplomático que dice: « A nuestra llegada 
(de todos los señores Diplomáticos á la casa habi- 
tada por el Dictador peruano en Miraflores) á las 
2 Vj de la tarde del 15, el señor de Piérola comía 
tranquilamente con varios jefes de su ejército. 
Advertido de la presencia de todo el Cuerpo Diplo- 
mático en su ca^a, salió del comedor á recibirnos 
y en el momento mismo en que cambiábamos to- 
todavia de pié, el primer saludo, estalló un fuego 
general y nutrido en la línea de los ejércitos 
y en los buques de lo escuadra chilena, siendo 
no-otros acribillados por el diluvio de balas, bom- 
granadas que venían del ejército y de los 
buque- de Chile al lugar en que nos encontrábamos, 
á retaguardia de la línea peruana. Con tan grave 
é inesperado motivo, el señor Piérola, que vio ins- 
tantáneamente comprometida la batalla, sin tiempo 
ni aún para concluir el comenzado saludo al Cuerpo 
Diplomático, ~e dirigió rápidamente a* su ejército: 
y nosotros poseídos del asombro y de la indignación 



(1) Tanto al Estado Mayor del ejército peruano, como al del ejér- 

lleno, se encontraban agregados desde varios días antes al- 

oficiales extrangeros pertenecientes á las dotaciones de los 

buques extranjeros que había en el Pacifico, es decir de la Gran 

Bretaña, de Francia, de Italia y de Estados Unidos. 



GUERRA DE AMERICA 95 

que es fácil imaginar, nos volvimos á- Lima á pié 
bajo la lluvia de balas del primer momento, que 
sufrimos sin interrupción durante cerca de dos 
horas consecutivas (1). » 

Determinar con toda exactitud quien disparara 
realmente el primer tiro de fusil ó cañonazo, y como 
sucediese esto, sería empresa asaz difícil, por no 
decir imposible; porque, repetimos, Chile y el Perú 
se atribuyen reciprocamente el uno al otro la felonía 
de tamaña deslealtad; y porque como simple dato 
de lié que se de desarrolló después que el ejército 
chileno había tomado sus posiciones frente al ene- 
migo, y cuando los dos ejércitos podían hacer fuego 
el uno contra el otro del puesto donde se encon- 
traban, sin moverse, solo los testigos oculares que 
-on ellos mismos, podrían dar tal certidumbre. 

Sin embargo, sometiendo á minucioso y detallado 
examen los hechos plenamente comprobados, que 
resultan de los mencionados párrafos de documen- 
tos oficiales, no será difícil al lector emitir sobre 
todo esto un juicio casi cierto y seguro. 

Por nuestra parte, y solamente para, hacer m¡is 
fácil semejante examen, preguntaremos : el hecho 
confesado por el mismo General chileno, de haber 
movido y dispuesto su ejército en línea ele batalla 
durante la tregua ¿no era ya por si mismo una 
infracción á la tregua pactada? abusando de esta 
para tomar posiciones que sin ella no hubiera po- 
dido ocupar sin combate (2). ¿Se puede suponer 

(1) Nota, fecha 26 de Enero 1881, del Ministro do San Salvador 
en Lima al Ministro de Relaciones Exteriores de su Gobierno. 

(2) En el mencionado parte del General chileno se dice también 
que la tregua pactada no prohibía á los ejércitos beligerantes mo- 
verse y tomar su posición de batalla como quisieran : pero ni esto 
está probado, ni parece posible ; porque en tal caso la tregua hu- 



96 HISTORIA DE LA 



que el ejército peruano que soportó pacientemente 
que el enemigo se desplegase tranquilamente en 
batalla en su presencia, haciendo movimientos 
que lo perjudicaban, y que él podía impedir, espe- 
rase que estos movimientos fuesen ultimados para 
romper la tregua, sin provecho alguno, es decir 
cuando ya el daño había sucedido y nada habría 
tenido que -.ganar scelerando el rompimiento de 
las hostilidades? ¿Se puede suponer que Piérola, 
el hombre que no quizo jamás tomar la ofensiva 
cuando podía y debía hacerlo, cuando era casi 
cierto que le habría producido la victoria, la tomase 
más tarde en el solo momento en el cual, además 
de que era un delito, no podía prometerle ventaja 
alguna? ¿Se puede suponer que un General cual- 
quiera, aunque sea un Pié rola, disponga y ejecute 
la violación de una tregua, permaneciendo tranqui- 
lamente é comer con sus ayudantes y con los Jefes 
de los cuerpo- de -u ejército? ¿Cómo se explico 
que los primeros proyectiles, al romperse la tregua 
fuesen á caer a retaguardia de las líneas peruanas, 
donde se encontraba el Cuerpo Diplomático? ¿Cómo 
se explica que la escuadra chilena comenzase sus 
fuegos contemporáneamente al ejército de tierra, 
mientras que por efecto de la tregua no debía en- 
contrarse en modo alguno preparada á é-4o?¿Como 
se explica que dicha escuadra se dispuso en línea 
de combate precisamente en las primeras horas del 



biera servido únicamente para dar al ejército agresor, ó sea al chi- 
leno, la oportunida.l de tomar sin resistencia las posiciones ofensivas 
que le eran necesarias; puesto que el del Perú que estaba á la 
defensiva en posiciones escogidas y preparados de antemano, no 
tenia, como no tuvo ninguna nueva posición '|ue tomar. En tal casn. 
la concesión do la tregua hubiera sido manifiestamente capciosa y 
nada más que un simple lazo tendide á los peruanos. 



GUERRA DE AMERICA 97 

15, día en el cual no debía haber batalla? Todo 
el Cuerpo Diplomático finalmente, estaba allí para 
atestiguar que el Dictador peruano deseaba y quería 
concluir un verdadero armisticio, y la misma paz (1) : 
lo que probaría quanto estaba en sus intereses el 
mantener aquella pequeña tregua de 20 horas, du- 
rante la cual dicho Cuerpo Diplomático debía apro- 
vechar con este objeto ia benéfica obra de sus 
buenos oficios. Y mientras estos excluiría hasta la 
sospecha de que Piérola pudiese pensar en romper 
la tregua ¿quien ignora que Chile, agresor siempre 
durante toda la guerra, excepto en San Francisco, 
ansiaba más que nada llegar á Lima, por el doble 
objeto de aniquilar al Perú, é imponerle con la 
fuerza un despojador tratado de paz que, sabía, 
que no hubiera firmado nunca en otras condicio- 
nes (2). 



(\) « Trasladada une so hnbo á Miraflores la Delegación (del Cuerpo 
Diplomático: .se presentió a S. E. el señor Piérola, el cual aceptó la 
tregua convenida, y pareció dispuesto á ceder el Callao (única con- 
dición impuesta por Baquedano pura concluir un verdadero armisticio) 
y á entrar en negociaciones do paz. » 

Nota del Ministro del Italia en Lima, fecha 28 de Enero de 1881, 
al Ministro de Relaciones Exteriores de su Nación. 

(2) Como confirmación de cuanto dice el Autor sobro el rompi- 
miento de la tregua, y precisamente sobre la verdadera y única 
interpretación que pnede y debe darse á los movimientos ejecutados 
durante la misma, por el ejército chileno, viene muy apróposito un 
documentos de los más autorizados que la caxisalidad nos ha puesto 
entre manos, cuya importancia es tal, que nos hace separarnos por 
primera y única vez de la reserva que, en noestra cualidad de 
traductor hemos guardado siempre en una obra de tan palpitante 
interés. Este documento que como verá el lector, es de fecha pos- 
terior á la de la presente Historia— prueba también lo acertado que 
anduvo el señor Caivano, en sus razonamientos y deducciones. 

«Armisticio de Miraflores— Los Infrascritos, Ministros del Sal- 
vador, de Francia y do Inglaterra, habiendo sido debidamente au- 
torizadas para ofrecer á los beligerantes los buenos oficios del Cuerpo 
Diplomático. 

« Considerando que en la relación del General Baquedano, no so 



98 HISTORIA DE LA 



A las dos y media de la tarde, por consiguiente, 
rota la tregua, comenzó la batalla; la cual mante- 
niéndose indecisa basta las cuatro, momento desde 
el cual se pronunció manifiestamente contra Chile, 
hasta las 5 y minutos, terminó cerca de las 6 con 
la repentina y completa victoria de este último. 

Gomo hemos dicho varias veces, la línea de de- 
fensa de los peruanos se extendía más de once 
kilómetros, desde el mar ¡i Vasquez. Pero cierta- 
mente no >e podía esperar que I03 Ginerales chi- 
lenos, siguiendo el descabellado plan de Piérola, 
desparramasen como él sus fuerzas en una línea 
tan larga, para atacarlo contemporáneamente en 
todo- su- puntos 

Profundo conocedor como era del carácter del 
-oldüdo chileno, que solamente sabe hacerse fuerte 



een los hechos principalmente comn tuvieron lugar en la 
mañana del 1", de Enero, durante nuestra entrevista con los Jefes 
del ejército chileno. 

« Considerando además que la publicación de dicha relación, 
tiende á dar una idea falsa sobre el carácter de nuestra misión, y 
de las medidas qué establecimos. 
«Declaramos: I o Que la conferencia tuvo lugar á petición del 
aber cuales serian las bases de la paz; -»2" Que 
habién ocer éstas en vía confidencial, y comuni- 

cadas que no fueron otras condiciones previas para cualquiera 
ición, pedimos la suspensión de las hostilidades, á fin de que 
el .Icio Supremo tuviese tiempo de deliberar;— 3 o Que el armisticio 
duraría hasta las 12 de la noche de .mo día; — i" Que insi- 

stiendo los chilenos en llevar adelante un movimiento comenzado 
•irnos: pero con la expresa condición aceptada por ellos, que 
aquel movimiento no se efectuarla más allá de la gran guardia de su 
precisamente como se encontraba en aquel mo- 
-En fó de lo que. y para que conste la verdad, hemos fir- 
mado este proceso verbal. 

"Lima 27 Abril 1882. 'Firmado; .). de T. Pinto. Ministro Pleni- 
potenciario de San Salvador. (Firmado) D. de Vobges, Ministro de 
la .República francesa. ( Firmado) Spemceb St. John t ; Ministro de S. 
M. Británica». 

Del periódico" El Canal de Paxavia, del 14 de Junio de 1882.— 
CN'ota d-íl Traductor). 



GUERRA DE AMERICA 99 

y atrevido cuando se encuentra en grandes y com- 
pactas masas, el General Baquedano concentró to- 
das sus fuerzas en un solo punto; y para aprove- 
charse de la poderosa cooperación de la escuadra, 
dirigió su ataque únicamente contra el ala derecha 
de los peruanos que terminando casi sobre el mar, 
podía ser y fué eficazmente acribillada por los 
cañones de grueso calibre de aquella. 

Limitado el ataque, y de consiguiente la batalla, 
á un extremo de la larga línea de los peruanos 
hubiera sido en extremo fácil á éstos concentrar 
sus desparramados batallones del centro y del ala 
izquierda, tanto para efectuar un movimiento de 
conversión contra el enemigo, atacándolo de flanco 
cuanto y muy principalmente para reforzar los es- 
casos batallones del ala derecha, que se encontra- 
ban solos combatiendo contra todas las fuerzas 
reunidas del adversario. Pero aquí, como en San 
Juan, además de la mala disposición de las fuer- 
zas, debía principalmente hacerse sentir la falta de 
mando, de una mente que supiese dirigir la acción 
y aprovecharse de todos los recursos disponibles. 
Aquí, como en San Juan, el Dictador peruano que 
pretendía hacer de General en Jefe, iba siempre 
adelante y atrás sin comprender nada y sin dar 
orden alguna, excepto una que no podía ser más 
torpe y fatal, de la cual hablaremos á su debido 
tiempo: así es que los pocos batatallones del ala 
derecha debieron batirse solos, desde el principio 
al fin, once de la reserva y la mitad de los de lí- 
nea, permanecían y permanecieron hasta el fin 
inactivos en sus puesto-, adonde nadie fué á bus- 
carlos y donde á nada sirvieron. 

Cerca de 3000 hombres del ejército activo, los 



i 00 HISTORIA DE LA 



que se encontraban en los intervalos de las cinco 
trincheras del ala derecha, y cerca de 2500 del 
ejército de reserva que ocupaban estas mismas 
trincheras, fueron los únicos que se batieron, y de 
consiguiente los únicos que sostuvieron el choque 
de todo el ejército chileno ó sea de 16 á 17000 
hombres (1) ensoberbecidos todavía por la victoria 
de dos días antes, y que además se hallaban se- 
cundados admirablemente por la numerosa y fuerte 
artillería de la escuadra. 

Sin embargo la gruesa división chilena, mandada 
por el valeroso Coronel Lagos, que fué la primera 
á lanzarse el ataque había sido ya rechazada una 
primera vez á las 4, con numerosas bajas: y luego 
una segunda vez un poco más tarde, en unión á 
la división Lynch que había acudido en su ayuda. 
Y si en aquellos momento-, durante la larga hora 
trascurrida entre la- 4 y las 5, los batallones pe- 
ruanos de refresco que estaban inactivos en las 
posiciones del centro y de la izquierda, hubiesen 
emprendido un movimiento ofensivo cualquiera 
contra ellos, es indudable que, completada la des- 
organización de aquellas dos divisiones, y envuelta 
en ella también la división de reserva que guardaba 
los flanco-, la derrota del ejército chileno hubiera 
sido inevitable, completa. 

Si en vez de Piérola, que nunca fué militar en 
su vida, se hubiese hallado á la cabeza del ejército 
peruano el Contra-Almirante Montero, al cual roía 
interiormente la rabia de su impotencia en el inútil 



(1) El resto del ejercito chileno quodaba, parte a gTiardar los 
prisioneros del dia 18 en el cuartel de Chorrillos, y parte todavía 
entre Chorrillos y el Barranco, como continuación do las bacanales 
del 13 y 14. no tomando por consiguiente parte en la batalla. 



GUERRA DE AMERICA 101 

puesto de ayudante, ó cualquier otro General ó 
Coronel de los muchos que se hallaban condenados 
á la inacción por el Dictador, ó si por lo menos 
hubiese éste escuchado uno solo de sus consejos 
evidentemente, el sol hubiera iluminado en sti ocaso 
una espléndida victoria dé las armas peruanas. 
Pero no; Piérola que para reservarse completa la 
gloria del triunfo, quería acudir á todo y mandar 
directamente á todos y todo, hasta el punto de 
dejar los batallones del ejército activo, que recí- 
procamente se mezclaban entre ellos, sin sujetarse 
á ninguna otra unidad de mando fuera de la suya 
caminaba atolondrado en medio á las lluvias de 
balas, sin ver nada, sin escuchar nada, y sin man- 
dar nada. 

A las 5, las divisiones chilenas, que protegidas 
y contenidas en su fuga por la división de reserva 
pudieron regularmente reorganizarse, volvieron una 
tercera vez al asalto en unión de aquella: y cuando 
quizás estaban próximas á retroceder una tercera 
vez todavía, cuando hacía ya rato que los oficiales 
podían solamente obtener que sus soldados avan- 
zasen, empujándolos con la punta de sus espa- 
das (1), tres de los cuatro batallones peruanos del 
ejército activo, que defendían los intervalos de una 
trinchera á otra, disminuyeron repentinamente su 
fuego, para luego volver las espaldas después de 
pocos minutos y desbandarse como locos. ¿Por 
que? Habiendo comenzado desde algún tiempo á 
hacerse sentir la necesidad de nuevas municiones, 



(1) Hecho que hemos oído referir á no pocos chilenos, y que se 
deduce además (para quieu conozca la peculiar táctica y disciplina 
del ejército chileno) del pequeño trozo de la relación chilena del 
periódico la Actualidad, que copiamos más adelante. 



102 HISTORIA DE LA 



á algunos no se llegó á tiempo á llevárselas, y á 
otros se la llevaron inservibles, cambiando las de 
peabody con las de los remington 6 chassepots (1) 
y viceversa. Las primeras compañías que encon- 
traron sin cartuchos ó con cartuchos que no eran 
para sus fusiles, retrocedieron inmediatamente; y 
las otras, que estaban cansadas ya de un conti- 
nuado combate de cerca de tre horas sin recibir 
jamás ni el más ligero refuerzo, creyeron que a- 
quellas huían, y ganadas por el contagio siguieron 
el ejemplo. 

Desde aquel momento, no quedaron fronte al 
enemigo, que naturalmente cobraba valor y atrevi- 
miento, más que un batallón del ejército activo, el 
de Marina y los escaso- batallones de reserva que 
defendían la> trincheras; las cuales, distantes 800 
metros la una de la otra sobre terrenos llenos de 
sinuosidades y de innumerables paredes divisioras 
de propiedades ó tapias, que no se tuvo la previ- 
sión de demolir á tiempo, y detras de las cuales 
se escondía fácilmente el enemigo, mal podían 
sostenerle mutuamente, par impedir que el ene- 
migo las tomase por los flancos ó por la espalda. 

Sin embargo, aún habiéndose quedado solos 
estos escasos batallones de reserva que en un 
principio contaban 2500 plazas, y que la metralla 
de la escuadra y los repetidos asaltos del enemigo 
habían reducido casi de una tercera parte, defen- 



(1) El ejército del Perú estaba armado con fusiles de tres diversos 
sistemas, Peabody, Remington y Ohassopot. Origen de esto era el 
no hallarse suficientemente armado el Perú al iniciarse la guerra, 
para la cual no estaba proparado; asi es que se halló obligado á 
aceptar sin poder elegir, los fusiles que pudieron ser comprados 
con toda solicitud en Europa y en ios Justados Unidos por los di- 
versos agentes enviados con este objeto. 



GUERRA DE AMERICA 103 

dieran valerosamente sus posiciones cerca de una 
hora más, durante la cual tuvieron que luchar 
contra todo el ejército chileno reunido en un su- 
premo y último esfuerzo; hasta que forzado por 
éste el paso, entre una trinchera y otra, y atacados 
por la espalda, toda resistencia era imposible, y de- 
bieron batirse en retirada. 

Estos batallones, en los cuales combatía la parte 
más electa de la población de la Capital, dieron 
prueba, durante más de 3 horas de la más deno- 
dada resistencia, de abnegación y valor no común 
principalmente los de la segunda y tercera trin- 
chera, donde, por su posición sobre la via férrea 
y sobre la carretera, se desarrolló la acción más 
importante de la batalla: de estos batallones for- 
maban la inmensa mayoría, abogados, magistrados 
grandes proprietarios, banqueros, ex-ministros, ex- 
diputados, ex-senadores, etc., etc. El primero y el 
segundo Comandante del batallón N. 6 que defen- 
día la tercero trinchera, Narciso Colina y Natalio 
Sárchez, ex-diputado, morían valerosamente en sus 
puestos; y si el destino perdonaba la vida al dis- 
tinguido abogado y ex-Vice Presidente de la Cá- 
mara de Diputados, Ramón Ribeyro, que mandaba 
el batallón N. 2 al cual estaba confiada la segunda 
trinchera no le evitaba sin embargo el dolor de 
ver caer á su lado, uno despuós de otro, sus a- 
migos más querido-, los más distinguidos perso- 
najes de Lima y de la República, que militaban á 
sus órdenes. La abnegación con la cual todos estos 
hombres generosos sacrificaron su vida en aras de 
la patria, fué la mejor respuesta que podían dar á 
la desconfiada y ambiciosa ceguedad del Dictador 
y su patria, cuya ruina comenzada por la ineptitud 



104 HISTORIA DE LA 



de su antecesor concluyera éste, conservará de 
ellos eterna y afectuosa memoria. 

Piérola, hemos dicho antes, no dio más que una 
sola orden durante toda la batalla, á los menos 
que se sepa, y esta orden única consistió en man- 
dar á los once batallones de la reserva á las fuer- 
zas de línea del ala izquierda, que no habían to- 
mado parte alguna en la batalla, que se dipersasen 
y volviese cada uno á sus respectivas casas. 

Y es de advertir que esta orden fué dada pre- 
cisamente entre las 5 y 5 y cuarto, cuando los ba- 
tallones de las trincheras, que habían quedado 
solos, oponían todavía la más tenaz resistencia al 
enemigo, y cuando éste, desesperando de tomar las 
trincheras, cuyo incesante fuego lo había rechazado 
dos veces, bastaba que hubiese visto aparecer el 
más ligero refuerzo de tropas de refresco á los 
peruanos, para abandonar el campo y retroceder: 
á esto lo hubiera impulsado también lo avanzado 
de la hora, y el temor de que la noche lo sorpren- 
diera combatiendo sobre un terreno que no conocía, 
y que se suponía todo lleno de minas. Sobre estas 
cosas, generalmente conocidas, hemos sido plena- 
mente informados por personas dignas de todo 
crédito (1). 



(1) « A las \ y 80 de la tarde nuestra derecha se sintió bastante 
apurada. No se temió su derrota, pero se creía que la uoche pondria 
liu al combate sin obtener victoria sobre el enemigo. Los nuestros 
habíau casi agotado sus municiones, y esto introdujo en parte un 
desorden en nuestras lilas , llegando á traducirse on una defe- 
cción alarmante.... En el campo de batalla, nuestros mayores Jefes 
y el General Maturana (Jefe del Estado Mayor chileno) entre ellos, 
hacían todo género de esfuerzos para reorganizar las tropas, per- 
turbadas por el agotamiento de municiones y defeccionadas en 
mucha parte, á pesar de que las municiones empezaban ya a llegar ; 
y fué sin duda entonces, ,cuaudo muchos de ellos cayeron heridos 
ü muertos, al desplegar toda la actividad que les ora posible. Los 



GUERRA DE AMERICA KJ;j 



El Dictador por el contrario, al cual su propia 
impericia y su propio atolondramiento hicieron creer 
que todo estaba perdido ya, una vez dada á las 
fuerzas del ala izquierda la orden de dejar las ar- 
mas y retirarse á sus casas, abandonó el campo 
de batalla con un reducido número de secuaces; y 
sin ni siquiera entrar en Lima, tomó el camino de 
las montañas del Interior de la República. 

La conducta de Piérola en aquel momento, sería 
inexplicable, sin admitir en él una gran perturba- 
ción mental, á menos que no se le considerara, 
como á juzgar por los precedentes nos parecería 
más exacto, tan desprovisto de toda capacidad, 
hasta colocarlo por debajo de las más vulgares 
inteligencias. 

Aún admitiendo que el Dictador juzgase irremi- 
siblemente perdida la batalla, ¿porqué ordenaba la 
dispersción y disolución de los batallones del ala 
izquierda? ¿Porqué se privaba voluntariamente de 
aquellas fuerzas de 6 á 7,000 hombres bien armados 
que, unidos á los 1,500 ó 2,000 de la guarnición 
del Callao, y á todos los dispersos que era fácil 
recoger en Lima, podían todavía presentar su úl- 
tima resistencia al enemigo, para obligarlo, sino ;í 
otra cosa, d una capitulación? ¿Porqué no los con- 
ducía consigo í'i aquellas montañas entre las cuales 
se fué casi solo, para salvar por lo menos sus 
armas? 



oficiales secundaron con heroico entusiasmo la obra de sus supe- 
riores, y de esa manera, en pocos momentos, la lucha recok 
su brio primitivo, reforzada de nuestra parte con el auxilio de los 
cuerpos de la reserva. » 

La Actualidad del 12 de Febrero de 1881, periódico órgano del 
ejército chileno en Lima.— Belactíión de la batalla de Mirajlores. 

Quitando de esta relación la parte que corresponde á la acostum- 
brada fanfarronería chilena, queda la desnuda verdad de los hechos, 
como nosotros la hemes referidos. 

8* 



106 HISTORIA DE LA 



Que el enemigo entrase en Lima inmediatamente, 
de noche, no era ni siquiera de sospecharse: el 
hecho de encontrarse aquella bajo los fuegos de 
los fuertes de San Cristóbal y de San, Bartolomé, 
el temor asaz justificado de un último esfuerzo de 
resistencia á sus puertas, y los muchos peligros á 
los cuales podía dar lugar el simple hecho de en- 
trar de noche en una ciudad enemiga de ciento 
cincuenta mil habitantes, eran más que suficientes 
para hacer que los chilenos no diesen un solo paso 
adelante, hasta el alba del dia siguiente por lo 
menos. Piérola tenía por consiguiente toda la noche 
á su disposición, para resolver lo que debía hacerse, 
y tomar las medidas oportunas: toda una noche 
durante la cual hubiera podido, sino otra cosa, 
recoger por lo menos la parte más importante de 
los archivos de los Ministerios, que para eterno 
desdoro y vergüenza dejó en poder del vencedor, 
así como también la gran cantidad de armas y 
municiones que encerraba el arsenal de Santa Ca- 
talina, y les varios millares de soldados dispersos 
del ejército activo que vagaban por Lima, espe- 
rando quien se tomase la molestia de pensar en 
ellos, de reorganizarlos en batallones y hacer algo 
de sus personas (1). Del ejército activo solamente 
reuniendo los dispersos, los batallones del Callao 
y los que quedaron sin batirse en el ala izquierda 
en Vasquez, hubiera podido formar un ejército de 
ocho á nueve mil hombres, con los cuales, si no 



I Nos consta por las muchas informaciones obtenidas, que du- 
rante la noche dal 15 al 16, las plazas y las calles principales de 
Lima estaban literalmente llenas de soldados, la mayor parto arma- 
dos, que hacían grande algazara pidiendo ser conducidos contra el 
enemigo. 



GUERRA DE AMERICA 107 

quería hacer otra cosa, hubiera podido tomar el 
16 el camino de las montañas, después de haber 
hecho salir por el ferro carril de la Oroya, que era 
su mismo, camino, archivos, armas, municiones y 
todo lo demás que quisiera. Con aquel primer nú- 
cleo de fuerzas y con los materiales de guerra sacados 
del arsenal, aún después del abandono de Lima, no 
habría faltado medio á Piérola, ó mejor, á algún otro 
más capaz que él, de hacer respetar los interés y 
la dignidad de su país, y obtener del enemigo con- 
diciones de paz menos tiránicas y crueles de las que 
le fueron ofrecidas por éste, cuando vio que sus 
pocas bayonetas podían dictar la ley sin contraste 
alguno. Pero de esto hablaremos mejor y más pro- 
lijamente on la segunda parte de este trabajo. 

La batalla de Miraflores, hemos dicho, terminó 
hacia las 6 de la tarde, al principiar el crepúsculo 
vespertino. Pero el ejército vencedor ignoraba cuanto 
habia pasado en el campo enemigo: sabía que la 
mayor parte de las fuerzas peruanas no habían 
tomado parte en la batalla, porque no las habían 
visto venir contra sí, desde sus no molestadas po- 
siciones del ala izquierda; pero ignorando cumple- 
tamente, ni pudiendo tampoco imaginarse la ex- 
traña orden de dispersón de aquellas, dada por el 
Dictador peruano, supuso que dichas fuerzas pen- 
saran disputarle la entrada de la Capital á las 
puertas y en los muros de la misma. 

En el campo chileno estaban todos, quien más 
quien menos convencidos, que era necesario com- 
batir todavía, que Lima no se rendiría sin intentar 
antes un último y supremo esfuerzo de resistencia 
á sus puertas (1); y las palabras que más abajo 

(1) « La noche sobrevino luego de terminada la acción, y no pudo 



108 HISTORIA DE LA 



reproducimos, no- dirán lo que pensase sobre este 
particular el mismo Ministro de la Guerra de Chile 
que, como se sobe, acompañaba al ejército: «La 
noche del 15, después de la victoria de Miraflores: 
el Ministro de la Guerra me decía: Ninguna ope- 
ración habría más importante y oportuna, que re- 
organizar esta noche misma una división y atacar 
Lima á la madrugada, sorprendiéndola en medio 
de la confusión y espanto que debe haberles pro- 
ducido la derrota de esta tarde: pero es imposible 
hacerlo, por el estado en que se encuentra el ejér- 
cito.... Nos veremos forzados á ponerle sitio, y es- 
perar que se rinda por si sola (1). 

Pero entre tanto que en el campo chileno ^e pen- 
saba en nueva- batallas, en largos y penosos m so- 
dios y en quien sabe cuantas cosa- más, para apo- 
derarse de Lima , esta desventurada ciudad se 
ecoñtraba por el contrario sobrecogida del más 
desesperado terror. 

Conocida que fué la intempestiva fuga del Dic- 
tador, y la dispersión de las únicas fuerzas que 
hubieran podido, oponer todavía una ultimo re- 
sistencia al enemigo, qu" acampaba á una legua 
e-casa de la capital, todos temieron que éste en- 
trase en ella de un momento a otro, para repetir 
en proporciones, mucho mayores las horribles esce- 
na- de Chorrillos y del Barranco. Miraflores ardía 
ya; ardían también los encendidos restos de Chor- 



.saberse si el enemigo deshecho había recalado á lama, ni sí habría 
que ir todavía en su demanda al día siguiente, contra sus postreras 
fortificaciones. .. ¿Pensaría el enemigo rn presentar nueva resis- 
tencia eu su rincón postrero, en Lima? Esta era la cuestión que 
preocupaba 

o de 1881. periódico órgano del ejér- 
cito chileno en Lima. 

(1) Cabta Política del chileno M. José Vicuña, pag. 147 y 148. 



GUERRA DE AMERICA 109 

rillos y del Barranco; y no hay que admirarse si 
al mismo tiempo ardían de terror las imaginaciones 
de los abandonados habitantes de la Capital. Por 
las calles, en los asilos de los extrangeros, en las 
Legaciones y Consulados, y en las mismas resi- 
dencias de los Ministros y de los Cónsules, to- 
das llenas de gente, de arriba abajo, no se oían 
más que llantos, sollozos suspiros. Recordando el 
atentado cometido en Tacna contra la Agencia Con- 
sular de Italia, y el de dos días antes contra la 
habitación del Ministro inglés en Chorrillos, ni si- 
quiera la bandera neutral afrecía seguro en nin- 
guna parte. Todos huían de sus casas ; todos hu- 
bieran querido huir de Lima, y nadie sabía adonde 
ni como huir. Ninguno pensaba á la propriedad 
que abandonaba, á los bienes que serían saqueados 
y perdidos : no se temía más que por la vida, por 
el honor de las mujeres... y había razón para ello ! 

La ardiente imaginación presentaba la temida 
llegada de los chilenos como imminente, como su- 
cedida ya, á todo lejano rumor que se oía : el ter- 
ror, la desesperación de los ánimos era infinita. A 
las encantadoras limeñas, enloquecidas por el ter- 
ror, les parecía sentir ya sus delicadas carnes pro- 
fanadas por el brutal abrazo del soldado ebrio de 
vino y de lujuria; y mas de una vez fué necesario 
detener su brazo, para impedirles atentar á su vid i 
ó á su belleza, que preferían destruir ellas mismas, 
más bien que da jaríais expuestas á tanta igno- 
minia ! 

El Cuerpo Diplomático se puso entonces otra 
vez en movimento, Creyó que quizás no había he- 
cho bastante, para salvar á Lima de los temido 
excesos de la ^oldatesca chilena ; y envió aquella 



110 HISTORIA DE LA 



misma tarde dos emisarios á Baquedano — un ofi- 
cial de la esquadra inglesa y otro de la italiana- 
para pedirle, á nombre y de parte del Cuerpo Di- 
plomático, una entrevista encaminada á impedir la 
ruina de la ciudad. El oficial italiano, Conde Roycb, 
volvió dentro de la misma noche con una primera 
respuesta verbal, anunciando quel el día siguiente 
seria traida por su compañero en la comisión, la 
esperada respuesta del General en Jefe del ejercito 
chileno. Y el día seguiente, 16, llegaba á Lima el otro 
oficial, el inglés Carey-Brenton, con una nota del 
General Baquedano para el Decano del Cuerpo Di- 
plomático ; nota en la cual, tomando como pre- 
texto la deslealtad atribuida á los peruanos, del 
rompimiento de la tregua. Baquedano concluía co- 
municando >u resolución de: «bombardear desde 
mañana mismo la ciudad de Lima, si lo cree opor- 
tuno, hasta obtener su rendición incondicional. » 
Esta nota llevaba la fecha de las once de la noche 
del 15 de Enero. 

Ante- de tomar ninguna determinación, el Cuerpo 
Diplomático puso dicha nota en conocimiento del 
Alcalde de Lima, única autoridad peruana alli exi- 
stente, que quiso á su vez participarla al Consejo 
Municipal que convocó premurosamente. Y puesto 
que Limo, abandonada por el Dictador que tenía 
en sus manos asumido todo el poder, y sin ejér- 
cito, no se hallaba en la posibilidad de oponer ni 
siquiera la más ligera resistencia, el Consejo Mu- 
nicipal deliberó la rendición y autorizó al Alcalde, 
Rufino Torrico, para entenderse sobre el particular 
con el General en Jefe del ejército chileno. 



GUERRA DE AMERICA 111 

Pero, ¿bastaba que Lima no hubiese sido tomada 
por la fuerza, bastaba su rendición incondicional, 
para salvarla de la iras y de los excesos de la sol- 
datesca chilena ? Para responder á esta pregunta, 
ahí estaban vivos todavía los incendios de Chorril- 
los, del Barranco, de Miraflores, y un poco más 
lejos los tristes recuerdos de Tacna y de Arica. 

Pero estaba también allí el Cuerpo Diplomático 
extrangero, que todo junto tenía á sus órdenes en 
las aguas del Callao y de Miraflores, al lado de la 
escuadra chilena, otra propia asaz más fuerte y nu- 
merosa — es decir las escuadras reunidas de In- 
glaterra, Francia, Italia, etc., etc., las dos primeras 
de las cuales tenían grandes y poderosos buques 
blindados ; —y este, como hemos visto, había ya de- 
clarado á Baquedano en la mañana del día ante- 
rior, antes de la batalla, que estaba resuelto á em- 
plear todos los medios de que podía disponer, para 
salvar los intereses y las vidas de los neutrales 
residentes en Lima, y que por consiguiente Lima 
misma. 

En su consequencia, el Alcalde de Lima fué 
acompañado al campo chileno por los mismos Mi- 
nistros extrangeros que formaban la Diputación 
Diplomática de la víspera, la cual era á su vez 
acompañada, como entonces, por los Comandantes 
de las escuadras extrangeras. 

El General en Jefe del ejército chileno quiso que 
la ciudad se rindiese á discreción, y el Alcade de 
Lima, que no habría sabido como sostener una 
negativa, consintió. 

Correspondía entonces á la Diputación Diploma- 



112 • HISTORIA DE LA 



tica tornar la palabra; y los Ministros de Ingla- 
terra y Francia exigerion en nombre de todo el 
Cuerpo Diplomático que ellos representaban, y como 
garantía 'le los derechos de los neutrales residentes 
en Lima, que no se hiciera daño alguno ni ofensa 
á la ciudad. No tenemos entre manos, y quizás 
no existirá documento alguno oficial, que refiera 
genuinamente estas negociaciones: pero era voz 
casi pública en Lima, cuando nosotros estuvimos 
allí en Julio de 1881, y nos fué confirmado por per- 
sonas que podían saberlo, cuanto sigue, que á los 
mencionados Diplomáticos les fué en un principio 
respondido, que aunque se haría todo género de 
esfuerzos para frenar el ejército, era casi imposible 
preveer é impedir los pequeños desórdenes de las 
i»an<las de soldados disperso.-, que nunca faltan: 
que á esto respondió á su vez aquel de los Coman- 
dantes de la» escuadras extrangeras que hacía de 
Jefe de todas ellas reunidas, que en el caso en que 
los soldado- chilenos comenzaran á renovar en 
Lima los excesos de Chorrillos y del Barranco, la 
escuadra extranjera rompería inmediatamente el 
(uerjo contra la de Chile; y que solamente después 
d< esta formal y franca amenaza, »e obtuviera la 
completa seguridad de que el ejército chileno en- 
traría en Lima en buen orden, sin cometer el más 
ligero exceso. Como es natural, sin garantizar se- 
mejante noticia, nosotros la referimos como es, 
como una simple voz corrida en el publico, del 
cual la recogimos sin titubear, por los muchos 
viso^ de verdad que nos pareció descubrir en 
ella, y porque se halla admirablemente de acuerdo 
con las muy significativas palabras, con las cuales 
el Ministro de Italia en Lima concluía la nota oíi- 



GUERRA DE AMERICA 113 

cial en la que informaba á su Gobierno de tales 
hechos; y que dice así: «Resulta de esta sucinta 
relación, que la salvación de esta Capital se debo 
únicamente á la interposición del Cuerpo Diplo- 
mático (1) ». Con al fin de dar al Alcalde el tiempo 
necesario para desarmar los restos del disper-o 
ejército peruano que vagaban por la Capital, y pre- 
parar la entrega del arsenal y de los fuertos de 
San Cristóbal y San Bartolomé, fué decidido que la 
primeras tropas chilenas ocuparían Lima en la 
tarde del siguiente día 17. Y después de esto fué 
escrita y firmada la relativa acta de rendición, que 
reproducimos en toda su integridad : 

« En el cuartel general del ejercito chileno en 
Chorrillos, se presentaron el 16 de Enero de 1881, 
á las dos de la tarde: el señor Don Rufino Torrico 
alcalde municipal de Lima : S. E. el señor de Vorges 
Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario 
de Francia ; S. E. el señor Spencer St. John, Mi- 
nistro residente de Su Magestad Británica; el señor 
Stierling, Almirante británico; el señor Petit-Thouars 
Almirante francés; y el señor Labrano, Coman- 
dante de las fuerzas navales italianas. El señor 
Torrico hizo presente que el vecindario de Lima, 
convencido de la inutilidad de la resistencia de la 
plaza, le havia comisionado para entenderse con 
el señor General en Jefe del ejército chileno, res- 
pecto de su entrega. El señor General Baquedano 
manifestó que dicha entrega debía ser incondicional 
en el plazo de 24 horas pedido por el señor To- 
rrico, para desarmar las fuerzas que aún quedaban 
organizadas. Agregó que la ciudad sería ocupada 



(1) Nota del 28 de Enero de 1881, 



114 HISTORIA DE LA 



por fuerzas escogidas, para conservar el orden. — 
(Firmado) — Manuel Baquedano — R. Torrico— E. de 
Vorges — J. F. Vergara (Ministro de la Guerra de 
Chile)— B. du Petit-Thouars— Spencer St. Jhon— 
Altamirano (Agente diplomático chileno)— G. La- 
brano— J. H. Stierling— M. R. Lira, Secretario. » 

La rendición de Lima era una necesidad, y fué 
su salvación. Fué sin embargo poco grata á las 
grandes bandas del deshecho ejército peruano, que 
como hemos dicho, habían pasado toda la noche 
precedente embarazando las plazas y las calles 
principales de la ciudad, esperando algún Jefe que 
se tomare la molestia de reorganizarlas y llevarlas 
contra el enemigo: y mientras éstas vagaban fu- 
ribundas por las calles, manifestando su malcon- 
tento por la acordada capitulación, llegaron á Lima 
más de 1500 soldados armados de la guarnición 
del Callao, malcontentos también por la ocurrida 
capitulación, y con el propósito de oponerse á su 
ejecución: marchaban éstos á la orden del Prefecto 
del Callao, el cual había salido exprofeso de allí, 
después de haber hecho destruir las baterías de 
la plaza y los buques pontones de guerra perua- 
no- que se encontraban en el puerto, para que no 
cayesen en poder del enemigo. 

Pero una verdadera y provechosa resistencia 
contra el ejército chileno no era ya posible, con 
tan pocas fuerzas; y en consecuencia, el oponerse 
á la ejecución de la capitulación, no hubiera sido 
más que una lastimosa locura. En los encendidos 
v furiosos ánimos de todos aquellos soldados en 
desorden y sin Jefes, los que se encontraban en 
Lima y los llegados del Callao que inmediatamente 
se mezclaron entre ellos, se hizo entonces camino 



GUERRA DE AMERICA 115 

una nueva y terrible idea. Puesto que no podemos 
intentar nada contra los chilenos, dijeron, casti- 
guemos y venguémonos de sus amigos, los chinos, 
por los cuales han sido tan favorecidos contra no- 
sotros. 

Y aquí, para mejor inteligencia de nuestros lec- 
tores es necesario dar un paso atrás, y referir un 
hecho que por su escasa importancia habíamos 
descuidado. Hace ya largos años que el Perú se 
halla literalmente invadido por una gran colonia 
de chinos, hechos venir exprofeso del Celeste Im- 
perio para dedicarlos principalmente al trabajo de 
los campos, al servicio de las importantes hacien- 
das de caña de azúcar y demás. Estos chinos, su- 
getos por largo tiempo a* una especie de trata poco 
diferente de los negros, venían de su país con 
contrata irrescindihle de locación de obra por ocho 
años; y puesto que espirado este plazo quedaban 
libres de hacer de sí mismos lo que quisieran, 
preferían casi siempre entonces abandonar las ha- 
ciendas, para correr á Lima y á las demás ciu- 
dades peruanas, donde se dedicaban á servicios 
domésticos ó á pequeñas industrias libres. 

De consiguiente, mientras las ciudades y espe- 
cialmente Lima se llenaban de chinos libres, mu- 
chos de los cuales habían llegado á hacerse ricos 
con el tiempo, principalmente con la venta de obje- 
tos de su país, las haciendas estaban sempre llenas 
de chinos recién llegados, hasta dos ó trescientos 
cada una, que deseosos de unirse á sus compa- 
triotas' libres en la ciudades, vivían allí de mal 
grado; y era necesario obligarlos con la fuerza. 
Muchos de estos chinos, durante la guerra, inten- 
taron escapar á sus contradas, y de consiguiente 



116 HISTORIA DE LA 



al trabajo de las haciendas, refugiándose en el 
ejército chileno al cual sirvieron de gran ayuda : 
mientras unos le hácian de espía, otros se ocupa- 
ban de las tareas del rancho, del trasporte de los 
equipajes, y lo que es más, de la conducción de 
las municiones en las batallas; asi es que ganaron 
la adversión y odio de los soldodos peruanos, con- 
tra los cuales tanto se fatigaban (1). 

No hay par consiguiente que asombrar-e, si en 
aquellos momentos de suprema confusión y esal- 
tación, los soldados peruanos, abandonados á sí 
mismos, recordasen las grandes fechorías de los 
chinos, v pensasen en vengarse feroz y cruelmente 
-obre sus hermanos y como sucede fácilmente en 
todas las reuniones tumultuosas de gente del pue- 
plo, apena.- ^>e manifestó semejante idea por uno 
ó mas, corrió y se generalizó immediatamente: po- 
cos minutos después, toda aquella turba de solda- 
dos despechados y furiosos se dirigía al barrio de 
la ciudad que ocupaban los chinos, para hacer 
grandes estragos en ellos y en sus propriedades ; 
y caían apenas las primesas sombras de la noche 
del 16, cuando comenzaron a oírse repetidos di: pa- 
ros de fusil, y á verse aparecer por el aire grue- 
sas columnas de humo, á las cuales hizo bien pronto 
triste cortejo la siniestras luz de los incendios. 

¡Eran los disparos que se hacían contra los chi- 



(1) «El comandante L\ noh había salido de Pisco el L3 de Diciembre 
á la cabeza parte do las dos divisiones desembar- 

cadas allí en Noviembre)..,, acogió en sus lilas (en el camino) todos 
los trabajadores chinos 'jue se levantaron contra sus opresores.... 
i ; 25 de Diciembre llegó á (Juracayo..., llevaba consigo 200 bueyes, 
algún caballo, 600 asnos y más de mil chinos, que prestaron los más 
ades servicios durante el resto de la campaña. » 
(¡aukos-Akana, Historia de ta Guerra del Pacífico, segunda parte. 
110 y 141. Edición en francés. 



GUERRA DE AMERICA 117 

nos; eran las habitaciones y los almacenes de los 
chinos que ardían! No paró aquí el desorden. Al- 
rededor y en medio á los soldados, se agitaba la 
más baja pleve de la Capital, que haciéndose atre- 
vida por la convicción de la impunidad, procuraba 
sacar todo el partido posible de semejante coyun- 
tura, uniendo al incendio el robo, el saqueo. ¡Fué 
aquella, una noche asaz triste y angustiosa para 
las desventurada ciudad ! 

Los incendios se multiplicaban, el desorden ame- 
nazaba extenderse aún fuera del barrio chino á 
todas aquellas calles donde se encontrase una sola 
casa, un solo almacén de chinos; y no había au- 
toridad, no había fuerza pública que pudiese poner 
freno á tanto exceso. 

La Guardia Urbana que, como sabemos, había 
sido organizada en Diciembre para mantener el 
orden público en Lima, no existía ya : había sido 
disuelta per el Dictador algunos días antes, por- 
que una noche había puesto la mano sobre uno 
de sus favoritos, sorprendido por aquella en un 
estado poco conveniente para una persona de alta 
posición. 

Pero la¡- Bombas extrangerus, primero la italiana 
y luego la inglesa y la francesa, no se hicieron 
esperar largo tiempo. Desafiando todo peligro, cor- 
rieron velozmente adonde más tremendo ardían el 
bullicio y el incendio, á cumplir con abnegación su 
benéfica y generosa misión. Rechazados varias ve- 
ces á tiros, por los desalmados que habían pro- 
movido los incendios y que no querían que se apa- 
gasen, los valerosos Bomberos italianos, franceses 
é ingleses, todos unidos y acordes en su santa 
obra, no retrocedieron jamas, ni siquiera cuando 



118 HISTORIA DE LA 



alguno de ellos cayó muerto ó herido. Armados so- 
lamente con sus hachas, lucharon toda la noche 
contra los incendios y los incendiarios; y cuando 
á la madrugada recibieron del Alcalde algunas po- 
cas armas de fuego, no fué para ellos más que 
cuestión de un momento el hacer volver la calma 
y el ordan más completo en la angustiada ciudad. 
Mientras algunos se ocupaban en apagar los in- 
cendios, otros se pusieron á perseguir á los sol- 
dados y ;'i la canalla, que prontamente desarmaron 
y dispersaron. ¡Honor á ellos! En aquella ocasión, 
como siempre, los Bomberos italianos, franceses é 
ingleses, con su celo y con su valor honraron su- 
mamente á si mismo y á sus países (1). 

(1) Do la relación que el Coman ríante de !a I'omba italiana, G. 
Várese, enviaba al Ministro de Italia en. Lima, el 80 do Enero 1881, 
sacamos los siguientes datos : 

La Compañía italiana de Bomberos Roma prestó servicio de Guardia 
Urbana por 19 días, en Diciembre y Enero.— Suministró una guardia 
competentes á los tres Asilos abiertos en Lima para las familiar 
italianas. — Cuando llegaron ¡i Lima los heridos de San Juan, en la 
noche del 13 de Enero 1881, acorrió con 33 camillas preparadas por 
el Comité italiano para trasportarlos ;l los Hospitales.— Durante 
tres días suministró los alimentos (reunidos antes por colectas) á 
los heridos quo llenaban dichos Hospitales.— La noche del 10, cuando 
los soldados irritados y la plebe furiosa devastaban ó incendiaban 
el barrio chino, so hace camino en medio á los facinerosos que la 
acribillaban á tiros, dispone sus bombas para domar los incendios, 
en unión á las bombas inglesa y francesa; y trabaja activamente 
toda la noche, arrojando agua y aislando el fuego; acribillada pol- 
las balas do los revoltosos, no mira al peligro, corre de un incendio 
á otro, trasporta las máquinas adonde es mayor la necesidad: tiene 
brazos, tiene socorros para todos.— Cuando en las primeras horas 
del 17, las Autoridades de Lima dieron armas para restablecer ol 
orden, bastaron 30 hombres do la Compañía italiana, para que en 
unión á los bomberos franceses ó ingleses dispersasen prontamente 
Ja canalla: y en breve tiempo los incendiarios y los furibundos 
fueron desarmados.— Recupera el mismo día los objetos robados, y 
los restituye á sus propietarios.— Durante tres días consecutivos 
está siempre on movimiento para extinguir las llamas que volvían 
á aparecer en varias direcciones.— En medio á acciones tan brillan- 
tes, murió Giusoppo Garriva de un balazo en la cabeza— fueron 
heridos Buccicardi y Lavaggi. 

¡Gloria y prez á vosotros, oh generosos, que supiste desempeñar 
tantas y tan nobles acciones! 



GUERRA DE AMERICA 119 



A ruegos del Alcalde de Lima, algunos Oficiales 
de los buques de guerra italianos é ingleses hicie- 
ron desocupar en la mañana del 15 los fuertes de 
San Cristóbal y de San Bartolomé, así como tam- 
bién el Arsenal de Santa Catalina, para cumplir 
con los pactos de la capitulación ; y á las 4 de la 
tarde, una división de tropas excogidas del ejér- 
cito chileno entraba silenciosa y en perfecto orden 
en Lima. 

Entraba con todo el respetuoso recogimiento con 
el cual se entra en un Campo Santo: ¡y en efecto, 
la espléndida y risueña Reyna del Pacífico presen- 
taba en aquellos momentos toda la triste majestad 
de un Cementerio! Ni un sólo peruano, ni una 
sola peruana por las calles, donde sólo se veía al- 
guno que otro extrangero más ó menos curioso ; 
ni una sola tienda, ni una sola puerta, ni una sola 
ventana abierta ni una mirada curiosa á travez de 
las celosías. .. nada. 

¡Todo era silencio, todo respiraba tristeza y de- 
solación! 

Una mirada atrás. 

Chile estaba preparado muy de antemano, como 
en acecho, para coger en un momento oportuno 
al Perú, al amigo, al hermano, que entre las di- 
scordias domésticas se olvidaba de sí mismo: lle- 
gado que fué este momento, arroja resueltamente 
la máscara, lo arrastra violentamente sobre los 
campos de batalla, lucha unido y compacto con 
todas sus fuerzas, se aprovecha de los errores, y 
de las desgracias interiores de aquel para derro- 
tarlo ; y pisoteando todo derecho de justicia y de 
humanidad, lo oprime, lo destroza, lo insulta, y 
se hace señor y déspota en su casa. 



120 HISTORIA DE LA GUERRA DE AMERICA 

El Perú, mientras inerme se debatía penosamente 
entre la triple crisis, económica, social y político, 
se encuentra envuelto de improviso en una guerra 
surgida por Bolivia, en la cual ésta, principiando 
por perjudicarle, acaba por abandonarlo ; y lucha 
dos años para defender su honor y su amenazada 
integridad nacional. Pero más por el enemigo 
agresor, es roído y derrotado por los inveterados 
hábitos de su larga vida revolucionaria; y sus go- 
bernantes que, elevados por las revoluciones del 
dio ó de la víspera, no son en modo alguno la 
expresión de la voluntad y de la mente del país, 
no salten ó no quieren aprovechar todos los re- 
cursos de los cuales éste es capaz, y lo arrastran 
fatalmente de error en error, no á la derrota, sino 
al suicidio. 

Chile hizo cuanto podía y sabía paro vencer": si 
hubiese debido hacer un esfuerzo rn¡')S, oún el más 
insignificonte, se hobría encontrado impotente para 
hacerlo, y hubiere quedado humillado y vencido. 

Si los gobernantes del Perú hubiesen cometido 
un sólo error menos, si hubiesen sabido emplear 
en la guerra nada mú- que las dos terceras partes 
de las fuerzas de su país, el Perú habría induda- 
blemente obtenido la victoria; y no podemos di- 
spensarnos de repetir una verdad que indicamos 
en otra ocasión : no fué Chile quien venció al Perú; 
el Perú cayó por sí mismo ó los pies de un ene- 
migo ansio-o de sus despojos. 



-% 



W"Wt 



IV 



RESUMEN— La Cordillera de los Andes. — Topografía de Bolivia. 
Altura de las principales ciudades sobre el nivel del mar. — 
¡Diríase un país colocado en la región de los cirrus! — Variedad 
excepcional del clima y de los productos agrícolas. — El monto 
Illimani y su famosa especialidad. — Riquezas metalúrgicas. — 
El famoso cerro Potosí. — El «soroche.» — Minas: su apogeo 
durante el coloniaje ; su decadencia posterior. — Ingenios. — 
Falta de caminos. — El vapor Yavarí. — El gran lago Titicaca. 
Ferrocarril entre Moliendo y Puno. — Senderos. — Sistema 
de locomoción. -*- Medios de trasporte para las necesidados co- 
merciales. — Estación de las lluvias y sus efectos. — Vestigios 
de la antigua civilización y de habitantes remotos, de los que 
no se tiene noticia alguna. — Ruinas del Tiahuanaco. — Mo- 
numentos de Camataqui, — Las Chulpas. 



La gran cadena de montañas que, bajo el nom- 
bre de Cordillera de los Andes, se eleva como un 
gigante desde el itsmo de Panamá hasta el estre- 
cho de Magallanes, formando aparentemente la 
espina dorsal de la América del Sud, y corriendo 
á lo largo de esta parte del continente, ya en gran- 
des agrupaciones de montañas elevadisímas y co- 
losales, ya extendiéndose en ramales laterales más 
ó menos largos; se bifurca, á la altura del para- 
lelo, 14°, en dos cadenas completamente separadas. 

Después de correr aisladas estas dos cadenas 
más de siete grados, tornan poco á poco á reu- 

9* 



122 HISTORIA DE LA 



nirse de nuevo en un solo y único sistema, entre 
los paralelos 21° y 22°, para formar el llamado Ma- 
cizo de los Andes, ó sea una extensísima región, 
elevada y peñascosa, en la que no se vé general- 
mente más que escaso césped y una incommensu- 
rable canutad de cactus gigantescos, que, á me- 
dida que se eleva el nivel del terreno, van cubrién- 
dose gradualmente de una larga y graciosa barba 
de color blanco ó rosado. 

En este meravilloso anillo de los Andes, en el 
que parece que la naturaleza se hubiese ingeniado 
la mejor manera de dar la prueba más completa 
de su potencia, se encuentra el famoso lago Titi- 
cata, al que siguen la vasta altiplanicie de Oruro 
y la aglomeración más caprichosa de altísimos 
montes con cimas siempre cubiertas de nieve, en- 
tre los que se yerguen magestuosos el Illampu, el 
Illimani, el Sajama y muchos otros tan elevados 
como éstos. 

Justamente allá, en la altiplanicie de Oruro, á 
los pies del Illampu y del Illimani, y entre las que- 
bradas y valles de todo aquel grandioso apiña- 
miento de montañas del sistema andino, zona prin- 
cipal de la República de Bolivia, es preciso buscar 
las ciudades más importantes y la parte mayor de 
su escasa población. 

La capital oficial de Bolivia es Sucre ó Chuqui- 
saca, situada á 3.023 metros sobre el nivel del mar. 

La Paz, residencia habitual del gobierno, y, por 
tanto, capital efectiva de la República, se halla en 
el fondo de una quebrada casi circular, excavada 
por las aguas del riachuelo Ghuquiyapu en una 
faja de la altiplanicie de Oruro, á 3,639 metros de 
altura. 



GUERRA DE AMERICA 123 

Potosí, la ciudad boliviana más antigua y famosa, 
la más poblada de America un día, tiene una ele- 
vación de 3,790 metros. ¡Podría decirse que este 
pais se halla colocado en la región de los cirrus! 

Gracias á esta circunstancia, sin embargo, So- 
livia, la gran región interandina que durante el ré- 
gimen colonial de España formó parte, bajo los nom- 
bres de Alto Perú y de Distrito de Charcas, de los 
Virreinatos del Perú y de Buenos Aires, y que antes 
de la conquista española perteneció al gran impe- 
rio de los incas, con una población suficiente y labo- 
riosa, podría ser un verdadero mundo en pequeño, 
ya que colocada como se encuentra bajo el trópico 
Capricornio, sus exceptionales condiciones topográ' 
ficas hacen que goce, según la mayor ó menor ele- 
vación de las diversas localidades, — desde los val- 
les más profundos hasta la alta linea de las nieves 
perpetuas, — de todos los climas y de todas las pro- 
ducciones del globo terrestre. 

Tal variedad de climas y de temperaturas, á las 
que corresponden otras tantas variedades de pro- 
ductos agrícolas que, como hemos manifestado ya, 
son consecuencia directa de la mayor ó menor ele- 
vación de las diversas localidades ó zonas de ter- 
reno, ha hecho nacer en el lenguaje vulgar la ne- 
cesidad de nombres especiales, destinados á indicar 
dichas zonas ; nombres en su mayor parte intra- 
ducibies, y que, no abstante es indispensable co- 
nocer, como: Yunga, Valle, Cabecera de Valle, Puna 
y Puna Brava. 

Llámase Yunga á la zona que se eleva desde el 
nivel del mar hasta los 1,600 metros, en la que se 
cultivan : café, coca, cacao, vainilla y, en general, 
todos los productos de las regiones tropicoles, 



124 HISTORIA DE LA 



Valle, es la zona comprendida entre los 1600 y 
los 2500 metros de elevación sobre el nivel del mar, 
y que produce, con abundancia desconocida por 
completo en el viejo continente : trigo, maiz, legum- 
bres y toda clase de frutos europeos. 

Cabecera de Valle, es la zona situada entre los 
2500 y 3000 metros, en la que los granos, el maiz 
y las hortalizas europeas solo dan productos muy 
escasos. 

Puna, es la zona fría comprendida entre los 3000 
y 3600 metros, cuyos principales productos son : 
varias especies de papas, escasa cantitad de cebada 
\ alguna claces de gramíneas, propias para el ga- 
nado ovino, 

Puna Brava, es la zona más frígida aún, que se 
eleva desde los 3600 metros hasta la región de las 
nievas perpetuas, que principia desde los 4860 me- 
tros. En esta zona viven la vicuña, la alpaca, -la 
chinchilla, .el cóndor, y solo se producen varias 
especies de valeriana y achicoria, á la vez que la 
vareta, combustible bastante fuerte y muy usado 
en el país. 

Estas cinco zonas, con sus respectivas variedades 
de climas y producciones, no tienen una linea di- 
visoria general : ya están separadas, con exclusión 
más ó menos absoluta de todas las demás, ó yá se 
encuentran reunidas en una misma región, según 
que se descienda á los valles ó se ascienda á las 
montañas, apenas á la distancia de algunos cen- 
tenares de metros : dándose casos de hallarlas pro- 
gressivamente superpuestas en las laderas de un 
mismo monte, espectáculo en realidad sorpren- 
dente y maravilloso y que talvez solo el Illimani 
ofrezca al mundo. 



GUERRA DE AMERICA 1?5 

En la base de este coloso de los Andes, que tiene 
una circumferencia ele más de 150 kilómetros, se 
hallan el café, el banano, el ananás y toda la en- 
cantadora y orgullosa flora tropical, la cual, á su 
vez, cede el puesto á la vegetación propia del valle, 
la que también cambia á medida que sigue la as- 
censión, en las de cabecera de valle, puna y puna 
brava, confinando la última faja de yareta con la 
primera línea de aquel blanco manto de nieve del 
que jamás se despoja la altísima cumbre, que se 
eleva unos 7,321 metros sobre el nivel del mar. 

Además, sobre su escarpada superficie, el lili - 
mani encierra en sus flancos grandes minas aurí- 
feras (1), y el espectáculo grandioso que ofrece 
con sus altos picachos cubiertos de nieve, con sus 
matices y cambiantes de luz, siempre nuevos, por 
efectos de los rayos del sol, es verdaderamente 
admirable. i 

Para el viajero que, solitario y taciturno, atra- 
viesa la monótona altiplanicie de Oruro, de Sica- 
sica á La Paz, la vista del Illimani es un verda- 
dero acontecimiento, y aunque se sienta cansado 
y deseoso de llegar al término de la fatigosa jor- 
nada, la primara vez que se ofrece á su vista 
aquel espectáculo, no puede menos que detener su 
cabalgadura y permanecer mucho tiempo, contem- 
plándolo, atónito y emocionado. 

El territorio de Bolivia, comprende pues, tres 
regiones de naturaleza y condiciones completamente 



(1) La prueba mejor de este aserto, aparte de otras muchas reco- 
gidas posteriormente, se tuvo el ano de 1861 por la caida accidental 
de un fragmento de uno de sus altos picos, rodado hasta el valle 
inferior, del que se extrageron grandes cantidades de oro purísimo. 



12fí HISTORIA DE LA 



distintas entre sí: la primera, que es también la 
más poblada, relativamente, la componen la Puna 
y la Puna Brava; la segunda, las cinco zonas reu- 
nidas, y la tercera, que es la más grande y despo- 
blada y en su mayor parte todavía inexplorada y 
habitada solo por tribus salvajes valle y yunga. 

Pero más por las producciones agrícolas, igno- 
radas en su mayor parte hasta ahora, no solamente 
en el exterior sino aún en el interior de una á 
otra región, el territorio de Bolivia ha sido muy 
célebre, desde los tiempos más remotos de la Ame- 
rica, por sus inmensas riquezas metalúrgicas. 

Hacer una minuciosa clasificación de las diversas 
localidades que contienen minas de metales pre- 
ciosos, sería tarea interminable, que conduciría al 
fin á la convinción de que no hay monte en Bo- 
livia en que no existan minas ricas de oro, de 
plata, de cobre, de estaño, de plomo, de bismuto, 
etc. etc. 

Desde La Paz hasta el extremo Sur de la repú- 
blica, á lo largo de la extensa altiplanicie de Oruro 
y del inmenso corte de montañas rocallosas que 
forman el departamento de Potosí y parte de los 
de Chuquisaca y Tarija, se puede asegurar, sin 
exageración alguna, que la plata, ante todo, y des- 
pués el oro y el cobre — sin hablar de otros me- 
tales inferiores — son el principal elemento de a- 
quella gran región, como si la naturaleza hubiera 
querido compensar la inclemencia del clima y la 
esterelidad del suelo con las incalculables riquezas 
minerales depositadas en las entrañas, en las la- 
deras y en las cimas de las innumerables mon- 
tañas. 

Los Incas, que como se sabe, tenían grande a- 



GUERRA DE AMERICA 127 

precio por el oro y la plata, de los que se servían 
para adornar sus templos, jardines y palacios, fue- 
ron los primeros, — que se sepa á lo menos, — que 
disfrutaron de las riquezas minerales de la ac- 
tual Bolivia; y según la narración del historiador 
Herrera, el mineral de Porco, hoy provincia del 
departamento de Potosí, fué el más abundante que 
poseyeron y precisamente aquel de donde extra- 
jeron la mayor parte de la extraordinaria canutad 
de plata que adornaba el gran templo del Sol. 

La fama de estas ricas minas y de otras muchas 
inferiores, fué la única causa que decidió á los 
conquistadores á internarse tanto en el Alto Perú, 
á pesar de la excesiva rigidez del clima, del hor- 
roroso aspecto que ofrecían los lugares despro- 
vistos por completo de vegetación, — del soroche, 
enfermedad producida por la excesiva rarefacción 
del aire, que dificulta la respiración, acompañada 
de prostración física y moral de fuerzas y de un 
malestar general que en algunos casos se agrava 
hasta los espasmos de la muerte y produce la 
muerte misma; y en tanto que los compañeros de 
Pizarro y de Almagro explotaban el antiguo mi- 
neral de Porco, la casualidad trajo, en 1,544, el 
descubrimiento de la primera mina del famoso 
Cerro de Potosí, que ha producido ya tantos mi- 
llones de pesos y que producirá todavía muchos 
más (1). 



(1) He aquí come narra la tradición del descubrimiento de la 
primera mina en la región de Potosí: El indígena Huallca, al ser- 
vicio del español Villarroel establecido en Porco, yendo en busca 
de una llama fugitiva, la alcana al caer la noche, sobre el cerro 
de Potosí. Imposibilitado, por ser tarde, para retroceder, amarró la 
llama á un césped de paja brava y se tendió en el suelo para pasar 
allí la noche. Por la mañana, cuando fué á soltar la llama, ésta, 



i 28 HISTORIA DE LÁ 



Apenas fué descubierta la primera mina, en Po- 
tosí, se vino en conocimiento de que numerosas 
vetas serpenteaban en todo el interior y la super- 
ficie del cerro. Atraída por esta noticia mucha 
gente, é iniciados con solicitud los trabajos en 
varios puntos, en Diciembre de 1545, se colocaron 
en la misma base del rico monte, los primeros ci- 
mientos de la ciudad de Potosí, la que, viviendo 
así exclusivamente de la industria de las minas 
ubicadas en la altura, siguió la suerte y vicisitudes 
de ésta. 

Para indicar el alto grado de fortuna que alcan- 
zaron las minas y la ciudad, basta recordar aquí 
que durante los dos siglos y medio transcurridos 
desde el descubrimiento hasta el año 1800, dieron 
las minas un producto de más de mil quinientos 
millones de pesos, y que la ciudad de Potosí, como 
se sabe por el censo de 1611, contaba en dicha 
época con más de ciento sesenta mil habitantes. 

Suerte igual ó mayor que la de Potosí cupo tam- 
bién, durante la dominación española á las grandes 
minas argentíferas de Lipez, Oruro, Porco, Chichas, 
Poopó, Sicasica y otras muchas que sería largo 
enumerar, á las que deben agregarse las no pocas 
de oro, esparcidas aquí y allá, junto á las de plata, 
con las cuales rivalizaron á menudo por la abun- 
dancia de productos. 

Pero á principios del presente siglo, y por mu- 
chas causas, entre ellas la guerra de la Indepen- 



dando ua salto, hundió el césped, y el indígena vio con sorpresa, 
en el agujero que quedó, cierta cosa blanca y reluciente que pronto 
reconoció que era plata pura. Huallca reveló en secreto su descu- 
brimiento al indígena Huanca, quien á su vez habló de él á Villa- 
rroel; y éste, aprovechando una revelación tan preciosa, se dirijo 
con presteza al Potosí, llevando una buena escolta de operarios para 
explotar el rico mineral. 



GUERRA DE AMERICA 129 

dencia, de 1809 a 1820, y las continuas luchas in- 
testinas surjidas desde el primer momento en que 
Bolivia se erigió en República independiente, la 
industria metalúrgica, fué decayendo hasta estos 
tiempo, en los que parece que hubiera comenzado 
para ella una nueva era de esplendor. 

El renombrado cerro Potosí llamado « Sumac 
Orcho », (Monte bello) por los indígenas ante- 
riores á la conquista, se yergue majestuoso é im- 
ponente hasta los 4758 metros sobre el nivel del 
mar, presentando, de cualquier lado se contemple, 
un espectáculo tan intere-sante y admirable que 
sobrepasaría á todas las más poéticas descripciones 
que se pretendiera hacer de él. Para concebir toda 
su encantadora belleza, es preciso verlo; y cuanto 
más se le vé, mayor es la admiración que su con- 
templación produce. 

Su forma es la de un gran cono, esbelto y ele- 
gante, que apoya su amplio lomo en la altiplanicie 
de Tabaco ñuño que comenzado allí, se interna 
muchas leguas al Sur. Después se extiende gra- 
ciosamente hacia el Norte, en uaa larga y mórbida 
falda, en cuya buse se encuentra la ciudad de Po- 
tosí. Visto de aquí, como de cualquier otra parte, 
el gran cono se presenta, de su parte media hacia 
arriba, completamente esmaltado de los más va- 
riados colores: rojo, amarillo, verde, plomo, etc., 
con infinitas puntas negras diseminadas por todas 
partes, y que no son otra cosa que las bocas de 
innumerables minas, ante cada una de las cuales 
yacen grandes cantitades de desmontes, de donde 
proviene aquella extraña mezcla de colores que au- 
menta la belleza natural del cerro y que le impone 



130 HISTORIA DE LA 



ese sello pintoresco y fantástico que tanto atrae y 
seduce. 

Descendiendo de la árida cumbre de la altipla- 
nicie de Tabeo-ñuño, donde el aneroide marca 4305 
metros de elevación, se llega á la ciudad de Po- 
tosí,, cuya altura media es de 3970 metros, después 
de haber descrito un arco de 50 kilómetros en 
torno de la falda oeste del monte. 

La primera impressión que la ciudad produce 
es muy grata, merced á sus techos rojos, de tejas, 
como una ciudad europea ; jmás cuan distinto es 
el espectáculo que se ofrece hoy á la vista, de aquel 
que admiraba el pajasero del siglo pasado, colo- 
cado en el mismo lugar que nosotros ! 

En lugas del alegre bullicio de la gente activa 
y trabajadora que éste veía deslizarse encima de 
su cabeza, ante las mil bocaminas del cerro, que 
se encontraban en mayor 6 menor estado de afor- 
tunada explotación, sólo se encuentra hoy muda 
soledad, apenas interrumpida aquí y allá por algún 
raro operario de las pocas minas en actual labo- 
reo; y mientras aquel miraba á sus pies una grande 
y bulliciosa ciudad, de la que se alzaba hasta sus 
oidos, con rumor distinto, el alegre eco de cente- 
nares de ingenios, de los que salían todas las tar- 
des verdaderos montecillos de luciente plata pina, 
ahora solamente se distingue una pequeña y lan- 
guideciente ciudad de diecisiete á dieciocho mil ha- 
bitantes, rodeada de casas ruinosas que recuerdan 
á los seres que va no existen. 

De más de tres mil minas, que un día dieron 
resultados proficuos y que semejaban verdaderas 
colmenas humanas, apenas si hoy se hallan en ac- 
tividad veinticinco á treinta. 



GUERRA DE AMERICA 131 

En Lipez, vasta región de la que, sin hipérbole, 
podría decirse que el subsuelo es un inmenso trozo 
del cuarzo argentífero muy rico, en el que en un 
tiempo eran explotados, con éxito magnifico, cerca 
de ochocientas minas, casi todas florecientes ahora 
solo se ven tres ó cuatro. 

Oruro, que hasta fines del siglo pasado era la 
ciudad más rica de América, que contaba setenta 
mil habitantes y que tenía en explotación mil dos- 
cientas veintiséis minas de plata y doscientas de 
oro, se halla reducido á una población de siete mil 
habitantes, que no laboran en la actualidad sino 
catorce ó quince minas. 

Cálculos que juzgamos exactos señalan en Boli- 
via más de diez mil minas abandonadas, no por 
exhaustas ó empobrecidas, sino por causas bien dis- 
tintas. Entre estas pueden enumerarse, como prin- 
cipales : la poca ó ninguna seguridad para éstos, 
provenientes del estado anárquico de la República 
hasta 1880, y la indolencia de la mayor parte de 
los habitantes. 

Durante nuestra viaje á través de Bolivia, tuvi- 
mos ocasión de observar que en la mayor parte 
de los ingenios mineros, — si-io en todos,— inclu- 
sive los de Potosí, se empleaba el sistema primi- 
tivo introducido por los españoles durante la con- 
quista, sin innovación ó modificación alguna; sis- 
tema lento, costoso, imperfecto, que hace desper- 
diciar mucha parte de plata y que solo permite el 
laboreo de los metales excesivamente ricos. 

Entre los muchos ingenios que visitamos, solo 
encontramos dos en los que había sido substi- 
tuido el antiguo sistema con aparatos modernos in- 
comparablemente superiores á los empleados hasta 



132 HISTORIA DE LA 



entonces: uno del italiano Dante Abelli, en Macha- 
marca, donde él mismo hizo la instalación, y otro 
de los señores Blondo], cerca de Oruro, — cuya pri- 
mera prueba presenciamos,— está destinado, á la 
vez que otros dos del sistema antiguo, al beneficio 
de los metales que se extraen de la célebre mina 
Atocha, de propriedad de los mismos señores, si- 
tuada en la pintoresca roca sobre cuya base se le- 
vanta la ciudad de Oruro (1), y que es una de las 
más ricas que se hallan actualmente en explota- 
ción en Bolivia. 

Entonces supimos, tanto por el señor Abelli como 
por los señores Pretot y Vargas, copropriptarios y 
socios de la gran empresa Blondel, que el valor 
de los aparatos adquiridas por ellos en Europa y 
en los Estados Unidos de Norte América había 
sido más que duplicado con los gastos de trans- 
porte, ocasionados por la falta de caminos de hierro 
y carretones, circunstancias que impide que los 
demás ingenios de las mimas en explotación in- 
troduzcan las mejoras que podrían asegurarle ven- 
tajas y rendimientos pingues. 

Ya que de caminos hablamos, necesario es decir 
que Bolivia, — país esencialmente mediterráneo, y 
más hoy que Chile le ha arrebatado la estrecha 
faja de costa que tenío sobre el Pacífico, — carece 
por completo de ellos, tanto en el interior de su 
extenso territorio como para buscas salida hacia 
el mar, ó, lo que es lo mismo, para ponerse en 
comunicación con el resto del mundo civilizado; 
falta que dificulta, que tal vez haga imposible el 
progreso de dicha nación. 

(1) Se nos ha asegurado que en los ingenios de las grandes minas 
de Huanchaca y Colquechaca se ha introducido muchas reformas. 



GUERRA DE AMERICA 133 

Para bajar al mar, Bolivia no tiene sino cuatro 
rutas: la pri-nera, por el territorio de Atacama,— 
hoy en poder de Chile, — para llegar á los puertos 
de Cobija ó Autofagasta ; la segunda ; por Tarija, 
para atravezar gran parte de la República Argen- 
tina, y llegar, después de un larguísimo trayecto, 
á Rosario de Santa Fé, sobre el rio Paraná; la ter- 
cera y la cuarta, atraversando el territorio del Perú, 
hacia Arica ó Moliendo. 

Todas estas vías, exceptuando la de Moliendo, 
son incómodas, difíciles y peligrosas, y practica- 
bles, sólo com mucho trabajo, para las bestias de 
carga, en razón de cruzas las ásperas gargantas 
de los Andes, sin más vestigio de caminos que los 
senderos hechos por el tránsito continuo de las 
acémilas. 

La ruta de Moliendo, al contrario, no puede ser 
mejor, gracias á los esfuerzos verdaderamente ti- 
tánicos hechos por el Perú, país, superando toda 
clase de obstáculos, creídos casi invensibles, ha lle- 
vado la locomoción á vapor con todos sus benéfi- 
cos resultados, hasta dentro de los confines de Bo- 
livia. El primer paso dado por el Perú en este sen- 
tido se remonta al año 1869, cuando, no obstante 
la absoluta falta de caminos que pudiesen merecer 
tal nombre entre Moliendo y la orilla peruana del 
lago Titicaca, mas allá de los Andes hizo traspor- 
tar á él un gracioso vaporcito de hierro el Yavarí 
expresamente construido para este objeto en los 
astilleros ingleses. Dividido en pequeñas secciones, 
fueron éstas trasportadas á distancias y alturas 
enormes, á lomo de muía; y una vez que se en- 
contraron reunidas todas de nuevo, sabe Dios con 
cuántas fatigas, en la lejana playa del Titicaca el 



134 HISTORIA DE LA 



elegante Yavarí fué reconstruido y lanzado en sus 
frías aguas, bajo la dirección del experto capitán 
de la marina de guerra del Perú don Rómulo Es- 
pinar quien por vez primera lo condujo de Puno 
á Chililaya, de la orilla peruana á la boliviana. 

Al Yavarí, sobre el cual cruzamos el lago con un 
hermoso claro de luna la noche del 5 al 6 de Di- 
ciembre de 1883, se unió más tarde otro vapor 
igual, y ambos no han dejado nunca de hacer un 
regular servicio de cabotaje entre las orillas de los 
dos países que baña el Titicaca. 

Y aquí antes de pasar adelante, conviene decir 
que este lago gran recipiente interior cuyas aguas 
ondean á 3823 metros sobre el nivel del mar, entre 
los altos picos nevados de los Andes, que forman 
en torno suyo una espléndida y soberbia corona, se 
estiende en su mayor parte en territorio peruano 
y el resto en el de Bolivia. Su largo es de 117 mi- 
llas marinas, y su ancho, de 32, con una profun- 
didad máxima de 382 m., y está dividid'» por el es- 
trecho de Tiquina, cuya longitud es de cerca de 
dos millas y su ancho de 700 metros escasos en la 
parte más estrecha, en dos partes muy desiguales. 

El aspecto general del lago es el de un pequeño 
mar cuyos tempestuosos furores imita con frecuencia : 
y para que la ilusión sea completa posee, además, 
muchas islas, la mayor de las cuales, que tiene su 
mismo nombre, es cél« bre, por el grandioso templo 
del Sol, erigido allí por los Incas, por la tradición 
que la hizo patria de Manco Capac y de Mama 
Occllo, fundadores de la dinastía de los Incas y 
gran Imperio peruano. 

Formado por la alluencia de muchos ríos que 
descienden de las altas cimas de la cordillera cer- 



GUERRA DE AMERICA 135 

cana, el Titicaca no tiene más que un canal de 
salida, el gran rio Desaguadero que después de un 
trayecto de cerca 400 kilómetros penetra en el lago 
boliviano Pampa Aullagas. El cual aunque recibe 
continuamente una cantidad tan crecida de agua, 
sin que se vea salir de él ni siquiera una gota por 
ninguna parte, nunca eleva su nivel propio lo que 
hace suponer que se escurre por algún canal sub- 
terráneo que está en comunicación directa con el 
océano: tal vez si por aquel que pasa, subterrá- 
neamente también por el desierto peruano de Ta- 
rapacá, en la cercanía de Dolores, como ya dijmos 
en la primera parte de esta obra. 

Después de haberse ocupado en la navegabilidad 
del Titicaca, el Perú daba cumplimiento, algunos 
años más tarde, al arduo y maravilloso ferrocarril 
entre Moliendo y Puno, que partiendo del océano 
se lanza cual sierpe gigantesca, por entre las in- 
hospitalarias montañas andinas, ora desarrolándose 
en atrevidas espirales que enlazan entre sí un grupo 
completo de grandes y pequeños montes; ora tre- 
pando con vertiginoso zig-zag por encima de los 
escarpados flancos de peñascos casi inacesibles, ó 
bien alargándose audazmente por las alturas de 
hileras interrumpidas de montañas, alcanza y trans- 
monta la gran cadena de los Andes entre Viscocaya 
y Crucero Alto, á 4490 metros sobre el nivel del 
mar para descender á replegarse después, sobre el 
muelle de Puno, en las límpidas aguas del Titicaca 
recorriendo un trayecto de 522 kilómetros. 

Esta es por lo tanto la única vía de un pueblo 
civilizado y de los progresos del siglo, que tiene 
Bolivia para llegar hasta el mar; pero ella solo 
principia en uno de los confines extremos de su 



136 HISTORIA DE LA 



inmenso territorio, y desgraciadamente hay tanta 
dificultad para viajar en el interior del país, no 
solamente de una á otra de sus lejanas fronteras, 
ó de una á otra de sus principales ciudades sino 
para dirijrse de sus confines al mar, excepto por 
la antedicha vía de Moliendo la cual es, por esta 
circunstancia provechosa, y aúa podemos decir pro- 
videncial solo para los habitantes y el comercio de 
la pequeña zona limítrofe al lago Titicaca, ó sea 
para los departamentos de Oruro y de La Paz (1). 

Se cuenta que un Ministro de los Estados Uni- 
dos respondió á la pregunta del Presidente de la 
República que deseaba sabsr porque camino había 
llegado á la capital del Estado « Sucre. » 

— Por ninguno.... — respondió el diplomático. 

Ya había dicho la verdad, porque, tomando la 
palabra camino en su verdadera acepción, no hay 
uno sólo en Bolivia, si se exceptúan algunos pe- 
queños trechos cercanos á las grandes ciudades. 

Los únicos caminos que allí existen son, como 
queda dicho, los senderos trazados por los animales, 
senderos apenas perceptibles muchas veces á la 
simple vista, según la naturaleza del suelo ó el 
mayor ó menor tráfico, y ya podrá comprenderse 
lo que ellos serán en un país tan quebrado y mon- 
tuoso como Bolivia; en el que es necesario subir 
y bajar constantemente entre los 1200 y los 4300 
metros sobre el nivel del mar. 

Aún en las llanuras como en la altiplanicie de 
Oruro, en la que bastarían un pequeño puente ó 
el más ligero trabajo de terraplenación en deter- 
minados trechos para dejar expeditos caminos ca- 



(1) Téngase en cuenta que este libro se escribió en 1886. 



GUERRA DE AMERICA 137 

rreteros de primera clase, todo está abandonado, 
esperando sin duda, que esta última labor sea rea- 
lizada por la acción lenta de la naturaleza y de su 
auxiliar poderoso, el casco de los animales. 

Por lo general, en Bolivia solo se conoce dos 
sistemas de locomoción á pié y á caballo ó muía; 
y el comercio tampoco tiene otro medio de trans- 
porte que el de acémilas, ya bestias mulares, ya 
llamas, animales estos últimos que parecen gigan- 
tescas cabras de cuello larguísimo y de aspecto 
noble y mesurado muy aptos para pequeñas car- 
gas, aunque caminan con demasiada lentitud. El 
ferrocarril es allí desconocido del todo, siendo el 
más cercano el que llega á Puno en el Perú (1). Y 
cuando á la locomoción por medio de carruajes, 
excepción hecha de la relativamente corta distancia 
que media entre La Paz y Chililaya (65 km.) en 
donde desde 1876 hay establecido un regular ser- 
vicio de ómnibus que está en conección con los 
vapores que zarpan de Puno; es un lujo que en 
muy contados lugares pueden darse los bolivianos. 

Estos, por los demás, se hallan tan habituados 
á los largos y fatigosos viajes á caballo ó muía — 
sin los que no podrían salir de la ciudad ó de la 
aldea natal, que no pueden comprender ni creen 
justas las dolorosas lamentaciones de los raros 
viajeros europeos que, á falta de otros, se ven obli- 
gados á sufrir la tortura de tales medios de loco- 
moción. 

A lo largo de los 1080 km. del llamado camino 



(1) En ia actualidad hay un ferrocarril que parte de Antofagastá 
(ocupado por Chile) y llega hasta Oruro.— N. del T. 



10* 



138 HISTORIA DE LA 



que corre desde la Raya de Quiaca hasta el puerto 
de Chililaya, sobre el Titicaca, ó sea desde los 
confines con la Argentina hasta los del Perú, en 
la parte más estrecha y también más poblada de 
Bolivia, pasando por Tupiza, Potosí, Oruro y La 
Paz no encontramos sino un puente, el de Yocalla 
construido durante la dominación española, á 60 
km. de Potosí, en el fondo de un valle angosto y 
profundo, en donde el Picolmayo, aunque poco 
distante del lugar de su nacimiento es bastante 
grande y tumultuoso. 

Ahora bien, si tales caminos son poco menos que 
impracticables durante el buen tiempo ya es pre- 
sumible en lo qué se convertirán durante la esta- 
ción de las lluvias que principiando en los primeros 
días de Noviembre, se prolongan generalmente 
hasta mediados de Marzo. En esta época los in- 
numerables ríos y torrentes se hacen invadeables 
quedando los viajeros estacionados en el lugar 
donde se encuentran, de manera que durante cua- 
tro largos me.-es el comercio se encuentra casi del 
todo paralizado, suspendiéndose las transaciones. 

Sin embargo el territorio de la actual República 
de Bolivia, si no en su totalidad por lo menos en 
su mayor parte, no es completamente extraño á 
las luces de la civilización, como podría suponerse 
por la falta anotada de un cómodo y verdadero 
sistema de viabilidad, de cualqaiera clase que fuese; 
cuyas principales causas es necesario buscar en 
las largas distancias, que no guardan relación con 
el escaso número de habitantes ni con las condi- 
ciones sociales y políticas especiales án éstos. 

Para tener una idea de la civilización boliviana, 



GUERRA DE AMERICA 139 

basta echar una ojeada sobre los restos, todavía 
visibles en algunas partes, de los antiguos monu- 
mentos y de las obras de arle anteriores á los 
Incas, que revelan una civilización sino superior, 
por cierto no inferior á la de éstos último, y cuyos 
autores son completamente ignorados,- 

Lo restos de los antiguos monumentos se en- 
cuentran especialmente en dos puntos distintos y 
lejanos entre sí, unos en las cercanías del lago 
Titicaca y del río Desaguadero, y otros, en el valle 
de Gamataqui, hoy departamento de Ghuquisaca, 
mucho más allá de la extremidad de la altiplanicie 
de Oruro. 

Los primeros conocidos bajo el nombre de Ruinas 
de Tiahuanacu, además de una altísima y extensa 
plataforma de tierra levantada sobre sólidas bases 
de piedra, dejan adivinar grandes y colosales con- 
strucciones arquitectónicas completamente distintas 
de las de los Incas, y son notabilísimas por la ca- 
lidad del material empleado, generalmente enormes 
bloques de piedra tallada, de cuyas canteras no 
se encuentran vestigios en las cercanías y debieron 
ser transportados desde muy lejos no se sabe 
como (1). En muchos lugares se vé aún restos 
bastantes bien conservados de grandes templos con 
fachadas de más de 300 pies de largo, gigantescas 
estatuas, esbeltos y elevados pórticos y un gran 
número de edificios de distinto género algunos de 
ellos todos cubiertos de grabados y bajo relieves 
de una ejecución completamente primitiva, entre 



(1) Cosa análoga sucede con otras ruinas de monumentos incaicos 
situados en territorios del Perú.— N. del T. 



140 HISTORIA DE LA 



los cuales sobresalen constantemente las imagines 
del sol y del cóndor que le sirve de mensajero. 

Sin embargo el aspecto general del conjunto de 
estas ruinas induce á creer que pertenezcan no á 
una ciudad destruida sino á una construcción aban- 
donada en el curso del trabajo. 

Los monumentos de Gamataqui son de distinta 
naturaleza. 

Ante t< do es muy notable una doble y gigan- 
tezca calzada que se extiende más de 30 kilómetros 
de una á otra extremidad del estrecho valle, sobre 
las dos orillas del caudaloso río San Juan, que lo 
divide por mitad. Esta calzada ha sido construida 
según un sistema que podría llamarse ciclópeo 
perfeccionado de grandes masas talladas en línea 
recta y unidas entre sí sin ningún cemento y se 
conserva todavía en perfecto estado. Las dos fér- 
tilísimas fajas de terreno que la sostienen por 
ambos lados y á las que defiende de las inunda- 
ciones del río, proveen actualmente de cereales á 
todo el pais circunvecino. 

Vienen, después, los restos de dos grandes cons- 
trucciones, la más importante de las cuales tiene 
todo el aspecto de una fortaleza, y un bellísimo 
acueducto de cerca de 20 kilómetros de largo hecho 
con piedra tallada y pulida. 

Encuéntrase además, á cada paso en toda la al- 
tiplanicie de Oruro, torrecillas llamadas Chullpas, 
de dos á tres metros de diámetro, cerrados con 
bóvedas y construidas de adobes de mucho mejor 
calidad que los que se manufacturan en el día. — 
Son tumbas antiguas como claramente lo mani- 
fiestan las momias que se descubren en ellas, á la 



GUERRA DE AMERICA 141 

vez que amuletos é Ídolos de distintos metales, de 
los remotos habitantes de aquel país anteriores á 
la conquista de los Incas, y de los que nada se 
sabe. Las chullpas se remontan á muchos siglos 
atrás, y sin embargo, las que no han sido dañadas 
por la mano del hombre, se conservan en un es- 
tado tan perfecto que traicionan absolutamente el 
secreto de su antigüedad. 



=í %)(^ = 



BESUMEN.— Población de Bolivia.— Su distribución en el vastóte 
rritorio de la república. — Su espiritu de provincialismo. — 
Falta de homogeneidad entre las diversas razas que la componen 
— Raza indígena. — Sus deplorables condiciones durante e 
régimen colonial. — Ineficacia de las providencias dictadas en 
su favor por el rey de España. — Su odio contra los blanco s 
y mestizos.— Sus numerosas sublevaciones y espíritu que la 
animaba. — Con la proclamación de la república no mejoró. — 
Su estado actual de abyección y embrutecimiento. — Su división 
en las grandes familias: Keshua y Aymará. — No toma parte 
alguna en la vida social y política del país. — Blancos y mes- 
tizos. — Su manera de ser especial. — Señales de su "civilización 
é influencia que han ejercido sobre ella la estructura topográ- 
fica del país, la vecindad y el ejemplo de los indios. — Estado 
económico. — Instrucción pública. — Carácter boliviano. — Su 
nota distintiva. 



Los dos últimos censos de la población boli 
viana bastante imperfectos, fueron levantados los 
años del 1846 y 1854. Posteriormente se han hecho 
sólo cuadros estadísticos especiales é incompletos, 
ya de un departamento, ya de una provincia. 

Del conjunto de todos estos datos, y teniendo en 
cuenta los errores generalmente reconocidos puede 
calcularse, si no con seguridad plena de exactitud, 
por lo menos con la de una gran aproximación, 
que la república de Bolivia cuenta actualmente con 



144 HISTORIA DE LA 



una población de cerca de 1.500,000 habitantes di- 
vidida en tres razas diversas : blanca, mestizia é 
india ó aborigene, cuya proporción, más ó menos, 
es esta: blancos 14 por ciento, ó sea 210,000; mes- 
tizos, 26 por ciento, ó sea, 390,000; indios, 60 por 
ciento, ó sea, cerca de 900,000. 

Además, se encuentreran en las lejanas y en su 
mayor parte inexploradas regiones del Chaco y del 
Beni, varias tribus de indios bárbaros, que tienen 
costumbres é idoiomas distintos, que viven en estado 
nómade y selvaje, cuyo número se calcula en más 
de 700,000 y por lo general son incluidos indebi- 
damente en el cómputo general de la población, 
con la que nada tiene de común. De allí, que con 
frecuencia se dé á Bolivia una cifra errónea y ar- 
bitraria, haciéndola llegar hasta dos y medio mi- 
llones de habitantes. 

Estos, ya lo hemos dicho, no pasan de un millón 
quinientos mil, diseminados en un immenso terri- 
torio que sólo tiene 9 ciudades, capitales de depar- 
tamento, 319 aldeas y 10728 caseríos y alquerías. 

Hay que observar aquí, que no obstante de este 
fraccionamiento de la problación en tantos centros 
pequeños y de la reconcentración, relativamente 
grande de la misma en la región montuosa del 
país: departamentos de la Paz, Oruro, Cochabamba, 
Sucre y Potosí, ocupados por siete octavas partes 
del número total de habitantes, las distancias en- 
tre las ciudades y entre estas y las aldeas y los 
caseríos son tan grandes, tan penosos para recor- 
rerlos, como indicado queda, por falta de caminos, 
que hacen muy lentas y difíciles sus recíprocas y 
necesarias relaciones (1). 

(1) El censo de 1846 daba una cifra exagerada de la población de 



GUERRA DE AMERICA 145 

De esta dificultad para las mutas y estrechas re- 
laciones entre los habitantes de los diferentas de- 
partamentos, ha nacido y se ha desarollado un es- 
píritu fuerte y pronunciado de provincialismo, que 
llega hasta el extremo de que los vicinos de una 
de estas divisiones territoriales sea considerada 
como completamente extraña en otra, tanto ó más 
que si se hallase en país distinto al suyo (1). 

Empero una de las mayores plagas que pesan 
sobre Bolivia y que más se opone á su progreso, 
es la falta de homogeneidad en los elementos que 
forman so población; plaga común, — con la dife- 
rencia del más al menos, — á todos los países de 
América, á consecuencia de la mezcla ó cruza- 
miento de la raza indígena con las demás que se 
han sucedido desde al descubrimiento de Colón. 

De las tres razas que concurren á la formación 
de la población boliviana, la más numerosa, como 
ya ha podido versa, en la indígena. Esta, á su vez, 
se divide en dos grandes ramas : la Keshua y la 
Aymará, y necesario es que principiemos hablando 
de dicha raza, para conocer el papel que repre- 
senta en la economía general de la república, 

En la primera parte de este libro hemos ha- 
blado de la durísima condición que los conquis- 
tadores españoles impusieron en el Perú á los sub- 
ditos del sojuzgado imperio incaico; más en las 



Bolivia: 1,378,895 habitantes, de los que sólo 195,000 vivían en los 
departamentos de Cobija, Tarija, Santa Cruz y Beni, cuya área es 
más de dos veces mayor que la de los otros cinco departamentos, 
como puede verse por el siguiente cálculo : área de los cuatro pri- 
meros departamentos, 22,361 leguas cuadradas; área de los depar- 
tamentos de La Paz, Oruro, Cochabainba, Potosí y Sucre, 7,229 
leguas cuadradas. 

(1) Este acentuado provincionalismo ha sido una de las causas 
principales de la triunfante revolución federal de 1898.— N, del T, 



146 HISTORIA DE LA 



apartadas regiones del Alto Perú ó charcas, la con- 
dición de los indígenas fué mil veces peor. Trata- 
dos como esclavos y obligados como tales á los 
servicios más viles y rudos, como el de bestias de 
carga y trabajos, forzosos en el fondo de las mi- 
nas, donde morían á millares, los indígenas conci- 
bieron una aversión muy grande contra sus ver- 
dugos y contra toda la raza blanca, representada 
por éstos, aversión que poco á poco fué creciendo 
hasta convertirse en odio ciego y profundo ; y mien- 
tras los más sufridos ó pusilámines soportaban en 
silencio la triste suerte que el destino les había 
deparado, hasta exhalar el último suspiro, los otros, 
— y eran en el mayor número, — buscaban su li- 
bertad y su salvación apelando á la fuga, yendo á 
refugiarse en los lejanos bosques ó en las inacce- 
sibles crestas de los Andes. 

El iba en aumento día á día la raza indígena 
desaparecía como por encanto, y los conquistado- 
res, que no podían pasar sin ios inapreciables ser- 
vicios de ella, tomaron en consideración el asunto 
y se propusieron buscar el remedio. Más aún que 
los mismos conquistadores, la corte de España se 
preocupó de mejorar la condición de la raza indí- 
gena, pues bien comprendía que á la destrucción 
ó alejamento de ésta tenía que venir la despobla- 
ción y el empobrecimiento de sus ricas colonias. 
Entonces fué cuando principió la expedición de 
las llamadas Leyes de reducciones, encaminadas á 
atraer á los indígenas, garantizándoles, — la supre- 
sión de los maltratos y de tantos otros actos re- 
probados de que eran victimas. 

Carlos V expidió la primera real cédula, en tal 
sentido, el año de 1551. En ella ordenaba el mo- 



GUERRA DE AMERICA 147 



narca que los indígenas fueran obligados á reu- 
nirse en aldeas ó comunidades, para que, siendo 
tratados con la mayor bondad, aprendiesen á vivir 
como hombres civilidados y los misterios de la fé 
cristiana. 

Pocos años después se creyó más expedito para 
atraer á los indígenas, el medio de halagarlos, fa- 
voreciendo sus tendencias y sus interesas materia- 
les, y Felipe II dictó las reales cédulas de 1559 y 
1560: 1.° que los indígenas reducidos, ó sea los 
reunidos en comunidades, fueran regidos y gober- 
nados por sus antiguos caciques y curacas ó los 
legítimos descendientes de estos, los que, á su vez 
dependenrían de las autoridades coloniales y ha- 
rían cumplir sus mandatos ; 2.° que se restituyese 
á los indígenas reducid >s los terrenos que poseían 
antes de la conquista, bajo las formas y condicio- 
nes vigentes en aquella época es decir, restable- 
ciendo el comunismo que los Incas adoptaron para 
la propriedad del pueblo. 

Estas benévolas disposiciones produjeron el efecto 
apetecido. Hnla^ados con ellas los indígenas, y, 
más aún, con la idea consoladora de tornar al 
terreno nativo y de hallarse bajo la dependencia 
inmediata de sus señores naturales, por los cuales 
conserban siempre un afectuoso respeto, que tenía 
todos los caracteres de una veneración religiosa, 
se apresuraron á volver á sus antiguas moradas; 
y de esta manera surgieron las comunidades, ó 
sea las agrupaciones, más ó menos grandes, de 
indígenas, bajo el gobierno de caciques y en una 
extensión de terreno que pertenecía á todos los 
congregados, terreno que se repartían, por frac- 



148 HISTORIA DE LA 



ciones, cada año ó en períodos más largos de 
tiempo. 

Pero si bien el nuevo régimen satisfizo en parte 
las aspiraciones de los indígenas, puco ó nada me- 
joró la condición de éstos; y taivez se empeoró, 
pues so pretexto de la recaudación del tributo y 
demás impuestos que estaban obligados á pagar y 
de la prestación de servicios personales, — reducidos 
algo pero no abolidos del todo, — aquellos desgra- 
ciados continuaron siendo víctimas de vejaciones 
y exacciones, tanto en sus personas como en sus 
intereses, es decir, en los escasos productos de 
los terrenos que cultivaban. Sus mismos caciques, 
investidos aparentemente por el gobierno colonial 
de un poder y de una autoridad que no ejercían 
en realidad sino en esfera muy secundaria en la 
parte económica y administrativa, eran impotentes 
para defenderlos contra los españoles, y apenas si 
servían baciendo valer su influencia moral, para 
mantenerlos unidos y obligarlos, hasta cierto punto, 
á soportar, con la resignación posible, los conti- 
nuos vejámenes de que eran objeto. 

Las pretensiones, las injurias y las arbitrarie- 
dades de todo género de los españoles, de los 
criollo- y de los mestizos contra los indígenas 
fueron creciendo, y llegaron á tal extremo, que la 
corte de España, con el deseo de ponerles coto y 
de asegurar alguna tranquilidad á estos desventu- 
rados juzgó necesario prohibir á los españoles y 
mestizos que vivieran en las aldeas de los indí- 
genas, aún cuando en ellas tuvieran propiedades, 
y á los pasajeros comerciantes y ú todo aquel que 



GUERRA DE AMERICA 149 



no fuese indio, que permanecieran más de tres 
días en dichas aldeas ó comunidades (1). 

Estas disposiciones no mejoraron, sin embargo, 
la condición de la raza indígena ; los abusos con- 
tinuaron, y al fin produjeron el alejamiento com- 
pleto de ésta de los individuos de las razas blanca 
y mestiza, con los que no conservó otras relaciones 
que las de las sujeción odiosa que le imponía su 
condición de raza conquistadora. 

Fué así, como nació, entre razas destinadas á 
unirse estrechamente, para formar una sola fa- 
milia, un solo pueblo, compacto, igual, la separa- 
ción de ellos, tan marcada, tan decisiva, que al- 
canzó todos los caracteres de una verdadera 
división de castas. 

Encontrándose con los blancos y mestizos úni- 
camente en los momentos en que con más fuerza 
debían sentir el peso de la dominación de éstos; 
es decir, cuando tenían que pagar los impuestos 
y que prestar sus servicios profesionales, — con- 
cluidos los cuales, regrasaban sin tardanza á sus 
aldeas, — el odio que desde el primer momento con- 
cibieron contra los conquistadores y sus descen- 
dientes, se hizo más tenaz, más grande é irrecon- 
ciliable en el ánimo de los indígenas, y se extendió 
á todo lo que provenía de ellos, á todo lo que de 
algún modo á ellos se refería: á sus costumbres, 
religión, artes, idioma, vestidos: en una palabra á 
todo lo que podía recordarles la civilación que se 
les quería imponer de tan mala manera. Insensi- 
bles, por otra parte, á las comodidades, á la alegría, 



(1) Leyes 21, 22, 23 y 24, tomo III, libro IV de las famosas Le- 
yendas indias. 



150 HISTORIA DE LA 



al bienestar de la vida civilizada, — que nunca co- 
nocieron y que sin tratar de conocer odiaron, así 
como todo lo que recordaba al invisible Huiracocha 
(Espuma del mar), nombre que también dieron á 
los españoles, — hasta el trabajo aborrecieron, ya 
que su producto era exclusivamente aprovechado 
por sus enemigos. 

En el aislamiento de sus escondidas aldeas se 
obstinaron en conservar sus propias costumbres, 
su primitivo idioma y Wo su modo de ser espe- 
cial, hasta en las más minuciosas é insignificantes 
particularidades; y no alimentándose sus espíritus 
más que con el odio á sus opresores y el deseo 
de romper el yugo de éstos, se habituaron á una 
hipócrita, mentida resignación, simulando bondad 
y buena fé que estaban muy lejos de poseer, para 
erguirse después . terribles y feroces el día de la 
venganza, como lo probaron muchas veces con in- 
numerables rebeliones. 

Todas estas sublevaciones, organizadas siempre 
con el mayor sigilo y sin que el más leve incidente 
diese indicio alguno de ellas antes de estallar, 
nunca tuvieron otro objecto que el exterminio de 
la raza blanca. 

Principiando por la sublevación de Catari Chaqui, 
en las faldas de Potosí, el año 1549, fué aquel el 
carácter distintivo de toda la larga serie que se 
cerró el año 1780, con la imponente y monstruosa 
revuelta capitaneada por el cacique Túpac Amaru 
en la que tomó parte toda la raza indígena que 
habitaba el Alto e Bajo Perú y que puso por un 
momento en grave peligro la dominación espa- 
ñola (1). 



(1) En esta última revuelta que fué general, de la raza indígena, 



GUERRA DE AMERICA 151 

Cuando sobrevino la guerra de la independencia, 
los indígenas permanecieron tranquillos é indife- 
rentes á ella. No tomaron parte en pro ni en contra, 
y esto se explica fácilmente; el odio que tenían á 
los primeros conquistadores españoles se hizo ex- 
tensivo, con el tiempo, — á causa de los atropellos 
y ultrajes de que hemos hablado, á toda la raza 
blanca, en general, y á la mestiza, descendientes 
de ésta y su natural aliada. 

Si se hubiera iniciado una guerra de exterminio 
contra estas dos razas, los indígenas se habían 
levantado como un solo hombre para sostenerla; 
pero comprendiendo que solo se trataba de una 
contienda entre el partido monárquico español y 
los patriotas que aspiraban á la independiencia, — 
contienda en la que el triunfo debí i ser siempre 
para los blancos de cualquier bando, sus enemigos 
— poco les importaba que los vencedores fueran 
estos o aquellos, y se mantuvieron neutrales por 
decirlo así. 

Más si los indígenas, en su ciego odio contro la 
raza blanca, no sabían o no podían comprender 
las ventnj'as de la libertad, de la destrucción del 
yugo extrangero, correspondía al gobierno patrio, 
una vez establecida la república, darles pruebas 
fehacientes de estas mismas ventajas, habiéndolos 
participar, lo mismo qué á los blancos y mestizos 
de los beneficios de la recién conquistada libertad 
é independencia ; pero no sucedió así. 

cuyo principal campo de acción era el virreynato del Perú, cien 
mil indios asediaron la ciudad de La Paz, que fué incendiada y 
destruida casi en sus dos terceras partes y que en los diarios y con- 
tinuos combates con los sitiadores perdió más de la cuarta parte de 
sus habitantes. Este asedio duró 109 días, y á pesas del valor des- 
plegado por los vencidos y por las tropas allí encerradas, sólo fué 
levantado á la llegada de las fuerzas mandadas del virreynato de 
Buenos Ayres. 



152 HISTORIA DE LA 



Uno de los primeros y más importantes proble- 
mas para la naciente república era el de la raza 
indígena que, en razón de su número, constituía 
el elemento más importante de la escasa población. 
La labor más importante, pues, y á la que el nuevo 
gobierno debió dedicar atención preferente, debió 
hacer levantar á dicha raza del estado de embru- 
tecimiento moral y material en que había sido su- 
mida durante el largo período de la dominación 
extrangera, y elevarla desde la degradación abyecta 
y servil á la dignidad de que dan á los hombres 
las instituciones libres y la civilización. 

Preciso era hacer del indígena, hasta entonce^ 
bárbaro, recalcitrantes á todo principio legal y 
enemigo de las demás razas, como le habían vuelto 
los españoles, un ciudadano libre y útil á sí mismo 
y á la república, así como abolir, ante todo, las 
ignominias del tributo y del servicio personal for- 
zoso, que colocaban á aquel en condición política 
y social inferior á la de los demás ciudadanos. 
También era necesario conceder á los indíginas la 
real y absoluta propiedad de los pequeños pedazos 
de terreno de que se hallaban en ilusoria posesión 
ya que ésta duraba un año ó más — según la cos- 
tumbre establecida, — para después abandonarla y 
tomar el terreno que en el nuevo reparto se les 
señalaba. Esta ilusoria posesión sujetaba á los in- 
dígenas al terruño y al viciado círculo de lo co- 
munidad en que nacían, y á la vez que les negaba 
todas las ventajas y todos los derechos de la ver- 
dadera propiedad les privaba de todo medio de 
mejoramiento moral y material. Era indispensable, 
por último, destruir hasta las huellas de aquellas 
ab-urdas comunidades, sistema que tanto contri- 



GUERRA DE AMÉRICA 153 

buyo á embrutecer á esa raza, y á tornarla en otra 
de ilotas condición en que *e conserva aún. 

Nada de esto se hizo sin embargo. 

Apenas proclamada la república, el inmortal Bo- 
lívar que fué el primer presidente y que tuvo po- 
der omnímodo, pensó en ello, y á la vez que abolía 
el tributo y todos los demás gravámenes que pe- 
saban sobre la raza indígena, sustituyéndolos con 
un impuesto único: e de capitación que debía ser 
pagado indistintamente por todos los bolivianos, 
concedida á los mismos indígenas el pleno derecho 
de propiedad del terreno de que se hallaban en 
posesión; pero estas disposiciones no fueron cum- 
plidas. 

Desde entonces, aunque todos los congresos y 
todos los gobiernos que se han sucedido en Bolivia 
se ocupasen á veces de dichas cuestiones expidiendo 
leyes y decretos, que eran revocados ó dejados en 
suspenso poco después, la condición de la raza 
indígena no mejoró en nada. 

Por esto, el indio, tan laborioso, patriota, relati- 
vamente civilizado del antiguo imperio incaico, que 
á raiz de la proclamación de la república fué de- 
clarado sarcásticamente libre é independiente, de 
hecho permaneció entonces y permanece ahora 
mismo en estado de barbarie y es enemigo de toda 
civilización y de la sociedad en que vive como lo 
era durante el régimen colonial de España. 

Pero aún hay algo peor: el indio ó indígena, — 
como se lo quiera llamar,— que no sabe y no quiere 
aprender el idioma que hablan las razas blanca y 
mestiza : el castellano, y que, aún cuando, por 
casualidad lo aprende, finje no conocerlo, permu- 

n* 



154 HISTORIA DE LA 



nece excluido, no solo del ejercicio de cualquier 
cargo público, sino hasta del servicio militar (1). 

Esto es todo lo que se ha hecho en su favor, 
cuando, por el contrario, todo aconsejaba la adop- 
ción de las medidas necesarias para educarlo en 
mejor medio ó ambiente, para excitar y desarrollar 
sus buenos sentimientos, para instruirle y para po- 
nerle poco á poco en relaciones cada vez más ín- 
timas, con las otras razas, obligándole de este 
modo, con el ejemplo y con el diario y continuo 
contacto con éstas, á despojarse lentamente de la 
rudeza de su carácter y de sus costumbres, y dis- 
poniéndole para acoger más tarde, sin repugnancia, 
las enseñanzas y los beneficios de la civilización. 

Todo ha concurrido y concurre todavia aún á 
mantener, pues al indio en su inveterada barbarie, 
no siendo una de las menos importantes causas, 
la ignorancia y el egoísmo de aquellos que más 
directamente estarían llamados á educarle y civi- 
lizarle. 

Los llamados curas de indios, ó sea párrocos de 
los pueblos y del campo, en los que no tenían que 
luchar con la gran brusquedad de los indígenas 
para aceptar ideas y costumbres ajenas, pudiendo, 
por esta circunstancia atraerlos fácilmente á su 
iglesia, han doblegado la fé y el culto católicos á 
todas las más absurdas y corrompidas exigencias 
de la fé y del culto paganos, — antes en uso en 
aquellas comarcas, — cuando se adoraba el sol como 
á Dios y al Inca se creía su hijo primogénito y su 



(1) Esta última aseveración no es del todo exacta : en Bolivia y 
en el Perú, se busca precisamente á los indígenas,— y aún se les 
recluta,— para que sirvan en el ejército; si bien es ciei'to que rara 
vez llegan á oficiales.— N, del T. 



GUERRA DE AMERICA 155 

representante sobre la tierra, y de la extraña mezcla 
de ambas religiones ha nacido una monstruosidad 
de creencias y de prácticas religiosas que ho- 
rrizan. 

Debido á todas estas causas el indígenas fué 
siempre y es ahora mismo un verdadero bá'-baro 
con residencia fija. Habituado 6 la más espantosa 
miseria, sin exigencias ni necesidades costosas, sin 
aspiraciones que la dignifiquen, ignorante de todo, 
rústico y grosero en todas sus costumbres, incapaz 
de apreciar las obras y los beneficios de la civili- 
zación, de que huye con horror, rehacio á todo 
mejoramiento y á todo lo que sale de los estrechos 
límites de su barbarie, sin otro deseo que el de 
satisfacer un día su indomable odio contra los 
blancos y mestizos, con el exterminio de éstos; no 
se siente llamado ni tiene inclinación para n«da; 
ni á los placeres que no conoce; ni al trabajo, que 
en nada mejoraría su condición puesto que el pro- 
ducto de éste, satisfechas sus limitadísimHS necesi- 
dades y pagados los impuestos al estado y á la 
iglesia, no sabría en que emplearlo. 

Para comprender hasta donde llega la desoladora 
miseria del indígena, miseria a* la que se ha ido 
habituando poco á poco de tal manera que ha lle- 
gado á connaturalizarse y goza y se complace con 
ella, como p< d'ía hacerlo el sibarita más feliz en 
medio de el fausto y la opulencia de los suntuosos 
palacios, es preciso entrar un momento en su mez- 
quina cabana de adobes con techo de paja y de 
tierra, y estudiarle de cerca. 

Abierta la tosca puerta, por lo general, de due- 
las de cactus ó de maderas bastante mal unidas 
entre sí, se descubre, en medio de la habitación, 



156 HISTORIA DE LA 



un uniforme fo^ó i, consiste üe en cinco ó sei pie- 
dras movibles á vduntad, el que, con un par de 
ollas, un jarro cualquiera para el agua ó la chi- 
cha, unas pocas escudillas de hierro ó de madera, 
y dos ó tres amplios asientos de ad »bes apoyados 
á la pared, constituyen todo su mobiliario. Los 
grandes y duros asientos de tierra amasada, sobre 
los que se ve algún pellejo de oveja, de llama ó 
de alpaca, ordinariamente del todo gastado y sin 
pelo, forman los lechos (1), sobre los cuales, según 
su capacidad, duerme tola la familia, sin más col- 
chón que el pellejo, — cuando se encuentra allí, — 
sin sábanas y sin otras frazadas que los ponchos 
de los hombres y la sayas de la mujeres, cuando 
se las quitan. 

Sus vestidos son siempre iguales : los mismos 
que usaban los indígenas antes de la conquista 
española, y siempre, tamb éa, de la misma grosera 
tela, tejida por las indias sobre el suelo desnudo, 
con la simple ayuda de dos bastoncillos de madera, 
una astilla de hueso y cuatro estacas ; y no son 
renovados sino cuando se caen á pedazos. 

A la ténua llama del informe fogón hierve una 
olla, en la que se ven juntos, sin condimento al- 
guno, un poco de trigo ó de maíz machacado, con 
algunas papas y chuño. Este nauseabundo potaje 



(1) Estos lechos son también los únicos que se encuentran en las 
casas do posta, en todos los caminos de Bolivia (ya hemos dicho lo 
-¡no son éstos) ; lechos que por otra parte, son usados también por 
los blancos y los mestizos de la última clase social. Y ésto no debe 
maravillar, desde que aún entre las clases acomodadas á menudo 
no so encuentra más cama que un sencillo telar de madera con 
correas de cuero. Ese fué el único lecho que pudimos conseguir 
On la primera hospedería de Potosí, y preferimos, ocupar nuestro 
lecho de campaba, como en las casa, de posta ó bajo la tienda en 
los despoblados. 



GUERRA DE AMERICA 157 

y un poco de tostado, es decir maís ó habas tosta- 
das, constituyen el alimento diario del indígena ; 
alimento que se convierte en un verdadero festín 
cuando puede ser acompañado con un poco de chi- 
cha ó de aguardiente, bebidas que, por lo general 
solo se usan en las grandes festividades religiosas 
ó con motivo de las siembras en los campos, so- 
lemnidades que se tornan siempre en inmundas y 
torpes bacanales que duran ocho ó diez días. 

Habituados á tanta miseria, por una larga y he- 
reditaria costumbre, los indígenas la aceptan y so- 
portan como natural sin que su mente pueda con- 
cebir jamás la idea de salir de ella, así no les 
costara otro esfuerzo que el empleo de los mismos 
medios' de que eslán en posesión. De este hecho 
hay muchas é incontestables pruebas. 

Aunque no trabajan sino lo estrictamente indis- 
pensable para procurar satisfacer sus muy limita- 
das necesitados y para el pago de los impuestos 
del estado y de la iglesia, á menudo obtienen al- 
guna utilidad mayor, y no obstante, nunca se per- 
miten el lujo de e<npiear este sobrante en el me- 
joramento de su propria condición. Al contrario, 
guardan y custodian con avaricia sus pequeños y 
escondidos tesoros, sin hacer uso de ellos para 
nada que pudiera serles útil ó provechoso. 

Como viven sobre un suelo abundantísimo en 
metales preciosos, que frecuentemente se encuen- 
tran segregados de todo cuerpo extraño, muchos 
de ellos conocen ricos depósitos naturales de pe- 
pitas ó granos de oro puro conocimiento que en 
el mayor numero de casos ha sido trasmitido de 
padres á h'jos, desde hace muchos siglos, y, sin 
embargo, pudiendo ser millonarios, arrastran siem- 



158 HISTORIA DE LA 



pre una mísera existencia sin aprovechar de los 
tesoros conocidos que por orgullo de raza ó por 
odio á los blancos se esfuerzan en ocultar á los 
ojos de éstos. 

Extremadamente celosos del oro y le la plata de 
sus montañas, aunque no las usan, como queda 
expuesto, anhelarían que nunca la más pequeña 
partícula de dichos metales cayese en manos de un 
blanco ó de un mestizo. Por esto consideran como 
el ranyor de los delitos, la revelación, á quien quiera 
que no pertenezca á su misma, raza, el secreto de 
alguna mina (1). No bullendo, per otra parte, nin- 
guna idea luminosa en su ofuscado cerebro, de- 
jando en quietud absoluta al pensamiento, siendo 
indiferentes á tod ) otro sentimiento que no sea el 
de su odio profundo hacia lar otras razar que es- 
peran que un día desaparezca para siempre de su 
suelo, pasan la vida, en la expectación de esta su- 
prema felicidad, en un estado de continua é indo- 
lente apatía, masticando lentamente la indispensa- 
ble coca, trabajando lo menos posible, y evitando, 



(1) Las tradiciones concernientes á la primera rebelión de los in- 
dígenas contra la dominación ibérica, en 1549, están de acuerdo 
en referir que cuando los españoles capitaneados por Villarroel, 
obtuvieron la primera victoria é intimaron la rendición á los re- 
beldes, éstos impusieron, como única condición, para someterse, 
que les fuera entregado, para castigarlo como traidor, el indio 
Huanca, que cuatro años antes había revelado al mismo Villaroel, 
entonces ocupado en explotar la mina de Poseo, el secreto que le 
había confiado Guallca. del descubrimiento casual de las ricas mi- 
nas do Potosí; condición quo no fué aceptada en el campo español, 
y que originó la continuación do la lucha y la destrucción de gran 
parto do la raza indígena. Numerosos son también los recuerdos 
que se conservan de jóvenes indias que, casadas con blancos ó mes- 
tizos y conociendo por tradición de familia el secreto de alguna 
rica mina, se negaron obstinadamente á revelarlo á sus maridos, 
aunque éstos emplearan los ruegos ó las amenazas, así como las 
pocas veces en que, habiéndolo revolado, fueron sacrificadas por la 
pretendida justicia vengadora do los indígenas. 



GUERRA DE AMERICA 159 



ea cuanto les es dado, el trato con los blancos ó 
mestizos. 

Como manifestamos más arriba, la raza indígena 
tampoco puede alabarse de formar un pueblo único, 
compacto y unido. Se subdivide en dos grandes 
ramas ó familias : la Keshua y la Aymará, que tie- 
nen un origen completamente distinto, aunque al 
arribo de Pizarro á las costas del Pacífico forma- 
ban parte ambos del Imperio de los Incas. En tanto 
que los keshuas constituían la población que po- 
demos llamar incaica ó nacional, los aymarás, por 
el contrario, formaban una gran tribu enemiga 
mucho tiempo de los incas, hasta que, vencida y 
subyugada por éstos, fué incorporada al Imperio. 

Pero la fusión entre los dos pueblos no fué real, 
ni durante ni después de la caída del imperio in- 
caico ; y asta hoy viven completamente separados, 
si no enemigos y rivales, conservando cada uno 
su proprio idioma (1), sus propios vestidos, y sus 
propias costumbres, que revelan en el aymará una 
Índole mucho más triste y feroz que la del keshua, 
que es, relativamente, dócil y benigna. Keshuas y 
aymarás solo tienen de común el estado de bar- 
barie en que yacen y el odio contra los blancos y 



(1) Nosotros que por las causas indicadas en el Prefacio, atrave- 
samos Bolivia, desde sus confines con la Argentina hasta sus lími- 
tes con el Perú, nunca pudimos obtener de los indígenas una con- 
testación en castellano, y para entendernos con ellos nos vimos 
obligados á viajar acompasados de dos interpretes : uno instruido 
en el idioma keshua, y otro, en el aymará.— Los bolivianos, ya 
blancos, ya mestizos, cualesquiera que sea la clase social á que 
pertenezcan, procuran aprender ambos idiomas, para sus relaciones 
necesarias con los indios ; y cuando no poseen sino uno de éstos, 
como generalmente sucede, (aprendido de la infancia, á la vez que 
el castellano, es decir, el que hablan los indígenas de su comarca 
nativa), tienen precisión do hacer uso de un intérprete cada vez 
que necesitan tratar con los que hablan el otro idioma. 



160 HISTORIA DE LA 



mestizos, odio que los encuentra y encontrará siem- 
pre unidos en el momento de la lucha. 

Los primeros habitan la región, que principiando 
en los confines de la República Argentina, ó, mejor 
dicho en la mitad de la provincia argentina de 
Jujuy, penetra hasta la cuesta de donde toma su 
origen la altiplanicie de Oruro ; los segundos se 
extienden sobre todas estas altiplanicie, desde Anca- 
cato hasta el Titicaca. 

Por último repetiremos que la raza indígena, — 
relativamente tan numerosa, pues que forma algo 
m&s de las tres quintas partes de la población 
boliviana, — completamente extraña a los negocios 
públicos, á la defensa del estado y á todo lo que 
podría llamarse vida nacional, no es más que una 
fuerza inerte que puede volverse enemiga de un 
momento á otro, tan pronto como pueda darse 
cuenta de su número y del poder que puede ad- 
quirir aunando sus esfuerzos. 

Todas estas causas concurren para que la vida 
nacional solo se desarrolle entre los blancos y mes- 
tizos, y para que éstos únicamente, cuando se habla 
del pueblo boliviano, del verdadero pueblo que se 
siente ligado por el vínculo de la unidad patria, y 
que toma parte, á medida de sus fuerzas y de sus 
aptitudes, en los negocios públicos, puedan tener 
derecho á tal denominación; y no debe olvidarse 
que los blancos y los mestizos, en conjunto, apenas 
alcanzan á formar dos quintas partes de la pobla- 
ción nominal de la república. 

Los blancos, descendientes todos, en grado más 
ó menos directo, de los primeros colonos españoles, 
y entre lo que no es difícil encontrar algunos de 
los nombres más grandes de la península ibérica, 



GUERRA DE AMERICA 16Í 

eran durante la dominación española, los verda- 
deros señores del país. Dueños de los mejores te- 
rrenos cultivables en la región habitada y de las 
ricas y numerosas minas que se explotaban con 
el trabajo del indio, vivían en el lujo, en-la molicie 
y en el ocio que sus grandes riquezas le perme- 
tían ; pero la guerra de la independencia sud-ame- 
ricana, — cuyos primeros iniciadores fueron, y que 
durante quince años, de 1809 á 1824, convirtió al 
Alto Perú en un inmenso campo de batalla; — 
guerra, que por la naturaleza y situación del país 
en el centro del continente, asumió un carácter 
mucho más feroz y terrible que en las otras re- 
giones americanas, los despojó de la mayor parte 
de su bienes. 

Perdidos los ingentes rendimientos de las minas, 
que quedaron en su mayor parte arruinadas por 
las tropas enemigas ó que fueron inundadas por 
sus propios dueños, para salvarlas de la rapacidad 
de aquellos, mientras las restantes eran abando- 
nadas por falta de brazos y de tranquilidad; de- 
voradas en la la larga contienda, todas las econo- 
mías acumuladas, hasta el punto de privarse de 
las vajillas de plata, que abundaban en las casas 
de los magnates; no quedó á los blancos, de toda 
su antigua opulencia, más que la propiedad de sus 
tierras, las que, por la falta de brazos y por la 
disminución de los productos, ya no rindieron sino 
provechos relativamente mezquinos. 

A la proclamación de la república se encontraron 
pues, los blancos, más ó menos empobrecidos, con- 
dición demasiado dura y anómala para seres ha- 
bituados por largo tiempo al ocio, al lujo y á todas 
las comodidades de las clases ricas y privilegiadas, 



162 HISTORIA DE LA 



y mientras muchos buscaron en el manejo de los 
negocio públicos la supremacía , las riquezas y 
las comodidades de que se veian privados como 
individuos particulares ; los que formaban el menos 
número, los que rehuyen las luchas consiguientes 
á las ascensión al poder, en pos de los empleos 
público?, en un país desorganizado, y todos los 
que en tales luchas quedaron temporalmente ven- 
cidos, se retrageron viéndose obligados á vivir del 
escaso producto de sus bienes, secuestrados en 
las ciudades ó aldeas y limitandos sus necesita- 
des y aspiraciones á los pocos medios de que po- 
dían disponer, pero siempre en busca de los me- 
dios que les permitieran continuar su antigua vida 
de ho'gnnza y sostener su orgullo de hombres 
nobles y ricos. 

A la vez que los blancos primero rivalizando 
con éstos y después confundidos todos, salieron 
con presteza los mestizos a reclamar su parte en 
el festín, parte que obtuvieron con facilidad en 
aquellas luchas por el poder y el manejo de la 
cosa pública, á consencuencia de ser más nume- 
rosas y audaces. 

Rotas las vallas de raza, blancos y mestizos, to- 
maron igual puesto en el orden social, sin otras 
diferencias que las de las fortuna, la audacia, y la 
capacidad. De allí, que en estudio de las diversas 
clases sociales ó de ciudadanos, la distinción de 
razas,— que ahora únicamente se busca en la vida 
práctica para alimentar la pequeña vanidad y los 
celos de las familias, — ya no responda á ninguna 
idea concreta; y que cuando se habla también de 
razas, al mencionar la blanca tenga que compren- 



GUERRA DE AMERICA 163 

derse, necesaria é indistintamente á blancos y 
mestizos. 

Estos, que ñor medi" d- ] as revueltas políticas, 
por el descubrimiento feliz de alguna rica mina ó 
por cualquiera otra causa de elevación, entre las 
muchas comunes á todos los pueblos y á todos 
los hombres, llegaron poco á poco á subir desde 
su baja esfera hasta la primera condición social, 
imitaron bien pronto las ocupaciones y la vida de 
los blancos, con los cuales anhelaban y logtaron 
familiarizarse, llegando á confundirse y á formar 
con ellos los mismos órdenes sociales: el aristo- 
crático y el medio; siendo de notarse que con ex- 
cepción de la brusquedad propia de su clase, que 
se advierte en los mestizos recién llegados al nivel 
de los blancs, educación, tendencias, carácter, 
todo corre parejas entre uno y otros, sin excluir 
siquiera el estado de la fortuna, poco halagüeño 
por regla general. 

Establecidas estas premisas, es fácil completar, 
á grandes rasgos, el bosquejo de la fisonomía moral 
de las dos antedichas razas. 

A distancia inmensa de Europa, — continente que 
solo muy pocos individuos ó familias pueden ala- 
barse de haber visitado, las más veces sin haber 
tenido ni el tiempo ni la disposición moral neces- 
arias para conorer y apreciar todas las ventajas y 
bellezas de su floreciente civilización; lejos de los 
grandes centros de cultura de la América, los que 
situados en su mayor parte en las cercanías del 
mar, describen, en su camino á lo largo de las 
costas del Atlántico y del Pacífico, una faja más ó 
menos angosta, con pequeñas prolongaciones hacia 
el interior del continente, en donde, detenida por 



164 HISTORIA DÉ LA 



mil dificultades, se desliza con mucho trabajo, pri- 
vados de los beneficios de la inmigración europea 
á la que la barrera de la cordillera, la falta de un 
vasto comercio y la pobreza general tienen alejada; 
no contándose en todo Bolivia sino algunos cente- 
nares de europeos, esparcidos aquí y allá; ence- 
rrados y confinados, en medio de las altas monta- 
ñas de los Andes, entre una rocallosa, áspera y 
selvática, de donde rara vez sale un ser humano, 
y á donde rara vez también llega gente descono- 
cida, — aún de la misma república; — incapaces de 
ilustrarse con buenos y sólidos estudios, por los 
pocos, anticuados é imperfectos métodos de ins- 
trucción de que disponen, bajo la dirección de un 
profesorado inestable é insuficiente á menudo, ina- 
decuado, crecido y educado en el mismo ambiente, 
que no sabe aumentar sus escasas luces con las 
nuevas conquistas de las ciencias; y segregados 
finalmente, del mundo que los rodea, y del que 
solo tienen una vaga y confusa idea, su civiliza- 
ción se reciente de la aspereza é inmovilidad de 
sus montañas, y en vez de progresar rápidamente 
tomando nuevo y más poderoso impulso merced á 
la libertad é independencias conquistadas, ha per- 
manecido estacionaria, raquítica como planta cre- 
cida á la sombra, á la que nunca un benéfico rayo 
de sol hubiera infun-üdo nuevo vigor, dándole vida 
más potente y soberana. 

Ciencias, artes, literal ura, industrias, costumbres, 
todo revela y lleva el sello de una civilización es- 
tancada y envejecida en los primeros períodos de 
su desarrollo y que si fre la influencia de la bar- 
barie que en otro tiempo la oprimía y sofocuba. 

Por lo general, la instrucción pública, tanto cien- 



GUERRA DE AMERICA 165 

tífica corrí'» literaria, se encuentra allí muy descui- 
dnda, y es, p r tanto, muy inferior á la 6 ? necesidades 
y exigenci s de la moderna civilización, aunque 
sería tal vez d'fícil encontrar otro país en donde, 
á partir de 1830, se haya dictado, en beneficio de 
la instrucción, mayor número de leyes, decretos y 
reglamentos, que casi nunca han sido cumplidos. 

Las causas de este estacionarismo ó atraso en 
ramo tan importante, son dos: 

Primera. — La escasez de recursos del erario na- 
cional, cuyo balance anual ordinario alcanza apenas 
á dos millones y medio de pesos; y 

Segunda. — La manifiesta insuficiencia é inestabi- 
lidad de los maestros ó profesores, que son lleva- 
das á la cátedra y separados de ella incesantemente, 
no por razones de mérito ó desmérito, sino por 
el turbión revolucionario, que siempre agitó al 
país. 

Por lo mismo, si en lo relativo á instrucción las 
clases superiores dejan mucho que desear, la úl- 
tima carece casi completamente de ella (1). 

La influencia que la vecindad y el ejemplo de 
los indígenas han ejercido y ejercen en la actualidad 
sobre las otras razas, se manifiesta con bastante 
evidencia en una mezcla de orgullo, mezquindad 
y desconfianza que constituye el fondo, la esencia, 
la nota distintiva del carácter boliviano. 

Sea blanco, sea mestizo, rico ó pobre, ilustrado 
ó no, el individuo de cualquiera de dichas razas 



(1) Como una muestra del grado de instrucción á que alcanzan 
los empleados públicos, que por cierto no son los más ignorantes, 
basta saber que en las oficinas respectivas se ha colocado grandes 
cuadros impresos indicando la ortografía de las palabras más co- 
munes en castellano. Nosotros hemos vistos estos cuadros en las 
prefectura y otras oficinas. 



166 HISTORIA DE LA GUERRA DE AMERICA 

comparte con el indio el orgullo del oro sobre el 
que camina, sin otra diferencia que la de este úl- 
timo lo desprecia y trata de ocultarlo á todas las 
miradas, y aquel lo desea, siente su necesidad, 
pero no se dá al trabajó de extraerlo de las entra- 
ñas de la tierra. No extraño por lo mismo que en 
una conversación que se sostenga sobre el pro- 
greso de otros países en las industrias, en las ar- 
tes ó ciencias, se oiga exclamar con énfasis á cual- 
quiera señalando el Illimani, el Potosí, ú otro cerro 
mineral. 

Allí están nuestras artes, nuestra ciencia, nuestra 
industria!... En el oro do nuestras montañas! 

Y en tanto que este orgullo, que no tiene fun- 
damento, domina, subyuga todas las imaginaciones, 
en la vida práctica se descubre casi siempre que 
el boliviano es un hombre mezquino, casi inútil, 
desconfiado, educado, por una parte, en el odio y 
la barbarie del indio, y por otra en las continuas 
revueltas políticas de su país con tod >s los peli- 
gros y las perfidias de éstas. De ánimo apocado 
y desconfiado, pero lleno de presunción, acude con 
facilidad á la astucia y á la intriga, que confunde 
lastimosamente con los más profundos dictados 
de la ciencia, con las manifestaciones del saber. 

Esto no impide que existan honrosas y lauda- 
liles excepciones, ánimos nobles y caballerosos, no 
contaminados con los defectos de la generalidad, 
que se inspiran en los mejores preceptos de la 
moderna civilización. Tales excepciones, que no son 
difíciles de encontrar en todas las clases sociales, 
se ven con frecuencia entre el bello sexo, — muy 
superior al hombre en todo el continente ameri- 
cano,— y entre la juventud aún no contaminada ni 
viciada con el hálito corruptor de las revoluciones. 



VI. 



RESUMEN.— El general Sucre dá el último golpe á la domina- 
ción española en el Alto Perú. — Convoca á una asemblea consti- 
tuyente. — Malestar social. — La población de Potosi ruega 
al general Sucre que no se aleje del pais con sus tropas para 
impedir, que estalle la guerra civil. — Elección del Alto Perú 
en estado independiente. — Sucre es elegido presidente de la 
república. — Estalla la revolución. — Sucre abandona Bolivia. 

— Horrorosa anarquía. — Santa Cruz restablece el orden. — 
Nuevas revoluciones. — Caracteres de los partidos políticos. — 
Inestabilidad de los gobiernos. — El presidente Belzu en siete 
años de gobierno sofoca treinticuatro revoluciones. — Trájico 
fln de los dos grandes partidos: Popular y Conservador. — El 
presidente Córdova : sus declaraciones. — Dictadura de Linares 

— Extraña revolución. — El presidente Achá, inaugura la po- 
lítica fusionista. — Lucha encarnizada entre el partido Popular 
y el Conservador. — Horrorosas escenas de sangre. — El par- 
tido conservador es llamado Pojo. — Vuelvo a dominar el mi- 
litajismo. — La historia política de Bolivia hasta 1880 resumida 
en tres períodos. — Resumen general : guerra civil, despotismo 
y anarquía. — Origen y causas de tal estado de cosas. 



Después de la célebre jornala de Ayacucho, (9 
de Diciembre de 1824), en el Perú, último y quizás 
la más gloriosa de todas la grandes batallas de la 
independencia sud americana, el pabellón ibérico, 
dueño un día de casi todo el continente, solo on- 
deaba aún en la provincia del Alto Perú, en donde 
con cuatro mil hombres, manteníase firme todavía 



168 HISTORIA DE LA 



el general Olañeta, sosteniendo los diarios en- 
cuentros, j^más decisivos, de una guerra de esca- 
ramuzas. 

Fuéle, pues, forzoso al vencedor de Ayacucho, 
general Sucre, transmontar los Andes, con parte del 
Ejército Libertardor, y bastó su presencia en el 
Alto Perú, para terminar la independencia de este 
último pedazo de tierra umericana, de la que quince 
años antes, había brotado la primera chispa del 
gran incendio que consumió en te do el continente 
las tres veces secular dominación extrangera. 

Seguro de un rápido triunfo sobre las pocas y 
desorganizadas fuerzas enemigas, el general Sucre 
apenas llegó á La Paz, (9 de Febrero de 1825), 
convocó de mutu propio, á una asamblea consti- 
tuyente, que debía ser elegida por la provincia del 
Alto Perú, y decidir sobre la suerte futura de ésta, 
y luego que cayó con Olañeta, en Abril de aquel 
año, el último estandarte español, ordenó desde Po- 
tosí, — donde á la sazón se hallaba, — el retiro de 
las tropas libertadoras, para que la asamblea pró- 
xima á reunirse pudiese funcionar con plena li- 
bertad é independencia. Empero, en todo el país 
se dejaba sentir ya ese grave malestar, que es pre- 
cursor de las grandes luchas en las naciones, y 
que pronto habría de repercutir furiosamente sobre 
el campo virgen de la política boliviana, que por 
primera vez se abriá á la pública actividad. Todo 
hacía temer que á la guerra de la independencia 
sucedería en breve la guerra civil y la anarquía, 
por el choque de las ambiciones, de las necesidades 
y de los malos hábitos adquiridos durante la do- 
minación extrangera y el largo período de luchas 
armadas entre los mismos conquistadores, si una 



GUERRA DE AMERICA 169 

fuerza extraña no contenía á tiempo el estallido 
de tantos elementos de discordia que se mantenían 
en estado latente en el pueblo ; y la ciudad de Po- 
tosí, que compulsó tal situación, se levantó en masa, 
y pidió al héroe de Ayacucho que, por lo menos 
hasta el momento de la reunión de la asamblea, 
no se alejase con sus tropas del Alto Perú. 

A la vez que la súplica de los potosinos. Sucre 
recibía, también, una orden análoga del general en 
jefe del Ejercito Libertador, y la comunicación ofi- 
cial en el que se le trascribía la ley dada por el 
Congreso del Perú el 23 de Febrero de aquel 
mismo año, encargándole del gobierno de la pro-" 
vincia del Alto Perú, hasta el momento en que ésta 
estableciese un gobierno propio : acatando estas 
disposiciones. Sucre se quedó en territorio boli- 
viano, y gracias á ello se mantuvo la paz interna, 
y en el mes de Junio pudo reunirse tranquilamente, 
en Ghuquisaca, la primera asamblea constituyente. 

En la constitución de los diversos estados ame- 
ricanos, — como en otra ocasión dijimos, — los pue- 
blos respetaron la demarcación territorial hecha 
por España para los diversos gobiernos establecidos 
por esta nación en el continente, bajo los nombres 
de Reinos, Virreynatos y Capitanías Generales, y 
esta práctica, nació, en el Derecho Público Inter- 
nacional, la conocida fórmula del « uti possidetis » 
de 1810. 

En virtud de éste, la provincia del Alto Perú, 
que durante la dominación española había formado 
parte del virreynato del Perú y del de Buenos Ai- 
res, podía ser reclamada por cualquiera de las dos 
repúblicas establecidas sobre las ruinas y en los 
confines de aquellos Virreynatos. Y es de notarse 

•12* 



170 HISTORIA DE LA 



que si por entonces hubiese surgido entre las dos 
repúblicas una contienda para disputarse la ane- 
xión de dicha provincia, á ninguna de ellas habría 
faltado buenas y válidas razones para sostener el 
derecho disputado, porque en tanto que la de Buenos 
Aires tenía en su apoyo el « uti possidetis » de 1810, 
la otra podía invocar en su favor, á la vez que el 
principio de la unidad etnológica, la targa anexión 
de aquella al antiguo virreynato del Perú, que prin- 
cipió con la conquista española y concluyó en 1776, 
año en que fué separada da él para que se uniera 
al de Buenos Aires. 

Pero las repúblicas peruana y bonaerense mo- 
vidas por un noble sentimiento de abnegación de- 
jaron á la provincia del Alto Perú — la primera, por 
la citada ley de 23 de Febrero de 1825 y la se- 
gunda, por ley de 9 de Mayo del mismo año, — en 
plena libertad para constituirse como nación inde- 
pendiente ó en la forma que mejor le agradara. 

En favor de la. autonomía de esta provincia mi- 
litaba, también, el precedente de que, apesar de 
haber formado parte antiguamente de los virrey- 
natos indicados, siempre tuvo una audiencia pro- 
pia que, en razón de elevados y diversos intereses, 
dependía directamente del gobierno central de Es- 
paña ; razón por la que en realidad, nunca había 
tenido una verdadera y completa comunión de in- 
tereses ni con la población del Perú ni con la de 
Buenos Aires. 

Previo estudio de los hechos que quedan esta- 
blecidos, la asamblea constituyente convocada por 
Sucre proclamó la erección de la antigua provin- 
cia del Alto Perú en Estado soberano é indipen- 
diente, constituido bajo el régimen republicano y 



GUERRA DE AMERICA 171 

con el nombre ,de la República de Bolívar ó Boli- 
via, en homenaje al gran capitán Simón Bolívar 
quien encontrándose casualmente entonces en La 
Paz, fué elegido presidente de la república (leyes 
de 6 y 11 de Agosto de 1825). 

Dadas estas dos leyes y algunas otras de orden 
muy secundario la asamblea, — envuelta en el tu- 
multo interior de las opiniones discordantes y la 
amenaza de las muchas pretensiones, y de las ne- 
cesidades no satisfechas que surgían en torno suyo, 
prontas á estallar en erupción tempestuosa después 
de la partida de Sucre y de Bolívar, llamados á 
otra parte por los altos deberes que se habían im- 
puesto, — se encontró en la imposilidad de proceder 
á la organización del nuevo estado, en que todo 
se hallaba por hacer. 

La asamblea, con claro criterio, vio, además que 
solo un nuevo punto quedó evidenciado. 

El convencimiento de que tan pronto como el 
país hubiese quedado en poder de sí mismo, sería 
presa de ra más espantosa anarquía, y se apresuró 
á clausurar sus sesiones, habienio hecho previa- 
mente estas dos súplicas á Bolívar; que formulara 
un proyecto de constitución ó carta fundamental 
de la República y que interpusiera toda su influencia 
cerca del gobierno de Colombia, para que éste per- 
mitiese al general Sucre gobernar Bolivia, conser- 
vando á sus órdenes una división de dos mil 
hombres del ejército colombiano, para mantener la 
paz interna. 

Satisfechas ambas peticiones por Bolívar, una 
nueva asamblea aprobó la constitución y eligió 
Presidente de la República al general Sucre, quien 
tan modesto como gran capitán y estadista, y aun- 



172 HISTORIA DE LA 



que el estatuto de la nueva nación prescribía que 
la presidencia fuese vitalicia, la aceptó solo con la 
condición expresa de ejercerla por dos años, y 
asumió el mando el 8 de Diciembre de 1826. 

No había transcurrido aún el primer año del go- 
bierno de Sucre, cuando principiaron á evidenciarse 
las ambiciones, — á duras penas contenidas hasta 
entonces: — de un enjambre de militares deseosos 
de escalar el poder supremo ó de alcanzar grados 
que más tarde les facilitasen las posesiones de 
éste, imiedidos y ayudados eficazmente por una 
multitud de politicastros y descamisados ávidos de 
notoriedad y anhelantes de cualquiera partecipación 
en el manejj de la cosa pública. 

Buscando pretextos para promover una revuelta 
manifestaron aquellos que deseaban la reforma de 
la Constitución, para abolir la presidencia vitalicia, 
á imitación del Perú y otras repúblicas de América, 
y el alejamiento del ejército colombiana y del ge- 
neral Sucre, aunqne bien sabían que éste prepa- 
raba ya su marcha y que pronto habría de resig- 
nar el mando que aceptó por un corto y fijo plazo. 

Sofocada la primera revuelta de cuartel, en Di- 
ciembre de 1827, estalló otra en Abril de 1828 en 
la que el general Sucre, fué gravemente herido en 
un brazo, y tras de ésta una tercera en Mayo del 
mismo año. 

Tres meses más tarde, el héroe de Ayacucho re- 
nunciaba la presidencia de la República y abandonó 
para siempre Bolivia, á la vez que las tropas co- 
lombianas. 

El mismo congreso que aceptó la dimisión de 
Sucre, eligió en su reemplazo al general boliviano 
Santa Cruz, que se hallaba entonces en Chile de— 



GUERRA DE AMERICA 173 

empefnndo una misión diplomática, pero éste no 
había vuelto, aún á su patria, ni tomado por con- 
siguiente posesión de la presidencia cuando estalló 
una nueva revolución. 

A raíz de ésta, surgió otro congreso que llamó 
á la presidencia y vicepresidencia de la república" 
á los dos coroneles autores de las dos últimas re- 
vueltas: que á mérito de ellas habían sido ascendidos 
á generales. 

No se detuvo allí la onda revolucionaria, apenas 
hacían cinco días que el geaeral Blanco, el afor- 
tunado rebelde de la víspera, se hallaba en ejercicio 
del poder supremo cuando un nuevo motín de 
cuartel le derrocó para asesinarle vilmente en el 
fondo de una prisión. 

Después de algunos meses de horrenda anarquía 
asumió la presidencia el general Santa Cruz. Hom 
bre de ideas levantadas y de carácter férreo; Santa 
Cruz refrenó la anarquía, contuvo la guerra civil 
y gobernó dictatorial mente cerca de diez años, ya 
con el concurso de un congreso complaciente, ya 
sm él. 

Este período, relativamente largo, fué empleado 
por aquel general, casi de una manera exclusiva 
en preparar y realizar un vasto proyecto á cuyo 
servicio puso todas sus fuerzas: la C'-nfederación 
Perú-boliviana, que lo^ró constituir promoviendo 
una lu ha sa igrienta e-i que envolvió ai Pe'ú, y 
quedó deshecha después de veintisiete meses de 
guerra civil é internacional. 

Aunque todas estas particularidades de la historia 
de Bolivia no son ele absoluta necesidad en el pre- 
sente trabajo, hemos creído útil no olvidarlas, para 
que el lector pueda fácilmente darse cuenta del 



174 HISTORIA DE LA 



origen de esta república y de sus frecuentes mo- 
vimientos políticos. 

La hidra revolucionaria sujeta con tantos esfuerzos 
por Santa Cruz cerca de diez años, se levantó de 
nuevo con ímpeto espantoso, al principiar el año 
de 1839. Desde entonces hasta 1849, la república 
conmovida por continuo y azaroso v é'-tigo revolu- 
cionario, tuvo uno tras otro, cinco presidentes dis- 
tintos todo llevados al poder y derribados de él 
por obra de las revueltas iniciadas en los cuarteles 
y solícitamente secundadas por los habitantes, sin 
distinción de razas que ambicionaban un puesto 
en la administración pública, ú otro mejor que el 
que tenían, sin preocuparse de conocer ó averiguar 
las causas, los móviles y los fines del movimiento 
revolucionario efectuado ó en proyecto. 

La formación de los b nidos políticos tomando 
cualquier pretexto, no tenían otro origen que 'a 
ambición ó el interés personal, y el único objeto 
de las revoluciones no era otro que derribar del 
poder ¡í los que estaban en él, para ocupar su 
puesto. 

Los nombres de los partidos, — como a-ñ pudieran 
ser llamados, eran personales, derivados de los 
caudillos a quienes se quería llevar á la presiden- 
cias de la república y, cuanto á principios los par- 
tidos no invocaban ninguno. 

El primer partido polí'ico formado sobre ba^es 
más amplias tuvo un origen tan casual como trá- 
gico y espantoso, y por lo mismo no pudo ser 
perfecta su organización. 

Era presidente de la república el general Belzu, 
que ascendió al poder, el año 1849, por medio de 
una sangrienta revolución. Dos meses después de 



GUERRA DE AMERICA 175 

ocupar el solio presidencial, una tras otra y en el 
transcurso de breves días se rebelaron las guar- 
niciones militares de las ciudades más importantes 
proclamando á diferentes caudillos: no había uni- 
dad de miras en el movimiento revolucionario. 

La confusión, el desorden, la anarquía eran ge- 
nerales. Sublevada la guarnición de La Paz, (un 
batallón), se batían ésta y los escasos amigos del 
gobierno. Dentro del radio en que este encuentro 
se libraba, acertó á pasar una mujer del pueblo, la 
que llevaba en brazos á su hijo, en estado aún de 
lactancia ésta infeliz fué muerta por un proyectil 
disparado por los sublevados, y la plebe, que hasta 
entonces se había mostrado indiferente á la con- 
tienda, se amotinó, y, presa de furor súbito, se 
lanzó en masa contra los rebeldes. Estos respon- 
dieron el ataque con una descarga ele fusilería, 
haciendo numerosas víctimas, cuya presencia exas- 
peró más aún á los asaltantes. La lucha fué tre- 
menda. Pero el batallón sublevado, una vez agotadas 
sus municiones, tuvo que apelar á la fuga. Enton- 
ces la plebe, dueña del campo, pensó en vengar 
las trescientas víctimas que su arrojo le había cos- 
tado, y saqueó las casas de los promotores de la 
revuelta y de los adherentes de éstos: la ciudad 
quedó arruinada casi por completo. 

Cuando éstos excesos eran perpetuados, llegó 
Belzu á La Paz, coa la pequeña parte del ejército 
que hasta entonces le permanecía fiel. Con el au- 
xilio de estas tropas, B^lzu pensaba combatir la 
revuelta, pero la encontró develada, terriblemente 
castigada por el pueblo, que seguía el saqueo de 
la ciudad. 

Esto no era, sin embargo, más que un sangriento 



176 HISTORIA DE LA 



episodio de la anarquía que reinaba por doquiera, 
anarquía de que era principal autor el mismo ejér- 
cito de Belzu, sublevado en todas partes, hasta el 
extremo de que el mismo presidente ignoraba hasta 
que punto podría contar con la fidelidad de los 
dos ó tres batallones que aún le prestaban obe- 
diencia. 

La situación era dificilísima, y Belzu, dominado 
por él interés de su propia conservación y por el 
odio natural contra sus enemigos, no tardó en 
tomar una resolución, salvadora en su concepto. 

En lugar de contener y castigar los bárbaros 
excesos de la plebe de La Paz, solo tuvo para ésta 
palabras de aliento y de animación, honrando dichos 
excesos con el título de justicia popular contra los 
traidores y contra los aristócratas que desangraban 
y exaccionaban al pueblo. Belzu pertenecía á éste 
y >e alababa de ello. 

¡Esta conducta produjo el efecto que Belzu se 
prometió! 

Poco- días después, la plebe de las demás ciu- 
dades importante-, — convertida en auxiliar poderoso 
del gobierno, por el aliciente del saqueo,— siguió 
el ejemplo de la de La Paz, y, gracias ú su inter- 
venoióa, la revuelta quedó prontamente sofocada, 
sí en toda la república ; pero sembrando el espanto, 
el temor en todos los ánimos. 

Estos hechos fueron una revelación y produjeron 
un nuevo ord'jn de cosas. Gomo se ha visto, la ac- 
titud asumida por la plebe de La Paz tuvo un 
origen enteramente casual, y la conducta de Belzu, 
alentando á esa gente, no fué hija sino de las difí- 
ciles circunstancias que é: atravesaba, viendo casi 
perdido su autoridad, y de la fal<a educación poli- 



GUERRA DE AMERICA 177 

tica del país, que, para asegurar el triunfo de una 
facción, no consideraba malo ningún medio, ni se 
detenía á averiguar las causas, la naturaleza y los 
alcances de éste. Pero una vez que qu^dó demos- 
trado de cuanto era capaz la plebe de toda la 
república, Belzu comprendió todas las ventajas que 
de ella podía reportar, manejándola como fuerza 
coadyuvante para la estabilidad del gobierno ; la 
dignificó elevándola á la categoría de partido polí- 
tico, y con su apoyo se sostuvo en el poder hasta 
que se cansó de ejercerlo (1855), venciendo ó sofo- 
cando el germen, — durante los siete años que go- 
bernó, y á la sombra de una curiosa tiranía popu- 
lar, — ¡treinticuatro revoluciones! 

Por ésto, cuando Balzu bajó del mando, por su 
propia voluntad, entregándolo al presidente legíti- 
mamente elegido por la nación, ofreciéndose el pri- 
mer caso en la historia de Bolivia de que un jefe 
del estado no fuese derrocado por una revuelta, 
pudo decir estas notables palabras en su mansaje 
al Congreso: 

« Las masas populares han hecho sentir su voz 
y cumplido su parte, sofocando las revoluciones y 
combatiendo en favor del gobierno constitucional: 
la aparición de este poder formidable es un hecho 
social de grandísima importancia. » 

Así era en efecto: aquel poder formidable con- 
movió tod > el sistema político de B -livia, si es que 
tal nombre pu ; de darse á la manera de elevm- y 
derrocar gobiernos por un procedimiento comple- 
tamente anárquico. 

Las revueltas de cuartel, apoyadas y favorecidas 
por las pequeñas intrigas de las agrupaciones po- 
líticas personalistas y por la solícita adhesión de 



178 HISTORIA DE LA 



todos los que andaban á caza de empleos públicos, 
— hasta entonces únicos arbitros de los destinos 
del país, — casi desaparecieron viéndose éstos im- 
potentes para vencer la resistencia poderosa de la 
plebe, que antes era por completo indiferente y 
pasiva en las ludias políticas; y todo los antiguos 
y nuevos forjadores de revoluciones tuvieron que 
hacer causas común entre sí y qua refundir todas 
las pequeñas agrupaciones personalistas, hasta 
entonces enemigas y rivales, en un gran partido; 
comprendiendo que esta era la única manera de 
luchar con ventaja contra la nueva fuerza prepon- 
derante de las multitudes. 

Este nuevo partido que, según decía, enarbolaba 
la bandera del orden y de la legalidad en nombre 
de los principios conservadores, pretendía repre- 
sentar al elemento aristocrático, en oposición al 
popular ó democrático creado por Belzu; pero en 
realidad, salvo contadas excepciones, no era sino 
un confuso amontonamiento de todos los viejos 
revoltosos y de todo los desconté ntos postergados 
por el ex- presidente. 

Capitaneado este partido por el doctor Linares, 
uno de los más activos revoluconarios que ha 
tenido Bolivia, llegó al poder por medio de una 
gran revolución, — después de muchas tentativas 
infructuosas que mantuvieron al país en continua 
agit-icióu durante nueve años consecutivos, — en 
Setiembre de 1857, ó sea, durante la presidencia 
del general Gordo va, sucesor de Belzu y continua- 
dor desgraciado y torpe de su política. 

Las condiciones sociales y poüticas de Bolivia, 
durante esta interminable efervescencia de pasiones 
y de guerras civiles, habían descendido hasta tal 



GUERRA DE AMERICA 179 

punto, que el presidente Córdova, en un opúsculo 
que publi' ó apenas fué derrocado del poder, con 
el título de Manifiesto y programa del presidente 
constitucional de Bolivia á la Nación, no tuvo ver- 
güenza para decir: 

« Sj Bolivia me acusa de negligencia ó de erro- 
res juveniles, confieso que en medio de la general 
depravación de costumbres, era difícil que la con- 
ducta del presidente fuese irreprensible; porque en 
el centro de un torrente de corrupción, todos son 
arrebatados por su ímpetu. » 

En menos de dos años de gobierno, Córdova 
tuvo que combatir seis distintas revoluciones, una 
después de otra ; pero tampoco duró mucho la 
decantada legalidad del partido Conservador ó Se- 
tembrista (1), como era llamado generalmente. 

El presidente Linares asediado sin descanso por 
motines revolucionarios, urdidos en gran parte 
por los mismos partidarios suyos que más habían 
trabajado por llevarle al poder, pronto desgarró la 
constitución y asumió la dictadura de la que pre- 
tendió valerse para extirpar de raíz el horroroso 
germen de la guerra civil; dictadura que terminó 
por convertirse en un inútil y feroz terrorismo; el 
mal era demasiado grave y profundo para que pu- 
diera ser curado con patíbulos y proscripciones. 

El mismo Linares tuvo pronto una triste prueba 
de ello : otra revolución, de carácter enteramente 
distinto á las ya conocidas, y por cierto una de 
las más deshonroras, capitaneada por dos de sus 
ministros revolucionarios, el general Achá, lereem- 



(1) El nombre do sentembrista fué tomado por este partido del 
mes en que ocurrió la revolución que lo llevó al poder. 



180 HISTORIA DE LA 



plazo en la presidencia, después de un corto periodo 
de transición é inauguró una política enteramente 
nueva en Bolivia : la de oportunismo, que él y el 
país llamaron fusionista. 

Achá, llegado al poder de una manera excepcio- 
nal, de un salto, por decirlo así, aprovechando de 
un golpe de mano preparado por otro para sí, y 
en el que él solo hibía teñid) una participación 
muy secundaria, no contaba con elemento alguno 
propio para sostenerse en el mando : ni con el ejér- 
cito, instrumento ciego de la revuelta contra Lina- 
res, y que seguía las aspiraciones del otro ex mi- 
nistro, Fernández, jefe verdadero del movimiento, 
é quien Achá tuvo que conservar á su lado en el 
gobierno, aunque temía su immensa y deshonrosa 
ambición : ni con alguno de los partidos que en- 
tonces se disputaban la supremacía en el país, par- 
tidos que le consideraban como enemigo. (1) El 



(lj La revuelta contra Linares, más que otra cosa, fué un epi- 
sodio teatral. Una mañana, los ministros Fernández y Achá y el 
comandante militar do la plaza expidieron dos decretos: uno, de- 
poniendo á Linares del mando supremo de la república, acatando 
la voluntad del ejército, decreto que fué comunicado al dictador; 
y otro, anunciando la formación de un triunvirato que asumía el 
poder hasta que la república eligiese un nuevo mandatario. Los 
tres revoltosos que así asaltaban la gerencia de los negocios pú- 
blicos tenían en su favor al ejército, y los ciudadanos, sorprendi- 
dos con una revolución tan audaz como inesperada, aceptaron los 
hechos consumados. El primero en dar . el ejempio fué Linares, 
quien, anciano y achacoso, tomó el camino del destierro, en el que 
murió. El verdadero jefe de la pérfida revuelca era Fernández, el 
ministro favorito, el «alter ego » de Linares. El había preparado 
con anticipación el movimiento, poniendo varios batallones á órde- 
nes de jefes intimamente ligados á su persona y á su política con 
la esperanza de hacerse elegir presidente. Rechazado, empero, uná- 
nimemente, por la nación, puso en juego toda su iufluoncia para 
que la olección recayera en Achá, como sucedió, creyondo derrocar 
fácilmente á éste con otra revuelta militar, pues el ejército le per- 
manecía fie*. Poco después intentó poner en práctica este diabólico 
proyecto ; pero le resultó fallido. 



GUERRA DE AMERICA 181 



partido Popular, Demócrata o de B^lzu, le acusaba 
de la cru'la guerra que le había hecho durante la 
dictadura di Linares; y el Conservador ó Setem- 
brista, le echaba en cara á su vez, haber contri- 
buido á derribar acuella misma dictadura, uno de 
cuyos má> ardorosos campeones había sido. 

Achá se encontraba, pu -s, en una situación, eri- 
zada complet ímeate de escollos; sentía la necesi- 
dad de crears - una fuerza propia de gobierno, ca- 
paz de hacer frente á todos los elementos de de- 
sorden que se agitaban en torno suyo; pero "tam- 
bién comprendía que no era prudente buscarlos en 
uno solo de los partido, lanzándose.>resueltamente 
en sus brazos, tanto par no tener seguridad com- 
pleta de su fidelidad, cuanto porque con esta polí- 
tica habm impedido al otro á promoverle la guerra 
con mayor presteza. Entonces, con astucia que hon- 
raría á cualquier político, resolvió gobernar con el 
concurso de ambos partidos, bajo el pretexto de 
anular su fusión, pero, en realidad, con el objeto 
de que los dos le apoyasen, manteniéndose el equi- 
librio con la misma rivalidad de uno y otro, sin 
dar preponderancia verdadera á ninguno, desde 
que Achá no pensaba ni creía en que la fusión 
fuera práctica, ni hizo nada por alcanzarla en rea- 
lidad. 

Llevados ambos partidos, igualmente por igual, 
á todas las esferas del poder : al congreso, á lo 
ministerios, al mando del ejército y á las oficinas 
públicas indistintamente, bien pronto surgió en- 
tre elios la lucha cruda, encarnizada, feroz. El 
choque de loz dos partidos era inevitable y el pri- 
mer fruto de la llamada « política fusionista » de 
Achá fueron las más horrorosas escenas de san- 



182 HISTORIA DE LA. 



gre, sin precedente en Bolivia, á pasar de sus fre- 
cuentes convulsiones. La ira partidarista estalló 
con más furia que munca, y el partido Conserva- 
dor ó Seternbrista, fué llamado Rojo en el congreso 
par la insaciable sed de sangre que demostró, ca- 
lificativo que se hizo general en toda la república 
y que qu^dó como denominación única de dicho 
partido que después no fué conocido con otro 
nombre (1). 

El resultado de una situación Un anómala fué 
que los dos partidos se debilitaron, á la vez que 
acrecentaban sus mutuos odios, dando paso al mi- 
litarismo, que por un momento había quedado en 
segunda línea, para que volviera á adquirir el do- 
minio absoluto de que gozaba antes. 

El militarismo pues, tornó al poder, en Diciembre 
de 1864, mediante otra revuelta militar á favor del 
general Melgarejo, quien desde soldado raso había 
llegado á tan alta clase militar, ganando sus gra- 
dos en las muchas revoluciones en que tomó parte 
y llevaba consigo todos los vicios del cuartel, á la 
vez que tenía el más profundo desprecio por las 
leyes y por cuantos no seguían ciegamente sus 
extraños caprichos. El gobierno de este hombre no 
fué más que una dictadura brutal y despótica. 



(1) En el mes de Octubre de 1861 mientras el presidente Achá 
visitaba tranquilamente varios departamentos de la república el 
coronel Yáfioz, comandante militar de La Paz, que antes habia 
sido persiguido por el gobierno do Belzu. pretextando verdaderas 
ó falsas sospechas do conspiración, puso en la cárcel á cerca de 
cien ciudadanos pertenecientes al partido Popular, entre los que se 
contaron muchos coroneles, tres ó cuatro generales y el ex-presi- 
dente Córdova, y la noche del 22, sin que Achá supiera nada, los 
hizo matar miserablemente: á unos en la misma prisión, y á otros, 
en la plaza principal de la ciudad. Un mes después, también sin 
conocimiento del presidente, ocurrieron nuevos desórdenes, durante 
los cuales el coronel Yáñez, y otros más del partido Rojo fueron 
as esimados. Basta este ejemplo. 






GUERRA DE AMERICA 10Ó 

A Me^arejo sucedió, siempre por medio de la 
revolución, otro general, que después fué asesinado 
por su proprio sobrino, el que dio lugar á un breve 
período de transición, de 1873 á 187G, y luego se 
apoderó de la dictadura militar el famoso .general 
Daza, aquel que en 1879, durante la guerra con 
Chile, operó la tristemente retirada de Camorones, 
después de la cual fué depuesto de la presidencia 
de la república. 

La historia política de Bolivia, desde la procla- 
mación de la república hasta la caída de Daza, en 
1880, se divide, en tras períodos: el primero, desde 
su erección en estado independiente hasta 1848 ; el 
segundo, desde 1848 hasta 186 i, y el tercero desde 
1864 hasta 1880. 

En el primer período, sin contar los pocos me- 
ses que gobernaron Bolívar y Sucre, dominó abso- 
lutamente el militarismo, turbulento, exigente, am- 
bicioso, guiado por ideas mezquinas, restringidas, 
personalistas, en el seno de una sociedad ávida de 
cambios políticos, en los que cada uno esperaba 
encontrar provecho. 

Santa Cruz fué una verdadera excepción : sus 
grandiosas ideas respecto á la confederación Perú- 
boliviana, cuyo alcance, tal vez, nadie comprendió, 
no fueron secundadas por nadie ; ni por los mis- 
mos partidarios de dicho caudillo, los cuales se ba- 
tieron cierto tiempo por el triunfo de tales ideas, 
solamente porque así lo deseaba Santa Cruz, como 
se hubieran batido en contra, si así lo hubiese que- 
rido Santa Cruz. 

El sargento, primero é indispensable elemento de 
las revueltas de cuartel, solo buscaba la ocasión 
de ganar ascensos y dinero, en tanto que el ofi- 



184 HISTORIA DÉ LA 



cial subalterno lo subordinaba todo á su afán de 
llegar á coronel ; y tanto uno como otro estaban 
siempre prontos para tomar parte en cualquiera 
revuelta en que pudiesen encontrar un puesto y 
un ascenso, si su proprio interés personal no les 
aconseja permanecer fieles al gobierno. Pero, en 
tanto que los sargentos y los oficiales subalternos 
solo aspiraban á ser coroneles, éstos, y con mayor 
razón los generales, no tenían otra meta que la 
presidencia de la república creyendo tener derecho 
á esta únicamente por sus clases militares. Todos 
sus esfuerzos, por lo mismo, se concretaban á ob- 
tener el mando de un batallón, para sublevarlo, ó 
á formarse, con el ejército y la muchedumbre de 
descontentos, un pequeño partido, capaz de pro- 
mover un movimiento subversivo ; seguro como es- 
taban de encontrar favor, amigos y adherentes en 
todas las clases sociales, que esperaban con an- 
ciedad la caída del gobierno, — bueno ó malo,— con 
la esperanza de encontrar un puesto en la nueva 
administración. 

Pululaban allí los pequeños partidos persona- 
listas, que no invocaban ningún principio, y sin 
más diferencia entre sí que la de la persona del 
caudillo ó jefe. 

En el segundo período surgieron, ocasionalmente 
dos grandes facciones políticas, formando una la 
plebe con la fuerza bruta de las turbas deseosas 
de botín, y la otra las clases superiores unidas por 
la necesidad común do conservar la supremacía 
sobre aquella. 

Aglomeraciones informes y desordenadas sin prin- 
cipio, sin ideas fijas, sin directores competentes, se 
alternaron en el poder por limitado tiempo, du-* 



GUERRA DE AMERICA 185 

rante el cual sostuvieron una lucha doble y desas- 
trosa: entre ambas, recíprocamente, y cada una 
entre, sí asumiendo, aparentemente, la forma y los 
caracteres de dos grandes partidos nacionales, pro- 
gresistas el uno, conservador el otro. 

El militarismo permanecía en segunda fila, sir- 
viendo como arma de combate á los grandes par- 
tidos, que fueron gradualmente expurgándose y di- 
sciplinándose, y los pequeños partidos personalistas 
principiaron á desaparecer para fundirse en aquel- 
los. En cambio, la lucha continuaba siempre : la 
guerra civil tomaba caracteres y proporciones cada 
vez más espantosos, y los dos grandes partidos, 
debilitados al mismo tiempo, fueron batidos y de- 
jados á retaguardia por la dictadura militar. 

En el tercer período, el militarismo volvió a do- 
minar en el país, como al principio, y tanto el par- 
tido Popular como el Rojo ó Conservador, reduci- 
dos á la impotencia y sin ser tenidos en cuenta 
para nada, se contentaron con arrastrarse humil- 
des y temerosos á los pies del afortunado caudillo 
elevado al poder, para alcanzar su protección y ob> 
tener de él cualquiera participación en el manejo 
de la cosa pública, sin dejar por ello de conspirar 
en secreto contra su protector y de intentar á cada 
paso una revuelta. 

Cualquiera que fuera la agrupación política ó el 
partido dominante, Bolivia, á partir del momento 
en que quedó dueña absoluta de sus destinos, ofre- 
ció siempre, hasta el año de 1880, — salvo raras 
excepciones,— el espectáculo de una lucha encarni- 
zada y desleal en los medios elegidos para dispu- 
tarse el poder, que solo se deseaba y se ejercía 
con el objeto de satisfacer innobles ambiciones y 

13* 



186 HISTORIA DE LA 



mezquinos intereses personalistas. Los sacrosantos 
principio de orden de justicia, de legalidad, de los 
verdaderos y bien entendidos intereses nacionales 
no eran invocados sino como pretextos para la re- 
vuelta, siendo olvidados y conculcados tan pronto 
como se llegaba á la ambicionada meta. Por otra 
parte, jamás país alguno se dio el lujo de mayor 
número de constituciones diversas, ninguna de las 
cuales fué respetada ni obedecida. La guerra civil 
siempre viva, siempre latente, siempre gigantezca, 
siempre terrible, oscilaba entre el despotismo y la 
anarquía. 

El pretendiente que aspiraba al poder no se fi- 
jaba nunca en los medios; eran buenos si con ellos 
se alcanzaba el fin, y uoa vez elevado, sintiéndose 
inseguro, débil, sin apoyo ni base, el mandatario 
no tenía otro pensamiento que el de mantenerse 
en la altura ú toda costa. Pero tampoco era el 
único que así pensaba : este sentimiento egoísta 
dominaba y prevalecía en todos los que le habían 
ayudado á escalar el solio presidencial. Cada uno 
quería, á su vez, asaltarlo por cuenta propia, y no 
alcanzando á esto ó siquiera los medios que le fa- 
cilitaran su ascensión próxima, se declaraba inme- 
diatamente enemigo encarnizado de aquel. Y no 
era esta la única dificultad que el mandatario ha- 
llaba á su pa>o; había otra tan grave ó mayor que 
(.lia: hacer lugar á los recién venidos, á los cola- 
boradores de segundo orden, que querían rentas y 
destinos, sin satisfacerse jamá-^; siendo necesario 
separar, destituir, expulsar á los que, desempeñando 
destinos público- 6 teniendo mando en el ejército, 
habían permanecido fieles al gobierno caído, ó 
simplemente indiferentes en la lucha y proscribir, y 



GUERRA DE AMERICA 187 

enviar al destierro á los más temibles, los cuales, 
dentro ó fuera del país, principiaban á conspirar, 
secundando los planes del primer pretendiente que 
quería levantar una vez más, la bandera de la 
revuelta. 

Esta era la eterna historia, que á cada paso se 
repetía. 

El triunfo de un caudillo hoy, no tenía otro epí- 
logo obligado que la irremediable derrota de ma- 
ñana, á la que contribuían, como factores principales, 
todos los amigos ó adherentes á la víspera que no 
habían obtenido un puesto en el ejército ó en la 
administración pública ó que no alcanzaron el des- 
tino que deseaban, mientras los caídos, aquellos 
que acababan de ser arrojados del gobierno, to- 
maban el camino del destierro ó eran asesinados 
miserablemente en las plazas ó en los cuarteles, 
convertidos desde luego, en prisiones ó en campos 
de batalla, si no en algo peor. 

Hoy uno, mañana otro, serán frecuentes ¡os 
cambios de personas como inadecuadas éstas para 
el desempeño de los cargos públicos. Algo análogo 
pasaba respecto á los proscriptos: unos iban al 
ostracismo y otros tornaban de él; y así pasaba 
también, con el derramamiento de sangre; el país 
se despoblaba y empobrecí;, sin gozar nunca de 
un corto período de paz, ni, mucho menos, de un 
gobierno bueno y estable. La república pasaba de 
la conspiración a la revuelta, y de ésta á aquella, 
ya entre los horrores del despotismo, ya envuelta 
en los de la anarquía. 

Ya hemos dejado entender que eran dos las cau- 
sas principales de tal estado de cosas: 

Primera: — El malestar económico que devoraba 



188 HISTORIA DE LA 



á todas las clases sociales, después de quince años 
de lucha cruenta para poner término á la domina- 
ción española y levantar sobre sus ruinas, la re- 
pública de Bolivia; y 

Segunda:— El espíritu turbulento y ambicioso de 
las diferentes facciones militares y de la inmensa 
falange de politicastros, ávidos de poder y de for- 
tuna que se disputaban, p»r medio de la fuerza 
el predominio del podc-r, ambición que rea'izaron 
tan pronto como se les presentó ocasión oportuna, 
aún antes de hnber sido conquistada definitiva- 
mente la 8utonomíi del país (1). 

Con este ejemplo, con la agitación constante en 
que mantuvieron al país y con la extravagantes 
doctrinas que propagaron para ganarse el favor 
público, los facciosos desviaron al pueblo del sen- 
dero de la paz y del trabajo; único que podía pro- 
porcionar el bienestar que todos anhelaban, y lo 
lanzaron en el camino de las sediciones y de la 
empleomanía, que había de conducirlo á su ruina. 

Impelido ya el país en este camino peligroso, 



(1) A este respecto basta recordar: 1. Las instancias hechas por 
la ciudad de Potosí y por la primera' asamblea constituyente para 
que el general Sucre y el ejército colombiano permanecieran en el 
país, como garantía de la conservación del orden interno, instancias 
que confirmó implícitamente la segunda asamblea, al elegir á dicho 
general presidente du la república, no obstante sus resistencias para 
aceptar tan elevado y honroso cargo, y 2. Las revueltas promovidas, 
poco después, contra el mismo Sucre, que, habiendo sido el sal- 
vador de Bolivia. el verdadero autor de su erección en estado in- 
dependiente, y gobernado con solicitud, desinterés é inteligencia, 
inaugurando una de las más sabías y honradas administraciones 
políticas, solo obtuvo como galardón la gratitud de sus favorecidos 
y aquella bala revolucionaria que le rompió el brazo que había 
empuñado una de las más fuertes y gloriosas espadas durante las 
guerras de la independencia, y que, con la memorable jornada de 
Ayacucho. firmó y puso sello eterno á la caída de la dominación 
española en la América latina. 



GUERRA DE AMERICA I8y 

era difícil, si no imposible, detenerlo, y no se de- 
tuvo. La sana doctrina social que hace depender 
el bienestar del pueblo de la bondad del gobierno 
y de las leyes que rigen ea el país, y de la valiosa 
é inteligente protección á las ciencias, ó las artes, 
á la industria, al comercio, incrementándolos, fo- 
mentando y favoreciendo de manera eficaz la libre 
expansión de sus fuerzas productoras, fué inter- 
pretada de manera bien distinta: en el sentido de 
que el pueblo debía esperarlo todo del gobierno y 
de las instituciones liberales que habían substituido 
ya el régimen colonial, como si uno y otros pose- 
yesen la virtud de producir tesoros inagotables para 
repartirlos por doquiera. 

Y mientras corrían tras de esta quimera y espe- 
raban la reforma de las leyes para hacerla práctica, 
sin fiíjarse en que la verdadera riqueza púb ica y 
privada no tiene otra fuente que la del trabajo de 
cada uno y de todos, los ciudadanos abandonan 
sus campos y sus industrias, para disputarse con 
las armas y por cuantos medios podían las mez- 
quinas migaj ís del exh usto erario nacional que 
en medio de la general estrechez económica y de 
los frecuentes desórdenes motivados por la guerra 
civil ó por el despotismo, se hallaba en las condi- 
ciones más deplorables. 

Tan grave era la situación del tesoro público, 
que aunque casi siempre se descuidó el servicio 
de las más urgentes necesidades del estado, el ba- 
lauce de cada año arr jaban un déficit que jamás 
se pudo salvar. Y la razón era obvia: la única 
renta saneada del tesoro era el tributo ó contri- 
bución personal de vasallaje que los indígenas pa- 
gaban durante la época colonial, y que, contra todo 



190 HISTORIA DE LA GUERRA DE AMERICA 

principio de justicia, continuaron pagando después 
de proclamada la república; escaso y vergonzoso 
tributo que se arrancaba á aquella gran masa de 
la población que, como ya se ha visto, vivía en la 
abyección, casi en la barbarie, extraña a cuanto 
pasaba á su alrededor y sin tomar parte alguna 
en el movimiento social y político de su propio 
país (1). 

Como era natural, semejante malestar económico, 
que al principio fué una de las causas de la guerra 
civil, bajo el imperio' de ésta no disminuyó sino 
que aumentó, pues apartados del trabnjo todos los 
hombres útiles, por la agitación continua del país 
y la consiguiente falta de garantías, la industria 
decayó por completo, agotándose así las principales 
fuentes d^ la riqueza nacional; y aumentando el 
malestar económica, creció el furor de la guerra 
civil, y ésta y aquel, después del primer choque, 
se dieron la mano, compl -.mentándose por la al 
temativa de causas y de efectos. 



t 



zWs^r. 



(1) Durante la presidencia del general Campero, á partir de 1880 
se hicieron muchas útiles y sabias reformas en el sistema tributario 
mejorando notablemente la condición de la raza indígena. 



VII 



/ 

RESUMEN— El ejército boliviano regresa á la patria después fíe la 
derrota del Alto de la Alianza. — El general Campero trata in- 
fructuosamente de poner en orden los restos del ejército para 
la retirada. — El gobierno y el pueblo de Bolivia se ocupan 
poco de la guerra. — Intrigas de los partidos para la elección 
de presidente. — Amenaza de guerra civil. — La convención 
nacional elige al general Campero presidente do la república. 
— El doctor Arce, elegido primer vice-presidente, asume el 
mando supremo de la república hasta la llegada de Campero 
actos de su gobierno. — El general Campero llega á La Paz ; 
después de nueve días de vacilación acepta la presidencia. — 
La paz interna queda asegurada. 



Delineado, á grandes rasgos el aspecto físico, 
social, económico y político de Bolivia, tiempo es 
ya de que reanudemos nuestro relato acerca de la 
guerra entre Chile, Perú y Bolivia, y de que se 
haga luz respeto á la conducta observada por 
Bolivia en el curso de dicha guerra, á partir del 
momento en que los mutilados batallones bolivia- 
nos regresaban á la patria, después de la derrota 
del Alto de la Alianza, hasta la conclusión del 
pacto de tregua firmado en Santiago en Abril 
de 1884. 

En la primera parte de nuestra historia antes 
de ocuparnos de las batallas de San Juan y Mira- 
flore? y de la consiguiente rendición de Lima, he- 



192 HISTORIA DE LA 



chor- que pusieron término al primer periodo de la 
guerra, e.-cribimos : 

« De Bolivia, la república aliada, por cuya causa, 
á lo menos en apariencia, fué el Perú arrastrado 
á la guerra, ya no hay que hablar: después de la 
batalla del Alto de la Alianza, cerca de Tacna, en 
la cual, como se sabe, tomó parte apañas aquel 
país, con un pequeñísimo cuerpo de tropas, se re- 
tiró completamente de la lucha. Encerrada Bolivia 
tras de sus montañas, segura de que nadie habría 
de ir buscarla allí, olvidó á amigos y enemigos, y 
la misma guerra, como si ésta en nada le pudiera 
interesar. » 

¿Tal conducta fué motivada únicamente por ver- 
dadero olvido de Bolivia de los deberes que tenía 
para su aliada y para consigo misma? ¿Fué im- 
potencia? ¿Fué el producto de muchas causas que 
concurrieron, separadamente ó en conjunto, á las 
anteriores hipótesis? He aquí lo que trataremos de 
poner en claro, en el presente volumen, para pro- 
ceder en seguida ú narrar con mayor facilidad la 
continuación de la lucha entre Chile y el Perú. 

En la momorable jornada del Alto de la Alianza, 
como ya dijimos en otro lugar, el ejército boli- 
viano se batió valerosamente á la vez que el pe- 
ruano, rivalizando con este en una lucha encarni- 
zada, cruel, desesperada, para disputar la victoria 
á un enemigo mucho más numeroso y mejor ar- 
mado, que debía concluir y concluyó necessaria- 
mente por triunfar, pero después de que la mitad, 
y talvez más, del ejército aliado había sucumbido 
en el sangriento campo de batalla ; pero, pronun- 
ciada la derrota, una vez que se apagó el entusiasmo 
del combate, los restos del ejército boliviano to- 



GUERRA DE AMERICA 19^ 

marón en desorden el camino de su país, arras- 
trando consigo al general Campero presidente pro- 
visorio de Bolivia, y general en jefe del ejército 
aliado, y aúa cuand) éste se esforzó por restable- 
cer, siquiera en parte, el orden y la disciplina per- 
didos, solamente logró reunir algunas compañías 
no completas de soldados, con cuya ayuda se em- 
peñó en moderar, — hasta donde era posible, — los 
innnumerables exiesos de los desbandados y las 
terribles exigencias de los demás. 

Del diario de la 5a. división del ejercito boliviano 
copiamos : 

«26 de Mayo.... El enemigo avanzaba siempre 
y nuestras forzas, en pleno desorden, descendían 
por el camino que lleva á Tacna ... El general 
Campero baja paso á paso y casi solo con sus úl- 
timos soldados, hasta la plaza de Tacna, en donde 
quiere reorganizar las fuerzas dispersas ; y, no pu- 
diendo conseguirlo, siguió, adelante sin saber si to- 
maría el camino de Lima ó el de Calama, ó cual- 
quiera otro. » 

« 27 de Mayo. — A las ocho de la mañana nos cli- 
rijimos con el general Campero sobre Yarapalca, en 
donde pensaba reorganizar la tropa, ya para dar 
una nueva batalla, ya para evitar que los soldados 
dispersos entrasen en Bolivia á cometer los exce- 
sos que generalmente suelen verse en las retiradas, 
después de un desastre. » 

« 29 de Mayo. — Gran descontento en la tropa, la 
que á cada momento se exasperaba más; todos 
deseaban con desperación regresar á la patria . . . 



194 HISTORIA. DE LA 



Apesar de que fueron tomadas todas las precau- 
ciones aconsejadas por la prudencia, se veía el ca- 
mino sembrado de dispersos que hacían fuego en 
todas direcciones . . . Pasamos la noche en medio 
de la más grande agitación ». 

« 2 de Junio. — La tropa, siempre más cansada 
y con ambre, parecía en plena revuelta; el fuego 
que hacían los soldados en todas direcciones era 
espantoso: parecía otra batalla: los oficiales no 
eran obedecidos, las balas se cruzaban en todo 
sentido ...» 

Cuando el general Campero llegó á La Paz, el 
diez de Junio, en vez de un ejército teníi á su re- 
dedor turbas de desbandados y de soldados sin 
disciplina, locos por correr á buscar en el hogar 
descanso para las largas fatigas experimentadas. 

Vehamos ahora en que condiciones se encontraba 
la república en momentos tan graves y solemnes. 

Arrojado el general D^za de la presidencia de 
la república, en los últimos días de Dicembre de 
1879, después de la vergonzosa retirada de Cama- 
rones, los pueblos eligieron presidente- provisorio 
al general Narciso Campero; y mientras éste se 
dirigía al teatro de la guerra, para asumir el mando 
en jefe de! ejército aliad >, después de haber triun- 
fado en Marzo de un motín de cuartel, que pro- 
dujo el desbande de una división de más de 1500 
hombres HÜstada p ir él para conducirla al com- 
bate, se reunía i los comicios para elegir la a-am- 
blea constituyente ó convención nacional (1), la que 

(1) En Bolivia la representación nacional completa, compuesta de 
una ó dos Cámaras, según las diversas constituciones toma ordina- 



GUERRA DE AMERICA 195 

á su vez debía hacer la elección de presidente de 
la república y dar nuevo rumbo á la organización 
interna del país, tan gastada y destrozada por la 
administración Daza, y, casi sin excepción, por to- 
das las que la habían precedido, principiando desde 
el momento en que el general Sucre abandonó el 
gobierno del estado el año de 1828. 

La labor politica, ó sea los trabajos de los pre- 
tendientes á la primera magistratura, habían ab- 
sorbido por completo la atención del país, tanto 
de los simples ciudadanos, como de los que tenían 
la gerencia de la república en ausencia del presi- 
dente provisorio; y nadie se ocupaba ya de la guerra 
ni de las demás necesidades del país, excepción 
he tha del Higno general Flores, quien, luchando 
contra toda c'ase de obs'áeulos y contrariedades, 
se c<>nsag aba coa to ias sus fuerzas, en los lepar- 
tament s del sur de la repúbl ca, de los que era 
jefe superior político y militar, á formar un pe- 
queño cuerpo de tropas. 

Las contiendas políticas partidaristas promovidas 
por los distintos pretendientes á la gerencia de la 
república, llegaron hasta el extremo de poner en 
grave peligro el orden público. Mientras unos in- 
trigaban para ganarse primero el favor de los co- 
micios, y luego el de los representantes á la con- 
vención, elegidos por aquellos, otros preparaban 
motines por todas partes, ya entre las turbas, ya 
entre las escasas fuerzas militares ó de policía que 
guarnecían las principales ciudades ; y la conven- 
ción nacional, cuya prinura tarea debía ser la dis- 

riamente los nombres de Congreso ó Parlamento, y algunas veces 
los de asamblea ó convención nacional; pero siempre es el mismo 
poder legislativo. " 



Í96 HISTORIA DE LA 



putada elección presidencial, inauguró sus labores 
el 25 de Mayo, justamente la víspera de la batalla 
del Alto de la Alianza bajo la amenaza de una 
guerra civil, que habría dejado al país por com- 
pleto á merced del enemigo, que se hallaba por 
varios lados á las puertas de la república, sin con. 
tar ya el invadido territorio de Atacama (1). 

Era tanta lá discrepancia de las opiniones res. 
pecto del candidato que ss hacía preciso elegir ó 
preferir entre los varios que se habían presentado, 
y tan grande la preocupación producida por los 
temidos desórdenes, que aunque en el ánimo de 
los disputados y de la general espectativa del país 
se sintiese el deseo de que la convención diera 
principio, ¡i sus labores con la elección de presi- 
dente de la república, cinco días transcurrieron 
desde la instalación de aquella, sin osarse afrontar 
la solución de tan arduo problema. 



(1) «Prefectura del Departamento de Chuquisaca.— Sucre, 24 de 
Mayo de 1880. -Al señor jefe superior político y militar de los de- 
partamentos del Sur. — Señor: Ayer comuniqué á su señoría, de 
acuerdo con la autoridad militar, la resolución tomada de enviar á 
este departamento la guarnición de la plaza, en vista de la inmi- 
nente invasión enemiga hacia Huanchaca. Hoy han sido informadas 
las autoridades de que se prepara una revolución, tomando por 

pretexto la formación del censo —Esta circunstancia ha 

decidido á la autoridad militar á desistir del anterior propósito, 
obligándola á ello el deber de conservar el orden local. - El Pre- 
fecto, L. Cabrera. » 

« Comandancia superior del Sur.— Potosí, Mayo 27 de 1880.— Al 
señor prefecto del departamento de Chuquisaca.— S. P. : En este 
momento recibo la nota del 24 en la cual S. S. manifiesta los mo- 
tivos que han determinado la suspensión del envío del contingente 

militar Bien sabía yo, al dar aviso 

de la invasión chilena, que cumplía mi deber sin esperanza alguna 
de que el peligro pudiera despertar de su letergo á una población 
en cuyo seno ha germinado la perniciosa semilla lanzada por espí- 
ritus perversos, dispuestos á desencadenar el furor de pasiones 
egoístas y á levantar la mezquina y odiosa bandera del partida- 
rismo N. Flores. » ■ 



GUERRA DE AMERICA 197 

En tal estado de indecisión general llegó el 30 
de Mayo, la dol orosa noti ;ia de la derrota del Alto 
de la Alianza, á la vez que la del regreso del pre- 
sidente provisorio con los restos del ejército boli- 
viano, y fue entonces cuando la situación tomó un 
aspecto enteramente distinto. 

La inmensidad del des istre y la imminen -.ia del 
peligro de una próxima invasión enemiga, pues 
cada cual lle^ó á forjarse, en su amedrentada y 
ardorosa fantasía, la idea de que el ejército chileno 
picaba la retaguardia de los derrotados batallones 
bolivianos, produjeron en todos los ánimos una sa- 
ludable, si bien momentánea reacción. 

El pensamiento de la guerra y el de los grandes 
intereses nacionales comprometidos en ella, — olvi- 
dados por completo hasta entonces, — invadió súbi- 
tamente todos los cerebros : diputados, altos fun- 
cionarios, militares y ciudadanos de todas las clases 
sociales, formaban corrillos en toda la ciudad de 
La Paz, y repetían, á una voz: que era preciso evi- 
tar, á toda costa, la guerra civil ; que con tal fin, 
se hacía indispensable excluir, en la próxima elec- 
ción presidencial, los nombres de todos los preten- 
dientes que hasta entonces se habían presentado 
y que tal vez trabajaban todavía por ascender á la 
primera magistratura del estado ; y que era nece- 
sario, urgente, constituir un gobierno fuerte que 
pudiera } quisiera consagrarse con toda abnega- 
ción á la defensa nacional y á la reconstitución in- 
terna del país, llamando al poder á un ciudadano 
que extraño á los mezquinos manejos é intrigas 
partidaristas, gozara de la estimación y la confianza 
de toda la república. 

Bajo la impres-ión reducida por estas idea> y 



198 HISTORIA DE LA 



por los sucesos desarollados, aquel mismo día so 
reunió la convención nacional, en sesión extraor- 
dinaria, permanente y continua, y eligió presidente 
de la república, en el primer escrutinio y por gran 
mayoría de votos, al general don Narciso Campero, 
el mismo que, hacía quatro días apenas, había sos- 
tenido valerosamente, — aunque con éxito desgra- 
ciado, — el honor de las armas bolivianas, en la 
desigual batalla del Alto de la Alianza, y que pre- 
cisamente en tales momentos corría los mayores 
peligros en la frontera de la república, por contener 
los desórdenes de una soldatesca fugitiva é indisci- 
plinada. 

El general Campero, experto guerrero, bastante 
versado en la ciencia económica y completamente 
extraño á las intrigas de partido, de las que lo tu 
vieron siempre alejado sus hábitos, formados en 
la vida de Europa, en donde se edu<ó (caso único 
tal vez en Bolivia hasta estos últimos tiempos) y 
pas(') después largos años; lejos de trabajar para 
ser elevado á la primera magistratura del estado, 
había declarado reiteradas veces, que rehusaría di- 
cho honor, en homenaje a los principios republi- 
canos y principalmente al de la alternabilidad del 
poder. 

La elección de este personaje en un momento 
tan exoeptional, fué acogida, de un extremo á otro 
de la república, con las más vivas manifestaciones 
de simpatía, y saludada como la aurora de una 
nueva era que habría de conjurar, con su sola apa- 
rición, los temores y los funestos excesos de la 
guerra civil. 

El diario más acreditado de La Paz, « La Tri- 
buna », dirigido por dos jóvenes de talento : Fedc- 



GUERRA DE AMERICA 199 



rico Zuazo y Adolfo Duran, diario desligado enton- 
ces de todo vinculo de partido político, escribía el 
31 de Mayo: 

« Declaramos que la convención nacional, eli- 
giendo al general Campero presidente de la repú- 
blica, ha salvado al país en el borda del abismo 
de la anarquía. Si hubiera sido otra la persona 
llamada á la primera magistratura del estado, 
quien saba si, con el enemigo al frente, no habría- 
mos tenido que bañarnos en la sangre de la guerra 
civil. » 

Sin embargo, la tempestad que, sin el incidente 
del Alto de la Alianza, debió estallar en el seno 
de la convención nacional, durante la elección de 
presidente de la república, se presentó, en propor- 
ciones infinitamente menores, en la designación 
del primer vicepresidente. Cada partido quería llevar 
á este puesto al candidato que pocas horas antes 
tenía para la presidencia, y se hizo tan difícil la 
elección, que para poder reunir la mayoría que le 
diera validez, fué necessario hacer nueve votaciones 
sucesivas. 

Después de tan reñida lucha resultó elegido el 
doctor Aniceto Arce, y los hechos probaron muy 
pronto cuan poco feliz habría sido la elección de 
este como presidente de la república, aspiración 
real de sus pocos partidarios. 

El doctor Arce, hombre de escasa inteligencia y 
de más escasos estudios y preparacióu para el ma- 
nejo de la cosa pública; pero muy rico y opulento; 
— por uno de aquellos golpes de fortuna, tan im- 
previstos como fáciles para los que se dedican á 



200 HISTORIA DE LA 



la in 4 ustria minera, — había concebido tan alta idea 
de sí, que llegó a creerse el único ciudadano apto 
para regir, en aquellos grabes momentos, los des- 
stinos de su patria, y aún predestinado para sal- 
varla de ! os terribles y yn previstos efectos de la 
guerra con Chi'e, y para satisfacer las múltiples é 
imperiosas necesidades de orden interno. 

El voto, casi unánime de la convención nacional 
en favor del general Campero, fué, pues, una he- 
rida cruel para su amor propio, herida que se hizo 
más grande aún cuando vio rudamente combatida 
su elección de primer vicepresidente, circunstancia 
que puso en trasparencia su falta de popularidad. 

Disimuló, no obstante, su despecho, — cubriéndose 
con el antifaz de una aparente buena fé habitual, 
semejante en todo á la de los indígenas,— y se de- 
dicó, desde el primer momento, — á oponer toda 
clase de obstáculos en el ya escabroso sendero que 
las circunstancias habían preparado al general Cam- 
pero; creyendo que así obligaría á éste á dejar la 
presidencia de la república, ó al país á que le derro- 
cara, recayendo en él, como primer vicepresidente, 
el ejercicio del poder supre.no. 

Elegido presidente el general Campero mientras 
se hallaba en marcha hacia La Paz, el doctor Arce 
asumió el mando hasta la llegada de aquel, como 
llamado por la ley, y á mérito de las insinuaciones 
que en tal sentido le hizo una comisión enviada 
por la convención nacional ; y no obstante de que 
su gobierno interino de pocos días imponía el de- 
ber de abstenerse de la adopción de toda medida 
que no fuera de carácter muy urgente, dio forma, 
entre otro>, á un ucto vituperable, que será su 
eterna condenación. 



GUERRA DE AMERICA SOi 

Ya hemos dicho que una revuelta de cuartel, 
ocurrida en Marzo de aquel mismo año, produjo 
el desbande de una división de más de 1500 hom- 
bres que el general Campero, entonces presidente 
provisorio, había organizado con el objeto de lle- 
varla á Tacna, división que probablemente habría 
dado la victoria al ejército perú-boliviano en el Alto 
de la Alianza. 

De los autores de esta oprobiosa "revuelta, unos 
estaban procesados y otros simplemente separados 
del servicio ; pero todos yacían bajo el peso de la 
reprobación general, y no urgía, por ningún mo- 
tivo, que el gobierno se ocupara de ellos, sino era 
para procurar su castigo. 

Sin embargo, el doctor Arce, aprovechó de los 
breves instantes de su gobierno interino para llamar 
de nuevo al servicio activo á gran parte de aquella 
muchedumbre de revoltosos, llegando hasta con- 
ceder ascensos á algunos de ellos y á colocar á 
otros en el cuerpo de edecanes y ayudantes de go- 
bierno (1), mientras que la pobreza del erario pú- 
blico y la falta de soldados que mandar, obligaban 
ó dejar sin colocación á gran número de jefes y 
oficiales que se habían mostrado dignos y leales 
servidores de la patria. 

Aún sin tomar en consideración la inmoralidad 
que este procedimiento entrañaba y las no infun- 
dadas sospechas de complicidad que de él podrían 
deducirse, el doctor Arce introducía así en el ejér^ 
cito y en momentos tan graves para el país, en 
los que se sentía como nunca la necesidad de 
alejar todo cuanto pudiese turbar la paz interna é 

(1) Veáse « El Deber » de La Paz, número 101. 

14* 



202 HISTORIA DE LA 



impedir la acción rápida y segura del gobierno, un 
elemento perturbador por si mismo, y manifiesta- 
mente hostil al general Campero. 

Al mismo tiempo, el diario « La Patria », que 
había sido uno de los más ardientes propagandista 
y defensores de la candidatura del doctor Arce á 
la presidencia, trataba de aprovechar de la cono- 
cida hidalguía y rigidez de principios del general 
Campero, para incitarle á no aceptar la presiden- 
cia de la república; principiando por manifestar 
que se dudaba si la aceptaría ó nó; recordando 
que él había declarado en muchas ocasiones la 
necesidad de establecer de una vez el principio 
republicano de la alternabilidad en el poder, y con- 
cluyendo por decir que el general Campero, si no 
quería parecerse á los Daza y á los Melgarejo, se 
hallaba en el deber imprescindible de mantener 
su palabra anticipadamente empeñada á este res- 
pecto, y que si esto no bastaba pa